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El Oficio Silencioso

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Cantante litúrgica

Sobre la dignidad del ministerio musical en la Iglesia

Una reflexión dirigida a los pastores

El tiempo que no se ve

Hay en la Iglesia un trabajo que no figura en ningún acta parroquial, que no recibe estipendio ni acuse de recibo, que no es convocado a las reuniones donde se decide el rumbo pastoral.

Es el trabajo de quienes, domingo tras domingo, año tras año, sin más testigo que el sagrario, sostienen con sus voces y sus instrumentos la oración cantada del pueblo de Dios.

Detrás de cada misa dominical que eleva el espíritu de la asamblea hay horas invisibles: el ensayo del jueves que nadie agradeció, el sábado sacrificado para preparar los cantos del Triduo Pascual o los cantos de la Fiesta Patronal, el dinero propio invertido en material musical, el estudio solitario de una antífona que la mayoría de los fieles escuchará sin reparar en ella.

Son horas que no se recuperan. Son años que no vuelven.

Lo que aquí se quiere decir, con claridad fraterna pero sin evasivas, es que ese tiempo tiene peso específico delante de Dios y debe tenerlo también ante los ojos del pastor.

La liturgia no se improvisa: se custodia

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, no habló del canto litúrgico como de un ornamento añadido a la celebración. Lo llamó parte integrante y necesaria de la liturgia solemne. Parte. No adorno. No relleno. No servicio auxiliar que cualquier voluntarioso pueda prestar con buena voluntad y poca preparación.

“La Iglesia aprueba y admite en el culto litúrgico todas las formas del arte genuino, dotadas de las debidas cualidades.” (SC 112). Pero “las debidas cualidades” no brotan espontáneamente: son el fruto de una formación que toma tiempo, disciplina y sacrificio personal.

El canto litúrgico no es el mero uso de la voz. Es la traducción sonora del dogma. Cantar el Kyrie no es entonar un lamento: es proclamar la misericordia trinitaria de Dios en forma musical. Cantar el Gloria no es ejecutar una melodía festiva: es participar en el himno eterno de los ángeles que la Iglesia ha adoptado como su propio.

Quien guía ese canto necesita saber lo que está haciendo, y saber por qué lo hace.

Ese saber no se adquiere en semanas.

El peso de lo que se ignora

Hay una forma de injusticia que no levanta la voz ni cierra el puño, pero que hiere con la misma eficacia: la injusticia de la indiferencia.

Ocurre cuando se toman decisiones sobre equipo litúrgico sin consultar a quienes lo construyeron.

Ocurre cuando se incorpora a alguien con entusiasmo reciente por encima de quien tiene décadas de fidelidad.

Ocurre cuando se elogia públicamente la novedad y se da por descontado el servicio de siempre.

Nadie dice que haya mala intención en ello. Pero la falta de intención no exime de la responsabilidad.

El pastor que no advierte el peso del servicio silencioso que hay bajo sus pies no está, simplemente, distraído: está fallando en su deber de discernimiento.

San Pablo, al escribir a los Corintios sobre los carismas, no los colocó en una escala de visibilidad. Los colocó en una lógica de cuerpo: “Dios ha dispuesto los miembros en el cuerpo, cada uno de ellos, según su voluntad” (1 Cor 12,18).

El miembro que no se ve no es el menos importante. A veces es el que más sostiene.

La autoridad que no se delega

Existe en algunas parroquias una confusión que conviene nombrar con precisión: se confunde la gestión de reuniones con la profundidad del servicio.

Se confunde el entusiasmo de la llegada con la madurez de la permanencia. Se supone que quien coordina desde afuera tiene autoridad sobre quien sirve desde adentro.

La autoridad legítima en el ministerio musical no emana de un cargo organizativo externo ni de la simpatía que genera una cara nueva. Emana del peso específico de la constancia, la idoneidad forjada al pie del altar y el conocimiento de la comunidad concreta a la que se sirve.

Ese conocimiento no se transfiere mediante un nombramiento. Se acumula con años.

Confundir estas dos cosas no es una torpeza administrativa: es un error teológico.

Porque equivale a suponer que la Iglesia funciona según la lógica del rendimiento gerencial, y no según la lógica del servicio fiel, que es la única que el Señor prometió no dejar sin fruto.

Lo que el pastor está llamado a hacer

No se pide aquí que el sacerdote se convierta en musicólogo ni que anteponga la conservación de estructuras a la evangelización.

Se pide algo más simple y más exigente a la vez: que mire con atención lo que tiene delante.

Que antes de validar el entusiasmo nuevo, reconozca públicamente el servicio antiguo.

Que en la homilía, al menos una vez al año, nombre a quienes sostienen el canto de la comunidad, no para hacerlos protagonistas, sino para que el pueblo de Dios sepa que su oración cantada tiene nombre y tiene historia.

El buen pastor, dice el Evangelio, conoce a sus ovejas por nombre (Jn 10,3). No las conoce en abstracto. Las conoce a ellas, en su particularidad, en su historia, en su modo de estar. Eso mismo se le pide respecto de quienes sirven en el altar: no un elogio genérico, sino el reconocimiento concreto de una vida concretamente entregada.

El sonido que permanece

Hay en el corazón del pueblo fiel una memoria musical que va más allá de la estética. No recuerdan la melodía más moderna ni la voz más entrenada.

Recuerdan el canto que los acompañó en el bautismo de su hijo, en el entierro de su madre, en la noche oscura en que no encontraban a Dios y sin embargo la Iglesia cantaba. Recuerdan eso porque fue auténtico. Y fue auténtico porque quien lo ofreció lo había preparado en el silencio, lo había sostenido en la fidelidad, lo había ofrendado sin pedir nada a cambio.

Ese sonido no lo produce ningún equipo de música de paso. No lo genera ningún programa pastoral de temporada. Lo genera la entrega de años, templada en el sacrificio, purificada en la oscuridad del servicio que nadie ve.

Cuando un pastor honra eso, no está siendo sentimental ni conservador. Está siendo justo. Y la justicia, como nos recuerda el Catecismo, es una de las virtudes cardinales. No una opinión. No una preferencia. Una virtud. Que también se practica en la sacristía.

“El que tiene oídos para oír, que oiga.” (Mc 4,9)

©Catolic.ar

Héctor Zordán Diócesis de Gualeguaychú Obispo Zordán
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