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Ya no se hereda: lo que Roma admite sobre la fe que nadie transmitió

Hay una escena que todo párroco conoce y pocos nombran.

Un chico de catorce años recibe la confirmación, sonríe para la foto con la familia, y el domingo siguiente no vuelve.

Tampoco el otro. Ni el de más allá.

Durante décadas la Iglesia explicó esa deserción con diagnósticos prolijos: la época, la tecnología, el ruido.

Esta semana, desde el Vaticano, llegó una explicación más incómoda: quizá el problema no esté solo afuera.

El 22 de octubre, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó Venite ad me, unas “Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época“.

El texto fue encargado por Francisco en los últimos momentos de su vida, renovado por León XIV y aprobado por este el 21 de agosto (n. 138).

No es una encíclica ni una nota doctrinal, y el propio documento se encarga de aclararlo: busca estimular la reflexión eclesial, examina varios puntos de vista y deja la cuestión abierta (n. 8).

Según informó AICA, además, se difundió directamente a través de las diócesis, sin la presentación habitual en la Sala de Prensa.

Esa sobriedad en la forma no debería hacernos subestimar el fondo.

La herencia que se cortó

El documento parte de una constatación que, dicha por Roma, pesa: la transmisión de la fe de padres a hijos ya no es “automática” (n. 38).

Durante siglos, la familia fue el primer lugar donde se aprendía a rezar, a persignarse, a entrar en una iglesia; el texto la describe como el primer “tabernáculo” donde los pequeños vislumbran qué significa seguir a Jesús (n. 37).

Esa cadena, dice, se ha interrumpido en buena parte del mundo.

Lo notable es la geografía del diagnóstico.

No se queda en Europa. Recorre Estados Unidos y Canadá, la Europa del Este, Asia, África y América Latina.

Cita a los obispos de Chile, que recuerdan que durante décadas se dio por descontada una continuidad entre familia, escuela, cultura y comunidad eclesial; a los de Panamá, donde la fe sigue presente en las fiestas populares pero ya no se transmite “de manera natural” en las casas; y a Colombia, donde son los abuelos quienes suplen lo que los padres dejaron de dar (n. 50).

Es un retrato en el que cualquier párroco argentino podría reconocer su propia sacristía.

El problema no son solo los chicos

Aquí está lo más fuerte del texto, y lo que menos se comentará.

Roma no dice simplemente “hay que reforzar la catequesis de niños”.

Dice lo contrario: la transmisión de la fe exige hoy evangelizar a los adultos y superar una pastoral centrada únicamente en niños y adolescentes (n. 42).

La razón es de una lógica brutal.

Los adultos son también los padres.

Y el n. 101 formula la pregunta que lo ordena todo: ¿cómo pueden los adultos transmitir la fe a las nuevas generaciones si ellos mismos no la viven primero a nivel personal?

Durante años se le pidió a la catequesis infantil que hiciera un trabajo que no le corresponde: reemplazar un hogar donde la fe ya no se respira.

El documento reconoce incluso que a veces los chicos llegan a la catequesis sin haber recibido nunca un primer anuncio explícito del Evangelio (n. 78), y que el elevado número de niños y adolescentes que se alejan apenas terminan la iniciación o la escuela católica indica que la catequesis sigue sin encontrar el modo de provocar un encuentro sólido y duradero con Cristo (n. 79).

Para el laicado, esto no es un detalle técnico.

Significa que el adulto bautizado, el que trabaja, el que cría hijos, el que quizá se alejó hace veinte años y mira la parroquia desde la vereda, deja de ser un espectador al que se atiende en bautismos, casamientos y funerales, y pasa a ser el destinatario prioritario del anuncio.

El texto lo dice con claridad: esas ocasiones, en las que mucha gente se acerca una sola vez, son una oportunidad para un anuncio que conmueva y no para un trámite (n. 100).

¿Mantener o anunciar?

Hay en el documento una frase que merece leerse despacio, porque es fácil volverla más dura de lo que es.

Al analizar la crisis del llamado modelo de cristiandad, el texto registra una percepción generalizada, en diversas partes del mundo: que la tarea de los sacerdotes se limita a menudo a “mantener” las estructuras existentes, mientras el mundo que los rodea cambió radicalmente (n. 53).

Conviene ser precisos. Roma no acusa a nadie: recoge una percepción, que le llegó de las conferencias episcopales, y la deja escrita.

Pero que figure en un documento de la Santa Sede ya es significativo, porque obliga a una pregunta que cada diócesis y cada parroquia debería hacerse sin dramatismo y sin defensividad: ¿qué hacemos los lunes, los martes y los jueves? ¿Anunciamos, o administramos?

El texto no se queda en la queja; propone.

Pide recentrar todo en el kerygma, el primer anuncio: que Jesucristo está vivo, te ama y dio su vida para salvarte.

Y pide cuidar el modo.

Advierte contra lenguajes que puedan calificarse de “escolásticos“, “dogmáticos” o “moralistas“, y contra una comunicación repetitiva y autorreferencial que corre el riesgo de no llegar al corazón (n. 80).

Va más lejos: sostiene que, ante las nuevas generaciones, los catecúmenos adultos y los que vuelven, no conviene dispersarse en tantos ámbitos de la doctrina, por importantes que sean, y perder de vista lo más sólido: el amor de Dios (n. 84).

Nadie debería leer en esto una rebaja de la doctrina.

El mismo texto aclara que el kerygma no sustituye a la formación, sino que es su fundamento, y su cierre dice expresamente que la transmisión de la fe no aleja del depósito de la fe, sino que vuelve al corazón de ese patrimonio (n. 138).

Pero sí hay un orden: primero la experiencia del encuentro, después el catecismo.

Quien lo invierte, advierte el documento, termina hablando para dentro.

Las propuestas concretas son más modestas, y por eso más realizables: grupos estables de escucha de la Palabra con horarios fijos, junto a la misa dominical (n. 88); una homilía preparada para presentar la fe de forma narrativa, como hacía Jesús con las parábolas (n. 114); la fuerza de atracción que las peregrinaciones y las cofradías ejercen sobre los jóvenes (n. 113); y el voluntariado como puerta de entrada a la Iglesia (n. 115).

Menos programas y más vínculos.

Hay, además, una confesión que pocos citarán.

El documento reconoce que hace falta un estudio específico sobre el “repentino declive” del catolicismo en países donde estaba profundamente arraigado, para comprender sus causas y elaborar una respuesta pastoral adecuada (n. 119).

Antes de las recetas, Roma admite que el diagnóstico todavía está incompleto.

Las mujeres y las decisiones

El texto incluye también una “atención” que muchas comunidades reconocerán sin esfuerzo: la necesidad de ampliar los espacios de presencia de las mujeres en la guía de los procesos eclesiales.

El propio documento admite que los fieles más presentes y activos en la vida de las comunidades son, en gran parte, mujeres, y que se ha hecho más evidente la necesidad de que accedan a los ámbitos donde se toman las decisiones (n. 116).

Dice que el Dicasterio estudió el tema y que remitió sus conclusiones al Papa.

No anuncia reformas: deja constancia.

Cuidado con el triunfalismo

El documento no es pesimista.

Registra un fenómeno que merece alegría: en los países más secularizados crece el número de jóvenes y adultos jóvenes que piden el bautismo.

En Francia, los bautismos de adultos aumentaron un 28% en 2026 respecto del año anterior y se han más que triplicado frente a 2016; la gran mayoría tiene menos de 40 años y la mitad ronda entre los 18 y los 25 (n. 63).

Y, sin embargo, el texto frena el entusiasmo.

Advierte que muchos neófitos, poco después de recibir el sacramento, vuelven a una “indiferencia práctica“, y pide evitar las actitudes triunfalistas.

La lección, dice, es redescubrir el lugar de la comunidad en la acogida y el acompañamiento de los nuevos fieles (n. 64).

Un bautismo no es un final: es el comienzo de una pertenencia que alguien tiene que sostener.

Lo que queda por responder

Falta poco para que León XIV llegue a la Argentina, y toda visita papal despierta la tentación del gran acontecimiento: multitudes, emoción, titulares.

Este documento, con su tono de conversación entre pastores, sugiere otra pregunta, menos vistosa y más decisiva: ¿qué encontrará el Papa cuando se retire la multitud?

En el repaso que el texto hace de los episcopados (n. 50) aparecen Chile, las Antillas, Panamá, Colombia y la Amazonía peruana.

La Argentina no figura.

Pero en las últimas páginas, entre los laicos propuestos como modelo de evangelización, el documento nombra a una argentina: Mama Antula, a quien recuerda por su “largo peregrinaje evangelizador” (n. 143).

Es una elección elocuente.

Para transmitir la fe en este cambio de época, Roma no mira primero a los especialistas, sino a quienes salieron a buscar a otros.

Esa es la verdadera consulta que abre Venite ad me.

No es una novedad doctrinal.

Es algo más difícil: la invitación a revisar, sin acusarse y sin consolarse, cómo se vive y cómo se comunica la fe en cada comunidad.

Roma ya hizo su parte, que fue reconocer, con una franqueza poco frecuente, que lo que se heredaba ya no se hereda.

Lo que sigue corresponde a cada parroquia, a cada familia, a cada laico que alguna vez recibió la fe de alguien y hoy se pregunta a quién se la va a dar.

©Catolic.ar

El hombre al que Dios encontró sin cátedra

Por Néstor Ojeda

La noche en que el filósofo dejó de ser dueño de su vida

Tenía cincuenta y un años y una carrera que casi nadie en España podía igualar.

Había ganado la cátedra de Ética a los veintiséis, había escrito sobre Kant y sobre Bergson, y la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid lo había elegido decano por unanimidad.

Hasta que, en el verano de 1936, la guerra le arrancó todo lo que sabía ordenar.

El 28 de agosto, mientras entregaba el decanato del que el Gobierno acababa de destituirlo, le avisaron por teléfono de que su yerno había sido asesinado en Toledo.

Tenía veintinueve años, era ingeniero y pertenecía a la Adoración Nocturna.

Manuel García Morente cayó desvanecido al suelo.

En su casa, las mujeres de la familia rezaban durante horas; él, confesaría después, no podía rezar, y acaso ni sabía.

El 26 de septiembre un aviso confidencial le advirtió de que habían decidido darle muerte.

Huyó, y el 2 de octubre llegó a París con setenta y cinco francos en el bolsillo.

El exilio fue una humillación continua.

Solo, en un octavo piso, pasaba las noches en vela preguntándose si había sido un cobarde al abandonar a los suyos.

Todo lo que intentaba por su cuenta fracasaba; en cambio, le llegaba sin pedirlo lo que no buscaba: un encargo editorial, una cátedra en la Universidad de Tucumán, un encuentro casual que abría la posibilidad de sacar a su familia de España.

Tres veces le rozó la idea de una Providencia, y las tres la rechazó con lo que él mismo llamó terquedad y soberbia.

El 27 de abril de 1937 llegó un telegrama: el Gobierno negaba la salida a sus hijas.

Solo en el piso, se obligó a pensar con método y concluyó que su vida se había hecho sin él, que algo o alguien distinto de él la hacía y se la entregaba.

Pero ese Dios, el de la filosofía, el Dios en quien se piensa y al que no se reza, le pareció cruel y lejano.

Su razonamiento lo llevó hasta el borde más oscuro: llegó a pensar que el único acto libre que le quedaba era quitarse la vida, y se espantó de sí mismo.

Para distraerse encendió la radio.

Sonaba música francesa: César Franck, una pavana de Ravel y, al final, un fragmento de Berlioz sobre la infancia de Jesús.

Apagó el aparato para no romper la paz que le había dejado, y por su mente empezaron a desfilar escenas de la vida de Cristo, hasta llegar al Calvario.

Lo vio así: «Los brazos de Cristo crecían, crecían, crecían», hasta abrazar a toda aquella humanidad doliente, mientras la Cruz subía hasta el cielo.

Entonces lo entendió.

Ése era el Dios vivo: no el Dios teórico de los libros, sino Dios hecho hombre, sufriendo como él.

Se arrodilló para rezar el Padrenuestro y descubrió, con horror, que lo había olvidado.

Recordó a su madre, muerta cuando él tenía nueve años, y el regazo en que se recostaba para rezar con ella.

Tardó una hora en reconstruir la oración; algunas frases le salían en francés, y la copió en un librito de notas.

Recuperó también el Avemaría. El Credo y la Salve se le resistieron.

Pasada la medianoche se quedó dormido en un sillón.

Despertó sobresaltado, abrió la ventana y, al volverse, se quedó petrificado: «Allí estaba Él.»

No lo veía, no lo oía, no lo tocaba.

Lo describió como una percepción sin sensaciones, que lo inundaba de un gozo que nada podía igualar.

Por un tren de mercancías que pasó frente a la casa calculó que había durado algo más de una hora, aunque admitió que pudo ser un minuto.

Solo encontró algo parecido en el capítulo 27 de la Vida de santa Teresa.

No se entregó al entusiasmo.

El filósofo examinó la hipótesis de la alucinación y la del engaño del demonio, y se resistió a creer que Dios hubiera querido visitar a un hombre que se tenía por pecador.

Un solo argumento lo hizo detenerse: los frutos. Al día siguiente resolvió hacerse sacerdote.

No fue un silogismo. No lo convenció una tesis ni lo venció un argumento.

El hombre que había enseñado durante décadas a pensar el deber, el bien y el ser descubrió esa noche que el Dios que existe no era el de sus libros.

El que existe se había hecho carne y salió a buscarlo hasta el último piso de una casa de París.

El maestro que enseñaba sin creer

Nació en Arjonilla, Jaén, en 1886. Estudió en la Sorbona, donde tuvo por maestro a Bergson.

Se doctoró en 1911 y al año siguiente ganó por oposición la cátedra de Ética.

Fue subsecretario de Instrucción Pública en 1930 y decano de Filosofía y Letras desde 1931. Escribió sobre la estética de Kant, sobre el progreso, sobre Bergson.

Era viudo desde 1923, con dos hijas a su cargo, y un hombre al que casi todo le salía.

Había sido católico practicante hasta la adolescencia.

Después, su pensamiento se construyó sin Dios, y en algún momento contra Él.

Durante más de treinta años dio la espalda a toda religión.

Si alguna vez nombraba a Dios, era el de los filósofos: una idea, una exigencia de la razón, una pieza necesaria del sistema.

Con sus propias palabras, ese Dios teórico le resultó siempre «demasiado abstracto, demasiado geométrico e inhumano». Y cuando todo se derrumbó, ni siquiera sabía rezar.

Lo inquietante es que Morente no era un incrédulo vulgar.

No despreciaba lo sagrado: lo estudiaba con respeto, lo enseñaba con rigor, lo comprendía mejor que muchos creyentes.

Le faltaba una sola cosa: que Alguien le saliera al encuentro.

Podía describir la distancia entre el hombre y Dios con precisión de geómetra, pero no sabía que esa distancia ya había sido recorrida desde el otro lado.

Aquí está el reproche silencioso que su vida hace a los que vivimos de las ideas, incluidos los que escribimos sobre la Iglesia con más pasión que oración.

Se puede conocer la teología, discutir la doctrina, denunciar lo que está mal y defender lo que está bien, y seguir teniendo a Dios en la categoría de tema.

El peligro del intelectual no es negar a Dios, sino archivarlo.

Fue ese hombre, ya con la fe recuperada, quien llegó a la Argentina.

Entre julio de 1937 y mayo de 1938 vivió en Tucumán, dirigió el Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad y dictó los cursos de los que nacieron sus Lecciones preliminares de filosofía, publicadas en 1938 y reeditadas todavía hoy.

Allí escribió que «la filosofía, más que ninguna otra disciplina, necesita ser vivida».

Lo escribía alguien que acababa de vivirla de la peor y de la mejor manera.

En esas mismas Lecciones (lección XXV, ed. Losada, pp. 291-292) describe la vida humana como ocupación: el hombre vive manejando las cosas, comiendo sus frutos, protegiéndose de la lluvia. Y para hacerlo tiene que dar por hecho, antes de cualquier razonamiento, que esas cosas «no son la nada, sino algo»;

Sin ese arranque, dice Morente, no podría vivir.

El filósofo explicaba que el hombre necesita afirmar el ser para poder vivir.

Pero quien lo explicaba en Tucumán acababa de descubrir, en una noche de París, la otra cara de esa verdad: que antes de afirmar él al ser, el Ser lo había afirmado a él, y le había entregado su propia vida.

El cura de la hora undécima

Hay una escena en el Evangelio que los hombres de cátedra solemos leer con cierta incomodidad: la de los obreros de la hora undécima, los que llegan al final de la jornada y cobran lo mismo que los primeros (Mt 20).

Morente la vivió en carne propia.

El 29 de junio de 1938, en Vigo, recibió lo que él mismo llamó su «segunda primera comunión».

Había enseñado ética durante un cuarto de siglo y tuvo que aprender de nuevo a rezar.

El 10 de septiembre ingresó con los mercedarios de Poyo para prepararse al sacerdocio.

El decano al que obedecían claustros enteros volvía a ser alumno, a los cincuenta y dos años.

Fue ordenado el 21 de diciembre de 1940 y murió en Madrid el 7 de diciembre de 1942.

Casi dos años de sacerdocio, tras más de treinta de alejamiento.

Las fuentes coinciden en el motivo: su decisión de entregarse a las almas.

No quiso ser un converso famoso ni escribir su testimonio para la gloria.

No habló de aquella noche con nadie, ni siquiera en confesión.

En septiembre de 1940, poco antes de ordenarse, la puso por escrito para su director espiritual, José María García Lahiguera, hoy venerable, y le pidió consejo y silencio.

Lahiguera lo resumiría así: «Yo preferí el silencio.» Y el filósofo lo aceptó con tanta humildad que ni siquiera le preguntó qué pensaba; murió sin conocer su juicio sobre el hecho más grande de su vida.

Su figura no está exenta de controversia: algunos estudios señalan su adhesión política al bando franquista desde su conversión hasta su muerte, y sus ideas sobre la hispanidad se han discutido.

No se trata aquí de absolverlo ni de juzgarlo, sino de mirar lo que ocurrió en aquella noche de París y lo que hizo con ella.

El padre Manuel Guerra sostiene que el cambio fue tal que cabe pensar en su beatificación; es una opinión suya, no una causa abierta.

Años después, leyendo a san Agustín, Morente encontró la clave de aquella noche: «Inquieto está mi corazón hasta que en Ti descansa.»

La noche que cada uno espera

Morente no fue un santo de nacimiento ni un mártir de estampita.

Fue un profesor que sabía mucho, que creía poco y que tenía su vida perfectamente ordenada hasta que dejó de estarlo.

Lo perdió casi todo en pocos meses: la cátedra, la casa, la patria, la seguridad de los suyos. Y en el fondo de esa pérdida, de madrugada, en un piso de París, Alguien lo estaba esperando desde hacía mucho.

Conviene decirlo sin rodeos, porque a nosotros, que vivimos de hablar de Dios, nos cuesta: el Misterio no esperó a que Morente se lo mereciera, ni a que terminara su obra, ni a que tuviera la edad adecuada.

Lo alcanzó cuando se le acabaron las razones. Y lo hizo sacerdote a los cincuenta y cuatro años, con apenas dos de ministerio por delante, porque en la viña del Señor nadie pregunta la fecha de nacimiento a los que llegan a la hora undécima.

Por eso su historia no es un caso curioso para contar en una sobremesa. Es una pregunta puesta frente a cada uno de nosotros, y no admite respuesta de cátedra:

¿De qué estamos hechos cuando nos quitan todo lo que sabemos? ¿Qué Dios nos queda cuando ya no podemos explicarlo? ¿Y cuánto más vamos a esperar, rodeados de ideas, de argumentos y de razón, a que nos alcance el Dios que ya salió a buscarnos?

Morente dio su respuesta en silencio, de rodillas, y después a las almas.

A nosotros nos queda la nuestra.

Fuentes

©Catolic.ar

¿Por qué insistimos en un curso ajeno para anunciar lo que ya tenemos?

Alpha sigue creciendo en la Iglesia argentina.

Antes de seguir aplaudiendo, alguien tiene que preguntar qué se está anunciando, quién lo conduce y qué dejamos de hacer mientras tanto.

Hay preguntas que la Iglesia no hace por cortesía, por cansancio o por miedo a parecer ingrata con quien llega con entusiasmo.

Esta es una de ellas: ¿por qué la Iglesia católica argentina insiste en confiar el primer anuncio a un método que ella no diseñó, que no responde a su autoridad y que, por su propia definición, evita lo específicamente católico?

No es una pregunta contra la evangelización. Es una pregunta por ella.

Lo que se ve, y no es un rumor

Alpha no es una moda pasajera.

La conferencia nacional «Cree y Verás» fue convocada para el 11 y 12 de septiembre de 2026 en el Auditorio Saddleback de Buenos Aires.

Los organizadores la presentan como un espacio para renovar la visión, ser equipados para el evangelismo y conectar a líderes de todo el país.

Entre los oradores figuraban el director regional de Alpha para Latinoamérica y el Caribe, el CEO de Alpha en Estados Unidos, un sacerdote católico diocesano y pastoras de iglesias evangélicas locales.

La grilla incluía un espacio para la Misa. El vocabulario de la convocatoria, con sus «perdidos» que hay que «alcanzar», es el de una tradición evangélica.

Hay más. Existe una edición latinoamericana de la serie AlphaAdos, con un coordinador de Alpha Ados para escuelas en Argentina.

La UCA lista entre las novedades de su Instituto de Espiritualidad y Acción Pastoral un «Curso: Alpha Profesores» y una convivencia Alpha en Rosario.

Y el propio Alpha exhibe el respaldo de un arzobispo argentino, que lo recomienda por su énfasis en el kerygma.

Esto es lo que se ve. Lo que importa es lo que significa.

Lo que hay que reconocer, porque la verdad no admite mutilaciones

Sería injusto negar lo bueno.

Alpha reúne a gente alrededor de una mesa, la escucha, la invita a hacer preguntas sin vergüenza y le habla de Jesús con sencillez.

Hay laicos que lo corren con generosidad real y bautizados alejados que volvieron a pisar una parroquia gracias a una cena. Un pastor no puede despreciar eso.

Pero una cosa es reconocer un fruto y otra confundir el fruto con el árbol.

Que una persona se conmueva en una cena no prueba que el método sea el camino que la Iglesia debe oficializar.

Se puede encontrar a Dios en un camino equivocado, igual que se puede encontrar una fuente en medio de un desierto mal cartografiado. La fuente es real. El mapa sigue siendo un problema.

El problema de fondo: un anuncio diseñado para no ser católico

Las propias presentaciones con las que algunas diócesis explican Alpha a sus fieles dicen que el curso enseña solo aquello en lo que concuerdan las principales denominaciones cristianas, y que no abarca enseñanzas específicas de la fe y la eclesiología católicas.

Se añade, para tranquilizar, que su contenido es compatible con la fe católica.

Léase despacio.

Compatible no es lo mismo que plenitud. Un anuncio que, por diseño, omite la Iglesia, los sacramentos como camino de la gracia, la Eucaristía como centro y fuente, el sucesor de Pedro y la comunión jerárquica, no es un anuncio neutro.

Es un anuncio recortado. Y el recorte no es accidental: es la condición para que funcione en cualquier templo, de cualquier denominación.

En Argentina esa lógica se declara sin disimulo.

Un pastor que promueve Alpha en su iglesia explica que, en un país muy católico, invitar a todos sin distinguir protestantes de católicos elimina un mecanismo de defensa.

Esa es su propia descripción de la estrategia: hacer que la persona baje la guardia respecto de la pertenencia confesional.

Un católico formado debería detenerse ahí, porque la guardia que se baja es la que protege el sentido de pertenecer a la Iglesia que Cristo fundó.

Quien presenta a un bautizado un cristianismo sin Iglesia concreta no le entrega menos. Le entrega otra cosa.

«Alpha no sustituye la catequesis»: la frase que nadie se toma en serio

El propio material de Alpha insiste en que no sustituye los programas de catequesis y que es más eficaz dentro de un plan integral de evangelización. Es una frase honesta.

Hay que tomarla en serio y hacerle la pregunta que corresponde: si no sustituye la catequesis, ¿qué ocurre en las parroquias que, con pocas manos y poco tiempo, eligen un curso listo, con videos, guías y materiales, en lugar de armar un itinerario propio?

La Iglesia no carece de un camino de iniciación.

Tiene el catecumenado, con su ritmo, sus etapas, sus ritos y su lógica de acompañamiento.

Tiene una tradición de más de veinte siglos de pedagogía de la fe.

Tiene al párroco, a los catequistas y a las comunidades, y tiene doctrina, que no es un estorbo para el anuncio sino su columna vertebral.

Cuando se tercerizan el primer anuncio y la primera experiencia comunitaria en una marca internacional, la pregunta deja de ser metodológica.

Pasa a ser eclesiológica: ¿quién conduce el proceso por el cual alguien se hace cristiano en esta diócesis?

Una franquicia no es una pastoral

Alpha opera como una organización con estructura regional, conferencias, materiales de marca, entradas con costo, combos por cantidad de asistentes y oficinas en cuatro países de América Latina.

En sus redes se presenta, sin más, como ONG. Nada de esto es ilegítimo en sí mismo.

Pero una estructura con sus propios líderes, su propia agenda y su propio ecosistema de referencias no responde al obispo del lugar.

Cuando una diócesis adopta una herramienta así sin criterio propio, no solo incorpora un método. Incorpora un interlocutor con un peso creciente sobre cómo se forma, se habla y se invita en sus parroquias.

Eso merece un discernimiento serio. Y el discernimiento serio empieza por preguntas simples que casi nunca se formulan en voz alta:

¿Quién forma a los líderes de Alpha en cada diócesis?

¿Bajo qué supervisión teológica se imparte el curso en las parroquias?

¿Qué ocurre después de la última sesión, cuando el invitado pregunta por la Misa, por la confesión, por la Virgen?

¿Hay un itinerario católico esperándolo o una puerta que da a otra puerta?

Los jóvenes y las escuelas: donde se juega el futuro

El punto más delicado no está en la cena de adultos.

Está en los adolescentes y en las escuelas.

Cuando una serie producida fuera de la Iglesia argentina, con su propio guion y su propio lenguaje, llega a colegios y grupos de confirmación, se está moldeando la primera impresión que una generación tendrá de la fe.

Y los jóvenes no necesitan una fe más tibia ni más simpática.

Necesitan que alguien se atreva a decirles toda la verdad, con belleza y sin vergüenza. Un chico que busca sentido, que carga con soledades que no confiesa, merece el anuncio entero de una Iglesia concreta, no un resumen cómodo para todos los públicos.

Lo que hay que exigirle a los pastores

Esta nota no pide prohibir nada. Pide algo más difícil: que quienes tienen la responsabilidad de pastorear respondan con claridad.

Que cada diócesis diga públicamente si adoptó Alpha, bajo qué condiciones y con qué control doctrinal.

Que cada parroquia que lo corra ofrezca, desde la primera sesión, el camino católico que sigue.

Que ninguna escuela católica lo incorpore a su pastoral sin el conocimiento y la aprobación explícita de las familias y del obispo.

Y que los laicos, que somos la mayoría de la Iglesia y los primeros destinatarios de este esfuerzo, podamos saber qué se hace en nuestro nombre.

Porque la Iglesia argentina tiene tesoros que no necesita importar: una piedad popular que ha sostenido la fe de generaciones, santos que caminaron estas tierras, párrocos que llevan décadas en el barrio y laicos que enseñan el catecismo sin cobrar ni salir en una conferencia.

Antes de copiar una fórmula, habría que preguntarse por qué no estamos fortaleciendo lo propio.

Nadie discute el deseo de anunciar a Cristo.

Se discute si la Iglesia puede darse el lujo de anunciarlo con un acento prestado y una pertenencia en suspenso, mientras deja sin recursos a quienes sostienen su catequesis.

Un pueblo que olvida de dónde viene su fe termina buscando en otra parte lo que tenía en casa.

El primer anuncio es un acto de la Iglesia, no de una marca.

Y a quien pregunta por Cristo hay que entregarle a Cristo entero, con la Iglesia que lo guarda y los sacramentos que lo dan.

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La ley que nadie votó

Hay una pregunta que casi nadie se hace cuando cruza una calle con el semáforo en rojo o llena un formulario en una oficina pública: ¿de dónde saca esta ley su derecho a mandarme?

La respuesta de reflejo es inmediata: de los legisladores, de la Constitución, del voto.

Y es verdad, hasta cierto punto.

Pero la respuesta sirve solo mientras nadie pregunte una vez más: ¿y de dónde sacan ellos su derecho a mandar?

Si la cadena de razones termina en «porque así lo decidió la mayoría», entonces hemos construido una casa muy ordenada sobre un terreno que nunca nos animamos a mirar.

Lo necesario no es lo último

Conviene empezar por reconocer lo evidente, para que nadie crea que esto es un panfleto contra las leyes.

Necesitamos leyes positivas, y mucho.

Alguien tiene que decidir de qué lado de la calle se circula, cuántos años de prescripción tiene una deuda, cómo se registra una propiedad, qué requisitos exige un matrimonio civil, cómo se vota.

La ley natural no dice nada de eso.

Es la ley positiva la que baja los principios a lo concreto, la que pone fechas, plazos, formularios y sanciones.

Quien la desprecia, desprecia el modo en que una comunidad se hace posible.

El problema no está en que la ley positiva exista. Está en que hayamos olvidado que es segunda.

Que viene después de algo. Que es una respuesta a una pregunta que no formuló ella.

Recuerdo que monseñor Karlic, entonces arzobispo de Paraná, les decía a los políticos reunidos en Gualeguaychú, allá por el año 2000, que las leyes deben ser cauce. La palabra es exacta.

Un cauce no fabrica el río ni le dicta su razón de ser: lo recibe, lo ordena, le impide arrasar y le impide perderse.

La vida social corre como el agua, y la ley es el lecho por donde puede correr sin ahogar a nadie.

Pero todo baqueano sabe lo que ocurre con un cauce excavado contra la pendiente: el agua lo ignora, lo desborda o lo convierte en pantano.

El legislador puede trazar el cauce; lo que no puede decretar es hacia dónde corre el agua.

Esa inclinación del terreno, anterior a toda excavación, es lo que la tradición llamó ley natural.

Santo Tomás lo dijo con una claridad que hoy parece escandalosa: una ley injusta no es ley, sino corrupción de la ley.

Esa frase no nace de un arrebato rebelde. Nace de una convicción serena: que existe un criterio anterior a cualquier parlamento contra el cual se mide lo que los parlamentos hacen. Sin ese criterio, la palabra «injusta» no significa nada. Solo quedaría la palabra «derrotada».

El día en que «cumplí órdenes» dejó de alcanzar

La historia ofreció una lección dolorosa, y la ofreció a plena luz.

Tras la Segunda Guerra, en Núremberg, se sentó en el banquillo una generación de funcionarios, jueces y burócratas que, en su inmensa mayoría, había hecho algo muy simple: cumplir la ley de su país.

Las deportaciones tenían decreto. Las exclusiones tenían reglamento. Los trámites estaban sellados y foliados.

Y sin embargo el mundo entendió, casi por instinto, que eso no bastaba como defensa.

Que había actos tan hondamente contrarios a lo humano que ninguna norma podía legitimarlos.

Que existía un derecho no escrito, anterior a la firma de cualquier ministro, al que había que responder.

Pensemos en lo que esa decisión implicaba.

Si el tribunal tenía razón, entonces la ley positiva no es la última palabra.

Si la ley positiva fuera la última palabra, Núremberg habría sido una venganza de los vencedores con aire solemne.

Los jueces apelaron, sin decirlo del todo, a la ley natural.

La usaron cuando la necesitaron.

Es una curiosa costumbre de nuestro tiempo: negarla en la cátedra y reclamarla en el estrado.

La comodidad del positivismo

¿Por qué entonces la olvidamos? Porque olvidarla es cómodo.

La ley positiva tiene una virtud inmensa: se puede señalar con el dedo.

Está en un boletín oficial, tiene número y fecha. Uno sabe dónde buscarla y puede discutirla en términos técnicos.

La ley natural, en cambio, exige algo más incómodo: que nos detengamos a pensar qué es el hombre, para qué existe, qué le hace bien y qué lo destruye.

Exige una antropología. Y una antropología obliga a responder preguntas que preferimos dejar en suspenso.

Así que hicimos lo que hacen las épocas cansadas: reemplazamos la pregunta por el procedimiento.

Ya no preguntamos si algo es bueno, sino si fue aprobado.

Ya no preguntamos si es justo, sino si es legal.

Y la distancia entre ambas preguntas, que durante siglos fue el espacio de la conciencia, se fue estrechando hasta desaparecer.

El resultado es una paradoja que merecería más atención.

Cuanto más leyes producimos, menos sabemos para qué sirven.

Vivimos rodeados de normas y huérfanos de fundamento.

Y una norma sin fundamento solo se sostiene por dos cosas: la costumbre y la fuerza.

Cuando la costumbre se erosiona, queda la segunda.

Lo que se mueve cuando el suelo es la mayoría

Hay otro riesgo, más silencioso.

Si el único fundamento de la ley es la voluntad de la mayoría, entonces lo que hoy es intolerable mañana puede ser obligatorio, con el mismo sello y la misma legitimidad.

Nada impediría que una mayoría, bien informada y con todas las formalidades cumplidas, decidiera que ciertas vidas valen menos, que ciertas personas estorban, que ciertas verdades molestan.

No es una hipótesis de ciencia ficción.

Es el modo en que, más de una vez, se fueron legalizando cosas que antes se habrían considerado impensables.

Y casi siempre el mecanismo es el mismo: primero se dice que es un asunto técnico, luego que es un asunto de derechos, finalmente que discutirlo es retrógrado.

En ningún momento aparece la pregunta de fondo: ¿es esto conforme a lo que el hombre es?

Cuando la democracia se desprende de toda referencia anterior a sí misma, no se vuelve más libre.

Se vuelve más frágil. Porque queda sin defensa frente a sus propios excesos.

Una ley escrita en el corazón

Aquí es donde la tradición cristiana tiene algo que decir, y lo dice sin gritar.

San Pablo, hablando de quienes no habían recibido la revelación, observa que llevan la ley escrita en sus corazones, y que su conciencia da testimonio.

Es una afirmación asombrosa en su sencillez: que antes de cualquier códice, de cualquier tablilla, de cualquier sermón, hay en el hombre una voz que distingue, aunque sea a tientas, lo recto de lo torcido.

Esa voz puede ser acallada, distorsionada, entrenada para no oírse.

Pero no puede ser fabricada. Ningún legislador la inventó y ninguno puede abolirla.

Por eso los pueblos, aun sin ponerse de acuerdo en casi nada, coinciden en cosas elementales: que matar al inocente es un crimen, que traicionar al que confía es una bajeza, que cuidar de los hijos y de los padres es un deber antes que una opción.

La conciencia no es un trámite

Hay una consecuencia práctica de todo esto que conviene decir sin rodeos.

Si existe una ley anterior, entonces la conciencia no puede reducirse a una oficina de cumplimiento.

No es un departamento que verifica si el acto está permitido.

Es el lugar donde el hombre se pregunta si el acto es bueno.

Y esa diferencia puede costar caro.

Hubo hombres y mujeres que, ante normas legales que les ordenaban callar, denunciar, ocultar o participar, respondieron con un «no» que no tenía respaldo en ningún artículo.

Su única base era una certeza interior que ningún boletín oficial había aprobado. La historia los recuerda con respeto, pero en su momento fueron incómodos, sospechosos, a veces ruinosos para sí mismos.

No se trata de promover la anarquía ni de erigir a cada uno en juez de las leyes. Se trata de algo más serio: de reconocer que el ciudadano no deja su humanidad en la puerta del Estado, y que hay una lealtad más honda que la lealtad al texto.

Nosotros, aquí

Digámoslo en clave nuestra.

En la Argentina conocemos bien el cansancio de las leyes que no se cumplen y la sospecha de que se hacen a medida de quien las escribe.

Conocemos la tentación de pensar que todo es negociable, que todo depende de quién tenga la lapicera

Y conocemos, cada tanto, ese sobresalto de la conciencia colectiva ante una injusticia flagrante, que no necesita ninguna norma para saber que algo anda mal.

Ese sobresalto es una señal. Nos dice que, debajo de tanto papel, algo permanece.

Que la gente sabe, en el fondo, que hay cosas que no se pueden hacer aunque se puedan legislar.

La tarea de nuestro tiempo es dejar de tratar ese sobresalto como un sentimentalismo y empezar a escucharlo como lo que es: el último vestigio de una ley que no necesita ser votada para obligar.

¿De dónde viene, entonces?

Llegados aquí, corresponde responder la pregunta que quedó pendiente: ¿de dónde viene esa ley que nadie votó?

No viene de la Iglesia, que no la inventó sino que la reconoció.

No viene de una costumbre antigua, porque las costumbres cambian y esta atraviesa épocas y culturas.

Y no viene del hombre, porque el hombre la encuentra, no la produce.

Viene de Dios, y conviene entender bien en qué sentido.

La tradición enseña que Dios, al crear, no lanzó las cosas al azar: las pensó, les dio un orden, un modo de ser y un fin.

Ese plan de la sabiduría divina que gobierna todo lo creado es lo que Santo Tomás llama la ley eterna.

Pues bien: la ley natural no es otra cosa que la participación de la criatura racional en esa ley eterna.

Es decir, el modo en que el hombre, único entre los seres visibles capaz de entender el orden de las cosas, lee en su propia naturaleza el designio de Quien lo hizo.

Eso explica algo importante.

La ley natural no es un catálogo de prohibiciones llegadas desde afuera, como un reglamento que alguien nos hubiera impuesto sin explicar.

Es la inclinación misma de nuestro ser: conservar la vida, formar una familia, buscar la verdad, vivir en sociedad, dar culto a quien nos hizo.

Nos pide lo que nos hace plenamente humanos, y nos prohíbe lo que nos deshace.

También explica por qué puede ser terreno común. Si procediera solo de un texto sagrado, obligaría únicamente a quien lo acepta.

Pero está escrita en la naturaleza, y la naturaleza la comparten creyentes y no creyentes.

El creyente reconoce, además, quién la escribió; el que no cree puede, sin embargo, descubrir su contenido con la razón y la conciencia, como lo hizo Pablo al hablar de quienes no tenían la Ley.

La Revelación, por su parte, no la crea: la confirma, la purifica y la ilumina, como el sol confirma e ilumina un paisaje que ya estaba ahí.

Por eso decimos que es «ley de Dios» sin que eso signifique clausurar la conversación pública.

Significa afirmar que el orden que el legislador debe respetar tiene un Autor, y que ese Autor no se equivoca ni se vota.

La pregunta que queda

No te pido que desprecies la ley positiva. Te pido algo más difícil: que no la conviertas en el horizonte.

Que la cumplas con gusto cuando es justa, que promuevas, las mejoren cuando es defectuosa y que, cuando contradiga lo que tu conciencia sabe que es inviolable, te atrevas a preguntarte de dónde viene tu obligación.

Todo cauce sirve a un río, y todo río corre sobre una pendiente que no cavó ningún ingeniero.

Quien trazó esa pendiente es el mismo que hizo el agua.

Los legisladores podrán excavar con más o menos acierto; lo que no podrán nunca es hacer que el agua suba.

La ley que nadie votó no está en ningún registro y, sin embargo, nos precede a todos.

Estaba antes de que hubiera parlamentos y seguirá cuando los parlamentos pasen.

La pregunta no es si la obedecemos.

La pregunta, más modesta y más urgente, es si todavía recordamos de dónde viene.

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La Iglesia y la fidelidad que la sostiene en pie

Dedicado a un creyente convertido. Toda la gloria, para Dios.

El jésed, el amor fiel de Dios, explica por qué Cristo mantiene en pie a una Iglesia santa y pecadora.

Un creyente que quiere morir en casa

Hace unos días me llegó un mensaje de un creyente convertido.

No es teólogo ni clérigo: es un laico que, después de muchas vicisitudes, dice que hoy es un hombre de Dios.

Me contó que ya tuvo su etapa de mundo y que casi todo lo que quiso hacer se le dio. Hace veintitrés años, casi veinticuatro, lo recibió Cristo en la Iglesia.

Me lo dijo el día de Santa Teresa de Jesús, y agregó algo que me dejó pensando: su deseo es que, en su último momento —«que es un decir, porque nunca se sabe»—, lo encuentre como hijo de la Iglesia.

Y siguió: «Ya no es mi fe, sino la Fe». Describió a esa Iglesia sin maquillaje: como la esposa del profeta Oseas, «la peor de todas, la más llena de defectos, la más infiel».

Concluyó con una frase que resume una teología entera: ese es el amor de Dios, que no tiene explicación, porque con todo eso la acepta, la acepta como es.

Hay una palabra hebrea para ese amor. Se pronuncia jésed.

El Dios que no se ve y se queda

Moisés pide ver la gloria de Dios y recibe una respuesta que desarma: nadie puede ver su rostro y seguir viviendo (Éxodo 33,20).

Lo esconden en la hendidura de la roca, Dios pasa y apenas le deja ver la espalda. El misterio, entero, en una sola escena.

Pero lo que Dios proclama al pasar no es su poder. Es su nombre: «Misericordioso y clemente, lento a la ira, rico en jésed y fidelidad» (Éxodo 34,6).

La palabra es casi intraducible: amor leal, misericordia fiel, la lealtad de quien se ató por alianza y ya no se desata.

El que no se puede mirar es el que se queda. La distancia absoluta y la cercanía absoluta no se contradicen: se dan juntas.

Israel hizo de esa fórmula su credo.

La repiten Nehemías y Joel, se la reprocha Jonás con fastidio porque sabe que Dios es así, y el Salmo 136 la machaca veintiséis veces: «porque es eterno su jésed».

Cuando este creyente habla de su fe como quien confiesa algo más grande que él, está en esa tradición: la de un pueblo que conoció a Dios no por definiciones, sino por su fidelidad.

La esposa infiel

Oseas recibe un mandato escandaloso: amar a una mujer infiel, para que su vida sea el retrato de Israel.

Y sin embargo la promesa de Dios es esta: «Te desposaré conmigo para siempre; te desposaré en justicia y en derecho, en jésed y en ternura» (Oseas 2,21-22).

Ezequiel 16 lo cuenta con una crudeza todavía mayor.

La Iglesia heredó esa imagen, y los Padres no la esquivaron.

A una expresión atribuida a san Ambrosio, casta meretrix —casta y prostituta a la vez—, la tradición volvió una y otra vez.

El Vaticano II lo dice con lenguaje más sobrio: la Iglesia es santa y, al mismo tiempo, necesitada siempre de purificación (Lumen gentium, 8).

¿Por qué sigue en pie? No puede ser por sus méritos: si dependiera de la santidad de sus miembros, hace siglos que habría caído. Se sostiene porque el Esposo es fiel.

Por eso la frase del creyente no es resignación; es una apuesta.

Querer morir en la Iglesia no es apostar por la Iglesia: es apostar por Aquel que la mantiene.

Pero conviene decirlo sin confusión. Aceptar a la esposa «como es» no obliga a callar sus llagas: el primero en gritarlas fue el propio Oseas.

Y el mismo profeta pone el jésed en el centro de lo que Dios espera de nosotros: «jésed quiero, y no sacrificios» (Oseas 6,6). Lo que Dios nos da es lo que busca encontrar en nosotros.

Un pan que se sigue repartiendo

El creyente me mandó además una frase en latín, que la tradición lee en clave de Cristo y su Iglesia.

Es del Faraón a la familia de José: «Vengan a mí, y les daré todo lo bueno de Egipto» (Génesis 45,18).

José, administrador del Faraón que da pan a los hambrientos, es desde antiguo figura de Cristo.

«Vayan a José», dice el Faraón cuando el pueblo clama por pan (Génesis 41,55).

En el Evangelio resuena otra voz: «Vengan a mí todos los que están cansados» (Mateo 11,28). La Iglesia, con todas sus contradicciones, es el lugar donde se sigue repartiendo ese pan.

Cambiar sin claudicar

Vivimos en un tiempo material. Casi todo se compra, se mide, se intercambia y se descarta. El jésed es exactamente lo contrario: fidelidad sin cálculo, gratuita, que no se retira cuando deja de convenir.

Quizá por eso la Iglesia pueda dar, hoy, un signo más contracultural que nunca: el de aquello que no se compra y no se abandona.

Pero se le exige también otra cosa, y es la parte difícil: cambiar sin claudicar. La tradición tiene criterios claros.

Juan XXIII, al abrir el Concilio, recordó que una cosa es el depósito de la fe y otra la manera de formularlo.

Vicente de Lérins, en el siglo V, ya pedía un progreso que haga crecer la doctrina sin alterarla, como el niño que se vuelve adulto sin dejar de ser él.

Y Newman lo dijo con una fórmula célebre: aquí abajo, vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces.

Hay un criterio sencillo para distinguir la reforma de la claudicación: ¿esta transformación nos acerca a Cristo o al aplauso del mundo?

Reformarse es volver a la fuente; claudicar es diluirse para agradar. . .

Y el modelo, otra vez, es el jésed: Dios cambia de modo todo el tiempo —se abaja, se encarna, habla en lenguaje humano—, pero jamás cambia de fidelidad.

Rostros, no estructuras

Lo que sostiene en pie a la Iglesia, a ojos de los hombres, no son sus estructuras. Son rostros concretos: hombres y mujeres que, después de muchas vueltas, se entregaron.

El creyente me contó cómo se alimenta: libros de espiritualidad, vidas de santos, Padres del desierto y de la Iglesia, mariología.

Y cómo el Señor lo ha ido abajando cada vez que la vanidad lo tentó, para volver a la sencillez, al llano, como San Francisco.

Me confesó que ya no quiere saber demasiado, porque la curiosidad también es tentación, y que pide cada día no hacer jactancia de lo que Dios le permita saber. «Bajarme del caballo como Pablo me hace bien», me escribió.

El péndulo y el Reposo

Entre sus lecturas, el creyente recuerda a C. S. Lewis, que en Cartas del diablo a su sobrino llamó ley de la ondulación a esa condición humana: la vida como una onda que sube y baja.

A esa imagen él le suma la del péndulo, y es exacta.

Oscilamos entre la fidelidad y la caída, entre la fe y la duda, entre el mundo y Dios, hasta que lleguemos al Reposo.

Pero un péndulo solo oscila porque cuelga de un punto fijo; sin ese punto, no oscilaría: caería.

Ese punto fijo es el jésed.

San Agustín lo dijo de otro modo: nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Dios.

Y la carta a los Hebreos promete que queda un reposo para el pueblo de Dios (Hebreos 4,9).

Por eso un hombre que ha recorrido el mundo puede, al final, decir con paz que quiere morir en la Iglesia: con sus santos y sus pecadores, con su infidelidad y su gracia.

No porque haya dejado de ver sus heridas, sino porque descubrió quién la sostiene.

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La casa de Narciso y de Goldmundo

Hay un libro que cuenta la historia de mi vida, aunque su autor nunca pisó mi parroquia.

Se llama Narciso y Goldmundo y lo escribió Hermann Hesse. Lo cuento primero como se cuenta una parábola; después diré por qué es mía.

A Mariabronn llegó un muchacho al que su padre dejó en el monasterio para que expiara una vergüenza.

La vergüenza tenía nombre de madre: una mujer que había bailado, que se había ido, a la que en la casa no se nombraba.

El chico, Goldmundo, de pelo dorado y gesto amable, aprendió a ser el alumno ejemplar.

Aprendió, sobre todo, a olvidar.

Lo vio uno solo.

Narciso, joven maestro de griego, hombre de espíritu y de orden, le dijo lo que ningún superior se animaba a decirle: que no había nacido para el claustro, que su lugar estaba del lado de la tierra, del cuerpo, de la madre.

Pocos pastores de hoy protagonizarían esa escena.

Un guía que, en lugar de retener, libera.

Dos caminos hacia el mismo Dios

Hesse los puso frente a frente en 1930.

Narciso es la inteligencia, la regla, la disciplina que ordena el mundo.

Goldmundo se va: ama, camina, pasa hambre, conoce la peste y la muerte, y se hace escultor.

Ninguno es el villano.

Cada uno lleva su sombra, la sequedad el primero, el extravío el segundo, y cada uno guarda una verdad que el otro necesita.

Una Iglesia de puros Narcisos se vuelve archivo.

Una de puros Goldmundos, camino sin casa.

La obra de Goldmundo

En ese camino Goldmundo aprende el oficio con el maestro Niklaus y talla una Madonna.

Pero su sueño mayor es otro: dar forma a la Madre original, la Eva de todo lo vivo, y esa obra nunca llega a terminarla.

Lo mejor que sale de sus manos es un San Juan inspirado en Narciso.

El hombre que se perdió termina tallando a un santo con el recuerdo de su amigo.

La belleza, que parecía conducir a la perdición, conduce a lo sagrado.

El católico no se asombra: Dios no despreció la carne, se hizo carne.

Hesse, que no era católico, lo intuyó con instinto de artista.

Lo que él deja como tensión, la fe lo reconcilia en una Persona.

Yo conozco a Goldmundo por dentro

Obtuve una nulidad matrimonial para poder casarme con la mujer con la que hoy comparto la vida.

Durante mucho tiempo me midieron, sin decirlo, con la vara de quienes creen que la fe se hereda como un pedigrí y se prueba con papeles.

Nadie me lo dijo de frente. Se dice bajo cuerda lo que no se sostiene a la luz.

Y hubo un momento, más oscuro que todas las críticas, en que estuve de verdad como el hijo de la parábola: en el chiquero, comiendo algarrobas con los chanchos.

Allí me encontró Hugo.

Era podólogo, ya en el otoño de su vida, y su consultorio era mucho más que un consultorio.

El sillón, que era para los pies, lo usaba sobre todo para que sus visitantes se pusieran cómodos.

Por allí desfilaban monjas, curas, deprimidos, matrimonios a punto de romperse, gente en dificultades de toda naturaleza.

Hugo tenía el don de consejo.

Escuchaba con atención y con una dulce mirada, y cuando hablaba ya no era el podólogo: lo habitaba el Espíritu Santo.

El visitante salía distinto, ya no huérfano, ya no en un callejón sin salida, sintiendo muy adentro que Dios le había dado una nueva oportunidad.

La primera vez que nos vimos yo estaba angustiado, y le pregunté sin rodeos: ¿Dios existe?

No me dio un argumento ni una cita. Me contestó con una seguridad que no era soberbia sino paz:

«Quedate tranquilo, Dios existe».

Hay frases que valen más que una biblioteca.

Hugo no me trajo una norma ni un reproche: me trajo misericordia, que no es lo contrario de la verdad sino su forma más difícil.

Me mostró la misericordia de Dios y me volvió a catequizar como a un niño, con paciencia, sin humillarme.

Hugo fue mi Narciso.

Sabía mucho, pero lo que me salvó fue lo que hizo con lo que sabía.

Decía, con sabiduría, que si la jerarquía de una parroquia o de una diócesis le impedía a uno evangelizar, hablar libremente de Jesús, su consultorio era simplemente una cantera de evangelización.

Yo lo vi: no hacía falta púlpito ni permiso, alcanzaba con un sillón.

El que vuelve

Goldmundo regresa a Mariabronn herido por la vida.

Narciso, ya abad, había intervenido para conseguirle un indulto; ahora lo recibe y le da un taller donde trabajar.

No lo hace monje: lo deja ser lo que es, bajo el mismo techo.

Es el padre de la parábola corriendo por el camino, no un tribunal que evalúa.

Y entonces ocurre lo más hondo del libro.

Ya moribundo, Goldmundo le pregunta a su amigo cómo morirá un hombre que nunca tuvo madre.

El hombre del espíritu descubre su pobreza: se creía rico y vivió con menos vida que el vagabundo.

El maestro aprende del discípulo.

La pregunta que nos queda

La novela cierra con una reconciliación más estética que sacramental, y hay que decirlo con honestidad: Hesse no nos da la gracia, nos da la nostalgia de ella.

Pero esa nostalgia es una acusación, y la Iglesia haría bien en oírla.

¿Hay lugar, en nuestras parroquias y diócesis, para los Goldmundos?

Para el que se equivocó, para el que volvió a empezar, para el que regresa con las manos vacías.

¿Hay Narcisos capaces de decir a alguien «tu camino no pasa por aquí» sin quebrarlo, y años después abrir la puerta sin pedir cuentas?

¿Cuántos Hugos nos faltan?

Cristo lo dijo sin rodeos: no son los sanos los que necesitan médico.

Una Iglesia que solo cuida el pedigrí termina siendo un criadero: mucho linaje y ningún hogar.

Una Iglesia que sale al camino, que se ensucia, que corre hacia el que vuelve, se parece por fin a la casa del Padre.

El espíritu sin vida se seca. La vida sin espíritu se pierde.

Pero hay casas donde los dos tienen lugar.

Yo conocí una: tenía un sillón de podólogo y nadie salía de ella huérfano.

Que nunca falten Hugos.

Nota: Narciso y Goldmundo, fue un libro escrito por Hermann Hesse, premio Nobel de Literatura 1946

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Carlo Maria Martini, el papa que no fue: la Iglesia que pudo ser y las preguntas que todavía queman

No llegó a sentarse en la cátedra de Pedro.

No vistió de blanco, no eligió un nombre pontificio ni pronunció el primer Habemus Papam de su pontificado imaginario.

Pero Carlo Maria Martini dejó algo que acaso resulte más incómodo que una herencia de gobierno: la intuición de que una Iglesia puede conservar sus estructuras y, sin embargo, correr el riesgo de perder el fuego que las justifica.

Biblista, jesuita, pastor de Milán y hombre de preguntas difíciles, murió en 2012 después de advertir que el catolicismo necesitaba sacudirse el miedo.

Su historia no es la crónica de un papa frustrado. Es el retrato de una posibilidad eclesial que sigue interpelando al presente.

Por Néstor Ojeda | Catolic.ar


Hay hombres que no llegan a ser papa y, sin embargo, siguen preguntándole a la Iglesia qué hizo con su esperanza

Hay hombres que llegan a Roma para convertirse en papa. Y hay hombres que, sin haberlo sido, permanecen en la memoria de la Iglesia como una pregunta que el tiempo no consigue clausurar.

Carlo Maria Martini pertenece a esa segunda categoría.

Murió el 31 de agosto de 2012, a los 85 años, en Gallarate, al norte de Italia.

Hacía diez años que había dejado el gobierno de la arquidiócesis de Milán.

La enfermedad había debilitado su cuerpo, pero no había conseguido apagar del todo aquella inteligencia inquieta, educada en la paciencia de la Escritura y acostumbrada a descubrir, detrás de las certezas demasiado cómodas, una pregunta que todavía esperaba respuesta.

Había sido rector del Pontificio Instituto Bíblico, rector de la Universidad Gregoriana, cardenal y arzobispo de una de las diócesis más importantes de Europa.

Era un hombre de sólida formación teológica, prestigio internacional y una singular capacidad para conversar con quienes no compartían su fe.

En el cónclave de abril de 2005, después de la muerte de Juan Pablo II, su nombre circuló entre los posibles sucesores. Finalmente, fue elegido Joseph Ratzinger, que tomó el nombre de Benedicto XVI.

La historia siguió su curso. La fumata blanca anunció un pontificado que nadie podía anticipar en toda su complejidad. Martini no fue elegido.

Pero hay derrotas que solo pueden llamarse así si confundimos la historia con sus resultados inmediatos.

Porque la pregunta no es si Martini habría sido un papa mejor que Ratzinger.

Esa comparación, además de imposible de demostrar, empobrecería a ambos.

No conocemos las decisiones que Martini habría tomado, las resistencias que habría encontrado ni las concesiones que quizá habría tenido que hacer.

Tampoco podemos convertirlo retrospectivamente en el protagonista de una Iglesia ideal que nunca existió.

La pregunta es otra, más exigente y más fecunda: ¿qué necesidad de la Iglesia expresaba aquel cardenal para que su nombre representara, para tantos católicos, una posibilidad distinta de futuro?

Quizá la necesidad de una Iglesia que no confundiera fidelidad con inmovilidad.

De una autoridad capaz de escuchar sin abdicar de su responsabilidad.

De una comunidad que se atreviera a mirar de frente las preguntas de la humanidad sin considerar cada interrogante una amenaza.

Martini no tenía todas las respuestas. Precisamente por eso su figura sigue teniendo algo que decir.

Hay hombres que dejan una doctrina. Otros dejan una obra. Algunos dejan instituciones. Y están aquellos que, al marcharse, dejan una pregunta encendida sobre la mesa.

Martini dejó varias.

Un hombre que había aprendido a escuchar antes de pretender enseñar

Para comprenderlo, conviene regresar al comienzo.

Nació en Turín el 15 de febrero de 1927. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1944, cuando tenía diecisiete años, y fue ordenado sacerdote en 1952.

Su vida intelectual quedó profundamente ligada al estudio de la Biblia.

En 1966 obtuvo el doctorado en Sagrada Escritura y, tres años después, asumió la rectoría del Pontificio Instituto Bíblico, cargo que desempeñó hasta 1978.

Ese mismo año fue nombrado rector de la Universidad Gregoriana.

Su trayectoria no fue la de un agitador que llegara a la Iglesia desde sus márgenes para denunciarla. Martini conocía desde dentro su tradición intelectual, sus procedimientos, su teología y sus instituciones.

No era un extraño que reclamaba permiso para hablar: era un hombre formado en el corazón mismo de la tradición católica.

En diciembre de 1979, Juan Pablo II lo nombró arzobispo de Milán. Tomó posesión de la diócesis en febrero de 1980 y permaneció al frente de ella hasta 2002.

Durante aquellos veintidós años, Milán fue su laboratorio pastoral y humano.

No una abstracción teológica, sino una ciudad concreta, atravesada por transformaciones económicas, conflictos sociales, terrorismo, secularización y nuevas formas de vivir y pensar.

Martini entendió que un obispo no podía limitarse a administrar una institución religiosa. Tenía que aprender a interpretar el tiempo en que le correspondía anunciar el Evangelio.

Por eso promovió la Scuola della Parola, la Escuela de la Palabra, para acercar a los fieles a las Escrituras mediante la lectura orante.

Por eso impulsó la Cátedra de los no creyentes, un espacio de encuentro en el que la fe aceptaba exponerse a preguntas provenientes de quienes no se reconocían creyentes.

La iniciativa contenía una intuición extraordinaria: el no creyente no tenía que ser necesariamente un enemigo al que vencer en una discusión.

Podía ser un interlocutor cuya pregunta ayudara también al creyente a examinar la autenticidad de su propia fe.

¿Qué ocurriría si nuestras comunidades recuperaran esa disposición?

¿Qué sucedería si una parroquia no midiera su vitalidad solamente por la cantidad de actividades, reuniones, celebraciones o publicaciones, sino también por su capacidad de escuchar a quien se fue, de acompañar a quien duda y de reconocer las preguntas que todavía no sabe responder?

¿Y si el primer acto evangelizador no consistiera en preparar una respuesta, sino en aprender a escuchar la pregunta completa?

No se trata de reemplazar el anuncio cristiano por una conversación interminable. Se trata de comprender que el anuncio pierde fuerza cuando quien lo recibe siente que su vida concreta no ha sido escuchada.

La fe cristiana no nació como una oficina de respuestas prefabricadas.

Nació del encuentro con una persona, Jesús de Nazaret, que se detenía ante los hombres, les dirigía preguntas, escuchaba sus gritos y los llamaba por su nombre.

Martini parecía saberlo.

Y acaso por eso comprendió que abrir un espacio al interrogante no significaba cerrar la puerta a la verdad.

Podía significar, por el contrario, preparar el terreno para que la verdad dejara de ser una palabra pronunciada desde lejos y se convirtiera en un encuentro capaz de transformar una vida.

El escándalo de una Iglesia que no teme las preguntas

Hay una forma de ortodoxia que protege la fe porque la arraiga en la verdad revelada. Y existe una tentación diferente: utilizar las certezas como murallas para evitar cualquier examen de conciencia.

Confundir ambas cosas es peligroso.

La Iglesia tiene la responsabilidad de custodiar el depósito de la fe. No puede disolver su identidad en cada cambio cultural ni convertir la aceptación social en criterio último de verdad. El Evangelio no es una mercancía que deba modificarse para conservar clientes.

Pero tampoco puede convertir la custodia de la verdad en una coartada para eludir la realidad.

La fidelidad no dispensa de la conversión. La tradición no es una autorización para dejar de pensar.

La doctrina no convierte automáticamente en evangélico todo procedimiento institucional que se ampare en ella.

Martini habitó esa tensión. Su figura fue interpretada de maneras muy distintas: algunos encontraron en él un renovador necesario; otros desconfiaron de determinadas posiciones suyas, especialmente en asuntos pastorales y morales.

Reducirlo a una bandera de uno u otro bando sería repetir el error que su método de escucha ayudaba a cuestionar.

No era necesario compartir todas sus opiniones para reconocer la legitimidad de sus preguntas.

Tampoco era necesario aceptar todas sus conclusiones para advertir que algunas de sus preocupaciones tocaban heridas reales.

Una Iglesia que escucha a las personas divorciadas y vueltas a casar no tiene por qué renunciar a su comprensión sacramental del matrimonio.

Pero sí debe preguntarse cómo acompaña a esas personas, cómo evita que sus hijos hereden el sentimiento de exclusión y cómo hace visible la misericordia de Dios sin banalizar las exigencias del Evangelio.

Una Iglesia que conversa con los jóvenes no necesita falsificar el cristianismo para resultar atractiva.

Necesita descubrir por qué tantos jóvenes no encuentran en sus comunidades un lugar donde puedan hablar con honestidad de sus dudas, su soledad, sus afectos, sus fracasos y sus esperanzas.

Una Iglesia que escucha a los no creyentes no abandona la misión. Puede descubrir, precisamente allí, los lenguajes, las heridas y las preguntas a través de los cuales esa misión vuelve a hacerse comprensible.

El problema no es que existan interrogantes. El problema comienza cuando la institución se acostumbra a considerarlos una deslealtad.

Y aquí aparece una de las lecciones más difíciles de Martini: una Iglesia segura de la verdad de Cristo debería poder escuchar sin pánico, discernir sin prejuicios y responder sin humillar.

Porque el miedo también puede disfrazarse de celo religioso.

Puede hablar en nombre de la fidelidad mientras evita una conversación incómoda.

Puede defender la autoridad y, al mismo tiempo, debilitar su credibilidad. Puede exigir obediencia sin preguntarse si sus propias decisiones ayudan a las personas a encontrarse con Cristo.

La autoridad espiritual no se demuestra únicamente por la capacidad de establecer límites.

También se manifiesta en la disposición a asumir responsabilidades, reconocer errores y reparar daños.

La pregunta que deja Martini no es si la Iglesia debe cambiar para parecerse al mundo.

Es si está dispuesta a convertirse para parecerse más a Jesucristo.

La última entrevista: cuando un anciano enfermo se atrevió a preguntar si la Iglesia tenía miedo

El 8 de agosto de 2012, pocas semanas antes de morir, Martini mantuvo una conversación con el jesuita Georg Sporschill y Federica Radice.

El texto, revisado y aprobado por el cardenal, fue publicado por Corriere della Sera el 1 de septiembre, al día siguiente de su muerte.

La frase que recorrió el mundo fue brutal en su sencillez:

«La Iglesia se ha quedado atrasada 200 años. ¿Cómo es que no se sacude? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de coraje?».

No era una declaración pronunciada por un adversario externo, ni una consigna lanzada por alguien que desconociera la vida eclesial.

Era el juicio de un hombre que había dedicado décadas a servirla desde dentro.

Sus palabras no constituyen una medición científica del estado de la Iglesia.

Tampoco deben convertirse en una sentencia universal sobre cada comunidad, cada obispo o cada sacerdote.

Son un diagnóstico personal, severo y deliberadamente provocador. Su fuerza reside en la autoridad moral de quien lo formuló y en las preguntas concretas que obliga a plantear.

Martini hablaba de una Iglesia cansada, de una cultura envejecida, de edificios religiosos grandes y vacíos, de estructuras burocráticas crecientes.

Señalaba una distancia entre las formas institucionales y la vida real de las personas.

Pero su crítica no terminaba en una denuncia de las apariencias.

La pregunta por el cansancio era, en el fondo, una pregunta por el fuego.

¿Qué ocurre cuando una comunidad conserva sus palabras, pero pierde la capacidad de hacerlas arder en el corazón de quienes las escuchan?

¿Qué ocurre cuando se multiplican los documentos y disminuyen los encuentros transformadores?

¿Cuando se perfeccionan los procedimientos, pero se vuelve más difícil encontrar una presencia que escuche sin juzgar de antemano?

¿Cuando una institución sabe explicar lo que cree, pero no siempre consigue mostrar por qué esa fe merece ser vivida?

No todas las comunidades padecen esas dificultades de la misma manera.

Hay parroquias vivas, sacerdotes entregados, religiosas y religiosos que sostienen a los vulnerables, laicos que hacen del Evangelio una fuerza de servicio y familias que transmiten la fe en medio de una cultura indiferente.

Precisamente por respeto a ese testimonio, la pregunta debe formularse sin generalizaciones perezosas.

¿Estamos haciendo todo lo posible para que esas vidas evangélicas dejen de ser excepciones admirables y se conviertan en una fuerza capaz de renovar la experiencia ordinaria de la Iglesia?

Martini no ofreció una receta mágica. No prometió que un cambio de lenguaje, de gobierno o de estructuras resolvería por sí solo la crisis de la transmisión de la fe.

Pero se atrevió a señalar algo que las instituciones suelen reconocer demasiado tarde: la permanencia de una organización no garantiza la vitalidad de su misión.

La Iglesia puede seguir existiendo y necesitar, al mismo tiempo, una profunda conversión.

Puede tener razón en muchas de sus enseñanzas y equivocarse en el modo de presentarlas, acompañar a las personas o ejercer la autoridad.

Puede conservar tesoros espirituales extraordinarios y no conseguir que quienes más los necesitan descubran cómo acceder a ellos.

Puede hablar de esperanza sin advertir que alguien, sentado en el último banco, ha dejado de encontrar razones para esperar.

Y puede llamar a la evangelización mientras no termina de escuchar por qué tantos bautizados se han alejado.

La pregunta de Martini sigue abierta porque no se resuelve con una declaración institucional.

Se responde en la vida cotidiana, en las decisiones pastorales, en el uso del poder, en la transparencia y en la capacidad de acercarse a quienes experimentan la Iglesia como un lugar ajeno.

Hay una diferencia inmensa entre defender una institución y ayudarla a recuperar su alma.

Martini quiso que esa diferencia fuera imposible de ignorar.

El papa que no fue y la tentación de inventar una Iglesia perfecta

Existe, sin embargo, un peligro en la fascinación que despiertan los papas que nunca llegaron a serlo.

La imaginación histórica tiende a concederles una libertad que los papas reales nunca poseen.

A los ausentes no les exigimos decisiones difíciles, no les atribuimos errores de gobierno, no los enfrentamos con las consecuencias imprevistas de sus reformas.

Pueden convertirse en pantallas donde cada generación proyecta sus deseos.

Martini corre ese riesgo.

Si hubiera sido elegido en 2005, ¿habría modificado sustancialmente el gobierno de la Curia romana? ¿Habría impulsado otras respuestas ante las crisis de confianza? ¿Habría logrado una relación diferente con el mundo contemporáneo? ¿Habría podido transformar las estructuras que criticaba?

No lo sabemos.

La Iglesia no es solamente la expresión de las convicciones de un hombre.

Es una comunión universal, con tradiciones, culturas, conflictos, responsabilidades doctrinales y millones de vidas concretas.

Un pontificado no es un ensayo de autor en el que todas las ideas del protagonista se convierten automáticamente en realidad.

Martini habría tenido que gobernar. Habría tenido que elegir prioridades, nombrar colaboradores, enfrentar resistencias, negociar tiempos y discernir las consecuencias de sus decisiones.

Quizá habría sorprendido a sus admiradores. Quizá habría decepcionado a algunos de quienes lo consideraban una esperanza. Quizá determinadas preguntas habrían encontrado respuestas distintas de las que hoy imaginamos.

Reconocerlo no disminuye su figura. La devuelve a su dimensión humana.

Y, sobre todo, evita que utilicemos su nombre como un arma contra otros pontificados.

La historia de la Iglesia no necesita un papa ficticio para que podamos examinar las insuficiencias de sus papas reales.

Tampoco necesita descalificar a Benedicto XVI para reconocer la importancia de las preguntas de Martini.

Ratzinger y Martini representaban trayectorias intelectuales y sensibilidades pastorales diferentes en aspectos importantes, aunque compartían una formación teológica rigurosa y una preocupación por la fe cristiana.

No hace falta convertirlos en caricaturas enfrentadas para comprender que la Iglesia contiene tensiones legítimas sobre cómo custodiar la verdad, interpretar la cultura y anunciar el Evangelio.

El verdadero contrafáctico no consiste en imaginar que Martini habría solucionado todo.

Consiste en preguntarnos qué habría ocurrido si algunas de sus preguntas hubieran encontrado una recepción más profunda y sostenida, no solo entre los dirigentes, sino también en las parroquias, las comunidades religiosas, los seminarios y los espacios de formación laical.

¿Qué prácticas pastorales habrían cambiado? ¿Qué heridas se habrían atendido antes? ¿Qué interlocutores habrían encontrado una puerta abierta? ¿Qué errores se habrían reconocido con mayor rapidez?

No podemos responder con certeza.

Pero podemos examinar esas preguntas en el presente. Y eso es mucho más útil que coronar retrospectivamente a un hombre muerto.

La Biblia abierta sobre la mesa: la revolución silenciosa que Martini consideraba indispensable

Hay un aspecto de su vida que no debería quedar eclipsado por las especulaciones sobre el cónclave: Martini fue, ante todo, un hombre de la Palabra.

Su trayectoria como biblista no fue un simple antecedente académico de su actividad pastoral.

Fue una clave de su manera de comprender la misión.

Promovió la lectura orante de la Escritura porque entendía que la renovación cristiana no podía limitarse a reorganizar las instituciones.

Necesitaba volver a las fuentes que alimentan la fe.

Aquí se encuentra una paradoja decisiva.

La Iglesia no tiene que inventar un Evangelio nuevo para recuperar la capacidad de hablar al mundo.

Necesita permitir que el Evangelio vuelva a interrogarla.

La Palabra de Dios no es un repertorio de frases para confirmar decisiones tomadas de antemano. Tampoco es un adorno piadoso que se añade a una reunión para darle legitimidad religiosa.

Es una palabra viva que consuela y desinstala, que promete y exige, que revela el amor de Dios y descubre las zonas de nuestra vida que todavía se resisten a ese amor.

El Evangelio no halaga a los poderosos por el hecho de ser poderosos.

No llama bienaventurados a quienes acumulan prestigio eclesial.

No convierte el éxito institucional en prueba automática de fidelidad.

Jesús se acercó a enfermos, pecadores, pobres y personas consideradas impuras.

Se dejó interrumpir. Comió con quienes despertaban sospechas. Denunció la hipocresía religiosa.

Y reservó algunas de sus palabras más duras para quienes convertían la observancia en una carga para los demás mientras evitaban examinar su propia conducta.

La pregunta, entonces, no es si la Iglesia debe conservar la Palabra.

Es si acepta que la Palabra la juzgue también a ella.

¿Puede una comunidad escuchar las bienaventuranzas sin revisar sus criterios de éxito?

¿Puede proclamar el perdón sin aprender a reparar?

¿Puede anunciar que Dios busca al perdido mientras trata la ausencia de sus fieles como un problema meramente estadístico?

¿Puede hablar de fraternidad sin construir espacios donde el más débil tenga voz?

La renovación que nace de la Escritura no consiste en adaptar a Jesús a nuestras preferencias.

Consiste en permitir que Jesús cuestione nuestras preferencias.

Por eso la propuesta de Martini no debería leerse como una invitación a elegir entre tradición y novedad, entre doctrina y pastoral, entre verdad y misericordia.

La cuestión es más profunda: ¿cómo lograr que la verdad cristiana vuelva a ser experimentada como una noticia capaz de iluminar la existencia, y no solamente como un conjunto de afirmaciones que hay que aceptar desde fuera?

Una Iglesia que pone la Biblia en el centro no tiene garantizada la renovación. También puede leerla de manera rutinaria, instrumental o superficial.

Pero sin el encuentro vivo con la Palabra, cualquier reforma corre el riesgo de convertirse en administración del declive.

La Iglesia no necesita menos Evangelio para alcanzar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Necesita un Evangelio que vuelva a ser escuchado, encarnado y anunciado con la audacia de quien cree que allí hay una vida que merece ser compartida.

Los que se fueron, los que nunca llegaron y los que siguen esperando

Si Martini viviera hoy, no sería honesto atribuirle opiniones sobre cada problema contemporáneo sin acudir a sus escritos y declaraciones.

Pero sí podemos trasladar algunas de sus preguntas al escenario actual y someter nuestras prácticas a su exigencia.

Pensemos en los jóvenes.

Muchos viven en un mundo de conexiones permanentes y soledades difíciles de confesar.

Reciben cantidades abrumadoras de información, pero no siempre encuentran orientación.

Están expuestos a discursos que prometen éxito y reconocimiento mientras conviven con la incertidumbre sobre el futuro, la fragilidad de los vínculos y la dificultad de construir una vida con sentido.

¿Con qué palabras les hablamos?

¿Les ofrecemos un cristianismo capaz de dialogar con sus preguntas reales o esperamos que primero aprendan nuestro vocabulario?

¿Les presentamos a Jesús como una presencia que puede transformar la vida o como una obligación cultural heredada?

¿Les damos espacio para equivocarse, volver a empezar y descubrir una vocación, o confundimos la madurez cristiana con la ausencia de conflictos?

No todos los jóvenes están alejados de la fe.

No todas las comunidades son incapaces de escucharlos. Hay experiencias extraordinarias de servicio, oración, fraternidad y búsqueda espiritual.

Pero la pregunta permanece: ¿cómo hacemos para que esas experiencias no dependan únicamente del carisma excepcional de una persona o de un encuentro ocasional?

Pensemos también en los bautizados que dejaron de participar en la vida eclesial.

Algunos se alejaron por indiferencia. Otros por experiencias dolorosas. Algunos encontraron respuestas en otros lugares.

Otros no encontraron ninguna respuesta y aprendieron a vivir sin formular las preguntas que alguna vez los llevaron a la Iglesia.

No corresponde idealizar sus decisiones ni suponer que todas las responsabilidades pertenecen a la institución. La libertad humana es real y la fe no puede imponerse.

Pero tampoco corresponde atribuir automáticamente el alejamiento a una falta individual de compromiso.

Una Iglesia que quiere anunciar el Evangelio debe estar dispuesta a preguntar qué ocurrió en el camino, qué heridas no fueron escuchadas, qué lenguaje dejó de comunicar y qué formas de acompañamiento podrían ayudar a reconstruir la confianza.

Y pensemos, finalmente, en quienes nunca se sintieron convocados.

Personas que consideran que la Iglesia no tiene nada que decirles.

Trabajadores preocupados por su subsistencia. Familias que atraviesan conflictos. Personas solas, enfermas o mayores.

Hombres y mujeres que buscan justicia, belleza, verdad o una razón para seguir adelante, aunque no sepan nombrar esa búsqueda como una búsqueda de Dios.

¿Puede la comunidad cristiana encontrarse con ellos sin exigirles que se conviertan inmediatamente en una versión anticipada del creyente que espera recibir?

Evangelizar no significa ocultar la identidad cristiana para evitar incomodar.

Significa entrar en relación de tal manera que el anuncio de Jesucristo pueda ser escuchado como una invitación y no como una condena pronunciada desde lejos.

La Iglesia no existe para confirmar que los que están dentro tienen razón acerca de los que están fuera.

Existe para anunciar la salvación que ha recibido y para servir, con humildad, a una humanidad que Dios ama.

La misión comienza cuando el otro deja de ser una categoría pastoral y recupera su rostro.

El coraje de cambiar sin traicionar; la fidelidad de permanecer sin endurecerse

A veces se presenta el debate eclesial como una elección entre dos alternativas irreconciliables: cambiar o permanecer fieles.

Es una falsa disyuntiva.

Hay cambios que pueden debilitar la identidad cristiana y permanencias que la custodian.

Pero también hay cambios necesarios para que una misión continúe siendo posible y costumbres que sobreviven por inercia, aunque hayan dejado de servir adecuadamente a esa misión.

El discernimiento exige algo más difícil que elegir un bando.

Exige distinguir.

Distinguir entre el Evangelio y las formas históricas con las que lo anunciamos.

Entre la doctrina y nuestras interpretaciones particulares.

Entre la autoridad legítima y el uso abusivo del poder.

Entre la prudencia y el miedo.

Entre la paciencia pastoral y la indiferencia ante el sufrimiento.

Entre la apertura al diálogo y la renuncia a la verdad.

No todas estas distinciones son sencillas. Algunas requieren estudio, oración, escucha, debate teológico y decisiones prudentes.

Otras exigen algo menos sofisticado, pero no menos difícil: reconocer el daño causado y dejar de justificarlo.

La reforma eclesial no puede reducirse a una consigna de apertura ni a una defensa automática de lo existente.

Una Iglesia que solo cambia para obtener aprobación social termina dependiendo del juicio de quienes la rodean.

Una Iglesia que se niega a revisar sus prácticas puede terminar confundiendo sus propios hábitos con la voluntad de Dios.

Ambas corren el riesgo de perder libertad.

La libertad cristiana no consiste en hacer cualquier cosa.

Consiste en estar suficientemente arraigados en Cristo como para no necesitar defender cada costumbre, cada privilegio o cada decisión como si de ello dependiera la existencia misma de la fe.

Aquí la figura de Martini recupera su profundidad.

No porque podamos convertirlo en árbitro definitivo de todos los debates, sino porque su trayectoria recuerda que la fidelidad y la inteligencia no son enemigas, que la Escritura puede iluminar preguntas difíciles y que el diálogo no tiene por qué ser una capitulación.

La Iglesia necesita hombres y mujeres capaces de pensar sin despreciar la tradición, de escuchar sin perder la identidad, de corregir sin humillar y de ejercer autoridad sin convertirla en un refugio contra la crítica.

Necesita pastores que no teman las preguntas porque saben que su misión no consiste en protegerse a sí mismos, sino en servir a Cristo y al pueblo que se les ha confiado.

Necesita laicos que no deleguen toda responsabilidad en el clero, que estudien, disciernan, propongan, sirvan y asuman su lugar en la vida de la comunidad.

Necesita instituciones capaces de evaluar sus frutos, aprender de sus errores y reconocer que ninguna estructura, por antigua que sea, está dispensada de la conversión.

Y necesita recordar que la renovación no se mide solamente por los cambios visibles.

También se mide por la calidad de la oración, la honestidad intelectual, la justicia en las relaciones, la cercanía a los vulnerables y la capacidad de suscitar una fe libre, adulta y misionera.

¿Qué habría hecho Martini con el poder? La pregunta que también debemos hacernos nosotros

La tentación de imaginarlo como papa suele detenerse en las grandes reformas.

Pero quizá convenga formular una pregunta menos espectacular y más reveladora.

¿Qué habría hecho Martini con el poder que habría recibido?

No podemos saberlo.

Sí sabemos que su trayectoria estuvo marcada por el estudio, la predicación, la escucha y la búsqueda de diálogo.

También sabemos que gobernó una gran arquidiócesis durante más de dos décadas y que conoció desde dentro las responsabilidades y las limitaciones del ministerio episcopal.

La pregunta por el poder, sin embargo, no pertenece solamente a los papas.

Atraviesa cada nivel de la vida eclesial.

¿Qué hace un sacerdote cuando alguien cuestiona una decisión suya?

¿Qué hace un obispo cuando una denuncia compromete a personas cercanas?

¿Qué hace una institución cuando reconocer un error puede afectar su prestigio?

¿Qué hace un responsable laico cuando descubre que su autoridad puede servir a otros, pero también alimentar su propia necesidad de reconocimiento?

La conversión institucional comienza cuando el examen de conciencia deja de aplicarse únicamente a los individuos más débiles.

El Evangelio no permite que la autoridad se convierta en una propiedad privada.

La autoridad cristiana es un servicio, y su legitimidad espiritual no puede separarse de la responsabilidad que implica.

Esto no significa que todo cuestionamiento sea justo, que toda acusación sea verdadera ni que gobernar consista en complacer a cada interlocutor. La justicia exige procedimientos, pruebas, prudencia y respeto por las personas.

Significa que ninguna institución puede considerarse por encima de la obligación de dar razones, escuchar objeciones y corregir lo que corresponda.

La credibilidad de la Iglesia no depende de que nunca aparezcan problemas. Depende también de cómo los enfrenta.

Un error reconocido puede abrir un camino de reparación. Un error encubierto puede multiplicar la herida.

Una autoridad que escucha puede descubrir una verdad incómoda. Una autoridad que solo admite la obediencia corre el riesgo de quedarse rodeada de silencios.

Quizá la pregunta más incisiva que deja Martini sea esta: ¿cuánta energía dedica la Iglesia a defender su imagen y cuánta a verificar que sus prácticas sean coherentes con el Evangelio que anuncia?

No es una pregunta exclusiva para Roma.

Es una pregunta para cada diócesis, cada parroquia, cada movimiento, cada institución educativa y cada comunidad cristiana.

También para cada uno de nosotros.

Porque sería demasiado cómodo utilizar a Martini para denunciar las limitaciones de los demás sin permitir que su voz examine nuestras propias responsabilidades.

El hombre que regresó a Jerusalén para estudiar, orar y esperar

En septiembre de 2002, después de dejar el gobierno de Milán, Martini se trasladó a Jerusalén.

Quería retomar sus estudios bíblicos y dedicarse también a la oración por la paz y por la humanidad en una ciudad herida por conflictos históricos y religiosos.

La decisión contiene una imagen que merece ser contemplada.

Un hombre que había ejercido responsabilidades de enorme visibilidad, que había sido considerado por muchos una posible figura de alcance universal, se retiraba para volver a los textos, a la oración y a una ciudad que parecía concentrar algunas de las contradicciones más dolorosas de la historia humana.

No es necesario romantizar su retiro ni atribuirle intenciones que no conocemos.

Basta con reconocer que aquella etapa estuvo ligada a su vocación intelectual y espiritual.

Jerusalén no es una metáfora fácil.

Es una ciudad real, con habitantes reales, heridas reales y una complejidad que ningún eslogan puede resolver. Para un biblista cristiano, volver allí significaba también habitar el espacio en el que las Escrituras encuentran su geografía, su historia y sus tensiones.

Martini regresó a Italia en 2008, cuando el deterioro de su salud hizo necesario continuar allí sus cuidados.

La enfermedad fue reduciendo sus posibilidades físicas. Su última entrevista, sin embargo, mostró que todavía conservaba la voluntad de interpelar a la Iglesia.

En aquella conversación final no presentó un programa de gobierno. No enumeró reformas que debían ejecutarse durante los primeros cien días de un pontificado imaginario.

Habló del cansancio, del miedo, de la fe y del amor.

Y dejó una pregunta que desborda cualquier disputa entre corrientes eclesiales: «¿Qué puedes hacer tú por la Iglesia?».

La pregunta es extraordinaria porque invierte la dirección habitual de nuestras quejas.

Con frecuencia preguntamos qué debe hacer la Iglesia por nosotros, qué tendría que cambiar su jerarquía, qué reformas debería aprobar el próximo papa, qué decisiones deberían adoptar los obispos y qué respuestas tendrían que ofrecer los sacerdotes.

Muchas de esas preguntas son legítimas. La responsabilidad de quienes gobiernan no desaparece porque los fieles también tengan deberes.

Pero Martini nos obliga a completar el interrogante.

¿Qué estamos dispuestos a hacer nosotros?

No para sustituir a los responsables ni para absolver a las instituciones. No para convertir la obediencia en silencio. Sino para reconocer que la Iglesia no es una empresa ajena a la que los bautizados compran servicios religiosos.

Es una comunidad de personas llamadas a seguir a Jesucristo, cada una desde su vocación, sus capacidades y sus responsabilidades.

La renovación no puede depender exclusivamente de un papa, por lúcido que sea.

Ningún pontífice puede escuchar todas las conversaciones, acompañar todas las heridas, formar todas las conciencias ni convertir personalmente cada comunidad en un lugar de encuentro.

Puede orientar, enseñar, corregir, gobernar y ofrecer un testimonio decisivo. Pero la vida de la Iglesia se juega también en las decisiones de millones de personas que nunca aparecerán en los titulares.

En la mujer que acompaña a una vecina sola. En el sacerdote que escucha una historia dolorosa sin precipitarse a juzgar.

En el joven que descubre que la fe no le exige dejar de pensar.

En el catequista que se prepara con seriedad.

En el empresario que comprende que la justicia no termina en el cumplimiento formal de un contrato. En el laico que deja de esperar invitaciones y asume responsablemente su misión.

La Iglesia que Martini soñaba no puede reconstruirse únicamente desde Roma.

Tiene que nacer también desde abajo, en la vida concreta de quienes deciden que el Evangelio no será para ellos una identidad defensiva, sino una forma de vivir.

El papa que no fue y la Iglesia que todavía puede ser

Carlo Maria Martini no fue elegido sucesor de Pedro.

No podemos afirmar que el rumbo de la Iglesia habría sido radicalmente distinto si hubiese ocupado ese lugar.

Tampoco sabemos qué reformas habría podido impulsar, qué obstáculos habría encontrado ni cuáles de sus intuiciones habrían resistido la prueba del gobierno universal.

Lo que sí podemos afirmar es que su figura dejó una herencia intelectual, pastoral y espiritual que sigue invitando a pensar.

Nos recordó la centralidad de la Escritura. Promovió espacios de diálogo con los no creyentes. Hizo de la escucha una dimensión de la misión pastoral. Y, al final de su vida, formuló una crítica severa a una Iglesia que consideraba cansada y temerosa.

Su legado no consiste en ofrecer una respuesta definitiva a cada problema del catolicismo contemporáneo. Consiste en impedir que algunas preguntas sean descartadas por resultar incómodas.

La Iglesia necesita custodiar la verdad recibida, pero también examinar cómo la anuncia.

Necesita conservar su identidad, pero no utilizarla como excusa para ignorar las heridas humanas.

Necesita autoridad, pero una autoridad que recuerde su naturaleza de servicio.

Necesita estructuras, pero estructuras que estén al servicio de la misión y no se conviertan en fines en sí mismas.

Y necesita, sobre todo, recuperar la conciencia de que la fe cristiana no se sostiene por la nostalgia de un pasado ni por la ansiedad de resultar moderna.

Se sostiene en el encuentro con Jesucristo, muerto y resucitado, y en la vida nueva que ese encuentro hace posible.

Todo lo demás debe ser examinado a la luz de ese centro.

La pregunta por Martini no es, entonces, si el cónclave de 2005 cometió un error al no elegirlo. No tenemos elementos para convertir esa hipótesis en una conclusión histórica.

La pregunta es si la Iglesia ha sabido aprovechar la oportunidad que su testimonio representó.

¿Ha aprendido a escuchar mejor a quienes se alejaron?

¿Ha conseguido que la lectura de la Biblia transforme más profundamente la vida ordinaria de sus comunidades?

¿Ha encontrado modos de ejercer la autoridad que unan firmeza y humildad?

¿Ha sabido distinguir entre las exigencias irrenunciables del Evangelio y las formas humanas que necesitan ser revisadas?

¿Ha logrado que sus estructuras sean más transparentes, más misioneras y más cercanas a quienes sufren?

No hay una respuesta única para toda la Iglesia universal.

Hay experiencias fecundas, procesos en marcha, resistencias, retrocesos y tareas pendientes. El discernimiento exige mirar esa realidad sin idealizarla ni condenarla en bloque.

Pero la pregunta permanece.

Y quizá esa sea la verdadera fuerza de Martini: no permitirnos descansar en una respuesta que nos absuelva de la responsabilidad de buscar.

La fumata que nunca fue blanca

En abril de 2005, la historia eligió otro camino. Joseph Ratzinger fue elegido papa y asumió el nombre de Benedicto XVI.

Carlo Maria Martini regresó a la condición de cardenal, pastor emérito y estudioso de la Palabra.

No hubo una fumata blanca para él.

Pero el humo de aquel cónclave no puede contener toda la historia de la Iglesia, ni una elección pontificia agota las posibilidades de renovación de una comunidad que atraviesa los siglos.

Los papas pasan.

Sus decisiones dejan consecuencias, sus intuiciones abren caminos y sus errores también forman parte de la historia.

La Iglesia, mientras tanto, sigue enfrentada a la exigencia de anunciar a Cristo en circunstancias que ninguna generación puede controlar por completo.

Martini no fue el papa que algunos imaginaron.

Fue un hombre que dedicó su vida al estudio de la Escritura, al ministerio episcopal y a la búsqueda de una relación más profunda entre la fe y las preguntas de su tiempo.

Fue también un cardenal que, al final de sus días, se negó a confundir el amor a la Iglesia con el silencio sobre sus problemas.

Tal vez por eso su figura sigue despertando interés: porque nos recuerda que la fidelidad puede expresarse también mediante preguntas dolorosas, siempre que nazcan del deseo de servir y no del placer de destruir.

Pero sería injusto reducir su legado a una crítica institucional.

Martini no nos dejó solamente la imagen de una Iglesia cansada.

Nos dejó el recuerdo de un pastor que abrió espacios para la Palabra, el diálogo y la búsqueda. No señaló únicamente lo que podía estar fallando.

Dedicó una parte sustancial de su vida a crear experiencias que intentaban responder a esas dificultades.

Esa diferencia importa.

Porque denunciar una crisis es relativamente sencillo.

Mucho más difícil es construir una alternativa, sostenerla durante años, escuchar a quienes piensan distinto y aceptar que ninguna reforma está libre de límites.

La Iglesia que todavía puede ser no será la Iglesia imaginaria de un papa que nunca existió.

Será la Iglesia real que consiga aprender de sus mejores testigos sin convertirlos en ídolos, que escuche las preguntas sin renunciar al discernimiento, que reconozca los errores sin avergonzarse de la verdad y que ponga la misericordia en el centro de su modo de vivir.

Será una Iglesia que no mida su fortaleza por la ausencia de conflictos, sino por su capacidad de atravesarlos sin perder a Cristo de vista.

Una Iglesia que no tema entrar en conversación con el mundo porque sabe que su misión no consiste en conquistar prestigio, sino en servir a la salvación de los hombres.

Una Iglesia que no confunda el ruido con la evangelización ni la visibilidad con la fecundidad.

Que sepa estar presente en la vida pública, pero que no olvide la soledad de una habitación, el sufrimiento de una familia, la incertidumbre de un joven y la esperanza frágil de quien vuelve a buscar a Dios después de muchos años.

Una Iglesia que no viva mirando hacia atrás con nostalgia ni hacia adelante con ansiedad, sino que aprenda a discernir, en cada tiempo, cómo seguir a su Señor.

Y aquí la historia vuelve a interpelarnos.

Quizá el problema nunca haya sido solamente que Martini no llegara a ser papa.

Quizá el problema sería que, para renovar la Iglesia, siguiéramos esperando la aparición de un hombre extraordinario que hiciera por todos nosotros aquello que estamos llamados a comenzar juntos.

Un Papa puede abrir puertas. No puede atravesarlas en nombre de todos.

Un obispo puede convocar a la conversión. No puede convertirse en lugar de cada uno.

Un biblista puede ayudarnos a escuchar la Palabra. No puede responder por nosotros cuando esa Palabra pregunta qué hemos hecho con nuestra vida.

Y un cardenal puede advertir que la Iglesia tiene miedo. Pero no puede devolverle el coraje si cada uno de nosotros prefiere la comodidad del silencio.

Martini no fue el papa que algunos esperaban.

Pero sigue siendo un testigo que nos obliga a preguntarnos qué hacemos con la Iglesia que hemos recibido y qué Iglesia estamos dispuestos a dejar a quienes vendrán después.

La historia no nos permite saber qué habría ocurrido bajo su pontificado imaginario.

El presente, en cambio, nos permite decidir qué haremos con sus preguntas.

Y quizá allí, lejos de la Capilla Sixtina, lejos de los cálculos de un cónclave y de las especulaciones sobre quién habría sido el mejor sucesor de Pedro, se encuentre la parte más exigente de su legado.

No en el papa que no fue.

Sino en la Iglesia que todavía podemos ayudar a ser.

Porque el humo de una fumata se disipa. Los nombres de los papas quedan escritos en los libros. Los pontificados se convierten en capítulos de la historia.

Pero una pregunta evangélica, cuando encuentra una conciencia dispuesta a escucharla, puede seguir ardiendo durante generaciones.

¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de coraje?

La pregunta de Martini no necesita otro cónclave.

Necesita una Iglesia que se atreva a responderla con su vida.

©Catolic.ar

¿Qué puede decirle el Papa a un joven argentino?

Hay una pregunta que casi ningún joven se hace en voz alta, pero que casi todos llevan adentro: ¿alguien me está esperando de verdad?

No hablo de los seguidores, ni de los mensajes que llegan al celular.

Hablo de alguien que te espere sin pedirte que seas otro, sin pedirte que rindas, que muestres, que alcances.

Alguien para quien tu nombre no sea un perfil.

Que puede decirle el Papa León XIV

En noviembre llega a la Argentina un hombre de setenta años, vestido de blanco, que dice hablar en nombre de Alguien que dice exactamente eso.

La pregunta incómoda, y la única que vale la pena, no es cuánta gente va a salir a la calle. Es otra: ¿tiene algo para decirte a vos?

Un Papa que no llega con respuestas hechas

León XIV no es un improvisado en esto de hablar con jóvenes.

Antes de ser Papa fue misionero en el Perú durante años, en barrios donde los pibes crecen con menos de todo, menos oportunidades, menos futuro asegurado, y donde igual hay risa, música y ganas.

Es un hombre que conoce el olor de la periferia, no solo el de las bibliotecas.

Ya en los primeros meses de su pontificado se lo vio dirigirse a cientos de miles de jóvenes en Roma, durante el Jubileo.

Lo que se recuerda de ese encuentro no es un sermón de reglas.

Fue una invitación: a no conformarse con poco, a apuntar alto, a buscar amistades verdaderas y a no vivir a medias. Un mensaje simple, casi demasiado simple para estos tiempos de ironía permanente.

¿Alcanza con eso? Quizás no.

Pero tampoco es poca cosa que alguien con tanto poder te diga que no tenés que conformarte.

Lo que los jóvenes argentinos cargan

Seamos honestos con lo que pasa de este lado.

Muchos de ustedes crecieron con la sensación de que el futuro es una promesa que se posterga.

Hacés la carrera y no hay trabajo.

Trabajás y no alcanza para alquilar.

Ahorrás y la plata se derrite.

Te dijeron mil veces que “esfuerzo y vas a llegar”, y miraste a tus viejos esforzarse toda la vida y no llegar.

A eso se suma algo más silencioso: la soledad.

Nunca hubo tantas formas de comunicarse y nunca hubo tanta gente sintiéndose sola.

Los grupos, los chats, las historias de veinticuatro horas: todo conecta y casi nada acompaña.

Conectar no es lo mismo que ser conocido.

Y detrás de la soledad hay a veces algo más oscuro, que se dice poco y se calla mucho: la tristeza que no se nombra, la idea de que da lo mismo, la tentación de apagarse.

Si alguna vez pasaste por ahí, o pasás, queremos que sepas que no sos raro ni sos débil: sos humano. Y que hablar con alguien, una persona de carne y hueso, es el primer paso, no el último.

Tres cosas que un Papa puede decirte, y tres que no

Un Papa no te puede conseguir trabajo. No puede bajar la inflación ni arreglar la escuela de tu barrio.

Quien le pida eso, se va a frustrar, y está bien decirlo con claridad desde el principio.

Pero hay cosas que sí puede, y que no son menores.

Primero: que tu vida tiene sentido aunque todavía no sepas cuál.

Vivimos en una cultura que te pide definirte rápido: qué estudiar, a qué dedicarte, quién ser. La fe cristiana propone otra cosa: que el sentido no es algo que inventás de cero, sino algo que se descubre.

Que hay una vocación, una llamada, que no depende de tu rendimiento ni de tu currículum. Es una idea contracultural y, justamente por eso, liberadora.

Segundo: que no tenés que hacerlo solo.

La Iglesia, cuando funciona, es eso: gente que te acompaña. Una comunidad real, con caras, con mate, con problemas, donde nadie te pide que seas perfecto para sentarte.

Un Papa puede recordarle a toda una Iglesia que, si los jóvenes no se sienten esperados en sus parroquias, el problema no son los jóvenes.

Tercero: que la esperanza no es optimismo.

El optimista dice “todo va a salir bien”. El que tiene esperanza dice “aunque salga mal, no estoy perdido”.

No es una diferencia de palabras: es la diferencia entre depender de los resultados y apoyarse en algo más firme. Esa es, probablemente, la palabra más necesaria hoy para alguien de veinte años.

Ahora, lo que un Papa no puede ni debe hacer, y conviene decirlo para no ilusionarse:

  • No puede hablar por vos. Si su mensaje no te interpela a vos, con tu historia, no sirve de nada que sea verdadero.
  • No puede reemplazar a tu comunidad. Una visita dura unos días. Lo que sostiene es lo cotidiano: el cura de tu barrio, el grupo de amigos, la familia.
  • No puede ocultar lo que la Iglesia hizo mal. Muchos jóvenes se alejaron no por falta de fe, sino por falta de coherencia: por rigidez, por doble discurso, por sentirse juzgados antes de ser escuchados. Un Papa creíble tiene que mirar eso de frente.

La pregunta que queda abierta

Los jóvenes no son el futuro de la Iglesia, como se dice por cortesía.

Son su presente, y a veces su conciencia. Cuando los pibes se van de una parroquia, no se van solo ellos: se lleva algo de verdad que esa comunidad ya no supo decir.

Por eso la visita de León XIV puede ser una oportunidad enorme o una ceremonia más.

Depende de cosas que no se miden en multitudes:

  • si habla de lo que realmente pasa en la vida de un joven argentino, y no de generalidades;
  • si, además de hablarles, los escucha;
  • si lo que se dice en los estadios se traduce después en parroquias abiertas, en acompañamiento real, en lugar para quien llega con dudas;
  • si la Iglesia local se anima a preguntarse qué hizo, o dejó de hacer, para que tantos se hayan ido.

A los jóvenes no hay que “captarlos“. Hay que tomarlos en serio.

Y a vos, que leés esto

Quizás no creés en nada de esto, o creés a medias, o no sabés.

Está bien. Nadie te va a pedir un carnet de entrada.

Pero si hay algo que quisiéramos que te lleves de esta nota es una invitación pequeña y concreta: durante estas semanas, animate a hacerte la pregunta.

¿Qué te gustaría que alguien con autoridad te dijera? ¿Qué te dolería que nadie dijera? ¿Qué sentido le das a lo que hacés cada mañana?

No hace falta que la respondas hoy. A veces alcanza con empezar a escuchar la propia pregunta, y con saber que hay gente, de carne y hueso, dispuesta a escucharla con vos.

Si hoy sentís que no podés más o que nada importa, hablá con alguien de tu confianza o llamá a una línea de ayuda de tu zona. No esperes a que pase una visita para pedir compañía.

En noviembre llega un Papa. Lo importante no es lo que diga desde un escenario.

Lo importante es que, cuando se vaya, haya alguien esperándote en la puerta de tu parroquia, de tu barrio, de tu casa.

Eso no lo puede garantizar ninguna visita.

Lo podemos garantizar nosotros.

©Catolic.ar

Lo que vale es lo que sembramos

Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916

Un hombre de cincuenta y ocho años yace muerto en la arena, junto a la ermita que él mismo había levantado en el corazón del Sahara.

Lo mataron unos asaltantes. Nadie lo lloró. No había discípulos que continuaran su obra, ni comunidad, ni fruto visible.

Había vivido en el Sahara desde 1901 y en Tamanrasset desde 1905, entre los tuaregs.

Aprendió su lengua, compiló su diccionario, compartió su pobreza, y se fue sin ver el fruto que había soñado.

Se llamaba Carlos de Foucauld. Y el mundo, que cuenta la cosecha, habría escrito sobre su tumba una palabra: fracaso.

Detengámonos ahí. Porque esa palabra, el mundo la escribe sobre muchísimos de nosotros.

El mundo cuenta lo que se cosecha

Vivimos bajo una tiranía silenciosa: la de los resultados visibles. Lo que no se ve, no existe.

Lo que no se aplaude, no importa. Lo que no tuvo público, se da por perdido. Nos enseñaron a medir una vida por lo que se inauguró, no por lo que se entregó.

Y entonces el sembrador empieza a dudar. ¿De qué sirvió tanto esfuerzo? ¿A quién le importó? ¿No habré dado mi vida a una causa que nadie recogió?

Escucha bien, tú que hoy te haces esa pregunta, en voz baja, de noche, cuando nadie te ve: no estás midiendo con la vara de Dios.

Lo que ocurrió después

Foucauld había repetido durante años una frase del Evangelio que se volvió su respiración: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.“

Y cayó. Y murió. Solo.

En 1933, diecisiete años después, un joven sacerdote francés, René Voillaume, se instaló con cuatro compañeros en el Sahara argelino y fundó los Hermanitos de Jesús, inspirados en la vida de aquel ermitaño.

En 1939, Magdeleine Hutin fundó las Hermanitas de Jesús en Touggourt.

Desde entonces, de aquella tumba en la arena brotó una familia espiritual que hoy llega a más de sesenta países, con hombres y mujeres que viven entre los más pobres, sin ruido y sin vitrinas, repitiendo su gesto.

El 15 de mayo de 2022, en Roma, el papa Francisco lo proclamó santo.

El hombre que murió sin un solo discípulo que continuara su obra inspira hoy a hermanos y hermanas en todo el mundo.

No cosechó él. Cosecharon otros. Y él, que sembró con el alma y no vio nada, ya estaba cumpliendo la ley más antigua del Reino: uno siembra y otro cosecha.

Ninguna siembra hecha por amor se pierde

Lee de nuevo esa frase, despacio, porque es el centro de todo.

Ninguna siembra hecha por amor se pierde.

Puede ser ignorada. Puede ser rechazada.

Puede enterrarse bajo años de silencio y parecer estéril. Pero cae en una tierra que no es la de los hombres, sino la de Dios, y esa tierra no olvida una sola semilla. “Los que sembraban con lágrimas cosecharán entre cantares“, cantó el salmista.

No dijo que cosecharían pronto. No dijo que cosecharían aquí. Dijo que cosecharían.

Y el Apocalipsis afirma, con una sobriedad que estremece, que de quienes mueren en el Señor “sus obras los acompañan“. No los aplausos ni los cargos. Las obras. Lo sembrado viaja con nosotros hasta el umbral.

Frente a Aquel que todo lo ve

Hay un salmo, el 138 en la numeración latina (139 en las biblias actuales), que cualquier alma cansada debería aprenderse de memoria: “Señor, tú me sondeas y me conoces.”

Llegará una hora en que no habrá vitrinas. Ni títulos, ni estadísticas, ni reconocimientos. Estaremos ante Aquel ante quien nada podremos mentir, nada negar, nada fingir, nada ignorar. Sin apariencias ni vestiduras. Y entonces nadie preguntará qué se aprobó, qué se inauguró, quién nos aplaudió.

Preguntará una sola cosa: ¿qué sembraste?

Y habrá quienes lleguen con las manos llenas de un trigo que nadie vio crecer, y descubran que era el único que importaba.

¿Quién fijó la hora del retiro?

Hay una mentira más fina todavía, y hay que arrancarla de raíz: la de que sembrar tiene edad. La de que pasada cierta hora de la vida, ya hicimos lo que teníamos que hacer, y lo que sigue es esperar.

“Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes descansar tu mano.”

A la tarde. El Eclesiastés no dijo que a la tarde se descansa.

Dijo lo contrario. Y un salmo promete del justo que “aun en la vejez seguirá dando fruto“.

Foucauld sembró hasta el último día, a los cincuenta y ocho años, en el lugar más hostil de la tierra, sin ver nada. Y fue ese último día el que lo hizo fecundo.

Nadie, ni hombre ni institución, tiene autoridad para decirte que tu hora de dar ya pasó.

El pastor no pregunta qué lograste

Cuando el corazón se aflija, hay que volver al salmo 23.

El Pastor no interroga al cordero por sus resultados. Lo conduce a aguas tranquilas, lo guía por sendas justas, y aun en el valle de sombras camina a su lado. Quien se sabe pastoreado deja de mendigar reconocimiento y empieza simplemente a caminar.

Y en esa hora hay que decir, con la voz del niño Samuel, la oración de los que escuchan antes de actuar:

“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”

No “cumple mis planes“. No “dame resultados“. Solo: habla.

Pon tus delicias en el Señor

Hay una frase que un padrino espiritual me enseñó y que se aprende a golpes: “Pon tus delicias en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón.”

Durante años la entendí mal, como si prometiera cumplir mis proyectos. Hoy sé que promete algo infinitamente mejor: que quien deposita su alegría en Dios deja de depender de que los hombres la reciban, y su corazón termina pidiendo lo que Dios quiere dar.

Esa es la libertad de los sembradores.

Dar sin recibo. Servir sin vitrina. Amar sin garantía de cosecha. No por ingenuidad, sino porque sabemos Quién mira.

Para quien lee con el corazón cansado

Hermano, hermana. No midas tu vida por lo que fue aceptado, sino por lo que fue entregado.

El mundo cuenta lo que se cosecha. El cielo cuenta lo que se sembró, con qué amor y con cuánta fidelidad cuando nadie miraba.

Quizá tu campo parezca hoy un desierto. Quizá tus años te susurren que ya es tarde. Pero un hombre murió solo en la arena del Sahara, y diecisiete años después empezó a florecer.

Sigue sembrando. Que tu mano no descanse a la tarde.

Y cuando llegue el momento de presentarte tal cual eres, sin apariencias ni vestiduras, que lo que lleves en las manos sea lo único que importa: lo que diste.

Señor, tú me sondeas y me conoces. Habla, que tu siervo escucha.

Dedicado a mi querida esposa Mariela. . .

©Catolica.ar

Cuando el mundo que conocíamos empieza a desaparecer

Los signos de una transformación que alcanza a la sociedad, a la Iglesia y a nuestra propia manera de vivir

Hay momentos de la historia en los que las personas saben que algo está ocurriendo, pero todavía no saben ponerle nombre.

No existe una fecha exacta.

No hay una frontera visible.

Nadie se despierta una mañana con la noticia de que una época terminó y otra comenzó.

Cuando el mundo cambia

Las grandes transformaciones históricas suelen ser mucho más silenciosas.

Primero aparecen como pequeñas anomalías: una costumbre que deja de transmitirse, una institución que pierde autoridad, una generación que ya no entiende determinadas certezas de sus padres, una tecnología que modifica comportamientos, una forma de trabajar que desaparece, una Iglesia que descubre que las palabras que antes alcanzaban ya no llegan de la misma manera.

Durante años, todo parece una suma de fenómenos independientes.

Hasta que alguien se atreve a formular una pregunta incómoda:

¿Y si no estuviéramos simplemente atravesando muchas crisis, sino asistiendo al nacimiento de otra forma de vivir?

No sabemos todavía si dentro de algunas décadas los historiadores considerarán estos años como el comienzo de una nueva etapa de la humanidad.

Pero hay suficientes señales para detenernos.

Porque están cambiando simultáneamente la tecnología, el trabajo, las relaciones humanas, la autoridad, la información, la economía, la política, la cultura, la familia, la manera de construir identidad y la relación con la religión.

Y cuando cambian tantas cosas al mismo tiempo, quizá ya no alcance con hablar de “cambios”.

Quizás estamos delante de algo mayor.


No es solamente la inteligencia artificial

Sería fácil atribuir todo a la inteligencia artificial.

Sería también un error.

La IA es probablemente uno de los aceleradores más visibles de una transformación que comenzó antes de que aparecieran los actuales sistemas generativos.

Hace apenas unos años, buscar información significaba consultar una biblioteca, un diario, una enciclopedia o preguntar a una persona considerada experta.

Después llegó Google.

Luego las redes sociales.

Después los algoritmos comenzaron a decidir qué información aparecía delante de nuestros ojos.

Ahora podemos conversar con una máquina que sintetiza conocimientos, redacta textos, analiza documentos, genera imágenes, traduce idiomas, programa y responde preguntas en segundos.

El salto no es solamente tecnológico.

Está modificando nuestra relación con el conocimiento.

Y cuando cambia la forma en que una sociedad obtiene conocimiento, inevitablemente cambia también la autoridad.

Durante siglos, una parte importante de la autoridad provenía de saber algo que los demás no sabían.

Ahora el conocimiento se ha vuelto abundantísimo.

El problema comienza a ser otro:

¿En quién confiar?

La humanidad está pasando de una escasez de información a una posible abundancia de información.

Y una sociedad inundada de información puede terminar teniendo una necesidad todavía mayor de discernimiento.


La autoridad ya no funciona como antes

Un sacerdote.

Un médico.

Un periodista.

Un profesor.

Un dirigente.

Un padre.

Una institución.

Durante mucho tiempo, determinadas posiciones sociales otorgaban un grado significativo de autoridad.

Hoy ninguna de ellas funciona automáticamente.

No significa que hayan perdido toda legitimidad.

Significa algo más complejo:

ya no alcanza con ocupar el lugar de autoridad para ser reconocido como autoridad.

El joven puede escuchar al sacerdote y, al mismo tiempo, consultar a un influencer.

El paciente puede recibir una indicación médica y buscar inmediatamente una segunda opinión en internet.

El ciudadano puede escuchar al político y después consultar directamente documentos, videos y comentarios.

El creyente puede escuchar una homilía y luego pasar la noche viendo contenidos religiosos producidos por personas que viven a miles de kilómetros.

La autoridad se ha fragmentado.

Y esta transformación plantea una pregunta decisiva para la Iglesia:

¿cómo se anuncia la verdad en una cultura que ya no recibe automáticamente la verdad de una institución?


También está cambiando nuestra manera de relacionarnos

Hay una de las paradojas más impresionantes de este tiempo:

Nunca tuvimos tantas posibilidades de comunicación y, sin embargo, la soledad se ha convertido en una preocupación creciente.

Podemos hablar con personas que viven al otro lado del planeta.

Podemos ver permanentemente qué hacen nuestros conocidos.

Podemos pertenecer simultáneamente a múltiples grupos digitales.

Podemos recibir mensajes durante todo el día.

Y aun así podemos sentir que nadie nos conoce verdaderamente.

La conexión no garantiza comunión.

La comunicación no garantiza encuentro.

La presencia digital no reemplaza necesariamente la presencia humana.

Y quizás aquí exista uno de los grandes desafíos del cristianismo que está naciendo.

Porque el cristianismo no es una religión de espectadores.

Es una religión de encuentro.

Un Dios que no envió simplemente información sobre sí mismo.

Se hizo carne.

No envió un mensaje.

Vino.


¿Qué está pasando con nosotros?

Esta quizás sea la pregunta más difícil.

Porque es posible describir los cambios sociales y tecnológicos sin preguntarnos qué están haciendo dentro de nosotros.

Pero ahí está el verdadero territorio de la transformación.

Estamos aprendiendo a vivir con una velocidad desconocida.

Recibimos noticias antes de poder procesar las anteriores.

Tenemos acceso inmediato a bienes, servicios, entretenimiento y conocimiento.

Podemos modificar nuestra imagen pública.

Podemos construir comunidades fuera de nuestro territorio.

Podemos trabajar a distancia.

Podemos relacionarnos sin encontrarnos físicamente.

Podemos conversar con máquinas.

Podemos recibir recomendaciones diseñadas específicamente para nosotros.

Y los algoritmos pueden llegar a conocernos a través de nuestros comportamientos mejor de lo que nosotros mismos conocemos algunas de nuestras preferencias.

Esto plantea una pregunta que durante mucho tiempo perteneció casi exclusivamente a la filosofía:

¿qué significa ser libre?

Porque ser libre no es simplemente poder elegir.

También es poder descubrir qué queremos verdaderamente.

Poder cambiar.

Poder resistir.

Poder decir que no.

Poder no quedar atrapados en el perfil que otros construyeron sobre nosotros.

Poder descubrir una vocación.

Poder orientar la propia existencia hacia algo que consideramos verdadero y bueno.

En una época de posibilidades infinitas, quizás una de las grandes amenazas sea no saber para qué vivir.


Y entonces aparece la Iglesia

Aquí la cuestión adquiere una profundidad completamente distinta.

La Iglesia no observa esta transformación desde afuera.

Está dentro de ella.

Sus templos están dentro de esta sociedad.

Sus sacerdotes pertenecen a esta cultura.

Sus jóvenes viven dentro de este mundo.

Sus familias enfrentan las mismas transformaciones.

Sus laicos trabajan en las mismas empresas.

Sus periodistas utilizan las mismas redes.

Sus niños crecen rodeados de pantallas.

Sus seminaristas se forman en un mundo completamente diferente al de generaciones anteriores.

Por eso quizás sea insuficiente preguntar:

¿Por qué la gente dejó de ir a misa?

La pregunta anterior debería ser:

¿Qué cambió en la persona que antes encontraba naturalmente su lugar dentro de una institución religiosa?

No todas las respuestas serán iguales.

Algunos se alejaron por indiferencia.

Otros por heridas.

Otros por desacuerdos.

Otros porque dejaron de creer.

Otros porque nunca encontraron una comunidad capaz de acompañarlos.

Y otros quizás siguen buscando a Dios pero ya no saben si la Iglesia es el lugar donde podrán encontrarlo.

No deberíamos simplificar este fenómeno.

Pero tampoco ignorarlo.


Quizás la Iglesia esté siendo obligada a distinguir entre Cristo y la época

Esta podría ser una de las consecuencias espirituales más profundas.

La fe cristiana atravesó culturas completamente diferentes.

Los primeros cristianos vivieron en el mundo romano.

Después llegó la cristiandad.

Luego la modernidad.

Ahora aparece una cultura digital y globalizada cuya forma definitiva todavía desconocemos.

Cristo no pertenece a ninguna de esas épocas.

Y por eso existe una pregunta que puede ser incómoda pero necesaria:

¿qué pertenece realmente al Evangelio y qué pertenece simplemente a la forma histórica que adquirió el cristianismo en determinadas sociedades?

No todo lo antiguo debe desaparecer.

Pero tampoco todo lo antiguo es sagrado.

Y no todo lo nuevo debe ser aceptado.

Pero tampoco todo lo nuevo es enemigo de Dios.

La tarea cristiana no consiste en conservar una época.

Consiste en discernir.


Quizás Dios no esté pidiendo que salvemos el mundo que conocimos

Esta es una posibilidad que merece ser examinada con humildad.

Cada generación siente la tentación de pensar que la forma de sociedad que conoció es la forma normal del mundo.

Pero ninguna época es eterna.

Los imperios desaparecieron.

Las instituciones cambiaron.

Las ciudades se transformaron.

Los modelos económicos mutaron.

Las culturas nacieron y murieron.

La Iglesia atravesó todos esos procesos.

Por eso quizás nuestra primera tarea no sea impedir que cambie el mundo.

Quizás sea descubrir:

qué quiere Dios de nosotros en el mundo que está naciendo.

La diferencia es enorme.

Porque una Iglesia obsesionada con conservar una época puede terminar defendiendo cosas que no son esenciales.

Una Iglesia capaz de discernir puede descubrir nuevas formas de anunciar el mismo Evangelio.


¿Y si estamos siendo llevados nuevamente a lo esencial?

Puede existir una paradoja.

Cuanto más complejo se vuelve el mundo, más elemental puede resultar la pregunta humana.

Después de siglos de filosofía.

Después de revoluciones.

Después de guerras.

Después de internet.

Después de inteligencia artificial.

Después de millones de estímulos diarios.

Una persona puede terminar preguntándose exactamente lo mismo que alguien hace dos mil años:

¿Para qué estoy viviendo?

¿A quién puedo amar?

¿Quién me ama?

¿Qué hago con mi sufrimiento?

¿Qué hago con mi culpa?

¿Puedo empezar de nuevo?

¿Mi vida tiene sentido?

¿Qué ocurre después de la muerte?

¿Existe Dios?

Y quizás la mayor oportunidad evangelizadora de este nuevo tiempo esté precisamente allí.

No en competir con la tecnología.

No en producir más contenido religioso.

No en llenar las redes de frases piadosas.

Sino en volver a anunciar una respuesta:

tu vida tiene un sentido porque eres amado por Dios.

Y ese amor tiene un rostro.

Jesucristo.


Una Iglesia para una humanidad solitaria

Quizás la Iglesia del futuro no necesite parecer más poderosa.

Quizás necesite ser más reconocible por algo mucho más sencillo:

su capacidad de amar.

Que una persona pueda entrar en una comunidad y encontrar alguien que la conozca.

Que un enfermo encuentre compañía.

Que una familia encuentre ayuda.

Que un joven pueda hacer preguntas sin ser inmediatamente juzgado.

Que una persona que se alejó pueda volver sin sentirse interrogada.

Que alguien que perdió la fe pueda decirlo.

Que un sacerdote pueda escuchar.

Que un laico pueda servir.

Que los pobres no sean solamente destinatarios de asistencia sino protagonistas.

Que una parroquia no sea simplemente un edificio donde se celebran sacramentos sino una comunidad donde la vida humana encuentra acogida.

Eso no sería una estrategia pastoral.

Sería volver al Evangelio.


Y aquí comienza la pregunta más incómoda

Si todo está cambiando…

Si las instituciones están cambiando…

Si la tecnología está cambiando…

Si la cultura está cambiando…

Si la Iglesia está cambiando…

¿qué está cambiando en mí?

Porque nadie puede investigar esta transformación desde afuera.

También nosotros somos parte de ella.

Nuestros hábitos.

Nuestros miedos.

Nuestros deseos.

Nuestra manera de trabajar.

Nuestra forma de relacionarnos.

Nuestra fe.

Nuestra manera de informarnos.

Nuestra percepción del tiempo.

Nuestra relación con Dios.

Todo está siendo tocado.

Por eso quizás la pregunta más importante de todas no sea:

“¿Qué será del mundo?”

Sino:

“¿Quién estoy llamado a ser en el mundo que está naciendo?”


Leer los signos de los tiempos

Jesús reprochó a quienes podían interpretar los signos del cielo pero no sabían interpretar los signos de los tiempos.

Quizás ese reproche conserve una extraordinaria actualidad.

Podemos conocer las tendencias económicas.

Podemos analizar las elecciones.

Podemos estudiar la inteligencia artificial.

Podemos medir el comportamiento de los consumidores.

Podemos observar estadísticas religiosas.

Podemos conocer las preferencias de los jóvenes.

Pero todavía necesitamos aprender algo más difícil:

interpretar qué significan esas transformaciones para el ser humano.

Y, para un cristiano, existe una pregunta todavía más profunda:

¿Qué puede estar diciéndonos Dios a través de todo esto?

No significa atribuirle a Dios cada acontecimiento.

No significa afirmar que sabemos cuáles son sus planes.

Significa recuperar una actitud bíblica:

discernir.

Preguntar.

Escuchar.

Observar.

Comparar.

Orar.

Y volver a preguntar.


Tal vez no estamos perdiendo el mundo. Tal vez estamos perdiendo un mundo.

La diferencia es enorme.

Un mundo desaparece.

La humanidad continúa.

Las formas cambian.

La necesidad de amor permanece.

Las tecnologías cambian.

La necesidad de sentido permanece.

Las instituciones cambian.

La necesidad de comunidad permanece.

Las culturas cambian.

La pregunta por Dios permanece.

Y para el cristianismo existe una certeza que atraviesa todas las transformaciones:

Cristo no necesita que una época sobreviva para seguir siendo Cristo.

Quizás eso sea precisamente lo que esta transición histórica puede devolverle a la Iglesia:

la conciencia de que su misión nunca fue salvar una determinada configuración cultural.

Su misión es anunciar a Jesucristo.

Y hacerlo allí donde está el hombre.

También allí donde todavía no sabemos cómo será el mundo de mañana.


Quizás esta sea la verdadera pregunta

No sabemos todavía si los historiadores llamarán a estos años el comienzo de una nueva época.

Pero sí sabemos que algo profundo está ocurriendo.

Lo vemos en nuestras instituciones.

En nuestras familias.

En nuestros trabajos.

En nuestras relaciones.

En nuestros jóvenes.

En nuestras iglesias.

En nuestras pantallas.

En nuestra manera de pensar.

Y dentro de nosotros mismos.

Por eso quizás haya llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente:

“¿Qué está pasando con el mundo?”

Y comenzar a preguntar:

¿Qué está naciendo?

¿Qué está muriendo?

¿Qué debemos aprender a soltar?

¿Qué debemos proteger?

¿Qué debemos cambiar?

Y finalmente, la pregunta que ninguna estadística puede responder:

¿Qué puede estar pidiéndole Dios a su Iglesia y a cada uno de nosotros en el mundo que está naciendo?

Tal vez no tengamos todavía la respuesta.

Pero quizá el primer paso de una auténtica renovación espiritual sea precisamente ese:

atrevernos a formular la pregunta.

©Catolic.ar