Inicio Voces que iluminan Cuando el corazón habla

Cuando el corazón habla

0
18
Discernimiento Ignaciano

El discernimiento ignaciano, o el arte de reconocer la voz de Dios en medio del ruido de la vida


Un cañonazo en Pamplona

Todo empezó con una pierna destrozada.

En mayo de 1521, en el sitio de Pamplona, una bala de cañón le rompe una pierna a un joven capitán vasco de treinta años, vanidoso, duelista, amante de la fama y de los libros de caballerías.

Se llamaba Íñigo de Loyola.

Lo llevan a su castillo, lo operan sin anestesia, lo dejan inmóvil durante meses. Y como no hay nada que hacer, pide novelas de caballería para matar el tiempo.

No había ninguna. En la casa sólo encontraron dos libros: una vida de Cristo y un santoral.

Los leyó por aburrimiento.

Y entonces ocurrió algo que la historia de la espiritualidad todavía no termina de agradecer.

Íñigo, con una honestidad casi de reportero, empezó a observarse a sí mismo.

Notó que cuando fantaseaba con hazañas, con damas, con gloria mundana, se entusiasmaba mucho… y después quedaba seco, vacío, descontento.

En cambio, cuando pensaba en imitar a los santos y en seguir a Cristo, también se entusiasmaba, pero al terminar le quedaba una alegría tranquila, que no se gastaba.

Anotó la diferencia.

Ahí nace el discernimiento ignaciano: no en una teoría, sino en un hombre con la pierna rota que se animó a mirar qué pasaba dentro de su corazón y a preguntarse de dónde venía cada cosa.

Cinco siglos después, esa pequeña observación sigue siendo una de las herramientas más poderosas que la Iglesia le ofrece a un cristiano que quiere vivir de verdad y no a medias.

¿Qué es discernir? Y qué no es

Discernir viene del latín discernere: separar, distinguir, ver con claridad.

En la vida espiritual significa aprender a reconocer cuál de las voces que hablan dentro de nosotros viene de Dios y cuál no.

Porque dentro de cada uno hablan muchas voces.

La del deseo, la del miedo, la del orgullo, la de la costumbre, la de lo que dirán, la de la herida que nunca cerró, la del entusiasmo pasajero.

Y, según la tradición cristiana, también la del Espíritu Santo, que habla bajito y casi nunca grita.

Conviene aclarar lo que el discernimiento no es:

  • No es adivinación.
  • Dios no nos manda mensajes cifrados que hay que descifrar con lupa.
  • No es una técnica psicológica de autoayuda.
  • Se hace delante de Dios, en oración, y no para optimizar la vida sino para entregarla.
  • No es esperar un rayo del cielo.
  • Ignacio sabe que Dios, casi siempre, habla a través de lo cotidiano, de la razón iluminada, de la paz y de la inquietud.
  • No es sólo para sacerdotes, religiosas o gente “especial”.
  • Ignacio escribió para laicos, para gente de oficio, para comerciantes, para estudiantes, para personas comunes con vidas complicadas.

Y sobre todo, no es un ejercicio de hacer lo que a mí me gusta con sello religioso.

Es exactamente lo contrario: es un camino de libertad interior para poder hacer lo que Dios quiere, que resulta ser, misteriosamente, lo que más nos hace felices.

El punto de partida: ser libres

Antes de cualquier regla, Ignacio pone un cimiento.

En sus Ejercicios Espirituales lo llama Principio y Fundamento: fuimos creados para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y todo lo demás en la tierra está para ayudarnos a ese fin.

De ahí se desprende una actitud que Ignacio llama indiferencia, palabra que hoy suena fría pero que significa algo muy cálido: libertad interior.

Es no estar apegado a la salud ni a la enfermedad, a la riqueza ni a la pobreza, al éxito ni al fracaso, a una vida larga o corta, sino querer sólo aquello que más me conduce a Dios.

Sin esa libertad el discernimiento es imposible.

Porque si ya decidí lo que quiero y sólo busco que Dios me lo apruebe, no estoy discerniendo: estoy buscando una firma.

Discernir empieza con una oración valiente y arriesgada: “Señor, quiero lo que Tú quieras, aunque no sepa si me va a gustar”.

Es una oración que da vértigo. Y es la que abre la puerta.

El idioma del alma: consolación y desolación

El corazón del método ignaciano es sorprendentemente simple.

Ignacio descubre que el alma se mueve entre dos grandes estados, y que aprender a leerlos es aprender a escuchar a Dios.

La consolación no es simplemente sentirse bien.

Es todo aquello que aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad; lo que nos llena de una alegría interior que nos atrae hacia Dios, hacia los demás y hacia el bien.

Puede venir con lágrimas de arrepentimiento, con una paz inexplicable en medio de la tragedia, con un deseo nuevo de servir. No siempre es dulce; siempre es fecunda.

La desolación es lo opuesto: oscuridad del alma, turbación, inclinación a lo bajo y a lo terreno, inquietud, desconfianza, tibieza, tristeza, la sensación de estar lejos de Dios y de no tener fuerzas para nada.

Es el estado en que uno se pregunta para qué rezar, para qué seguir, para qué intentar.

La pregunta que Ignacio nos enseña a hacer no es “¿qué siento?” sino algo más fino: “¿hacia dónde me lleva lo que siento?”

Un sentimiento, una idea, un impulso, una oferta: ¿me acerca a Dios y al prójimo, me hace más libre, más humilde, más capaz de amar? ¿O me encierra en mí, me enciende de soberbia, me llena de angustia, de resentimiento, de prisa?

San Pablo lo había dicho de otro modo: el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí (Gal 5,22-23).

Ese es el criterio. Los frutos delatan al árbol.

Las trampas del Enemigo

Ignacio es un maestro realista.

Sabe que hay un Enemigo, que no se presenta con cuernos ni con tridente, sino con buenas apariencias.

Con quienes van mal, dice, el Enemigo suele ofrecer placeres aparentes para que sigan en lo mismo.

Pero con quienes están tratando de crecer, hace lo contrario: les pone obstáculos, tristezas, falsas razones para detenerse.

Y hay una sutileza extraordinaria: a veces el Enemigo se disfraza de ángel de luz.

Propone cosas aparentemente buenas, hasta santas, pero con la intención de arrastrarnos poco a poco hacia algo malo, o de agotarnos y desanimarnos.

Por eso Ignacio enseña a mirar el principio, el medio y el fin de un pensamiento. Si todo es bueno y termina en algo bueno, es buena señal. Pero si empieza bien y termina en algo menos bueno, distractivo, o que me deja inquieto y desanimado, hay que sospechar.

Y agrega tres imágenes memorables:

  • El Enemigo se comporta como un falso enamorado, que quiere que sus palabras queden en secreto.
  • Si algo te pide que lo ocultes a todos, que no lo hables con nadie, que no lo consultes… desconfía.
  • Se comporta como un jefe militar que estudia el castillo y ataca por el punto más débil.
  • Conócete: tu flanco débil es justo por donde te tentarán.
  • Se comporta como un provocador, que se hace el fuerte mientras uno lo enfrenta, y se acobarda cuando uno le planta cara.

Frente a esto, el discernimiento no es paranoia sino lucidez serena.

Lo que nunca se debe hacer en la desolación

Hay una regla de oro, quizás la más práctica y más salvadora de toda la espiritualidad ignaciana:

En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza.

Es decir: no cambiar las decisiones que se tomaron en tiempo de consolación.

No renunciar, no romper, no abandonar la oración, no tirar por la ventana lo que construimos cuando veíamos claro, sólo porque hoy estamos a oscuras.

Cuántos matrimonios, vocaciones, trabajos, amistades y comunidades se destruyeron por decisiones tomadas en el peor momento del alma.

Ignacio sonríe y nos dice: paciencia.

La desolación pasa. Y mientras dura, hay que hacer lo contrario de lo que ella pide: rezar más, no menos; insistir un poco más; pedir ayuda; esperar.

A eso lo llama, en latín, agere contra: obrar contra la desolación.

Y cuando pasa, uno descubre, con gratitud, que estaba siendo sostenido en la oscuridad.

Cuando hay que decidir: los tres tiempos

Llega el momento en que la vida exige elegir. Una vocación, una mudanza, un trabajo, un compromiso, un perdón, una ruptura.

Ignacio describe tres tiempos para tomar una buena decisión.

Primer tiempo: la certeza que no deja dudas.

Dios mueve la voluntad con tal claridad que uno no puede dudar, como ocurrió con san Pablo en el camino a Damasco o con san Mateo cuando Jesús lo llamó. Es raro, y es un regalo.

Segundo tiempo: la claridad por la experiencia de las mociones.

Es el tiempo más habitual y más fecundo.

Uno reza, vive con una pregunta, y va notando durante días o semanas dónde hay consolación y dónde hay desolación.

Se va dibujando una inclinación estable de paz hacia un lado y de inquietud hacia el otro. Es como una brújula que se va asentando.

Tercer tiempo: la razón en calma.

Cuando el alma no está especialmente movida, se usa la inteligencia, ordenada por la fe.

Se ponen por escrito las ventajas y desventajas de cada opción, no contando puntos sino pesando razones, y se pregunta qué inclina más hacia la gloria de Dios y el bien del alma.

Ignacio propone ayudas fascinantes:

  • Imagina que aconsejas a otra persona en tu misma situación, a quien amas y deseas lo mejor. ¿Qué le dirías?
  • Imagínate en tu lecho de muerte. ¿Qué decisión querrías haber tomado?
  • Imagínate ante Dios, el día del juicio. ¿Qué te gustaría haber elegido?

Y después, siempre, la confirmación: poner la decisión delante de Dios y pedirle que la acepte, y observar si trae paz, si da fruto, si aumenta la caridad.

Si es de Dios, tarde o temprano lo sabremos.

El discernimiento cotidiano: examen del día

Todo esto podría parecer cosa de grandes decisiones.

Pero Ignacio sabía que la vida se juega en lo pequeño, y por eso dejó una práctica sencilla y diaria que él mismo no omitía ni aun en sus ocupaciones más pesadas: el examen de conciencia, que hoy muchos llaman el examen.

Dura unos diez o quince minutos, al final del día o a mediodía, y tiene cinco momentos:

  1. Dar gracias. Recorrer el día y reconocer los regalos, grandes y pequeños: un gesto, una palabra, un café, un encuentro, una paz.
  2. Pedir luz. Rogarle al Espíritu que me muestre el día con sus ojos y no con los míos.
  3. Repasar el día. Hora por hora, escena por escena. ¿Dónde sentí alegría, paz, ganas de amar? ¿Dónde sentí irritación, tristeza, cerrazón, huida? ¿Qué me movía en cada caso?
  4. Pedir perdón. Por lo que no hice bien, por lo que omití, por lo que lastimé.
  5. Mirar el mañana. Con esperanza concreta: ¿qué le pido a Dios para mañana?

Parece poco. No lo es. Quien hace el examen durante meses empieza a descubrir patrones: las personas, lugares y pensamientos que lo acercan o lo alejan de Dios.

Se vuelve más libre, porque se conoce más. Y descubre que Dios estuvo presente en lugares donde nunca lo había mirado.

Discernir en todos los ámbitos de la vida

El discernimiento no es un compartimento estanco de la vida espiritual.

Ignacio quería que sus hijos “encontraran a Dios en todas las cosas”.

Y eso incluye cada rincón de la existencia.

En el trabajo.

¿Esta tarea me hace crecer en servicio, o me esclaviza a la ambición y a la ansiedad? ¿Hago bien lo que debo, con honestidad y con caridad hacia quienes dependen de mi decisión? ¿Me da paz la forma en que trabajo, o me vuelve duro con los demás?

En la familia y en el matrimonio.

Discernir cómo escuchar al otro, cuándo callar, cuándo corregir, cuándo ceder. Un matrimonio que discierne juntos aprende a distinguir entre la discusión que pide verdad y la que sólo alimenta orgullo.

En las relaciones y amistades.

¿Esta amistad me acerca al bien o me aleja? ¿Con quién soy mejor persona? ¿De quién me tengo que alejar con caridad?

En el dinero.

¿Para qué quiero lo que quiero? ¿Qué parte es necesidad y qué parte es miedo o vanidad? ¿Qué le pide Dios a mi generosidad?

En el uso del tiempo y de las pantallas.

Nunca como hoy hubo tantas voces compitiendo por nuestra atención. El discernimiento ignaciano es una verdadera ecología del alma: ¿qué contenidos me dejan en paz y con ganas de amar, y cuáles me dejan vacío, ansioso, comparado, enojado?

En la vida de la Iglesia.

Discernir sin cinismo ni ingenuidad, con corazón de hijo. Distinguir entre el Evangelio y las costumbres, entre la obediencia y el miedo, entre el celo auténtico y la rigidez. Ignacio nos enseña a sentir con la Iglesia sin dejar de ser lúcidos.

En el sufrimiento y la enfermedad.

Incluso en el dolor hay consolación posible, no porque el dolor sea bueno, sino porque Dios no abandona. Cuántos enfermos, cuántos viudos, cuántos que atravesaron pérdidas inmensas pueden decir: en la noche más oscura, algo me sostuvo.

Un acompañante: nadie discierne solo

Hay un detalle que muchos pasan por alto y que es clave: Ignacio nunca imaginó el discernimiento como una tarea solitaria.

En los Ejercicios, siempre hay alguien que da los ejercicios y acompaña a quien los hace.

En la tradición ignaciana, el acompañamiento espiritual es esencial.

Porque uno solo se engaña con facilidad. Los deseos nos disfrazan las razones.

Necesitamos a alguien con experiencia, humildad, discreción y vida de oración que nos escuche, nos devuelva lo que oye y nos ayude a ver lo que solos no vemos.

Alguien que no decida por nosotros, sino que nos ayude a escuchar a Dios y a nosotros mismos.

Buscar ese acompañante es ya un acto de discernimiento. Y de humildad.

Las dificultades reales del camino

Hay que decir con franqueza que discernir cuesta. Y que a veces uno se desanima. Las dificultades más comunes:

  • Confundir emociones con consolación. No todo entusiasmo es del Espíritu, ni toda tristeza es del Enemigo. Por eso hace falta tiempo, paciencia y acompañamiento.
  • Miedo a lo que Dios pueda pedir. Es el temor más hondo: que Dios me quite algo, que me pida demasiado.
  • Ignacio responde que Dios no es un competidor de nuestra felicidad. Quiere para cada uno el máximo de vida, y sabe mejor que nosotros dónde está.
  • Pereza espiritual. El discernimiento exige constancia, silencio, examen. Y vivimos en una cultura que nos empuja a la distracción permanente.
  • Escrupulosidad. Hay quienes, de tanto buscar la voluntad de Dios, se paralizan. Ignacio no quería una conciencia atormentada sino libre y confiada.
  • Los fracasos y los errores. A veces nos equivocamos. Aun así, Dios sabe escribir recto con renglones torcidos. Un error discernido con buena fe no es un naufragio: es una nueva lección.
  • El silencio de Dios. Hay tiempos en que no se siente nada. El discernimiento también pasa por esas noches. Y en ellas, la fe pura es un tesoro.

La alegría: el destino del camino

Sería un error cerrar este recorrido como si todo fuera esfuerzo. Porque el discernimiento ignaciano, a pesar de su rigor, tiene un destino luminoso: la alegría.

Ignacio termina sus Ejercicios con una contemplación sublime, la Contemplación para alcanzar amor.

Allí nos invita a mirar el mundo y la propia vida como un inmenso regalo, a reconocer a Dios trabajando y habitando en las criaturas, a descubrir que todo bien desciende de lo alto, como los rayos del sol o el agua de una fuente.

Quien discierne con constancia termina viviendo en otro registro.

No es que desaparezcan las pruebas.

Es que se vive con sentido. Cada día se vuelve un diálogo. Las decisiones pesan menos, porque no se toman solos.

Las heridas duelen, pero no destruyen. El futuro no da tanto miedo. Y los demás dejan de ser obstáculos para volverse hermanos.

Se empieza a ver como ve Dios. Y se descubre, con asombro, que uno es amado, buscado y esperado.

Un cañonazo para ti

Íñigo de Loyola necesitó que le rompieran una pierna para detenerse a mirar su corazón.

Nosotros tal vez no necesitemos tanto. Pero sí necesitamos detenernos.

Quizás hoy estés atravesando una decisión difícil. O una desolación larga. O una sequedad en la oración que ya no sabes cómo nombrar. O quizás tengas una vida llena de cosas buenas y, sin embargo, un hambre que no se calma.

A ti, a quien lee esto, te digo: empieza hoy mismo, con algo pequeño.

  • Esta noche, antes de dormir, dedica diez minutos al examen del día. Da gracias. Pide luz. Mira. Pide perdón. Entrega el mañana.
  • Anota en un cuaderno lo que sientes y hacia dónde te lleva. Sólo eso. Con el tiempo, empezarás a reconocer la voz.
  • Busca a alguien de confianza, sacerdote, religiosa, laico formado, que te pueda acompañar.
  • Y, si puedes, anímate a hacer unos Ejercicios Espirituales, en retiro o en la vida cotidiana, con un guía. Es una de las experiencias más transformadoras que ofrece la Iglesia.

Dios no se cansa de hablar. Habla en la Escritura, en los sacramentos, en los pobres, en la belleza, en el dolor y en el silencio. Habla bajito, pero habla. Y quien aprende a escucharlo no vuelve a vivir igual.

La pregunta de fondo, la que Ignacio nos deja como herencia, es ésta: ¿hacia dónde me llama el Señor, hoy, en esta vida concreta que tengo?

Y la respuesta, cuando llega, no suele ser una orden. Es una invitación que huele a hogar.

“Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad… Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.”
— San Ignacio de Loyola

©Catolic.ar

SIN COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí