Lo que todavía nadie se animó a preguntar sobre la IA, la Fe y la Esperanza
Un cofundador de Anthropic, sentado en la primera fila del Aula Nueva del Sínodo.
Al lado suyo, el Papa.
No un teólogo de curia, no un cardenal experto en bioética: un ingeniero que ayuda a construir las máquinas que hoy conversan, aconsejan y —cada vez más— acompañan a millones de personas.
El 25 de mayo de 2026, León XIV presentó personalmente su primera encíclica, Magnifica Humanitas, rodeado de expertos en inteligencia artificial.
Fue una escena deliberada, casi litúrgica: la Iglesia sentándose, otra vez, a la mesa donde se decide el futuro del trabajo humano.
Y lo hizo, no por casualidad, exactamente en el 135° aniversario de la firma de otra carta que también nació de una escena parecida: un Papa mirando de frente una revolución que nadie más quería mirar de frente.
Ese Papa era León XIII. Esa carta era Rerum Novarum.
Dos Leones, dos revoluciones
En 1891, León XIII observó fábricas, no algoritmos. Observó obreros desarraigados de sus tierras, familias rotas por turnos de dieciséis horas, y un capital que trataba a la persona como pieza de una máquina. Rerum novarum —”de las cosas nuevas“— nombró aquello que la política y la economía de la época preferían no nombrar: que el progreso técnico, sin un alma que lo oriente, devora al hombre que lo produjo.
Ciento treinta y cinco años después, León XIV firma Magnifica Humanitas el 15 de mayo de 2026 —el mismo día del aniversario— y la presenta diez días más tarde con una frase que ya está circulando como un latigazo en los despachos de Silicon Valley y en las curias diocesanas por igual: la inteligencia artificial debe ser “desarmada”.
No regulada apenas. Desarmada, como se desarma un arma nuclear: sustraída de la lógica de la competencia militar, económica y cognitiva que hoy la gobierna.
El paralelismo no es un recurso retórico mío.
Es el propio León XIV quien lo traza en el número 4 de la introducción: “Si en su momento León XIII hablaba de ‘nuevos asuntos’ (rerum novarum), hoy no podemos limitarnos simplemente a repetir sus valiosas enseñanzas, sino que debemos pedirle a Dios la sabiduría para interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo.“
Es una encíclica que se sabe heredera y que, al mismo tiempo, sabe que hereda un problema de otra naturaleza.
La Revolución Industrial desplazó músculos. La revolución de la IA desplaza algo más íntimo: el juicio, la memoria, la palabra, quizás —y aquí es donde quiero llevar esta nota— la manera en que un ser humano cree y espera.
Lo que la encíclica sí dice, y lo dice fuerte
Conviene no despachar Magnifica Humanitas como un documento tibio o diplomático. No lo es.
Dividida en cinco capítulos, la carta:
- Rechaza el paradigma tecnocrático, ya denunciado por Francisco, por el cual toda decisión se reduce a eficiencia y beneficio.
- Afirma con crudeza que la IA “no posee conciencia moral: no juzga el bien y el mal, no capta el sentido último de las situaciones ni asume el peso de las consecuencias… Puede imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; puede simular empatía o comprensión, pero no conoce lo que produce, porque no reside en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio” (n. 99).
- Declara que “no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos” (n. 107): una advertencia directa contra la concentración de poder técnico en manos de un puñado de corporaciones transnacionales, “actores privados… dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos” (n. 5).
- Dedica un tramo denso a criticar el transhumanismo y el poshumanismo, sosteniendo que “el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (n. 118): la finitud no es un error a corregir, sino el lugar donde madura el amor.
- Pide a los fieles “aprender a prescindir de la IA” y proteger a los jóvenes “de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita” (n. 140), en un capítulo cuarto que vincula verdad, trabajo y libertad.
- Y en su quinto capítulo opone dos imágenes bíblicas que estructuran todo el documento: la Torre de Babel, construida para igualar al hombre con Dios por la fuerza de la técnica, y la reconstrucción de los muros de Jerusalén por Nehemías, hecha piedra a piedra, en comunión, con un propósito humilde y compartido.
Es, en síntesis, una Rerum Novarum del siglo XXI: doctrina social clásica —dignidad, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, justicia social— aplicada a un “nuevo asunto” que ya no tiene fábricas ni sindicatos como escenario, sino centros de datos, modelos de lenguaje y decisiones automatizadas que “pueden bloquear el acceso a la atención médica, al trabajo y a la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias”, como dijo el propio León XIV en la presentación.
El silencio dentro del documento
Y sin embargo —y aquí es donde quiero detenerme, porque creo que es el punto ciego de esta encíclica y, en rigor, de casi todo el magisterio reciente sobre IA, incluyendo la nota Antiqua et Nova del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (28 de enero de 2025), que la precede y que centra su reflexión en la diferencia entre inteligencia humana e inteligencia artificial— hay una pregunta que Magnifica Humanitas roza pero no llega a formular en sus propios términos.
Antes de seguir, una aclaración necesaria, porque el terreno que vamos a pisar se presta a malentendidos: lo que sigue no es una objeción al Magisterio ni una condena de la inteligencia artificial.
Es exactamente lo contrario. La Doctrina Social de la Iglesia, desde Rerum Novarum, nunca funcionó por vía de rechazo —León XIII no condenó la industria, la leyó—; funcionó siempre iluminando, con los principios del Evangelio, los rincones donde una transformación técnica dejaba vacíos de sentido que la sola economía o la sola política no sabían nombrar.
Esta nota se propone hacer exactamente eso, en la misma tradición: no señalar una falla en Magnifica Humanitas, sino continuar, con las herramientas del laicado, el trabajo de discernimiento que la propia encíclica invita a emprender cuando llama a “los fieles laicos y a todas las mujeres y los hombres de buena voluntad a redescubrir la propia tarea” y anima “a las academias y a las universidades a revitalizar” sus principios “para afrontar la revolución digital” (n. 47).
La encíclica habla de dignidad, de trabajo, de verdad, de guerra, de ecología, de las minorías, del transhumanismo.
Habla, en el fondo, de justicia: es una encíclica social, hija legítima de Rerum Novarum, y por eso mismo hereda también su límite natural.
León XIII no se preguntó qué le pasaba a la Fe del obrero cuando el sindicato ateo le ofrecía una comunidad y un sentido que la parroquia ya no le daba con la misma fuerza; se preguntó, con toda razón, por su salario y sus condiciones de trabajo.
León XIV, ciento treinta y cinco años después, se pregunta con la misma justicia por la dignidad del trabajador frente al algoritmo, por la verdad frente a la manipulación, por la paz frente al arma autónoma.
Pero no se pregunta —todavía— lo siguiente: ¿qué le pasa a la Fe y a la Esperanza de una persona cuando su interlocutor cotidiano más disponible, más paciente, más “comprensivo” y más articulado ya no es un padre, un cura, un amigo o un texto sagrado, sino una inteligencia artificial que nunca se cansa, nunca juzga, nunca calla y siempre responde?
No hablo de la IA como herramienta de manipulación de la verdad —eso ya está en el capítulo cuarto—.
Hablo de algo más silencioso y, sospecho, más decisivo: la IA como sustituto funcional de las dos virtudes teologales que sostienen la vida cristiana concreta.
La Fe, que Santo Tomás define como el asentimiento del intelecto movido por la voluntad bajo la gracia a una verdad revelada que no vemos.
Y la Esperanza, que es la certeza de que alguien —Alguien— más sabio y más bueno que nosotros tiene el control último de la historia y de nuestra historia personal.
Hay que decirlo con honestidad, porque el documento merece esa precisión: Magnifica Humanitas roza esta pregunta más de cerca de lo que yo mismo pensaba antes de tener el texto completo en la mano.
En el número 100, dentro del capítulo tercero, León XIV escribe algo que cualquier pastor debería subrayar en rojo: hablando del uso personal de la IA, advierte que “la imitación artificial de una comunicación humana positiva —palabras de consejo, de empatía, de amistad, de amor— puede resultar gratificante e incluso útil, pero en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia.“
“El riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro.” — Magnifica Humanitas, n. 100
Es, para mí, la joya escondida de todo el documento: una sola frase que resume, mejor que cualquier párrafo mío, por qué esta pregunta necesita hacerse.
Ahí está, en germen, mi pregunta. Pero está en germen: formulada en términos de relación humana en general —amistad, acompañamiento, cuidado—, no en términos explícitamente teologales.
La encíclica no da el paso siguiente, que sería preguntarse qué pasa cuando ese “otro” al que ya no se busca de verdad es, en concreto, Dios; o cuando esa “relación simulada” ocupa el lugar donde antes se ejercitaba el acto de fe o el acto de esperanza en un Padre confesor, en una comunidad, en la oración compartida.
El capítulo tercero se acerca todavía más en su tramo final, “El verdadero ‘más que humano‘: gracia y humanismo cristiano” (nn. 127-130).
Ahí León XIV contrapone con una claridad notable dos caminos de trascendencia: el sueño transhumanista de superarse a sí mismo por la técnica, y la verdadera elevación del hombre, que “sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana” no por ingeniería sino por gracia —citando a Santo Tomás, hay una “distancia infinita” entre nuestra naturaleza y la vida de Dios que sólo Dios mismo puede salvar (n. 127).
Es una síntesis teológica hermosa, y es, de hecho, el corazón espiritual de todo el documento.
Pero está formulada como respuesta al transhumanismo —a la pretensión de la técnica de divinizar al hombre—, no como respuesta a la pregunta más doméstica y más urgente: qué pasa con la Fe y la esperanza de la señora que reza el rosario manejando y que, la noche que no puede dormir por la angustia, en lugar de llamar al capellán o abrir el Evangelio, le escribe a un chat.
Ese salto —de la gracia teológica en abstracto a la vida espiritual concreta y cotidiana del fiel de a pie, mediada ahora por una máquina que sabe simular consuelo— es el que ninguna encíclica, ni la Antiqua et Nova (que se detiene en la inteligencia, no en la fe ni en la esperanza como virtudes vividas), ni Magnifica Humanitas, ha dado todavía.
Una hipótesis para pensar, no una condena
No se trata de demonizar la herramienta. La propia Magnifica Humanitas es clara: la técnica “no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona” (n. 4).
El riesgo no está en el chip, sino en el vacío que la IA viene a llenar con tanta eficacia que ni siquiera lo notamos ocupado.
Ese es, me parece, el verdadero “nuevo asunto” —la res nova— que todavía espera su León: no la pérdida del empleo, sino la posible atrofia silenciosa del acto de creer y del acto de esperar, cuando ambos encuentran un sustituto disponible las veinticuatro horas, sin fricción, sin cruz, sin comunidad y sin misterio.
Porque la Fe, en la tradición católica, nunca fue solamente información bien organizada.
Fue siempre una relación que exige un salto, una entrega de la voluntad que ninguna respuesta —por más sabia, por más empática que suene— puede provocar por sí misma.
Y la Esperanza nunca fue optimismo estadístico ni previsión de buenos resultados: fue confianza en una Persona.
Una IA puede simular sabiduría, puede incluso citar mejor que cualquier catequista los textos del Catecismo o de los Padres de la Iglesia.
Lo que no puede —lo dice la propia encíclica— es tener “conciencia moral… empatía o comprensión” reales, porque “no reside en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio” (n. 99).
No puede, en otras palabras, creer con nosotros ni esperar con nosotros; sólo puede simular la palabra que consuela, sin construir “una relación” sino “una apariencia” (n. 100).
Y sin embargo puede, si no se la usa con discernimiento, ocupar exactamente el lugar donde antes se ejercitaba esa Fe y esa esperanza compartidas.
Esta nota no pretende cerrar esa pregunta.
La deja, deliberadamente, abierta —como una piedra fundacional para el trabajo que en catolic.ar recién empieza.
Magnifica Humanitas dejó la puerta entornada, no cerrada: el n. 100 y el bloque sobre la gracia y el verdadero “más que humano” (nn. 127-130) son los dos goznes sobre los que se podría abrir.
Creemos que es tiempo de que la reflexión teológica laica tome ese umbral y lo cruce, yendo un paso más allá de la ética social que la encíclica traza con tanta lucidez, para entrar en el terreno más frágil y menos cartografiado: el de la vida espiritual concreta de millones de personas que, sin saberlo del todo, ya están discerniendo su Fe con la ayuda —o bajo la sombra— de una máquina.
Ladrillo a ladrillo, no torre de Babel
León XIV cierra su encíclica con la imagen de Nehemías reconstruyendo los muros de Jerusalén: no de un solo golpe, sino piedra a piedra, en comunión, sin prisa y sin resignación.
Es una buena imagen también para esta pregunta que dejamos planteada. No hace falta —ni sería honesto— responderla en un solo artículo, ni con miedo, ni con entusiasmo ingenuo.
Hay un párrafo, sin embargo, que conviene leer con particular atención, porque no es uno más entre los 245 de la encíclica: es el que cierra toda la Introducción, el lugar donde un Papa remata, antes de entrar en materia, la tesis que va a sostener durante el resto del documento.
Es el número 16, y ahí León XIV abandona por un momento el registro expositivo para hablar en primera persona, “con ánimo de pastor y de padre”:
“Y, con ánimo de pastor y de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar” (n. 16).
Esa última frase —”el lugar donde Dios desea habitar” en el corazón humano— no es un adorno retórico.
Es, en rigor, la traducción teológica exacta del título mismo de la encíclica: una humanidad no es “magnífica” por lo que logra construir con la técnica, sino por ser el lugar que Dios eligió para habitar.
Y la misma imagen vuelve, casi palabra por palabra, en la Conclusión (n. 245: “testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios”), cerrando el documento en anillo con su propia Introducción. Eso, en un texto pontificio, no es casualidad: es la idea que el Papa quiere que quede resonando.
Y ahí, me parece, se toca sin nombrarlo el nervio de la pregunta que venimos planteando.
Porque si el corazón humano es “el lugar donde Dios desea habitar”, entonces la cuestión decisiva de nuestro tiempo no es sólo si construimos una nueva Babel con nuestra técnica —eso ya lo advierte con fuerza toda la encíclica—, sino si, sin construir ninguna torre visible, dejamos que ese lugar interior se vaya ocupando, en silencio y con nuestro consentimiento cotidiano, por una presencia que sabe simular consuelo pero no puede, por definición, habitar nada.
Ese es el riesgo más fino y menos advertido: no una Babel que se levanta contra el cielo, sino una vacancia que se instala puertas adentro, en el único lugar que estaba reservado para Otro.
Hace falta empezar a hacer esta pregunta en voz alta, con la misma valentía con que León XIII se animó, en 1891, a nombrar lo que otros preferían callar.
Esa es la tarea que catolic.ar se propone continuar en las próximas entregas: no opinar sobre la Iglesia, sino hablar sobre lo que todavía no se ha habaldo del todo.
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