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Estamos viviendo un cambio de época

Que hacer ante un cambio de época?

Cómo trasladar este cambio de época a mi vida personal

Si realmente estamos viviendo una transformación profunda, la pregunta no es solamente qué está cambiando en la sociedad o en la Iglesia. También es:

¿Cómo necesito vivir yo en este momento?

No se trata de entrar en pánico, abandonar todo lo anterior ni intentar adaptarse a cada novedad. Se trata de aprender a discernir: reconocer qué está cambiando, qué permanece y qué decisiones concretas me ayudan a vivir con más verdad, libertad y sentido.

No vivir en piloto automático

Un cambio de época puede pasar inadvertido cuando seguimos repitiendo hábitos, relaciones y decisiones sin preguntarnos si todavía expresan quiénes somos.

Por eso, conviene detenerse y revisar:

  • ¿Qué estoy haciendo por convicción y qué hago solamente por costumbre?
  • ¿Qué aspectos de mi vida ya no me hacen bien?
  • ¿Qué estoy sosteniendo por miedo a cambiar?
  • ¿Qué deseos son realmente míos y cuáles fueron impuestos por el entorno?
  • ¿Qué lugar ocupan el trabajo, el consumo, las redes sociales y la opinión de los demás?

No hace falta cambiar toda la vida de un día para otro. Pero sí empezar a vivir con mayor conciencia.

Recuperar el silencio y la capacidad de pensar

Vivimos rodeados de estímulos, opiniones y respuestas inmediatas. La inteligencia artificial, las redes y los medios pueden ayudarnos, pero también pueden hacer que dejemos de pensar por nosotros mismos.

Por eso es importante reservar momentos sin pantallas, sin noticias y sin interrupciones.

El silencio permite distinguir:

  • lo urgente de lo importante;
  • el deseo propio de la presión externa;
  • la información de la verdad;
  • la reacción impulsiva de una decisión madura;
  • la soledad de la necesidad de estar siempre conectados.

No todo lo que aparece en una pantalla merece nuestra atención. Cuidar la atención es también cuidar la libertad.

No entregar completamente el criterio a otros

La crisis de autoridad no significa que nadie pueda enseñarnos nada. Significa que necesitamos aprender a confiar de una manera más madura.

No se trata de desconfiar de todos, sino de verificar, escuchar y discernir.

Antes de aceptar una opinión, una noticia o un consejo, puedo preguntarme:

  • ¿Quién lo afirma?
  • ¿Qué intereses puede tener?
  • ¿Hay pruebas?
  • ¿Esta persona vive de acuerdo con lo que sostiene?
  • ¿Esto me ayuda a comprender o solamente busca provocarme?
  • ¿Estoy pensando o simplemente reaccionando?

También es importante reconocer que no tengo que saberlo todo. Pedir consejo, consultar a personas preparadas y aceptar límites no disminuye mi libertad. La fortalece.

Elegir relaciones reales

La cultura digital permite estar en contacto con muchas personas, pero no siempre produce vínculos profundos.

Por eso conviene preguntarse:

  • ¿Con quién puedo hablar sinceramente?
  • ¿Qué relaciones me ayudan a crecer?
  • ¿Dónde puedo mostrarme sin tener que aparentar?
  • ¿Estoy presente para las personas que amo?
  • ¿Estoy reemplazando el encuentro real por conversaciones rápidas o superficiales?

La vida personal no puede sostenerse solamente con mensajes, reacciones y contactos. Necesitamos presencia, escucha, paciencia y vínculos capaces de atravesar los conflictos.

Una decisión concreta puede ser recuperar una conversación pendiente, visitar a alguien, compartir una comida sin teléfonos o pedir perdón.

Revisar mi relación con la tecnología

La tecnología no es necesariamente enemiga. El problema aparece cuando empieza a gobernar nuestra atención, nuestro ánimo y nuestras decisiones.

Puedo revisar:

  • cuánto tiempo paso frente a una pantalla;
  • qué contenido consumo;
  • qué emociones me generan las redes;
  • si comparo constantemente mi vida con la de otros;
  • si uso la inteligencia artificial para ayudarme o para evitar pensar;
  • si estoy disponible para los demás o permanentemente distraído.

Algunas medidas sencillas pueden ayudar:

  • establecer momentos sin teléfono;
  • no comenzar ni terminar el día mirando una pantalla;
  • desactivar notificaciones innecesarias;
  • verificar la información antes de compartirla;
  • no utilizar la tecnología para escapar sistemáticamente de lo que me duele;
  • proteger la intimidad propia y ajena.

La pregunta no es solamente cuánto puedo hacer con la tecnología, sino qué tipo de persona estoy llegando a ser al usarla.

Volver a las preguntas fundamentales

En medio de tantos cambios, es fácil ocuparse de todo menos de lo esencial.

Conviene volver a preguntas como:

  • ¿Para qué estoy viviendo?
  • ¿Qué clase de persona quiero ser?
  • ¿Qué significa para mí amar?
  • ¿Qué hago con el sufrimiento?
  • ¿Qué necesito perdonar?
  • ¿Qué lugar tiene Dios en mi vida?
  • ¿Qué estoy buscando realmente?
  • ¿Qué quedaría de mi vida si desaparecieran el reconocimiento, el dinero o la aprobación de los demás?

No es necesario tener respuestas inmediatas. A veces, madurar consiste en aprender a permanecer honestamente frente a una pregunta.

Vivir la fe como encuentro y no solamente como costumbre

Si la fe forma parte de mi vida, este momento puede ser una invitación a revisar cómo la estoy viviendo.

No se trata solamente de cumplir prácticas religiosas, sino de preguntarme si mi relación con Dios es real, si transforma mis decisiones y si me ayuda a mirar a los demás con más misericordia.

Puedo preguntarme:

  • ¿Rezo solamente cuando necesito algo?
  • ¿Tengo un espacio concreto para escuchar a Dios?
  • ¿Mi fe me vuelve más humilde, compasivo y responsable?
  • ¿Estoy buscando a Cristo o solamente defendiendo una identidad religiosa?
  • ¿Hay heridas, dudas o decepciones que necesito presentar sinceramente ante Dios?
  • ¿Mi manera de tratar a los demás hace visible aquello que creo?

La fe no elimina las preguntas. Puede enseñarnos a atravesarlas sin perder la esperanza.

No confundir cambio con pérdida de identidad

Adaptarse a una nueva época no significa aceptar todo lo nuevo ni abandonar los valores fundamentales.

Puedo cambiar hábitos sin cambiar mis convicciones.

Puedo aprender nuevas herramientas sin convertirlas en el centro de mi vida.

Puedo escuchar otras perspectivas sin renunciar a la verdad.

Puedo revisar mis formas de actuar sin dejar de ser fiel a lo esencial.

La clave está en distinguir entre lo que pertenece a mi identidad profunda y lo que simplemente aprendí por costumbre, ambiente o presión social.

Convertir la incertidumbre en una oportunidad

No puedo controlar todos los cambios del mundo. Tampoco puedo saber con certeza cómo será el futuro.

Pero sí puedo decidir cómo atravesar este momento.

Puedo elegir:

  • actuar con honestidad;
  • cuidar mis vínculos;
  • aprender continuamente;
  • aceptar que no tengo todas las respuestas;
  • pedir ayuda cuando la necesito;
  • sostener hábitos que me hagan bien;
  • servir a otros;
  • cultivar la esperanza;
  • no dejarme dominar por el miedo.

La incertidumbre no tiene por qué paralizarme. Puede ayudarme a vivir con más humildad y atención.

Dar pequeños pasos concretos

El discernimiento no puede quedarse en ideas generales. Tiene que traducirse en decisiones.

Durante las próximas semanas podría elegir algunas acciones concretas:

  1. Reservar diez o quince minutos diarios para el silencio, la oración o la reflexión.
  2. Revisar el tiempo que dedico a las redes y reducir aquello que me dispersa.
  3. Tener una conversación sincera con alguien importante.
  4. Retomar una relación que descuidé.
  5. Leer algo que me ayude a comprender mejor el mundo y mi propia fe.
  6. Consultar a una persona sabia sobre una decisión que estoy postergando.
  7. Identificar un hábito que necesito abandonar.
  8. Elegir una forma concreta de servir a alguien.
  9. Escribir qué cosas quiero conservar, qué necesito transformar y qué debo dejar atrás.
  10. Preguntarme al final de cada día: ¿hoy viví de acuerdo con lo que realmente considero importante?

Una manera sencilla de orientarme

Ante cada decisión importante, puedo hacerme cinco preguntas:

  1. ¿Esto me hace más libre o más dependiente?
  2. ¿Me acerca a la verdad o me ayuda a esconderme?
  3. ¿Me vuelve más humano o más indiferente?
  4. ¿Fortalece mis vínculos o los debilita?
  5. ¿Me acerca a Dios, al bien y a los demás, o me encierra cada vez más en mí mismo?

No siempre las respuestas serán claras. Pero estas preguntas pueden ayudarme a no vivir arrastrado por la velocidad del momento.

Quizá atravesar un cambio de época en la vida personal consista, sobre todo, en aprender a vivir despierto.

No aferrarme ciegamente al pasado.

No aceptar ingenuamente toda novedad.

No dejar que otros piensen y decidan por mí.

No perder la capacidad de amar, de escuchar, de rezar y de buscar la verdad.

El mundo está cambiando, pero todavía puedo elegir cómo habitarlo.

Puedo conservar lo esencial, revisar lo que ya no ayuda, aprender lo nuevo y caminar con otros.

Y, si creo en Dios, puedo confiar en que discernir el presente no significa hacerlo todo solo. También puede ser una forma de escuchar qué me está pidiendo en esta etapa concreta de mi vida.

©Catolic.ar

La Parroquia Fragmentada: ¿Sobrevivirá el Arca o nos ahogaremos en el Archipiélago?

Una lectura sociológica, pastoral y espiritual sobre el dilema de la exigencia, la polarización y el pulso vital de la Iglesia local.

La parroquia fragmentada. . .

Hay un viento frío que recorre los templos del siglo XXI, una paradoja desconcertante que desafía todas las previsiones del marketing moderno.

Mientras el mundo contemporáneo predica las bondades de la fluidez, la neutralidad, el relativismo y la ausencia de compromisos definitivos, la sociología de la religión —de la mano de teóricos como Laurence Iannaccone y su célebre “teoría de los clubes estrictos“, o Dean Kelley en sus diagnósticos sobre el crecimiento de comunidades conservadoras— nos devuelve un espejo incómodo: las estructuras laxas se vacían, mientras que las exigentes crecen y retienen.

La tesis es implacable en su lógica económica y social.

La supervivencia institucional no se logra bajando el listón para agradar al espíritu de la época, sino elevando la vara.

Cuanto más cuesta pertenecer —en términos de tiempo, disciplina doctrinal, moralidad diferenciada y sacrificio—, más valioso se vuelve el vínculo a los ojos de sus miembros.

Las fronteras nítidas entre el “dentro” y el “fuera” generan identidades blindadas, cohesión interna y una retención magnética.

Pero cuando esta ley sociológica implacable desciende a la realidad concreta de nuestras diócesis, de nuestros barrios y de nuestras mesas comunitarias, el modelo estalla en mil pedazos.

La pregunta que hoy interpela al corazón del catolicismo no es solo si la rigurosidad funciona como estrategia de supervivencia numérica, sino qué tipo de cuerpo eclesial estamos construyendo sobre las cenizas de la vieja pastoral.

De la plaza pública al archipiélago de trincheras

Durante generaciones, la parroquia territorial cumplió un rol de argamasa social. Era un espacio imperfecto, a veces rutinario, pero esencialmente universal: el lugar donde el santo y el pecador, el tibio y el fervoroso, el intelectual y el analfabeto compartían el mismo banco de madera bajo la mirada de un mismo pastor.

Era una casa común donde la fe se heredaba y se habitaba como un territorio compartido.

Hoy, ese modelo se desmorona bajo el peso de una polarización que ha colonizado el alma de las comunidades.

La exigencia identitaria, necesaria para dar sentido en un mundo caótico, ha fragmentado el tejido eclesial en un archipiélago de tribus incomunicadas.

  • En una orilla, los sectores de alta intensidad litúrgica y doctrinal buscan la pureza ritual y un ancla segura frente al maremágnum secular, refugiándose en liturgias cuidadas al milímetro, sotanas y comunidades hipercohesionadas.
  • En la otra, los sectores que priorizan la apertura pastoral y el diálogo con el mundo denuncian el encierro sectario y reclaman una Iglesia de puertas abiertas, centrada en la misericordia horizontal y la justicia social.

El resultado en la vida cotidiana es demoledor.

El domingo ha dejado de ser el día del encuentro fraterno y la reconciliación comunitaria para convertirse en un campo de batalla litúrgico.

Los fieles ya no acogen al vecino: “votan con los pies“, peregrinando kilómetros en busca de la parroquia o la misa que coincida exactamente con su sensibilidad ideológica.

El templo ya no une al barrio; el templo se ha transformado en el club privado de una facción.

El secuestro de la autoridad y la soledad del pastor

En el ojo de esta tormenta camina el sacerdote de a pie.

El párroco, histórico artífice de la concordia local y padre espiritual de todos sin distinción, se ve hoy reducido a una figura trágica: el gestor de una tregua armada o, peor aún, el rehén de un bando.

Si el sacerdote opta por la neutralidad institucional para pacificar las aguas y mantener unidas a las distintas sensibilidades, ambos extremos lo castigan sin piedad, juzgándolo tibio, camaleónico o carente de convicciones firmes.

Si abraza abiertamente una de las corrientes —cediendo a las demandas de un grupo hiperactivo—, gana el fervor incondicional de una mitad, pero expulsa y aliena con violencia a la otra mitad de su grey.

A esto se suma un fenómeno inédito: el surgimiento de los “guardias doctrinales” entre los laicos.

Grupos hiperorganizados, tanto tradicionales como progresistas, que vigilan con lupa cada palabra del sermón, cuestionan los nombramientos del obispo y secuestran los consejos parroquiales.

La autoridad pastoral ya no brota del sacramento del orden ni de la entrega abnegada, sino de la afinidad ideológica.

El pastor ha dejado de ser el guía que conduce a todos para convertirse en el capellán de una trinchera.

La caridad acorralada: ¿Promoción evangélica o exclusión ideológica?

Quizás el daño más doloroso y escandaloso de esta lógica de bandos se advierte en la acción sociocaritativa de la Iglesia.

Cáritas y las redes de asistencia parroquial, que históricamente se sostuvieron gracias a un voluntariado intergeneracional y desinteresado, sufren hoy el embate de la sospecha mutua.

  • Los sectores más rígidos miran con recelo la labor social, temiendo que se haya secularizado hasta convertirse en una ONG aséptica que ha perdido el horizonte sobrenatural y la urgencia de la conversión.
  • Los sectores más abiertos temen que la ayuda se condicione a exigencias morales o ideológicas, traicionando la misericordia incondicional de un Dios que hace llover sobre buenos y malos.

Harto de tensiones y de ver el templo convertido en una sucursal de la grieta política, el voluntariado histórico —aquel que limpiaba los manteles y cocinaba sin preguntar a quién votaba el hambriento— se retira en silencio.

¿El resultado? Una caridad fragmentada: los recursos se repliegan hacia adentro para sostener a los “propios” o se administran bajo filtros morales tan estrictos que la parroquia pierde su histórica capilaridad en los márgenes de la miseria, dejando su lugar a estructuras estatales o seculares.

La tentación del gueto y la responsabilidad del gobierno diocesano

En la cúspide de esta arquitectura fragmentada se encuentra el gobierno diocesano y la figura del obispo, atrapados en un dilema de alta tensión política y pastoral.

Cada nombramiento parroquial se ha convertido en un acto de equilibrio imposible: enviar a un sacerdote joven, formado en la línea de la alta exigencia tradicional, revitaliza a los movimientos y atrae a familias jóvenes, pero aliena a los fieles moderados.

Enviar a un pastor de perfil abierto preserva la sensibilidad histórica, pero enfurece a los sectores que exigen pureza doctrinal y rigor litúrgico.

Esta falta de un arbitraje firme alimenta un fenómeno paralelo: la proliferación de nuevos movimientos eclesiales y comunidades de vida consagrada que funcionan como verdaderas islas de fervor y disciplina.

Mientras la parroquia territorial se desangra intentando contentar a bandos irreconciliables, los movimientos atraen vocaciones y retienen fieles gracias a su férrea identidad comunitaria.

Sin embargo, este refugio en los movimientos a menudo profundiza el paralelismo, creando católicos de “primera” (pertenecientes a estructuras exigentes) y católicos de “segunda” (la feligresía común de a pie), debilitando aún más la comunión diocesana de conjunto.

La renovación desde las bases: ¿Cómo revitalizar la parroquia real?

Frente a este diagnóstico descarnado, la salida no consiste en añorar nostalgias pasadas ni en resignarse al aislamiento de los guetos ideológicos, sino en traducir el discernimiento en propuestas pastorales concretas que revitalicen la vida parroquial ordinaria:

  1. Reinstituir el discernimiento comunitario y la formación integral: Las parroquias necesitan espacios periódicos de formación doctrinal y social rigurosa, pero libres de trincheras partidarias.
  2. En lugar de ceder el espacio a discusiones estériles sobre formas litúrgicas o etiquetas ideológicas, el centro debe volver a ser el kerigma vivo y la enseñanza social de la Iglesia, formando la conciencia de los laicos para que sean constructores de unidad y no inspectores de pureza ajena.
  3. Descentralizar la acción caritativa en redes abiertas: Para sanar la fragmentación de Cáritas, es imperativo blindar la asistencia social frente a cualquier condicionamiento ideológico o doctrinal.
  4. La mesa de ayuda debe operar bajo un principio evangélico intransgociable: al hambriento no se le pide el carné de ortodoxia, se le da pan y dignidad. Esto no significa renunciar a la cruz, sino entender que la caridad sin filtros es el mayor testimonio de la verdad.
  5. Pactar una “tregua litúrgica” y armónica: En comunidades donde coexisten distintas sensibilidades legítimas aprobadas por la Iglesia, los pastores deben promover una convivencia respetuosa de los ritmos litúrgicos (cuidando tanto la solemnidad y el silencio como la participación activa) sin permitir que ninguna facción monopolice el templo ni expulse a los demás.
  6. La variedad de expresiones dentro de la misma parroquia debe ser un reflejo de la catolicidad, no un motivo de excomunión vecinal.

Una mirada profética: Más allá del gueto y de la nada

La teoría de la rigurosidad acierta en su diagnóstico sociológico: las estructuras tibias mueren de inanición.

El catolicismo irrelevante, aquel que pide disculpas por sus dogmas, silencia la cruz y se avergüenza de su doctrina para mendigar el aplauso de la cultura dominante, está condenado a la extinción.

La sed de absoluto no se sacia con agua tibia.

Pero la respuesta cristiana no puede ser la construcción de una fortaleza sectaria; un gueto de puros que contempla con desprecio la barca que se hunde desde la altura moral de su trinchera.

El gran desafío eclesial de las próximas décadas es conjugar aquello que la polarización nos presenta como irreconciliable:

  1. Identidad fuerte sin cerrazón: Mantener la hondura del misterio, la exigencia del Evangelio y la belleza de la doctrina, pero vividas no como un ariete para golpear al hermano que reza distinto, sino como un foco de luz cuya hermosura atrae por sí misma.
  2. Autoridad con misericordia: Pastores valientes capaces de sostener la comunión diocesana sin abdicar de la verdad, que no teman a los grupos de presión ideológicos de ningún signo y que sepan abrazar tanto al tradicionalista fervoroso como al buscador herido.
  3. Una caridad sin aduanas: Recuperar la convicción de que el amor al prójimo es el criterio último de credibilidad cristiana.La mesa de Cáritas debe volver a ser el hogar común donde nadie deba presentar un carné ideológico para ser amado.

La Iglesia del futuro no sobrevivirá encerrada en un archipiélago de museos doctrinales y exclusivos, ni tampoco diluida en una ONG sin alma y sin rodillas dobladas.

Sobrevivirá —como siempre lo ha hecho a lo largo de su historia— siendo fiel al Maestro: exigente en el seguimiento, implacable en el perdón y radicalmente abierta a un mundo herido que no busca templos cómodos, sino testigos que ardan.

©Catolic.ar

La cruz sí, la aduana no

Por qué las cargas añadidas alejan de la Iglesia, y no de Cristo

La Cruz Sí, la aduana, No

Conozco a una mujer que dejó de ir a misa un domingo cualquiera, sin escándalo ni portazo.

Había oído, una vez más, una lista: lo que se debía, lo que estaba prohibido, lo que no alcanzaba.

Nadie le dijo nada nuevo.

Comprendió que en esa casa se hablaba mucho de lo que había que cumplir y poco de Aquel por quien valía la pena cumplir. No dejó a Dios. Dejó la sala donde ya no lo encontraba.

Esa escena se repite más de lo que se admite, y por eso escribo con cuidado.

Mi tesis es una sola, y la enuncio desde ahora para no traicionarla: la Iglesia no aleja de Cristo por exigir, sino por convertir la exigencia en condición de pertenencia y en instrumento de control.

Lo que aleja no es la cruz; es la aduana.

Lo que no estoy diciendo

Fijo las palabras, porque en este tema todo se confunde.

Exigencia evangélica es lo que Cristo pide y la persona acepta libremente por amor: la cruz, el desprendimiento, el perdón. No se discute ni se rebaja. Es suya: «Sean perfectos» (Mt 5,48).

Carga impuesta es lo que se añade al Evangelio y se exige a otros como prueba de fidelidad o de pertenencia. A esa sí la cuestiono.

Jerarquía como servicio es el ministerio que el Señor instituyó. Clericalismo es su deformación en dominio sobre las conciencias.

Acepto la primera y critico la segunda.

Ascesis es el ayuno, la mortificación, el cilicio o la disciplina que alguien se ofrece libremente, en lo oculto, por amor.

La Iglesia la conoce y la honra. Lo que cuestiono es su exhibición o su imposición como vara para medir la santidad ajena.

Con estas definiciones, cada elemento de mi título queda en su lugar y nada de lo que sigue las contradice.

Dos pesos, un mismo Maestro

El Evangelio guarda, a pocas páginas de distancia, dos frases que parecen oponerse y no se oponen.

A los fariseos, Jesús les reprocha que atan cargas pesadas sobre los hombros ajenos sin mover ellos ni un dedo (Mt 23,4). A los cansados les dice: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso» (Mt 11,29).

No hay contradicción, porque no se trata de cuánto pesa, sino de quién la lleva y con quién. El yugo de Cristo es llevadero porque se lleva con Él. La carga de los fariseos es insoportable porque se deposita en otros mientras quien la dicta queda al margen.

El joven rico lo muestra. Jesús le pide todo, y el evangelista anota un detalle que lo cambia: lo miró y lo amó (Mc 10,21).

La exigencia más alta del Evangelio llega envuelta en una mirada. Cuando el joven se va entristecido, nadie le cierra la puerta ni le agrega requisitos.

La primera crisis de la Iglesia fue esta

El primer conflicto grave de la Iglesia naciente fue este: ¿había que cargar a los paganos convertidos con el peso de la Ley?

En Jerusalén, Pedro pregunta por qué tentar a Dios poniendo sobre los discípulos un yugo que ni los padres ni ellos pudieron llevar (Hch 15,10).

Y el concilio decide «no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias» (Hch 15,28).

Conviene ser exacto: el concilio sí pidió algo, cuatro abstenciones concretas.

Pero fijó el criterio. La medida no es cuánto se puede exigir, sino cuánto es necesario. Y lo decidió invocando al Espíritu Santo «y a nosotros», no la comodidad ni el hábito. Esa es la regla de la que parte esta nota.

La ley nueva no es un reglamento

Santo Tomás, que no es sospechoso de laxismo, enseña que la ley nueva es sobre todo la gracia del Espíritu Santo, y que lo escrito es secundario y está ordenado a ella (Suma Teológica, I-II, q. 106, a. 1).

En otro lugar observa que los preceptos que Cristo y los apóstoles dieron son muy pocos, y que los que la Iglesia añadió después deben exigirse con moderación, para que la religión no se vuelva servidumbre (I-II, q. 107, a. 4).

El Magisterio actual lo recoge sin rodeos (Evangelii Gaudium 43; Gaudete et Exsultate 59).

Quien convierte la vida cristiana en un reglamento invierte el orden: pone en el centro lo secundario y relega al Espíritu a un decorado.

La ascesis, bien entendida

Aquí mi título parece más duro, y aquí pido más precisión.

No hablo contra quienes se han mortificado en silencio por amor.

La Iglesia ha canonizado a muchos de ellos, y el mismo Papa que cuestiona las rigideces pide cierta austeridad (Gaudete et Exsultate 108) y reconoce que las humillaciones forman parte del camino de Cristo, aunque aclara que buscarlas por sí mismas sería masoquismo (n. 120).

Hablo de otra cosa: de la mortificación convertida en credencial pública, de la penitencia exhibida, del «hay que sufrir más» dicho a quien ya carga con su vida.

La Iglesia misma corrigió ese desvío. Teresa de Lisieux, Doctora de la Iglesia, hizo de su «pequeño camino» una respuesta serena al heroísmo ascético: no necesitaba hazañas, sino confianza.

Y la Iglesia condenó los dos extremos: en 1679 sesenta y cinco proposiciones laxistas, y en 1690 treinta y una rigoristas.

No escribo contra ella: escribo con ella, del lado donde ella misma se ubicó.

La objeción más seria

La sociología de la religión ha observado que muchas comunidades exigentes retienen o atraen más que las laxas. ¿No prueba esto que la exigencia es lo que convoca?

Creo que no. Lo que atrae en esas comunidades es el sentido de pertenencia, el compromiso mutuo, la certeza de que algo vale la vida.

Cuando la exigencia nace del amor y se vive en comunidad, convoca.

Cuando se vive como control, expulsa. Es la distinción de la que partí: la cruz atrae, la aduana no. La objeción, bien mirada, confirma la tesis.

La jerarquía que sirve

Falta una palabra de mi título: jerarquía.

El Señor la fundó y no se discute.

Pero también dijo cómo debe entenderse: entre los discípulos no ha de ser como entre los jefes de las naciones; el que quiera ser grande, que sirva (Mt 20,25-26).

El Concilio Vaticano II lo afirma: aunque algunos han sido constituidos pastores por voluntad de Cristo, existe una auténtica igualdad en dignidad y en la acción común de todos los fieles (Lumen Gentium 32).

Cuando la jerarquía se vive como servicio, el laico no siente peso, sino acompañamiento. Cuando se vive como dominio, siente distancia, y la distancia se parece mucho al abandono.

Lo que la Iglesia ya dijo de sí misma

No hace falta que lo diga yo.

Evangelii Gaudium dice que la Iglesia es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas (n. 47).

Y Gaudete et Exsultate describe como neopelagianos a quienes se sienten superiores por cumplir determinadas normas (n. 49) y advierte que, cuando se da excesiva importancia a las normas propias de un grupo, se encorseta el Evangelio y se le quita su sencillez (n. 58).

Es un diagnóstico del Magisterio, no una queja de laicos resentidos.

Permanecer

Vuelvo a la mujer del comienzo. Lo que ella dejó no fue la fe, sino un lenguaje.

Y yo, que he sentido lo mismo, debo decir con igual claridad por qué no me voy: porque lo que me aleja de las cargas añadidas no me aleja de Aquel que las rechazó.

Las cargas pasan, y quienes las impusieron pasarán también.

Lo que no pasa es la Iglesia que Cristo fundó y el Cuerpo en el que sigue presente.

Por eso mi respuesta no es la partida, sino la permanencia.

Pido, como laico, lo que el concilio de Jerusalén pidió hace dos mil años: que no se impongan más cargas que las necesarias. Que la cruz se ofrezca con una mirada y no con un dedo acusador.

Que quien ocupa un lugar de servicio lo ejerza como tal. Y que la Iglesia sea, para cada uno que llega cansado, lo que prometió ser: casa.

©Catolic.ar

Los que callaron: obediencia, miedo y el laico en el último escalón

Hay silencios que son virtud y silencios que son herida.

Desde afuera se parecen mucho: alguien sabe algo, o piensa algo, o ha visto algo, y no lo dice.

La diferencia está adentro, en la razón del callar. Se puede callar por fidelidad, se puede callar por miedo y se puede callar porque otro, con autoridad, lo ha impuesto.

Esta nota intenta distinguir esas tres razones y preguntarse cuál de ellas pesa hoy sobre quien menos voz tiene en la Iglesia: el laico.

El silencio que nació de la obediencia

Conviene empezar por los grandes silencios obedientes del siglo XX, porque en ellos el silencio no fue cobardía. Fue una forma, dolorosa, de amar a la Iglesia.

Pierre Teilhard de Chardin, jesuita y científico, fue apartado de la enseñanza en 1925 y obligado a suscribir un conjunto de proposiciones. Pasó casi veinte años lejos de Europa, sobre todo en China, y sus obras mayores no se publicaron mientras vivió. Murió en Nueva York, el domingo de Pascua de 1955.

Hay un detalle que merece subrayarse: dejó sus escritos en manos de una mujer católica, una laica.

Su pensamiento llegó al mundo a través de ella.

Henri de Lubac fue alejado de Lyon en 1950 y sus libros se retiraron de las bibliotecas de su orden.

Él mismo llamaría “años oscuros” a lo que siguió, casi una década.

Juan XXIII lo llamó en 1960 a trabajar para el Concilio, y Juan Pablo II lo hizo cardenal en 1983, con ochenta y siete años.

Yves Congar, por su parte, vio prohibidas sus reediciones y traducciones en 1952 y debió someter sus textos a censura previa. Años después, ocho de los dieciséis documentos del Concilio llevaban su aporte. En una frase que se le atribuye, solo una vez le habían negado el derecho a predicar: los nazis, en 1941.

El patrón se repite con una regularidad casi cruel: silencio, reivindicación tardía y, a veces, honores concedidos por la misma Iglesia que los había apartado.

Arrupe: el silencio del que ya no podía hablar

El caso más tocante quizá sea el de Pedro Arrupe, general de los jesuitas entre 1965 y 1983.

Juan Pablo II había manifestado en 1979 su preocupación por la orientación de la Compañía.

En agosto de 1981 Arrupe sufrió un derrame cerebral que le quitó el habla y la movilidad. Fue entonces cuando el papa nombró a Paolo Dezza como superior interino, junto a Giuseppe Pittau como delegado, en lugar del sucesor que Arrupe prefería.

Las fuentes difieren sobre cuánta resistencia hubo. Algunas hablan de rechazo, otras de obediencia sin objeciones, y es un punto que conviene verificar antes de publicar con certeza.

Lo seguro es lo que ocurrió después. En 1983, ya en silla de ruedas, Arrupe presentó su renuncia ante la Congregación General, la primera de un general jesuita.

Su mensaje lo leyeron por él: decía que estaba, más que nunca, en manos de Dios. Vivió ocho años más. Poco antes de su muerte, Juan Pablo II lo visitó en la enfermería, y su causa de canonización avanza.

Arrupe no calló por temor. Calló porque ya no tenía voz y porque eligió no convertir su enfermedad en una batalla. Es un silencio que predica.

Cuando callar ya no es virtud

Hasta aquí, silencios de clérigos y religiosos, con el peso y la hondura de la vocación. Pero hay otro silencio, menos noble, que sucede cuando el que calla no lo hace por obediencia sino porque nadie le garantiza que hablar sea seguro.

Las víctimas de Marcial Maciel lo conocieron bien.

En 1998 presentaron su denuncia ante la Congregación para la Doctrina de la Fe y, según se ha documentado, se les pidió no hacerlo público.

El caso quedó archivado en 1999. Solo en 2006 llegó una sanción: retirarse a una vida de oración y penitencia.

Algo semejante se descubrió años después en torno a Jean Vanier, fundador de L’Arche.

Un informe encontró que Vanier había pedido a seis mujeres que guardaran en secreto lo ocurrido, y ellas describieron grandes dificultades para dar la alarma por su personalidad carismática y su posición dominante.

Un informe posterior elevó la cifra a veinticinco mujeres. Aquí el silencio no nació de la obediencia a la Iglesia sino de un clima donde hablar parecía impensable, y a veces inútil: quien habla, ¿es creído?

El laico que se atreve

Entre quienes hablaron, los laicos fueron muchas veces los primeros y los más solos.

Lucetta Scaraffia, historiadora, fundó en 2012 el suplemento femenino de L’Osservatore Romano.

Había publicado, entre otros textos, un editorial sobre abusos a religiosas.

En 2019 renunció con todo su equipo. Su carta al papa hablaba de un clima de desconfianza y de una deslegitimación progresiva. El director del diario negó haber exigido obediencia, y esa discrepancia también forma parte del cuadro.

Libero Milone fue el primer auditor general del Vaticano, nombrado por Francisco en 2015.

En 2017 dejó el cargo bajo amenaza de ser procesado por espionaje y malversación. Milone sostiene que lo apartaron por revisar registros sobre inversiones dudosas.

El cardenal Becciu lo acusó de espiar, y años más tarde el propio Becciu fue condenado por otras causas.

Quien escriba sobre este caso debe contar ambas versiones.

En el Perú, los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz soportaron años de hostigamiento judicial por investigar al Sodalicio, hasta que Francisco los recibió en diciembre de 2024.

En Chile, Juan Carlos Cruz, víctima laica, escribió en 2015 al papa, y los laicos de Osorno se negaron a aceptar al obispo Barros.

En 2018 Francisco reconoció haber incurrido en graves equivocaciones por falta de información veraz, y treinta y cuatro obispos presentaron su renuncia.

Marie Collins, sobreviviente de abusos y miembro laica de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, renunció en 2017.

Alegó la resistencia de sectores de la Curia a cumplir lo que la propia Comisión recomendaba.

Lo que dice la ley de la Iglesia

Sería injusto sostener que la Iglesia ignora el problema.

El canon 212 § 3 afirma que los fieles tienen el derecho, y a veces el deber, de manifestar a los pastores su parecer sobre lo que atañe al bien de la Iglesia, y de darlo a conocer a los demás fieles, salvando la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia a los pastores y la dignidad de las personas.

La Lumen Gentium, en su número 37, habla de comunicar con verdad, coraje y prudencia, y con respeto hacia quienes representan a Cristo.

Desde 2019, además, en las causas por abusos, quien denuncia, quien dice ser víctima y los testigos no pueden ser obligados al silencio. Presentar una denuncia no viola el secreto de oficio, y se prohíben las represalias. Es un avance real.

Conviene, sin embargo, no exagerar su alcance. Esa protección rige para los delitos de abuso.

No cubre la crítica a una decisión pastoral, la discrepancia sobre un nombramiento ni la simple pregunta incómoda. Y la ley, por buena que sea, no suprime la distancia entre un cardenal y un catequista.

El último escalón

Esa distancia es el corazón de esta cuestión. El clérigo que calla suele hacerlo dentro de una estructura que lo ampara: tiene un superior, una comunidad, a veces una orden que lo defiende.

El laico no tiene nada de eso. No depende de ningún superior religioso, pero depende de todo: del párroco que le confía una tarea, del obispo que lo nombra o no lo nombra, de la comunidad que lo acepta o lo mira de reojo.

Quien trabaja para la Iglesia puede perder su empleo.

Quien colabora gratuitamente puede perder su lugar. Y todos pueden perder algo más difícil de nombrar: la pertenencia.

Por eso conviene distinguir, al menos, tres figuras.

Está el laico que habló y pagó el costo. Está el laico que calló por obediencia, sinceramente, como Arrupe, aunque sin su peso histórico.

Y está el que calló por miedo, el más difícil de documentar porque, por definición, no deja rastro.

Escribir sobre este último exige lo que el periodismo hace mejor: escuchar, pacientemente, a quienes nunca fueron entrevistados.

Quizá la pregunta no sea si la Iglesia tolera la palabra del laico. Probablemente la tolera.

La pregunta es qué precio tiene, para quien no tiene a nadie detrás, pronunciarla.

©Catolic.ar

Cómo enfrentar la disfunción sistémica del clericalismo

Producido por la Asociación de Sacerdotes Católicos de EE. UU. en colaboración con Voice of the Faithful y laicos y clérigos de todo el país; respaldado por FutureChurch.

Presentado en la Asamblea Nacional de la Asociación de Sacerdotes Católicos de EE. UU., junio de 2019.

Dedicado a:

  • Todas las personas bautizadas que sufren a causa del mal del clericalismo.
  • Todos los sacerdotes ordenados que sirven con humildad al pueblo de Dios.
  • Todos los fieles que ayudan a los sacerdotes bautizados y ordenados a ser humanos, cristianos y sacerdotales.

Editores del documento: P. Kevin Clinton y Donna B. Doucette.

Este documento fue preparado por un Grupo de Trabajo bajo los auspicios de la Asociación de Sacerdotes Católicos de EE. UU. (AUSCP):

  • P. Gerry Bechard, AUSCP, párroco de la parroquia de los Santos Simón y Judas, Arquidiócesis de Detroit.
  • Alvera Bell, feligresa de la parroquia San Pablo Apóstol (Diócesis de Youngstown, OH); jubilada tras 39 años de enseñanza en escuelas católicas y seis años como coordinadora de educación religiosa parroquial (PCRE); miembro del consejo parroquial y activa en muchos otros ministerios parroquiales.
  • David Bell, feligres de la parroquia San Pablo Apóstol (Diócesis de Youngstown, OH); jubilado; pasó 16 años enseñando en escuelas secundarias católicas; miembro del consejo parroquial y activo en varios ministerios parroquiales.
  • P. Bernard R. Bonnot, Director Ejecutivo de la AUSCP, párroco emérito de la Diócesis de Youngstown, OH.
  • P. Kevin Clinton, Presidente de la AUSCP; párroco de la Iglesia de San Wenceslao, Arquidiócesis de St. Paul/Minneapolis.
  • Donna B. Doucette, Directora Ejecutiva de Voice of the Faithful.
  • P. Tom Ogg, AUSCP, párroco emérito de la Diócesis de Cheyenne, sacerdote eclesial de Encuentro Matrimonial Mundial en EE. UU.

Agradecimientos especiales

Estamos en deuda con las personas que compartieron con nosotros sus historias de primera mano sobre vivencias de clericalismo y nos permitieron utilizarlas. Las historias fueron editadas en cuanto a gramática y longitud. Seleccionamos los relatos (hay muchos otros) que mejor ilustraban un comportamiento particular. No identificamos a las personas en los relatos porque nuestro objetivo no es “señalar” a nadie por sus acciones, sino demostrar la ubicuidad del clericalismo en la estructura de la Iglesia. Casi cada historia seleccionada tenía al menos otra similar, si no idéntica, en sus detalles pero proveniente de una parroquia distinta, otra diócesis u otra región del país. El clericalismo en nuestra Iglesia hoy es global.

Clericalismo y Sinodalidad

Cuando se nos pidió preparar un documento sobre el clericalismo dentro de la Iglesia, rápidamente comprendimos que nuestros desafíos serían dobles. Por un lado, existía un volumen abrumador de libros, artículos, editoriales y pronunciamientos sobre el tema. ¿Qué podíamos decir que ayudara a avanzar sobre la literatura ya disponible? ¿Qué nuevas perspectivas o visiones podíamos ofrecer para avanzar en los esfuerzos por enfrentar y erradicar el clericalismo?

Nuestro otro desafío era producir un documento que “resonara como verdaderamente auténtico” tanto para el clero como para los laicos. ¿Podríamos ayudarnos mutuamente a ver el problema con claridad y empezar a reconocer sus manifestaciones? ¿Podríamos enmarcar el debate de modo que alentara tanto a los clérigos como a los laicos a enfrentar unidos las acciones y actitudes que contribuyen al clericalismo?

Para responder a estos retos, nuestro equipo de redacción —compuesto por sacerdotes y laicos— adoptó un enfoque vivencial, que habla desde nuestras propias experiencias dentro de la Iglesia católica. Algunos de nosotros pertenecemos a la Asociación de Sacerdotes Católicos de Estados Unidos (AUSCP), otros a Voice of the Faithful (VOTF), y otros provienen de años de compromiso con la vida y los ministerios de una comunidad de fe católica. Todos hemos vivido dentro del entorno eclesial de los siglos XX y XXI y hemos interactuado con muchos otros en él. También fuimos más allá de nuestro círculo y pedimos a otros clérigos y laicos sus historias sobre encuentros que ilustran el clericalismo y sus efectos. No identificamos a las personas en estas historias porque nuestro objetivo no es señalar a nadie por sus actos, sino demostrar la ubicuidad del clericalismo en la estructura eclesial.

 Como señalamos en el documento, “normalmente experimentamos el clericalismo como una vivencia”. Utilizar únicamente definiciones y explicaciones académicas al hablar de clericalismo no logra comunicar esta experiencia vivida dentro de la Iglesia. Para comprender plenamente el clericalismo, debemos escuchar también las voces de quienes han sufrido el abuso de poder por parte de alguien cuyo rol es acompañar a otros en sus caminos espirituales, y debemos escuchar las voces de los ordenados para quienes las expectativas de los laicos pueden ser poco realistas y exceder su capacidad humana. Es este elemento de experiencias personales “desde la raíz” el que esperamos aportar a los escritos académicos, históricos y teológicos sobre el tema.

Transmitimos estas vivencias a través de historias seleccionadas para ilustrar los puntos que planteamos. El valor de este enfoque quedó demostrado cuando enviamos el borrador a un grupo seleccionado de clérigos y laicos para su revisión. Para algunos, las historias resonaron con sus propias experiencias y pudieron añadir ejemplos propios. Esto coincidió con nuestro propio descubrimiento de que, para cada punto que elegimos ilustrar, existían múltiples testimonios entre los cuales seleccionar.

Otros revisores tildaron algunas historias de “extrañas” o “extremos”, o sugirieron que debieron haber ocurrido hace mucho tiempo porque hoy en día nadie actuaría así. Esta reacción también era previsible: todos generalizamos a partir de nuestras experiencias particulares, y algunos tenemos la fortuna de vivir en una comunidad de fe donde el clericalismo ha estado mitigado. Sin embargo, es triste decirlo, los testimonios que utilizamos provienen de la Iglesia de hoy, no de la de ayer, y por cada testimonio seleccionado hay otros semejantes.

Esperamos que nuestras palabras nos ayuden a estar a la altura del desafío actual, enfrentando y eliminando en última instancia tantos vestigios como sea posible de este clericalismo que nos perjudica a todos.

Introducción

Todos los sistemas humanos, sin excepción, exhiben características tanto funcionales como disfuncionales. Los analistas de sistemas, sin importar la metodología que apliquen para resolver las disfunciones, señalan dificultades particulares cuando el sistema en cuestión afronta “problemas perversos” (también llamados desafíos adaptativos o, a veces, “marañas”). Tales sistemas involucran a múltiples partes interesadas, numerosas incertidumbres, interacciones complejas y una red enmarañada de centros de poder y cuestiones políticas; una descripción que sin duda coincide con la situación que enfrentamos hoy en la Iglesia.

Nuestro documento busca abordar el componente clave que alimenta esa disfunción: el clericalismo. Lo hacemos adaptando una de las estrategias para resolver estas “marañas”: escuchar a quienes viven dentro del sistema disfuncional, sintonizar sus experiencias y, de este modo, esperamos empoderarnos todos para convertirnos en agentes de los cambios necesarios.

De la “Carta al Pueblo de Dios” del Papa Francisco, 20 de agosto de 2018: Es imposible pensar en una conversión de la actividad eclesial que no incluya la participación activa de todos los miembros del Pueblo de Dios. […] Tal es el caso del clericalismo, una actitud que «no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiende a disminuir y devaluar la gracia bautismal que el Espíritu Santo ha puesto en el corazón de nuestra gente». El clericalismo, fomentado por los propios sacerdotes o por los laicos, genera una brecha en el cuerpo eclesial que sostiene y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy condenamos.

En una reunión de representantes regionales de Voice of the Faithful del área de Boston, salón parroquial de Nuestra Señora Auxiliadora, Newton, MA, 2003: En 2003, feligreses de todo Boston se reunieron casi semanalmente para debatir respuestas ante las continuas revelaciones de abusos sexuales a menores por parte del clero. En una de esas reuniones, un caballero llevó a un sacerdote amigo para que hablara sobre los problemas que enfrentaba a raíz del escándalo de abusos. Durante el encuentro, la gente se centró en cómo apoyar mejor tanto a los sobrevivientes como a los muchos sacerdotes inocentes de delitos. Una señora, explicando su asistencia, dijo: “Debemos solucionar esto porque nosotros somos la Iglesia”. El sacerdote invitado interrumpió de inmediato y, con voz fuerte, declaró: “¡USTEDES no son la Iglesia!”. Señalándose a sí mismo y a su cuello clerical, exclamó: “¡NOSOTROS somos la Iglesia!”.

Cuando se manifiesta con tanta claridad, podemos reconocer fácilmente el clericalismo que el Papa Francisco denuncia. También sabemos bien lo que suele suceder cuando los laicos se topan con este clericalismo: buscan otra parroquia; abandonan la Iglesia; nunca vuelven a alzar la voz en reuniones con sacerdotes; ceden toda la toma de decisiones al sacerdote; se convierten en meros espectadores en lugar de participantes de la vida parroquial y en observadores marginales dentro de la Iglesia. O todo lo anterior a la vez. Renuncian a sus responsabilidades bautismales.

Igualmente dañinos son los efectos del clericalismo sobre el sacerdote: exceso de trabajo, aislamiento, soledad, estrés continuo y la expectativa de que él, y solo él, debe manejar todos los asuntos de la parroquia y cargar con todos sus problemas. Otros impactos —problemas de salud física y mental, conductas adictivas y otras enfermedades relacionadas con el estrés— pueden ser menos evidentes de inmediato, pero sus costos son bien conocidos dentro de la Iglesia, al igual que los excesos más flagrantes que el clericalismo ha facilitado: la conducta sexual depredadora del clero y los encubrimientos por parte de obispos y de algunos fieles.

Menos evidentes, pero quizás más insidiosas, son las formas en que el clericalismo impregna toda la estructura de la Iglesia, separando a los laicos del clero, al clero ordinario de los obispos, y a todos nosotros de la burocracia vaticana de múltiples capas que con tanta frecuencia parece desconectada del siglo XXI. El clericalismo crea una fachada tras la cual los problemas sistémicos graves se minimizan, se ocultan y, a veces, se niegan por completo.

Este documento examinará la disfunción del clericalismo y las maneras en que interfiere con la generosidad y el servicio que los ordenados ofrecen a la comunidad de fe. También analizaremos cómo el clericalismo daña el crecimiento espiritual de los laicos y cómo obstaculiza los roles que tanto el clero como los fieles deben desempeñar para que la Iglesia cumpla plenamente su misión.

Examinaremos ambas caras de la moneda: la cultura clerical y la formación que engendran el clericalismo en el clero, y las actitudes de los laicos que refuerzan dicho clericalismo. En conjunto, sus comportamientos contribuyen a segregar al clero como algo “diferente” y “superior”, en lugar de ubicarnos adecuadamente en roles complementarios que participan en la misión de Cristo y de la Iglesia. Ilustramos tales comportamientos principalmente a través de testimonios anecdóticos presentados en este documento.

En última instancia, este documento busca iluminar cómo el clericalismo corrompe y frustra lo que Cristo Resucitado y el Espíritu Santo destinan para la Iglesia de nuestro tiempo. Al despertar la conciencia tanto de ordenados como de laicos, podremos ser más decididos y eficaces al enfrentar el poder seductor y tóxico del clericalismo en la Iglesia actual.

La experiencia del clericalismo

Debemos lidiar primero con una definición de clericalismo, porque definir un problema es la clave para resolverlo. Se han escrito libros enteros para describir el clericalismo; sin embargo, ninguna definición o libro contiene la verdad absoluta. El clericalismo impregna nuestra eclesiología y fomenta numerosos problemas graves, cada uno digno de un examen detallado. A los efectos de este documento, subrayaremos simplemente lo que la mayoría de las definiciones de clericalismo incluyen: la expectativa —que conduce a abusos de poder— de que los ministros ordenados son superiores y deben gobernar sobre todos los demás miembros del Pueblo de Dios.

Nuestros objetivos son reducir al mínimo humanamente posible cualquier rastro de clericalismo en nosotros mismos, ayudar a otros a comprenderlo y protegerse de su avance en sus propias vidas, y unirnos a todos los bautizados para erradicar los comportamientos que propagan el clericalismo y debilitan a nuestra ya maltrecha Iglesia. Ya podemos identificar fácilmente el clericalismo cuando un sacerdote declara que él y sus cohermanos son “la Iglesia”, sin importar cómo definamos la palabra “clericalismo”.

Más difíciles de advertir son las influencias sutiles que el clericalismo ejerce sobre todos nosotros, las cuales operan con mayor frecuencia en el plano de las experiencias y no en el de las evaluaciones intelectuales.

Normalmente experimentamos el clericalismo como una vivencia (no existe ninguna clase en el seminario titulada “Clericalismo y cómo adquirirlo”).

Lo sentimos durante una reunión parroquial, en comentarios hechos durante o después de misa, en la presunción de que el padre jamás paga la cuenta, en el silencio absoluto previo a una reunión si se le pide a alguien que no sea el padre que dirija una oración, o en la expectativa de que un sacerdote sea perfecto en todo momento y tenga siempre la solución a cualquier problema. Los obispos lo experimentan cuando descubren que sus asistentes, sacerdotes y laicos solo les dicen aquello que creen que el obispo quiere oír, y no lo que necesita o debería escuchar; las personas suelen censurar sus opiniones reales al hablar con obispos o sacerdotes.

El sistema social que rige estas experiencias, al igual que todos los sistemas sociales, es complejo, multinivel y cuenta con “reglas”. La mayoría de estas reglas operan de manera inconsciente en la vida de los miembros que habitan el sistema. Cuando un sistema social entra en crisis y afronta cambios profundos, sus miembros suelen reaccionar redoblando esfuerzos para hacer cumplir sus reglas y censurando a quienes consideran “infractores”. Dicha censura, o exigencia de comportamiento ortodoxo, se produce incluso cuando las normas fracasan estrepitosamente y el sistema está en crisis.

Hoy en día, la Iglesia está en crisis y las reglas inconscientes que dirigen su sistema social están fallando. Quienes cuestionan el statu quo de la estructura clerical de la Iglesia no deben sorprenderse de que los líderes de ese statu quo y aquellos incómodos con el cambio muestren alarma: pueden resistirse a lo evidente y tender a responder a la crisis tratando de aplicar las reglas del sistema de forma más rígida, o bien reafirmando normas que ya no funcionan ni aplican.

Tampoco debemos asumir que la resistencia a resolver los problemas de nuestro sistema fallido proviene únicamente de los líderes de la Iglesia, de la jerarquía o de aquellos clérigos y laicos contrarios al cambio. Quienes exigen transformaciones sin buscar al mismo tiempo la “conversión de la actividad” señalada por el Papa Francisco también levantan obstáculos. Todos participamos en el statu quo del sistema, ya sea resistiendo sus reglas o conformándonos a ellas.

Todos debemos asumir la responsabilidad de enfrentar y minimizar estos problemas, puesto que todos —laicos y ordenados— contribuimos a crear las condiciones que permiten que el clericalismo infecte a la Iglesia. Estas aportaciones surgen, por lo general de forma inconsciente y sin examinar, de nuestra herencia cultural.

Una cultura nos indica qué valorar, cómo comportarnos y a quién debemos escuchar. Tomado de la obra Clericalism: The Death of Priesthood de George B. Wilson, S.J.:

«En amplios ámbitos de nuestras vidas actuamos de la manera en que lo hacemos porque hemos asumido las creencias, actitudes y comportamientos de personas que fueron significativas para nosotros… Las actitudes y conductas esperadas de una cultura particular pueden volverse tan poderosas que resulta prácticamente imposible para sus miembros concebir otras formas de ser. La cultura queda grabada en la psique, haciendo que otras formas de organizar la vida no solo parezcan diferentes, sino también amenazantes para la estabilidad generada por la cultura normativa».

Sería un error fatal ver la cultura clerical como un producto generado exclusivamente por su clero. Al igual que cualquier otra cultura, la cultura clerical es el producto de todos los afectados o implicados en su continuidad.

Cuando nos esforzamos por identificar el clericalismo y sus condiciones, para abordar conductas no examinadas, empezamos a percibir ejemplos concretos surgidos de nuestras propias experiencias, tal como muestran los siguientes relatos:

Una profesora de escuela católica de larga trayectoria, algo excedida de peso, siempre usaba conjuntos de pantalón en lugar de vestidos o faldas cuando ejercía un ministerio litúrgico en misa. Un día, el párroco la aguardó en la sacristía para decirle que, a partir de ese momento, debía usar vestidos en misa. Ella respondió que no se sentía cómoda con ellos y que, de hecho, no poseía vestidos ni faldas. Al día siguiente, en su casillero de la escuela, encontró un sobre enviado por el párroco con $50 dólares para que se comprara un vestido. Ella nunca volvió a realizar servicios ministeriales en misa mientras él fue párroco.

Un vicario parroquial le indicó al nuevo diácono que su deber era servirle a él, al sacerdote, y no a la familia parroquial; debía estar disponible para el cura en todo momento.

Durante su homilía dominical, el párroco anunció que las maestras de su escuela católica acababan de recibir un aumento salarial, por lo que esperaba ver un incremento sustancial en sus ofrendas semanales.

¿Qué impulsó a los sacerdotes de estas anécdotas a actuar de ese modo? Quizás un sentido de privilegio originado en su familia de origen, reforzado durante su formación en el seminario y dejado sin cuestionar durante los primeros tiempos de su ministerio ordenado. Es probable que también influyeran una preocupación excesiva por las apariencias y por aquello que consideran que se “le debe” al ordenado.

Por otro lado, a los sacerdotes de estos relatos también se les podría calificar simplemente de “maleducados” o “imbéciles”. No obstante, no debemos eximir al clericalismo como factor subyacente de tales actitudes. Cuando sacerdotes y laicos juzgan tales acciones como comportamientos normales, dicha aceptación proviene del reservorio subcultural del clericalismo.

Cuando el clericalismo se manifiesta en la vida de los ordenados, estos exhiben una actitud y una creencia contrarias al Evangelio: la idea de que los ordenados son los verdaderos cristianos y que todos los demás ocupan una especie de segunda categoría. Las enseñanzas sobre un cambio ontológico en el ser mismo del sacerdote alimentan esta mentalidad.

Para un sacerdote, diácono u obispo, las consecuencias de tales comportamientos y actitudes pueden ser el aislamiento, la incapacidad de escuchar o comprender a otros, y una deferencia excesiva hacia la “cadena de mando” por encima de las verdades evangélicas. Como corolario, el clérigo con esta mentalidad empequeñece y juzga como insignificantes a muchas personas reales y vulnerables con las que se cruza. Estas actitudes y conductas son sutiles e inconscientes; resultan especialmente difíciles de discernir en uno mismo y hasta pueden parecer aplicaciones lógicas de una “regla”. Por ejemplo:

Era tradición en una parroquia que, durante el Padrenuestro en misa, todos se tomaran de las manos. Los monaguillos acudían al altar para sostener las manos del celebrante durante la oración. Un sacerdote visitante rechazó las manos de los servidores y declaró después que jamás permitía que nadie lo tocara a él ni a sus manos antes o durante la misa. Afirmó que sus manos son sagradas porque sostienen la hostia y el vino, consagrándolos en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Por consiguiente, se negaba a tomarse de las manos con nadie, e incluso a dar la mano a cualquier persona antes o durante la eucaristía.

Una Directora de Educación Religiosa (DER) que preparaba a los jóvenes para la Confirmación convocó a una reunión informativa sobre los detalles del sacramento. Al finalizar, una madre preguntó si su hija podía ser la madrina de su hermano, dado que ambos eran muy unidos. Desafortunadamente, la hija cumpliría 16 años una semana después de la confirmación y, por lo tanto —por un margen técnico de siete días—, era demasiado joven para ser madrina. Cuando la DER le planteó la situación al párroco y comentó que había sugerido que se podría permitir, el párroco se negó rotundamente: “Si vas a sacar tu licencia de conducir antes de tener la edad legal, no te la dan. ¿Por qué la Iglesia debería hacer semejante excepción?”. Cuando la DER intentó explicar por qué la muchacha debía ser admitida (la fecha de la confirmación dependía del calendario anual y no era un requisito rígido), el párroco dio media vuelta y se alejó. La discusión había terminado.

La presunción de que los ordenados pueden fijar normas a su antojo, exigir un separatismo frente a los no ordenados y dictar códigos de vestimenta refuerza las barreras que con demasiada frecuencia dividen a los fieles entre “ordenados” y “todos los demás”. Barreras similares —creadas de forma natural en cualquier jerarquía— separan a los funcionarios del Vaticano de los obispos, y a los obispos de los sacerdotes. De hecho, esta última separación, denominada jerarquismo por quienes estudian sus efectos, es vista como una “versión hipertrofiada” del clericalismo que asola a la Iglesia. El reverendo Mark Slatter describió dicha versión en un artículo (“Crisis de identidad clerical: El rebaño y el pasto no pueden decirle al pastor quién es”, National Catholic Reporter, 11 de marzo de 2019):

«La cultura jerárquica es la zanahoria dorada para aquellos predisponentes a sus encantos. En sus formas más burdas, no solo parece inquebrantable, sino que viene acompañada de una falta de vergüenza pasmosa ante sus grotescos desfiles de sentido de derecho, aires aristocráticos y ambición ciega… La psicología vuelve a las personas incapaces de sacudirse los falsos valores que sostienen esa autoimagen ilusoria; se cruza un Rubicón interior donde el fenómeno ya no posee la cualidad de la tentación como algo con lo que deba luchar. Tras varias décadas, una parte excesiva del propio ser ha quedado invertida en una forma específica de ser humano».

Para los laicos, el clericalismo puede ser igual de sutil. Puede sofocar el desarrollo de la fe personal y el crecimiento espiritual, impedir una implicación plena en la vida parroquial y fomentar una excesiva sumisión al poder de los ordenados: “El padre siempre tiene la razón”; “El padre debe presidir siempre las oraciones”; “Confío en usted, padre, para que me lleve al cielo”.

El primer domingo de Adviento, un sacerdote se puso inadvertidamente una casulla verde y presidió la misa matutina dominical. Terminada la misa, un sacristán preocupado le llamó la atención sobre una casulla morada que había sido limpiada en seco anticipando la temporada (también había varias otras casullas moradas en el armario, por lo que el sacerdote pudo haber elegido, pero escogió la verde). El sacristán se mostró sumamente apenada y nerviosa al mostrarle la casulla morada al padre, alegando que sabía que alguien como ella jamás debía corregir a un sacerdote, pues en sus primeros años de servicio un cura se lo había prohibido severamente (este sacerdote, sin embargo, aceptó la corrección con gracia y gratitud).

Algunos de nuestros feligreses mayores prácticamente idolatran a su clero. Lo que sea que el padre quiera, eso es lo que se hará. Al padre no le gusta el pastel de chocolate, así que solo encargamos pasteles blancos. Al padre no le gusta ver a la gente con boletines informativos durante la misa, de modo que escondemos los boletines antes de empezar y nadie puede tener uno hasta que concluya la celebración. Los feligreses mayores le dan grandes abrazos al padre o al diácono y le dicen: “Ay, te quiero muchísimo. Eres el mejor sacerdote [o diácono] que hemos tenido”. Cuando llega un nuevo sacerdote o diácono, dicen y hacen exactamente lo mismo.

El clericalismo en los laicos también bloquea la retroalimentación necesaria para mantener a la Iglesia fiel al Evangelio, y obstaculiza el retorno de información que los ordenados precisan para servir adecuadamente a la comunidad.

Dentro de la relación entre laicos y clero, el clericalismo presenta a los clérigos como una fraternidad privilegiada cuyo estatus sagrado les garantiza protección eterna frente a los reproches del mundo, incluso cuando obran mal; del mismo modo, puede llevar a los laicos a esperar que el clero sea perfecto en todo y en todo momento. Al padre jamás se le permite simplemente tener un mal día.

Sin embargo, por muy desordenada que pueda volverse nuestra cultura católica, sus participantes siguen siendo esenciales: tanto los participantes visibles y clericales como los laicos cuya participación puede ser menos visible e incluso ignorada. Valoramos y necesitamos los servicios de los ordenados para constituir una comunidad eucarística vibrante; los no ordenados constituyen el grueso de esa comunidad y realizan sus propias contribuciones a su salud espiritual.

Si el sistema social que nos convoca no satisface nuestras necesidades y, en su lugar, privilegia el poder, los privilegios y el control, debemos afrontar no solo los efectos de dicha disfunción —secretismo, abusos sexuales, disminución de la asistencia a los servicios, un número menguante de personas dispuestas a llamarse católicas, etc.—, sino también la causa fundamental que propicia estos fracasos: la cultura a menudo inconsciente del clericalismo.

Separación cultural y la estructura eclesial

Los sacerdotes suelen vivir al margen y separados de las personas a las que sirven. Están cultural y, con frecuencia, físicamente muy alejados de las realidades de las comunidades que los rodean. Pasan la mayor parte de su vida adulta inmersos en una cultura clerical que domina casi todas las facetas de su existencia: desde trayectorias educativas específicas hasta oportunidades de socialización, desde sus condiciones de vida hasta su remuneración económica, en relaciones laborales restringidas por juramentos de obediencia y en un aislamiento impuesto por el celibato obligatorio.

La separación cultural no es exclusiva del sacerdocio, por supuesto, ni la cultura constituye necesariamente una influencia negativa. El término “cultura” se aplica a las formas entrelazadas de vida de una organización, ya sea una familia, una corporación, un Estado-nación o incluso una profesión u oficio. Casi toda profesión posee su propia cultura especial, la cual apoya y protege a sus miembros, les suministra información útil y les presenta oportunidades educativas relevantes (pensemos, a modo de ejemplo, en las culturas de la policía, los médicos o los sindicatos). Estas culturas aportan beneficios positivos a sus miembros; al mismo tiempo, para quienes están fuera de ellas y para quienes dependen de sus servicios, estas culturas especializadas pueden resultar opacas y a veces amenazantes, pudiendo también derivar en sistemas dañinos y perjudiciales.

Dentro de la Iglesia católica, dicha evolución hacia comportamientos dañinos se denomina clericalismo: un conjunto predominante de creencias y acciones en las cuales el clero es visto como algo diferente, separado y exento de las normas, reglas y consecuencias que se aplican a todos los demás.

Estas actitudes pueden surgir fácilmente dentro de la cultura de la Iglesia católica porque esta posee ciertas características que la distinguen de las de otros sistemas sociales:

  • La estructura jerárquica y patriarcal de la Iglesia.
  • La lealtad papal.
  • Una ordenación a la que se le atribuye conferir un cambio ontológico.
  • Educación y formación especiales y segregadas.
  • Requisitos de celibato.
  • Ropa e indumentaria, especialmente la litúrgica.
  • Privilegios especiales en cuanto a remuneración y estilo de vida.

Aunque la mayoría de las organizaciones, especialmente los Estados-nación, poseen estructuras jerárquicas, muchas cuentan también con contrapesos y mecanismos de control del poder; por ejemplo, la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Estos actúan como frenos ante los excesos, los abusos y las tendencias de un centro de actividad a eclipsar a otro. Los estructuras que mejor funcionan permiten asimismo una supervisión externa e independiente cuando se sospecha corrupción o violación de leyes.

Sin embargo, en la Iglesia católica, los tres poderes han sido detentados durante largo tiempo por el Papa y las Congregaciones vaticanas que informan directamente a él, por los obispos en sus diócesis y por los párrocos en sus parroquias. Aunque el Concilio Vaticano II enfatizó la colegialidad de los obispos, la descentralización de la autoridad y un papel activo y significativo para los laicos, los predecesores del Papa Francisco volvieron a recalcar una autoridad jerárquica centralizada.

Incluso tras la adopción del nuevo Código de Derecho Canónico, la autoridad suprema residía en el Papa; la autoridad administrativa emanaba ostensiblemente del Papa, pero de hecho recaía por lo general en los cardenales y funcionarios de la Curia romana; la autoridad territorial correspondía a los obispos, y una limitada autoridad territorial recaía en los párrocos y sacerdotes. La participación de los laicos, tal como se experimenta hoy, queda sujeta a invitación y carece de autoridad definida sobre incluso la más pequeña de las decisiones relativas a una parroquia.

Un párroco próximo a jubilarse, consciente de la escasez de sacerdotes, sugirió al obispo que permanecería como párroco mientras mantuviera buena salud, siempre y cuando el obispo designara a un administrador laico para encargarse de los “asuntos comerciales” de la parroquia. El obispo se negó: si había un sacerdote, no se necesitaba un administrador laico.

Nuestros sacerdotes pertenecen a una orden misionera e intentan apoyar la participación laica, pero simplemente no conciben que los laicos estén “al mando”. En virtud de su ordenación, un sacerdote está casi siempre al frente de la parroquia o comunidad de culto, aun cuando un laico estuviera inmensamente más calificado. En todo caso, el jefe de un empleado de la Iglesia es, en última instancia, un varón ordenado. Sacerdotes más jóvenes o menos experimentados llegan para erigirse inmediatamente como “el jefe” en alguna capacidad (incluso sin ser el párroco). Los ordenados no solo se encuentran en una posición más segura que el personal estable, sino que además poseen automáticamente mayor autoridad que dicho personal.

Los laicos siempre deben “liderar desde atrás”, incluso si están inconmensurablemente más capacitados para encabezar una actividad.

Dentro de una estructura semejante (donde todo el poder reside en un sector reducido), los hábitos y comportamientos de quienes gobiernan encuentran escasos contrapesos para frenar los extremos. Su estructura permite que los líderes emitan decretos autoritarios en lugar de ensayar un discernimiento colaborativo o colegiado. El clericalismo ha brotado de esta estructura y ha acarreado consecuencias desastrosas; una de las más devastadoras ha sido la facilitación de los abusos sexuales del clero y su encubrimiento por parte de la jerarquía.

A veces, el daño infligido permanece oculto porque solo el sacerdote, el diácono o el personal implicado saben lo ocurrido; en otras ocasiones se oculta porque el impulso de evitar criticar o condenar a un clérigo se ha arraigado profundamente en los católicos, tanto clérigos como laicos.

Un hombre de unos 70 años admitió en el hospital local que, cuando era adolescente, el sacerdote de su parroquia rural había abusado sexualmente de él durante cuatro años. La medicación hospitalaria había disminuido sus inhibiciones, llevándoselo a confesar ante la capellana del centro. La capellana informó de inmediato al párroco católico local, quien a su vez avisó prontamente a la diócesis. El Director de Entorno Seguro elaboró un plan para informar a la comunidad de la parroquia rural sobre el “informe razonable” de que un sacerdote abusador había estado en la parroquia medio siglo atrás, con el fin de que otras posibles víctimas recibieran ayuda si la necesitaban.

El Vicario General se comunicó primero con el actual párroco de la parroquia rural para notificarle el informe. El sacerdote actual, que llevaba más de 35 años sirviendo en esa parroquia y conocía al depredador ya fallecido, se opuso al plan del Vicario General argumentando: “¿Para qué alterar a la parroquia por algo que pasó hace tanto tiempo? Quizás solo fue esta persona”.

El Vicario General hizo caso omiso de las objeciones del párroco. Cuando se informó a la comunidad de fe sobre el reporte, sobrevino un silencio que evidenciaba que el secreto no se limitaba a las víctimas; era un secreto conocido por más de unos pocos en la comunidad durante más de 50 años. Cinco adultos más se presentaron para hablar confidencialmente con el personal diocesano, manifestando que también habían sido abusados por el mismo párroco medio siglo atrás. Cada uno de ellos creía haber sido el único agredido sexualmente, y ninguno pensó que podía contárselo a sus padres ni a nadie más porque, de niños y adolescentes, creían que nadie les creería o que serían castigados por mentir.

Los padres de un joven de 25 años se disponían a salir de su casa para celebrar el 25.º aniversario de ordenación del sacerdote que había abusado de su hijo diez años antes. Antes de partir, el joven por fin reunió el valor para confesarle a sus padres lo ocurrido. Sus padres respondieron: “No pasa nada, hijo; te perdonamos”. Y luego se fueron a la celebración.

Estas son las clases de respuestas que, en última instancia, condujeron a tantos titulares sobre abusos sexuales del clero en este siglo. La supresión de denuncias, el secretismo y la atribución de culpas a las víctimas derivaron de la disfunción del clericalismo. La creencia ciega de que los sacerdotes no podían equivocarse —o de que, si lo hacían, la noticia de tal fallo jamás debía divulgarse— permitió que la corrupción se extendiera.

Pero existen asimismo otras consecuencias, incluidas aquellas que perjudican a los sacerdotes que se aíslan dentro de la cultura y las que dañan a nuestras comunidades de fe.

Jesús y sus discípulos modelaron un tipo de estructura muy diferente para la Iglesia, basada en el liderazgo de servicio. La forma imperial que conocemos hoy surgió de elecciones posteriores hechas por seres humanos.

Una jerarquía imperial en un mundo moderno

El sistema jerárquico de la Iglesia romana fue diseñado para dotar a una Iglesia naciente de una presencia autoritaria en el Imperio romano. Tuvo éxito en ese propósito y, a medida que la Iglesia crecía, adaptó esa misma estructura a una dimensión global. El desarrollo en el seno de la Iglesia de esta estructura jerárquica de carácter imperial romano alcanzó esencialmente su apogeo entre los siglos XIX y XX.

Cuando emergió el Concilio Vaticano II, lo hizo en una época en la que el mundo entero comenzaba a desmantelar las estructuras imperiales. En esa misma línea, el Concilio llamó la atención sobre el papel de los laicos y nos convocó a retornar a las raíces más tempranas de la Iglesia, hacia roles complementarios. Sin embargo, aunque el Vaticano II procuró “abrir una ventana”, no abordó directamente las estructuras históricas que la Iglesia había tomado prestadas de la antigua Roma. La separación entre clero y laicos persiste, al igual que el clericalismo que sostiene dicha cultura.

Hoy en día, nuestro sistema se asemeja mucho más a un reino feudal que a la comunidad de fieles de la Iglesia primitiva. La estructura eclesial favorece y respalda a los clérigos (caballeros, duques, reyes/monseñores, obispos, cardenales) —especialmente a aquellos elevados al rango de obispos— a expensas de todo el Pueblo de Dios.

Un sacerdote acudió a presidir la misa en una iglesia vecina y, al presentarse, le dijo a la congregación que él era el “Rey” de su parroquia y de su pueblo (el sacerdote hablaba en serio).

En una reunión del consejo pastoral, un nuevo párroco comunicó a sus miembros que no admitiría en el consejo a nadie que estuviera en desacuerdo con él. Les indicó que el Derecho Canónico establece que el párroco está al mando y que, por lo tanto, en todos los asuntos se hace lo que él diga. Cuando se le hizo notar que a veces la discusión puede aportar otras opciones u opiniones, dejó en claro que él elegiría a los miembros de su consejo y que no toleraría oposición alguna.

El personal parroquial debe aprender y utilizar la plataforma tecnológica elegida para la parroquia. No obstante, si un sacerdote de la parroquia se niega a utilizar dicha plataforma, se espera que la parroquia pague por una tecnología alternativa, aun cuando esta no sea compatible con el software parroquial.

En varias ocasiones hemos tenido un sacerdote que se negó rotundamente a cumplir una parte de sus obligaciones laborales. No se hizo nada al respecto porque los demás sacerdotes de la casa alegaron que tenían que convivir con él. Para realizar las tareas que el sacerdote rechazaba, el párroco contrató entonces a un laico sin contar con financiamiento para este personal adicional y sin reducir la compensación que el sacerdote y su orden religiosa recibían, una reducción que podría haber compensado los costos del trabajo que él ya no realizaba.

Cuando el clericalismo impera a todos los niveles, la expectativa es de control clerical, reconocimiento clerical y beneficio clerical, marginando a los laicos. Dentro de la jerarquía clerical, la expectativa continúa a medida que los sacerdotes se subordinan a los obispos, estos a la Curia y esta (supuestamente) al Papa en turno.

Sin embargo, esta centralización de autoridad, ya sea a nivel global o local, no constituye la mayor vulnerabilidad de la estructura actual de la Iglesia. Su debilidad principal radica en el intento de aplicar sensibilidades y culturas antiguas y medievales a un mundo del siglo XXI. Los habitantes del mundo actual son más educados, más móviles, tecnológicamente más empoderados y considerablemente más independientes que la población existente cuando se consolidó la estructura imperial romana. En siglos anteriores, el clero solía ser el sector mejor educado de la comunidad, con las bases más sólidas en teología, estudios bíblicos y liturgia; en las naciones modernas, los laicos con dichos títulos y formación superan habitualmente al clero. En épocas pasadas, se podía asumir que el clero resolvería todas las necesidades comerciales y administrativas de la parroquia; en las economías modernas, es el laico quien por lo general posee las destrezas y la capacitación requeridas para tales labores de gestión.

A pesar de estas realidades, el modelo del sacerdote como único “soberano” de una parroquia o diócesis persiste en la estructura eclesial. Quienes procuran adaptarse a prácticas más colegiadas rara vez obtienen apoyo continuo. Una parroquia donde el párroco alienta a los laicos a asumir roles de servicio adecuados y a aportar su visión a la vida comunitaria puede ver cómo esa práctica retrocede instantáneamente al método de “se hace lo que yo digo o te vas” en cuanto arriba un nuevo párroco. Si un obispo apoya los esfuerzos para desarrollar funciones más significativas para los laicos, el obispo sucesor puede abolir por decreto inmediato toda esa participación y exigir “exclusivamente clérigos” para los roles pastorales. La cultura de la Iglesia continúa cimentada en el supuesto de que las estructuras adoptadas en siglos pretéritos deben respetarse, incluso si no funcionan, para que la Iglesia lleve adelante su misión hoy.

Esta presunción equivocada se manifiesta de múltiples formas:

Una DER asistía a un curso de educación continua que resultaba inspirador y desafiante. Se lo comentó al diácono, animándole a sumarse al pensar que podría gustarle. Su respuesta fue que él ya había completado su formación para ser diácono y que esas clases eran para “gente común, no para alguien ordenado”. Añadió: “Voy cuando se me obliga por mandato y no necesito más educación”.

Un sacerdote visitante en una parroquia sin párroco pronunció una homilía en la que criticó a la comunidad por el estilo de su crucifijo, el de sus estatuas y el de su música. Tras la misa, comentó en la sacristía que el problema de esa parroquia era que las mujeres son conflictivas. La sacristana que lo había asistido antes de la misa era una mujer.

Un sacerdote local de una parroquia vecina acudió a concelebrar un funeral junto al párroco del lugar. Durante la misa exequial, el párroco fraccionó la hostia grande en partes durante la oración del Cordero de Dios. Acto seguido, entregó al sacerdote concelebrante una hostia consagrada idéntica a las destinadas a la congregación presente. Mientras el párroco elevaba el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor ante el pueblo, la mano del sacerdote concelebrante se extendió por detrás del párroco y cambió la hostia destinada a los fieles por un fragmento de la hostia grande que había sido partida. Resultaba obvio que el sacerdote concelebrante sentía que solo debía recibir la “comunión del sacerdote” y no el Pan ofrecido a los laicos.

La colaboradora laica que dirige el programa de confirmación juvenil no es invitada a la cena y reunión que el obispo solicita con los sacerdotes tras la confirmación, pero el ministro varón de liturgia y música siempre es invitado.

Desde el diácono que asume que su educación ha concluido por estar ordenado, hasta la presunción de que el sacerdocio confiere un criterio artístico superior, pasando por la marginación de los no ordenados (en especial las mujeres), el clericalismo incrustado en la estructura de la Iglesia daña a nuestras comunidades de fe. No es difícil hallar ejemplos explícitos:

Quince sacerdotes se reunieron en una parroquia local para su junta decanal mensual. El decano electo presentó un informe de la reunión anterior del Consejo Presbiteral acerca de un plan diocesano para que los párrocos fuesen evaluados por un grupo selecto de feligreses. Al compartir la vida parroquial con el párroco, dichos fieles aportarían su perspectiva para la evaluación del desempeño laboral del cura por parte del obispo. El decano solicitó comentarios. En mi opinión, el borrador parecía razonable y equilibrado en su enfoque; permitía la confidencialidad y requería retroalimentación sobre áreas clave del ministerio del párroco.

Tras la exposición de la herramienta de evaluación por el decano, un párroco de reciente nombramiento manifestó su oposición a la idea de consultar a los feligreses. “He dedicado ocho años de mi vida a la formación en el seminario para aprender lo que significa ser sacerdote —afirmó—. Soy responsable únicamente ante mi obispo. La gente de la parroquia no ha sido capacitada ni informada sobre cuáles son los deberes y responsabilidades de un sacerdote. Por lo tanto, no pueden realizar una evaluación adecuada de un sacerdote”.

La sala quedó en silencio. Ninguno de sus hermanos sacerdotes pronunció palabra, incluyéndome a mí. El decano pasó a otros puntos de la agenda. El borrador para la evaluación del párroco sigue siendo una simple “opción” dentro de la diócesis.

Quizás convenga insertar una nota en este punto para confirmar que todas las anécdotas leídas en este documento proceden de experiencias personales recientes de aquellos clérigos y laicos que compartieron sus historias con nosotros. No pertenecen al pasado; son vivencias de este siglo, salvo especificación en contra referida al siglo XX tardío. Representan lo que somos hoy como católicos, salvo en los contados reductos de iluminación donde el clericalismo se reconoce y se combate directamente.

El Papa Francisco condena reiteradamente este clericalismo.

Ha tomado medidas para consolidar la sinodalidad en la vida y el funcionamiento de la Iglesia como receta para reducir y eventualmente erradicar el clericalismo. Sin embargo, como pueblo, arrastramos siglos de cultura no examinada que refuerzan los hábitos y creencias que nos dividen entre “ordenados” y “otros”. Ninguna receta será eficaz a menos que enfrentemos las formas en que alimentamos el clericalismo y todos los modos en que este nos perjudica, seamos ordenados o no. El sistema feudal agoniza en medio de una gran tensión. Aceptar esta realidad es terapéutico para que pueda surgir una vida nueva.

Para despejar el camino hacia esa vida nueva, debemos examinar de qué manera el clericalismo perjudica incluso a quienes parecen beneficiarse de él, así como contrastar nuestra actual cultura clerical con la cultura de la comunidad cristiana concebida originariamente por Jesús y los Apóstoles.

El clericalismo obstaculiza el crecimiento y la gracia

Podría parecer, a primera vista, que quienes gozan de una autoridad y un puesto definidos mediante la ordenación obtienen todas las ventajas de una estructura eclesial favorable a los clérigos. No obstante, no debemos dar por sentado que el clericalismo daña exclusivamente a los laicos. Los propios sacerdotes sufren cuando el clericalismo limita su desarrollo hacia la madurez como seres humanos.

Todo ser humano está llamado a crecer y desarrollarse a medida que su vida transcurre. La gracia de Dios se concede a todos para que cada uno llegue a ser aquello a lo que Dios nos llama. Como cristianos, creemos que el Espíritu Santo actúa como auxilio y guía en este proceso de maduración. Los sacerdotes ordenados, ni más ni menos que los laicos, están sumergidos en la condición humana y deben buscar su maduración humana, psicológica y espiritual conforme a la voluntad de Dios.

A veces, el entorno cultural que rodea a una persona le otorga la libertad y los recursos para florecer, avanzando en la “santidad” o convirtiéndose más plenamente en aquello a lo que Dios le convoca. En otras ocasiones, el entorno cultural resulta tóxico para el crecimiento y desarrollo humano exigido por la gracia de Dios.

El ambiente cultural que engendra el clericalismo detiene o paraliza —resulta tóxico para— el desarrollo humano al generar un desequilibrio entre las tres identidades que maneja un sacerdote: ser humano, cristiano y ministro ordenado. Atrapado en la mentalidad del clericalismo, el sacerdote invierte estas prioridades. Como consecuencia, el ministerio que ofrece no responderá ni a las necesidades espirituales de la comunidad de fe ni a las suyas propias.

Crecer como persona

En su itinerario espiritual humano, los sacerdotes ordenados gestionan tres identidades:

  • “Soy un ser humano.”
  • “Soy un cristiano.”
  • “Soy un sacerdote ordenado.”

Las tres deben desarrollarse adecuadamente para permitir el ministerio del sacerdote y servir al Evangelio. Como reza el documento de la AUSCP sobre formación sacerdotal (2018): “Lo peculiar del Orden Sagrado radica en el llamado al servicio pastoral de las personas, a ser pastores-servidores de las ovejas de Dios. Estar arraigados en la Palabra de Dios, acogerla y vivirla, y mantener una relación personal con Jesucristo son los cimientos de ser cristiano y, por ende, de ser sacerdote en la Iglesia”.

“Soy un ser humano”: Seamos cristianos o no, laicos u ordenados, nuestra vida descansa sobre un fundamento humano. Los pensamientos espirituales y la comodidad con el lenguaje teológico pueden distinguir superficialmente al ministro ordenado de los demás, pero esa superficie sigue apoyándose en la misma base: él es un ser humano.

La labor pastoral exige que el ordenado abrace su humanidad, experimente sus propias vulnerabilidades y se sumerja en la vida pastoral para conocer mejor las realidades de su propia condición humana. No debe llevarlo a perder el contacto con sus propios dones humanos.

Un compositor, cantante e intérprete universitario con talento musical —graduado y con gran talento— ingresó al seminario para estudiar teología. En poco tiempo, el ambiente y la cultura del seminario fueron cercenando progresivamente su creatividad. Pronto se descubrió incapaz de tocar la guitarra, componer, cantar e interpretar. Nadie le ordenó que se detuviera; más bien, el clima distorsionado del seminario sofocó sus dones humanos. Su incapacidad para ejercer su talento persistió durante sus años de formación teológica. Afortunadamente, perseveró en sus estudios y, una vez fuera del seminario, situado en el entorno más humano de la vida y el ministerio parroquial, su espíritu creativo y sus talentos volvieron a la vida gradualmente.

El Jesús que encontramos en los Evangelios recorrió asimismo un camino de crecimiento humano. De adolescente, Jesús regresó a Nazaret desde el Templo de Jerusalén junto a María y José, volviendo a su hogar “donde crecía en sabiduría y en estatura”. Más tarde, habituado a las perspectivas judías del siglo I, Jesús se encontró con una mujer sirofenicia y con un centurión romano —ambos no judíos—, y aprendió que su misión trascendía los límites de su comunidad judía. Al vivir su misión, Jesús quebrantó las normas religiosas de la época que prohibían el contacto con prostitutas, publicanos, pecadores y leprosos. Vemos así en los Evangelios cómo el despliegue de su vida humana sacó a Jesús de los confines judíos convencionales, superando el comportamiento habitual de un rabino e introduciéndolo de lleno en la condición humana.

Incluso el Evangelio de Juan, que nos ofrece la cristología más desarrollada, presenta a Jesús como “el Verbo hecho carne”.

El Nuevo Testamento presenta asimismo a Jesús como Rey, Mesías, Rabino, Señor y nuestro Sumo Sacerdote; empero, antes de asumir esos roles, Jesús nace del polvo de la tierra, nacido de mujer.

A medida que Jesús de Nazaret crecía día a día, nuestro Señor Encarnado (semejante a nosotros en todo menos en el pecado) experimentó el despliegue de su propia conciencia humana. Al sumergirse Cristo en lo que significa ser plenamente humano, se convirtió en el medio de salvación para toda la humanidad.

El ministerio de un diácono, un sacerdote o un obispo se convierte igualmente en un signo sacramental cuando la ordenación y la humanidad son aceptadas y abrazadas en conjunto. Al igual que ocurrió con Jesús, la gracia de Dios penetra en la condición humana a través de la vida y el ministerio humanos del sacerdote.

“Soy un cristiano”: Los ministros ordenados son también cristianos, y el pensamiento del ministro ordenado debe situar su Bautismo como el cimiento sobre el cual descansa su ordenación.

Su ordenación es una disposición particular, dentro de la comunidad eclesial, de su condición de bautizado en Cristo. Por lo tanto, al servir a la comunidad de fe en el sacerdocio ministerial, el ordenado debe reconocer, valorar y celebrar la presencia diversa y poderosa de Cristo en la vida de los demás miembros bautizados del Pueblo de Dios.

Debería resultar liberador para un obispo, un sacerdote, un diácono o un laico contemplar la vida bautismal como cristiano como la base que define todos los roles dentro de la comunidad de fe. Debería ser liberador percatarse de que existen muchos otros miembros además de los ordenados que son alter Christus en toda clase de circunstancias.

¿Qué ministro ordenado, por ejemplo, no ha asistido a una persona moribunda pensando inicialmente que le está llevando a Cristo, para luego comprender que en ese instante es el moribundo quien se convierte en Cristo para el sacerdote?

Debería resultar liberador comprender que el papel de cristiano nos convoca a todos en una única y santa empresa, tal como se le recordó a un obispo:

Un obispo debió renunciar a su diócesis y, preocupado por la impresión que esto causaría, preguntó: “¿Qué debo decirle a la gente?”. La respuesta desde Roma fue: “¡Diles que la Iglesia pertenece a Cristo! El obispo abandona su cargo, pero el Cuerpo de Cristo sigue viviendo”.

“Soy un sacerdote ordenado”: En la primera mitad de la vida, los seres humanos crecen hacia afuera (“hacia el exterior”), consolidando sus identidades en el mundo. En la segunda mitad de la vida humana, somos desafiados a crecer hacia adentro (“hacia lo profundo”) de nosotros mismos. Las instituciones educativas otorgan diversos títulos, nos graduamos, obtenemos certificaciones, licencias u ordenaciones. Estos son mojones en el discernimiento externo hacia la vida.

Un joven que se pone en contacto con la oficina de vocaciones, completa una solicitud de ingreso a un seminario y realiza el trabajo y el discernimiento externo exigidos a un seminarista, debe dar respuestas a interrogantes tales como: “¿Quién soy yo en el mundo?” y “¿Cómo encajo en este mundo en el que estoy creciendo?”.

En el mejor de los casos, aprende que ser un buen sacerdote (diácono u obispo) exige poseer un arraigo encarnacional: ser alguien que vive en su humanidad y es consciente de ella. Asimismo, debe valorar el don de ser cristiano —un hijo adoptivo en la familia de Dios—. Por último, como tercera prioridad que debe edificarse sobre las dos primeras (ser un buen ser humano y luego un buen cristiano), debe descubrir con mayor profundidad lo que significa estar ordenado al servicio del Evangelio.

La autoafirmación de una persona ordenada no puede lograrse a costa de devaluar los roles que otros desempeñan dentro del Cuerpo de Cristo. Los ministros ordenados necesitan una comprensión clara y sana de quiénes son y qué función deben cumplir, pero siempre desde una actitud humilde hacia los demás ministerios y vocaciones dentro de todo el Cuerpo de Cristo.

El clericalismo frena el crecimiento humano

Cuando un sacerdote ordenado invierte sus prioridades, detiene o paraliza su desarrollo humano y se encamina hacia el clericalismo. Los cimientos de este fallo pueden comenzar con los laicos, en el hogar familiar. Las familias católicas suelen ensalzar la posición de un muchacho que manifiesta su deseo de ser sacerdote; este asume un papel semejante al de un hijo único, considerado merecedor de trato especial y elogios. ¿Cuántas historias con estos ingredientes podemos evocar?

Su madre lo bautizó poniéndolo sobre el altar y lo consagró para ser el sacerdote de la familia. De los ocho hijos (él era el séptimo), fue al que más atendió, aquel a quien todos declaraban “bueno”. Ingresó al seminario en octavo grado, pero se marchó a los dos años. Esto no complació a su madre, quien rezaba para que algún día regresara a su “verdadera vocación”. En su lugar, se enroló en el ejército, sirvió cuatro años, se casó y tuvo hijos. Estaba a mediados de los treinta cuando oyó por casualidad a su madre comentarle a sus hermanas que no entendía por qué no había muerto en Vietnam, dado que estaba convencida de que ese debía ser su destino en la familia al no haberse convertido en sacerdote.

Después de que “Sam” anunciara que iba a ser sacerdote, el vicario parroquial le permitió organizar a todos los monaguillos, dirigir a los sacerdotes visitantes y dar órdenes a todo el mundo. ¡Incluso le dijo a su propia madre que no era digna de comulgar! El muchacho tenía 16 años, vestía sotana todo el domingo y ni siquiera se había marchado al seminario todavía. A nadie en la congregación le pareció extraño. Su madre pregonaba ante todos cuán especial e importante era él.

Cuando un joven deja atrás la infancia y la adolescencia para ingresar a un seminario de formación sacerdotal, es probable que halle nuevos refuerzos de que es alguien especial y “elegido”. En lugar de crecer como humano/cristiano/sacerdote —visualizando su rol como el del servidor que atiende al pueblo de Dios—, el seminarista puede incorporar la noción de que merece estar segregado y ser valorado por encima de los demás, experimentando la validación constante de su “separación” y su “llamado superior”.

En su artículo de blog en Pray Tell: Worship, Wit & Wisdom (“Desafiando el clericalismo”, 2 de enero de 2019), el profesor Richard R. Gaillardetz sostiene que una “teología problemática” subyace a esta separación: “Podemos advertir el auge del clericalismo en el modo en que la enérgica insistencia de los ministros en una identidad clerical distintiva oscurece su solidaridad con todo el pueblo de Dios. Esta obsesión por una identidad clerical diferenciada se fundamenta, a su vez, en una teología problemática del Orden Sagrado”.

Dicha teología, prosigue, presupone una noción sumamente privatizada de la vocación sacerdotal:

Se desplaza con demasiada facilidad desde el sentido de la llamada divina hacia la aceptación individual de dicha llamada, pasando por alto por completo el necesario papel mediador de la Iglesia como el contexto en el que dicha llamada es discernida, evaluada y cultivada.

La formación en los seminarios contemporáneos inculca con demasiada frecuencia tales actitudes en quienes se preparan para el sacerdocio. Con el tiempo, dichas posturas dan pie a conductas clericales ofensivas para la gente, comportamientos que han contribuido significativamente a las crisis actuales en la Iglesia católica.

El sistema de los seminarios pretende fomentar el desarrollo humano de las personas destinadas al sacerdocio; sin embargo, fracasa con algunos, otros sobreviven como personas a pesar de él, y algunos emergen de esos años convertidos en clericalistas. Citando nuevamente el documento de la AUSCP sobre formación sacerdotal:

Nuestra percepción es que el modo en que el actual Programa de Formación Sacerdotal se ha implementado en muchos seminarios ha resultado, las más de las veces, en sacerdotes que no se ven a sí mismos como servidores de molde crístico para el pueblo de Dios. Tienden a articular su estatus empleando conceptos tales como “MI misa”, “MI sacerdocio”, “cambio ontológico en mi ser” y Alter Christus, de maneras contrarias a la comprensión conciliar (Vaticano II) de la llamada al servicio pastoral. El énfasis reiterado en tales nociones respalda una sensación de distancia, separación, elitismo, clericalismo, insensibilidad y superioridad, todo lo cual ha sido criticado por el papa Francisco. Estas actitudes socavan el ministerio de servicio pastoral al que el sacerdote es llamado.

El foco puesto en la gobernanza sacerdotal durante la formación, más que en el servicio y en el énfasis en el gobierno por encima de la colegialidad, fueron características advertidas por dos exprofesores de seminario, C. Colt Anderson y Christopher M. Bellitto (“La reforma que los seminarios necesitan: Fiebre escarlata”, Commonweal, 8 de abril de 2019):

Los seminaristas saben que, dada la escasez de sacerdotes en Estados Unidos, transcurrirá poco tiempo tras su ordenación para que asuman como párrocos una comunidad propia. Escuchábamos frecuentemente en el comedor conversaciones que reflejaban esto: “Cuando sea párroco, voy a poner mi lugar en el mapa”. Oíamos muy pocas menciones al servicio, al liderazgo compartido, a las relaciones colegiadas con los consejos parroquiales o a potenciar los talentos de los feligreses. Resultaba evidente que la parroquia pertenecía al párroco y no a la gente. En una ocasión, el cardenal Francis George explicó a un grupo de seminaristas en Chicago que el papa Benedicto XVI subrayaba que el rol del sacerdote y del obispo era gobernar, no liderar. Esto no tenía nada de inusual: a los seminaristas se les inculca un mensaje constante: su papel es gobernar sobre los laicos y los consagrados en virtud de su cambio ontológico en la ordenación, no como fruto de su virtud, su conocimiento o su conducta ejemplar. Se les entrena para ser jefes autocráticos, no líderes servidores.

La merma del servicio pastoral puede generar otra forma debilitante de clericalismo, aquella dirigida contra otros sacerdotes. La observancia estricta de protocolos y el conformismo rígido han producido clérigos que consideran su deber “corregir” a cualquier colega que consideren menos riguroso en la observancia de los rituales que la impartida en su propia formación.

Un seminarista en su año de diaconado fue asignado a una parroquia católica progresista y vibrante. Con frecuencia criticaba al párroco porque este no se ceñía estrictamente al texto literal del Misal Romano. El párroco también llevaba a cabo una imposición mensual de manos, posterior a la comunión, para quienes deseaban recibir una bendición. El seminarista se quejaba de que tales prácticas no correspondían a lo que le habían enseñado en el seminario.

El seminarista comentaba a otros que prefería una parroquia con apenas uno o dos feligreses que fueran católicos firmes y devotos recitadores de oraciones, antes que una iglesia colmada de gente que no demostrara solidez en sus compromisos y hábitos piadosos católicos. Si alguien en una parroquia bajo su mando experimentaba problemas, publicaría horarios de oficina fijos para que acudieran a solicitar ayuda.

El párroco había atendido en solitario una parroquia de dos sacerdotes durante 11 meses, por lo que acogió calurosamente la llegada de un nuevo vicario parroquial. Poco después, el párroco invitó al vicario a concelebrar la misa con él en el gran hogar de ancianos local. El vicario declinó con diversas excusas; ante la insistencia del párroco, dijo que asistiría y se sentaría con los residentes, pero que no concelebraría la misa. Intrigado, el párroco le preguntó el motivo. El vicario explicó que su conciencia le impedía concelebrar porque el párroco modificaba ocasionalmente algunas palabras del Misal Romano al celebrar. Por consiguiente, el vicario consideraba que la concelebración constituía un sacrilegio y un pecado.

Cuando el párroco expresó su estupor ante tal afirmación, el vicario intentó tranquilizarlo diciendo que él también había corregido a un obispo por emplear palabras incorrectas, y que el obispo se lo había agradecido (el párroco se preguntó si el obispo habría sido sincero).

Cuando el recién ordenado transita sus primeros años de ministerio, suele concebir sus prioridades de este modo: primero, ser un buen sacerdote (o diácono); segundo, ser un buen cristiano; y tercero, poseer una conciencia exacta de su humanidad, es decir, de su condición de miembro del género humano. Cuando este orden de prioridades se mantiene inalterado —invirtiendo así las prioridades fundamentales para el desarrollo y crecimiento humano—, el sacerdote debilita o ignora su propia humanidad.

No obstante, cuando el desarrollo humano y espiritual madura en la vida de un ordenado, el orden de prioridades se ajusta debidamente: primero, soy una buena persona; segundo, soy un buen cristiano; tercero, soy un buen sacerdote. Quienes poseen mayor experiencia pastoral intentan corregir los baches en este reajuste necesario, como muestra el ejemplo siguiente:

El arzobispo de una gran diócesis metropolitana observó que algunos de los recién ordenados estaban oficiando su primera misa en latín en lugar de inglés. Su alarma aumentó al ver una fotografía brillante de un seminarista próximo a ordenarse que había posado vistiendo sotana, capa, bastón y birrete. El obispo llamó al seminarista para indicarle que no volviera a vestirse así y que suspendiera la distribución de tales imágenes. El arzobispo confesó su preocupación acerca de lo que subyacía al comportamiento de dicho seminarista.

A falta de correctivos enérgicos frente al clericalismo emergente, sin embargo, un sacerdote puede asumir que, una vez ordenado, dispondrá de todo lo necesario para su autorrealización. A medida que el clericalismo infla el poder de ese sacerdote, este puede distorsionar o incluso rechazar las buenas prácticas pastorales y cortocircuitar su propio crecimiento humano, desequilibrando sus prioridades.

Un párroco le dijo a un grupo de muchachos de secundaria que, si deseaban conducir buenos automóviles, tomar vacaciones lujosas y vestir ropa costosa, debían hacerse sacerdotes al crecer. A continuación, les mostró su nuevo Cadillac y sus zapatos Gucci.

Un párroco afirma reiteradamente: “Me encanta ser sacerdote”. Sin embargo, el mismo sacerdote deja saber que le disgusta: las misas dominicales demasiado tempranas o demasiado tarde; confesar; realizar visitas hospitalarias; reunirse con parejas que se preparan para el matrimonio; asistir a juntas administrativas o de comisiones. Ama su estatus de sacerdote, no las obligaciones de párroco.

La primera carrera profesional de este sacerdote fue inestable e insatisfactoria; trabajó como ingeniero para una compañía tecnológica. Convertirse en sacerdote ordenado le pareció una opción mejor. Ingresó al seminario, aprendió las reglas y la “tecnología” asociada al oficio sacerdotal y fue ordenado. No obstante, en su labor pastoral observaba a personas que, a su juicio, no se tomaban “lo católico” con la seriedad suficiente. Se volvió propenso a juzgar con rapidez y estallaba en cólera contra individuos que, según él, no “actuaban como católicos” de manera correcta. Sus reacciones y el estrés del entorno pastoral generaron en él una profunda crisis personal.

Los feligreses atendidos por cada uno de estos sacerdotes probablemente se verán distraídos de sus propios caminos de crecimiento espiritual, a menos que logren ignorar o sortear los obstáculos interpuestos por sus curas.

La salud del sacerdocio ministerial y del diaconado, así como la de toda la Iglesia, nos exigen denunciar el clericalismo por sus fallas, no solo en la atención al conjunto del Pueblo de Dios y en la obstrucción de la comunidad colegial de los fieles, sino también en el modo en que estanca o paraliza el crecimiento psicológico, humano y espiritual de los ministros. Es una actitud tóxica para los ordenados y para la vida de la Iglesia, y dista mucho de ser el camino que Jesús indicó a sus seguidores.

El sacerdocio desde el principio: ¿Qué pretendió Jesús?

Los seguidores más tempranos de Jesús lo consideraban como el reemplazo del Templo mismo, incluyendo el culto centrado en el Templo y el sacerdocio que en él oficiaba. Jesús afirmó explícitamente este reemplazo: ni él instituyó una casta clerical provista de privilegios y prerrogativas, ni tampoco lo hicieron sus primeros discípulos.

Jesús de Nazaret era judío, miembro de la tribu de Judá. De dicha tribu procedían los reyes de Israel, figuras como el rey David. Como descendiente davídico, Jesús pertenecía a este linaje real. En cambio, todos los sacerdotes de Israel provenían de la tribu de Leví, la estirpe tanto de Moisés como de su hermano Aarón. Una vez que Yahvé instruyó a Moisés para designar a Aarón como sumo sacerdote de Israel, todos los sumos sacerdotes israelitas fueron levitas, al igual que los demás funcionarios dedicados al culto del Templo.

Jesús no guardaba relación alguna con esta casta sacerdotal levítica. Si bien acudía a rendir culto al Templo como un fiel judío, no era un sacerdote al servicio de este; con toda probabilidad, Jesús formaba parte de los fariseos: un laico piadoso, instruido y practicante.

Tampoco existe indicio alguno en los Evangelios de que aquellos a quienes Jesús congregó como sus discípulos más cercanos tuvieran vínculos con el Templo o con los sacerdotes que allí operaban. Tal como Jesús plasmó en su ministerio público, convocó a sus discípulos a ser mensajeros, apóstoles y pregoneros de la buena nueva.

Jesús dio inicio a un movimiento de discípulos misioneros a los que advirtió que preservasen la sencillez y la humildad que él mismo encarnaba. Les prohibió aceptar títulos formales tales como “Rabí” o “Padre”. Los capacitó para sanar en ocasiones, pero les previno de adquirir una noción enaltecida de sí mismos como seres especiales dotados de poderes exclusivos.

Tampoco legó Jesús un compendio de deberes sacerdotales; en su lugar, transmitió a sus discípulos unos pocos mandamientos nucleares: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo. Instruyó a sus discípulos más íntimos a imitarle en su condición de alguien que vino a servir y no a ser servido, lo cual demostró lavándoles los pies durante la Última Cena. La llamada y el papel de los apóstoles desde los inicios diferían radicalmente de los sacerdotes que oficiaban en el Templo.

La Carta a los Hebreos presenta a Cristo Resucitado como Sumo Sacerdote, pero de un tipo singular: sacerdote según el orden de Melquisedec. Melquisedec es una figura de carácter mítico en las Escrituras, oscura pero simbólica, mencionada en contadas ocasiones. Dicha referencia establece un contraste con los sacerdotes del Templo que oficiaban según el orden levítico. La Carta a los Hebreos, redactada hacia finales del siglo I d. C., empleó esta analogía para ayudar a los familiarizados con la tradición sacerdotal israelita a comprender que el sumo sacerdocio de Cristo Resucitado sustituía a la antigua tradición sacerdotal judía.

Como “sacerdote según el orden de Melquisedec”, el Señor resucitado no estaba atado a un templo específico, sino que se encontraba con las personas “en el campo”, del mismo modo que Melquisedec ayudó a Abraham a invocar al Dios que lo llamó y le aseguró que Dios era un agente activo en su existencia. En lugar de ofrecer sacrificios rituales en el Templo de Jerusalén como hacían los sacerdotes levitas, Jesús de Nazaret empleó su propia presencia, tiempo y talento “sobre el terreno”. Su ministerio público discurrió de un lugar a otro, ayudando a las personas a conocer a Dios como un Padre amoroso y misericordioso.

El sacerdocio de Melquisedec condujo a Abraham hacia el Dios Altísimo; la personalidad y el sacerdocio de Cristo Resucitado nos conectan con Dios en calidad de Padre amoroso. Siempre que reflexionemos o hablemos sobre el sacerdocio de Jesús resucitado, debemos concebirlo definido por el “orden de Melquisedec”.

Durante la Última Cena, Jesús identificó el sacrificio que ofrecía como el sacrificio de sí mismo: una sola vez, para siempre y por todos. Proveedor de una profunda imaginería ritual para este sacrificio, se identificó con el pan partido y el vino vertido. Estaba entregando su vida corporal por ellos: Este es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Estaba derramando su sangre vital por ellos: Este es el cáliz de mi sangre, sangre de alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por todos. Los discípulos debían unir sus vidas a la vida de su cuerpo y su sangre ofrecidos en sacrificio por la humanidad.

La participación ritual en su cuerpo y su sangre vino acompañada de la orden de “hagan esto en memoria mía”, para que los discípulos recordasen lo que Jesús encarnaba y participasen de ello. Ellos debían también entregar sus vidas, corporizando su existencia en el servicio. Ello comprendía aceptar “la cruz” tal como el propio Jesús lo hizo. Los discípulos habrían errado el blanco si se hubieran limitado a ejecutar el ritual desvinculándolo de sus propias existencias; habrían fallado en cumplir sus mandamientos nucleares: amar a Dios, amar al prójimo y entregar la vida en el servicio. Como enfatiza la Carta a los romanos:

Ofrezcan sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es su culto espiritual. Que el amor sea sincero; ándense en caridad fraterna unos con otros, adelantándose en estimarse mutuamente; no sean altivos, sino empátense con los humildes. (Romanos 12:1, 9-16, extractos).

Evolución del sacerdocio y surgimiento de los “laicos”

Desafortunadamente, en los siglos posteriores a la redacción de la Carta a los Hebreos, la tradición del sacerdocio del Templo judío y la de los templos paganos romanos cooptaron la comprensión bíblica de Jesús resucitado como sacerdote según el orden de Melquisedec. A lo largo de un período de tres centurias, los ancianos de los discípulos misioneros enviados por Jesús pasaron a ser considerados una casta especial de sacerdotes y supervisores.

Su estatus especial se vio acrecentado cuando el emperador Constantino legalizó el cristianismo. Posteriormente, cuando un emperador posterior declaró el cristianismo como religión oficial del Imperio, el rango de los obispos y sacerdotes se elevó aún más: se convirtieron en “clérigos”, dignatarios reconocidos dotados de autoridad cívica e imperial.

Las decisiones de adoptar los atributos imperiales tal vez respondieron a las necesidades de la Iglesia primitiva y sin duda facilitaron la expansión del cristianismo. Empero, con el tiempo, este estatus clerical, inaugurado con propósitos cívicos e imperiales, produjo un resultado humano previsible: muchos clérigos comenzaron a comportarse como personas que “se enseñoreaban” de quienes no lo eran, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Finalmente, la singularidad de sacerdotes y obispos no solo se integró en la ley civil, sino que, en la enseñanza eclesial del siglo XII, fue ratificada por el sacramento del Orden Sagrado. Hacia el año 1200, la Iglesia cristiana constaba de dos grupos diferenciados: el clero y aquellos que no lo eran, los “laicos”. Los clérigos aseguraron el control sobre la comunidad, la asamblea del pueblo de Dios.

La persistencia de una cultura de gobernanza imperial romana continúa vigente hoy en día. Se manifiesta cuando las aportaciones y la participación de los laicos son marginadas o ignoradas. Las mujeres, en particular, descubren que sus contribuciones se consideran menos relevantes que las de los ordenados.

La gerente laica de la comunidad de fe señala que su labor, por sobresaliente que sea, pasa desapercibida porque el padre se lleva todo el mérito. El peor ejemplo ocurrió durante la bendición episcopal de las obras de arte de la capilla. La gerente había estado profundamente involucrada durante dos años en la campaña de capital para recaudar fondos destinados a la renovación de la capilla y el arte del presbiterio, colaborando luego en la convocatoria de un concurso nacional de diseños, organizando los proyectos presentados y supervisando la selección de dos artistas. Finalmente, coordinó el trabajo de los artistas y de múltiples gremios y voluntarios para la producción y colocación final de las piezas de arte. Sin embargo, en la misa de dedicación, el obispo agradeció nominalmente a cada sacerdote presente, incluidos los curas visitantes que no habían tenido relación alguna con lo realizado. A pesar de que el párroco sentó a la gerente junto a los sacerdotes y le había comunicado al obispo el papel desempeñado por ella, el prelado no le dedicó el menor reconocimiento.

El nuevo obispo que arribó a mediados de los años ochenta gozaba de reputación como líder ecuménico, defensor de los derechos civiles y prelado de vanguardia. Tras su llegada, organizó misas y recepciones en numerosas parroquias para conocer a la gente “cara a cara”. La a la que asistí era colosal, con cientos de personas aguardando saludarlo al término de la misa. Noté que, conforme cada persona avanzaba en la fila, el obispo extendía su mano derecha con la palma hacia abajo, de modo que el anillo episcopal quedaba prominente y accesible para ser besado. Una señora, tras besar el anillo, retuvo su mano y le expresó su deseo de que fuera tan abierto y comprensivo como le habían comentado, manifestando su malestar por la posición de la mujer en la Iglesia, donde no se la respetaba y se la trataba como ciudadana de segunda clase, entre otras cosas. Tras unos cinco minutos, el obispo retiró su mano con suavidad y le dio una palmada en el hombro. “Llevas un vestido encantador esta tarde”, le dijo, mientras su asistente la apartaba y avanzaba el siguiente en la fila.

Mientras al personal laico se le exige apertura a la evaluación y a la retroalimentación, los seminaristas y sacerdotes están exentos de tal expectativa. La única evaluación considerada válida es la del obispo en turno o la de otro supervisor clerical. Algunos sacerdotes sostienen abiertamente que un laico no posee la cualificación necesaria para evaluar a un cura párroco. Dicha presunción se extiende a que ni el personal ni la congregación tienen voz en la selección de un nuevo sacerdote o párroco.

Hoy en día no resulta infrecuente escuchar relatos de esta índole. Esta vivencia del clericalismo —ya sea que articulemos cada manifestación de sus múltiples tentáculos o que simplemente percibamos que “algo no marcha bien” en la Iglesia— subyace en la mayoría de los problemas que diagnosticamos en el seno eclesial.

Estrategias para abordar el clericalismo

Desafortunadamente, el clericalismo infecta también algunas de las soluciones propuestas hoy para mitigar los problemas de la Iglesia. Algunos clérigos —y también laicos— creen que el cumplimiento estricto de las normas, la vigilancia de los rituales y la purga de quienes no comparten su misma visión eclesial devolverán de algún modo la “santidad” a la institución.

Un párroco fue asignado a una nueva parroquia que era dinámica y participativa. Se trataba de su primer destino como párroco. Insistió en que todas las liturgias, servicios y espacios de oración se ciñeran estrictamente al Misal Romano; no había cabida para tradiciones parroquiales ni experiencias de oración dirigidas por laicos. Disolvió el comité de liturgia; obligó a dimitir a la experimentada y muy querida DER y contrató a una amiga suya sin experiencia en ministerio parroquial, ordenando además que la parroquia sufragara íntegramente los costos de la formación de la nueva DER. Forzó la jubilación del director de finanzas y contrató a un contable al que planeaba adoctrinar bajo sus propios métodos. Esto fue solo el principio de sus numerosos cambios para reformar la parroquia y convertirla en su comunidad “ideal y correctamente funcional”. La iglesia, que antaño era vibrante, activa y rebosante de fieles, comenzó a marchitarse bajo su estilo de liderazgo basado en “yo soy EL sacerdote y aquí se hace lo que yo digo o te vas”.

Con el tiempo fue trasladado a otra iglesia, pero el daño infligido a la parroquia ya estaba hecho. Los resultados de su clericalismo generaron división e ineficacia pastoral. Muchos de los feligreses comprometidos se marcharon, los ministerios se redujeron drásticamente, el consejo parroquial quedó reducido a un títere y solo un puñado de fieles leales permanece comprometido con revitalizar la vitalidad impulsada por el Espíritu que alguna vez existió en la parroquia. El clericalismo impuesto por la fuerza ha derivado en una comunidad doliente.

Un matrimonio preguntó a un párroco si les celebraría una misa por su 40.° aniversario de bodas. Para su enorme sorpresa, el sacerdote les inquirió si seguían manteniendo relaciones sexuales, señalando que la esposa era posmenopáusica. Ante la respuesta afirmativa, el párroco sentenció que no oficiaría ninguna misa, argumentando que las relaciones sexuales solo debían practicarse cuando existiera la posibilidad de concebir un hijo. La pareja celebró su aniversario en otro lugar.

En su primera misa dominical, un nuevo párroco anunció a la congregación que esperaba permanecer allí durante 30 años y que habría cambios inmediatos: lo que no figurara en el Misal no se realizaría, sin excepciones ni modificaciones mínimas.

Un hombre se acercó a recibir la Sagrada Comunión. El sacerdote colocó la hostia en la mano abierta del comulgante. Tras reconocerlo y recordar que se hallaba en una situación matrimonial “irregular fuera de la Iglesia”, el sacerdote le arrebató violentamente la hostia de las manos. Varios feligreses abandonaron la parroquia a causa de este comportamiento.

Asimismo, escuchamos posturas que sostienen que una Iglesia más pequeña, integrada por unos pocos creyentes firmes, será preferible a una Iglesia universal que acoge a todos. Un obispo sintetizó esta idea al acoger la perspectiva de una Iglesia menguante: “Jamás debemos temer a una Iglesia más pequeña y ligera si sus miembros son también más fieles, más celosos, más misioneros y más comprometidos con la santidad…”. Este concepto se repite con frecuencia en círculos católicos conservadores.

O bien escuchamos, por parte de quienes están hartos de los problemas perceptibles en la Iglesia, que desechar todo ritual y todo clérigo “purificará” la institución. Sin embargo, cada persona bautizada necesita la afirmación y el apoyo de su comunidad de fe para “crecer en Cristo”, incluidos aquellos cuyo ministerio ordenado especializado sirve a la salud y el bienestar de la comunidad eclesial. Del mismo modo, quienes desempeñan el ministerio ordenado precisan de una cultura clerical que, cuando sirve rectamente a la Iglesia, les capacite con mayor claridad para entregar sus vidas (corporizar a Cristo con su existencia) en el servicio.

Ninguno de estos dos extremos —una Iglesia reducida y exclusivista, o una comunidad acéfala y carente de clero— es lo que pretendió Jesús, el Señor resucitado, único y sumo sacerdote del cristianismo, sacerdote según el orden de Melquisedec.

Una alternativa preferible a estos extremos es la sinodalidad, una preferencia del Papa Francisco al adoptar medidas que podrían devolver a la Iglesia actual el estilo de vida y gobernanza recomendado por el Concilio Vaticano II. Al tiempo que aboga por poner fin al clericalismo y a los factores que lo propician, el Papa Francisco ha aprobado una nueva constitución para el sismo de los obispos y ha instado a la adopción en toda la Iglesia de la sinodalidad como modo operativo de abajo a arriba —del papado a la parroquia, del obispo al feligrés, incluyendo a todos los jerarcas y clérigos intermedios—. Michael Sean Winters explicó recientemente este concepto (columna “Distinctly Catholic”, National Catholic Reporter, 13 de marzo de 2019):

«La sinodalidad va mucho más allá de las meras estructuras; se trata de escucharnos mutuamente. La sinodalidad exige que no busquemos “ganar” una discusión sobre lo que la Iglesia debe hacer, sino buscar juntos la moción del Espíritu y avanzar unidos, siempre unidos… La sinodalidad trasciende con creces un mero modo diferente de tomar decisiones; consiste en dejar atrás las conductas infantiles y convertirnos en discípulos cristianos adultos. Lleva adelante la visión y la eclesiología del Vaticano II y, lo que es más importante, de los Evangelios».

La sinodalidad concebida por el Papa Francisco comprende cambios estructurales profundos en los procesos eclesiales, empezando por el Vaticano, donde ha integrado a personas laicas —hombres y mujeres— en roles sustantivos. El Sínodo sobre los Jóvenes de 2018 incluyó a laicos con derecho a voto, lo cual supuso otro paso adelante. En la reunión de 2019 de las conferencias episcopales mundiales sobre abusos sexuales a menores y su encubrimiento, el Papa Francisco exigió a los obispos escuchar a los laicos hablar sobre las realidades del abuso sexual dentro de la Iglesia.

El pontífice afronta una fuerte oposición en esta tarea, y no cabe duda de que llevará tiempo romper el muro de la dominación jerárquica y transformar la cultura clerical imperante. Los cambios duraderos exigen también el respaldo de todos los bautizados —del clero y, muy especialmente, de los laicos— si es que la Iglesia ha de sostener tales iniciativas en lugar de retroceder hacia una estructura eclesial que excluya la participación significativa de todos los bautizados.

Conclusión

Nuestro propósito ha sido despertar la conciencia de los lectores frente a las expresiones del clericalismo y sus problemáticas. El clericalismo traiciona las enseñanzas de las Escrituras e ignora las mejores prácticas de los primeros tres siglos de fe y vida cristiana. Tanto los clérigos como los laicos pueden verse afectados por esta dolencia, y a menudo ambos desconocen que sus modos y maneras, su autocomprensión y su sentido del ministerio se han apartado profundamente del ejemplo de Jesús.

Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones las gobiernan como amos absolutos y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea su esclavo. Del mismo modo que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos». (Mateo 20:25-28).

Únicamente en y a través de Jesús, el Señor resucitado, los bautizados se convierten en sacerdotes, profetas y reyes. El “sacerdocio” de los laicos y de los ordenados existe para imitar y conformarse a Cristo, y no debe ser distorsionado por la enfermedad del clericalismo. Todos debemos “tener entre nosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, buscando cada cual no su propio interés, sino el de los demás”. (Filipenses 2:5, 4).

El Papa Francisco aconseja raudamente a los miembros de la Iglesia practicar el “diálogo, diálogo, diálogo”. ¿De qué sirven las “muchas partes” de un solo cuerpo de Cristo si no se relacionan con respeto y apertura, discerniendo conjuntamente hacia dónde quiere el Espíritu de Dios guiar a la Iglesia en este siglo XXI? Cada miembro de nuestra comunidad eclesial mundial puede aportar su grano de arena para transformar la cultura tóxica del clericalismo.

Mientras el Papa Francisco combate el clericalismo a nivel macro, quienes nos encontramos en las bases tenemos un arduo trabajo por delante a nivel micro. Con suerte, obtendremos una Iglesia menos romana, pero infinitamente más católica y guiada por el Espíritu.

Que comience el diálogo y que sus frutos nos conduzcan hacia un cambio perdurable.

©2019 Association of U.S. Catholic Priests – Página 28 de 29

Recursos consultados

  • Anderson, C. Colt y Christopher M. Bellitto. “The Reform Seminaries Need: Scarlet Fever”. Commonweal, 8 de abril de 2019.
  • Asociación de Sacerdotes Católicos de EE. UU. (AUSCP). “Preparing the Sixth Edition of the Program for Priestly Formation: Five Overriding Concerns”. 25 de enero de 2018.
  • Baldovin, John F., S.J., et al. “To Serve the People of God: Renewing the Conversation on Priesthood and Ministry”. Origins 48, n.º 31 (27 de diciembre de 2018): 484-493.
  • Bonnot, Rev. Bernard R. (2018). Jesus as Priest. Manuscrito presentado para su publicación.
  • Cozzens, Donald B. The Changing Face of the Priesthood. Liturgical Press, 2000.
  • Faggioli, Massimo. “Legacy and Potential”. Filmado el 6 de octubre de 2018 en la Conferencia Nacional de VOTF en Providence, RI.
  • Francisco (Papa). “Carta del Santo Padre Francisco al Pueblo de Dios”. Ciudad del Vaticano, 20 de agosto de 2018.
  • Gaillardetz, Prof. Richard R. “Challenging Clericalism”. Blog Pray Tell: Worship, Wit & Wisdom, 2 de enero de 2019.
  • Slatter, Rev. Mark. “Clerical identity crisis: Flock and pasture can’t tell shepherd who he is”. National Catholic Reporter, 11 de marzo de 2019.
  • Wilson, George, S.J. Clericalism: The Death of Priesthood. Liturgical Press, 2008.
  • Voice of the Faithful. “Clerical Culture Among Roman Catholic Diocesan Clergy”. Needham, MA: Voice of the Faithful, Inc., 2013.
  • Winters, Michael Sean. “Sixth Year May Go Down as the Most Decisive in Francis’ Papacy”. National Catholic Reporter, 13 de marzo de 2019.

Traducido del original por Catolic.ar

ORACIÓN DEL LAICO

que espera y actúa. . .

Oración del Laico

Señor Jesús,

Vengo ante Ti sin título que me preceda, sin mitra que me cubra.

Vengo solo con el agua de mi bautismo, todavía fresca en el alma, y la certeza —tuya, no mía— de que ese agua me hizo sacerdote, profeta y rey en Ti, aunque el mundo, y a veces la propia Iglesia, prefiera no recordármelo.

Estoy cansado de las promesas que no se convierten en camino, de las palabras amables que no comprometen nada.

Pero no quiero que ese cansancio se endurezca en amargura, porque sé que la amargura no ilumina a nadie, ni siquiera a mí.

Dame la fortaleza de seguir diciendo la verdad aunque nadie la agradezca hoy.

Dame la paciencia de Catalina, que confrontó a un Papa sin dejar nunca de amarlo.

Enséñame a distinguir siempre a la Esposa que amo de los hombres frágiles que a veces la administran mal, para que el desencanto con los segundos no me robe jamás el amor a la primera.

Tú, que llamaste amigos a pescadores y publicanos antes que a doctores de la ley: recuérdame que el sensus fidei que pusiste en mi pecho no es una metáfora piadosa, sino un don verdadero, y que callarlo por comodidad sería devolvértelo sin haberlo usado.

Dame el coraje de decir lo que veo, con la caridad de decirlo bien — que mi palabra edifique, aunque a veces deba primero señalar la grieta.

Si en este camino me toca estar solo, que no esté solo del todo: pon a mi lado a los que, como yo, no se resignan ni se envenenan.

Y si por ahora no aparecen, que me baste tu compañía, porque donde uno solo insiste en tu nombre con el corazón limpio, ya estás Tú.

No te pido que allanes mi camino.

Te pido solo que no se me apague la Esperanza, esa que es virtud tuya y no simple optimismo mío — la certeza de que la verdad dicha con amor, aunque tarde, nunca se pierde del todo.

Toma, Señor, esta vida laical que te ofrezco entera: mi trabajo, mi palabra, mi persistencia.

Y si algo de lo que hoy siembro llega a ser piedra viva de tu Iglesia, que sea solo para tu gloria, nunca para la mía.

Amén.

©Catolic

CAMINO APARECIDA

UNA PARROQUIA EN ESTADO PERMANENTE DE MISIÓN

Propuesta de conversión pastoral, renovación misionera y acción concreta para una comunidad parroquial

MIRAR · ESCUCHAR · DISCERNIR · CONVERTIR · SALIR · ENCONTRAR · ACOMPAÑAR · FORMAR · ENVIAR


PRESENTACIÓN

Esta propuesta nace de una pregunta sencilla pero decisiva:

¿Qué tendría que cambiar en nuestra manera de vivir la parroquia si realmente quisiéramos asumir el llamado de Aparecida a ser una Iglesia decididamente misionera?

No se trata de juzgar lo que existe, desconocer el trabajo realizado durante años ni crear nuevas estructuras por el simple hecho de crearlas.

Tampoco se trata de hacer más actividades.

Se trata de algo más profundo:

revisar si todo lo que hacemos, todo lo que somos y todas las estructuras con las que contamos están ayudando efectivamente a que las personas encuentren a Jesucristo, entren en una comunidad, crezcan como discípulos y se conviertan a su vez en misioneros.

Aparecida planteó una afirmación que sigue siendo un desafío concreto:

pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera.

La propuesta, por lo tanto, no es un programa cerrado.

Es un camino de conversión pastoral que deberá ser discernido por el párroco y la comunidad, adaptado a la realidad concreta de la parroquia y articulado con la diócesis.

Su propósito es ayudar a pasar de las buenas intenciones a un proceso concreto.


I. EL PUNTO DE PARTIDA: NO ES HACER MÁS, ES MIRAR DE OTRA MANERA

Una parroquia puede tener:

  • Misas.
  • Catequesis.
  • Sacramentos.
  • Grupos.
  • Movimientos.
  • Cáritas.
  • Pastoral social.
  • Actividades con jóvenes.
  • Visitas a enfermos.
  • Formación.
  • Celebraciones.
  • Comunicación.
  • Acciones solidarias.
  • Personas que trabajan generosamente.

Todo eso tiene valor.

Pero una parroquia misionera necesita hacerse una pregunta que atraviese todo lo anterior:

¿Todo esto está ayudando a llevar a las personas al encuentro con Jesucristo?

Y después debe hacerse otras preguntas todavía más incómodas:

  • ¿Quiénes participan habitualmente?
  • ¿Quiénes dejaron de participar?
  • ¿Quiénes nunca llegaron?
  • ¿Qué personas viven alrededor de la parroquia y prácticamente no tienen contacto con ella?
  • ¿Qué familias conocemos realmente?
  • ¿Qué saben nuestros jóvenes de la Iglesia?
  • ¿Qué preguntas llevan dentro?
  • ¿Qué personas sufren en silencio?
  • ¿Qué personas buscan a Dios sin saber cómo acercarse?
  • ¿Qué personas se alejaron por heridas, decepciones o indiferencia?
  • ¿Qué nuevas realidades sociales y culturales todavía no estamos viendo?
  • ¿Qué hacemos simplemente porque siempre se hizo?
  • ¿Qué actividades producen vida?
  • ¿Cuáles se mantienen solamente por inercia?
  • ¿Qué personas tienen dones que todavía no estamos aprovechando?
  • ¿Dónde está Jesucristo en nuestra comunicación?
  • ¿Qué ocurre después de que una persona recibe un sacramento?
  • ¿Qué sucede después de una primera experiencia de fe?
  • ¿Cómo acompañamos a quien quiere comenzar de nuevo?

Estas preguntas no buscan culpables.

Buscan caminos.


II. QUÉ SIGNIFICA REALMENTE CONVERSIÓN PASTORAL

La conversión pastoral no consiste en cambiar un horario, crear una comisión o organizar una misión barrial.

Es una transformación progresiva de la manera en que una comunidad:

mira → discierne → decide → organiza → actúa → acompaña → evalúa.

Por eso, la conversión debe alcanzar al menos cuatro niveles.

1. Conversión de la mirada

Dejar de mirar solamente a quienes ya están dentro y comenzar a mirar también a quienes están lejos.

2. Conversión de las relaciones

Pasar de una comunidad donde unos pocos hacen y muchos reciben, hacia una comunidad donde cada bautizado pueda descubrir su vocación, su carisma y su responsabilidad.

3. Conversión de las acciones

Pasar de una acumulación de actividades a procesos que conduzcan al encuentro con Jesucristo, al discipulado, a la comunión y a la misión.

4. Conversión de las estructuras

Preguntarnos si los horarios, reuniones, equipos, métodos, responsabilidades y recursos están realmente al servicio de la misión.

Si una estructura dificulta sistemáticamente la misión, deberá ser revisada.

No para destruir lo construido.

Para ponerlo nuevamente al servicio del Evangelio.


III. EL CENTRO NO ES LA PARROQUIA: ES JESUCRISTO

Existe un peligro cuando se habla de renovación pastoral:

terminar hablando de organización, comunicación, actividades, jóvenes, recursos o estructuras y perder de vista aquello que da sentido a todo.

El centro no es el proyecto.

El centro no es el equipo.

El centro no es la parroquia.

El centro es Jesucristo.

La finalidad de toda renovación misionera es favorecer el encuentro con Él.

Aparecida presenta el camino del discípulo misionero como un proceso que comprende encuentro con Jesucristo, conversión, discipulado, comunión y misión.

Por eso, cada iniciativa parroquial debería poder responder:

¿Cómo ayuda esto a una persona a encontrarse con Jesucristo?

¿Cómo la ayuda a crecer?

¿Cómo la incorpora a una comunidad?

¿Cómo la prepara para vivir y anunciar su fe?

Si una actividad no puede responder de ninguna manera a estas preguntas, quizás haya que revisarla.


IV. EL NUEVO EJE DE LA PARROQUIA

La vida parroquial puede comenzar a organizarse alrededor de un itinerario sencillo:

MIRAR

Conocer la realidad.

ESCUCHAR

Acercarse a las personas y escuchar sus vidas.

DISCERNIR

Preguntar delante de Dios qué nos está mostrando esa realidad.

CONVERTIR

Modificar prioridades, métodos o estructuras cuando sea necesario.

SALIR

Ir hacia quienes están lejos.

ENCONTRAR

Generar vínculos reales.

ACOMPAÑAR

No abandonar a las personas después del primer contacto.

FORMAR

Ayudar a crecer como discípulos.

ENVIAR

Despertar nuevos misioneros.

EVALUAR

Reconocer frutos, dificultades y aprendizajes.

VOLVER A SALIR

Porque la misión no termina.


V. PRIMER GRAN OBJETIVO: CONOCER EL TERRITORIO

No se puede evangelizar una realidad que no se conoce.

Durante el primer período del proceso, la parroquia debería construir un:

MAPA MISIONERO PARROQUIAL

No se trata de una estadística fría.

Se trata de conocer la comunidad humana que existe alrededor de la parroquia.

El mapa debería identificar:

PERSONAS

  • Familias.
  • Jóvenes.
  • Niños y adolescentes.
  • Adultos mayores.
  • Personas solas.
  • Personas enfermas.
  • Personas en situación de vulnerabilidad.
  • Personas alejadas de la Iglesia.
  • Personas que alguna vez participaron.
  • Personas que buscan respuestas espirituales.

REALIDADES

  • Escuelas.
  • Clubes.
  • Centros comunitarios.
  • Instituciones.
  • Comercios.
  • Empresas.
  • Organizaciones sociales.
  • Profesionales.
  • Organismos públicos.
  • Otras comunidades religiosas.
  • Espacios culturales.
  • Realidades digitales.

NECESIDADES

No solamente necesidades materiales.

También:

  • soledad;
  • duelo;
  • conflictos familiares;
  • falta de sentido;
  • aislamiento;
  • problemas de integración;
  • jóvenes sin horizonte;
  • personas que necesitan ser escuchadas;
  • personas que buscan volver a la fe.

RECURSOS

¿Quién puede ayudar?

  • docentes;
  • profesionales;
  • comerciantes;
  • empresarios;
  • trabajadores;
  • artistas;
  • músicos;
  • comunicadores;
  • psicólogos;
  • abogados;
  • médicos;
  • técnicos;
  • jóvenes;
  • voluntarios;
  • instituciones.

La parroquia puede convertirse así en una red de vínculos al servicio del Evangelio y de la persona.


VI. SEGUNDO GRAN OBJETIVO: RECUPERAR EL PRIMER ANUNCIO

Una persona que está lejos de la Iglesia no necesariamente necesita comenzar por una clase.

Muchas veces necesita primero:

ser escuchada, ser recibida, ser valorada y descubrir que Jesucristo tiene algo que decirle a su vida.

Por eso, la parroquia debe preguntarse:

¿Cómo puede una persona que está lejos encontrarse con Jesucristo sin sentirse previamente obligada a conocer todo lo que nosotros conocemos?

Hay que recuperar el primer anuncio.

No como una fórmula mecánica, sino como una experiencia viva.

Puede realizarse mediante:

  • conversaciones personales;
  • testimonios;
  • encuentros abiertos;
  • experiencias con jóvenes;
  • encuentros familiares;
  • retiros;
  • espacios de escucha;
  • actividades culturales;
  • acciones solidarias;
  • comunicación digital;
  • visitas;
  • celebraciones especialmente preparadas para quienes regresan.

El objetivo no es llenar una actividad.

El objetivo es abrir una puerta al encuentro con Jesucristo.


VII. TERCER OBJETIVO: QUE NADIE QUE SE ACERQUE QUEDE SIN CAMINO

Uno de los grandes problemas pastorales puede aparecer después del primer contacto.

Una persona participa.

Se emociona.

Pregunta.

Se acerca.

Recibe un sacramento.

Vuelve después de muchos años.

Participa de una actividad.

Y luego:

¿qué?

Por eso cada pastoral debería preguntarse:

¿Cuál es el siguiente paso que podemos ofrecer?

No todo debe terminar en una actividad.

Debe existir una lógica de procesos:

CONTACTO → VÍNCULO → ACOMPAÑAMIENTO → FORMACIÓN → COMUNIDAD → MISIÓN

Esto debería revisarse especialmente en:

  • bautismos;
  • catequesis;
  • primera comunión;
  • confirmación;
  • matrimonios;
  • funerales;
  • visitas a enfermos;
  • familias;
  • jóvenes;
  • personas que regresan;
  • personas que piden ayuda;
  • personas que participan ocasionalmente.

El sacramento no debe ser solamente un momento.

Puede convertirse en una puerta hacia una vida cristiana más profunda.


VIII. CUARTO OBJETIVO: UNA PARROQUIA QUE ACOMPAÑA

Evangelizar no es solamente anunciar.

También es acompañar.

Por eso la parroquia necesita identificar personas capaces de:

  • escuchar;
  • visitar;
  • acompañar;
  • orientar;
  • rezar con otros;
  • conectar necesidades con recursos;
  • acompañar procesos de fe;
  • detectar situaciones que necesitan intervención especializada.

No todo puede resolverse dentro de la parroquia.

Una comunidad madura también sabe cuándo conectar a una persona con:

  • profesionales;
  • instituciones;
  • organismos públicos;
  • organizaciones sociales;
  • servicios especializados.

La parroquia no tiene que saber hacerlo todo.

Tiene que saber con quién hacerlo.


IX. QUINTO OBJETIVO: LOS JÓVENES NO SON UN “ÁREA”

Los jóvenes no deberían aparecer solamente como una pastoral más.

Son parte del presente de la Iglesia.

La pregunta no debería ser solamente:

¿Qué actividad podemos ofrecerles?

Sino:

¿Qué están viviendo?

¿Qué los preocupa?

¿Qué sueñan?

¿Qué los hace felices?

¿Qué les duele?

¿Qué piensan de Dios?

¿Qué piensan de la Iglesia?

¿Qué esperan de los adultos?

¿Qué misión quieren asumir?

La primera acción pastoral con los jóvenes debería ser:

escucharlos.

Después:

acompañarlos.

Después:

formarlos.

Y finalmente:

confiarles responsabilidades reales.

No solamente tareas.

Responsabilidades.


X. SEXTO OBJETIVO: LA FAMILIA COMO LUGAR DE MISIÓN

La familia no debe ser considerada solamente como destinataria de actividades.

Es una realidad misionera.

La parroquia debería preguntarse:

  • ¿Conocemos a las familias de nuestro territorio?
  • ¿Qué familias están atravesando dificultades?
  • ¿Qué matrimonios necesitan acompañamiento?
  • ¿Qué padres necesitan ayuda para transmitir la fe?
  • ¿Qué familias están alejadas?
  • ¿Qué familias participan solamente cuando hay un sacramento?
  • ¿Cómo podemos acercarnos sin invadir?

Podrían crearse pequeñas experiencias de:

  • escucha;
  • acompañamiento;
  • oración;
  • encuentro;
  • formación;
  • servicio.

La familia puede convertirse nuevamente en un lugar donde la fe se vive, no solamente donde se recibe información religiosa.


XI. SÉPTIMO OBJETIVO: CARIDAD QUE CONSTRUYE PUENTES

La acción social parroquial no debería reducirse a entregar cosas.

Debe preguntarse:

¿Podemos ayudar a una persona a reconstruir su camino?

La caridad cristiana tiene una dimensión inmediata:

responder al sufrimiento.

Pero también puede tener una dimensión de articulación:

poner en contacto a quien necesita con quien puede ayudar.

Por eso la parroquia puede construir una red con:

  • personas;
  • comercios;
  • empresas;
  • profesionales;
  • instituciones;
  • organizaciones sociales;
  • organismos públicos;
  • otras comunidades.

La pregunta deja de ser solamente:

“¿Qué tenemos para entregar?”

Y pasa a ser:

“¿Quién puede ayudar a quién?”

Esto permite que la solidaridad deje de depender exclusivamente de los recursos internos de la parroquia.


XII. OCTAVO OBJETIVO: LA COMUNICACIÓN COMO MISIÓN

Una parroquia puede tener redes sociales activas y, sin embargo, no estar evangelizando digitalmente.

Publicar horarios no es necesariamente evangelizar.

Informar una reunión no es necesariamente evangelizar.

Publicar una foto de una celebración tampoco necesariamente evangeliza.

La pregunta debe ser:

¿Qué encuentra una persona cuando entra en nuestras redes?

La comunicación parroquial debería incorporar sistemáticamente:

JESUCRISTO

Evangelio, Palabra, oración, testimonios.

PERSONAS

Historias reales.

VIDA

Preguntas que atraviesan la existencia.

MISIÓN

Historias de servicio.

COMUNIDAD

Rostros, vínculos, alegría.

JÓVENES

Lenguaje y contenidos que puedan reconocer como propios.

INVITACIÓN

Una puerta concreta para acercarse.

La comunicación debería responder a una lógica:

VER → INTERESARSE → ACERCARSE → ENCONTRARSE → PARTICIPAR → CONTINUAR


XIII. NOVENO OBJETIVO: DESCUBRIR LOS CARISMAS

Una parroquia no debería organizarse solamente alrededor de los voluntarios de siempre.

Hay que descubrir nuevos dones.

La pregunta:

“¿Quién puede ayudarnos?”

debería complementarse con:

“¿Qué dones ha puesto Dios en nuestra comunidad?”

Puede haber:

  • docentes;
  • comunicadores;
  • fotógrafos;
  • músicos;
  • artistas;
  • profesionales;
  • técnicos;
  • jóvenes digitales;
  • personas con experiencia social;
  • empresarios;
  • emprendedores;
  • personas capaces de escuchar;
  • personas con capacidad organizativa;
  • personas con experiencia pastoral.

No se trata de explotar capacidades.

Se trata de despertar vocaciones de servicio.


XIV. DÉCIMO OBJETIVO: FORMAR DISCÍPULOS, NO SOLAMENTE ASISTENTES

La parroquia necesita revisar sus procesos de formación.

No alcanza con transmitir contenidos.

La formación debe conducir progresivamente a:

ENCUENTRO → CONVERSIÓN → DISCIPULADO → COMUNIÓN → MISIÓN

Por eso toda formación debería incorporar:

  • Palabra de Dios;
  • oración;
  • vida sacramental;
  • comunidad;
  • acompañamiento;
  • doctrina;
  • discernimiento;
  • servicio;
  • misión.

La pregunta decisiva:

¿Qué tipo de cristiano queremos ayudar a formar?

No simplemente alguien que:

  • venga a Misa;
  • conozca respuestas;
  • participe de reuniones.

Sino alguien que:

conozca a Jesucristo, viva con Él, pertenezca a una comunidad, sirva a los demás y sea capaz de anunciarlo.


XV. EL EQUIPO MOTOR DEL CAMINO

No hace falta crear una gran estructura.

Podría existir un pequeño:

EQUIPO DE CONVERSIÓN Y MISIÓN PARROQUIAL

Entre cinco y ocho personas.

Con diversidad de edades, experiencias y servicios.

Su función no sería gobernar la parroquia.

Tampoco reemplazar al párroco.

Tampoco reemplazar las pastorales existentes.

Su función sería:

  • mirar;
  • escuchar;
  • discernir;
  • conectar;
  • proponer;
  • acompañar;
  • evaluar.

Sus reuniones deberían evitar convertirse en otra reunión administrativa.

Cada encuentro debería responder:

  1. ¿Qué vimos?
  2. ¿Qué escuchamos?
  3. ¿Qué nos está mostrando Dios?
  4. ¿Qué realidad requiere nuestra atención?
  5. ¿Qué podemos hacer?
  6. ¿Quién lo hará?
  7. ¿Cuándo?
  8. ¿Cómo sabremos si dio fruto?

XVI. EL MÉTODO: NO CAMBIAR TODO DE UNA VEZ

Uno de los mayores riesgos sería intentar reformar toda la parroquia simultáneamente.

No.

El camino debe comenzar pequeño.

PRIMER PRINCIPIO

Una realidad.

SEGUNDO PRINCIPIO

Una prioridad.

TERCER PRINCIPIO

Un equipo.

CUARTO PRINCIPIO

Una experiencia concreta.

QUINTO PRINCIPIO

Una evaluación.

SEXTO PRINCIPIO

Un nuevo paso.

Así se construye una cultura misionera.

No mediante una explosión de actividades.


XVII. LOS PRIMEROS 30 DÍAS: MIRAR Y ESCUCHAR

Semana 1 — Reunión inicial

Reunión del párroco con las personas que considere conveniente.

Objetivo:

  • presentar el camino;
  • escuchar;
  • discernir;
  • definir el alcance;
  • evitar expectativas irreales.

Semana 2 — Radiografía de la parroquia

Preguntar:

  • ¿Qué hacemos?
  • ¿Para quién?
  • ¿Con qué resultados?
  • ¿Qué funciona?
  • ¿Qué necesita renovación?
  • ¿Qué se sostiene por costumbre?
  • ¿Qué personas están involucradas?
  • ¿Qué personas podrían incorporarse?

Semana 3 — Escucha

Escuchar:

  • jóvenes;
  • familias;
  • catequistas;
  • agentes pastorales;
  • personas mayores;
  • personas alejadas;
  • personas que regresaron;
  • personas que reciben ayuda.

No explicar.

Escuchar.

Semana 4 — Mapa misionero

Elaborar el primer mapa:

PERSONAS · REALIDADES · NECESIDADES · RECURSOS · PUENTES


XVIII. DÍAS 31 A 60: DISCERNIR Y PRIORIZAR

No elegir diez prioridades.

Elegir:

DOS O TRES.

Por ejemplo:

Prioridad A: jóvenes.

Prioridad B: personas alejadas.

Prioridad C: familias.

O las que surjan del discernimiento concreto.

Para cada prioridad definir:

  • objetivo;
  • destinatarios;
  • responsable;
  • equipo;
  • fecha;
  • recursos;
  • primera acción;
  • acompañamiento;
  • evaluación.

XIX. DÍAS 61 A 90: SALIR

Realizar una primera experiencia.

Puede ser:

  • misión barrial;
  • encuentro juvenil;
  • jornada de escucha;
  • visita;
  • primer anuncio;
  • encuentro de familias;
  • acción solidaria articulada;
  • experiencia de oración;
  • iniciativa digital;
  • encuentro con personas alejadas.

No importa que sea pequeña.

Importa que sea real.

Después:

EVALUAR.

¿Qué ocurrió?

¿A quiénes encontramos?

¿Qué escuchamos?

¿Qué vínculos surgieron?

¿Quién quiso continuar?

¿Qué descubrimos?

¿Qué haríamos diferente?

Y entonces:

DAR EL SEGUNDO PASO.


XX. DESPUÉS DE LOS 90 DÍAS

El error sería considerar que los 90 días son el proyecto.

No.

Son el comienzo.

A partir de allí puede establecerse un ciclo permanente:

MIRAR → ESCUCHAR → DISCERNIR → ACTUAR → EVALUAR → VOLVER A MIRAR

Cada tres meses:

  • revisar prioridades;
  • incorporar aprendizajes;
  • corregir;
  • abandonar lo que no produce fruto;
  • fortalecer lo que sí lo produce;
  • descubrir nuevas personas;
  • abrir nuevas puertas.

XXI. CÓMO SABER SI REALMENTE ESTÁ CAMBIANDO LA PARROQUIA

No medir solamente:

  • cantidad de reuniones;
  • cantidad de actividades;
  • cantidad de asistentes;
  • cantidad de publicaciones.

También medir:

MISIÓN

  • ¿Llegamos a personas nuevas?
  • ¿Nos acercamos a quienes estaban lejos?

VÍNCULOS

  • ¿Se generaron relaciones nuevas?
  • ¿Alguien pidió continuar el contacto?

DISCIPULADO

  • ¿Alguien comenzó un proceso de fe?
  • ¿Alguien retomó su vida sacramental?

COMUNIDAD

  • ¿Aparecieron nuevos servidores?
  • ¿Se integraron personas que antes estaban afuera?

JÓVENES

  • ¿Participan en decisiones?
  • ¿Asumen responsabilidades reales?

FAMILIAS

  • ¿Conocemos mejor sus realidades?
  • ¿Hay acompañamiento?

CARIDAD

  • ¿Se multiplicaron los puentes entre necesidades y recursos?

COMUNICACIÓN

  • ¿Nuestra comunicación abre puertas hacia Jesucristo?

ESTRUCTURAS

  • ¿Hemos modificado algo porque la misión lo requería?

Este último punto es fundamental.

Porque puede haber muchas actividades nuevas y ninguna conversión pastoral.


XXII. LO QUE HABRÍA QUE DEJAR DE HACER

Una conversión pastoral también implica dejar.

Dejar:

  • actividades sin propósito;
  • reuniones que no producen decisiones;
  • estructuras que nadie comprende;
  • duplicaciones;
  • competencias internas;
  • personalismos;
  • centralización innecesaria;
  • lenguaje que aleja;
  • comunicación puramente institucional;
  • actividades sostenidas únicamente por costumbre;
  • propuestas que consumen energía sin generar vida.

No todo lo que existe debe continuar indefinidamente.

Una parroquia misionera necesita tener la libertad evangélica de preguntarse:

“¿Esto sigue ayudando a la misión?”

Si la respuesta es no, habrá que discernir qué hacer.


XXIII. LO QUE HAY QUE CUIDAR

La renovación también puede fracasar si se convierte en:

  • activismo;
  • búsqueda de resultados rápidos;
  • protagonismo personal;
  • lucha de espacios;
  • enfrentamiento entre grupos;
  • crítica al pasado;
  • desprecio por las formas tradicionales;
  • fascinación por las novedades;
  • exceso de reuniones;
  • dependencia de unas pocas personas.

Por eso el camino necesita cinco actitudes:

oración · humildad · escucha · comunión · perseverancia

La renovación pastoral no puede construirse contra nadie.

Debe construirse a favor del Evangelio.


XXIV. EL PAPEL DEL PÁRROCO

El párroco tiene un papel clave en este proceso.

Su función es decisiva:

  • custodiar la comunión;
  • discernir;
  • orientar;
  • acompañar;
  • integrar;
  • animar;
  • celebrar;
  • enviar.

El equipo misionero no sustituye al párroco.

Y el párroco tampoco debería cargar solo con toda la misión.

La propuesta busca precisamente una mayor corresponsabilidad eclesial, donde cada bautizado pueda aportar desde su vocación y sus carismas.


XXV. EL PAPEL DE LOS LAICOS

Aparecida habla de la vocación misionera de todos los bautizados.

Por eso una parroquia misionera necesita pasar de:

“necesitamos colaboradores”

a:

“necesitamos despertar discípulos misioneros.”

El laico no es simplemente alguien que ayuda al sacerdote.

Es un bautizado llamado a vivir su vocación cristiana en la Iglesia y en el mundo.

Eso significa reconocer:

  • capacidades;
  • carismas;
  • vocaciones;
  • responsabilidades;
  • experiencia profesional;
  • experiencia familiar;
  • experiencia social.

Y crear espacios donde puedan ponerse al servicio de la misión.


XXVI. UNA PARROQUIA ABIERTA A LA DIÓCESIS

Este camino no debería convertirse en una experiencia aislada.

La parroquia forma parte de una Iglesia particular.

Por eso, cuando corresponda, deberá articular:

  • iniciativas diocesanas;
  • orientaciones pastorales;
  • formación;
  • movimientos;
  • comunidades;
  • organismos;
  • otras parroquias.

La conversión pastoral no significa autonomía pastoral absoluta.

Significa asumir responsablemente la misión dentro de la comunión eclesial.


XXVII. UNA PARROQUIA EN ESTADO PERMANENTE DE MISIÓN

El objetivo final no es realizar “la misión parroquial 2027”.

Ni organizar “el proyecto de renovación”.

Ni completar un programa.

El objetivo es que la palabra misión deje de designar una actividad extraordinaria.

Que se convierta en la manera habitual de vivir.

Que una catequista se pregunte:

¿Cómo conduzco a estos niños hacia Jesús?

Que un joven se pregunte:

¿A quién puedo acercar?

Que un agente social se pregunte:

¿A quién podemos acompañar?

Que quien comunica se pregunte:

¿Cómo puedo abrir una puerta hacia el Evangelio?

Que quien recibe a una familia se pregunte:

¿Cómo puedo hacer que se sienta en casa?

Que quien coordina una pastoral se pregunte:

¿Esto está generando discípulos?

Que el párroco pueda preguntarse:

¿Qué está diciendo el Espíritu a esta comunidad?

Y que toda la comunidad pueda volver una y otra vez a la pregunta fundamental:

¿A QUIÉNES NOS ESTÁ ENVIANDO JESUCRISTO HOY?


XXVIII. UNA DECISIÓN CONCRETA PARA COMENZAR

No es necesario aprobar un gran proyecto.

Puede bastar una primera decisión:

“Como comunidad parroquial queremos revisar nuestra vida a la luz de Aparecida y discernir qué debemos convertir para ser una Iglesia más cercana, acogedora, misionera y capaz de salir al encuentro de quienes están lejos.”

A partir de allí:

1. Reunirse.

2. Orar.

3. Mirar la realidad.

4. Escuchar.

5. Elaborar el mapa misionero.

6. Elegir dos o tres prioridades.

7. Formar pequeños equipos.

8. Realizar una primera experiencia.

9. Evaluar.

10. Corregir.

11. Volver a salir.

No esperar condiciones perfectas.

No esperar tener todas las respuestas.

No esperar disponer de grandes recursos.

Comenzar con lo que tenemos, con las personas que están dispuestas y con aquello que ya podemos hacer.


XXIX. LA PREGUNTA FINAL

Aparecida no debería quedar en nuestras bibliotecas.

Tampoco debería convertirse en una colección de frases pastorales.

Tiene que convertirse en una manera de mirar la Iglesia y la realidad.

Por eso, quizás la pregunta más importante no sea:

“¿Qué actividad nueva podemos organizar?”

Ni siquiera:

“¿Cómo hacemos para que venga más gente?”

La pregunta es más profunda:

¿QUÉ TENEMOS QUE CONVERTIR EN NUESTRA PARROQUIA PARA QUE MÁS PERSONAS PUEDAN ENCONTRARSE CON JESUCRISTO?

Y después:

¿A QUIÉNES NOS ESTÁ PIDIENDO JESUCRISTO QUE VAYAMOS A BUSCAR?

Y finalmente:

¿QUÉ PRIMER PASO CONCRETO PODEMOS DAR JUNTOS?

Porque una parroquia misionera no es la que hace muchas cosas.

Es la que ha aprendido a salir de sí misma para llevar a Jesucristo a la vida concreta de las personas.

No abandona lo que ya tiene.

Lo pone en misión.

No desprecia su historia.

La pone al servicio del presente.

No busca protagonismo.

Busca frutos del Evangelio.

No pretende tener todas las respuestas.

Aprende a escuchar.

No espera que los alejados regresen solos.

Sale a encontrarlos.

No se limita a recibir.

Acompaña.

No forma solamente asistentes.

Forma discípulos.

No guarda sus carismas.

Los pone en servicio.

No entiende la misión como una actividad.

La convierte en una forma de vivir.


CAMINO APARECIDA

MIRAR

ESCUCHAR

DISCERNIR

CONVERTIR

SALIR

ENCONTRAR

ACOMPAÑAR

FORMAR

ENVIAR

EVALUAR

VOLVER A SALIR

UNA PARROQUIA EN ESTADO PERMANENTE DE MISIÓN

Con Jesucristo en el centro.
Con los hermanos cerca.
Con el corazón abierto a quienes todavía no encuentran un lugar.

©Catolic.ar

Es hora de ponerse en marcha

Hoy, a esta hora, mientras usted lee estas líneas, hay un chico de siete años en algún barrio de este país que no sabe si va a comer.

Hay una mujer de ochenta y tres años que hace tres días que no escucha su propio nombre pronunciado por otra voz humana.

Hay un pibe de dieciocho que salió esta mañana sin saber para qué salía, porque nadie, nunca, le mostró un lugar en el mundo donde valiera la pena llegar.

Eso no es una estadística.

Es carne, es hambre, es soledad real, ahora mismo, a metros de donde usted está sentado.

Y hay que decirlo sin anestesia: ya no alcanza con lamentarlo.

La exclusión social no cae del cielo

Nos acostumbramos a hablar de la pobreza como si fuera clima.

Como si lloviera exclusión y no hubiera nada que hacer más que esperar que pare. . . Terrible mentira.

La exclusión se fabrica.

Se fabrica con cada escuela que cierra sus puertas a las seis de la tarde y no ofrece nada más que un portón cerrado.

Se fabrica con cada sala de espera sin turnos.

Se fabrica con cada joven al que la sociedad, sin decir una palabra, le hace saber con hechos que no hay lugar para él.

Se fabrica con cada anciano que se apaga solo en una pieza mientras en un edificio muy cerca, se encienden las luces, se escucha la música y se festeja un momento feliz de otras personas.

No hay excluidos porque la vida sea así.

Hay excluidos porque, en algún momento, alguien decidió —por acción o por cobarde omisión— que ciertas vidas valían menos que otras.

Y esa decisión se repite todos los días, en cada uno de nosotros, cada vez que apuramos el paso para no cruzar la mirada.

¿Hasta cuándo un chico de diez años va a tener que aprender de memoria el sabor del hambre antes que el abecedario?

¿Hasta cuándo una persona que trabajó cuarenta años va a terminar sus días con la mano estirada en un semáforo, mientras nosotros subimos el vidrio del auto para no verla?

¿Hasta cuándo miles de jóvenes van a crecer convencidos de que el delito es la única changa que el mundo les ofreció, porque ninguna otra puerta se abrió jamás?

No son preguntas retóricas. Son preguntas que exigen respuesta, y la respuesta tiene una sola fecha posible: ahora.

Los mercaderes de la esclavitud moderna

Hay que nombrarlo sin eufemismos: existe hoy, operando a la luz del día en cada esquina de cada barrio, un ejército de mercaderes que hizo de la adicción ajena su negocio y de la esclavitud humana su modelo de rentabilidad.

No venden droga: venden cuerpos, venden voluntades, venden vidas enteras al mejor postor.

Cada pibe que cae en el consumo no es una estadística de salud pública: es un ser humano al que alguien, con nombre y apellido, decidió convertir en mercancía descartable.

Y no hablamos solo del que vende en la esquina.

Hablamos de toda una cadena que naturaliza, romantiza y hasta glamoriza el consumo, que construye discursos cómplices disfrazados de “libertad individual” mientras destruye familias enteras, mientras convierte a madres en mendigas de la próxima dosis de sus propios hijos, mientras transforma barrios enteros en territorios tomados por el miedo.

La droga no libera a nadie. Esclaviza.

Y quien promueve su consumo, quien lo facilita, quien mira para otro lado mientras se enriquece con el dolor ajeno, es cómplice directo de esa esclavitud.

No hay grises posibles en esto: la dignidad humana no se negocia, y quien la reduce a mercancía tiene que ser señalado sin miedo ni medias tintas.

Los que hicieron del delito una religión

Y están, también, los que eligieron el delito no como una urgencia desesperada sino como camino de vida, sin que les importe en lo más mínimo la vida del otro.

El que mata por una zapatilla. El que asalta a un jubilado para robarle la jubilación de todo un mes. El que dispara sin mirar a quién.

Ahí también hay una frontera moral que no se puede diluir en explicaciones sociológicas cómodas: una cosa es la pobreza que empuja, y otra muy distinta es la decisión fría de convertir la violencia en oficio y la vida ajena en objeto descartable.

No se trata de dejar de comprender las raíces de la exclusión que empuja a muchos hacia ese abismo —eso ya lo dijimos y lo sostenemos—.

Se trata de no confundir comprensión con resignación, y de no callar jamás frente a quienes, teniendo opciones, eligen el camino que arrasa con la vida de los demás.

La sociedad tiene derecho a exigir justicia, y las víctimas —esas que muchas veces son también los más pobres entre los pobres— tienen derecho a no ser una vez más las olvidadas de siempre.

Cuando la vida misma está en juego

Y hay que hablar también, con la misma valentía, de otra forma de exclusión, quizás la más radical de todas: la de quienes ni siquiera llegan a nacer.

Se ha instalado en amplios sectores de nuestra sociedad la idea de que el aborto es una “solución” ante un embarazo no deseado. No lo es.

Es la eliminación de una vida humana indefensa, la más pequeña, la más silenciosa, la que no tiene voz ni voto ni forma de defenderse.

Detrás de cada embarazo que hoy se presenta como “problema a resolver” hay, casi siempre, otra forma de abandono social: una mujer sola, sin red de contención, sin acompañamiento real, empujada a creer que no tiene otra salida.

Ahí está, otra vez, la misma exclusión que venimos denunciando: no se acompaña a la mujer, no se sostiene a la familia, no se ofrecen alternativas reales, y entonces se le entrega como única respuesta la eliminación de la vida que lleva adentro.

Eso no es libertad: es abandono disfrazado de derecho.

Y quien promueve esa salida como si fuera progreso, sin ofrecer jamás una alternativa real de acompañamiento, también es cómplice de una exclusión, la más definitiva de todas, porque no deja ni siquiera la posibilidad de existir.

La dignidad de la vida humana no admite excepciones según la edad, la utilidad o la conveniencia del momento.

Vale igual la vida del niño por nacer que la del anciano abandonado, que la del joven esclavizado por la droga, que la de la víctima de un delito.

Todas esas vidas, sin excepción, están hoy en peligro en esta Argentina que mira para otro lado.

El silencio también mata

Nos dijeron que había que ser prudentes.

Que había que estudiar, diagnosticar, medir, esperar el momento oportuno.

Y mientras tanto los chicos crecieron sin adultos que los sostuvieran, los adultos envejecieron sin nadie que los acompañara, y los ancianos murieron esperando que alguien, alguna vez, golpeara la puerta.

La prudencia que se convierte en excusa deja de ser virtud. Se convierte en cómplice.

No es momento de comités o comisiones,que produzcan informes para cajones cerrados con llave.

No es momento de discursos que se aplauden y se olvidan antes de llegar a la casa de cada uno.

No es momento de fotos institucionales frente a un comedor que después queda librado a su suerte, con la heladera vacía un martes cualquiera.

Es momento de ponerse en marcha. . .

Literal, físicamente, en marcha: salir, encontrarse, ensuciarse, organizarse, actuar.

Digámoslo sin anestesia: en esta Argentina sobran diagnósticos y faltan manos.

Sobran especialistas en pobreza detrás de un escritorio y faltan personas dispuestos a tocar la puerta del que está solo.

Sobran declaraciones en las redes y faltan personas dispuestas a perder una tarde de sábado por alguien que ni siquiera conocen.

No hay excusas que alcancen

Es cómodo pensar que esto es solo un problema del Estado.

Cómodo, y falso. Exime de responsabilidad personal.

Delega en un despacho lejano la tarea de cambiar lo que a cada uno, en el fondo, le incomoda mirar.

Pero la exclusión no se resuelve solamente desde una oficina.

Se resuelve, sobre todo, cuando miles de personas comunes dejan de ser espectadores y se convierten, de una vez, en protagonistas.

Cada club de barrio que abre sus puertas un rato más.

Cada parroquia que deja de limitarse a la misa del domingo y teje una red real de acompañamiento.

Cada escuela que se anima a ser algo más que un edificio con horario de salida.

Cada organización social, cada sindicato, cada cámara empresarial, cada colegio profesional, cada club de fútbol de potrero: todos, sin excepción, tienen algo para dar.

Nadie está eximido. Nadie tiene derecho a decir “esto no es conmigo“, porque la exclusión de uno solo, tarde o temprano, es la fractura de todos nosotros.

Las organizaciones intermedias —esas que durante décadas sostuvieron el tejido social de este país antes de que el individualismo lo desgarrara— tienen hoy una responsabilidad que no admite postergación: volver a ser puente entre el que tiene y el que no tiene, entre el que puede y el que necesita.

No para reemplazar al Estado.

Para no seguir esperándolo con los brazos cruzados mientras alguien, afuera, se muere de frío, de droga, de bala o de abandono.

El futuro que les estamos robando

Hay una generación entera de niños y jóvenes a los que, sin firmarlo en ningún papel, les estamos robando el futuro.

No con un decreto: con la indiferencia de todos los días, con el “así fue siempre” repetido hasta convertirse en sentencia, con la comodidad de creer que el barrio pobre queda lejos aunque esté a quince cuadras de nuestra propia cama.

Esos chicos no piden lástima. Piden una oportunidad.

No piden que los salven: piden que alguien camine a su lado, antes de que la esquina se los entregue al primer mercader que pase.

Y esos ancianos que la sociedad jubiló también del afecto no piden asistencialismo: piden que alguien se siente diez minutos a escuchar una historia que se está por apagar para siempre.

No alcanza con la caridad de ocasión, la que se enciende en Navidad y se apaga en enero como un árbol que se guarda.

Hace falta compromiso sostenido, cotidiano, incómodo.

Hace falta que cada persona, cada familia, cada institución se pregunte, sin excusas, qué está dispuesta a entregar —tiempo, recursos, presencia real— para que esto empiece, hoy, a cambiar.

El llamado

Esto no es un texto para leer y guardar.

Es un grito para levantarse. A toda la sociedad argentina, sin distinción de credo, de partido, de clase: es hora de ponerse en marcha.

A los que tienen recursos y a los que solo tienen tiempo.

A los que tienen contactos y a los que solo tienen dos manos y voluntad.

A los jóvenes que todavía creen que algo se puede cambiar y a los mayores que ya vivieron lo suficiente como para saber que sí, se puede. . .

Que cada organización intermedia —parroquia, club, sindicato, cámara, fundación, colegio, cooperativa— deje hoy mismo de mirar el problema desde afuera y se pregunte qué puede hacer, ya, desde el lugar que ocupa, con lo que tiene en las manos.

Que cada persona deje de esperar que el otro empiece primero.

Porque si seguimos esperando el momento perfecto, la comisión perfecta, el plan perfecto, vamos a seguir enterrando ancianos solos, viendo crecer niños sin futuro, despidiendo jóvenes que la droga esclavizó, contando víctimas de una violencia que no distingue inocentes, y guardando en silencio la memoria de tantas vidas que ni siquiera llegaron a nacer.

Esta Argentina no necesita un diagnóstico más.

Necesita gente dispuesta a ensuciarse los zapatos hoy, ahora, sin esperar que las condiciones sean ideales.

Porque esas condiciones no van a caer del cielo. Las vamos a tener que construir nosotros, con las manos en el barro, la voz firme y el corazón despierto.

Es hora de ponerse en marcha.

No queda tiempo que perder.

©Catolic.ar

El laico que informa no predica: comunicación, verdad y esperanza

Hay una confusión que atraviesa buena parte de la comunicación católica contemporánea, y que rara vez se nombra porque incomoda a quien la comete: laicos que, sin mandato, sin orden, sin la gracia de estado que habilita a enseñar en nombre de la Iglesia, se suben al ambón invisible de una columna, un posteo o una nota digital y predican.

No informan: predican. No transmiten: adoctrinan. No transparentan: moralizan.

Y lo hacen, muchas veces, con una convicción tan sincera como huérfana de autoridad para sostenerla.

Esto no es un matiz semántico. Es una fractura vocacional.

La usurpación silenciosa

El Concilio fue claro y lo sigue siendo, aunque se lo cite poco y se lo practique menos: existe un munus docendi jerárquico —la función de enseñar que compete al obispo en comunión con el sucesor de Pedro— y existe la participación del laico en la misión profética de la Iglesia, que es de otra naturaleza.

No es una autoridad delegada hacia abajo.

Es una vocación propia, hacia afuera: el laico está inserto en el mundo, en las redacciones, en las plazas, en las sobremesas, y desde ahí testifica.

No repite el magisterio como quien recita un catecismo ajeno mal digerido. Lo encarna en los hechos que cuenta.

Cuando un laico comunicador confunde esto y empieza a predicar —a decir qué debe pensar el lector sobre tal obispo, tal doctrina, tal escándalo, cerrando el juicio en vez de abrir los datos— comete una usurpación silenciosa.

Nadie se lo reprocha en el momento, porque suena piadoso, suena celoso de la fe, suena a defensa de la verdad.

Pero es, en el fondo, una falta de humildad vestida de celo: el laico que predica está diciendo, sin decirlo, que su palabra tiene un peso que no le corresponde.

Y hay algo más grave todavía: esa usurpación termina restando credibilidad justo donde el laicado más la necesita.

Porque cuando el lector percibe que el comunicador ya llegó con la conclusión puesta antes de mostrar los hechos, deja de confiar en los hechos mismos. La opinión disfrazada de información es el modo más eficaz de destruir la información.

Informar: la caridad intelectual que pocos ejercen

Informar no es un oficio menor comparado con predicar. Es, de hecho, más exigente, porque exige renunciar al placer de tener la última palabra.

Informar bien —con rigor, con fuentes, con el contexto que impide la lectura fácil y la indignación barata— es un acto de caridad intelectual.

Es tratar al lector como un adulto capaz de juzgar, no como un feligrés que necesita que le mastiquen la doctrina. Es confiar en que la verdad, mostrada con honestidad, tiene fuerza propia y no necesita el empujón moralizante del que escribe.

Esto no es relativismo ni neutralidad cobarde. Es método.

El laico que instruye no oculta su fe ni la disimula: la ejerce en el rigor con que busca los datos, en la valentía con que nombra lo que otros callan, en la honestidad con que reconoce cuando la Iglesia —sus hombres, no su misterio— falla.

Ahí está la diferencia entre “opinar sobre la Iglesia” y “instruir”: opinar es imponer una lectura; instruir es dar los elementos para que el lector llegue, él mismo, a una conclusión que el comunicador no necesita subrayarle.

Transparentar: el ejercicio incómodo de la justicia

Hay una tercera tentación, hermana de la anterior pero más sutil: la del silencio piadoso.

El comunicador católico que calla lo que incomoda “para no escandalizar“, “para no dar armas al enemigo”, “para cuidar la unidad”.

Esta tentación es especialmente fuerte en contextos pequeños, diocesanos, donde todos se conocen y el costo social de decir la verdad es alto.

Pero transparentar no es escandalizar. Es hacer justicia.

Es negarse a que la opacidad institucional —tan cómoda para quien la ejerce, tan dañina para quien la sufre— se perpetúe con la complicidad de quienes tienen pluma y no la usan.

El profeta bíblico no calló ante el rey ni ante el sacerdote corrupto porque temiera “dividir al pueblo”; calló cuando Dios se lo pidió, no cuando el poder se lo exigió.

El laico comunicador que instruye sobre gobernanza episcopal, sobre procesos canónicos, sobre las tensiones reales que atraviesan una diócesis, no está traicionando a la Iglesia.

Está sirviéndola del único modo en que un laico puede servirla desde el periodismo: negándose a ser cómplice del silencio.

Esto tiene un costo.

Quien transparenta incomoda a los que preferirían la administración discreta de la verdad.

Pero la alternativa —el comunicador católico que solo publica lo edificante, lo que no genera fricción, lo que no pone a nadie en aprietos— no es comunicación: es relaciones públicas con sotana prestada.

Sembrar esperanza sin mentir

Y aquí llega el punto más delicado, el que separa al profeta del cínico y al informador del sembrador de desesperanza.

Decir toda la verdad —incluida la parte que duele— sin que eso derive en el desaliento del lector es el verdadero oficio de quien escribe desde la fe.

No se trata de maquillar los hechos duros con un párrafo final edulcorado, un “pero Dios tiene un plan” pegado con cinta a una nota que hasta ahí fue implacable.

Eso es impostura, y el lector —sobre todo el joven, sobre todo el que ya está harto de discursos que no se sostienen— lo detecta enseguida.

Sembrar esperanza es otra cosa: es mostrar que incluso la verdad incómoda tiene un horizonte, porque la Iglesia no se sostiene en la intachabilidad de sus hombres sino en una promesa que los excede.

Es la diferencia entre denunciar sin destino y denunciar con dirección.

El profeta bíblico nunca anuncia el juicio sin anunciar también, al mismo tiempo, la posibilidad de la conversión. Ese es el modelo: verdad completa, sin editar; y junto a ella, siempre, la puerta abierta.

Esto es exactamente lo contrario de la comunicación que hoy prolifera en ciertos rincones católicos digitales: la que vive de la indignación permanente, del escándalo como combustible de clics, sin ofrecer nunca una salida.

Esa comunicación no informa ni predica: envenena.

Y el laico que la practica, aunque se sienta defensor de la ortodoxia, está haciendo un daño espiritual concreto, medible, en cada joven que la lee y concluye que no hay nada que valga la pena salvar.

La interpelación final

Entonces la pregunta que cada laico comunicador católico debería hacerse, antes de publicar, no es “¿esto es verdad?” —aunque esa pregunta también importa— sino esta otra, más incómoda: ¿estoy informando o estoy predicando? ¿Estoy transparentando o estoy callando por comodidad? ¿Estoy sembrando esperanza o estoy sembrando desaliento con vocabulario piadoso?

No hace falta orden sacerdotal para escribir con rigor. No hace falta cátedra de teología para negarse a mentir por omisión. No hace falta autorización eclesiástica para creer que la verdad, dicha completa y con caridad, ya contiene en sí misma la semilla de la esperanza.

Lo que hace falta es humildad para no ocupar un lugar que no es el propio, y coraje para no abandonar el que sí lo es.

El laico no está para predicar. Está para algo más difícil: para que, cuando termine de leerlo, el lector sepa un poco más de verdad de la que sabía, y tenga —a pesar de esa verdad, o gracias a ella— un poco más de motivo para seguir esperando.

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El profesor que renunció al éxito: la vida de Henri Nouwen

Hay una foto que resume mejor que cualquier currículum la vida de Henri Nouwen.

No lo muestra dando clases en Harvard, ni recibiendo honores en Yale, ni firmando ejemplares de alguno de sus más de cuarenta libros.

Lo muestra bañando, vistiendo y dando de comer a Adam Arnett, un joven con una discapacidad tan severa que no podía hablar ni caminar por sí mismo.

Ese gesto cotidiano, repetido durante años, es la clave de lectura de toda su biografía: un hombre que tuvo todo lo que el mundo académico podía ofrecerle y que descubrió que nada de eso llenaba el vacío que cargaba desde joven.

Un currículum que no alcanzaba

Henri Jozef Machiel Nouwen nació el 24 de enero de 1932 en Nijkerk, Países Bajos, el mayor de cuatro hermanos.

Fue ordenado sacerdote en 1957 y, lejos de quedarse en una parroquia, se formó en psicología en la Universidad de Nimega.

Esa combinación —sacerdote y psicólogo— marcó el resto de su obra: no le interesaba explicar la fe desde arriba, sino desde la herida concreta de cada persona.

Su carrera académica fue, en términos mundanos, un éxito rotundo.

Enseñó psicología pastoral en Notre Dame, y luego teología pastoral en las escuelas de divinidad de Yale y Harvard, dos de las instituciones más prestigiosas de Estados Unidos.

Escribía con una claridad que lo hizo célebre mucho más allá de los claustros: libros como El regreso del hijo pródigo, La vida del amado o Camino del corazón se convirtieron en clásicos de la espiritualidad contemporánea, leídos tanto por católicos como por protestantes.

Pero detrás de las conferencias y los títulos había un hombre que no encontraba descanso.

Nouwen fue siempre, por propia confesión, alguien atravesado por la ansiedad, la necesidad de aprobación y una soledad que ninguna cátedra lograba resolver.

Pasó por la vida monástica con los trapenses de la Abadía de Genesee, vivió un tiempo entre los pobres de América Latina junto a los misioneros de Maryknoll, se involucró en la lucha por los derechos civiles marchando en Selma en 1965.

Buscaba, en el fondo, un lugar donde su fe dejara de ser un discurso y se volviera una vida.

El giro: de Harvard a Daybreak

El encuentro decisivo llegó de la mano de Jean Vanier, el fundador de El Arca, la red de comunidades donde personas con discapacidad intelectual y sus acompañantes conviven bajo el mismo techo, sin jerarquías de utilidad.

Vanier lo invitó a visitar una de esas casas en Francia.

Nouwen quedó descolocado: allí nadie le pedía una conferencia, un libro o una idea brillante. Le pedían, simplemente, que estuviera presente.

En 1986 tomó una decisión que sorprendió a buena parte del mundo académico: dejó Harvard —el lugar más alto al que puede aspirar un intelectual cristiano en Estados Unidos— para convertirse en capellán de Daybreak, una comunidad de El Arca en Richmond Hill, Ontario.

Allí vivió sus últimos diez años, entre personas que no podían leer sus libros ni valorar su prestigio, y que sin embargo —según él mismo escribió después— le enseñaron más sobre el Evangelio que dos décadas de docencia.

No fue un gesto romántico ni fácil.

Nouwen tuvo que aprender tareas concretas: bañar, vestir, alimentar, acompañar en las convulsiones nocturnas de Adam, el joven con el que terminó formando el vínculo más citado de su biografía.

En ese descenso —de la cátedra al cuidado del cuerpo ajeno— encontró lo que llamó el camino de la “movilidad descendente“: la convicción de que el liderazgo cristiano no consiste en subir, sino en bajar hacia la fragilidad, siguiendo la lógica de la Encarnación y no la de la carrera profesional.

El sanador herido

Ese concepto —la movilidad descendente— es central en uno de sus libros más leídos hoy en ambientes de formación de líderes cristianos: una crítica directa a los modelos de éxito, relevancia y espectacularidad que también tientan a la Iglesia.

Para Nouwen, el ministerio auténtico nace de la propia herida reconocida, no escondida.

De ahí su imagen más citada, la del “sanador herido“: el que acompaña a otros no a pesar de su propia fragilidad, sino desde ella, transformada en lugar de encuentro.

Es una idea incómoda para una cultura —también eclesial— obsesionada con la fortaleza, la productividad y la imagen.

Nouwen insistía en lo contrario: que reconocer la propia soledad, en vez de anestesiarla o disimularla, puede convertirse en el punto exacto donde Dios se hace presente.

No predicaba la autosuficiencia espiritual, sino la vulnerabilidad ofrecida como servicio.

La crítica al ministerio como espectáculo

Ya instalado en Daybreak, Nouwen escribió el texto que mejor condensa su diagnóstico sobre el liderazgo cristiano contemporáneo: una serie de reflexiones nacidas de un retiro con sacerdotes jóvenes, en las que retoma las tres tentaciones de Jesús en el desierto para leer en ellas los tres peligros permanentes de todo ministerio.

No las presenta como episodios del pasado, sino como estructuras que se repiten en cada época con distinto disfraz.

La primera tentación es la de ser relevante: la urgencia de demostrar utilidad, de convertir el ministerio en una sucesión de logros medibles, de justificar la propia vocación por lo que se produce y no por lo que se es.

Nouwen veía en esa lógica un espejo casi exacto de la cultura profesional que él mismo había abandonado al dejar Harvard: currículums, publicaciones, audiencias, resultados.

Un ministerio pensado así termina compitiendo por atención en el mismo terreno que cualquier otra oferta del mercado, y pierde precisamente lo que lo hacía distinto.

La segunda tentación es la de ser espectacular: la búsqueda de gestos que generen admiración, reconocimiento o adhesión inmediata, en lugar de acompañar de manera silenciosa y sostenida.

Nouwen la asociaba a un modelo de liderazgo que necesita ser visto para sentirse válido, y que por eso mismo tiende a preferir el gesto que impacta sobre la presencia que simplemente permanece.

Frente a eso, proponía una forma de autoridad que no necesita escenario: la de quien elige quedarse, sin cámaras ni aplausos, junto a alguien que no puede devolver nada a cambio, como fue su propia relación con Adam.

La tercera tentación es la de ejercer poder: sustituir la vulnerabilidad del amor por el control, la vigilancia o la gestión eficiente de las personas y las estructuras.

Es, para Nouwen, la más sutil de las tres, porque suele presentarse revestida de buenas razones —orden, eficacia, protección de la institución— y sin embargo desplaza el centro de gravedad del servicio hacia el manejo.

Su alternativa no era la ausencia de autoridad, sino una autoridad ejercida desde el descenso: guiar dejándose guiar, mandar sirviendo, algo que él mismo tuvo que aprender de manera muy literal cuando pasó de dar cátedra a que otros dependieran de él para las tareas más elementales del cuerpo.

Leídas hoy, esas tres tentaciones describen con precisión inquietante buena parte de los riesgos que enfrenta cualquier proyecto pastoral o comunicacional dentro de la Iglesia: la tentación de medir el éxito en alcance y viralidad, la de privilegiar el contenido que impacta sobre el que acompaña, la de confundir autoridad espiritual con control de la narrativa o de la institución.

Nouwen no escribió esas páginas como una teoría abstracta de management eclesial, sino como una confesión: reconocía esas tres tentaciones en sí mismo, en su propia necesidad de ser relevante, admirado y escuchado, la misma ansiedad que lo había perseguido durante toda su carrera académica.

Una muerte en camino

Nouwen murió de un infarto el 21 de septiembre de 1996, en Hilversum, Países Bajos, cuando se dirigía a Rusia para participar en un documental sobre el cuadro de Rembrandt que había inspirado uno de sus libros más queridos. Tenía 64 años.

Fue velado primero en Utrecht, con la homilía a cargo de Jean Vanier, y luego trasladado a Canadá, donde la comunidad de Daybreak lo despidió y lo enterró en un cementerio cercano, en un ataúd de pino pintado a mano por sus propios miembros.

El detalle no es menor: el hombre que había enseñado en las universidades más prestigiosas del mundo fue enterrado con las manos de quienes el mundo consideraba menos capaces.

Por qué esta historia le habla a un joven de hoy

Nouwen no escribió para especialistas en teología.

Escribió, casi siempre, desde su propia ansiedad, su necesidad de ser querido, su miedo al rechazo: los mismos materiales con los que hoy se construye —o se derrumba— la vida interior de buena parte de los jóvenes.

La diferencia es que él encontró un camino para atravesarlos sin negarlos: no prometió eliminar la soledad, sino habitarla de otro modo, en comunidad y en servicio concreto a otro cuerpo, a otra necesidad, a otra persona real.

En una época donde el prestigio se mide en seguidores y el valor propio en logros exhibidos, la biografía de un hombre que tuvo Harvard y lo dejó por un joven que no podía ni agradecerle con palabras es, más que una curiosidad histórica, una pregunta directa: ¿qué estamos dispuestos a soltar para encontrar lo que de verdad llena?

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