Un canto al misterio de estar vivos — y hechos para no morir, sino para la eternidad
Hay mañanas en que el mundo te detiene. No con un espectáculo extraordinario, sino con lo más ordinario del universo: una franja de luz que entra oblicua por una ventana, el vapor sobre la taza de café, la voz de alguien que amás que llega desde la habitación de al lado.
Y en esa fracción de segundo, antes de que el pensamiento se interponga, sentís algo que no tiene nombre exacto en ningún idioma. Algo que es simultáneamente alegría y nostalgia, plenitud y sed. Algo que te dice, desde las tripas: esto es demasiado bello para ser todo lo que hay.
No te engañés: esa intuición no es romanticismo. Es la señal más antigua que porta el ser humano. Es el eco de una verdad que precede a todos los sistemas filosóficos, a todas las teologías elaboradas, a todos los credos redactados en concilios. Es la voz de lo que somos, recordándonos lo que todavía no terminamos de ser.
“La criatura que puede preguntarse si hay algo más allá de la muerte ya ha traspasado, en algún sentido, esa frontera.”
Porque lo que nos diferencia del animal no es la inteligencia en sentido técnico. Es el deseo de eternidad. El animal no sabe que va a morir y, por tanto, tampoco puede desear no morir. Nosotros sí. Y ese deseo, ¿de dónde viene? Las naturalezas no producen apetitos que no tengan objeto. El hambre supone que existe el alimento. La sed supone que existe el agua. ¿Y este hambre de infinito, esta sed de que lo bello no termine, de que los que amamos no desaparezcan, de que el bien no sea aplastado para siempre por el mal? ¿Supone acaso algo?
El misterio irrepetible de la persona amada
Pensá en la persona que más amás. Mirala —aunque sea en tu memoria— con toda la atención que puedas. El modo en que ríe. Ese gesto particular que nadie más hace igual. La forma en que está presente cuando está presente, y cómo su ausencia, por breve que sea, deja un hueco reconocible en el aire.
Ahora decime: ¿te parece posible que todo eso, esa persona entera, ese misterio irrepetible, esté destinado simplemente a disolverse en la nada? ¿Que todo ese amor acumulado en años de vida compartida no sea más que actividad electroquímica condenada a apagarse?
El materialismo tiene respuestas para todo. Pero no tiene respuesta para esto. Puede explicar cómo funciona el amor. No puede explicar por qué duele su pérdida como si fuera una injusticia cósmica. Y esa sensación de injusticia —ese “esto no puede ser todo”, ese “ella no puede simplemente dejar de existir”— no es ilusión. Es una forma de conocimiento. Es el alma reconociendo su propio destino.
“Fuimos diseñados para una magnitud que esta vida apenas prefigura. Somos demasiado grandes para caber aquí.”
La Fe cristiana no inventó esta intuición. La recibió, la purificó y la elevó hasta su verdad más alta. Dice que Dios no crea para destruir. Que cada ser humano —cada uno, sin excepción, sin importar lo que haya hecho o lo que le hayan hecho— lleva grabado en su interior el sello de lo eterno.
Que cuando el Verbo se hizo carne no fue para darnos un manual de conducta ni para fundar una institución de servicios religiosos, sino para atravesar la muerte desde adentro y dejarla vencida. Para que el amor tuviera la última palabra. Siempre.
Lo que cambia cuando uno sabe que no va a morir del todo
Esto cambia todo. Cambia el modo en que miramos un amanecer: no es apenas luz, es el ensayo de una Gloria mayor. Cambia el modo en que escuchamos música: ese instante en que una melodía te parte el pecho no es accidente neurológico, es el alma rozando su propio cielo.
Cambia el modo en que tocamos a los que queremos: en cada abrazo hay algo que trasciende el gesto, porque estamos tocando a alguien que Dios pensó antes de que el tiempo empezara y que no terminará cuando el tiempo acabe.
Y cambia, sobre todo, el modo en que miramos el sufrimiento. No lo explica, no lo justifica fácilmente. Pero le da un horizonte. El dolor que tiene horizonte se puede atravesar. El dolor sin horizonte aplasta.
La Fe cristiana no promete que no va a doler. Promete que el dolor no tiene la última palabra. Que hay Alguien que estuvo en el fondo del pozo —literalmente, en el fondo de la muerte misma— y salió. Y lleva a los suyos consigo.
“La vida no es un camino hacia la nada. Es un camino hacia Casa. Y el camino mismo ya es parte de la llegada.”
Quiero decirle esto a toda la gente de buena voluntad que alguna vez se paró ante una tumba y sintió que algo en esa escena era profundamente inaceptable. Tenían razón. Era inaceptable.
No porque la muerte no sea real, sino porque el ser humano no fue creado para ella.
La muerte nos queda grande, en el peor sentido: nos sobrepasa, nos aplasta, nos parece demasiada. Y esa desproporción no es una falla del diseño. Es la firma del Diseñador diciéndonos que hay más.
Quiero decirle esto a cada persona que alguna vez amó con ese amor que duele por su propia intensidad, por su propio exceso. Ese amor que te hace pensar “no alcanza una vida para esto”. Escuchá eso. No es hipérbole. Es profecía. No alcanza esta vida. Pero hay otra.
Vivir con la intensidad que corresponde a seres eternos
Vivamos, entonces, con la intensidad que corresponde a seres hechos para no morir. Amemos sin el freno cobarde del “para qué, si todo termina”. Todo no termina.
Lo que construimos en amor tiene peso eterno. Una caricia dada con ternura genuina, una verdad dicha a tiempo, un perdón que costó pero se ofreció de todos modos: estas cosas no se pierden. Se tejen en algo que dura.
Miremos el cielo de noche con ojos nuevos. Cada estrella es una pregunta que el universo se hace a sí mismo. Pero nosotros —nosotros sí— tenemos la respuesta. O mejor dicho: la Respuesta nos tuvo a nosotros, nos pensó, nos quiso, y sigue queriéndonos con esa voluntad que no cansa y no olvida y no suelta.
Eso que sentiste en aquel amanecer, en aquel abrazo, en aquel momento en que la música te abrió el pecho: era Él. Era la eternidad que ya empezó, tocándote desde adentro.
“No somos seres temporales con destellos de eternidad. Somos seres eternos con un trecho temporal por delante.”
Y ese trecho —estos años, estos días, estas horas que nos quedan— vale todo. Vale la pena vivirlo bien, amarlo bien, llenarlo hasta el borde. No porque sea todo lo que hay. Sino precisamente porque no lo es.
Porque es el prólogo de algo que no tiene página final. Porque somos demasiado grandes para esta vida, y eso, lejos de entristecer, debería llenarnos de una alegría que ninguna circunstancia puede quitarnos del todo.
El mundo está lleno de personas que llevan esa sed sin nombre. Que sienten que hay más, que esto no puede ser todo, que el amor no puede simplemente apagarse.
A todas ellas, con toda la convicción que me da una vida entera buscando y encontrando: tienen razón. Hay más. Infinitamente más. Y ese más tiene nombre, tiene rostro, tiene manos que alguna vez se clavaron para que nosotros pudiéramos creerlo.
Estamos hechos de tiempo y de eternidad. Y la eternidad ya ganó.
— Dedicado a quienes comparten el camino y llenan de sentido cada paso. A los que aman sin pedir explicaciones. A toda alma de buena voluntad que alguna vez miró el cielo y sintió que pertenecía allí.
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