Producido por la Asociación de Sacerdotes Católicos de EE. UU. en colaboración con Voice of the Faithful y laicos y clérigos de todo el país; respaldado por FutureChurch.
Presentado en la Asamblea Nacional de la Asociación de Sacerdotes Católicos de EE. UU., junio de 2019.
Dedicado a:
- Todas las personas bautizadas que sufren a causa del mal del clericalismo.
- Todos los sacerdotes ordenados que sirven con humildad al pueblo de Dios.
- Todos los fieles que ayudan a los sacerdotes bautizados y ordenados a ser humanos, cristianos y sacerdotales.
Editores del documento: P. Kevin Clinton y Donna B. Doucette.
Este documento fue preparado por un Grupo de Trabajo bajo los auspicios de la Asociación de Sacerdotes Católicos de EE. UU. (AUSCP):
- P. Gerry Bechard, AUSCP, párroco de la parroquia de los Santos Simón y Judas, Arquidiócesis de Detroit.
- Alvera Bell, feligresa de la parroquia San Pablo Apóstol (Diócesis de Youngstown, OH); jubilada tras 39 años de enseñanza en escuelas católicas y seis años como coordinadora de educación religiosa parroquial (PCRE); miembro del consejo parroquial y activa en muchos otros ministerios parroquiales.
- David Bell, feligres de la parroquia San Pablo Apóstol (Diócesis de Youngstown, OH); jubilado; pasó 16 años enseñando en escuelas secundarias católicas; miembro del consejo parroquial y activo en varios ministerios parroquiales.
- P. Bernard R. Bonnot, Director Ejecutivo de la AUSCP, párroco emérito de la Diócesis de Youngstown, OH.
- P. Kevin Clinton, Presidente de la AUSCP; párroco de la Iglesia de San Wenceslao, Arquidiócesis de St. Paul/Minneapolis.
- Donna B. Doucette, Directora Ejecutiva de Voice of the Faithful.
- P. Tom Ogg, AUSCP, párroco emérito de la Diócesis de Cheyenne, sacerdote eclesial de Encuentro Matrimonial Mundial en EE. UU.
Agradecimientos especiales
Estamos en deuda con las personas que compartieron con nosotros sus historias de primera mano sobre vivencias de clericalismo y nos permitieron utilizarlas. Las historias fueron editadas en cuanto a gramática y longitud. Seleccionamos los relatos (hay muchos otros) que mejor ilustraban un comportamiento particular. No identificamos a las personas en los relatos porque nuestro objetivo no es “señalar” a nadie por sus acciones, sino demostrar la ubicuidad del clericalismo en la estructura de la Iglesia. Casi cada historia seleccionada tenía al menos otra similar, si no idéntica, en sus detalles pero proveniente de una parroquia distinta, otra diócesis u otra región del país. El clericalismo en nuestra Iglesia hoy es global.
Clericalismo y Sinodalidad
Cuando se nos pidió preparar un documento sobre el clericalismo dentro de la Iglesia, rápidamente comprendimos que nuestros desafíos serían dobles. Por un lado, existía un volumen abrumador de libros, artículos, editoriales y pronunciamientos sobre el tema. ¿Qué podíamos decir que ayudara a avanzar sobre la literatura ya disponible? ¿Qué nuevas perspectivas o visiones podíamos ofrecer para avanzar en los esfuerzos por enfrentar y erradicar el clericalismo?
Nuestro otro desafío era producir un documento que “resonara como verdaderamente auténtico” tanto para el clero como para los laicos. ¿Podríamos ayudarnos mutuamente a ver el problema con claridad y empezar a reconocer sus manifestaciones? ¿Podríamos enmarcar el debate de modo que alentara tanto a los clérigos como a los laicos a enfrentar unidos las acciones y actitudes que contribuyen al clericalismo?
Para responder a estos retos, nuestro equipo de redacción —compuesto por sacerdotes y laicos— adoptó un enfoque vivencial, que habla desde nuestras propias experiencias dentro de la Iglesia católica. Algunos de nosotros pertenecemos a la Asociación de Sacerdotes Católicos de Estados Unidos (AUSCP), otros a Voice of the Faithful (VOTF), y otros provienen de años de compromiso con la vida y los ministerios de una comunidad de fe católica. Todos hemos vivido dentro del entorno eclesial de los siglos XX y XXI y hemos interactuado con muchos otros en él. También fuimos más allá de nuestro círculo y pedimos a otros clérigos y laicos sus historias sobre encuentros que ilustran el clericalismo y sus efectos. No identificamos a las personas en estas historias porque nuestro objetivo no es señalar a nadie por sus actos, sino demostrar la ubicuidad del clericalismo en la estructura eclesial.
Como señalamos en el documento, “normalmente experimentamos el clericalismo como una vivencia”. Utilizar únicamente definiciones y explicaciones académicas al hablar de clericalismo no logra comunicar esta experiencia vivida dentro de la Iglesia. Para comprender plenamente el clericalismo, debemos escuchar también las voces de quienes han sufrido el abuso de poder por parte de alguien cuyo rol es acompañar a otros en sus caminos espirituales, y debemos escuchar las voces de los ordenados para quienes las expectativas de los laicos pueden ser poco realistas y exceder su capacidad humana. Es este elemento de experiencias personales “desde la raíz” el que esperamos aportar a los escritos académicos, históricos y teológicos sobre el tema.
Transmitimos estas vivencias a través de historias seleccionadas para ilustrar los puntos que planteamos. El valor de este enfoque quedó demostrado cuando enviamos el borrador a un grupo seleccionado de clérigos y laicos para su revisión. Para algunos, las historias resonaron con sus propias experiencias y pudieron añadir ejemplos propios. Esto coincidió con nuestro propio descubrimiento de que, para cada punto que elegimos ilustrar, existían múltiples testimonios entre los cuales seleccionar.
Otros revisores tildaron algunas historias de “extrañas” o “extremos”, o sugirieron que debieron haber ocurrido hace mucho tiempo porque hoy en día nadie actuaría así. Esta reacción también era previsible: todos generalizamos a partir de nuestras experiencias particulares, y algunos tenemos la fortuna de vivir en una comunidad de fe donde el clericalismo ha estado mitigado. Sin embargo, es triste decirlo, los testimonios que utilizamos provienen de la Iglesia de hoy, no de la de ayer, y por cada testimonio seleccionado hay otros semejantes.
Esperamos que nuestras palabras nos ayuden a estar a la altura del desafío actual, enfrentando y eliminando en última instancia tantos vestigios como sea posible de este clericalismo que nos perjudica a todos.
Introducción
Todos los sistemas humanos, sin excepción, exhiben características tanto funcionales como disfuncionales. Los analistas de sistemas, sin importar la metodología que apliquen para resolver las disfunciones, señalan dificultades particulares cuando el sistema en cuestión afronta “problemas perversos” (también llamados desafíos adaptativos o, a veces, “marañas”). Tales sistemas involucran a múltiples partes interesadas, numerosas incertidumbres, interacciones complejas y una red enmarañada de centros de poder y cuestiones políticas; una descripción que sin duda coincide con la situación que enfrentamos hoy en la Iglesia.
Nuestro documento busca abordar el componente clave que alimenta esa disfunción: el clericalismo. Lo hacemos adaptando una de las estrategias para resolver estas “marañas”: escuchar a quienes viven dentro del sistema disfuncional, sintonizar sus experiencias y, de este modo, esperamos empoderarnos todos para convertirnos en agentes de los cambios necesarios.
De la “Carta al Pueblo de Dios” del Papa Francisco, 20 de agosto de 2018: Es imposible pensar en una conversión de la actividad eclesial que no incluya la participación activa de todos los miembros del Pueblo de Dios. […] Tal es el caso del clericalismo, una actitud que «no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiende a disminuir y devaluar la gracia bautismal que el Espíritu Santo ha puesto en el corazón de nuestra gente». El clericalismo, fomentado por los propios sacerdotes o por los laicos, genera una brecha en el cuerpo eclesial que sostiene y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy condenamos.
En una reunión de representantes regionales de Voice of the Faithful del área de Boston, salón parroquial de Nuestra Señora Auxiliadora, Newton, MA, 2003: En 2003, feligreses de todo Boston se reunieron casi semanalmente para debatir respuestas ante las continuas revelaciones de abusos sexuales a menores por parte del clero. En una de esas reuniones, un caballero llevó a un sacerdote amigo para que hablara sobre los problemas que enfrentaba a raíz del escándalo de abusos. Durante el encuentro, la gente se centró en cómo apoyar mejor tanto a los sobrevivientes como a los muchos sacerdotes inocentes de delitos. Una señora, explicando su asistencia, dijo: “Debemos solucionar esto porque nosotros somos la Iglesia”. El sacerdote invitado interrumpió de inmediato y, con voz fuerte, declaró: “¡USTEDES no son la Iglesia!”. Señalándose a sí mismo y a su cuello clerical, exclamó: “¡NOSOTROS somos la Iglesia!”.
Cuando se manifiesta con tanta claridad, podemos reconocer fácilmente el clericalismo que el Papa Francisco denuncia. También sabemos bien lo que suele suceder cuando los laicos se topan con este clericalismo: buscan otra parroquia; abandonan la Iglesia; nunca vuelven a alzar la voz en reuniones con sacerdotes; ceden toda la toma de decisiones al sacerdote; se convierten en meros espectadores en lugar de participantes de la vida parroquial y en observadores marginales dentro de la Iglesia. O todo lo anterior a la vez. Renuncian a sus responsabilidades bautismales.
Igualmente dañinos son los efectos del clericalismo sobre el sacerdote: exceso de trabajo, aislamiento, soledad, estrés continuo y la expectativa de que él, y solo él, debe manejar todos los asuntos de la parroquia y cargar con todos sus problemas. Otros impactos —problemas de salud física y mental, conductas adictivas y otras enfermedades relacionadas con el estrés— pueden ser menos evidentes de inmediato, pero sus costos son bien conocidos dentro de la Iglesia, al igual que los excesos más flagrantes que el clericalismo ha facilitado: la conducta sexual depredadora del clero y los encubrimientos por parte de obispos y de algunos fieles.
Menos evidentes, pero quizás más insidiosas, son las formas en que el clericalismo impregna toda la estructura de la Iglesia, separando a los laicos del clero, al clero ordinario de los obispos, y a todos nosotros de la burocracia vaticana de múltiples capas que con tanta frecuencia parece desconectada del siglo XXI. El clericalismo crea una fachada tras la cual los problemas sistémicos graves se minimizan, se ocultan y, a veces, se niegan por completo.
Este documento examinará la disfunción del clericalismo y las maneras en que interfiere con la generosidad y el servicio que los ordenados ofrecen a la comunidad de fe. También analizaremos cómo el clericalismo daña el crecimiento espiritual de los laicos y cómo obstaculiza los roles que tanto el clero como los fieles deben desempeñar para que la Iglesia cumpla plenamente su misión.
Examinaremos ambas caras de la moneda: la cultura clerical y la formación que engendran el clericalismo en el clero, y las actitudes de los laicos que refuerzan dicho clericalismo. En conjunto, sus comportamientos contribuyen a segregar al clero como algo “diferente” y “superior”, en lugar de ubicarnos adecuadamente en roles complementarios que participan en la misión de Cristo y de la Iglesia. Ilustramos tales comportamientos principalmente a través de testimonios anecdóticos presentados en este documento.
En última instancia, este documento busca iluminar cómo el clericalismo corrompe y frustra lo que Cristo Resucitado y el Espíritu Santo destinan para la Iglesia de nuestro tiempo. Al despertar la conciencia tanto de ordenados como de laicos, podremos ser más decididos y eficaces al enfrentar el poder seductor y tóxico del clericalismo en la Iglesia actual.
La experiencia del clericalismo
Debemos lidiar primero con una definición de clericalismo, porque definir un problema es la clave para resolverlo. Se han escrito libros enteros para describir el clericalismo; sin embargo, ninguna definición o libro contiene la verdad absoluta. El clericalismo impregna nuestra eclesiología y fomenta numerosos problemas graves, cada uno digno de un examen detallado. A los efectos de este documento, subrayaremos simplemente lo que la mayoría de las definiciones de clericalismo incluyen: la expectativa —que conduce a abusos de poder— de que los ministros ordenados son superiores y deben gobernar sobre todos los demás miembros del Pueblo de Dios.
Nuestros objetivos son reducir al mínimo humanamente posible cualquier rastro de clericalismo en nosotros mismos, ayudar a otros a comprenderlo y protegerse de su avance en sus propias vidas, y unirnos a todos los bautizados para erradicar los comportamientos que propagan el clericalismo y debilitan a nuestra ya maltrecha Iglesia. Ya podemos identificar fácilmente el clericalismo cuando un sacerdote declara que él y sus cohermanos son “la Iglesia”, sin importar cómo definamos la palabra “clericalismo”.
Más difíciles de advertir son las influencias sutiles que el clericalismo ejerce sobre todos nosotros, las cuales operan con mayor frecuencia en el plano de las experiencias y no en el de las evaluaciones intelectuales.
Normalmente experimentamos el clericalismo como una vivencia (no existe ninguna clase en el seminario titulada “Clericalismo y cómo adquirirlo”).
Lo sentimos durante una reunión parroquial, en comentarios hechos durante o después de misa, en la presunción de que el padre jamás paga la cuenta, en el silencio absoluto previo a una reunión si se le pide a alguien que no sea el padre que dirija una oración, o en la expectativa de que un sacerdote sea perfecto en todo momento y tenga siempre la solución a cualquier problema. Los obispos lo experimentan cuando descubren que sus asistentes, sacerdotes y laicos solo les dicen aquello que creen que el obispo quiere oír, y no lo que necesita o debería escuchar; las personas suelen censurar sus opiniones reales al hablar con obispos o sacerdotes.
El sistema social que rige estas experiencias, al igual que todos los sistemas sociales, es complejo, multinivel y cuenta con “reglas”. La mayoría de estas reglas operan de manera inconsciente en la vida de los miembros que habitan el sistema. Cuando un sistema social entra en crisis y afronta cambios profundos, sus miembros suelen reaccionar redoblando esfuerzos para hacer cumplir sus reglas y censurando a quienes consideran “infractores”. Dicha censura, o exigencia de comportamiento ortodoxo, se produce incluso cuando las normas fracasan estrepitosamente y el sistema está en crisis.
Hoy en día, la Iglesia está en crisis y las reglas inconscientes que dirigen su sistema social están fallando. Quienes cuestionan el statu quo de la estructura clerical de la Iglesia no deben sorprenderse de que los líderes de ese statu quo y aquellos incómodos con el cambio muestren alarma: pueden resistirse a lo evidente y tender a responder a la crisis tratando de aplicar las reglas del sistema de forma más rígida, o bien reafirmando normas que ya no funcionan ni aplican.
Tampoco debemos asumir que la resistencia a resolver los problemas de nuestro sistema fallido proviene únicamente de los líderes de la Iglesia, de la jerarquía o de aquellos clérigos y laicos contrarios al cambio. Quienes exigen transformaciones sin buscar al mismo tiempo la “conversión de la actividad” señalada por el Papa Francisco también levantan obstáculos. Todos participamos en el statu quo del sistema, ya sea resistiendo sus reglas o conformándonos a ellas.
Todos debemos asumir la responsabilidad de enfrentar y minimizar estos problemas, puesto que todos —laicos y ordenados— contribuimos a crear las condiciones que permiten que el clericalismo infecte a la Iglesia. Estas aportaciones surgen, por lo general de forma inconsciente y sin examinar, de nuestra herencia cultural.
Una cultura nos indica qué valorar, cómo comportarnos y a quién debemos escuchar. Tomado de la obra Clericalism: The Death of Priesthood de George B. Wilson, S.J.:
«En amplios ámbitos de nuestras vidas actuamos de la manera en que lo hacemos porque hemos asumido las creencias, actitudes y comportamientos de personas que fueron significativas para nosotros… Las actitudes y conductas esperadas de una cultura particular pueden volverse tan poderosas que resulta prácticamente imposible para sus miembros concebir otras formas de ser. La cultura queda grabada en la psique, haciendo que otras formas de organizar la vida no solo parezcan diferentes, sino también amenazantes para la estabilidad generada por la cultura normativa».
Sería un error fatal ver la cultura clerical como un producto generado exclusivamente por su clero. Al igual que cualquier otra cultura, la cultura clerical es el producto de todos los afectados o implicados en su continuidad.
Cuando nos esforzamos por identificar el clericalismo y sus condiciones, para abordar conductas no examinadas, empezamos a percibir ejemplos concretos surgidos de nuestras propias experiencias, tal como muestran los siguientes relatos:
Una profesora de escuela católica de larga trayectoria, algo excedida de peso, siempre usaba conjuntos de pantalón en lugar de vestidos o faldas cuando ejercía un ministerio litúrgico en misa. Un día, el párroco la aguardó en la sacristía para decirle que, a partir de ese momento, debía usar vestidos en misa. Ella respondió que no se sentía cómoda con ellos y que, de hecho, no poseía vestidos ni faldas. Al día siguiente, en su casillero de la escuela, encontró un sobre enviado por el párroco con $50 dólares para que se comprara un vestido. Ella nunca volvió a realizar servicios ministeriales en misa mientras él fue párroco.
Un vicario parroquial le indicó al nuevo diácono que su deber era servirle a él, al sacerdote, y no a la familia parroquial; debía estar disponible para el cura en todo momento.
Durante su homilía dominical, el párroco anunció que las maestras de su escuela católica acababan de recibir un aumento salarial, por lo que esperaba ver un incremento sustancial en sus ofrendas semanales.
¿Qué impulsó a los sacerdotes de estas anécdotas a actuar de ese modo? Quizás un sentido de privilegio originado en su familia de origen, reforzado durante su formación en el seminario y dejado sin cuestionar durante los primeros tiempos de su ministerio ordenado. Es probable que también influyeran una preocupación excesiva por las apariencias y por aquello que consideran que se “le debe” al ordenado.
Por otro lado, a los sacerdotes de estos relatos también se les podría calificar simplemente de “maleducados” o “imbéciles”. No obstante, no debemos eximir al clericalismo como factor subyacente de tales actitudes. Cuando sacerdotes y laicos juzgan tales acciones como comportamientos normales, dicha aceptación proviene del reservorio subcultural del clericalismo.
Cuando el clericalismo se manifiesta en la vida de los ordenados, estos exhiben una actitud y una creencia contrarias al Evangelio: la idea de que los ordenados son los verdaderos cristianos y que todos los demás ocupan una especie de segunda categoría. Las enseñanzas sobre un cambio ontológico en el ser mismo del sacerdote alimentan esta mentalidad.
Para un sacerdote, diácono u obispo, las consecuencias de tales comportamientos y actitudes pueden ser el aislamiento, la incapacidad de escuchar o comprender a otros, y una deferencia excesiva hacia la “cadena de mando” por encima de las verdades evangélicas. Como corolario, el clérigo con esta mentalidad empequeñece y juzga como insignificantes a muchas personas reales y vulnerables con las que se cruza. Estas actitudes y conductas son sutiles e inconscientes; resultan especialmente difíciles de discernir en uno mismo y hasta pueden parecer aplicaciones lógicas de una “regla”. Por ejemplo:
Era tradición en una parroquia que, durante el Padrenuestro en misa, todos se tomaran de las manos. Los monaguillos acudían al altar para sostener las manos del celebrante durante la oración. Un sacerdote visitante rechazó las manos de los servidores y declaró después que jamás permitía que nadie lo tocara a él ni a sus manos antes o durante la misa. Afirmó que sus manos son sagradas porque sostienen la hostia y el vino, consagrándolos en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Por consiguiente, se negaba a tomarse de las manos con nadie, e incluso a dar la mano a cualquier persona antes o durante la eucaristía.
Una Directora de Educación Religiosa (DER) que preparaba a los jóvenes para la Confirmación convocó a una reunión informativa sobre los detalles del sacramento. Al finalizar, una madre preguntó si su hija podía ser la madrina de su hermano, dado que ambos eran muy unidos. Desafortunadamente, la hija cumpliría 16 años una semana después de la confirmación y, por lo tanto —por un margen técnico de siete días—, era demasiado joven para ser madrina. Cuando la DER le planteó la situación al párroco y comentó que había sugerido que se podría permitir, el párroco se negó rotundamente: “Si vas a sacar tu licencia de conducir antes de tener la edad legal, no te la dan. ¿Por qué la Iglesia debería hacer semejante excepción?”. Cuando la DER intentó explicar por qué la muchacha debía ser admitida (la fecha de la confirmación dependía del calendario anual y no era un requisito rígido), el párroco dio media vuelta y se alejó. La discusión había terminado.
La presunción de que los ordenados pueden fijar normas a su antojo, exigir un separatismo frente a los no ordenados y dictar códigos de vestimenta refuerza las barreras que con demasiada frecuencia dividen a los fieles entre “ordenados” y “todos los demás”. Barreras similares —creadas de forma natural en cualquier jerarquía— separan a los funcionarios del Vaticano de los obispos, y a los obispos de los sacerdotes. De hecho, esta última separación, denominada jerarquismo por quienes estudian sus efectos, es vista como una “versión hipertrofiada” del clericalismo que asola a la Iglesia. El reverendo Mark Slatter describió dicha versión en un artículo (“Crisis de identidad clerical: El rebaño y el pasto no pueden decirle al pastor quién es”, National Catholic Reporter, 11 de marzo de 2019):
«La cultura jerárquica es la zanahoria dorada para aquellos predisponentes a sus encantos. En sus formas más burdas, no solo parece inquebrantable, sino que viene acompañada de una falta de vergüenza pasmosa ante sus grotescos desfiles de sentido de derecho, aires aristocráticos y ambición ciega… La psicología vuelve a las personas incapaces de sacudirse los falsos valores que sostienen esa autoimagen ilusoria; se cruza un Rubicón interior donde el fenómeno ya no posee la cualidad de la tentación como algo con lo que deba luchar. Tras varias décadas, una parte excesiva del propio ser ha quedado invertida en una forma específica de ser humano».
Para los laicos, el clericalismo puede ser igual de sutil. Puede sofocar el desarrollo de la fe personal y el crecimiento espiritual, impedir una implicación plena en la vida parroquial y fomentar una excesiva sumisión al poder de los ordenados: “El padre siempre tiene la razón”; “El padre debe presidir siempre las oraciones”; “Confío en usted, padre, para que me lleve al cielo”.
El primer domingo de Adviento, un sacerdote se puso inadvertidamente una casulla verde y presidió la misa matutina dominical. Terminada la misa, un sacristán preocupado le llamó la atención sobre una casulla morada que había sido limpiada en seco anticipando la temporada (también había varias otras casullas moradas en el armario, por lo que el sacerdote pudo haber elegido, pero escogió la verde). El sacristán se mostró sumamente apenada y nerviosa al mostrarle la casulla morada al padre, alegando que sabía que alguien como ella jamás debía corregir a un sacerdote, pues en sus primeros años de servicio un cura se lo había prohibido severamente (este sacerdote, sin embargo, aceptó la corrección con gracia y gratitud).
Algunos de nuestros feligreses mayores prácticamente idolatran a su clero. Lo que sea que el padre quiera, eso es lo que se hará. Al padre no le gusta el pastel de chocolate, así que solo encargamos pasteles blancos. Al padre no le gusta ver a la gente con boletines informativos durante la misa, de modo que escondemos los boletines antes de empezar y nadie puede tener uno hasta que concluya la celebración. Los feligreses mayores le dan grandes abrazos al padre o al diácono y le dicen: “Ay, te quiero muchísimo. Eres el mejor sacerdote [o diácono] que hemos tenido”. Cuando llega un nuevo sacerdote o diácono, dicen y hacen exactamente lo mismo.
El clericalismo en los laicos también bloquea la retroalimentación necesaria para mantener a la Iglesia fiel al Evangelio, y obstaculiza el retorno de información que los ordenados precisan para servir adecuadamente a la comunidad.
Dentro de la relación entre laicos y clero, el clericalismo presenta a los clérigos como una fraternidad privilegiada cuyo estatus sagrado les garantiza protección eterna frente a los reproches del mundo, incluso cuando obran mal; del mismo modo, puede llevar a los laicos a esperar que el clero sea perfecto en todo y en todo momento. Al padre jamás se le permite simplemente tener un mal día.
Sin embargo, por muy desordenada que pueda volverse nuestra cultura católica, sus participantes siguen siendo esenciales: tanto los participantes visibles y clericales como los laicos cuya participación puede ser menos visible e incluso ignorada. Valoramos y necesitamos los servicios de los ordenados para constituir una comunidad eucarística vibrante; los no ordenados constituyen el grueso de esa comunidad y realizan sus propias contribuciones a su salud espiritual.
Si el sistema social que nos convoca no satisface nuestras necesidades y, en su lugar, privilegia el poder, los privilegios y el control, debemos afrontar no solo los efectos de dicha disfunción —secretismo, abusos sexuales, disminución de la asistencia a los servicios, un número menguante de personas dispuestas a llamarse católicas, etc.—, sino también la causa fundamental que propicia estos fracasos: la cultura a menudo inconsciente del clericalismo.
Separación cultural y la estructura eclesial
Los sacerdotes suelen vivir al margen y separados de las personas a las que sirven. Están cultural y, con frecuencia, físicamente muy alejados de las realidades de las comunidades que los rodean. Pasan la mayor parte de su vida adulta inmersos en una cultura clerical que domina casi todas las facetas de su existencia: desde trayectorias educativas específicas hasta oportunidades de socialización, desde sus condiciones de vida hasta su remuneración económica, en relaciones laborales restringidas por juramentos de obediencia y en un aislamiento impuesto por el celibato obligatorio.
La separación cultural no es exclusiva del sacerdocio, por supuesto, ni la cultura constituye necesariamente una influencia negativa. El término “cultura” se aplica a las formas entrelazadas de vida de una organización, ya sea una familia, una corporación, un Estado-nación o incluso una profesión u oficio. Casi toda profesión posee su propia cultura especial, la cual apoya y protege a sus miembros, les suministra información útil y les presenta oportunidades educativas relevantes (pensemos, a modo de ejemplo, en las culturas de la policía, los médicos o los sindicatos). Estas culturas aportan beneficios positivos a sus miembros; al mismo tiempo, para quienes están fuera de ellas y para quienes dependen de sus servicios, estas culturas especializadas pueden resultar opacas y a veces amenazantes, pudiendo también derivar en sistemas dañinos y perjudiciales.
Dentro de la Iglesia católica, dicha evolución hacia comportamientos dañinos se denomina clericalismo: un conjunto predominante de creencias y acciones en las cuales el clero es visto como algo diferente, separado y exento de las normas, reglas y consecuencias que se aplican a todos los demás.
Estas actitudes pueden surgir fácilmente dentro de la cultura de la Iglesia católica porque esta posee ciertas características que la distinguen de las de otros sistemas sociales:
- La estructura jerárquica y patriarcal de la Iglesia.
- La lealtad papal.
- Una ordenación a la que se le atribuye conferir un cambio ontológico.
- Educación y formación especiales y segregadas.
- Requisitos de celibato.
- Ropa e indumentaria, especialmente la litúrgica.
- Privilegios especiales en cuanto a remuneración y estilo de vida.
Aunque la mayoría de las organizaciones, especialmente los Estados-nación, poseen estructuras jerárquicas, muchas cuentan también con contrapesos y mecanismos de control del poder; por ejemplo, la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Estos actúan como frenos ante los excesos, los abusos y las tendencias de un centro de actividad a eclipsar a otro. Los estructuras que mejor funcionan permiten asimismo una supervisión externa e independiente cuando se sospecha corrupción o violación de leyes.
Sin embargo, en la Iglesia católica, los tres poderes han sido detentados durante largo tiempo por el Papa y las Congregaciones vaticanas que informan directamente a él, por los obispos en sus diócesis y por los párrocos en sus parroquias. Aunque el Concilio Vaticano II enfatizó la colegialidad de los obispos, la descentralización de la autoridad y un papel activo y significativo para los laicos, los predecesores del Papa Francisco volvieron a recalcar una autoridad jerárquica centralizada.
Incluso tras la adopción del nuevo Código de Derecho Canónico, la autoridad suprema residía en el Papa; la autoridad administrativa emanaba ostensiblemente del Papa, pero de hecho recaía por lo general en los cardenales y funcionarios de la Curia romana; la autoridad territorial correspondía a los obispos, y una limitada autoridad territorial recaía en los párrocos y sacerdotes. La participación de los laicos, tal como se experimenta hoy, queda sujeta a invitación y carece de autoridad definida sobre incluso la más pequeña de las decisiones relativas a una parroquia.
Un párroco próximo a jubilarse, consciente de la escasez de sacerdotes, sugirió al obispo que permanecería como párroco mientras mantuviera buena salud, siempre y cuando el obispo designara a un administrador laico para encargarse de los “asuntos comerciales” de la parroquia. El obispo se negó: si había un sacerdote, no se necesitaba un administrador laico.
Nuestros sacerdotes pertenecen a una orden misionera e intentan apoyar la participación laica, pero simplemente no conciben que los laicos estén “al mando”. En virtud de su ordenación, un sacerdote está casi siempre al frente de la parroquia o comunidad de culto, aun cuando un laico estuviera inmensamente más calificado. En todo caso, el jefe de un empleado de la Iglesia es, en última instancia, un varón ordenado. Sacerdotes más jóvenes o menos experimentados llegan para erigirse inmediatamente como “el jefe” en alguna capacidad (incluso sin ser el párroco). Los ordenados no solo se encuentran en una posición más segura que el personal estable, sino que además poseen automáticamente mayor autoridad que dicho personal.
Los laicos siempre deben “liderar desde atrás”, incluso si están inconmensurablemente más capacitados para encabezar una actividad.
Dentro de una estructura semejante (donde todo el poder reside en un sector reducido), los hábitos y comportamientos de quienes gobiernan encuentran escasos contrapesos para frenar los extremos. Su estructura permite que los líderes emitan decretos autoritarios en lugar de ensayar un discernimiento colaborativo o colegiado. El clericalismo ha brotado de esta estructura y ha acarreado consecuencias desastrosas; una de las más devastadoras ha sido la facilitación de los abusos sexuales del clero y su encubrimiento por parte de la jerarquía.
A veces, el daño infligido permanece oculto porque solo el sacerdote, el diácono o el personal implicado saben lo ocurrido; en otras ocasiones se oculta porque el impulso de evitar criticar o condenar a un clérigo se ha arraigado profundamente en los católicos, tanto clérigos como laicos.
Un hombre de unos 70 años admitió en el hospital local que, cuando era adolescente, el sacerdote de su parroquia rural había abusado sexualmente de él durante cuatro años. La medicación hospitalaria había disminuido sus inhibiciones, llevándoselo a confesar ante la capellana del centro. La capellana informó de inmediato al párroco católico local, quien a su vez avisó prontamente a la diócesis. El Director de Entorno Seguro elaboró un plan para informar a la comunidad de la parroquia rural sobre el “informe razonable” de que un sacerdote abusador había estado en la parroquia medio siglo atrás, con el fin de que otras posibles víctimas recibieran ayuda si la necesitaban.
El Vicario General se comunicó primero con el actual párroco de la parroquia rural para notificarle el informe. El sacerdote actual, que llevaba más de 35 años sirviendo en esa parroquia y conocía al depredador ya fallecido, se opuso al plan del Vicario General argumentando: “¿Para qué alterar a la parroquia por algo que pasó hace tanto tiempo? Quizás solo fue esta persona”.
El Vicario General hizo caso omiso de las objeciones del párroco. Cuando se informó a la comunidad de fe sobre el reporte, sobrevino un silencio que evidenciaba que el secreto no se limitaba a las víctimas; era un secreto conocido por más de unos pocos en la comunidad durante más de 50 años. Cinco adultos más se presentaron para hablar confidencialmente con el personal diocesano, manifestando que también habían sido abusados por el mismo párroco medio siglo atrás. Cada uno de ellos creía haber sido el único agredido sexualmente, y ninguno pensó que podía contárselo a sus padres ni a nadie más porque, de niños y adolescentes, creían que nadie les creería o que serían castigados por mentir.
Los padres de un joven de 25 años se disponían a salir de su casa para celebrar el 25.º aniversario de ordenación del sacerdote que había abusado de su hijo diez años antes. Antes de partir, el joven por fin reunió el valor para confesarle a sus padres lo ocurrido. Sus padres respondieron: “No pasa nada, hijo; te perdonamos”. Y luego se fueron a la celebración.
Estas son las clases de respuestas que, en última instancia, condujeron a tantos titulares sobre abusos sexuales del clero en este siglo. La supresión de denuncias, el secretismo y la atribución de culpas a las víctimas derivaron de la disfunción del clericalismo. La creencia ciega de que los sacerdotes no podían equivocarse —o de que, si lo hacían, la noticia de tal fallo jamás debía divulgarse— permitió que la corrupción se extendiera.
Pero existen asimismo otras consecuencias, incluidas aquellas que perjudican a los sacerdotes que se aíslan dentro de la cultura y las que dañan a nuestras comunidades de fe.
Jesús y sus discípulos modelaron un tipo de estructura muy diferente para la Iglesia, basada en el liderazgo de servicio. La forma imperial que conocemos hoy surgió de elecciones posteriores hechas por seres humanos.
Una jerarquía imperial en un mundo moderno
El sistema jerárquico de la Iglesia romana fue diseñado para dotar a una Iglesia naciente de una presencia autoritaria en el Imperio romano. Tuvo éxito en ese propósito y, a medida que la Iglesia crecía, adaptó esa misma estructura a una dimensión global. El desarrollo en el seno de la Iglesia de esta estructura jerárquica de carácter imperial romano alcanzó esencialmente su apogeo entre los siglos XIX y XX.
Cuando emergió el Concilio Vaticano II, lo hizo en una época en la que el mundo entero comenzaba a desmantelar las estructuras imperiales. En esa misma línea, el Concilio llamó la atención sobre el papel de los laicos y nos convocó a retornar a las raíces más tempranas de la Iglesia, hacia roles complementarios. Sin embargo, aunque el Vaticano II procuró “abrir una ventana”, no abordó directamente las estructuras históricas que la Iglesia había tomado prestadas de la antigua Roma. La separación entre clero y laicos persiste, al igual que el clericalismo que sostiene dicha cultura.
Hoy en día, nuestro sistema se asemeja mucho más a un reino feudal que a la comunidad de fieles de la Iglesia primitiva. La estructura eclesial favorece y respalda a los clérigos (caballeros, duques, reyes/monseñores, obispos, cardenales) —especialmente a aquellos elevados al rango de obispos— a expensas de todo el Pueblo de Dios.
Un sacerdote acudió a presidir la misa en una iglesia vecina y, al presentarse, le dijo a la congregación que él era el “Rey” de su parroquia y de su pueblo (el sacerdote hablaba en serio).
En una reunión del consejo pastoral, un nuevo párroco comunicó a sus miembros que no admitiría en el consejo a nadie que estuviera en desacuerdo con él. Les indicó que el Derecho Canónico establece que el párroco está al mando y que, por lo tanto, en todos los asuntos se hace lo que él diga. Cuando se le hizo notar que a veces la discusión puede aportar otras opciones u opiniones, dejó en claro que él elegiría a los miembros de su consejo y que no toleraría oposición alguna.
El personal parroquial debe aprender y utilizar la plataforma tecnológica elegida para la parroquia. No obstante, si un sacerdote de la parroquia se niega a utilizar dicha plataforma, se espera que la parroquia pague por una tecnología alternativa, aun cuando esta no sea compatible con el software parroquial.
En varias ocasiones hemos tenido un sacerdote que se negó rotundamente a cumplir una parte de sus obligaciones laborales. No se hizo nada al respecto porque los demás sacerdotes de la casa alegaron que tenían que convivir con él. Para realizar las tareas que el sacerdote rechazaba, el párroco contrató entonces a un laico sin contar con financiamiento para este personal adicional y sin reducir la compensación que el sacerdote y su orden religiosa recibían, una reducción que podría haber compensado los costos del trabajo que él ya no realizaba.
Cuando el clericalismo impera a todos los niveles, la expectativa es de control clerical, reconocimiento clerical y beneficio clerical, marginando a los laicos. Dentro de la jerarquía clerical, la expectativa continúa a medida que los sacerdotes se subordinan a los obispos, estos a la Curia y esta (supuestamente) al Papa en turno.
Sin embargo, esta centralización de autoridad, ya sea a nivel global o local, no constituye la mayor vulnerabilidad de la estructura actual de la Iglesia. Su debilidad principal radica en el intento de aplicar sensibilidades y culturas antiguas y medievales a un mundo del siglo XXI. Los habitantes del mundo actual son más educados, más móviles, tecnológicamente más empoderados y considerablemente más independientes que la población existente cuando se consolidó la estructura imperial romana. En siglos anteriores, el clero solía ser el sector mejor educado de la comunidad, con las bases más sólidas en teología, estudios bíblicos y liturgia; en las naciones modernas, los laicos con dichos títulos y formación superan habitualmente al clero. En épocas pasadas, se podía asumir que el clero resolvería todas las necesidades comerciales y administrativas de la parroquia; en las economías modernas, es el laico quien por lo general posee las destrezas y la capacitación requeridas para tales labores de gestión.
A pesar de estas realidades, el modelo del sacerdote como único “soberano” de una parroquia o diócesis persiste en la estructura eclesial. Quienes procuran adaptarse a prácticas más colegiadas rara vez obtienen apoyo continuo. Una parroquia donde el párroco alienta a los laicos a asumir roles de servicio adecuados y a aportar su visión a la vida comunitaria puede ver cómo esa práctica retrocede instantáneamente al método de “se hace lo que yo digo o te vas” en cuanto arriba un nuevo párroco. Si un obispo apoya los esfuerzos para desarrollar funciones más significativas para los laicos, el obispo sucesor puede abolir por decreto inmediato toda esa participación y exigir “exclusivamente clérigos” para los roles pastorales. La cultura de la Iglesia continúa cimentada en el supuesto de que las estructuras adoptadas en siglos pretéritos deben respetarse, incluso si no funcionan, para que la Iglesia lleve adelante su misión hoy.
Esta presunción equivocada se manifiesta de múltiples formas:
Una DER asistía a un curso de educación continua que resultaba inspirador y desafiante. Se lo comentó al diácono, animándole a sumarse al pensar que podría gustarle. Su respuesta fue que él ya había completado su formación para ser diácono y que esas clases eran para “gente común, no para alguien ordenado”. Añadió: “Voy cuando se me obliga por mandato y no necesito más educación”.
Un sacerdote visitante en una parroquia sin párroco pronunció una homilía en la que criticó a la comunidad por el estilo de su crucifijo, el de sus estatuas y el de su música. Tras la misa, comentó en la sacristía que el problema de esa parroquia era que las mujeres son conflictivas. La sacristana que lo había asistido antes de la misa era una mujer.
Un sacerdote local de una parroquia vecina acudió a concelebrar un funeral junto al párroco del lugar. Durante la misa exequial, el párroco fraccionó la hostia grande en partes durante la oración del Cordero de Dios. Acto seguido, entregó al sacerdote concelebrante una hostia consagrada idéntica a las destinadas a la congregación presente. Mientras el párroco elevaba el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor ante el pueblo, la mano del sacerdote concelebrante se extendió por detrás del párroco y cambió la hostia destinada a los fieles por un fragmento de la hostia grande que había sido partida. Resultaba obvio que el sacerdote concelebrante sentía que solo debía recibir la “comunión del sacerdote” y no el Pan ofrecido a los laicos.
La colaboradora laica que dirige el programa de confirmación juvenil no es invitada a la cena y reunión que el obispo solicita con los sacerdotes tras la confirmación, pero el ministro varón de liturgia y música siempre es invitado.
Desde el diácono que asume que su educación ha concluido por estar ordenado, hasta la presunción de que el sacerdocio confiere un criterio artístico superior, pasando por la marginación de los no ordenados (en especial las mujeres), el clericalismo incrustado en la estructura de la Iglesia daña a nuestras comunidades de fe. No es difícil hallar ejemplos explícitos:
Quince sacerdotes se reunieron en una parroquia local para su junta decanal mensual. El decano electo presentó un informe de la reunión anterior del Consejo Presbiteral acerca de un plan diocesano para que los párrocos fuesen evaluados por un grupo selecto de feligreses. Al compartir la vida parroquial con el párroco, dichos fieles aportarían su perspectiva para la evaluación del desempeño laboral del cura por parte del obispo. El decano solicitó comentarios. En mi opinión, el borrador parecía razonable y equilibrado en su enfoque; permitía la confidencialidad y requería retroalimentación sobre áreas clave del ministerio del párroco.
Tras la exposición de la herramienta de evaluación por el decano, un párroco de reciente nombramiento manifestó su oposición a la idea de consultar a los feligreses. “He dedicado ocho años de mi vida a la formación en el seminario para aprender lo que significa ser sacerdote —afirmó—. Soy responsable únicamente ante mi obispo. La gente de la parroquia no ha sido capacitada ni informada sobre cuáles son los deberes y responsabilidades de un sacerdote. Por lo tanto, no pueden realizar una evaluación adecuada de un sacerdote”.
La sala quedó en silencio. Ninguno de sus hermanos sacerdotes pronunció palabra, incluyéndome a mí. El decano pasó a otros puntos de la agenda. El borrador para la evaluación del párroco sigue siendo una simple “opción” dentro de la diócesis.
Quizás convenga insertar una nota en este punto para confirmar que todas las anécdotas leídas en este documento proceden de experiencias personales recientes de aquellos clérigos y laicos que compartieron sus historias con nosotros. No pertenecen al pasado; son vivencias de este siglo, salvo especificación en contra referida al siglo XX tardío. Representan lo que somos hoy como católicos, salvo en los contados reductos de iluminación donde el clericalismo se reconoce y se combate directamente.
El Papa Francisco condena reiteradamente este clericalismo.
Ha tomado medidas para consolidar la sinodalidad en la vida y el funcionamiento de la Iglesia como receta para reducir y eventualmente erradicar el clericalismo. Sin embargo, como pueblo, arrastramos siglos de cultura no examinada que refuerzan los hábitos y creencias que nos dividen entre “ordenados” y “otros”. Ninguna receta será eficaz a menos que enfrentemos las formas en que alimentamos el clericalismo y todos los modos en que este nos perjudica, seamos ordenados o no. El sistema feudal agoniza en medio de una gran tensión. Aceptar esta realidad es terapéutico para que pueda surgir una vida nueva.
Para despejar el camino hacia esa vida nueva, debemos examinar de qué manera el clericalismo perjudica incluso a quienes parecen beneficiarse de él, así como contrastar nuestra actual cultura clerical con la cultura de la comunidad cristiana concebida originariamente por Jesús y los Apóstoles.
El clericalismo obstaculiza el crecimiento y la gracia
Podría parecer, a primera vista, que quienes gozan de una autoridad y un puesto definidos mediante la ordenación obtienen todas las ventajas de una estructura eclesial favorable a los clérigos. No obstante, no debemos dar por sentado que el clericalismo daña exclusivamente a los laicos. Los propios sacerdotes sufren cuando el clericalismo limita su desarrollo hacia la madurez como seres humanos.
Todo ser humano está llamado a crecer y desarrollarse a medida que su vida transcurre. La gracia de Dios se concede a todos para que cada uno llegue a ser aquello a lo que Dios nos llama. Como cristianos, creemos que el Espíritu Santo actúa como auxilio y guía en este proceso de maduración. Los sacerdotes ordenados, ni más ni menos que los laicos, están sumergidos en la condición humana y deben buscar su maduración humana, psicológica y espiritual conforme a la voluntad de Dios.
A veces, el entorno cultural que rodea a una persona le otorga la libertad y los recursos para florecer, avanzando en la “santidad” o convirtiéndose más plenamente en aquello a lo que Dios le convoca. En otras ocasiones, el entorno cultural resulta tóxico para el crecimiento y desarrollo humano exigido por la gracia de Dios.
El ambiente cultural que engendra el clericalismo detiene o paraliza —resulta tóxico para— el desarrollo humano al generar un desequilibrio entre las tres identidades que maneja un sacerdote: ser humano, cristiano y ministro ordenado. Atrapado en la mentalidad del clericalismo, el sacerdote invierte estas prioridades. Como consecuencia, el ministerio que ofrece no responderá ni a las necesidades espirituales de la comunidad de fe ni a las suyas propias.
Crecer como persona
En su itinerario espiritual humano, los sacerdotes ordenados gestionan tres identidades:
- “Soy un ser humano.”
- “Soy un cristiano.”
- “Soy un sacerdote ordenado.”
Las tres deben desarrollarse adecuadamente para permitir el ministerio del sacerdote y servir al Evangelio. Como reza el documento de la AUSCP sobre formación sacerdotal (2018): “Lo peculiar del Orden Sagrado radica en el llamado al servicio pastoral de las personas, a ser pastores-servidores de las ovejas de Dios. Estar arraigados en la Palabra de Dios, acogerla y vivirla, y mantener una relación personal con Jesucristo son los cimientos de ser cristiano y, por ende, de ser sacerdote en la Iglesia”.
“Soy un ser humano”: Seamos cristianos o no, laicos u ordenados, nuestra vida descansa sobre un fundamento humano. Los pensamientos espirituales y la comodidad con el lenguaje teológico pueden distinguir superficialmente al ministro ordenado de los demás, pero esa superficie sigue apoyándose en la misma base: él es un ser humano.
La labor pastoral exige que el ordenado abrace su humanidad, experimente sus propias vulnerabilidades y se sumerja en la vida pastoral para conocer mejor las realidades de su propia condición humana. No debe llevarlo a perder el contacto con sus propios dones humanos.
Un compositor, cantante e intérprete universitario con talento musical —graduado y con gran talento— ingresó al seminario para estudiar teología. En poco tiempo, el ambiente y la cultura del seminario fueron cercenando progresivamente su creatividad. Pronto se descubrió incapaz de tocar la guitarra, componer, cantar e interpretar. Nadie le ordenó que se detuviera; más bien, el clima distorsionado del seminario sofocó sus dones humanos. Su incapacidad para ejercer su talento persistió durante sus años de formación teológica. Afortunadamente, perseveró en sus estudios y, una vez fuera del seminario, situado en el entorno más humano de la vida y el ministerio parroquial, su espíritu creativo y sus talentos volvieron a la vida gradualmente.
El Jesús que encontramos en los Evangelios recorrió asimismo un camino de crecimiento humano. De adolescente, Jesús regresó a Nazaret desde el Templo de Jerusalén junto a María y José, volviendo a su hogar “donde crecía en sabiduría y en estatura”. Más tarde, habituado a las perspectivas judías del siglo I, Jesús se encontró con una mujer sirofenicia y con un centurión romano —ambos no judíos—, y aprendió que su misión trascendía los límites de su comunidad judía. Al vivir su misión, Jesús quebrantó las normas religiosas de la época que prohibían el contacto con prostitutas, publicanos, pecadores y leprosos. Vemos así en los Evangelios cómo el despliegue de su vida humana sacó a Jesús de los confines judíos convencionales, superando el comportamiento habitual de un rabino e introduciéndolo de lleno en la condición humana.
Incluso el Evangelio de Juan, que nos ofrece la cristología más desarrollada, presenta a Jesús como “el Verbo hecho carne”.
El Nuevo Testamento presenta asimismo a Jesús como Rey, Mesías, Rabino, Señor y nuestro Sumo Sacerdote; empero, antes de asumir esos roles, Jesús nace del polvo de la tierra, nacido de mujer.
A medida que Jesús de Nazaret crecía día a día, nuestro Señor Encarnado (semejante a nosotros en todo menos en el pecado) experimentó el despliegue de su propia conciencia humana. Al sumergirse Cristo en lo que significa ser plenamente humano, se convirtió en el medio de salvación para toda la humanidad.
El ministerio de un diácono, un sacerdote o un obispo se convierte igualmente en un signo sacramental cuando la ordenación y la humanidad son aceptadas y abrazadas en conjunto. Al igual que ocurrió con Jesús, la gracia de Dios penetra en la condición humana a través de la vida y el ministerio humanos del sacerdote.
“Soy un cristiano”: Los ministros ordenados son también cristianos, y el pensamiento del ministro ordenado debe situar su Bautismo como el cimiento sobre el cual descansa su ordenación.
Su ordenación es una disposición particular, dentro de la comunidad eclesial, de su condición de bautizado en Cristo. Por lo tanto, al servir a la comunidad de fe en el sacerdocio ministerial, el ordenado debe reconocer, valorar y celebrar la presencia diversa y poderosa de Cristo en la vida de los demás miembros bautizados del Pueblo de Dios.
Debería resultar liberador para un obispo, un sacerdote, un diácono o un laico contemplar la vida bautismal como cristiano como la base que define todos los roles dentro de la comunidad de fe. Debería ser liberador percatarse de que existen muchos otros miembros además de los ordenados que son alter Christus en toda clase de circunstancias.
¿Qué ministro ordenado, por ejemplo, no ha asistido a una persona moribunda pensando inicialmente que le está llevando a Cristo, para luego comprender que en ese instante es el moribundo quien se convierte en Cristo para el sacerdote?
Debería resultar liberador comprender que el papel de cristiano nos convoca a todos en una única y santa empresa, tal como se le recordó a un obispo:
Un obispo debió renunciar a su diócesis y, preocupado por la impresión que esto causaría, preguntó: “¿Qué debo decirle a la gente?”. La respuesta desde Roma fue: “¡Diles que la Iglesia pertenece a Cristo! El obispo abandona su cargo, pero el Cuerpo de Cristo sigue viviendo”.
“Soy un sacerdote ordenado”: En la primera mitad de la vida, los seres humanos crecen hacia afuera (“hacia el exterior”), consolidando sus identidades en el mundo. En la segunda mitad de la vida humana, somos desafiados a crecer hacia adentro (“hacia lo profundo”) de nosotros mismos. Las instituciones educativas otorgan diversos títulos, nos graduamos, obtenemos certificaciones, licencias u ordenaciones. Estos son mojones en el discernimiento externo hacia la vida.
Un joven que se pone en contacto con la oficina de vocaciones, completa una solicitud de ingreso a un seminario y realiza el trabajo y el discernimiento externo exigidos a un seminarista, debe dar respuestas a interrogantes tales como: “¿Quién soy yo en el mundo?” y “¿Cómo encajo en este mundo en el que estoy creciendo?”.
En el mejor de los casos, aprende que ser un buen sacerdote (diácono u obispo) exige poseer un arraigo encarnacional: ser alguien que vive en su humanidad y es consciente de ella. Asimismo, debe valorar el don de ser cristiano —un hijo adoptivo en la familia de Dios—. Por último, como tercera prioridad que debe edificarse sobre las dos primeras (ser un buen ser humano y luego un buen cristiano), debe descubrir con mayor profundidad lo que significa estar ordenado al servicio del Evangelio.
La autoafirmación de una persona ordenada no puede lograrse a costa de devaluar los roles que otros desempeñan dentro del Cuerpo de Cristo. Los ministros ordenados necesitan una comprensión clara y sana de quiénes son y qué función deben cumplir, pero siempre desde una actitud humilde hacia los demás ministerios y vocaciones dentro de todo el Cuerpo de Cristo.
El clericalismo frena el crecimiento humano
Cuando un sacerdote ordenado invierte sus prioridades, detiene o paraliza su desarrollo humano y se encamina hacia el clericalismo. Los cimientos de este fallo pueden comenzar con los laicos, en el hogar familiar. Las familias católicas suelen ensalzar la posición de un muchacho que manifiesta su deseo de ser sacerdote; este asume un papel semejante al de un hijo único, considerado merecedor de trato especial y elogios. ¿Cuántas historias con estos ingredientes podemos evocar?
Su madre lo bautizó poniéndolo sobre el altar y lo consagró para ser el sacerdote de la familia. De los ocho hijos (él era el séptimo), fue al que más atendió, aquel a quien todos declaraban “bueno”. Ingresó al seminario en octavo grado, pero se marchó a los dos años. Esto no complació a su madre, quien rezaba para que algún día regresara a su “verdadera vocación”. En su lugar, se enroló en el ejército, sirvió cuatro años, se casó y tuvo hijos. Estaba a mediados de los treinta cuando oyó por casualidad a su madre comentarle a sus hermanas que no entendía por qué no había muerto en Vietnam, dado que estaba convencida de que ese debía ser su destino en la familia al no haberse convertido en sacerdote.
Después de que “Sam” anunciara que iba a ser sacerdote, el vicario parroquial le permitió organizar a todos los monaguillos, dirigir a los sacerdotes visitantes y dar órdenes a todo el mundo. ¡Incluso le dijo a su propia madre que no era digna de comulgar! El muchacho tenía 16 años, vestía sotana todo el domingo y ni siquiera se había marchado al seminario todavía. A nadie en la congregación le pareció extraño. Su madre pregonaba ante todos cuán especial e importante era él.
Cuando un joven deja atrás la infancia y la adolescencia para ingresar a un seminario de formación sacerdotal, es probable que halle nuevos refuerzos de que es alguien especial y “elegido”. En lugar de crecer como humano/cristiano/sacerdote —visualizando su rol como el del servidor que atiende al pueblo de Dios—, el seminarista puede incorporar la noción de que merece estar segregado y ser valorado por encima de los demás, experimentando la validación constante de su “separación” y su “llamado superior”.
En su artículo de blog en Pray Tell: Worship, Wit & Wisdom (“Desafiando el clericalismo”, 2 de enero de 2019), el profesor Richard R. Gaillardetz sostiene que una “teología problemática” subyace a esta separación: “Podemos advertir el auge del clericalismo en el modo en que la enérgica insistencia de los ministros en una identidad clerical distintiva oscurece su solidaridad con todo el pueblo de Dios. Esta obsesión por una identidad clerical diferenciada se fundamenta, a su vez, en una teología problemática del Orden Sagrado”.
Dicha teología, prosigue, presupone una noción sumamente privatizada de la vocación sacerdotal:
Se desplaza con demasiada facilidad desde el sentido de la llamada divina hacia la aceptación individual de dicha llamada, pasando por alto por completo el necesario papel mediador de la Iglesia como el contexto en el que dicha llamada es discernida, evaluada y cultivada.
La formación en los seminarios contemporáneos inculca con demasiada frecuencia tales actitudes en quienes se preparan para el sacerdocio. Con el tiempo, dichas posturas dan pie a conductas clericales ofensivas para la gente, comportamientos que han contribuido significativamente a las crisis actuales en la Iglesia católica.
El sistema de los seminarios pretende fomentar el desarrollo humano de las personas destinadas al sacerdocio; sin embargo, fracasa con algunos, otros sobreviven como personas a pesar de él, y algunos emergen de esos años convertidos en clericalistas. Citando nuevamente el documento de la AUSCP sobre formación sacerdotal:
Nuestra percepción es que el modo en que el actual Programa de Formación Sacerdotal se ha implementado en muchos seminarios ha resultado, las más de las veces, en sacerdotes que no se ven a sí mismos como servidores de molde crístico para el pueblo de Dios. Tienden a articular su estatus empleando conceptos tales como “MI misa”, “MI sacerdocio”, “cambio ontológico en mi ser” y Alter Christus, de maneras contrarias a la comprensión conciliar (Vaticano II) de la llamada al servicio pastoral. El énfasis reiterado en tales nociones respalda una sensación de distancia, separación, elitismo, clericalismo, insensibilidad y superioridad, todo lo cual ha sido criticado por el papa Francisco. Estas actitudes socavan el ministerio de servicio pastoral al que el sacerdote es llamado.
El foco puesto en la gobernanza sacerdotal durante la formación, más que en el servicio y en el énfasis en el gobierno por encima de la colegialidad, fueron características advertidas por dos exprofesores de seminario, C. Colt Anderson y Christopher M. Bellitto (“La reforma que los seminarios necesitan: Fiebre escarlata”, Commonweal, 8 de abril de 2019):
Los seminaristas saben que, dada la escasez de sacerdotes en Estados Unidos, transcurrirá poco tiempo tras su ordenación para que asuman como párrocos una comunidad propia. Escuchábamos frecuentemente en el comedor conversaciones que reflejaban esto: “Cuando sea párroco, voy a poner mi lugar en el mapa”. Oíamos muy pocas menciones al servicio, al liderazgo compartido, a las relaciones colegiadas con los consejos parroquiales o a potenciar los talentos de los feligreses. Resultaba evidente que la parroquia pertenecía al párroco y no a la gente. En una ocasión, el cardenal Francis George explicó a un grupo de seminaristas en Chicago que el papa Benedicto XVI subrayaba que el rol del sacerdote y del obispo era gobernar, no liderar. Esto no tenía nada de inusual: a los seminaristas se les inculca un mensaje constante: su papel es gobernar sobre los laicos y los consagrados en virtud de su cambio ontológico en la ordenación, no como fruto de su virtud, su conocimiento o su conducta ejemplar. Se les entrena para ser jefes autocráticos, no líderes servidores.
La merma del servicio pastoral puede generar otra forma debilitante de clericalismo, aquella dirigida contra otros sacerdotes. La observancia estricta de protocolos y el conformismo rígido han producido clérigos que consideran su deber “corregir” a cualquier colega que consideren menos riguroso en la observancia de los rituales que la impartida en su propia formación.
Un seminarista en su año de diaconado fue asignado a una parroquia católica progresista y vibrante. Con frecuencia criticaba al párroco porque este no se ceñía estrictamente al texto literal del Misal Romano. El párroco también llevaba a cabo una imposición mensual de manos, posterior a la comunión, para quienes deseaban recibir una bendición. El seminarista se quejaba de que tales prácticas no correspondían a lo que le habían enseñado en el seminario.
El seminarista comentaba a otros que prefería una parroquia con apenas uno o dos feligreses que fueran católicos firmes y devotos recitadores de oraciones, antes que una iglesia colmada de gente que no demostrara solidez en sus compromisos y hábitos piadosos católicos. Si alguien en una parroquia bajo su mando experimentaba problemas, publicaría horarios de oficina fijos para que acudieran a solicitar ayuda.
El párroco había atendido en solitario una parroquia de dos sacerdotes durante 11 meses, por lo que acogió calurosamente la llegada de un nuevo vicario parroquial. Poco después, el párroco invitó al vicario a concelebrar la misa con él en el gran hogar de ancianos local. El vicario declinó con diversas excusas; ante la insistencia del párroco, dijo que asistiría y se sentaría con los residentes, pero que no concelebraría la misa. Intrigado, el párroco le preguntó el motivo. El vicario explicó que su conciencia le impedía concelebrar porque el párroco modificaba ocasionalmente algunas palabras del Misal Romano al celebrar. Por consiguiente, el vicario consideraba que la concelebración constituía un sacrilegio y un pecado.
Cuando el párroco expresó su estupor ante tal afirmación, el vicario intentó tranquilizarlo diciendo que él también había corregido a un obispo por emplear palabras incorrectas, y que el obispo se lo había agradecido (el párroco se preguntó si el obispo habría sido sincero).
Cuando el recién ordenado transita sus primeros años de ministerio, suele concebir sus prioridades de este modo: primero, ser un buen sacerdote (o diácono); segundo, ser un buen cristiano; y tercero, poseer una conciencia exacta de su humanidad, es decir, de su condición de miembro del género humano. Cuando este orden de prioridades se mantiene inalterado —invirtiendo así las prioridades fundamentales para el desarrollo y crecimiento humano—, el sacerdote debilita o ignora su propia humanidad.
No obstante, cuando el desarrollo humano y espiritual madura en la vida de un ordenado, el orden de prioridades se ajusta debidamente: primero, soy una buena persona; segundo, soy un buen cristiano; tercero, soy un buen sacerdote. Quienes poseen mayor experiencia pastoral intentan corregir los baches en este reajuste necesario, como muestra el ejemplo siguiente:
El arzobispo de una gran diócesis metropolitana observó que algunos de los recién ordenados estaban oficiando su primera misa en latín en lugar de inglés. Su alarma aumentó al ver una fotografía brillante de un seminarista próximo a ordenarse que había posado vistiendo sotana, capa, bastón y birrete. El obispo llamó al seminarista para indicarle que no volviera a vestirse así y que suspendiera la distribución de tales imágenes. El arzobispo confesó su preocupación acerca de lo que subyacía al comportamiento de dicho seminarista.
A falta de correctivos enérgicos frente al clericalismo emergente, sin embargo, un sacerdote puede asumir que, una vez ordenado, dispondrá de todo lo necesario para su autorrealización. A medida que el clericalismo infla el poder de ese sacerdote, este puede distorsionar o incluso rechazar las buenas prácticas pastorales y cortocircuitar su propio crecimiento humano, desequilibrando sus prioridades.
Un párroco le dijo a un grupo de muchachos de secundaria que, si deseaban conducir buenos automóviles, tomar vacaciones lujosas y vestir ropa costosa, debían hacerse sacerdotes al crecer. A continuación, les mostró su nuevo Cadillac y sus zapatos Gucci.
Un párroco afirma reiteradamente: “Me encanta ser sacerdote”. Sin embargo, el mismo sacerdote deja saber que le disgusta: las misas dominicales demasiado tempranas o demasiado tarde; confesar; realizar visitas hospitalarias; reunirse con parejas que se preparan para el matrimonio; asistir a juntas administrativas o de comisiones. Ama su estatus de sacerdote, no las obligaciones de párroco.
La primera carrera profesional de este sacerdote fue inestable e insatisfactoria; trabajó como ingeniero para una compañía tecnológica. Convertirse en sacerdote ordenado le pareció una opción mejor. Ingresó al seminario, aprendió las reglas y la “tecnología” asociada al oficio sacerdotal y fue ordenado. No obstante, en su labor pastoral observaba a personas que, a su juicio, no se tomaban “lo católico” con la seriedad suficiente. Se volvió propenso a juzgar con rapidez y estallaba en cólera contra individuos que, según él, no “actuaban como católicos” de manera correcta. Sus reacciones y el estrés del entorno pastoral generaron en él una profunda crisis personal.
Los feligreses atendidos por cada uno de estos sacerdotes probablemente se verán distraídos de sus propios caminos de crecimiento espiritual, a menos que logren ignorar o sortear los obstáculos interpuestos por sus curas.
La salud del sacerdocio ministerial y del diaconado, así como la de toda la Iglesia, nos exigen denunciar el clericalismo por sus fallas, no solo en la atención al conjunto del Pueblo de Dios y en la obstrucción de la comunidad colegial de los fieles, sino también en el modo en que estanca o paraliza el crecimiento psicológico, humano y espiritual de los ministros. Es una actitud tóxica para los ordenados y para la vida de la Iglesia, y dista mucho de ser el camino que Jesús indicó a sus seguidores.
El sacerdocio desde el principio: ¿Qué pretendió Jesús?
Los seguidores más tempranos de Jesús lo consideraban como el reemplazo del Templo mismo, incluyendo el culto centrado en el Templo y el sacerdocio que en él oficiaba. Jesús afirmó explícitamente este reemplazo: ni él instituyó una casta clerical provista de privilegios y prerrogativas, ni tampoco lo hicieron sus primeros discípulos.
Jesús de Nazaret era judío, miembro de la tribu de Judá. De dicha tribu procedían los reyes de Israel, figuras como el rey David. Como descendiente davídico, Jesús pertenecía a este linaje real. En cambio, todos los sacerdotes de Israel provenían de la tribu de Leví, la estirpe tanto de Moisés como de su hermano Aarón. Una vez que Yahvé instruyó a Moisés para designar a Aarón como sumo sacerdote de Israel, todos los sumos sacerdotes israelitas fueron levitas, al igual que los demás funcionarios dedicados al culto del Templo.
Jesús no guardaba relación alguna con esta casta sacerdotal levítica. Si bien acudía a rendir culto al Templo como un fiel judío, no era un sacerdote al servicio de este; con toda probabilidad, Jesús formaba parte de los fariseos: un laico piadoso, instruido y practicante.
Tampoco existe indicio alguno en los Evangelios de que aquellos a quienes Jesús congregó como sus discípulos más cercanos tuvieran vínculos con el Templo o con los sacerdotes que allí operaban. Tal como Jesús plasmó en su ministerio público, convocó a sus discípulos a ser mensajeros, apóstoles y pregoneros de la buena nueva.
Jesús dio inicio a un movimiento de discípulos misioneros a los que advirtió que preservasen la sencillez y la humildad que él mismo encarnaba. Les prohibió aceptar títulos formales tales como “Rabí” o “Padre”. Los capacitó para sanar en ocasiones, pero les previno de adquirir una noción enaltecida de sí mismos como seres especiales dotados de poderes exclusivos.
Tampoco legó Jesús un compendio de deberes sacerdotales; en su lugar, transmitió a sus discípulos unos pocos mandamientos nucleares: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo. Instruyó a sus discípulos más íntimos a imitarle en su condición de alguien que vino a servir y no a ser servido, lo cual demostró lavándoles los pies durante la Última Cena. La llamada y el papel de los apóstoles desde los inicios diferían radicalmente de los sacerdotes que oficiaban en el Templo.
La Carta a los Hebreos presenta a Cristo Resucitado como Sumo Sacerdote, pero de un tipo singular: sacerdote según el orden de Melquisedec. Melquisedec es una figura de carácter mítico en las Escrituras, oscura pero simbólica, mencionada en contadas ocasiones. Dicha referencia establece un contraste con los sacerdotes del Templo que oficiaban según el orden levítico. La Carta a los Hebreos, redactada hacia finales del siglo I d. C., empleó esta analogía para ayudar a los familiarizados con la tradición sacerdotal israelita a comprender que el sumo sacerdocio de Cristo Resucitado sustituía a la antigua tradición sacerdotal judía.
Como “sacerdote según el orden de Melquisedec”, el Señor resucitado no estaba atado a un templo específico, sino que se encontraba con las personas “en el campo”, del mismo modo que Melquisedec ayudó a Abraham a invocar al Dios que lo llamó y le aseguró que Dios era un agente activo en su existencia. En lugar de ofrecer sacrificios rituales en el Templo de Jerusalén como hacían los sacerdotes levitas, Jesús de Nazaret empleó su propia presencia, tiempo y talento “sobre el terreno”. Su ministerio público discurrió de un lugar a otro, ayudando a las personas a conocer a Dios como un Padre amoroso y misericordioso.
El sacerdocio de Melquisedec condujo a Abraham hacia el Dios Altísimo; la personalidad y el sacerdocio de Cristo Resucitado nos conectan con Dios en calidad de Padre amoroso. Siempre que reflexionemos o hablemos sobre el sacerdocio de Jesús resucitado, debemos concebirlo definido por el “orden de Melquisedec”.
Durante la Última Cena, Jesús identificó el sacrificio que ofrecía como el sacrificio de sí mismo: una sola vez, para siempre y por todos. Proveedor de una profunda imaginería ritual para este sacrificio, se identificó con el pan partido y el vino vertido. Estaba entregando su vida corporal por ellos: Este es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Estaba derramando su sangre vital por ellos: Este es el cáliz de mi sangre, sangre de alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por todos. Los discípulos debían unir sus vidas a la vida de su cuerpo y su sangre ofrecidos en sacrificio por la humanidad.
La participación ritual en su cuerpo y su sangre vino acompañada de la orden de “hagan esto en memoria mía”, para que los discípulos recordasen lo que Jesús encarnaba y participasen de ello. Ellos debían también entregar sus vidas, corporizando su existencia en el servicio. Ello comprendía aceptar “la cruz” tal como el propio Jesús lo hizo. Los discípulos habrían errado el blanco si se hubieran limitado a ejecutar el ritual desvinculándolo de sus propias existencias; habrían fallado en cumplir sus mandamientos nucleares: amar a Dios, amar al prójimo y entregar la vida en el servicio. Como enfatiza la Carta a los romanos:
Ofrezcan sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es su culto espiritual. Que el amor sea sincero; ándense en caridad fraterna unos con otros, adelantándose en estimarse mutuamente; no sean altivos, sino empátense con los humildes. (Romanos 12:1, 9-16, extractos).
Evolución del sacerdocio y surgimiento de los “laicos”
Desafortunadamente, en los siglos posteriores a la redacción de la Carta a los Hebreos, la tradición del sacerdocio del Templo judío y la de los templos paganos romanos cooptaron la comprensión bíblica de Jesús resucitado como sacerdote según el orden de Melquisedec. A lo largo de un período de tres centurias, los ancianos de los discípulos misioneros enviados por Jesús pasaron a ser considerados una casta especial de sacerdotes y supervisores.
Su estatus especial se vio acrecentado cuando el emperador Constantino legalizó el cristianismo. Posteriormente, cuando un emperador posterior declaró el cristianismo como religión oficial del Imperio, el rango de los obispos y sacerdotes se elevó aún más: se convirtieron en “clérigos”, dignatarios reconocidos dotados de autoridad cívica e imperial.
Las decisiones de adoptar los atributos imperiales tal vez respondieron a las necesidades de la Iglesia primitiva y sin duda facilitaron la expansión del cristianismo. Empero, con el tiempo, este estatus clerical, inaugurado con propósitos cívicos e imperiales, produjo un resultado humano previsible: muchos clérigos comenzaron a comportarse como personas que “se enseñoreaban” de quienes no lo eran, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Finalmente, la singularidad de sacerdotes y obispos no solo se integró en la ley civil, sino que, en la enseñanza eclesial del siglo XII, fue ratificada por el sacramento del Orden Sagrado. Hacia el año 1200, la Iglesia cristiana constaba de dos grupos diferenciados: el clero y aquellos que no lo eran, los “laicos”. Los clérigos aseguraron el control sobre la comunidad, la asamblea del pueblo de Dios.
La persistencia de una cultura de gobernanza imperial romana continúa vigente hoy en día. Se manifiesta cuando las aportaciones y la participación de los laicos son marginadas o ignoradas. Las mujeres, en particular, descubren que sus contribuciones se consideran menos relevantes que las de los ordenados.
La gerente laica de la comunidad de fe señala que su labor, por sobresaliente que sea, pasa desapercibida porque el padre se lleva todo el mérito. El peor ejemplo ocurrió durante la bendición episcopal de las obras de arte de la capilla. La gerente había estado profundamente involucrada durante dos años en la campaña de capital para recaudar fondos destinados a la renovación de la capilla y el arte del presbiterio, colaborando luego en la convocatoria de un concurso nacional de diseños, organizando los proyectos presentados y supervisando la selección de dos artistas. Finalmente, coordinó el trabajo de los artistas y de múltiples gremios y voluntarios para la producción y colocación final de las piezas de arte. Sin embargo, en la misa de dedicación, el obispo agradeció nominalmente a cada sacerdote presente, incluidos los curas visitantes que no habían tenido relación alguna con lo realizado. A pesar de que el párroco sentó a la gerente junto a los sacerdotes y le había comunicado al obispo el papel desempeñado por ella, el prelado no le dedicó el menor reconocimiento.
El nuevo obispo que arribó a mediados de los años ochenta gozaba de reputación como líder ecuménico, defensor de los derechos civiles y prelado de vanguardia. Tras su llegada, organizó misas y recepciones en numerosas parroquias para conocer a la gente “cara a cara”. La a la que asistí era colosal, con cientos de personas aguardando saludarlo al término de la misa. Noté que, conforme cada persona avanzaba en la fila, el obispo extendía su mano derecha con la palma hacia abajo, de modo que el anillo episcopal quedaba prominente y accesible para ser besado. Una señora, tras besar el anillo, retuvo su mano y le expresó su deseo de que fuera tan abierto y comprensivo como le habían comentado, manifestando su malestar por la posición de la mujer en la Iglesia, donde no se la respetaba y se la trataba como ciudadana de segunda clase, entre otras cosas. Tras unos cinco minutos, el obispo retiró su mano con suavidad y le dio una palmada en el hombro. “Llevas un vestido encantador esta tarde”, le dijo, mientras su asistente la apartaba y avanzaba el siguiente en la fila.
Mientras al personal laico se le exige apertura a la evaluación y a la retroalimentación, los seminaristas y sacerdotes están exentos de tal expectativa. La única evaluación considerada válida es la del obispo en turno o la de otro supervisor clerical. Algunos sacerdotes sostienen abiertamente que un laico no posee la cualificación necesaria para evaluar a un cura párroco. Dicha presunción se extiende a que ni el personal ni la congregación tienen voz en la selección de un nuevo sacerdote o párroco.
Hoy en día no resulta infrecuente escuchar relatos de esta índole. Esta vivencia del clericalismo —ya sea que articulemos cada manifestación de sus múltiples tentáculos o que simplemente percibamos que “algo no marcha bien” en la Iglesia— subyace en la mayoría de los problemas que diagnosticamos en el seno eclesial.
Estrategias para abordar el clericalismo
Desafortunadamente, el clericalismo infecta también algunas de las soluciones propuestas hoy para mitigar los problemas de la Iglesia. Algunos clérigos —y también laicos— creen que el cumplimiento estricto de las normas, la vigilancia de los rituales y la purga de quienes no comparten su misma visión eclesial devolverán de algún modo la “santidad” a la institución.
Un párroco fue asignado a una nueva parroquia que era dinámica y participativa. Se trataba de su primer destino como párroco. Insistió en que todas las liturgias, servicios y espacios de oración se ciñeran estrictamente al Misal Romano; no había cabida para tradiciones parroquiales ni experiencias de oración dirigidas por laicos. Disolvió el comité de liturgia; obligó a dimitir a la experimentada y muy querida DER y contrató a una amiga suya sin experiencia en ministerio parroquial, ordenando además que la parroquia sufragara íntegramente los costos de la formación de la nueva DER. Forzó la jubilación del director de finanzas y contrató a un contable al que planeaba adoctrinar bajo sus propios métodos. Esto fue solo el principio de sus numerosos cambios para reformar la parroquia y convertirla en su comunidad “ideal y correctamente funcional”. La iglesia, que antaño era vibrante, activa y rebosante de fieles, comenzó a marchitarse bajo su estilo de liderazgo basado en “yo soy EL sacerdote y aquí se hace lo que yo digo o te vas”.
Con el tiempo fue trasladado a otra iglesia, pero el daño infligido a la parroquia ya estaba hecho. Los resultados de su clericalismo generaron división e ineficacia pastoral. Muchos de los feligreses comprometidos se marcharon, los ministerios se redujeron drásticamente, el consejo parroquial quedó reducido a un títere y solo un puñado de fieles leales permanece comprometido con revitalizar la vitalidad impulsada por el Espíritu que alguna vez existió en la parroquia. El clericalismo impuesto por la fuerza ha derivado en una comunidad doliente.
Un matrimonio preguntó a un párroco si les celebraría una misa por su 40.° aniversario de bodas. Para su enorme sorpresa, el sacerdote les inquirió si seguían manteniendo relaciones sexuales, señalando que la esposa era posmenopáusica. Ante la respuesta afirmativa, el párroco sentenció que no oficiaría ninguna misa, argumentando que las relaciones sexuales solo debían practicarse cuando existiera la posibilidad de concebir un hijo. La pareja celebró su aniversario en otro lugar.
En su primera misa dominical, un nuevo párroco anunció a la congregación que esperaba permanecer allí durante 30 años y que habría cambios inmediatos: lo que no figurara en el Misal no se realizaría, sin excepciones ni modificaciones mínimas.
Un hombre se acercó a recibir la Sagrada Comunión. El sacerdote colocó la hostia en la mano abierta del comulgante. Tras reconocerlo y recordar que se hallaba en una situación matrimonial “irregular fuera de la Iglesia”, el sacerdote le arrebató violentamente la hostia de las manos. Varios feligreses abandonaron la parroquia a causa de este comportamiento.
Asimismo, escuchamos posturas que sostienen que una Iglesia más pequeña, integrada por unos pocos creyentes firmes, será preferible a una Iglesia universal que acoge a todos. Un obispo sintetizó esta idea al acoger la perspectiva de una Iglesia menguante: “Jamás debemos temer a una Iglesia más pequeña y ligera si sus miembros son también más fieles, más celosos, más misioneros y más comprometidos con la santidad…”. Este concepto se repite con frecuencia en círculos católicos conservadores.
O bien escuchamos, por parte de quienes están hartos de los problemas perceptibles en la Iglesia, que desechar todo ritual y todo clérigo “purificará” la institución. Sin embargo, cada persona bautizada necesita la afirmación y el apoyo de su comunidad de fe para “crecer en Cristo”, incluidos aquellos cuyo ministerio ordenado especializado sirve a la salud y el bienestar de la comunidad eclesial. Del mismo modo, quienes desempeñan el ministerio ordenado precisan de una cultura clerical que, cuando sirve rectamente a la Iglesia, les capacite con mayor claridad para entregar sus vidas (corporizar a Cristo con su existencia) en el servicio.
Ninguno de estos dos extremos —una Iglesia reducida y exclusivista, o una comunidad acéfala y carente de clero— es lo que pretendió Jesús, el Señor resucitado, único y sumo sacerdote del cristianismo, sacerdote según el orden de Melquisedec.
Una alternativa preferible a estos extremos es la sinodalidad, una preferencia del Papa Francisco al adoptar medidas que podrían devolver a la Iglesia actual el estilo de vida y gobernanza recomendado por el Concilio Vaticano II. Al tiempo que aboga por poner fin al clericalismo y a los factores que lo propician, el Papa Francisco ha aprobado una nueva constitución para el sismo de los obispos y ha instado a la adopción en toda la Iglesia de la sinodalidad como modo operativo de abajo a arriba —del papado a la parroquia, del obispo al feligrés, incluyendo a todos los jerarcas y clérigos intermedios—. Michael Sean Winters explicó recientemente este concepto (columna “Distinctly Catholic”, National Catholic Reporter, 13 de marzo de 2019):
«La sinodalidad va mucho más allá de las meras estructuras; se trata de escucharnos mutuamente. La sinodalidad exige que no busquemos “ganar” una discusión sobre lo que la Iglesia debe hacer, sino buscar juntos la moción del Espíritu y avanzar unidos, siempre unidos… La sinodalidad trasciende con creces un mero modo diferente de tomar decisiones; consiste en dejar atrás las conductas infantiles y convertirnos en discípulos cristianos adultos. Lleva adelante la visión y la eclesiología del Vaticano II y, lo que es más importante, de los Evangelios».
La sinodalidad concebida por el Papa Francisco comprende cambios estructurales profundos en los procesos eclesiales, empezando por el Vaticano, donde ha integrado a personas laicas —hombres y mujeres— en roles sustantivos. El Sínodo sobre los Jóvenes de 2018 incluyó a laicos con derecho a voto, lo cual supuso otro paso adelante. En la reunión de 2019 de las conferencias episcopales mundiales sobre abusos sexuales a menores y su encubrimiento, el Papa Francisco exigió a los obispos escuchar a los laicos hablar sobre las realidades del abuso sexual dentro de la Iglesia.
El pontífice afronta una fuerte oposición en esta tarea, y no cabe duda de que llevará tiempo romper el muro de la dominación jerárquica y transformar la cultura clerical imperante. Los cambios duraderos exigen también el respaldo de todos los bautizados —del clero y, muy especialmente, de los laicos— si es que la Iglesia ha de sostener tales iniciativas en lugar de retroceder hacia una estructura eclesial que excluya la participación significativa de todos los bautizados.
Conclusión
Nuestro propósito ha sido despertar la conciencia de los lectores frente a las expresiones del clericalismo y sus problemáticas. El clericalismo traiciona las enseñanzas de las Escrituras e ignora las mejores prácticas de los primeros tres siglos de fe y vida cristiana. Tanto los clérigos como los laicos pueden verse afectados por esta dolencia, y a menudo ambos desconocen que sus modos y maneras, su autocomprensión y su sentido del ministerio se han apartado profundamente del ejemplo de Jesús.
Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones las gobiernan como amos absolutos y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea su esclavo. Del mismo modo que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos». (Mateo 20:25-28).
Únicamente en y a través de Jesús, el Señor resucitado, los bautizados se convierten en sacerdotes, profetas y reyes. El “sacerdocio” de los laicos y de los ordenados existe para imitar y conformarse a Cristo, y no debe ser distorsionado por la enfermedad del clericalismo. Todos debemos “tener entre nosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, buscando cada cual no su propio interés, sino el de los demás”. (Filipenses 2:5, 4).
El Papa Francisco aconseja raudamente a los miembros de la Iglesia practicar el “diálogo, diálogo, diálogo”. ¿De qué sirven las “muchas partes” de un solo cuerpo de Cristo si no se relacionan con respeto y apertura, discerniendo conjuntamente hacia dónde quiere el Espíritu de Dios guiar a la Iglesia en este siglo XXI? Cada miembro de nuestra comunidad eclesial mundial puede aportar su grano de arena para transformar la cultura tóxica del clericalismo.
Mientras el Papa Francisco combate el clericalismo a nivel macro, quienes nos encontramos en las bases tenemos un arduo trabajo por delante a nivel micro. Con suerte, obtendremos una Iglesia menos romana, pero infinitamente más católica y guiada por el Espíritu.
Que comience el diálogo y que sus frutos nos conduzcan hacia un cambio perdurable.
©2019 Association of U.S. Catholic Priests – Página 28 de 29
Recursos consultados
- Anderson, C. Colt y Christopher M. Bellitto. “The Reform Seminaries Need: Scarlet Fever”. Commonweal, 8 de abril de 2019.
- Asociación de Sacerdotes Católicos de EE. UU. (AUSCP). “Preparing the Sixth Edition of the Program for Priestly Formation: Five Overriding Concerns”. 25 de enero de 2018.
- Baldovin, John F., S.J., et al. “To Serve the People of God: Renewing the Conversation on Priesthood and Ministry”. Origins 48, n.º 31 (27 de diciembre de 2018): 484-493.
- Bonnot, Rev. Bernard R. (2018). Jesus as Priest. Manuscrito presentado para su publicación.
- Cozzens, Donald B. The Changing Face of the Priesthood. Liturgical Press, 2000.
- Faggioli, Massimo. “Legacy and Potential”. Filmado el 6 de octubre de 2018 en la Conferencia Nacional de VOTF en Providence, RI.
- Francisco (Papa). “Carta del Santo Padre Francisco al Pueblo de Dios”. Ciudad del Vaticano, 20 de agosto de 2018.
- Gaillardetz, Prof. Richard R. “Challenging Clericalism”. Blog Pray Tell: Worship, Wit & Wisdom, 2 de enero de 2019.
- Slatter, Rev. Mark. “Clerical identity crisis: Flock and pasture can’t tell shepherd who he is”. National Catholic Reporter, 11 de marzo de 2019.
- Wilson, George, S.J. Clericalism: The Death of Priesthood. Liturgical Press, 2008.
- Voice of the Faithful. “Clerical Culture Among Roman Catholic Diocesan Clergy”. Needham, MA: Voice of the Faithful, Inc., 2013.
- Winters, Michael Sean. “Sixth Year May Go Down as the Most Decisive in Francis’ Papacy”. National Catholic Reporter, 13 de marzo de 2019.
Traducido del original por Catolic.ar
