María y el miedo contemporáneo al compromiso
Por Néstor Néstor · catolic.ar
Hay una pregunta que los sociólogos llevan décadas intentando responder, con creciente perplejidad: ¿por qué las personas de este siglo son incapaces de comprometerse?
No se trata solo del matrimonio, aunque el matrimonio sea el caso más visible. Se trata de algo más difuso y más profundo: una incapacidad estructural para decir sí a algo que dure.
Los contratos laborales son temporarios. Las parejas son «vínculos afectivos» sin denominación precisa.
Las amistades son redes de contacto que se pueden silenciar con un clic. La Fe, si existe, es una espiritualidad a medida, sin dogmas que incomoden y sin comunidad que obligue.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo llamó «la sociedad del cansancio»: una cultura que ha eliminado la negatividad —el límite, el deber, el sacrificio— para maximizar el rendimiento y la satisfacción inmediata. El resultado no es la libertad prometida.
Es el agotamiento. Un agotamiento sin causa aparente, porque en teoría todo está permitido y nada ata. Pero precisamente porque nada ata, nada sostiene. Y el hombre del siglo XXI flota, más libre que nunca y más solo que nunca, en ese océano de posibilidades que no llevan a ningún puerto.
En ese contexto, la figura de María de Nazaret resulta, si uno la mira con honestidad, completamente escandalosa.
“María no negoció. No pidió tiempo para pensarlo. No consultó con su red de apoyo emocional. Dijo sí a algo que no entendía del todo, a Alguien que le pedía todo, sin garantías de nada.”
— Romano Guardini, “La Madre del Señor”
Eso es exactamente lo que el hombre de este siglo no puede hacer. Y quizás por eso María lo fascina o lo incomoda.
A veces las dos cosas a la vez.
Hagamos un ejercicio. Imaginemos por un momento que la escena de la Anunciación —tal como la narra el evangelista Lucas— ocurre hoy.
Un mensajero se presenta ante una joven sin aviso previo. Le anuncia que va a quedar embarazada. Le dice que el hijo que va a concebir es el Hijo de Dios.
No le ofrece explicaciones científicas. No le presenta un contrato. No le aclara qué pasará con su reputación, con su noviazgo, con su futuro. Solo le dice que no tema, que Dios está con ella, y que todo es posible para Dios. Y le pregunta, implícitamente, si acepta.
¿Qué haría hoy esa joven? Probablemente pediría un tiempo para procesar. Consultaría con su terapeuta.
Googlearía «embarazo sobrenatural síntomas». Llamaría a su madre o a su mejor amiga. Escribiría en sus historias de Instagram algo críptico que le permitiera medir la reacción del entorno antes de comprometerse con ninguna versión oficial de los hechos.
Y es muy posible que al final, después de todo ese proceso, respondiera que necesita más información antes de tomar una decisión tan importante.
María no hizo nada de eso.
La respuesta de María es, en el original griego, de una brevedad casi brutal: Idou he doule Kyriou; genoito moi kata to rhema sou. «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Ocho palabras en griego. Ninguna condición. Ninguna pregunta adicional. Ningún pero.
El sí de María es uno de los actos de libertad más absolutos de la historia humana, precisamente porque no está condicionado por ninguna garantía. Es libertad pura, ejercida en la dirección del don total.
Aquí es donde el análisis contemporáneo tiende a equivocarse. La tentación es leer el Fiat de María como un acto de sumisión: la muchacha obediente que acata lo que el ángel le dice sin rechistar.
Esa lectura no solo es teológicamente incorrecta; es históricamente analfabeta. María no era una menor de edad en situación de dependencia. En el contexto cultural judío del siglo primero, una mujer comprometida —María lo estaba con José— tenía una posición y unos derechos reconocidos.
Decir sí a lo que el ángel le proponía significaba arriesgar exactamente eso: su reputación, su compromiso, su lugar en la comunidad. El Fiat no era el camino fácil. Era el más difícil.
“Hay más valentía en el Fiat de María que en todas las epopeyas de la antigüedad. Los héroes se enfrentan a enemigos visibles. Ella se entregó a un misterio.”
— G.K. Chesterton
Pero el escándalo de María va más lejos que el momento de la Anunciación. Porque ese sí inicial no fue un cheque en blanco que se cobró de una sola vez y terminó. Fue el primero de una larga serie de síes que ella tuvo que renovar en condiciones cada vez más difíciles.
El sí de Belén, cuando el hijo que lleva en el vientre nace en una cueva porque no había lugar para ellos. El sí de la huida a Egipto, cuando tiene que levantarse de noche y marchar al exilio con un bebé en brazos. El sí del templo, cuando Jesús adolescente se queda en Jerusalén sin avisarle a nadie, y María y José lo buscan angustiados durante tres días, y cuando por fin lo encuentran, la respuesta de Jesús no es una disculpa sino una pregunta que ella guarda en el corazón sin entenderla del todo. Y el sí del Calvario, el más difícil de todos, cuando está de pie —de pie, no derrumbada— al pie de la cruz y ve morir al hijo que concibió con aquel primer sí treinta y tres años antes.
La Fe de María no fue un momento de entusiasmo espiritual. Fue una fidelidad sostenida durante décadas, atravesando la incomprensión, el dolor y el silencio de Dios. Una fidelidad sin espectáculo y sin recompensa inmediata.
Ahí está la diferencia radical con la cultura del siglo XXI. No es que hoy la gente no quiera comprometerse: es que no concibe un compromiso que valga cuando las circunstancias cambian, cuando el entusiasmo inicial se enfría, cuando la realidad se vuelve más compleja de lo que parecía al principio.
El compromiso contemporáneo tiene fecha de vencimiento implícita: dura mientras funciona, mientras me hace feliz, mientras el otro o la otra sea quien yo creía que era. En cuanto algo cambia, la cláusula de salida se activa.
María no tenía cláusula de salida. Y esto no la hacía una víctima sino, en el sentido más pleno de la palabra, una persona libre. Porque la libertad no es la ausencia de ataduras. Es la capacidad de elegir aquello a lo que uno quiere atarse, y de sostenerse en esa elección cuando cuesta.
El filósofo Gabriel Marcel, que tanto influyó en una generación de teólogos,, distinguía entre «problema» y «misterio». El problema es algo que está frente a mí, que puedo analizar desde afuera y resolver con las herramientas adecuadas.
El misterio es algo en lo que estoy implicado, algo que me atraviesa y ante lo cual la única respuesta posible no es la solución sino la entrega. La fe es siempre un misterio en este sentido. No se resuelve. Se habita.
María habitó el misterio durante toda su vida. No lo entendió del todo —Lucas dice expresamente, en dos momentos distintos, que guardaba estas cosas en su corazón sin poder comprenderlas del todo—.
Pero se mantuvo dentro de él. No salió corriendo cuando el misterio se volvió oscuro. No exigió explicaciones cuando Dios guardó silencio. Simplemente siguió siendo fiel a aquel primer sí, año tras año, hasta el final.
“El Magníficat no es el canto de una persona que ha recibido todo lo que pedía. Es el canto de alguien que ha apostado todo a la fidelidad de Dios, antes de ver ningún resultado.”
— Joseph Ratzinger, “El Dios de Jesucristo”
Hay algo más que vale la pena señalar, porque toca directamente la sensibilidad del hombre de hoy: María dijo sí a algo que la desbordaba completamente. No era una experta en teología. No había estudiado las profecías mesiánicas con suficiente profundidad como para saber exactamente en qué se estaba metiendo.
Era una muchacha joven de una aldea periférica del Imperio Romano. Y sin embargo, su sí fue más lúcido que el de muchos que saben más que ella, precisamente porque no estaba condicionado por el cálculo.
La cultura contemporánea tiene una relación complicada con esto. Por un lado, admira la autenticidad —esa palabra que aparece en todas las conversaciones sobre identidad y valores personales—. Por otro lado, desconfía de cualquier entrega que no pase primero por el análisis racional exhaustivo.
Pero la autenticidad que admira y el análisis que exige se contradicen: la entrega verdadera siempre tiene un momento en que el análisis se agota y hay que saltar. María saltó. Sin red.
¿Qué le diría María al hombre del siglo XXI? No lo sabemos, porque María habla poco en los Evangelios. Pero los pocos momentos en que habla son elocuentes. En las bodas de Caná, cuando el vino se acaba y María intercede ante Jesús, sus últimas palabras registradas en el Nuevo Testamento son una instrucción dirigida a los sirvientes del banquete —y a través de ellos, a todos nosotros—: «Hagan lo que él les diga.»
No más. No menos. Hagan lo que él les diga.
Es posible que eso sea exactamente lo que el hombre de este siglo necesita escuchar. No una filosofía del compromiso. No una conferencia sobre los beneficios neurológicos de las relaciones estables. Sino una voz que, con la autoridad de quien lo hizo primero y hasta el final, simplemente diga: confíen.
Entréguense. Hagan lo que él les diga.
El Fiat de María no es una reliquia del pasado piadoso. Es el acto más moderno que existe, en el sentido más profundo de la palabra: la decisión de un ser humano libre de salir de sí mismo y confiar en algo más grande. En un siglo que ha hecho de la autorreferencia su única religión, eso es revolucionario.
No es que María no supiera lo que era el miedo. Es que eligió no dejar que el miedo tuviera la última palabra.
Eso también lo podemos hacer nosotros. Si queremos.
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Próximo artículo de la serie:
«La madre que no elegimos» — Juan 19 y lo que Jesús instituyó al morir
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