Dios me ama

El descubrimiento más grande que puede hacer un ser humano en toda su vida

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Hay una frase de tres palabras capaz de cambiar por completo la vida de una persona. No es una fórmula mágica, ni el resultado de años de estudio teológico. Es, más bien, la revelación más asombrosa que puede recibir un ser humano en este mundo:

Dios me ama a mí. A mí, exactamente como soy.”

No Dios ama a la humanidad en abstracto. No Dios ama a los buenos. No Dios ama a los que van a misa. Sino esto: a mí. Con mi historia particular, con mis pecados de archivo y mis miedos secretos, con mis años bien vividos y con los que preferiría borrar. Dios me ama a mí.

Este artículo no es una catequesis sobre el amor divino. Es una invitación a detenerse.

A tomar asiento —literal o metafóricamente— y dejar que esa verdad, tan vieja como el Evangelio y tan nueva como este instante, haga lo que sabe hacer cuando se la deja entrar: transformar.

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El descubrimiento que lo cambia todo

San Agustín lo escribió en sus Confesiones con una honestidad que aún hoy sacude: Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”

Pero antes de ese descanso, Agustín había recorrido décadas de fuga, de placeres agotados, de filosofías probadas y abandonadas. Era un hombre brillante que había buscado en todos los lugares menos en el único que importaba.

Lo paradójico es que Dios lo estaba buscando a él todo ese tiempo. No esperaba que Agustín llegara convertido. Lo iba siguiendo en el barro de sus extravíos. “Nos amaste, Señor, y nos llamaste“, dice él mismo. No: nos amaste y esperaste que fuésemos dignos de ser amados. Nos amaste primero, incondicionalmente, sin mérito previo de nuestra parte.

Este es el núcleo del Evangelio que tantas veces hemos escuchado sin terminar de creer: Dios toma la iniciativa del amor.

Lo dice la Primera Carta de Juan con una claridad que no admite distorsiones: “En esto está el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero” (1 Jn 4,10). Primero. Antes de que pronunciásemos su nombre. Antes de que nos portáramos bien. Antes, incluso, de que naciéramos.

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El hombre que puso una silla vacía

Existe una historia de autor desconocido que ha circulado durante décadas en retiros, homilías y catequesis de todo el mundo. No tiene fuente verificable única ni personaje histórico identificable; su protagonista —al que en algunas versiones se llama simplemente “José”, nombre genérico— es un hombre anónimo cuya experiencia condensa, con una imagen sencillísima, la verdad más profunda de la fe.

Un sacerdote fue a visitar a un enfermo de nombre José. Al entrar en la habitación, encontró al anciano recostado en su cama, con la cabeza apoyada sobre las almohadas. Junto a la cama, una silla vacía. El sacerdote supuso que la habían puesto para él y preguntó: “¿Me estaba esperando?” El hombre respondió sorprendido: “No… ¿quién es usted?”

Presentado el sacerdote, el anciano le pidió que cerrara la puerta. Y entonces, en voz baja, le contó su secreto: “Nunca he sabido cómo orar. Toda mi vida escuché hablar de la oración y nunca entendí bien cómo hacerlo. Hasta que hace cuatro años un amigo me dijo: ‘José, orar es simplemente hablar con Jesús. Ponete una silla enfrente, imaginá que Él está sentado ahí, y hablale, como estás hablando conmigo ahora.’ Lo intenté y me gustó tanto que lo hago dos horas por día desde entonces. Cuido que mi hija no me vea, porque me internaría en el manicomio.”

El sacerdote se emocionó profundamente. Bendijo al hombre y se fue. Dos días después, la hija llamó a la parroquia: su padre había muerto. Y lo habían encontrado con la cabeza recostada sobre la silla vacía.

Jesús solo necesita una simple silla vacía y un corazón abierto.

José no era teólogo. No era un asceta de reglas estrictas. Era un hombre común que había descubierto, tardíamente y a su manera, que Dios lo amaba lo suficiente como para estar ahí, en esa silla, dispuesto a escucharlo cada mañana.

Y eso fue suficiente para morir en paz, con la cabeza apoyada sobre la presencia del Amado.

Santa Teresa de Ávila, que empleaba una forma de oración muy semejante —la de imaginar a Cristo junto a uno, presente y cercano—, dejó escrito que ella “jamás pudo imaginar el rostro del Señor” pero que se limitaba a sentir su proximidad, la misma con que sentimos a alguien en una habitación oscura cuya presencia es, sin embargo, absolutamente indudable. No es alucinación. Es Fe.

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Un soldado, una mujer y Dios: la historia de Ignacio

Íñigo López de Loyola —que el mundo conocería como San Ignacio— llegó a la adultez siendo, según su propia descripción, un hombre entregado a las vanidades del mundo, con un gran y vano deseo de ganar honra.

La vida del joven noble guipuzcoano era la del soldado de su tiempo: juegos de azar, amores fugaces, duelos de honor, y el cultivo de una imagen de caballero que su ego requería alimentar sin pausa.

Pero antes de su conversión, en su vida disipada, hubo mujeres que él frecuentaba como objetos de placer. Y después de que la bala de un cañón francés le destrozara la pierna en Pamplona, y mientras convalecía en el castillo familiar de Loyola leyendo vidas de santos por falta de novelas de caballerías, algo comenzó a moverse en su interior.

Una presencia que no sabía nombrar fue haciendo más ancho el hueco que el mundo nunca había podido llenar.

Lo notable de Ignacio es lo que hizo después con esa experiencia. Convertido, fundador de la Compañía de Jesús, instalado en Roma, se ocupó especialmente de las mujeres que habían sido como aquellas que él mismo había frecuentado.

Fundó la Casa de Santa Marta para prostitutas casadas o con hijos que quisieran salir de esa vida.

Promovió la Compañía de las Doncellas Infelices para adolescentes en riesgo. Creó instituciones, gestionó financiamiento, involucró a ciento setenta colaboradores.

¿Por qué? Porque había descubierto, en la propia experiencia de ser amado por Dios sin merecerlo, que ese amor no hacía acepción de personas. Que la misma gracia que lo había rescatado a él —un vanidoso, un mujeriego, un pendenciero— era capaz de rescatar a cualquiera. El amor de Dios no tiene lista de espera ni formulario de calificación.

Frente a la sexualidad desordenada y al machismo imperante, la conversión de Ignacio produjo una tendencia nueva: el trato pastoral respetuoso con mujeres de todas las clases: nobles, plebeyas, piadosas, solitarias y prostitutas.” (Biógrafos de la Compañía de Jesús)

La escena más íntima de la espiritualidad ignaciana es aquella de los Ejercicios Espirituales en la que el ejercitante se imagina delante del Cristo crucificado y le hace una pregunta tan simple que asusta: “¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?”

La meditación ignaciana sobre el amor no empieza con lo que yo debo dar.

Empieza con lo que Dios ya dio. Con el hecho anonadante de que ese Hombre extendido en la Cruz lo hizo por mí.

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La pequeña que lo supo desde adentro

María Francisca Teresa Martin, que la Iglesia conoce como Santa Teresa del Niño Jesús y del Santo Rostro, murió en 1897 a los veinticuatro años en el Carmelo de Lisieux.

Tenía tuberculosis, sufría física y espiritualmente, y atravesó en los últimos meses de su vida lo que los místicos llaman “noche oscura”: la sequía absoluta de toda consolación, la tentación de que Dios no existe o de que el cielo es solo una ilusión.

Y sin embargo sus últimas palabras, pronunciadas mirando el crucifijo, fueron: “¡Dios mío… te amo!”

¿Cómo es posible? ¿Qué construye una fe tan sólida que sostiene incluso en la oscuridad total?

La respuesta de Teresita es su famoso caminito: una espiritualidad de la confianza absoluta en el amor misericordioso de Dios, accesible a cualquier persona, independientemente de sus logros espirituales. Ella misma escribió algo que San Juan Pablo II citaría al proclamarla Doctora de la Iglesia:

¡Oh Jesús!… estoy segura de que, si por un imposible, encontraras un alma más débil, más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de favores aún más grandes, si ella se abandona con entera confianza a tu misericordia infinita.”

Teresita no llegó a esa certeza por sus virtudes —ella misma reconocía su debilidad con una honestidad casi feroz— sino por haber entendido que el amor de Dios no busca recipientes perfectos, sino corazones vacíos que lo dejen entrar.

Cuando tenía catorce años vivió su “gracia de Navidad“: en la Nochebuena de 1886, de repente, sin explicación, venció la hipersensibilidad que la tenía prisionera desde la infancia. Escribió: Aquella noche en que Jesús se hizo débil y sufrió por amor a mí, me hizo fuerte y valerosa.”

El Papa Francisco le dedicó en 2023 la exhortación apostólica C’est la confiance, señalando que “dado que no podemos tener certeza alguna mirándonos a nosotros mismos, la actitud más adecuada es depositar la confianza del corazón fuera de nosotros mismos: en la infinita misericordia de un Dios que ama sin límites y que lo ha dado todo en la Cruz de Jesucristo.”

Santa Teresa Benedicta de la Cruz Edith Stein— lo resumió al contemplar la vida de Teresita: “Aquí hay una vida humana modelada hasta el final única y exclusivamente por el amor de Dios.” No por los méritos. No por la perfección moral. Por el amor. Por haberse dejado amar.

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Clare Crockett: de las fiestas de Derry a los brazos de Dios

Clare Crockett nació en 1982 en Derry, Irlanda del Norte, en el seno de una familia marcada por el conflicto sectario que desgarraba la región. Era una adolescente brillante, carismática, con una energía contagiosa y un talento natural para el espectáculo.

A los quince años ya presentaba un programa juvenil en Channel 4. A los diecinueve, tuvo un papel en Sunday, el largometraje sobre el Domingo Sangriento de 1972. Nickelodeon se interesó por ella. La carrera televisiva estaba servida.

Pero en el año 2000, alguien le ofreció un viaje gratis a España para Semana Santa.

Clare lo entendió como unas vacaciones. Lo que no sabía era que el destino real no era España sino Dios, y que Dios llevaba tiempo buscándola a ella entre las fiestas, el alcohol y los focos.

El retiro era conducido por las Siervas del Hogar de la Madre. El Viernes Santo, Clare se acercó a la adoración de la Cruz para besar los pies de Jesús. Lo que ocurrió ahí no tiene traducción racional. Ella misma lo describió en su testimonio personal:

No sé cómo explicar exactamente lo que pasó. No vi los coros de ángeles ni una paloma blanca bajar del techo y descender sobre mí, pero tuve la certeza de que el Señor estaba en la Cruz, por mí. Y junto con esa convicción, sentí un gran dolor. Cuando volví a mi banco, ya había grabado en mí algo que antes no estaba allí. Tenía que hacer algo por Aquel que había dado su vida por mí.”

“El Señor estaba en la Cruz, por mí.” No por la humanidad en abstracto. Por ella. Por Clare, la chica de Derry que había llegado pensando en vacaciones y encontró a Cristo.

En ese instante, Clare comprendió lo que este artículo intenta comunicar con todas sus fuerzas: Dios la amaba a ella.

La conversión no fue instantánea ni lineal. Fue larga, exigente, con momentos de resistencia. Pero Clare dijo sí. Ingresó a las Siervas del Hogar de la Madre y pronunció sus primeros votos en 2006. La chica que soñaba con los aplausos del mundo descubrió que el único aplauso que buscaba sin saberlo era el de Uno solo.

Sus cuadernos personales —descubiertos después de su muerte— revelan una vida interior de una intensidad asombrosa. En uno de sus últimos escritos, antes de partir a Ecuador, dejó estas palabras:

Mi corazón es Tuyo, mi mente es Tuya, mis pensamientos son Tuyos. Pídeme cualquier cosa. ¡Nada importa ahora, ya que nada de lo que tengo es mío! Poséeme, Jesús.”

El 16 de abril de 2016, un terremoto de magnitud 7,8 sacudió la provincia de Manabí, en Ecuador. Clare Crockett murió a los 33 años —la misma edad de Cristo en la Cruz— junto con cinco postulantes de su congregación. La encontraron con su guitarra. Su último acto había sido cantar. Cantando las alabanzas de Dios mientras el techo caía sobre ella.

Desde entonces, el documental sobre su vida —O Todo o Nada— acumula más de cuatro millones y medio de visualizaciones en YouTube solo en español.

Su congregación recibe cartas de personas que estuvieron al borde del suicidio y encontraron en su testimonio una razón para vivir; de jóvenes que se alejaron de la Iglesia y volvieron; de parejas que no podían tener hijos y hoy llevan niños bautizados con el nombre de Clare.

En noviembre de 2024, las Siervas del Hogar de la Madre anunciaron la apertura formal de su causa de beatificación.

¿Por qué sigue hablando Clare Crockett después de muerta?

Por la misma razón que siguen hablando Agustín, Ignacio y Teresita. Porque quien descubre que Dios lo ama a él, a ella, concretamente, con nombre propio, ya no puede callarse.

No por obligación. Sino porque lo que ha recibido es demasiado grande para guardárselo solo.

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Lo que el Evangelio dice sin rodeos

Hay una escena en el Evangelio de Lucas (15, 11-32) que Jesús contó para describir exactamente esto. La conocemos como “la parábola del hijo pródigo“, aunque sería más preciso llamarla la parábola del Padre que sale a correr.

Un hijo le pide al padre la herencia en vida —un insulto equivalente a decirle: “para mí, ya estás muerto”— y se marcha a dilapidarla.

Cuando todo se acaba, y el muchacho se encuentra dando de comer a los cerdos sin poder comer él mismo, recapacita. Pero su razonamiento es el de alguien que todavía no ha entendido nada: “Me levantaré, iré a mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros.” Va a negociar. Va a pedir un contrato de trabajo.

Pero el padre lo ve cuando todavía está lejos. Y sale corriendo.

Un padre del Cercano Oriente antiguo no corría. Correr era indecoroso para un hombre de su posición. Pero este padre corre. Lo abraza. Lo cubre con el manto de la dignidad antes de que el hijo pueda terminar su discurso preparado. Le devuelve el anillo del hijo —no del jornalero— y organiza una fiesta.

La imagen es perturbadora porque invierte todos los esquemas: no es el hijo quien vuelve a merecer el amor del padre. Es el padre que amaba al hijo mientras este malgastaba todo.

El amor del padre no estaba condicionado por la conducta del hijo. Solo esperaba que el hijo se dejara amar.

“Este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado.” (Lucas 15, 24)

Hay otra escena: Zaqueo (Lucas 19, 1-10). Un recaudador de impuestos —es decir, un traidor a su pueblo, un colaboracionista del ocupante romano, alguien a quien sus vecinos despreciaban abiertamente— trepa a un árbol para ver pasar a Jesús, con la curiosidad inesperada de quien no espera nada y sin embargo algo lo mueve.

Jesús lo mira, lo llama por su nombre, y le dice algo que escandalizó a todos: Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa.”

Jesús no espera que Zaqueo se haya arrepentido. No le pone condiciones. Se invita a su casa. El amor va primero. El arrepentimiento de Zaqueo —la restitución cuádruple, la mitad de sus bienes para los pobres— viene después, como consecuencia natural de haber sido amado sin merecerlo.

Y luego, la mujer con el frasco de alabastro (Lucas 7, 36-50). Entra en casa de Simón el Fariseo, donde Jesús está comiendo, y se arrodilla llorando a sus pies. Le enjuga los pies con sus cabellos, los besa, los perfuma.

La escena es extravagante, socialmente inaceptable. Simón piensa: “Si este fuera un profeta, sabría quién lo está tocando y lo apartaría.” Y Jesús, como siempre, lee el pensamiento. Y dice: “Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho.”

No dice: sus muchos pecados le son perdonados porque ahora se comporta bien. Dice: porque amó. Porque se dejó caer a los pies del Amor.

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No para los perfectos: para los vivos

Una de las confusiones más costosas de la historia cristiana —y que sigue causando estragos hoy— es la de haber asociado el amor de Dios con el mérito. Como si Dios amara de más a los santos y de menos a los pecadores. Como si hubiera que ganarse ese amor.

La Escritura es categórica en sentido contrario. Pablo, en la Carta a los Romanos (5, 8), escribe una de las frases más demoledoras del Nuevo Testamento: “Dios prueba su amor por nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Siendo aún pecadores. No: después de convertirnos. No: cuando lo merezcamos. Ahora. Como estamos.

Dios no espera que mejoremos para amarnos. Nos ama para que podamos mejorar. El amor divino no es la recompensa de la santidad: es su causa.

Y aquí está el nudo de todo: el gran descubrimiento del que habla este artículo no es intelectual. No se alcanza leyendo más teología ni haciendo más penitencias.

Es una experiencia. Es la experiencia de dejarse amar. De bajarse de la silla del merecimiento y dejar que Dios se siente en la silla vacía.

El rico y el pobre. El académico y el analfabeto. El que tiene una historia de virtudes y el que tiene una historia de desastres. Dios no lee currículum. Lee corazones. Y solo busca uno que esté abierto.

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La silla sigue vacía, esperando

Cuando José murió en aquella habitación con la cabeza apoyada sobre la silla vacía donde imaginaba a Jesús, no murió solo. Murió acompañado. No lo acompañaba una idea abstracta de la divinidad sino una Presencia real, concreta, cotidiana, que había construido durante cuatro años de conversación matinal de dos horas.

No sabemos si José había ido siempre a misa. No sabemos si era un pecador empedernido o un hombre de vida ordenada. Sabemos que, al final, lo encontraron con la cabeza recostada sobre la silla donde Él estaba. Y eso bastó.

Ignacio de Loyola fue un pecador notable que se convirtió en un santo notable. Teresita de Lisieux fue una niña frágil que murió siendo Doctora de la Iglesia. Zaqueo fue un ladrón legal que en una tarde se convirtió en el hombre más generoso de Jericó. La mujer del frasco de alabastro —sin nombre, sin estatus, sin otro capital que su amor— es mencionada por el propio Jesús con una promesa: Donde se proclame este Evangelio en todo el mundo, se contará también lo que ella ha hecho.”

¿Qué tienen en común? Que en algún momento, de maneras distintas, lo creyeron. Creyeron que Dios los amaba a ellos. No en general. A ellos. Y esa creencia lo cambió todo.

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Para terminar, o para empezar

Hay una pregunta que puede hacerse ahora, en este momento, sea quien sea el que lee estas líneas. No es una pregunta retórica. Es la más real de todas:

¿Creés que Dios te ama a vos? ¿A vos, concretamente, con tu historia exacta?

Si la respuesta es un sí instantáneo, bien. Conservá ese tesoro.

Si la respuesta es una duda, o un “quizás”, o un “depende de cómo me porte”, o un silencio incómodo, entonces este artículo fue escrito para vos.

Podés no hacer nada extraordinario. Podés simplemente, esta noche o esta tarde, poner una silla vacía frente a la tuya. No hace falta que nadie lo vea. Y en esa silla vacía —que no está vacía— decir lo que necesitás decir. O no decir nada. Y dejar que Él hable primero.

Porque lo que Él tiene para decirte —lo viene diciendo desde antes de que nacieras, lo dijo más alto que nunca en una cruz, y lo sigue diciendo ahora mismo— se resume en tres palabras:

“Yo te amo.”

Y eso, para un ser humano, lo cambia todo.

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©Catolic.ar

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Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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