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La “Virgen del Cerro” de Salta: investigación sobre antecedentes, intereses y seriedad del fenómeno

Nota preliminar sobre el nombre

Antes de entrar en materia, una precisión necesaria porque el propio nombre del fenómeno genera confusión pública.

En Salta no existe una advocación tradicional llamada “Virgen del Valle” —esa es la devoción centenaria de Catamarca— ni el fenómeno que nos ocupa tiene relación alguna con ella.

La devoción mariana y cristológica histórica, centenaria y plenamente reconocida de la provincia de Salta es otra, muy distinta: el Señor y la Virgen del Milagro, cuyo origen se remonta al siglo XVII (el célebre “milagro” de 1692) y cuya procesión de septiembre convoca cada año a cientos de miles de fieles con el pleno respaldo de la arquidiócesis.

Lo que en el habla coloquial y en búsquedas de internet aparece mezclado bajo nombres como “Virgen del Valle” o “de los dos cerritos” es en realidad un fenómeno completamente distinto, mucho más reciente: la llamada Virgen del Cerro, cuyo nombre litúrgico propuesto es “Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús”, radicada en el cerro que da nombre al barrio Tres Cerritos, en la ciudad de Salta capital.

Es a este caso —el que en efecto concentra devoción masiva, controversia eclesiástica y disputas económicas y judiciales— al que está dedicada esta investigación.

Se trata, en términos canónicos, de una presunta aparición privada y contemporánea, surgida recién en 1990, no de un culto histórico consolidado: la diferencia con el Señor y la Virgen del Milagro —aprobado, litúrgico, con tres siglos de continuidad ininterrumpida— no podría ser más marcada, y es precisamente esa distancia la que conviene tener presente a lo largo de todo el informe.


Origen y cronología del fenómeno

El fenómeno se origina en 1990, cuando María Livia Galliano de Obeid —ama de casa salteña, casada desde 1970, madre de tres hijos, sin protagonismo público previo— comienza a relatar experiencias místicas: una “voz interior” que se presenta como la “Madre de Dios” y que, según su testimonio, le habla con frecuencia. Durante los primeros años estos relatos permanecen en un círculo íntimo, familiar.

El punto de inflexión institucional llega en 1995, cuando —según el relato de la vidente— la Virgen le indica que transmita mensajes a las monjas carmelitas descalzas del Monasterio San Bernardo de Salta, pidiéndoles que se conviertan en “transmisoras” de esos mensajes.

A partir de ahí, la comunidad de clausura adopta espiritualmente a Galliano de Obeid, y esa relación —como se verá— será el epicentro de un conflicto eclesial que estalla casi tres décadas después.

En 1997 el entonces arzobispo de Salta, Moisés Julio Blanchoud, autoriza la publicación de un libro con los mensajes recibidos.

El 8 de diciembre de 2001 se entroniza en el cerro la imagen de la Virgen —una advocación nueva, sin antecedente iconográfico previo, esculpida según la descripción aportada por la propia vidente—, y desde entonces se instala la peregrinación semanal de los sábados, que llegó a convocar hasta 15.000 personas en las fechas de mayor concurrencia.

En 2023, por razones de salud, María Livia se retira de la vida pública. La organización de las peregrinaciones queda desde entonces en manos de la Fundación del Divino Corazón Eucarístico de Jesús, mientras la vidente permanece recluida.


La posición oficial de la Iglesia: nunca hubo reconocimiento

Este es el dato más importante y menos difundido entre los peregrinos: la Iglesia de Salta jamás reconoció la sobrenaturalidad del fenómeno, y en dos oportunidades formales —2003 y 2006— fijó una posición cautelosa y en varios puntos restrictiva.

El documento de 2003

El 5 de noviembre de 2002 el Consejo Presbiteral de la arquidiócesis trató formalmente “las supuestas revelaciones” y el movimiento espiritual generado en torno a la ermita.

El 7 de abril de 2003, el entonces arzobispo Mario Antonio Cargnello firmó un documento —”Cuestión Pastoral de la Ermita del Cerro“— dirigido a presbíteros, diáconos, religiosos, a la comunidad del Monasterio San Bernardo y a la propia Galliano de Obeid.

Las disposiciones centrales fueron:

  • Se ordenó a Galliano de Obeid abstenerse de transmitir mensaje alguno de la Virgen, tanto en público como en privado, y no publicar ningún mensaje nuevo.
  • Se le exigió someterse a la guía de un director espiritual designado por la autoridad eclesiástica.
  • Se le solicitó realizar un examen psicodiagnóstico para evaluar el origen de sus relatos —un procedimiento estándar en estos procesos, pero que revela que la Iglesia no daba por sentada la naturaleza mística de la experiencia.
  • Se constituyó una Comisión Arquidiocesana de investigación, a cuyas indicaciones debían someterse tanto la vidente como la comunidad de San Bernardo.

El documento de 2006 y la fórmula que sigue vigente

Hubo un segundo trabajo de la comisión en 2006.

La síntesis que la propia arquidiócesis mantuvo en comunicaciones posteriores (2016 y años siguientes) es elocuente: se permiten las peregrinaciones de manera pastoral, pero se aclara expresamente que “no se trata de un santuario oficial, ni de una aparición aprobada por la Iglesia”.

Es, en otras palabras, tolerancia pastoral sin aprobación doctrinal —una distinción que la mayoría de los peregrinos, alentados por la escenografía religiosa del lugar (misas, rosarios, imposición de manos, procesiones), probablemente no perciben con claridad.

La comisión arquidiocesana de análisis, según informó el propio arzobispado a la prensa en 2022, “ya no funciona”: es decir, el proceso de discernimiento quedó inconcluso y sin actualización formal durante casi veinte años, un patrón —la lentitud crónica de estos procesos— que fue precisamente uno de los motivos invocados por Roma para reformar las normas generales en 2024.


Las normas vaticanas de 2024 y cómo se aplicarían a este caso

El 17 de mayo de 2024 el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con el cardenal Víctor Manuel Fernández al frente y aprobación de Francisco, promulgó nuevas Normas para proceder en el discernimiento de presuntos fenómenos sobrenaturales, que sustituyeron el marco de 1978.

El cambio es relevante para leer el caso salteño con rigor:

  • Se abandona el esquema binario/ternario clásico (constat de supernaturalitate / non constat / constat de non supernaturalitate) y se establecen seis conclusiones posibles, entre ellas el nihil obstat —que no certifica sobrenaturalidad pero reconoce ausencia de problemas graves y autoriza el aprovechamiento pastoral del fenómeno— hasta el juicio negativo explícito.
  • Se establece expresamente que, por regla general, ni el obispo diocesano ni el Dicasterio declararán jamás el origen sobrenatural de un fenómeno, ni siquiera al conceder un nihil obstat: la autoridad eclesial se reserva casi siempre en el terreno de la prudencia pastoral, no de la certificación positiva.
  • Las nuevas normas listan explícitamente los criterios negativos que un obispo debe evaluar para desestimar o poner en guardia frente a un fenómeno: error manifiesto sobre los hechos, errores doctrinales, un “espíritu sectario” que genere división en el tejido eclesial, una evidente búsqueda de beneficio, poder, fama o interés personal ligado al hecho, actos gravemente inmorales, o alteraciones psíquicas o tendencias psicopáticas en el vidente.

Es imposible no notar que varios de estos criterios —división eclesial, intereses económicos ligados al fenómeno, examen psicológico solicitado desde el inicio— son precisamente los puntos sobre los que la propia arquidiócesis de Salta ya había puesto el foco veinte años antes, de manera casi anticipatoria respecto del marco normativo actual.

Bajo las normas vigentes hoy, el caso de la Virgen del Cerro reuniría, al menos en el plano de lo que ya es público, varios de los elementos que Roma identifica como señales de alerta para no avanzar hacia un nihil obstat, y ninguno de los indicadores que suelen acompañar un proceso hacia un reconocimiento favorable (no hay, por ejemplo, milagros médicamente documentados ni investigados formalmente, ni conversión doctrinal ordenada, ni ausencia de conflicto).

Esto no equivale a un “juicio negativo” formal —ese pronunciamiento no existe y el proceso de discernimiento parece congelado desde 2006—, pero sí permite calibrar con realismo el nivel de seriedad eclesial del fenómeno: es, institucionalmente, un caso abierto, no resuelto y no avalado, sostenido casi exclusivamente por la devoción popular y por el trabajo organizativo de una fundación privada.


La ruptura eclesial de 2022: monjas, arzobispo y denuncias cruzadas

El conflicto que durante dos décadas fue de bajo perfil (una comisión que “dejó de funcionar”, documentos que circulaban entre especialistas) estalló públicamente a partir de abril de 2022, cuando religiosas del Monasterio San Bernardo —la misma comunidad que desde 1995 “adoptó” espiritualmente a María Livia— denunciaron al entonces arzobispo Mario Cargnello y a otros tres religiosos por violencia de género y violencia económica.

La jueza de Violencia Familiar y de Género de Salta ordenó medidas de restricción contra los denunciados y los conminó a capacitación en género y tratamiento psicológico; la medida fue apelada.

En paralelo se abrieron o reactivaron cuatro procesos judiciales vinculados al caso:

*La denuncia por violencia de género y económica contra el arzobispo y otros religiosos.

*Una denuncia por presunta privación ilegítima de la libertad, amenazas y coacción, presentada por la hermana de una religiosa del monasterio.

*Una investigación sobre la economía del convento y su relación con la Fundación de la Virgen del Cerro, motivada en que los terrenos de la ermita figuran a nombre del Monasterio San Bernardo.

*Una causa por calumnias e injurias, iniciada por la priora y subpriora contra el abogado del arzobispado y contra el propio arzobispo.

En diciembre de 2022, la religiosa autora de una carta que hizo público buena parte del conflicto abandonó el convento.

La disputa —que no alcanza, según reportaron los medios locales, a la fe de los peregrinos comunes que siguen subiendo cada sábado— es en el fondo una pelea por el control institucional y patrimonial de un fenómeno que excedió ampliamente el marco en que había nacido.


La fractura dentro del propio clero: el caso de las entronizaciones fuera de Salta

Un capítulo poco conocido fuera de la provincia, pero muy revelador de la seriedad —o falta de ella— del proceso de discernimiento, es el de las entronizaciones de la imagen en templos de otras diócesis, que muestran que la división no es solo “Salta contra Roma”, sino clero salteño contra clero de otras jurisdicciones, con casos documentados de sacerdotes que promovieron activamente la devoción pese a las reservas explícitas del arzobispado de origen.

El episodio más visible ocurrió en marzo de 2019, cuando el sacerdote teatino Gabriel Baci, uno de los responsables de la Basílica San Ponciano de La Plata, solicitó entronizar una imagen de la Virgen del Cerro en el santuario archidiocesano “María y Todos los Santos”.

El entonces arzobispo de La Plata, monseñor Víctor Manuel Fernández —hoy cardenal y prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el mismo organismo que firmaría las normas de 2024— autorizó la ceremonia, que se realizó el 25 de marzo de ese año ante una concurrencia que desbordó el templo.

La reacción desde Salta fue inmediata y de una dureza inusual entre pares eclesiásticos: el arzobispo Mario Cargnello, junto con unos 50 sacerdotes de la provincia, firmaron una carta dirigida a La Plata expresando su “asombro” y “perplejidad”, calificando el episodio de “escándalo” que “siembra división” en el pueblo de Dios, y recordando que se trataba de una advocación no aprobada por la Iglesia.

Fernández respondió sosteniendo una distinción que resulta, leída hoy, casi un anticipo doctrinal de lo que las normas de 2024 terminarían codificando: que conviene separar la imagen —que “despierta devoción” legítima en muchos fieles, sin implicar adhesión a “los grupos y supuestos fenómenos” que la rodean— de las apariciones, mensajes y demás manifestaciones atribuidas a la vidente, cuyo discernimiento “se hará en Salta”.

Citó como precedentes comparables los casos de la Rosa Mística y la Virgen de San Nicolás, ambos también carentes de aprobación formal pero con imágenes replicadas en múltiples templos del país.

El dato es doblemente significativo: por un lado confirma que la imagen de la Virgen del Cerro ya estaba, para 2019, instalada “hace años” en numerosas iglesias del país sin mayor conflicto —lo que indica una aceptación popular y hasta clerical más amplia y silenciosa de lo que el conflicto salteño hace suponer—; por otro, deja constancia escrita y pública de que el propio arzobispo de origen del fenómeno usó, cinco años antes de que existiera el marco normativo actual, el mismo lenguaje que hoy emplean las normas vaticanas (“división en el tejido eclesial”) para describir sus reparos.

Es, en ese sentido, uno de los testimonios más tempranos y explícitos de la autoridad eclesiástica competente sobre el carácter problemático del fenómeno.

En la procesión de diciembre de 2022, ya en pleno conflicto con las carmelitas, un acuerdo mediado por el propio Vaticano llevó al arzobispado de Salta a enviar a un párroco teatino de la zona y a otros veinte sacerdotes a celebrar la misa de la peregrinación —un gesto de acompañamiento pastoral mínimo que no equivale, sin embargo, a aprobación ni contradice la posición oficial sostenida desde 2003.


Los intereses económicos: tierras, fundaciones y turismo religioso

Este es, probablemente, el punto más delicado y menos abordado por la prensa devocional, y el que más se acerca a los criterios negativos que hoy contempla Roma.

La fundación. En mayo de 2006 se inscribió ante la AFIP la fundación vinculada al fenómeno (bajo denominaciones como “Yo soy la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús” y la obra “Yo soy el Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús“), con actividad principal declarada como “servicio de asociaciones n.c.p.” (organizaciones de apoyo comunitario/educativo).

Su balance al 31 de diciembre de 2020 mostraba un patrimonio neto superior a los 83 millones de pesos, con resultado negativo ese año tras un resultado positivo de casi 4 millones en 2019; sus cuentas bancarias figuraban sin atrasos.

Es, hasta donde permite verificar el registro público, la última cifra de balance conocida y difundida: no se encontraron estados contables posteriores publicados, pese a que la investigación preliminar en la fiscalía de Delitos Económicos —abierta en 2022 sobre esta misma fundación y sobre la administración de bienes del convento de San Bernardo— seguía, según la última cobertura disponible, sin resolución pública conocida.

Sería un dato valioso para actualizar mediante consulta directa al organismo de fiscalización de personas jurídicas de Salta o a la propia fiscalía interviniente.

Las tierras. La donación inicial de terrenos —unas 32 hectáreas— provino de la familia Lacroze Garat, la misma que a través de la empresa “Peregrinaciones Salta” ofrece comercialmente tours organizados al santuario: es decir, la misma familia que cedió el terreno explota comercialmente el flujo turístico que ese terreno genera.

Años después, en 2006, se registró una nueva transferencia de dominio fiduciario a nombre de las fundaciones ligadas al fenómeno, y en 2013 esas mismas fundaciones adquirieron una fracción adicional de cerca de 70 hectáreas al este del santuario por 150.000 dólares.

Un dato que la prensa local subrayó por su carga simbólica: la escribana que intervino en una de esas operaciones fue Lía Mera Figueroa de Urtubey, madre del entonces gobernador de la provincia —un detalle que ilustra cuán entrelazado está el fenómeno con las redes de poder político y económico locales, más allá de cualquier juicio sobre su legalidad, que no está en discusión.

El negocio turístico. Diversas coberturas periodísticas y hasta la propia respuesta institucional describieron el fenómeno directamente como “turismo religioso”, señalando que la mayoría de los visitantes no son de Salta sino de otras provincias, que llegan en ómnibus especiales contratados.

Alrededor del cerro se desarrolló una economía de estacionamientos, puestos de venta de estampitas, imágenes y souvenirs —los vendedores locales admiten que las imágenes de la “Virgen del Cerro” son las más pedidas por los turistas, por encima incluso de otras devociones salteñas históricas como el Señor y la Virgen del Milagro—.

Vacío regulatorio y seguridad. Investigaciones periodísticas locales documentaron además un problema de fondo: el cerro carece de un marco claro de regulación estatal (se disputan competencias entre municipio y provincia), lo que ha derivado en reclamos sobre seguridad y control ambiental del predio, incluyendo el caso judicializado de la muerte de una peregrina, Gloria Graciela Armella, que motivó a familiares a buscar sin éxito una instancia estatal que asumiera responsabilidad sobre lo que ocurre en el cerro cada sábado.

En síntesis: alrededor de una experiencia mística no reconocida por la Iglesia se construyó, en poco más de veinte años, un entramado inmobiliario, fundacional y turístico de magnitud considerable, con vínculos documentados a familias con intereses comerciales directos en la actividad y a redes de poder político provincial.


La mirada académica: sociología y antropología de la religión

El fenómeno ha sido objeto de estudio serio por parte de investigadores del CONICET, en particular Aldo Rubén Ameigeiras y Ana Lourdes Suárez, y de trabajos posteriores como los de Telma Liliana Chaile, que lo ubican dentro de un capítulo más amplio sobre devociones marianas locales y globales en la Argentina.

La caracterización académica es reveladora: se describe a la Virgen del Cerro como “la devoción mariana argentina de amplia difusión más reciente”, originada en la periferia de un barrio de clase media alta de Salta con una vista panorámica atractiva —un detalle no menor para entender su despegue como polo de peregrinación masiva—.

Otros estudios sobre espacios religiosos y prácticas turísticas en “destinos marianos emergentes” de la Argentina señalan a la Virgen del Cerro como el caso “más firme y evidente” de mariofanía contemporánea que combina fenómeno religioso con gestión organizacional y control espacial del predio por parte de la fundación —una lectura sociológica que confirma, desde otro ángulo disciplinar, lo que ya aparecía en la crónica periodística y en la cautela eclesiástica: estamos ante un fenómeno híbrido, donde la experiencia devocional convive de forma estructural con una lógica de gestión, turismo y organización institucional propia, más parecida a la de un emprendimiento religioso-turístico que a la de un santuario tradicional surgido y sostenido espontáneamente por la piedad popular sin intermediación económica relevante.


Comparación con otros casos de discernimiento

Para calibrar la seriedad del caso conviene compararlo con otros procesos de discernimiento recientes que sí llegaron a una resolución formal bajo las nuevas normas de 2024.

El caso más citado internacionalmente es el de Trevignano Romano (Italia), donde el obispo de Civita Castellana emitió en marzo de 2024 un decreto de constat de non supernaturalitate (juicio de que no hay sobrenaturalidad) respecto de las presuntas apariciones a Gisella Cardia, decreto cuya validez jurídica confirmó luego el propio Dicasterio para la Doctrina de la Fe, prohibiendo expresamente celebraciones y peregrinaciones al lugar.

El contraste con Salta es instructivo: en Trevignano hubo un proceso de investigación que llegó a una conclusión formal y pública, con consecuencias prácticas claras (prohibición de peregrinaciones).

En Salta, en cambio, el proceso iniciado en 2002-2003 quedó inconcluso: no hay condena formal, pero tampoco aprobación; la comisión “dejó de funcionar” y las peregrinaciones —lejos de prohibirse— se consolidaron y crecieron exponencialmente durante más de veinte años bajo una tolerancia pastoral ambigua.

Este tipo de situación de “limbo institucional” es exactamente lo que las normas de 2024 buscan evitar en el futuro, exigiendo a los obispos diocesanos llevar los casos a una conclusión más ágil.


Puntos de tensión doctrinal y pastoral para un análisis católico riguroso

Desde una perspectiva de rigor doctrinal —la que corresponde a un medio como catolic.ar—, conviene señalar, sin prejuzgar sobre la interioridad espiritual de la vidente (algo que escapa a cualquier análisis periodístico serio), varios elementos objetivamente documentados que ameritan cautela editorial:

  • Ausencia de aprobación eclesial explícita tras más de treinta años. No es un proceso reciente todavía en curso: lleva décadas sin resolución formal, lo cual en sí mismo es un dato relevante para el discernimiento del fiel.
  • La propia autoridad eclesiástica solicitó explícitamente un examen psicodiagnóstico en la etapa inicial del proceso (2003), y ordenó a la vidente cesar la transmisión pública y privada de mensajes —una orden de silencio que, según el registro público disponible, no impidió la publicación de mensajes posteriores, lo que en su momento fue señalado como un punto de fricción por la propia comisión arquidiocesana.
  • El entramado económico y patrimonial alrededor del fenómeno es de una escala que excede ampliamente la de la generalidad de los santuarios marianos surgidos de la piedad popular espontánea, y está entrelazado con intereses comerciales (turismo, inmobiliaria) y políticos (vínculos notariales con la familia del entonces gobernador) que son, según las propias normas vaticanas de 2024, uno de los indicadores explícitos a evaluar negativamente.
  • La ruptura eclesial de 2022-2023, con denuncias judiciales cruzadas de gravedad entre el arzobispo y la comunidad religiosa que sostuvo espiritualmente a la vidente durante casi treinta años, constituye por definición un elemento de “división en el tejido eclesial”, que es otro de los criterios negativos explícitos del nuevo marco normativo.
  • La fórmula oficial vigente —”no se trata de un santuario oficial, ni de una aparición aprobada por la Iglesia”— debería ser, desde un criterio pastoral serio, mucho más visible y explícita en la comunicación pública del fenómeno de lo que efectivamente lo es en la mayoría de los sitios devocionales, turísticos y de peregrinación que promocionan el lugar sin mencionar jamás esta salvedad.

Ninguno de estos elementos permite, por supuesto, afirmar mala fe por parte de la vidente ni descalificar la experiencia espiritual subjetiva de los miles de peregrinos que encuentran allí consuelo religioso genuino —algo que ni el periodismo ni la teología pueden juzgar desde afuera—.

Pero sí permiten sostener, con la evidencia documental disponible, que se trata de un caso que no reúne, hasta la fecha, ninguno de los elementos que la Iglesia exige para una eventual aprobación, y que acumula en cambio varios de los que las normas vigentes identifican como motivo de cautela reforzada.


Estado actual (2026)

  • María Livia Galliano de Obeid permanece retirada de la vida pública desde 2023 por motivos de salud.
  • La organización de las peregrinaciones quedó en manos de la Fundación del Divino Corazón Eucarístico de Jesús.
  • Las peregrinaciones de los sábados continúan con normalidad y siguen convocando a miles de fieles, en su mayoría provenientes de otras provincias.
  • El proceso formal de discernimiento eclesiástico permanece, hasta donde consta públicamente, sin resolución desde 2006, sin que se haya reactivado bajo el nuevo marco normativo vaticano de 2024.
  • El conflicto judicial entre el arzobispado y la comunidad del Monasterio San Bernardo, iniciado en 2022, no tiene resolución pública conocida y forma parte de una causa más amplia todavía en trámite.

Preguntas abiertas, para que el lector saque sus propias conclusiones

Este informe no pretende —ni le corresponde a un medio periodístico— sustituir el discernimiento que compete al obispo diocesano de Salta. Pero la evidencia reunida a lo largo de estas páginas deja planteadas algunas preguntas que cualquier lector católico formado puede hacerse por sí mismo:

  • ¿Cuánto tiempo es razonable esperar? Treinta y cinco años sin que el proceso de discernimiento llegue a una conclusión formal —con una comisión que, según la propia arquidiócesis, “ya no funciona”— ¿es prudencia pastoral o es, lisa y llanamente, un caso que quedó sin resolver? ¿Cuántos de los grandes santuarios marianos reconocidos por la Iglesia tardaron tanto en obtener siquiera una primera palabra oficial clara?
  • ¿Cuánto pesa el entramado económico? Una fundación con un patrimonio de decenas de millones de pesos, terrenos donados por una familia que después explota comercialmente el turismo que esa misma donación genera, una escribana vinculada a la familia del entonces gobernador interviniendo en las transferencias de dominio: ¿cuántos de estos elementos, tomados por separado, se tolerarían sin generar alarma en cualquier otro contexto de discernimiento espiritual?
  • ¿Qué significa que la propia comunidad que la sostuvo espiritualmente termine denunciándola? Que las carmelitas de San Bernardo —quienes según el propio relato del fenómeno fueron elegidas para “transmitir” los mensajes— terminen en 2022 enfrentadas judicialmente con el arzobispado, ¿es un conflicto humano ajeno al fenómeno, o dice algo sobre el fenómeno mismo?
  • ¿Qué significa que el propio arzobispo de origen hable de “escándalo” y “división”? Cuando en 2019 Mario Cargnello y unos 50 sacerdotes salteños calificaron la entronización en La Plata en esos términos, ¿no estaban usando, cinco años antes de que existiera el marco normativo actual, exactamente el lenguaje que las normas vaticanas de 2024 codificarían como criterio de alerta?
  • ¿Cuánto de la devoción masiva depende de que estas preguntas casi nunca se formulen en voz alta? La fórmula oficial de la arquidiócesis —”no se trata de un santuario oficial, ni de una aparición aprobada por la Iglesia”— rara vez aparece en la difusión turística y devocional del lugar. ¿Cuántos de los miles de peregrinos que suben cada sábado saben que ese es, hasta hoy, el único pronunciamiento formal de la Iglesia sobre lo que están visitando?

Ninguna de estas preguntas prejuzga la sinceridad ni la vida de fe de quienes encuentran allí un lugar genuino de encuentro con Dios. Pero un catolicismo adulto —el que este medio pretende servir— no debería tener miedo de hacérselas, ni sustituirlas por el entusiasmo devocional que suele acompañar, sin más, la crónica de estos fenómenos.


Fuentes consultadas

  • Arquidiócesis de Salta, Cuestión Pastoral de la Ermita del Cerro (documento firmado por Mons. Mario A. Cargnello, 7 de abril de 2003), reproducido en Catholic.net.
  • La Nación, “Salta. Quién es la mujer que ‘ve y escucha’ a la Virgen del Cerro y levantó la ermita” (23/04/2022).
  • La Nación, “La Virgen del Cerro. La inesperada grieta religiosa entre el arzobispado de Salta y las monjas de clausura” (24/04/2022).
  • La Nación, “Grieta religiosa. En Salta se abrió una investigación sobre la fundación de la Virgen del Cerro” (28/05/2022).
  • Cuarto Poder (Salta), “La carta de una monja pone en jaque a María Livia y la Virgen del Cerro”; “Los motivos de la Iglesia para no aceptar las apariciones de la Virgen del Cerro”; “Virgen del Cerro – Salta | La muerte de Gloria Graciela Armella y los pecados de María Livia”.
  • Repositorio Institucional CONICET Digital: Ameigeiras, A. R. y Suárez, A. L., La Virgen del Cerro en Salta: continuidades y singularidades respecto a las principales apariciones modernas y contemporáneas; Chaile, T. L., capítulo en Devociones marianas: Catolicismos locales y globales en la Argentina.
  • F. C. Flore, “Espacios religiosos y prácticas turísticas en dos destinos marianos emergentes de la Argentina”, Revista ARA (UB), Vol. 11, Nº1, 2021.
  • Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Normas para proceder en el discernimiento de presuntos fenómenos sobrenaturales (17 de mayo de 2024), texto completo vía Rome Reports.
  • ACI Prensa, “Vaticano publica nuevas normas para el estudio de apariciones” (17/05/2024).
  • Vatican News, “‘No hay sobrenaturalidad’, Doctrina de la Fe confirma decreto sobre Trevignano” (27/06/2024).
  • Revista Replicante y Revista Meer: crónicas testimoniales sobre la peregrinación al Cerro de las Apariciones.
  • Sitios devocionales: saltargentina.com.ar, todowebsalta.com.ar (para reconstrucción del relato oficial de la vidente y datos logísticos del santuario).
  • El Día (La Plata), “Fuerte polémica y expectativa genera la entronización de una Virgen en La Plata” (14/03/2019).
  • La Nación, “El arzobispo de La Plata explica por qué va a entronizar una imagen de la Virgen en un lugar de supuestas apariciones” / InfoCatólica (12/03/2019).
  • El Tribuno (Salta), “Histórica y emotiva entronización de la Virgen del Cerro en La Plata” (26/03/2019).
  • La Gaceta Salta, “Por la polémica de la Virgen del Cerro, la iglesia de La Plata le respondió a los curas de Salta” (14/03/2019).
  • La Nación, “Tras el fuerte conflicto con la Iglesia, en Salta reapareció la ‘vidente’ de la Virgen del Cerro” (10/12/2022).

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Cómo la Iglesia investiga a un santo: la fase diocesana de una causa de canonización

Hay una pregunta que casi todo católico se ha hecho alguna vez frente a la fotografía de un cura, una monja o un laico que conoció en su parroquia y de quien, años después de su muerte, empieza a escuchar que “están estudiando su causa”.

¿Quién decide eso? ¿Alcanza con que la gente lo quiera mucho, con que se le rece, con que alguien atribuya una gracia a su intercesión?

La respuesta corta es no. Y la respuesta larga es, en realidad, uno de los procedimientos más meticulosos que conserva el derecho canónico: años de trabajo diocesano, comisiones de historiadores, teólogos censores, testigos bajo juramento, y un cuidado casi obsesivo por no confundir el fervor popular con la certeza moral que la Iglesia exige antes de proponer a alguien como modelo universal de vida cristiana.

La Causa de Canonización. . .

Vale la pena entender ese procedimiento, porque explica algo que suele pasar desapercibido: por qué las causas tardan lo que tardan, por qué la Iglesia no canoniza “por aclamación” como en los primeros siglos, y por qué ese aparente exceso de burocracia es, en realidad, una forma de custodia.

La Iglesia, Madre de los Santos, guarda su memoria; pero precisamente porque la guarda con amor, se toma el trabajo de verificarla con rigor.

De la aclamación popular al proceso judicial

En los primeros siglos del cristianismo los santos no se “declaraban”: se reconocían.

La comunidad cristiana aclamaba espontáneamente a quienes habían muerto por la fe o habían vivido de un modo que a todas luces reflejaba a Cristo.

Era, como diría Chesterton de tantas otras cosas en la Iglesia, una sabiduría instintiva de la multitud creyente, no un trámite de oficina.

Pero esa misma espontaneidad, con el correr de los siglos, empezó a mostrar sus límites: hacía falta discernir entre la devoción genuina y el entusiasmo pasajero, entre la santidad real y la leyenda piadosa que crece sola.

Ya a mediados del siglo III, San Cipriano de Cartago pedía que se investigara con sumo cuidado las circunstancias de quienes se decía que habían muerto por la Fe, para no reconocer indebidamente a quien no lo merecía.

Esa prudencia fue creciendo hasta que, en 1234, el papa Gregorio IX reservó la canonización exclusivamente al sucesor de Pedro.

Y en 1588 Sixto V puso el proceso en manos de una Congregación específica —el antecedente directo de lo que hoy es el Dicasterio para las Causas de los Santos—, dando forma jurídica a algo que hasta entonces dependía casi por completo de la iniciativa de cada obispo local.

El marco que rige hoy el proceso tiene, en cambio, una fecha bien precisa: el 25 de enero de 1983, cuando Juan Pablo II promulgó la Constitución Apostólica Divinus Perfectionis Magister, completada esa misma semana por las Normae servandae y, veinticuatro años más tarde, por la Instrucción Sanctorum Mater (2007), que sigue siendo hoy el manual de referencia para cualquier obispo que reciba un pedido de apertura de causa.

El primer filtro no lo pone Roma: lo pone el pueblo de Dios

Antes de que exista un solo papel oficial, la Iglesia exige algo que no se puede fabricar: la fama de santidad.

La norma la define con una precisión casi quirúrgica —tiene que ser espontánea, no procurada artificialmente; estable en el tiempo, no un fervor de ocasión; y extendida entre una parte significativa del pueblo de Dios, no una devoción de círculo cerrado.

Es, en el fondo, la misma sabiduría instintiva de los primeros siglos, pero convertida ahora en criterio jurídico verificable.

Ese es el motivo por el cual, cuando alguien se acerca a pedir orientación sobre una posible causa —cosa que en la experiencia de esta redacción no es infrecuente, sobre todo en diócesis del interior donde la memoria de sacerdotes, religiosas o laicos ejemplares suele estar muy viva—, lo primero que hay que responder no es “cómo se hace el trámite”, sino “¿existe realmente esa fama, o la estamos confundiendo con el cariño legítimo que le tenemos nosotros?”.

La distinción no es un formalismo: es el corazón mismo de por qué el proceso existe.

Quiénes ponen en marcha una causa

Toda causa necesita un Actor: quien la promueve y asume la responsabilidad, tanto moral como económica, de sostenerla hasta el final.

Puede serlo el propio obispo, una parroquia, una diócesis, un instituto religioso, una asociación de fieles, o incluso una persona física que tenga capacidad real de acompañar el proceso en sus dos fases, la diocesana y la romana.

El Actor designa a un Postulador —experto en teología, derecho canónico e historia— que va a ser quien concretamente investigue, reúna documentación y, llegado el momento, presente formalmente el pedido al obispo.

Aquí conviene una aclaración que a veces se pasa por alto: el trabajo del Postulador no consiste en “hacer publicidad” del candidato.

La norma es explícita en pedirle que informe al obispo con honestidad, sin ocultar lo que pudiera resultar desfavorable para la causa.

Un Postulador que solo trae testimonios elogiosos no fortalece el expediente: lo debilita, porque la Iglesia necesita poder decir, con la conciencia tranquila, que buscó la verdad entera antes de proponer a alguien como modelo.

Cinco años de silencio necesario

La ley fija un plazo de cinco años desde la muerte del candidato antes de que se pueda presentar el pedido formal —el llamado libelo de demanda— al obispo.

Solo dos veces en la historia reciente se dispensó de ese plazo con inmediatez notable: la más conocida, la de Juan Pablo II, cuya causa comenzó apenas terminado su funeral, por decisión expresa de su sucesor.

Ese quinquenio no es un capricho burocrático.

Es, más bien, un tiempo de decantación: permite distinguir el entusiasmo del momento —tan humano, tan comprensible ante la muerte de alguien querido— de una fama que resiste el paso del tiempo.

Y es, también, un tiempo que se puede aprovechar.

Nada impide, mientras se espera, ir constituyendo al Actor, designando al Postulador, armando una biografía documentada, localizando escritos inéditos, o —esto es particularmente importante cuando hay testigos de edad avanzada o de salud delicada— recogiendo declaraciones escritas que la propia normativa prevé bajo la fórmula ad futuram rei memoriam: testimonios notariados que el obispo conserva en la curia diocesana para que no se pierdan, aunque la causa todavía no esté abierta.

El obispo no decide solo

Cumplido el plazo y presentado el libelo, el obispo diocesano tiene que comprobar personalmente que la fama de santidad —o de martirio— existe de verdad.

Pero, aceptado ese primer paso, la decisión deja de ser un asunto puramente local: la norma le exige consultar formalmente a la Conferencia Episcopal, al menos en su instancia regional, y esa opinión colegiada queda incorporada por escrito al expediente.

La causa de un santo, en otras palabras, nunca es del todo “propiedad” de una sola diócesis: nace ya inscripta en la comunión de los obispos.

Y, en la práctica constante de las causas —aunque la letra de la norma lo formule como algo aconsejado más que estrictamente impuesto—, ningún obispo avanza sin consultar antes a Roma.

Le envía al Dicasterio para las Causas de los Santos una breve relación biográfica del candidato y la importancia eclesial del caso, y espera su respuesta: el llamado nihil obstat, la constancia de que la Santa Sede no encuentra obstáculo para que la causa se ponga en marcha.

Solo después de esa doble consulta —a los hermanos obispos y a Roma— el obispo dicta el decreto que introduce oficialmente la causa. Desde ese momento, y no antes, el candidato recibe el título de Siervo de Dios.

Un tribunal, no una campaña de prensa

Lo que sigue es, en sentido estricto, un proceso judicial eclesiástico.

El obispo nombra —por decreto, cada uno por separado— a un delegado episcopal que instruye la causa en su nombre, a un promotor de justicia que vela por que se respete escrupulosamente la ley, a un notario que da fe de cada acto, y, si hay un presunto milagro bajo estudio, a un perito médico.

Al menos dos censores teólogos examinan todo lo publicado por el candidato para asegurarse de que no haya nada contrario a la fe y a las costumbres.

Una comisión de al menos tres historiadores y archivistas rastrea documentos en cada lugar donde vivió y trabajó, y entrega un informe colegiado que —otra vez— no puede callar los aspectos negativos que encuentre.

Después llega el interrogatorio de los testigos: presenciales siempre que sea posible, incluidos deliberadamente aquellos que podrían tener reparos o dudas sobre la fama del candidato, porque la Iglesia no busca confirmar lo que ya cree, sino comprobarlo.

Hay incluso una norma —tan sobria como significativa— que pide evitar durante todo este tiempo cualquier gesto litúrgico que pueda sugerir a los fieles que la apertura de la causa garantiza ya la beatificación: nada de misas votivas ni panegíribos anticipados.

La santidad, parece recordarnos aquí la Iglesia con su prudencia de siempre, no se proclama por adelantado: se verifica.

El cierre diocesano y el viaje a Roma

Cuando todas las pruebas están reunidas, el obispo comprueba antes que nada que no se le esté tributando al candidato un culto público indebido —una visita a su sepultura, a la habitación donde vivió o murió, para constatarlo.

Si todo está en orden, se redacta la declaración de no culto y se publican las actas para que el promotor de justicia y el postulador puedan examinarlas.

Se preparan entonces tres versiones del expediente: el original, que queda sellado para siempre en el archivo diocesano; y dos copias fieles, cotejadas página por página con el original, que viajan a Roma.

Una última sesión solemne clausura formalmente el procedimiento diocesano, y desde ese momento comienza la fase romana: el estudio por parte del Dicasterio, la elaboración de la positio —el resumen definitivo de toda la investigación— y, finalmente, si todo lo confirma, la aprobación del propio Papa.

Por qué importa entender todo esto

Se podría pensar que este recorrido es un asunto de especialistas en derecho canónico, ajeno a la vida cotidiana de un fiel.

Pero ocurre lo contrario: entender el rigor con que la Iglesia examina una vida antes de proponerla como modelo universal es, también, una forma de entender por qué sus santos —cuando finalmente son declarados tales— merecen la confianza de los fieles.

No hay atajos, no hay aclamaciones improvisadas ni causas que se resuelven por simpatía mediática. Hay, en cambio, años de trabajo silencioso, de archivos revisados, de testigos interrogados bajo juramento, de teólogos que buscan errores antes que confirmaciones.

Newman decía que la Iglesia crece como toda idea viva: no se contradice a sí misma, sino que se desarrolla y se profundiza sin perder su identidad.

Algo parecido puede decirse de este proceso: en su forma actual, tan cuidadosamente jurídica, sigue siendo fiel a aquella intuición de los primeros cristianos que reconocían espontáneamente a sus santos.

Solo que ahora, antes de proponerlos a toda la Iglesia, se toma el trabajo de comprobar, con la paciencia de quien sabe que la verdad no tiene apuro, que aquella fama espontánea resistió el paso del tiempo.

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Comunión en la mano: la historia real detrás de una polémica que la Argentina nunca cerró

Hay un supuesto que circula con la fuerza de una obviedad entre varias generaciones de católicos argentinos: que la comunión en la mano fue una apertura pastoral que el Vaticano concedió porque las Conferencias Episcopales del mundo la pidieron mayoritariamente, y que discutirlo hoy es una rareza de nostálgicos.

La documentación dice otra cosa. Y el caso argentino —con nombres, fechas y cartas concretas— es, quizás, el ejemplo más claro de que esta historia no fue como se la contó.

Una consulta que salió mal para quienes querían el cambio

En 1968, Pablo VI hizo algo poco habitual: consultó sub secreto a todo el episcopado católico del mundo sobre si convenía permitir, junto al modo tradicional, que los fieles recibieran la Sagrada Comunión en la mano.

No era una consulta retórica. La pregunta central —”¿se debe acoger el deseo de que, junto con el modo tradicional, se permita también el rito de colocar la Sagrada Comunión en la mano?”— obtuvo una respuesta contundente: 567 obispos a favor, 1.233 en contra, 315 a favor con reservas.

Más de dos tercios del episcopado mundial rechazó la idea.

Con ese resultado en la mano, la Santa Sede hizo exactamente lo que cabía esperar: confirmó la disciplina tradicional.

El 29 de mayo de 1969, la Sagrada Congregación para el Culto Divino publicó la instrucción Memoriale Domini, que reafirmó que la comunión debía seguir dándose en la boca como norma universal, y exhortó “firmemente” a obispos, sacerdotes y fieles a someterse a esa ley “nuevamente confirmada“.

Entonces, ¿de dónde salió la comunión en la mano si el propio Pablo VI y la mayoría del episcopado mundial no la querían?

Una desobediencia que se volvió costumbre

De la desobediencia de un puñado de diócesis del norte de Europa.

Ya a mediados de los años 60, en Holanda, Bélgica, Alemania y Francia —zonas donde venían fermentando lecturas heterodoxas de la Eucaristía en el clima posconciliar— sacerdotes y comunidades enteras empezaron a distribuir la comunión en la mano sin pedir autorización a nadie.

El propio Pablo VI, ya en 1965, había comunicado a esos obispos que debían volver de inmediato al único uso legal.

No lo hicieron.

El cardenal Benno Gut, prefecto de la Congregación para el Culto Divino que firmó Memoriale Domini, lo reconoció sin vueltas en una entrevista de julio de 1969: hasta entonces se había permitido a los obispos autorizar experiencias puntuales, pero con frecuencia se traspasaron los límites y muchos sacerdotes simplemente hicieron lo que quisieron; el Papa, dijo Gut, cedió muchas veces “contra su propia voluntad“.

Frente a esa desobediencia ya instalada e imposible de revertir sin provocar una ruptura mayor, Memoriale Domini incluyó una válvula de escape estrictamente jurídica: donde el uso ilícito ya había arraigado, cada Conferencia Episcopal podía pedir a Roma —con el voto de dos tercios de sus obispos— un indulto que permitiera a cada obispo diocesano, “según su prudencia y conciencia“, autorizar la nueva forma en su territorio.

No era una norma nueva sustituyendo a la anterior. Era, literalmente, la tolerancia de una excepción sobre una ley que seguía —y sigue— vigente.

El caso argentino: treinta años de resistencia y un giro en 1996

Aquí está el dato que probablemente más sorprenda a quienes crecieron pensando que esto “siempre fue así”: la Argentina fue uno de los últimos países del mundo en pedir el indulto.

Hasta el 26 de abril de 1996, el episcopado argentino se mantuvo firme en la disciplina tradicional.

Ese día, en la 71ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, reunida en San Miguel, se alcanzaron los dos tercios necesarios para resolver —Resolución N° 14— pedir a la Santa Sede autorización para que los fieles pudieran optar libremente por recibir la Eucaristía en la mano, con la condición de que antes se realizara una catequesis previa.

La carta a Roma, fechada el 29 de abril de 1996, la firmó el cardenal Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires y presidente de la CEA.

La respuesta llegó rápido: el 9 de mayo, el cardenal Antonio María Javierre Ortas, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, ratificó y confirmó la decisión “ad normam” de Memoriale Domini y del canon 455 §2 del Código de Derecho Canónico.

El 19 de junio se notificó a todos los obispos argentinos.

El material catequético que acompañó la introducción de la nueva disciplina se conoció como El Pan Vivo —oficialmente, “Aportes para una catequesis con ocasión de la introducción de la disciplina de la comunión en la mano”—, publicado por la Comisión Episcopal de Liturgia en junio de 1996 bajo la presidencia de Monseñor Sueldo, y distribuido a todas las parroquias del país.

El tono del documento no se limitaba a explicar el mecanismo jurídico del indulto: presentaba la nueva práctica como “signo de crecimiento de la vida eclesial” y como ocasión de “alegría” para “retomar esta genuina tradición”, apelando a la teología del sacerdocio bautismal de los fieles.

Es un giro retórico significativo: de tolerancia reticente a relato de maduración eclesial.

No todo el episcopado acompañó ese tono con el mismo entusiasmo. Monseñor Mario Cargnello, entonces obispo de Orán y miembro de la misma Comisión de Liturgia que redactó “El Pan Vivo”, declaró al diario Clarín el 12 de agosto de 1996 que los obispos no estaban obligados a acatar la determinación de la Conferencia, y prefirió no polemizar señalando que en la Iglesia “debemos aprender a vivir en familia y a respetar las distintas decisiones”.

San Luis: el obispo que no aplicó el indulto

La resistencia más documentada fue la del obispo de San Luis, Monseñor Juan Rodolfo Laise.

Consultado su presbiterio el 8 de agosto de 1996, los sacerdotes de la diócesis consideraron unánimemente que para el pueblo fiel era preferible la comunión en la boca, y que no había en la diócesis casos de abuso que justificaran acogerse al indulto.

Laise decidió entonces no aplicarlo, sin plantear ruptura alguna con sus hermanos obispos.

La reacción pública no se hizo esperar. En La Nación del 23 de septiembre de 1996, Monseñor Sueldo respondió que “la norma está por encima del obispo” y que, aceptada por la CEA con la confirmación de la Santa Sede, “de ahí en más la decisión es del fiel, no del pastor” —una formulación jurídicamente floja, porque la CEA no derogó ninguna ley: obtuvo un indulto sobre ella, que sigue vigente y sigue siendo, en sentido estricto, una excepción.

Laise, lejos de amilanarse, consultó formalmente a Roma.

La Congregación para la Doctrina de la Fe le respondió sin ambigüedades que, al decidir mantener inmutable la tradición de distribuir la comunión en la boca, había obrado conforme a derecho y no había roto la comunión eclesial; más aún, no había hecho sino cumplir con la obligación que la propia instrucción exige a cada obispo: discernir las consecuencias que una alternativa a la práctica eucarística vigente podría ocasionar en la vida sacramental de los fieles.

Laise documentó todo el proceso en su libro Comunión en la mano: Documentos e historia, reeditado varias veces y traducido al inglés.

¿Y los primeros siglos? El argumento que hay que matizar

Quienes defienden la comunión en la mano suelen apelar a la práctica de la Iglesia primitiva, y tienen, en parte, razón: existe testimonio patrístico real.

San Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV, instruía a los catecúmenos con un rito preciso y cargado de reverencia: acercarse sin las palmas extendidas ni los dedos separados, haciendo con la mano izquierda un trono para la derecha “como quien va a recibir a un Rey”, recibir el cuerpo de Cristo en el hueco de la mano diciendo “amén”, y cuidar con extremo celo de no perder ni una migaja.

Lo que ese argumento suele omitir es que aquel gesto patrístico no se parece demasiado a la praxis contemporánea promedio: no era una fila rápida, de pie, con una mano y a menudo con conversación de fondo, sino un gesto litúrgico intensamente ritualizado, propio de comunidades formadas en la disciplina del arcano tras un itinerario catecumenal larguísimo.

El paso a la comunión exclusivamente en la boca, consolidado entre los siglos VIII y X, la propia Memoriale Domini lo explica como fruto de una comprensión más honda del misterio eucarístico —no como una involución disciplinar arbitraria—, y la Iglesia sostuvo esa forma como norma universal durante casi mil años, hasta que la desobediencia posconciliar la puso en discusión de nuevo.

El péndulo dentro del propio magisterio: Juan Pablo II y Benedicto XVI

Este no es un tema que la jerarquía haya dejado tranquilamente resuelto. Los abusos de irreverencia —hostias tiradas, guardadas, manipuladas sin cuidado— llegaron a preocupar tanto a Roma que en 1980 la carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II habló explícitamente de una “lamentable falta de respeto” hacia las especies eucarísticas ligada a esa práctica.

Un mes después, Juan Pablo II llegó a suspender el otorgamiento de nuevos indultos, evaluando seriamente no concederlos más; la medida se sostuvo hasta 1985.

Benedicto XVI, sin derogar los indultos existentes ni imponer una norma universal nueva, decidió que en las misas que él mismo celebraba los fieles comulgaran únicamente de rodillas y en la boca —un magisterio del gesto más que de la ley.

Ya como cardenal había escrito, en El espíritu de la liturgia, que una liturgia que no conoce más la genuflexión está “intrínsecamente enferma” y que es necesario reaprender a arrodillarse.

Ese gesto papal, sostenido durante todo su pontificado, fue leído por buena parte de una generación más joven, formada después de Summorum Pontificum (2007), como una señal de que la más alta jerarquía de la Iglesia consideraba preferible la forma tradicional, aun sin prohibir la otra.

Argentina hoy: la misma tensión, invertida

Lo llamativo es que la polémica argentina no quedó en 1996: sigue viva, y en los últimos meses tomó una forma casi especular respecto de entonces.

En agosto de 2025, el Arzobispado de San Juan de Cuyo dispuso que en Primeras Comuniones y Confirmaciones la Eucaristía se reciba “únicamente de pie y en la mano”, argumentando la necesidad de contrarrestar el discurso que califica esa forma de “sacrílega”.

En 2026, una polémica en la diócesis de Río Gallegos —por adolescentes distribuyendo la comunión durante una misa, función reservada al clero o a ministros extraordinarios formalmente instituidos— reavivó la discusión sobre el respeto a las normas litúrgicas vigentes.

Y en mayo de 2026 circuló la versión —desmentida por la oficina de comunicación de la CEA— de que el Dicasterio para el Culto Divino había debido recordarle a dos obispos argentinos, entre ellos Monseñor Marcelo Colombo, actual presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, y Monseñor Gabriel Barba, obispo de San Luis —la misma diócesis de Laise—, que los fieles conservan el derecho a comulgar de rodillas y en la lengua.

El patrón se invirtió: si en 1996 la controversia era si debía permitirse la mano, hoy la fricción real está del lado opuesto —sacerdotes u obispos que restringen o dificultan la comunión en la boca a quien la solicita, lo cual contradice sin ambigüedad normas vigentes como Redemptionis Sacramentum (2004), que establece expresamente que todo fiel tiene siempre derecho a elegir el modo de comulgar y que no es lícito negarle la boca a quien la pide.

Pureza de corazón y reverencia del cuerpo: por qué Mateo 25 no zanja la cuestión

Queda la pregunta de fondo, la más honesta de todas: ¿no importa más la pureza de corazón, el “tuve hambre y me diste de comer” de Mateo 25, que el gesto con el que se recibe la Eucaristía?

Es verdad que Cristo no pregunta con qué mano lo recibieron, y que una obsesión escrupulosa por la forma externa sin caridad sería fariseísmo.

Pero la tradición católica —y particularmente la línea que va de Newman a Ratzinger— nunca opuso pureza interior a reverencia corporal: sostiene que el gesto forma el corazón, no que lo envuelve prescindiblemente.

Es la misma intuición detrás de la insistencia ratzingeriana en la genuflexión: no rigorismo litúrgico, sino antropología sacramental.

Somos cuerpo y alma, y lo que hacemos con las manos y las rodillas educa —o desforma— lo que creemos.

La pregunta correcta, entonces, no es gesto externo contra pureza interior, como si fueran alternativas, sino si el gesto elegido ayuda o entorpece esa pureza.

Ahí sí hay debate legítimo, todavía abierto: para unos, la comunión en la mano, hecha con reverencia, no resta nada a la Fe; para otros, la banalización estadística del gesto —la fila rápida, la distracción, el atajo— erosiona en la práctica masiva la conciencia de estar recibiendo a Dios.

Treinta años después de que la Argentina se sumara, casi la última, a una práctica que nunca dejó de ser jurídicamente una excepción, esa pregunta sigue abierta —y, a juzgar por lo que pasa hoy en San Juan de Cuyo, en Río Gallegos y en San Luis, más viva que nunca.

Anexo técnico: qué dice, literalmente, el Misal hoy vigente

Para quien quiera ir a la letra fría de la norma actual —y no quedarse solo con lo que cada diócesis dice que dice— conviene precisar qué establece hoy el Misal Romano en su edición argentina, la 3ª edición típica, vigente desde 2010 por decreto de la CEA firmado en su momento por el entonces cardenal Jorge Bergoglio.

Sobre la postura (Ordenación General del Misal Romano, n. 160): el texto universal dispone que los fieles comulgan de pie o de rodillas, según lo determine cada Conferencia Episcopal. Para la Argentina, la nota adaptada —basada en la Resolución N° 12 de la CEA, de noviembre de 2002— establece la posición de pie como forma habitual, con una inclinación de cabeza a modo de reverencia en lugar de la genuflexión.

Es importante subrayar el adjetivo: habitual, no exclusiva ni excluyente.

Incluso donde una Conferencia fija la postura de pie como norma, Roma lo ha autorizado siempre bajo la condición explícita de que a quien elija arrodillarse no se le puede negar la comunión por ese motivo, tal como lo ha reiterado el Dicasterio para el Culto Divino en distintas cartas a obispos consultantes y como lo recoge la instrucción Redemptionis Sacramentum.

Sobre el modo, boca o mano (n. 161): el texto es, si cabe, todavía más inequívoco.

Dice que el sacerdote muestra la Hostia diciendo “El Cuerpo de Cristo”, el fiel responde “Amén” y recibe el Sacramento “en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo”.

La boca aparece nombrada primero, como forma de referencia; la mano aparece como lo “concedido”, es decir, lo otorgado por vía de indulto; y la decisión queda expresamente en manos del fiel.

Redemptionis Sacramentum (n. 92) lo remacha: todo fiel tiene siempre derecho a elegir recibir en la boca, y si además opta por la mano donde esté permitido, debe dársele, con el cuidado de que consuma la Hostia de inmediato frente al ministro.

En síntesis: la letra vigente del Misal no dice en ningún lugar que la comunión deba recibirse “de pie y en la mano” como forma obligatoria y excluyente.

Lo de pie es habitual, no único; y el modo —boca o mano— sigue siendo, en el propio texto normativo, elección libre del fiel.

Una disputa activa sobre la letra exacta. Un informe canónico publicado en El Wanderer en junio de 2026, elaborado a raíz de la controversia con los obispos Colombo y Barba, señala algo revelador: cuando Monseñor Colombo defendió públicamente que “en Argentina la comunión se recibe de pie” citando la Resolución N° 12 de 2002, una revisión del texto realmente aprobado por Roma mostró que las modificaciones propuestas por el episcopado argentino no fueron confirmadas exactamente como la CEA las había planteado.

Esa discrepancia entre lo que se invoca y lo que efectivamente rige explica, en parte, el terreno resbaladizo sobre el que se apoyan episodios recientes como el de la Basílica de San Francisco en Mendoza —donde un fraile habría reprendido a fieles que intentaban arrodillarse, y hasta se le habría negado la comunión a una persona hasta que aceptara recibirla de pie y en la mano— o la formación de ministros extraordinarios en San Luis, bajo el obispo Barba, orientada a favorecer la comunión en la mano en la misma diócesis que supo resistirse a ella bajo Laise.

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El cisma que se celebra con vino: Écône y la soberbia disfrazada de fidelidad

Este miércoles, en Écône, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X consumó lo que anunció desde febrero: consagró a cuatro obispos sin mandato papal y cayó, junto con sus consagrantes, en excomunión automática.

No fue un accidente doctrinal ni un exceso de celo pastoral. Fue una decisión deliberada, anunciada con meses de antelación, empaquetada —literalmente— en una caja de vinos de edición limitada, y sostenida hasta el final pese al ruego personal del Papa.

Esto es cisma. Sin comillas, sin atenuantes, sin el paño tibio del “hay que entender el contexto”.

Y quienes lo ejecutaron —con un rector formado durante años en un seminario de la Argentina al frente de toda la operación— lo sabían perfectamente.

Los hechos, sin eufemismos del cisma lefebvrista

El miércoles 1° de julio, en la sede de Écône, en el cantón suizo del Valais, los obispos Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay —los dos únicos supervivientes de los cuatro consagrados ilícitamente por Marcel Lefebvre en 1988— impusieron las manos sobre cuatro sacerdotes de la Fraternidad: el suizo Pascal Schreiber, el estadounidense Michael Goldade y los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier.

La ceremonia, una misa en latín de unas cuatro horas oficiada de espaldas a los fieles, convocó a miles de personas llegadas de distintas partes del mundo hasta el pequeño pueblo del valle del Ródano.

No hubo sorpresa ni improvisación.

El anuncio de las ordenaciones se había hecho público en febrero, y el 26 de mayo la Fraternidad difundió los nombres de los elegidos.

Días antes, el 14 de mayo, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe había ratificado formalmente, en nombre del Papa, que esas ordenaciones carecían de mandato pontificio.

Es decir: hubo tiempo, hubo advertencia oficial y explícita, y hubo, sobre todo, una carta personal del Papa León XIV al superior general de la Fraternidad, Davide Pagliarani, enviada apenas dos días antes de la ceremonia, en la que el Pontífice suplicaba que se diera marcha atrás y calificaba lo que estaba por ocurrir como un acto cismático que volvería a desgarrar la túnica de Cristo.

Pagliarani respondió agradeciendo el gesto “paterno” del Papa y, acto seguido, seguido de sus dudas iniciales sobre si León XIV sería un interlocutor más flexible que Francisco, decidió proceder de todos modos.

No estamos, entonces, ante un grupo acorralado por la necesidad. Estamos ante una estructura que evaluó conscientemente sus opciones, escuchó personalmente el ruego del Vicario de Cristo, y eligió la ruptura.

El argumento de la “necesidad”: una coartada que no resiste el escrutinio

La justificación oficial de la Fraternidad es conocida y se repite casi textualmente desde 1988: un supuesto “estado de necesidad” que obligaría a actuar al margen del derecho canónico para garantizar la continuidad sacramental.

El argumento, esta vez, se apoyaba en un dato concreto —que solo quedaban dos obispos con vida, De Galarreta y Fellay— para sostener que era indispensable ampliar el cuerpo episcopal.

El problema de este argumento no es solo canónico, es lógico.

La Fraternidad cuenta hoy con cientos de sacerdotes, seminarios en varios continentes y una infraestructura estable; no es, ni de lejos, la comunidad misionera aislada en territorio hostil que invocaba Lefebvre cuando apeló al derecho misionero africano para justificar sus primeras transgresiones.

La “necesidad” que se invoca no es la supervivencia física de fieles sin acceso a sacramentos, sino la supervivencia institucional de una estructura paralela que se niega, hace casi sesenta años, a resolver su situación por la única vía que la Iglesia reconoce como legítima: el diálogo doctrinal con Roma y la plena comunión.

Es sintomático que el propio comunicado de la Casa General, al anunciar los nombres de los candidatos en mayo, haya sentido la necesidad de aclarar que la elección “no procede de ninguna voluntad de reivindicar un poder de jurisdicción ni de establecer una autoridad paralela en la Iglesia”.

Quien no comete cisma no necesita explicar, con semanas de anticipación, que no está cometiendo cisma. La insistencia en negarlo no es prudencia: es la confesión, apenas disimulada, de que la propia Fraternidad sabía exactamente cómo iba a leerse su acto y decidió hacerlo de todos modos.

No hay “estado de necesidad” que sobreviva a esa constatación. Hay, en cambio, una estructura que eligió su propia supervivencia institucional por encima de la obediencia debida al Vicario de Cristo, y que ahora necesita maquillar esa elección con el lenguaje de la urgencia pastoral.

Lo que dice el derecho de la Iglesia, sin relativismos

El Código de Derecho Canónico es claro y no admite las lecturas laxas que algunos sectores tradicionalistas intentan sostener: la consagración de un obispo sin mandato pontificio conlleva excomunión latae sententiae, automática, tanto para el consagrante como para el consagrado.

No hace falta que un tribunal la declare para que exista; existe por el solo hecho del acto.

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ya lo había advertido públicamente antes de la ceremonia, y la reafirmó una vez consumada: los seis obispos de la Fraternidad —los dos veteranos y los cuatro recién consagrados— quedaron automáticamente excomulgados.

Es cierto que existe, desde hace décadas, una discusión académica sobre si el acto configura también cisma formal en sentido estricto, más allá de la excomunión.

Una tesis doctoral de 1995 defendida en la Gregoriana llegó a cuestionar esa calificación para el caso de 1988.

Pero ese debate técnico sobre la tipificación canónica exacta no absuelve moralmente el hecho, y quien lo invoca para relativizar lo ocurrido este miércoles está usando un tecnicismo como coartada.

La ruptura de la comunión visible con el sucesor de Pedro, ejecutada de manera pública, deliberada y reincidente, es cisma en el sentido más elemental de la palabra: una fractura del cuerpo eclesial.

Y esta vez no es la primera. Es la segunda.

Los mismos protagonistas, De Galarreta y Fellay, ya habían sido excomulgados por el mismo motivo en 1988, y ya habían sido perdonados por Benedicto XVI en 2009, en un gesto de misericordia que la Fraternidad —hay que decirlo sin medias tintas— no correspondió con ningún avance doctrinal real, ningún gesto, ninguna señal de reciprocidad.

Dieciocho años después, el mismo grupo, dirigido por los mismos hombres, repite exactamente el mismo gesto de desafío, con la misma escenografía y el mismo desprecio por la autoridad papal.

Eso no es fidelidad a la tradición: es reincidencia lisa y llana, y a la reincidencia no se le debe la misma paciencia pastoral que a la primera falta.

El eje argentino: esto también se gestó en Moreno

Y aquí hay algo que ningún medio católico argentino debería pasar por alto ni despachar en una línea: el hombre que encabezó este desafío, que recibió personalmente la carta de súplica de León XIV y decidió tirarla al cesto, se formó como superior durante casi siete años en suelo argentino.

Davide Pagliarani fue rector del Seminario Nuestra Señora Corredentora de La Reja, Moreno, entre 2012 y 2019, antes de ser electo superior general de la Fraternidad.

No es un dato anecdótico ni un trivia de color: es el dato central para entender por qué la Argentina no puede leer este cisma como algo que ocurre lejos, en un pueblito suizo inaccesible. Ocurre, en buena medida, con matrícula formativa argentina.

El seminario de La Reja no es una capilla marginal. Fundado por el propio Marcel Lefebvre en 1980, es uno de los seis seminarios que la Fraternidad tiene en el mundo, y la Argentina es —según reconoce la propia prensa que cubrió el evento— el país de mayor peso lefebvrista de toda América Latina, con decenas de postulantes formándose allí en este mismo momento.

Por ese seminario pasó también, como rector, el obispo Richard Williamson, expulsado del país por el propio Gobierno argentino tras negar públicamente el Holocausto, y sustituido en el cargo por Alfonso de Galarreta, el mismo obispo que este miércoles impuso las manos sobre los cuatro nuevos consagrados en Écône.

La genealogía es incómoda pero es la que es: negacionismo, expulsión, sucesión, y ahora, cisma consumado por segunda vez con protagonismo directo de cuadros formados en Moreno.

Hay más. Fue nada menos que un cardenal argentino, Víctor Manuel “Tucho” Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, a quien León XIV encomendó el último intento de negociación con Pagliarani antes de la ruptura. Fernández ofreció suspender las ordenaciones para abrir un diálogo doctrinal de fondo.

La Fraternidad lo rechazó de plano, alegando diferencias “irreconciliables” derivadas del Concilio Vaticano II.

Es decir: un argentino tendió la mano en nombre de Roma, y un dirigente formado durante años en la Argentina se la retiró en nombre de la Fraternidad.

Que quede dicho con toda claridad: este cisma tiene apellido argentino en más de un renglón, y nosotros no vamos a mirar para otro lado con el pretexto de que la ceremonia ocurrió en el hemisferio norte.

La retórica del sacrificio y la escenografía del negocio

Hay un detalle que merece ser señalado sin eufemismos porque revela, mejor que cualquier discurso, el espíritu con el que se vivió este acto: junto al altar donde se consumaba una ruptura con Roma, se exhibían barriles de vino de edición limitada —un “Estuche Cuvée Écône 2026” con cuatro botellas conmemorativas— ofrecidos como recuerdo de lo que la propia página web del evento llamaba, sin ironía, un “evento histórico”.

Pagliarani, por su parte, habló de estar “dispuestos a pagar cualquier precio para salvar a la Iglesia” y calificó la jornada de “fiesta”.

Cuesta conciliar el lenguaje del sacrificio y el martirio con la escenografía de un lanzamiento de producto.

Se puede vivir una excomunión con el dolor desgarrado de quien se siente, aunque erróneamente, empujado a un callejón sin salida; o se puede vivir como una celebración triunfal, con mercadising incluido.

Écône eligió la segunda opción, y esa elección dice más sobre el verdadero estado espiritual del movimiento que cualquier documento doctrinal que pueda producir su casa general.

No es la actitud de quien se resigna con dolor a una ruptura que no quería; es la actitud de quien la ha buscado y ahora la celebra.

Resulta significativo, además, que en medio de la ceremonia cismática se haya rezado “por el Santo Padre” y “por la Iglesia católica“.

Esa yuxtaposición —desobedecer públicamente al Papa mientras se ora formalmente por él— no es una contradicción menor: es el síntoma exacto de una eclesiología quebrada, en la que se mantiene el vocabulario de la comunión mientras se destruyen, en los hechos, sus condiciones de posibilidad.

Se puede nombrar al Papa en la plegaria y, al mismo tiempo, negarle en la práctica la autoridad de jurisdicción suprema que el propio dogma católico le reconoce. Eso no es tradición: es un simulacro de comunión.

El verdadero núcleo del conflicto, según lo dice hasta un sociólogo no católico

Es revelador que el sociólogo Massimo Introvigne, especialista en minorías religiosas y sin ningún interés apologético en defender a Roma, haya señalado que la cuestión de fondo que rechaza el lefebvrismo no es tanto litúrgica —el rito en latín, la orientación ad orientem— como doctrinal: la libertad religiosa proclamada por el Concilio Vaticano II.

Y el biógrafo de Juan Pablo II, George Weigel, fue todavía más lejos al sostener que la disputa excede el idioma de la misa y llega al corazón mismo de la eclesiología conciliar sobre la Iglesia, la salvación y la relación con otras confesiones.

Esto es exactamente lo que Joseph Ratzinger, ya como Benedicto XVI, intentó explicarle pacientemente a la Fraternidad durante años de diálogo doctrinal infructuoso: el problema no es la Misa de siempre —que él mismo liberó generosamente en 2007— sino la aceptación del Concilio como acto legítimo del Magisterio, con toda su autoridad, aunque sea interpretado en continuidad con la Tradición y no en ruptura con ella.

La hermenéutica de la continuidad, que Ratzinger ofreció como puente, exigía de la Fraternidad un acto de Fe en la asistencia del Espíritu Santo a un Concilio ecuménico legítimamente convocado y celebrado.

Ese acto de fe, sesenta años después, sigue sin producirse.

Y sin él, cualquier gesto de acercamiento —la liberación del rito antiguo, el levantamiento de las excomuniones de 2009, el reconocimiento de la validez de las confesiones y los matrimonios bajo Francisco— queda condenado a ser generosidad unilateral de Roma sin correspondencia doctrinal real.

La ironía histórica que la Fraternidad prefiere no mirar

Hay una coincidencia que la propia Fraternidad debería tomarse más en serio de lo que lo hace: la ceremonia del miércoles reprodujo, casi al detalle, la de hace treinta y ocho años, en el mismo pueblo suizo, con los mismos gestos rituales —incluida la imposición de la mitra dorada y los guantes, un rito que se remonta al siglo XIII y que Lefebvre mismo, según cuentan quienes lo conocieron, ni siquiera respetaba con especial escrúpulo en sus pontificales.

Y hay otro dato incómodo que conviene no esconder bajo la alfombra: uno de los cuatro obispos consagrados por Lefebvre en 1988, Richard Williamson, terminó expulsado de la propia Fraternidad tras convertirse en un negador público del Holocausto, y más tarde encabezó su propia escisión sedevacantista.

La historia de las comunidades que rompen la comunión visible con Roma invocando la pureza de la tradición no suele terminar, con el paso de las generaciones, en mayor fidelidad, sino en fragmentación progresiva.

Ya lo habían anticipado, con una lógica casi idéntica a la lefebvrista, los veterocatólicos que se separaron tras el Vaticano I en el siglo XIX: también ellos sostenían que no eran ellos quienes se apartaban de Roma, sino Roma la que se apartaba de la verdadera Iglesia.

La historia, como bien sabía Cicerón, es maestra de vida. La pregunta que la Fraternidad debería hacerse —y que hasta ahora ha preferido no hacerse— es por qué su propio destino habría de ser distinto.

Lo que está realmente en juego

No se trata de un capricho litúrgico entre católicos de buena voluntad que prefieren el latín.

Se trata de la sucesión apostólica misma, del principio estructural sobre el que se sostiene la unidad visible de la Iglesia: que el obispo no es un cargo que se autoperpetúa por cooptación de un grupo que se considera a sí mismo depositario exclusivo de la verdadera Fe, sino un ministerio que se recibe en comunión jerárquica con el sucesor de Pedro.

Al consagrar obispos por fuera de esa comunión, la Fraternidad no está “asegurando la continuidad sacramental“, como reza su comunicado; está construyendo, ladrillo a ladrillo, una jerarquía paralela que se reproduce a sí misma indefinidamente sin necesitar nunca más a Roma.

Eso es, exactamente, lo que toda Iglesia cismática ha hecho a lo largo de la historia.

Frente a esto, el gesto de León XIV —suplicar personalmente, hasta el último momento, con el lenguaje de un padre y no de un juez— debería interpelar a cualquier católico honesto, incluido el que simpatiza con la sensibilidad litúrgica tradicional.

La autoridad papal, cuando se ejerce así, no es el “positivismo canónico” que algunos sectores tradicionalistas denuncian con desprecio; es paternidad apostólica ejercida hasta el límite de lo posible antes de que la propia ley —no la voluntad arbitraria de un hombre, sino la ley que protege la unidad del Cuerpo de Cristo— haga su curso.

Rechazar ese ruego y, acto seguido, calificar la propia desobediencia de “fiesta” e “día histórico” no es coherente con ningún concepto serio de humildad cristiana.

Una distinción necesaria, para no caer en la caricatura

Conviene, sin embargo, no confundir a la institución con cada uno de los fieles que hoy asisten a sus misas por apego legítimo a una sensibilidad litúrgica que el propio Benedicto XVI reconoció como parte del tesoro de la Iglesia.

Miles de personas que se acercaron el miércoles a Écône —muchas de ellas simples curiosos o fieles atraídos por la belleza del rito antiguo— no comparten necesariamente la lógica de ruptura que sostienen sus dirigentes, y sería injusto tratarlos con el mismo rigor que a quienes, con plena conciencia teológica y canónica, decidieron consagrar y ser consagrados fuera de la comunión.

La misericordia con las personas y la firmeza con los actos no son incompatibles; son, de hecho, la única combinación coherente con el Evangelio.

Pero esa distinción no puede convertirse en coartada para minimizar lo ocurrido, y menos todavía en la Argentina, país donde la Fraternidad tiene su mayor peso regional y donde formó, en su propio seminario, al hombre que hoy encabeza el desafío.

Lo que pasó este miércoles en Écône fue, lisa y llanamente, un cisma consumado por segunda vez por los mismos hombres, celebrado con la misma soberbia satisfecha con la que se celebra un triunfo, y empaquetado, casi obscenamente, en una caja de vino de edición limitada.

No hubo error de cálculo, no hubo ingenuidad, no hubo súbita presión de las circunstancias: hubo una carta del Papa suplicando que no se hiciera, y hubo una respuesta que la agradeció con palabras y la pisoteó con hechos.

Que nadie se llame a confusión ni busque atenuantes donde no los hay. La Iglesia sigue siendo una, santa, católica y apostólica —también hoy, también después de Écône—. Pero la túnica, otra vez, quedó desgarrada por manos que la conocían perfectamente. Y de eso, tarde o temprano, la Fraternidad deberá responder.

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El perfume que no se puede disimular

Sobre el laicado como fragancia de Cristo en el mundo


Perfume de Cristo

Hay una escena en el Evangelio de Juan que los comentaristas suelen pasar demasiado rápido.

María de Betania toma una libra de nardo puro, “muy costoso“, y unge los pies de Jesús.

El texto añade, casi como al pasar, que “la casa se llenó del aroma del perfume” (Jn 12,3). No dice que el aroma llegó hasta el pasillo, o que los que estaban cerca lo percibieron. Dice que llenó la casa. Todo el espacio. Cada rincón.

Es una imagen que vale más que muchos tratados de eclesiología laical.

Porque el aroma no pregunta permiso. No espera un turno. No necesita credenciales. Una vez liberado, ocupa el ambiente con una lógica que es, a la vez, completamente gratuita y completamente inevitable.

Quien entra a esa casa —lo quiera o no— lo percibe. Y si el perfume es verdadero, si es nardo y no imitación barata, no hay manera de confundirlo con otra cosa.

La pregunta que esta nota quiere formular es incómoda pero necesaria: ¿Qué perfume llevamos los laicos cuando salimos de casa cada mañana?


La gramática del aroma

San Pablo usa la misma imagen, pero la lleva a un nivel que asombra. En la Segunda Carta a los Corintios escribe: Gracias a Dios que nos lleva siempre en triunfo en Cristo, y que por medio de nosotros difunde en todo lugar la fragancia del conocimiento suyo. Porque somos para Dios aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden (2 Co 2,14-15).

Nótese la estructura de la afirmación. No dice que proclamamos a Cristo, que defendemos a Cristo, que hablamos de Cristo.

Dice que somos aroma de Cristo. El verbo ser, aquí, no es retórico. Es ontológico.

Hay algo en el cristiano que, cuando está vivo, cuando no está anestesiado por la costumbre o corrompido por la tibieza, emana una presencia que el mundo —incluso el mundo que no la quiere— percibe.

El Catecismo recoge esta intuición paulina y la conecta con el bautismo.

Por el bautismo, el fiel participa del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y de su realeza. No como metáfora piadosa. Como realidad ontológica.

El laico consagrado por el bautismo es, en sí mismo, una extensión del cuerpo de Cristo en el mundo. Y un cuerpo, cuando está vivo, transpira. Deja huella. Ocupa el espacio que le corresponde.

El problema es que muchos de nosotros hemos aprendido, con el tiempo, a inodorizarnos.


La gran inodorización

Existe una herejía práctica, sin nombre en los manuales, que consiste en creer que la Fe es un asunto privado que no debe “imponerse” al ambiente.

Esta herejía no niega a Cristo en los labios; lo vuelve invisible en la vida.

Produce católicos que en la iglesia son fervorosos y en la oficina son indistinguibles del resto.

Que en la misa comulgan y en la mesa de reuniones negocian con los mismos criterios que cualquier otro.

Romano Guardini, con su habitual precisión quirúrgica, lo llamaba la “actitud burguesa” ante la Fe: tener a Dios en el compartimento de lo privado, de lo íntimo, de lo que se practica el domingo, y dejar el resto de la semana —la semana donde transcurre la mayor parte de la vida real— sin ninguna impregnación de lo divino.

Byung-Chul Han, desde coordenadas filosóficas completamente distintas, describe nuestra época como la era de la “transparencia”: todo debe ser visible, cuantificable, comunicable.

Lo que no se puede medir no existe. Lo que no se puede vender no tiene valor.

En ese ecosistema, la fragancia —que no se ve, que no se puede guardar en una planilla, que actúa por presencia y no por argumento— resulta profundamente subversiva.

El perfume de Cristo lo es. Y por eso lo hemos domesticado.


¿Dónde se perfuma?

La Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II tiene una frase que todavía no terminamos de asimilar.

Al describir la vocación de los laicos, afirma que su misión específica es “buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales” (GS 31).

No dice “aguantar el mundo temporal mientras esperan el cielo“.

Dice ordenar los asuntos temporales según Dios. El mundo —la economía, la política, la cultura, la familia, el arte, la ciencia, las relaciones— no es un territorio neutral que el cristiano atraviesa sin tocar. Es el campo de la misión laical por excelencia.

Esto tiene consecuencias prácticas que resultan perturbadoras cuando se las toma en serio.

La empresa. Si el laico es aroma de Cristo, y trabaja en una empresa, esa empresa debería percibir algo diferente en él. No necesariamente un sermón. Pero sí un modo de tratar a los empleados que no es el de la mera utilidad. Una negociación que tiene límites éticos reales. Un liderazgo que sirve en lugar de dominar. Una lealtad a la verdad que no cede cuando ceder resultaría conveniente.

El barrio. Si el laico es aroma de Cristo, y vive en un barrio, ese barrio debería percibir su presencia. No como la del “vecino beato que pone músical religiosa los domingos”, sino como la del hombre o mujer que está cuando se necesita. Que conoce los nombres. Que no cruza la vereda cuando ve al que sufre.

La familia. Si el laico es aroma de Cristo, y tiene una familia, esa familia —con sus roces, sus decepciones, sus cansancios— debería ser el primer espacio perfumado.

El matrimonio cristiano no es un contrato social con ornamentos religiosos. Es la imagen de la alianza entre Cristo y la Iglesia (Ef 5,32), lo que significa que tiene una densidad sacramental que ninguna otra institución humana posee. Cuando esa densidad se vive, se nota. Cuando no se vive, el mundo lo nota también, y saca conclusiones.

Los ambientes culturales. Aquí la ceguera es quizás más grave. Los laicos que tienen acceso a la producción cultural —periodistas, escritores, cineastas, músicos, arquitectos, diseñadores— tienen en sus manos algo que ningún decreto episcopal puede reemplazar: la capacidad de darle forma al imaginario colectivo. La fe no es solo argumento; es imagen, es narrativa, es belleza.

Cuando los laicos que trabajan en cultura abandonan ese espacio, no lo deja vacío: lo ocupa otro con otras fragrancias.


El problema de la imitación barata

Hay un riesgo simétrico al de la inodorización, y es el del perfume falso.

El mercado religioso contemporáneo ofrece múltiples versiones de “presencia cristiana en el mundo” que en realidad son otra cosa.

Hay quien confunde evangelizar con hacer proselitismo ruidoso. Hay quien confunde testimonio con activismo de trinchera. Hay quien confunde fragancia con propaganda.

El nardo de María de Betania era “puro, de gran valor”. La impureza lo habría arruinado. La mezcla con otro aroma lo habría desnaturalizado.

El perfume de Cristo en el mundo tiene una característica que lo distingue de cualquier imitación: no busca imponerse, sino atraer. No argumenta su presencia; la irradia. No conquista territorio; lo transforma desde adentro. El aceite de oliva no cambia el agua poniéndose encima: la impregna.

Newman lo vio con claridad en el siglo XIX, cuando el mundo moderno empezaba a mostrar sus ángulos más hostiles a la Fe. No pidió una apologética más agresiva.

Pidió laicos que amaran la verdad con la misma intensidad con que el mundo moderno amaba su propia autonomía.

Laicos que fueran, ante todo, hombres y mujeres reales, profundamente humanos, profundamente integrados.

Porque solo lo que es plenamente humano puede ser plenamente cristiano. Y solo lo que es plenamente cristiano puede perfumar lo humano.


El precio del nardo

No hay que pasar por alto otro dato de la escena de Betania. Judas protesta porque el nardo “valía trescientos denarios” (Jn 12,5). Un año de salario.

El perfume que perfuma de verdad es siempre caro.

Esta es quizás la parte del mensaje que más resistencia encuentra.

Perfumar el ambiente laboral con criterios evangélicos puede costar el ascenso.

Perfumar la conversación familiar con la verdad puede costar la comodidad de guardar silencio.

Perfumar el debate cultural con una perspectiva cristiana coherente puede costar el reconocimiento de ciertos ambientes.

Perfumar la política con la doctrina social de la Iglesia —con la subsidiariedad, con la dignidad de la persona, con el bien común como horizonte— puede costar la pertenencia a cualquier tribu.

El laico que quiere perfumar el mundo sin pagar ese precio no está ofreciendo nardo. Está ofreciendo colonia de farmacia.

Y el mundo —que tiene el olfato más fino de lo que suponemos— lo distingue.


La consagración del mundo como misión específica

El Concilio recuperó con fuerza algo que el clericalismo había oscurecido: la misión del laico no es auxiliar la misión del clero.

Es propia, irrenunciable, y en muchos sentidos insustituible.

El decreto Apostolicam Actuositatem lo formula con una claridad que todavía intimida: los laicos son llamados “a santificar el mundo desde adentro, a modo de fermento“.

Fermento, no decoración. El fermento no flota sobre la masa. Trabaja desde dentro. La transforma molecularmente.

Cuando la masa sube, no hay manera de señalar “esta parte la hizo el fermento y esta otra no”.

El fermento ha hecho su trabajo precisamente al hacerse invisible en el resultado.

Esta es la lógica del aroma cristiano en el mundo. No es una lógica de conquista visible sino de transformación profunda. No busca titulares sino conversiones. No aspira al reconocimiento sino a la impregnación.

Los grandes laicos de la historia de la Iglesia —José en Egipto, Tomás Moro en la corte de Enrique VIII, Frédéric Ozanam en los barrios obreros de París, Pier Giorgio Frassati en las minas de Turín, Franz Jägerstätter ante el nazismo— no operaron desde posiciones religiosas formales.

Operaron desde su lugar en el mundo, con las manos en el barro del mundo, y dejaron en ese barro la huella inconfundible de Cristo.

Ninguno de ellos preguntó si era el momento oportuno. El nardo no pregunta si es el momento oportuno: cuando se abre el frasco, perfuma.


Los ambientes más necesitados

Si se hace un diagnóstico honesto del momento que vivimos en Argentina —y en el mundo hispanohablante en general—, algunos ambientes aparecen como especialmente urgentes.

El ambiente universitario es quizás el más abandonado. La universidad formó durante décadas los cuadros intelectuales de la sociedad.

Hoy está mayoritariamente colonizada por una cultura que excluye a priori toda referencia a lo trascendente.

El laico universitario —estudiante, docente, investigador— tiene ahí una misión que nadie puede cumplir en su lugar.

No se trata de “introducir la religión en el aula” de manera forzada. Se trata de ser tan riguroso, tan honesto, tan apasionado por la verdad, que el ambiente perciba que hay algo diferente. Que haya una pregunta.

El ambiente digital es el nuevo ágora.

Más jóvenes pasan más horas en esos espacios que en cualquier otro. Y esos espacios están diseñados, como lo han documentado los propios ingenieros que los crearon, para producir adicción, fragmentación y vaciamiento.

El laico que habita esos espacios con profundidad, con belleza, con paciencia, con la lógica opuesta a la del engagement compulsivo, es ya una contraseña: demuestra que es posible otra manera de estar.

El ambiente político es, quizás, el que más vergüenza nos da.

La doctrina social de la Iglesia —ese corpus monumental que va desde Rerum Novarum hasta Laudato Si— es casi desconocida por la mayoría de los católicos que hacen política.

Y, sin embargo, contiene respuestas a los problemas más agudos de la organización social: la corrupción, la desigualdad, el debilitamiento del bien común, la instrumentalización de los pobres.

El laico que habita ese ambiente con esa formación a cuestas no necesita mencionar a la Iglesia en cada discurso.

Le basta con votar diferente, negociar diferente, priorizar diferente.

El ambiente del dolor —los hospitales, los geriátricos, los centros de adicciones, las cárceles— es donde el perfume de Cristo resulta más necesario y donde más raramente se lo encuentra.

Ahí la presencia no puede ser abstracta ni discursiva. Ahí el aroma de Cristo se llama compañía real, mano que aprieta, visita que no termina en diez minutos porque hay que ir a otra cosa.


Empezar por el propio umbral

Toda esta reflexión puede quedarse en el nivel de lo inspirador —bello pero inerte— si no baja a la pregunta concreta: ¿por dónde empiezo?

La respuesta más honesta es también la más sencilla: por el umbral de tu puerta.

No hay que esperar un programa pastoral, un equipo, un evento, una estructura.

El laico que sale de su casa mañana por la mañana ya está en su campo de misión.

El vecino que saluda. El empleado que trata bien. El cliente que no engaña. El familiar que perdona. El amigo al que llama porque sabe que está solo. El colega al que defiende cuando no está presente.

Todo eso es nardo. Todo eso perfuma.

El error es creer que la evangelización del mundo requiere primero escalar a posiciones de influencia.

El fermento no pide permiso para actuar. Obra desde donde está. La levadura no necesita ser la harina más visible del recipiente; necesita ser auténtica.

El mundo no necesita más católicos que hablen de Cristo en los espacios donde ya todos son católicos.

Necesita laicos que huelan a Cristo en los espacios donde nadie lo espera.


El aroma que permanece

Hay un detalle final en la escena de Betania que la tradición patrística leyó con atención.

El perfume que María derramó sobre los pies de Jesús no se guardó. Se gastó. Se perdió en el aire. Y sin embargo, la casa quedó impregnada.

Y el texto quedó grabado en el Evangelio.

Y dos mil años después, seguimos leyendo esa escena y algo en nosotros la reconoce como verdadera, como necesaria, como aquello a lo que estamos llamados.

El cristiano que vive su vida laical con autenticidad evangélica no siempre verá los frutos.

La mayor parte de lo que el aroma produce ocurre silenciosamente, en la interioridad de quien lo percibe, en los pliegues de procesos que pueden durar años.

La evangelización por contagio de vida —que es el modo específicamente laical de la misión— no tiene métricas. No produce estadísticas. No genera titulares.

Pero perfuma.

Y el perfume, una vez que impregna un ambiente, tarda mucho en irse.

Esa es la apuesta del laicado cristiano: derramar nardo en el mundo no porque el resultado esté garantizado, sino porque eso es lo que María hizo.

Y Jesús dijo que se contaría de ella en todo el mundo, dondequiera que se anunciara el Evangelio (Mt 26,13).

Se sigue contando.


El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo el que ha nacido del Espíritu. — Jn 3,8


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Acompañar al que sufre: el samaritano como programa pastoral

Llegados al final de esta serie, conviene hacer una pregunta que las cuatro notas anteriores fueron postergando con razón, porque primero hacía falta construir el fundamento: ¿qué le toca hacer, en concreto, a una parroquia, a una familia, a un agente pastoral, frente al sufrimiento del otro?

No es una pregunta menor ni una mera aplicación práctica de lo ya dicho.

Es, según el propio san Juan Pablo II, la otra mitad de toda la teología del dolor, sin la cual esa teología corre el riesgo de quedarse en pura especulación elegante.

Salvifici Doloris no termina con la mística de la Cruz ni con la fecundidad de Colosenses 1,24.

Termina con una parábola que cualquier niño de catequesis conoce de memoria, pero que pocos adultos han pensado alguna vez como lo que en realidad es: un programa pastoral completo, con sus pasos, sus riesgos y sus exigencias muy concretas.

La parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37) cierra el documento no como anécdota edificante sino como la clave que evita que todo lo anterior se convierta en una teoría hermosa pero inerte.

Lo que la parábola dice y lo que casi nunca se nota

La mayoría de las lecturas catequéticas de esta parábola se detienen en lo obvio: hay que ayudar al que sufre, no hay que pasar de largo como el sacerdote y el levita, el samaritano es el modelo del buen prójimo.

Todo eso es cierto, pero queda corto. Hay un detalle que Juan Pablo II subraya y que cambia el peso de toda la escena: el samaritano no se acerca al hombre golpeado para explicarle nada.

No le ofrece un discurso sobre el sentido del sufrimiento, no le recuerda que Dios tiene un plan, no le sugiere que ofrezca su dolor por una buena intención.

Hace algo mucho más elemental y, por eso mismo, mucho más exigente: se detiene, ve, se acerca, venda las heridas, lo sube a su propia cabalgadura, lo lleva a una posada, paga de su bolsillo, y promete volver.

Es una secuencia de verbos concretos, físicos, costosos en tiempo y en dinero. No hay una sola palabra de consuelo verbal en todo el relato.

El samaritano demuestra, antes que explicar, que ese hombre tirado en el camino —a quien ni siquiera conoce, que probablemente no comparte su origen ni su religión— vale lo suficiente como para interrumpir su propio viaje, gastar sus propios recursos y comprometer su propio tiempo futuro (“cuando vuelva te lo pagaré”).

Toda la teología de la dignidad humana que subyace a la doctrina católica sobre el sufrimiento está condensada en esos gestos, sin necesidad de una sola proposición doctrinal explícita.

Por qué el sacerdote y el levita no se detuvieron

Vale la pena detenerse también en los que pasan de largo, porque sus razones probablemente no eran la maldad explícita sino algo más cotidiano y más identificable: tenían otras cosas que hacer, el ritual exigía pureza y tocar un cuerpo posiblemente muerto los habría incapacitado para el culto, el camino entre Jerusalén y Jericó era peligroso y detenerse exponía al que se detenía.

Ninguna de esas razones es absurda. Son, de hecho, las mismas razones que cualquier persona ocupada, cualquier agente pastoral sobrecargado, cualquier comunidad con recursos limitados esgrime hoy para no detenerse frente al que sufre: no tengo tiempo, no es mi función, podría salir perjudicado, hay protocolos que respetar.

Juan Pablo II no presenta al sacerdote y al levita como villanos sino como advertencia realista: la indiferencia frente al dolor ajeno casi nunca nace de la crueldad.

Nace de la acumulación de razones razonables para no detenerse.

Por eso la parábola funciona, todavía hoy, como examen de conciencia pastoral mucho más incómodo que cualquier discurso sobre la caridad: no pregunta si creemos en la caridad —eso lo cree casi cualquier cristiano practicante— sino si, frente a la próxima ocasión concreta de detenernos, vamos a encontrar una razón razonable para seguir de largo.

Traducir la parábola a estructura pastoral

¿Cómo se traduce esto a la vida ordinaria de una parroquia, sin quedarse en la generalidad de “hay que ser más samaritanos”?

La parábola, leída con atención, ofrece una secuencia de pasos que puede convertirse en un programa concreto de pastoral del enfermo y del que sufre.

El primer paso es ver, y no es trivial. El texto dice explícitamente que el samaritano “lo vio” antes de acercarse, mientras que el sacerdote y el levita probablemente también lo vieron, pero decidieron no detenerse a mirar de verdad.

La diferencia entre ver y mirar de verdad es la diferencia entre saber que en la parroquia hay enfermos y ancianos solos, y tener efectivamente un registro actualizado de quiénes son, dónde viven, qué necesitan.

Muchas parroquias fallan ya en este primer paso: no por falta de caridad sino por falta de organización.

Sin un listado vivo y actualizado de quién sufre en la comunidad, toda la teología desarrollada en esta serie queda sin destinatario concreto.

El segundo paso es acercarse, que en términos parroquiales significa visitar, y visitar con regularidad, no solo en la urgencia del hospital o en la antesala de la muerte.

La pastoral de la visita domiciliaria sistemática —no solo reactiva ante un llamado de emergencia— es, en la mayoría de las parroquias, una de las áreas más débiles, generalmente sostenida por un puñado de voluntarios mayores, sin relevo generacional, sin formación específica, sin coordinación con el resto de la pastoral.

El tercer paso es vendar las heridas concretas, lo que en clave actual incluye tanto el acompañamiento espiritual y sacramental como la atención a necesidades materiales muy básicas que a veces se dan por sentadas: ¿tiene quién le compre los medicamentos? ¿tiene quién la lleve al médico? ¿come todos los días?

La separación tajante entre “pastoral espiritual” y “asistencia material”, tan común en ciertos ambientes que temen “reducir” la Fe a obra social, no tiene respaldo en la parábola: el samaritano no eligió entre rezar por el herido o vendarle las heridas.

Hizo ambas cosas, o más precisamente, vendar las heridas fue, en ese momento, la forma concreta que tomó su Fe.

El cuarto paso, quizás el más exigente y el más olvidado, es comprometerse en el tiempo: “cuando yo vuelva, te lo pagaré”.

El samaritano no resuelve el problema y desaparece. Deja una promesa de continuidad. Trasladado a la pastoral parroquial, esto significa que acompañar a alguien que sufre no puede ser un gesto puntual y aislado —una visita conmovedora, una oración compartida una sola vez— sino un compromiso sostenido que sobrevive al entusiasmo inicial.

Es, probablemente, el punto donde más fracasan las buenas intenciones pastorales: se visita con fervor al principio y se abandona silenciosamente con el paso de los meses, cuando la novedad se apaga y la rutina del cuidado se vuelve, ella misma, una forma de sufrimiento para quien acompaña.

El que sufre no es solo destinatario, es agente

Hay una conexión que esta última nota debe recuperar de la anterior, porque cierra el círculo de toda la serie: el que sufre no es solamente el destinatario pasivo de los cuidados del samaritano.

Como se desarrolló en la nota sobre Colosenses 1,24, el enfermo, el postrado, el que atraviesa un duelo profundo, tiene también su propia tarea fecunda que cumplir, ofreciendo su dolor unido a Cristo.

La pastoral bien hecha no convierte al que sufre en un objeto de asistencia unilateral, sino que lo ayuda a descubrirse también como agente activo dentro de la comunidad, capaz de ofrecer algo que nadie más puede ofrecer en su lugar.

Esto cambia el tono de toda visita pastoral. No se trata solo de “ir a ayudar a alguien que no puede ayudarse a sí mismo”, aunque eso sea parcialmente cierto en lo material.

Se trata de ir también a pedirle ayuda: pedirle que ofrezca su sufrimiento por una intención concreta de la parroquia, por una vocación, por un matrimonio en crisis, por el propio agente pastoral que lo visita.

Esa inversión —el visitante que también pide, no solo el que da— suele transformar la experiencia tanto del enfermo como de quien lo acompaña, devolviéndole al primero una dignidad activa que la sola asistencia material nunca le restituye del todo.

El programa que cierra la serie

Esta serie comenzó con un grito —”no tengáis miedo“— pronunciado por un Papa recién elegido que todavía no había desarrollado una sola línea de doctrina sobre el sufrimiento.

Pasó por la elaboración teológica madura de Salvifici Doloris, por la densidad mística de Colosenses 1,24, por la confrontación con las huidas culturales contemporáneas del dolor.

Y termina, como no podía ser de otra manera, no con una conclusión teórica sino con una parábola que exige verbos: ver, acercarse, vendar, comprometerse en el tiempo.

Quizás esa es la enseñanza final, más práctica que todas las anteriores juntas: ninguna teología del sufrimiento, por más sólida y consoladora que sea, sustituye la pregunta concreta de si esta semana, en esta parroquia, alguien va a detenerse junto a alguien que sufre.

El “no tengáis miedo” de 1978 y el samaritano de la parábola final dicen, en el fondo, lo mismo, solo que en direcciones distintas: al que sufre, que no tenga miedo de abrir la puerta.

A quien podría ayudar, que no tenga miedo de detenerse.

Entre esas dos faltas de miedo, sostenidas juntas, se juega buena parte de lo que el cristianismo todavía tiene para ofrecerle a un mundo que no sabe qué hacer con su propio dolor.

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Anestesia o eutanasia: las dos huidas del dolor en Occidente

El 26 de marzo de 2026, en España, una joven de 25 años llamada Noelia Castillo Ramos recibió la eutanasia tras una prolongada batalla judicial, después de un padecimiento físico y emocional que ella misma describió como insoportable.

Dos meses después, casi como un eco inevitable, el diputado nacional Esteban Paulón presentó en el Congreso argentino un proyecto de “muerte voluntaria médicamente asistida” que ya suma, junto a otras iniciativas previas, siete expedientes con estado parlamentario en Diputados y uno en el Senado.

El propio Paulón, consultado sobre el consenso social, fue elocuente: dijo que la sociedad argentina “ha resuelto ese debate en términos de acompañar este tipo de ley“.

Conviene detenerse en esa frase, porque ahí está el verdadero diagnóstico de época: no se discute si el dolor humano tiene sentido. Se asume, sin debate previo, que no lo tiene, y que por eso lo único razonable es ofrecer una salida técnica y administrada para terminarlo.

La pregunta que Job se hacía sobre las cenizas, la misma que San Juan Pablo II retomó en Salvifici Doloris, ha sido reemplazada silenciosamente por otra, mucho más pobre: no “¿qué significa este dolor?”, sino “¿cómo lo eliminamos del modo más prolijo posible?”.

Dos respuestas, un mismo miedo

Hay una tesis incómoda que vale la pena poner sobre la mesa: la cultura occidental contemporánea no ha encontrado una respuesta al dolor superior a la de las generaciones anteriores. Ha encontrado, eso sí, dos estrategias muy eficaces para no tener que responder.

La primera es la anestesia generalizada: la convicción de que todo dolor —físico, emocional, existencial— es un error técnico que la ciencia, el consumo o el entretenimiento deben corregir cuanto antes.

No se trata de negar el inmenso bien de la medicina del dolor, los cuidados paliativos o los avances farmacológicos legítimos.

Se trata de algo más sutil: la idea de que ningún sufrimiento merece ser atravesado, solo evitado, y que toda incomodidad —la de un duelo, la de una crisis vocacional, la de envejecer— es síntoma de algo que hay que “resolver” con la rapidez de un clic.

La segunda estrategia, más radical, es la eliminación del que sufre cuando la anestesia ya no alcanza.

Es el paso que Occidente viene dando, país por país, desde que Países Bajos despenalizó la eutanasia en 2002: Bélgica, Luxemburgo, España en 2021, Nueva Zelanda por referéndum, y ahora la Argentina debatiendo simultáneamente siete proyectos en su Congreso.

El argumento siempre es el mismo y siempre suena razonable: autonomía, dignidad, compasión ante el sufrimiento intolerable.

Pero detrás de ese argumento hay una premisa que rara vez se nombra: que hay vidas —o momentos de una vida— que ya no valen la pena ser vividos, y que la sociedad civilizada debe ofrecer una salida eficiente para esos casos.

Ambas estrategias, la anestesia y la eliminación, comparten una misma raíz: el miedo a que el dolor no tenga sentido y, por lo tanto, deba ser combatido únicamente desde afuera, nunca atravesado desde adentro.

Lo que el proyecto Paulón no dice

Los proyectos que hoy se debaten en el Congreso argentino están redactados con un cuidado procedimental notable: evaluaciones interdisciplinarias, comités de garantías, dos solicitudes separadas por al menos quince días, objeción de conciencia individual para los profesionales.

Toda esa arquitectura jurídica busca dar la impresión de control, de límites claros, de que esto nunca se desbordará hacia donde no debe.

La experiencia de los países pioneros sugiere otra cosa.

En Bélgica y Países Bajos, lo que empezó reservado para enfermedades terminales con sufrimiento físico intratable se extendió, con los años, a sufrimientos psíquicos, a menores de edad, a personas con depresión severa pero sin enfermedad terminal alguna.

No porque las leyes fallaran técnicamente, sino porque la lógica de fondo —si el sufrimiento es intolerable y subjetivo, ¿quién soy yo para negarte la salida?— no tiene un punto de detención natural.

Una vez aceptado que la compasión consiste en ayudar a morir, resulta cada vez más difícil explicar por qué esa compasión debería limitarse a unos pocos casos extremos y no extenderse a cualquiera que declare su sufrimiento como insoportable.

Hay además un dato que rara vez aparece en la discusión pública argentina: el mismo proyecto que se presenta como garantía de “autonomía” incluye la prohibición de objeción de conciencia institucional.

Ningún hospital, clínica u obra social religiosa podría negarse, como institución, a ofrecer el procedimiento.

La autonomía que se invoca para el paciente se convierte, al mismo tiempo, en una obligación impuesta sobre instituciones enteras que sostienen una cosmovisión distinta sobre la vida y la muerte. La libertad de unos termina recortando la libertad de otros.

Lo que se pierde cuando se gana este debate

Lo más grave de la eutanasia no es solamente lo que le ocurre a quien la recibe.

Es lo que le ocurre a la sociedad que la normaliza.

Cuando una cultura decide que ciertas vidas, en ciertas condiciones de sufrimiento, son legítimamente terminables con asistencia médica, está enviando un mensaje silencioso pero devastador a todos los que sufren de manera crónica, a los que viven con discapacidad severa, a los ancianos que ya no producen, a los enfermos terminales que todavía respiran: tu existencia, en este estado, es objetivamente prescindible.

No hace falta que nadie lo diga en voz alta. La ley misma lo dice por todos.

Esto es exactamente lo opuesto al gesto del Buen Samaritano que Juan Pablo II retoma en Salvifici Doloris: detenerse junto al que sufre, no para resolverlo administrativamente, sino para acompañarlo hasta el final, sosteniendo con la propia presencia que esa vida, herida y todo, sigue siendo digna de cuidado.

La cultura de la eutanasia invierte la parábola: en lugar de quedarse, ofrece un atajo elegante para que el problema —es decir, la persona que sufre— deje de estar ahí.

La pregunta que ninguna ley puede responder

Ningún proyecto de ley, por más comités de evaluación que incluya, puede responder la pregunta de fondo que cada persona que sufre intensamente se hace tarde o temprano: ¿tiene sentido seguir?

Esa pregunta no es jurídica ni médica. Es existencial, y solo admite dos tipos de respuesta. Una es la del materialismo consecuente: no, no tiene sentido, así que lo razonable es ofrecer una salida limpia.

La otra es la que el cristianismo, desde Job hasta la Cruz, viene sosteniendo desde hace tres mil años: sí, tiene sentido, no porque el dolor en sí mismo sea bueno —nunca lo es—, sino porque puede ser atravesado en compañía, unido a un Dios que no evitó el sufrimiento sino que lo asumió hasta el final, y que por eso puede acompañar a cualquiera que lo transite.

La verdadera alternativa a la eutanasia, entonces, no es la prohibición fría de una ley distinta.

Es la presencia concreta: cuidados paliativos accesibles para todos —que en Argentina siguen siendo escasos e inequitativos, mientras el debate legislativo se concentra en regular la muerte y no en garantizar el acompañamiento—, redes familiares y comunitarias que no abandonen al enfermo a la soledad de una decisión “autónoma”, y una Iglesia que no se limite a condenar la ley sino que multiplique, en cada parroquia, gestos reales de compañía hacia quien sufre.

Decir que no a la eutanasia sin ofrecer nada en su lugar es, en el fondo, otra forma de abandono.

La pregunta que Occidente tiene pendiente no es solo “¿debemos legalizar la muerte asistida?”.

Es esta, mucho más exigente: ¿estamos dispuestos, como sociedad y como Iglesia, a acompañar el dolor hasta el final, en lugar de ofrecer salidas administrativas para no tener que mirarlo de frente?

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Completar lo que falta: la fecundidad oculta del que sufre

Hay una frase de San Pablo que durante siglos generó más perplejidad que consuelo entre quienes la leían con atención, y que sigue siendo, todavía hoy, una de las afirmaciones más malinterpretadas del Nuevo Testamento.

Escribiendo a los colosenses desde la cárcel, el apóstol dice algo que a primera vista suena casi blasfemo: que él se alegra de sus padecimientos y que en su propia carne completa “lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24).

¿Cómo puede faltarle algo a la obra redentora de Cristo, que la propia tradición cristiana proclama perfecta, plena, suficiente de una vez para siempre? ¿Acaso la Cruz no bastó?

El sufrimiento humano

San Juan Pablo II dedica a esta frase uno de los pasajes más densos de Salvifici Doloris, y lo hace porque sabe que ahí se esconde una de las claves más fecundas —y más necesarias hoy— de toda la teología cristiana del sufrimiento: la idea de que el dolor humano, lejos de ser pura pérdida o tiempo muerto, puede convertirse en un lugar activo de fecundidad espiritual, incluso cuando el que sufre no puede mover un dedo, no puede hablar, no puede hacer absolutamente nada más que estar postrado.

Lo que a la redención no le falta

Antes de avanzar, hace falta despejar el malentendido de fondo.

A la redención obrada por Cristo en la Cruz no le falta nada en sentido objetivo.

Juan Pablo II es categórico en este punto: el sacrificio de Cristo es plenamente suficiente para la salvación de toda la humanidad, de todos los tiempos, sin excepción.

Nadie necesita “agregar” nada a lo que Cristo ya hizo, como si la obra redentora hubiera quedado incompleta y dependiera de que los cristianos terminaran el trabajo.

La distinción que permite entender la frase de Pablo es otra, más sutil: la redención objetiva —lo que Cristo logró de una vez y para siempre en la Cruz— necesita ser apropiada subjetivamente por cada persona, en cada generación, en cada circunstancia histórica concreta.

Esa apropiación no ocurre de manera automática ni mágica. Ocurre a través de la historia, a través de la vida concreta de la Iglesia, y —aquí está el punto que interesa— a través también del sufrimiento de cada cristiano que decide unir su propio dolor al de Cristo.

No falta nada a la redención en sí. Falta, en cambio, que esa redención siga llegando, generación tras generación, a cada rincón concreto del mundo donde hay alguien sufriendo.

Y en ese proceso continuo de aplicación de la gracia, el dolor de cada uno tiene un lugar activo, no decorativo.

El dolor como participación, no como mérito

Es importante no deformar esta idea hacia una especie de “cuanto más sufro, más mérito acumulo”, que sería una caricatura empobrecedora de lo que está en juego.

No se trata de un sistema de puntos espirituales donde el dolor funciona como moneda de cambio ante Dios.

Se trata de algo más hondo y más gratuito: cuando alguien que sufre une, libremente y con Fe, su propio padecimiento al de Cristo crucificado, ese dolor deja de ser solamente algo que le pasa a esa persona y se convierte en algo que esa persona hace junto a Cristo, por la salvación de otros.

Es la misma lógica, llevada al plano espiritual, que existe en cualquier vínculo de amor verdadero: cuando alguien acompaña a un ser querido en su enfermedad, ese acompañamiento no es un gasto inútil de tiempo y energía aunque no “resuelva” nada médicamente.

Es, en sí mismo, un acto fecundo, que cambia algo real en el mundo, aunque ese cambio no sea cuantificable ni visible de inmediato.

Juan Pablo II extiende esa misma lógica al plano sobrenatural: el enfermo postrado en una cama, el anciano que ya no puede comunicarse, la persona que atraviesa una depresión profunda, no están al margen de la obra de la Iglesia mientras sufren.

Si unen ese sufrimiento a Cristo, están, según esta enseñanza, en el centro mismo de esa obra, aunque desde afuera parezca lo más pasivo e improductivo del mundo.

Una respuesta a la “inutilidad” del que sufre

Esta enseñanza tiene una fuerza pastoral que rara vez se explota del todo, y que resulta especialmente necesaria en una cultura que mide el valor de las personas por su productividad.

Vivimos rodeados de un imaginario —muchas veces no explicitado, pero profundamente interiorizado— según el cual una vida vale en la medida en que produce, decide, se mueve, aporta.

Bajo esa vara de medir, el enfermo terminal, el anciano con demencia avanzada, la persona con discapacidad severa que depende totalmente de otros, aparecen como vidas disminuidas, casi como cargas que la sociedad debe gestionar con la mayor eficiencia y el menor costo posible.

Es exactamente el imaginario que subyace, como se desarrolló en la nota anterior de esta serie, a la expansión silenciosa de la eutanasia en Occidente.

La teología de Colosenses 1,24, tal como la retoma Juan Pablo II, ofrece una contranarrativa radical frente a esa lógica.

No dice que el sufrimiento sea deseable —nunca lo es, y la Iglesia jamás debe estetizarlo ni presentarlo como un bien en sí mismo—.

Dice algo distinto y más exigente: que incluso en el estado de mayor pasividad aparente, una persona puede estar haciendo algo de un valor inmenso, algo que ningún criterio de productividad mundana puede medir ni capturar.

El anciano postrado que ofrece su sufrimiento por sus hijos, el enfermo terminal que une su dolor al de Cristo por la conversión de alguien que ama, no son vidas que “ya no sirven“.

Son, en esta clave teológica, vidas en pleno ejercicio de una fecundidad invisible pero real.

Lo que esto cambia en la pastoral concreta

Esta enseñanza, llevada a la práctica parroquial, tiene consecuencias muy concretas que muchas comunidades todavía no explotan del todo.

Visitar a un enfermo no es solamente un gesto de caridad humana —que ya sería suficiente motivo—, sino una manera de recordarle, con la propia presencia, que su sufrimiento tiene un lugar activo dentro del Cuerpo de Cristo, que no está fuera del juego, que su dolor puede ofrecerse por intenciones concretas: por la familia, por la parroquia, por las vocaciones, por cualquier necesidad que la comunidad esté atravesando.

Esto transforma radicalmente el sentido de una visita pastoral a un enfermo.

No se trata únicamente de llevarle compañía o la comunión, aunque eso ya sea valioso.

Se trata de ayudarlo a descubrir que, lejos de ser un peso para la comunidad, puede convertirse en uno de sus miembros más activos en el plano espiritual, precisamente porque puede ofrecer lo que nadie más en la parroquia puede ofrecer con la misma intensidad: un sufrimiento real, vivido en unión con Cristo.

Algunas parroquias ya practican esto de manera explícita, pidiendo a los enfermos que “adopten” espiritualmente una intención concreta —una vocación sacerdotal en discernimiento, una familia en crisis, un proyecto pastoral— y ofreciendo su sufrimiento por esa intención.

El efecto pastoral, cuando se hace con delicadeza y sin forzar nada, suele ser notable: personas que se sentían una carga descubren que tienen una misión.

El límite que esta enseñanza no debe traspasar

Conviene cerrar con una advertencia que el propio Juan Pablo II formula con cuidado.

Esta teología de la fecundidad del sufrimiento nunca debe usarse como excusa para no aliviar el dolor cuando es posible hacerlo, ni para minimizar el sufrimiento ajeno con frases que suenan piadosas pero que en realidad son formas sofisticadas de abandono (“ofrécelo a Dios” dicho sin acompañamiento real es, muchas veces, una manera elegante de no querer involucrarse).

La misma carta que desarrolla esta dimensión mística del dolor es la que, en sus páginas finales, presenta al Buen Samaritano como modelo: alguien que se detiene, que cura las heridas, que paga de su bolsillo.

La fecundidad espiritual del sufrimiento y la obligación humana de aliviarlo no compiten entre sí. Se necesitan mutuamente, y separarlas —ya sea quedándose solo con la mística sin la acción concreta, o quedándose solo con la acción sin ofrecer nunca esta clave de sentido— empobrece gravemente el mensaje cristiano sobre el dolor.

Quien sufre, entonces, no está condenado ni a la inutilidad ni a la pura resignación pasiva.

Tiene, según esta enseñanza, una tarea activa y fecunda que ninguna otra persona en el mundo puede realizar exactamente en su lugar.

Esa es, quizás, la noticia más liberadora que el cristianismo tiene para ofrecerle a alguien que sufre y que ya no puede hacer casi nada más: todavía puede hacer esto, y es de un valor inmenso.

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El dolor que no se explica, se habita: a 40 años de Salvifici Doloris

Hay una pregunta que ningún catecismo resuelve del todo y que cada generación vuelve a hacerse con la misma urgencia con la que la hizo Job, sentado sobre sus cenizas: ¿por qué sufro?

No “por qué sufre el mundo” en abstracto —eso admite respuestas filosóficas elegantes y, casi siempre, inútiles— sino por qué sufro yo, aquí, ahora, en este cuerpo, con este diagnóstico, con esta pérdida. Es la pregunta que nadie hace en un seminario de teología y que todos hacen en una sala de espera de oncología.

Salvifici Doloris

Juan Pablo II lo sabía mejor que la mayoría de quienes han escrito sobre el tema. No era un teólogo especulando desde un escritorio confortable: era un hombre que había perdido a su madre a los nueve años, a su único hermano poco después, a su padre en la adolescencia, que había sobrevivido a la ocupación nazi de Polonia trabajando en una cantera, y que en 1981, apenas tres años después de ser elegido Papa, recibió cuatro balazos en la Plaza San Pedro.

Cuando en 1984 firma Salvifici Doloris, no está ensayando una tesis: está sistematizando una vida.

El error que la carta no comete

Lo primero que llama la atención de este documento —y lo que lo distingue de la mayoría de los intentos cristianos de “explicar” el sufrimiento— es lo que se niega a hacer.

Juan Pablo II no construye una teodicea. No intenta justificar a Dios ante el tribunal del dolor humano, ese ejercicio que tantas veces termina sonando a excusa barata: “todo tiene un porqué”, “Dios no manda nada que no podamos soportar”, “esto te va a hacer más fuerte”.

Frases que cualquiera que haya estado realmente postrado por el dolor reconoce de inmediato como lo que son: anestesia verbal, no consuelo.

El Papa hace otra cosa, mucho más arriesgada y mucho más honesta: en lugar de explicar el dolor, lo sitúa.

Lo coloca dentro de una historia concreta —la historia de la salvación— y dentro de un cuerpo concreto —el de Cristo crucificado—.

No dice “esto es lo que significa tu sufrimiento”.

Dice: “esto es el lugar donde tu sufrimiento puede encontrar sentido, si vos elegís entrar ahí“. La diferencia no es menor. Es la diferencia entre una respuesta y una invitación.

Job, antes que nadie

La carta dedica un tramo extenso al libro de Job, y no por erudición exegética sino porque Job es, según Juan Pablo II, quien primero formula con total honestidad la pregunta sin caer en la trampa de sus amigos.

Los amigos de Job —Elifaz, Bildad, Sofar— representan la teología más antigua y más persistente de todas: el dolor es castigo, el sufrimiento es proporcional al pecado, si te pasa algo malo es porque hiciste algo malo.

Esa lógica retributiva, cómoda porque ordena el caos moral del mundo, es exactamente lo que el libro de Job —y Juan Pablo II después de él— desmonta sin piedad.

Job sufre sin haber pecado. Y Dios, al final del libro, no le da explicaciones: le muestra su grandeza, su misterio, y eso —paradójicamente— basta.

No basta porque resuelve el enigma intelectual, sino porque restaura la relación.

Juan Pablo II toma de ahí una intuición central: el sufrimiento humano no se resuelve con una fórmula, se resuelve —o mejor, se transfigura— dentro de una relación con Dios que sobrevive a la ausencia de explicaciones.

El giro cristológico: de Job a la Cruz

Pero el Antiguo Testamento, dice el Papa, todavía espera una respuesta plena.

Esa respuesta llega con Cristo, y aquí está el centro teológico de toda la carta: en la Cruz, Dios no explica el sufrimiento desde afuera, lo asume desde adentro.

No envía un mensaje sobre el dolor: se hace doliente.

El Hijo de Dios, que según toda lógica debería estar exento de sufrir, sufre más que cualquier hombre, y precisamente ese sufrimiento —libremente asumido, no impuesto— se convierte en fuente de salvación para todos los demás sufrimientos.

Acá aparece la expresión que da título a la carta y que es, probablemente, la afirmación más densa de todo el documento: el dolor humano, unido al de Cristo, no solo se soporta, salva.

No en el sentido de que el sufrimiento en sí mismo tenga valor —Juan Pablo II es categórico en que el mal sigue siendo mal, y la Iglesia nunca debe estetizar ni glorificar el dolor como si fuera deseable—, sino en el sentido de que ese dolor, atravesado con Cristo y no a solas, se vuelve fecundo. Deja de ser pura pérdida.

“Completar lo que falta a los padecimientos de Cristo”

La carta retoma una frase de San Pablo que durante siglos generó más confusión que claridad: la afirmación de que el apóstol “completa en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24).

¿Cómo puede faltarle algo a la redención de Cristo, que es perfecta y suficiente? Juan Pablo II resuelve la aparente contradicción con una distinción fina pero decisiva: a la redención objetiva, consumada de una vez para siempre en la Cruz, no le falta nada.

Pero esa redención necesita ser apropiada subjetivamente por cada generación, por cada persona, y ahí —dice el Papa— el sufrimiento de cada cristiano, unido al de Cristo, participa de ese proceso continuo de aplicación de la gracia a la historia.

Dicho con menos tecnicismo: tu dolor, si lo unís al de Cristo, no agrega nada a lo que Cristo ya hizo, pero sí se convierte en un canal por el cual esa salvación sigue llegando al mundo.

El enfermo postrado, el que agoniza en silencio, el que carga una pena que nadie ve, no está al margen de la obra redentora de la Iglesia. Está, según esta carta, en su centro más activo, aunque parezca lo más pasivo del mundo.

El samaritano: la respuesta que falta del lado humano

Hay un tercer movimiento en la carta, menos citado que los anteriores pero igualmente importante: después de situar el sufrimiento dentro del misterio de Cristo, Juan Pablo II se pregunta qué le toca hacer al cristiano frente al dolor del otro.

Y la respuesta es la parábola del Buen Samaritano.

El sentido del sufrimiento, dice, no se agota en la dimensión vertical —mi dolor y Dios— sino que se completa en la dimensión horizontal: la compasión activa, concreta, que se detiene junto al que sufre cuando todos los demás pasan de largo.

Esto es importante porque evita que la teología del sufrimiento se vuelva una excusa para la pasividad social. No es: “que sufra, así se santifica, no hace falta que yo intervenga”.

Es exactamente lo contrario: precisamente porque el sufrimiento tiene esta densidad salvífica, el cristiano está más obligado, no menos, a aliviarlo en el otro cuando puede hacerlo.

La mística del dolor en Juan Pablo II nunca reemplaza la ética del cuidado; la fundamenta.

Por qué esta carta sigue siendo necesaria

Cuarenta años después, Salvifici Doloris no ha perdido vigencia; la ha ganado, porque la cultura contemporánea ha desarrollado dos estrategias frente al dolor, ambas insuficientes.

La primera es la negación tecnológica: el dolor como problema a eliminar, a anestesiar, a evitar a cualquier costo, incluso —cuando se vuelve insoportable o “indigno”— eliminando al que sufre, como ocurre en el avance silencioso de la eutanasia en buena parte de Occidente.

La segunda es el victimismo sin trascendencia: el dolor como identidad, como relato cerrado sobre sí mismo, sin ninguna apertura hacia un sentido que lo exceda.

Juan Pablo II ofrece una tercera vía, más difícil que ambas: ni negar el dolor ni quedarse atrapado en él, sino atravesarlo con alguien.

Esa es, en el fondo, la intuición más honda de la carta, y quizás la razón por la cual un Papa que conocía el sufrimiento desde adentro —no desde la teoría— eligió escribirla no al principio de su pontificado, cuando todavía era una figura nueva y expectante, sino cinco años después, cuando ya había sido herido de bala, cuando ya había enterrado a casi toda su familia, cuando ya sabía, con el cuerpo y no solo con la cabeza, de qué estaba hablando.

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No tengáis miedo: el grito que antecede a la doctrina

No tengáis miedo!!!

Hay fechas que la memoria católica recuerda mal, no por descuido sino por una intuición que se equivoca solo en el detalle y acierta en lo esencial.

Muchos creen que Juan Pablo II escribió sobre el sentido del dolor humano apenas comenzado su pontificado, en 1978. No es así: ese desarrollo doctrinal, la carta apostólica Salvifici Doloris, llegaría seis años después, en 1984.

Pero quien data mal el documento no se equivoca del todo, porque algo decisivo sobre el dolor humano sí ocurrió aquel 22 de octubre de 1978, en la Plaza de San Pedro, el día en que Karol Wojtyła inauguró oficialmente su ministerio como Papa.

No fue una doctrina. Fue un grito. Y los gritos, a veces, contienen ya toda la doctrina que después se desarrollará en prosa.

El día y el lugar importan

No es un detalle menor que estas palabras se hayan dicho en la misa de inicio del pontificado y no en un discurso posterior, más meditado, más trabajado en el silencio de la Secretaría de Estado.

Wojtyła llevaba apenas seis días como Papa —había sido elegido el 16 de octubre, tras la muerte repentina de Juan Pablo I, que a su vez había sucedido a Pablo VI solo un mes y medio antes—.

El mundo entero observaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza a este Papa polaco, el primer no italiano en cuatro siglos y medio, llegado de un país sometido al comunismo, del que casi nadie en Occidente sabía gran cosa.

En ese contexto de extrema exposición pública, sin margen para el ensayo, eligió no hablar de programas pastorales, ni de reformas curiales, ni de geopolítica eclesial.

Habló del miedo. Y no de cualquier miedo: del miedo más antiguo y más universal, el que atraviesa a todo ser humano frente a lo que no puede controlar ni explicar, ya sea el sufrimiento propio, la muerte, el sinsentido.

Que un hombre recién investido con la máxima autoridad moral de la Iglesia católica eligiera comenzar por ahí, y no por una declaración de intenciones programática, ya es en sí mismo un gesto teológico: dice que lo primero que la Iglesia tiene para ofrecerle al mundo no es una estructura ni una doctrina, sino una compañía frente al miedo.

Un Papa que no venía de la teoría

Conviene no perder de vista quién pronunciaba esas palabras. No era un teólogo de escritorio ensayando una fórmula pastoral atractiva.

Era un hombre que a los nueve años había perdido a su madre, que poco después había enterrado a su único hermano, que había quedado huérfano de padre en plena adolescencia, que había sobrevivido trabajando en una cantera durante la ocupación nazi de Polonia.

Cuando ese hombre, ya Papa, se paró frente al mundo y dijo “no tengáis miedo”, no estaba repitiendo un eslogan motivacional. Estaba ofreciendo, en una sola frase, la síntesis de una vida entera atravesada por la pérdida.

La homilía es elocuente sobre la condición humana que el nuevo Papa observaba desde dentro de la multitud que lo escuchaba: describió a “el hombre actual” como alguien que con frecuencia no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo y de su corazón, que muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo, invadido por una duda que se transforma en desesperación.

No hablaba de un problema doctrinal abstracto. Hablaba de algo que él mismo conocía de primera mano: la fragilidad concreta de quien no encuentra dónde anclar el propio dolor.

La estructura de un grito que ya es teología

Lo que distingue a esta homilía de un simple gesto de bienvenida es su estructura interna, que anticipa con notable precisión lo que seis años más tarde se desarrollaría con rigor teológico en Salvifici Doloris.

El Papa no dice “no tengáis miedo” como consuelo genérico. Dice “no tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo”, y a continuación explica por qué: porque solo Cristo conoce verdaderamente “lo que hay dentro del hombre”.

Es decir, plantea desde el primer día de su pontificado la misma intuición que después sostendrá toda su reflexión sobre el sufrimiento: el ser humano no puede explicarse a sí mismo desde sus propios recursos, y mucho menos puede explicarse el propio dolor desde la pura introspección.

Necesita un interlocutor que lo conozca desde más adentro de lo que él mismo puede conocerse.

Esta es, en germen, la misma lógica que después aplicará a Job y a la Cruz: el sufrimiento no se resuelve mirando hacia adentro con más intensidad, sino abriendo una puerta hacia Alguien que ya está adentro, conociendo lo que ni el que sufre alcanza a nombrar.

“No tengáis miedo” no era una frase nueva

Vale la pena notar algo que muchos pasan por alto: “no tengáis miedo” no es una expresión que Juan Pablo II haya inventado para la ocasión. Es, casi palabra por palabra, lo que los ángeles dicen una y otra vez en el Evangelio frente a quien se encuentra ante lo inexplicable: a Zacarías cuando se le anuncia un hijo imposible, a María en la Anunciación, a los pastores en Belén, a las mujeres frente al sepulcro vacío.

Es la fórmula que el cielo usa sistemáticamente cada vez que irrumpe en una vida humana de un modo que desborda toda comprensión previa.

Que Juan Pablo II haya elegido esa fórmula exacta para inaugurar su pontificado no es casualidad retórica.

Es una decisión teológica precisa: se está colocando, deliberadamente, en el lugar del mensajero que no trae una explicación sino una presencia. No dice “ya entenderán”, ni “todo tiene una razón”.

Dice lo que dice el ángel: no tengan miedo, porque lo que viene —sea un hijo inesperado, una resurrección imposible de creer, o un sufrimiento que no se explica— puede recibirse sin terror si hay Alguien confiable cerca. El dolor, en esta clave, deja de ser primero un problema a resolver y se convierte primero en un territorio a habitar acompañado.

Esa misma fórmula reaparecerá, con una carga distinta pero coherente, años después, cuando el propio Juan Pablo II tenga que aplicársela a sí mismo: tras el atentado de 1981, en la lenta decadencia física que el Parkinson le impuso durante sus últimos años de pontificado, y que él mismo decidió no esconder, presentándose ante el mundo entero visiblemente disminuido, tembloroso, casi sin voz, como un testimonio viviente de que el “no tengáis miedo” de 1978 no había sido una frase para los demás, sino también, y sobre todo, una promesa que él mismo tendría que sostener en carne propia hasta el final.

Por qué esta frase sigue siendo pastoralmente urgente

Casi cinco décadas después, el “no tengáis miedo” de 1978 no ha perdido vigencia; al contrario, describe con precisión inquietante el estado de ánimo con el que gran parte de la sociedad contemporánea —y no solo los católicos— atraviesa el sufrimiento.

Vivimos en una cultura que ha desarrollado herramientas extraordinarias para evitar el dolor, pero que apenas ha desarrollado recursos espirituales para atravesarlo cuando la evitación ya no es posible: la enfermedad terminal de un padre, el duelo que no se resuelve con frases hechas, la soledad que ningún entretenimiento logra disolver del todo.

En ese contexto, el gesto pastoral más urgente no es necesariamente explicar de nuevo la doctrina —aunque hace falta también, y por eso seguirá esta serie— sino repetir, con la misma sencillez con que se dijo por primera vez, esa invitación a no huir.

Cualquier agente pastoral, cualquier sacerdote, cualquier laico que acompañe a alguien que sufre, puede aprender de esta homilía algo muy concreto: antes de ofrecer una explicación teológica del dolor, hay que ofrecer una presencia que no tenga miedo de quedarse.

Las explicaciones llegan después, y a veces ni siquiera llegan. Lo que siempre puede llegar primero es alguien dispuesto a decir, con los hechos y no solo con las palabras: no tengas miedo, no estás solo en esto.

Por qué conviene empezar aquí la serie

Hay una razón pastoral, no solo cronológica, para tomar esta homilía como pórtico de una serie sobre el sentido del dolor. Salvifici Doloris es un documento de una densidad teológica considerable: requiere tiempo, disposición para pensar, cierta familiaridad con el lenguaje magisterial.

La homilía de 1978, en cambio, es un grito que cualquiera puede recibir sin preparación previa, en el estado en que esté. No exige comprensión teológica. Exige solamente estar dispuesto a no tener miedo.

Y ese es, quizás, el verdadero punto de partida de cualquier itinerario sobre el sufrimiento humano. Antes de poder explicar el dolor, antes de situarlo dentro de la historia de la salvación, antes de comprender cómo se une al de Cristo, hace falta un movimiento previo, más elemental: dejar de huir de él.

El miedo al dolor —el miedo a mirarlo de frente, a nombrarlo, a no tener una respuesta inmediata— es, muchas veces, más paralizante que el dolor mismo. Por eso este grito de 1978 no es solo una anécdota biográfica simpática para abrir una serie.

Es la condición de posibilidad de todo lo que vendrá después: solo quien deja de tener miedo puede empezar a buscar sentido.

El arco que se abre

A partir de aquí, esta serie recorrerá un itinerario que va del grito a la doctrina, y de la doctrina a la pastoral concreta.

De este “no tengáis miedo” inaugural pasaremos a Salvifici Doloris y su desarrollo sobre Job, la Cruz y el Buen Samaritano; de ahí a la dimensión más densa de la fecundidad redentora del sufrimiento unido a Cristo; después a la confrontación con las huidas culturales del dolor —la anestesia generalizada y la eutanasia, que ya hemos abordado en esta misma serie—; y cerraremos con una pregunta eminentemente pastoral: cómo acompañar, en concreto, a quien sufre, sin caer ni en el discurso vacío ni en la mirada que aparta la vista.

Todo ese recorrido, sin embargo, solo tiene sentido si antes se ha escuchado este primer grito. Porque no hay doctrina del dolor que sirva de algo si quien la recibe sigue teniendo miedo de mirarlo de frente.

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