Lo que San Juan Bosco diría, opinaría y haría ante la implementación del método Alpha en la Iglesia Católica
Por Redacción · Catolic.ar
Imaginemos esto: Juan Bosco, el cura de los pobres, el padre de los abandonados, el artesano de almas en el Turín industrial del siglo XIX, es convocado a una reunión pastoral en Buenos Aires, en la que se le presenta el método Alpha como «herramienta de evangelización» para la Iglesia Católica. Lo miran expectantes. Le alcanzan el folleto. Él lo lee. Y entonces —porque Don Bosco nunca fue un hombre de silencios cómodos— habla.
Lo que sigue no es ficción devocional. Es una reconstrucción rigurosa, fundada en los escritos, cartas, constituciones y testimonios de Juan Bosco, de lo que este santo —pedagogo, teólogo práctico, fundador, periodista y estratega pastoral— diría con toda probabilidad ante un fenómeno que hoy atraviesa silenciosamente la pastoral católica argentina: la adopción institucional de Alpha, un programa de origen anglicano-evangelical, como si fuera evangelización católica.
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El primer gesto: no el rechazo, sino la pregunta
Don Bosco no era un hombre que comenzara por el «no». Su método —el Sistema Preventivo— empezaba siempre por comprender al otro, por ir a buscar al joven donde estaba, no donde uno quería que estuviera. Antes de emitir juicio, preguntaba.
Su primera pregunta ante Alpha habría sido simple y devastadora a la vez: «¿De quién es esto?»
No en sentido jurídico, sino en sentido espiritual. ¿Qué árbol produce este fruto? ¿Qué doctrina lo nutre? ¿Qué concepto de Iglesia lo sostiene? Porque Don Bosco sabía —lo había aprendido en la dureza del apostolado— que los métodos nunca son neutros. Que detrás de cada pedagogía hay una teología. Y que una teología equivocada, por más buenos que sean sus resultados aparentes, produce daño a largo plazo.
Al enterarse de que Alpha nació en la parroquia anglicana Holy Trinity Brompton de Londres, de que su teología sacramental es radicalmente distinta de la católica, de que su fundador Nicky Gumbel no reconoce la transubstanciación ni la sucesión apostólica, Don Bosco habría guardado el folleto y dicho, con esa serenidad característica que sus biógrafos describen como más temible que la ira: «Entonces no es nuestro.»
Lo que le indignaría: el silencio de los pastores
Don Bosco era, ante todo, un hombre de Iglesia. Amaba a sus obispos con una fidelidad que le costó incomprensiones, demoras y dolores. Pero esa misma fidelidad lo habilitaba para decirles la verdad. Lo hizo toda su vida.
La noticia de que Alpha ingresó a diócesis argentinas con aprobación episcopal, que se imparte en institutos de formación catequética, que sacerdotes diocesanos la promocionan desde sus canales de YouTube sin que ningún organismo episcopal haya emitido una evaluación doctrinal formal, lo habría perturbado profundamente. No con el escándalo del fariseo, sino con el dolor del padre.
Él, que construyó el Oratorio de Valdocco piedra a piedra, que redactó las Constituciones Salesianas con un ojo puesto en el Evangelio y el otro en las necesidades concretas de los muchachos, sabía que las instituciones sin doctrina se evaporan. Que la caridad sin verdad es compasión sin norte. Y que el pastor que no distingue qué pasto da a sus ovejas no merece el nombre de pastor.
Su indignación no habría sido la de un intelectual que defiende su sistema. Habría sido la de un padre que ve a sus hijos ser alimentados con algo que parece pan y no lo es.
«¿Y los obispos?», habría preguntado. «¿Qué dicen los obispos?» Al recibir como respuesta que algunos lo promueven, que uno admitió públicamente no haber conocido Alpha antes de que se lo señalaran, que otro simplemente lo autorizó como «opción pastoral», Don Bosco habría bajado la cabeza, hecho una pausa larga —esas pausas que en Valdocco los chicos aprendieron a respetar— y respondido: «Entonces hay que escribirles. Con caridad, con datos, con documentos. Hay que ir a verlos. Pero hay que decírselo.»
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Lo que él habría dicho sobre el método Alpha en sí
Seamos precisos: Don Bosco no era un fundamentalista. Era un realista de la gracia. Sabía que Dios actúa también fuera de los cauces formales. Habría reconocido, sin duda, que algunas personas encontraron en Alpha un punto de contacto con lo trascendente. Eso no lo habría negado.
Pero habría añadido inmediatamente lo que los promotores de Alpha en ambientes católicos sistemáticamente omiten: que un encuentro emocional con «algo más grande» no es la fe católica. Que el kerygma sin los sacramentos es un evangelio incompleto. Que invitar a alguien a «una experiencia del Espíritu Santo» sin introducirlo en la vida sacramental de la Iglesia no es evangelizar: es entretener espiritualmente.
Don Bosco conocía la diferencia. Su Oratorio no era solo un lugar de acogida: era un lugar de formación integral. Los jóvenes de Valdocco aprendían un oficio, sí, pero también aprendían el Catecismo. Recibían los sacramentos, no como colofón emotivo, sino como centro de su vida. La Eucaristía —la Eucaristía real, transubstanciada, corporal de Cristo— era el corazón del Sistema Preventivo, no un módulo opcional.
Al contemplar que Alpha en su versión estándar no aborda la confesión, no introduce a la misa como sacrificio propiciatorio, no enseña la doctrina sobre el purgatorio ni el papel de María, Don Bosco habría dicho algo que hoy suena radical precisamente porque es evangélico: «Un catolicismo sin María no es catolicismo. Un catolicismo sin la Eucaristía adorada y recibida en gracia es una espiritualidad, no la fe de los apóstoles.»
El método que él opone: no la nostalgia, sino la vivencia
Aquí es donde Don Bosco se vuelve más interesante, y más incómodo. Porque él no habría rechazado Alpha para defender la rutina pastoral. Lo habría rechazado para proponer algo mejor: su propio método, que no es una reliquia del siglo XIX, sino un paradigma permanente.
El Sistema Preventivo descansa en tres pilares: razón, religión y amor. No son conceptos abstractos. Son tres actitudes concretas del educador-evangelizador hacia el joven:
La razón: explicar siempre el porqué. No pedir obediencia ciega, sino convencer. Don Bosco era un apologista nato, un comunicador que adaptaba el lenguaje sin traicionar el contenido. Hoy habría sido podcaster, YouTuber, periodista digital. Pero nunca habría simplificado el Credo para hacerlo más «accesible» al punto de vaciarlo.
La religión: no como norma externa, sino como relación viva con Dios presente. La oración, la misa, la confesión frecuente eran el oxígeno de Valdocco, no el castigo. El método Alpha ofrece «experiencia espiritual»; Don Bosco ofrecía vida sacramental. La diferencia es ontológica.
El amor: la presencia del educador entre los jóvenes. No el video, no el manual, no los grupos de WhatsApp. El padre presente. «En Valdocco», decía, «el mayor milagro fue que siempre hubo alguien con ellos.» Evangelizar es acompañar, no vender un producto en diez módulos.
Frente a Alpha, Don Bosco no habría propuesto regresar al catecismo del siglo pasado. Habría propuesto —y esto es lo que sus herederos salesianos deberían estar haciendo— un kerygma auténticamente católico, alegre, juvenil, propositivo, que no tiene vergüenza del dogma porque el dogma es buena noticia.
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Lo que habría hecho: acción concreta
Don Bosco no era un hombre de lamentaciones. Era un hombre de obras. La pregunta que habría formulado después del diagnóstico habría sido: «¿Y entonces? ¿Qué hacemos?»
Lo que habría hecho, con toda probabilidad, es esto:
Primero: documentar. Habría encargado a sus colaboradores más capaces un análisis serio, teológicamente fundado, de los materiales de Alpha. No un panfleto de denuncia, sino un informe riguroso que pudiera ponerse en manos de los obispos con la misma seriedad con que él ponía las Constituciones Salesianas ante los Papas.
Segundo: escribir a los obispos. Con respeto filial y sin ambigüedad. Don Bosco tenía esta virtud rara: podía decirle al Papa Pío IX cosas que ningún cardenal se atrevía a decirle, y hacerlo con tal caridad que el Papa no se ofendía. Lo que los laicos comprometidos de hoy deben hacer es exactamente eso: escribir a sus pastores con documentos, con argumentos, con amor y sin cobardía.
Tercero: ofrecer la alternativa. No alcanza con señalar el error. Hay que mostrar lo verdadero. Don Bosco nunca cerró un oratorio protestante sin abrir uno católico. Hoy, en términos pastorales, significa desarrollar —o recuperar y relanzar— propuestas de iniciación cristiana auténticamente católicas: ChristLife, el RICA bien implementado, la catequesis kerigmática según el Directorio de 2020, los movimientos de espiritualidad juvenil de raíz salesiana. La alternativa existe. El problema es que nadie la promueve con la energía con que se promueve Alpha.
Cuarto: alertar a los laicos. Don Bosco fue uno de los grandes formadores de laicos del siglo XIX. Entendió antes que nadie que la evangelización de masas no la haría solo el clero. La «Comisión de Laicos» habría sido exactamente el tipo de estructura que él habría bendecido: laicos adultos, formados, valientes, con sensus fidei agudizado por años de vida eclesial, dispuestos a decir lo que las estructuras institucionales no pueden decir.
Una palabra final: lo que le rompería el corazón
Hay algo que Don Bosco no habría podido contemplar sin que se le quebrara la voz. No es la infiltración doctrinal, no es la negligencia episcopal, no es el marketing evangelizador con logo y franquicia global.
Es esto: que los jóvenes católicos, hambrientos de Dios, de verdad, de pertenencia, de comunidad, busquen en Alpha lo que la Iglesia tiene en abundancia y no les ofrece.
Eso habría sido para él —que dedicó su vida entera a que ningún muchacho abandonado en las calles de Turín se quedara sin padre y sin fe— el verdadero fracaso pastoral. No el éxito de Alpha. El silencio de la Iglesia ante sus propios hijos que mendigan lo que ya tienen en casa.
«Si ellos van allá», habría dicho con esa mezcla de ternura y firmeza que sus biógrafos no terminan de describir, «es porque nosotros no fuimos primero. Vayamos. Ahora. Sin excusas.»
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Juan Bosco fue canonizado en 1934. Sus escritos, sus cartas y las Constituciones de la Sociedad Salesiana son fuente primaria para este artículo. Ninguna palabra puesta en su boca contradice lo que él escribió o hizo en vida. La reconstrucción es responsabilidad del autor.
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