Catolic no opina sobre los santos. Los instruye.
Hay un dato que no suele figurar en las estampitas: antes de que Roma lo pusiera en los altares, la propia Orden que él fundó mandó destruir buena parte de lo que se había escrito sobre su vida.
No lo hicieron sus enemigos. Lo hicieron sus hermanos. Volveremos sobre eso —es, quizás, la clave de todo este expediente—, pero conviene decirlo desde el arranque: el Francisco que conocemos es, en gran medida, el Francisco que alguien decidió que debíamos conocer.
Quien fue Francisco de Asís?
Esta nota nace de una circunstancia concreta para cualquier lector atento, dar una respuesta correcta a una pregunta que la cultura contemporánea ha respondido mal durante décadas: ¿quién fue realmente el hombre al que Asís vio nacer como Francesco di Pietro di Bernardone, y que el pueblo, con cariño y también con sorna, apodó il Pazzo, el Loco?
No vamos a escribir una vida edificante más. Ya existen miles. Vamos a instruir la causa: qué hay de documentado, qué hay de leyenda piadosa, qué hay de tergiversación moderna, y qué le queda todavía por decirle —sin anestesia— al laicado católico de 2026.
El expediente histórico: quién fue Francesco antes de ser Francisco
Nació en Asís, en la Umbría italiana, hacia 1181 o 1182, hijo de Pietro di Bernardone, un próspero comerciante de telas que viajaba con frecuencia a Francia —de ahí, dicen algunos biógrafos, el sobrenombre “Francesco” que terminó reemplazando su nombre de bautismo, Giovanni— y de Pica, de quien se sabe menos, aunque la tradición la presenta como mujer de piedad discreta, probablemente de origen provenzal.
El joven Francesco no fue, en su primera juventud, ningún modelo de virtud. Los primeros biógrafos —y esto es importante, porque no lo disimulan— describen a un muchacho vanidoso, derrochador, seductor de la vida social asisiense, líder natural de las juergas nocturnas de la burguesía local, obsesionado con la caballería y la gloria militar.
No hay en esos años ni rastro de misticismo. Hay, sí, ambición: Francesco soñaba con ser caballero, con ganar fama en la guerra.
Esa ambición lo llevó, en 1202, a combatir en la guerra entre Asís y Perugia, ciudades rivales.
Fue derrotado, capturado y pasó cerca de un año como prisionero de guerra en condiciones duras.
Cuando regresó a Asís, algo se había quebrado: cayó gravemente enfermo, y esa enfermedad —que lo mantuvo postrado durante meses— parece haber sido el primer quiebre real en su psicología.
Intentó, todavía, un segundo intento de gloria militar en 1205, uniéndose a una expedición hacia Apulia.
Llegó hasta Spoleto. Allí, según la tradición biográfica más temprana, tuvo un sueño o una experiencia interior que lo hizo dar media vuelta y regresar a Asís.
El caballero que soñaba con la guerra empezaba, sin saberlo todavía del todo, a convertirse en otra cosa.
Este primer tramo es importante retenerlo porque desmonta de entrada la imagen de un Francisco “naturalmente” santo, un alma angelical desde la cuna.
No lo fue.
Fue un joven mundano que atravesó una crisis existencial profunda —guerra, cautiverio, enfermedad, fracaso— antes de que apareciera cualquier signo de vocación.
La santidad de Francisco, como la de la inmensa mayoría de los santos serios, no fue un punto de partida.
Fue una conquista dolorosa.
II. “Repara mi Iglesia”: la orden que Francisco malinterpretó primero y comprendió después
Entre 1205 y 1206 ocurre el episodio que la piedad popular retuvo mejor que ningún otro, y que es también el más citado y el peor comprendido: la oración de Francisco ante el crucifijo bizantino de la pequeña iglesia semiderruida de San Damiano, a las afueras de Asís, y la orden que —según la tradición biográfica más antigua, recogida por Celano y por la Legenda de los tres compañeros— escuchó salir de la imagen: repara mi casa, que como ves, se está cayendo en ruinas.
Lo que hizo Francisco a continuación es, en sí mismo, un dato revelador de su carácter: lo tomó al pie de la letra.
Vendió mercancía de la tienda de su padre —y hasta el caballo— para conseguir dinero y reconstruir con sus propias manos, materialmente, la iglesia de San Damiano.
Después hizo lo mismo con la capilla de San Pedro y con la pequeña Porciúncula, la ermita que terminaría siendo la cuna de toda la Orden franciscana.
Durante un tiempo, Francisco entendió su vocación como la de un albañil de Dios.
Solo más tarde —y este es el punto que casi ninguna catequesis dominical desarrolla— comprendió que el mandato tenía un alcance que excedía infinitamente el de los ladrillos: no se trataba de reparar un edificio de piedra, sino la Iglesia entera, sacudida en ese momento histórico por la opulencia del clero, la tibieza pastoral, la fascinación del poder eclesiástico con el dinero y las armas, y el avance paralelo de movimientos como los cátaros y los valdenses, que capitalizaban ese escándalo para alejar a miles de fieles de la comunión con Roma.
Francisco no fundó una crítica a la Iglesia. Fundó una reforma desde dentro y en obediencia, con las armas exactamente opuestas a las que usaban los herejes de su tiempo: no la denuncia doctrinal ni la ruptura jurisdiccional, sino la pobreza radical vivida en comunión explícita con el Papa.
Esa distinción —que retomaremos— es, para cualquier lector formado, la clave de toda la vida de Francisco.
“Repara mi Iglesia” no fue jamás, en su boca, una consigna de disidencia. Fue exactamente lo contrario.
La ruptura pública: el hijo que se desnuda ante el obispo
El costo de esa vocación fue, primero, familiar. Pietro Bernardone, furioso por el uso que su hijo hacía del dinero y la mercancía del negocio, lo denunció ante las autoridades y luego ante el obispo de Asís, Guido.
La escena que sigue —fechada hacia 1206— es de una teatralidad que ningún biógrafo, ni el más hostil, ha podido negar: convocado a rendir cuentas públicamente, Francisco se despojó de toda su ropa delante de su padre, del obispo y de la ciudad reunida, devolviendo hasta la última prenda, y declaró que de allí en más solo reconocería como padre a “nuestro Padre que está en los cielos”.
El obispo, conmovido, lo cubrió con su propio manto.
No es un gesto de rebeldía adolescente. Es la renuncia jurídica y simbólica a toda herencia, a todo estatus social, a toda seguridad material, hecha delante de la autoridad eclesiástica —no a escondidas de ella— y sellada, significativamente, con la protección explícita de esa misma autoridad.
El patrón se repite: Francisco rompe con el mundo, pero no rompe nunca con la Iglesia jerárquica.
Al contrario: busca su cobertura en cada paso.
La fraternidad y el sí de Roma
Durante los años siguientes, Francisco vivió como penitente, cuidando leprosos —el grupo social más temido y evitado del medioevo, al que él mismo confesó haber sentido, antes de su conversión, “amargura” y repugnancia— y predicando la penitencia en la plaza pública.
Pronto empezaron a sumarse compañeros: Bernardo de Quintavalle, Pedro Catanio, y otros que renunciaban a sus bienes para seguirlo.
En 1209 o 1210, Francisco redactó una brevísima regla de vida basada casi enteramente en textos evangélicos y viajó a Roma con su pequeño grupo para pedir la aprobación del papa Inocencio III, uno de los pontífices más poderosos y jurídicamente sofisticados de la historia de la Iglesia.
El gesto es, otra vez, revelador: un iletrado de Asís, líder de un grupo de penitentes sin recursos ni estatus canónico, pidiendo audiencia al Papa que en ese mismo momento estaba lidiando con el auge de los cátaros en el sur de Francia y con movimientos de pobreza evangélica —como los valdenses— que habían terminado excomulgados por negarse a someterse a la jerarquía.
Inocencio III, según la tradición, dudó. Y aprobó, oralmente, la regla de Francisco.
La diferencia entre la fraternidad franciscana y las herejías de pobreza contemporáneas no estuvo, entonces, en el contenido —pobreza radical, predicación itinerante, crítica implícita al clero rico— sino en un único punto, decisivo: Francisco puso su obra, sin condiciones, en manos de Roma.
La obediencia como distintivo: el punto que la modernidad prefiere no ver
Aquí conviene detenerse, porque es el corazón de la “radicalidad evangélica” de Francisco y el punto que la lectura contemporánea —tanto la progresista como buena parte de la piadosa— sistemáticamente recorta.
Francisco vivió en una época de escándalo clerical real: obispos guerreros, párrocos concubinarios, simonía extendida, jerarquía instalada en el lujo.
Él lo vio de cerca y lo sufrió. Y sin embargo, su respuesta no fue jamás la denuncia pública del clero corrupto, ni la formación de una comunidad “pura” al margen de la institución.
Su Testamento, dictado poco antes de morir, contiene una de las frases más fuertes —y menos citadas— de toda la literatura franciscana: pide a sus frailes que, aunque encontraran sacerdotes indignos o pecadores, los siguieran respetando en razón del oficio sagrado que llevan, “porque en este mundo no veo con mis ojos corporales nada del Altísimo Hijo de Dios sino su santísimo Cuerpo y Sangre” administrados por ellos.
Eso es exactamente lo que separó a Francisco de los cátaros —que negaban valor a los sacramentos administrados por clero indigno— y de los valdenses —que terminaron predicando sin licencia eclesiástica y fueron excomulgados en 1184 por Lucio III.
Francisco compartió con esos movimientos el diagnóstico (la Iglesia necesitaba reforma urgente, la pobreza evangélica era el camino) pero rechazó de plano su remedio (separación, denuncia, autonomía respecto de la jerarquía).
Eligió obedecer a una institución que sabía imperfecta, convencido de que la santidad personal, vivida en comunión, era una reforma más potente que cualquier cisma.
Para el laicado de hoy —bombardeado por un clima eclesial donde la desconfianza institucional es moneda corriente, y donde cada escándalo real alimenta la tentación de la crítica desde afuera o del abandono silencioso— este es, probablemente, el dato más incómodo y más necesario de todo el expediente Francisco.
Él no reparó la Iglesia criticándola. La reparó siendo, dentro de ella, lo que ella debía ser.
Damieta, 1219: la misión que no fue diálogo interreligioso
Uno de los episodios más citados hoy —y más distorsionados— es el viaje de Francisco a Egipto en 1219, durante la Quinta Cruzada, y su encuentro con el sultán ayubí Malik al-Kamil en el campamento cruzado frente a Damieta.
La lectura contemporánea, especialmente después de la Declaración de Asís de Juan Pablo II en 1986, tiende a presentar este episodio como un antecedente temprano del diálogo interreligioso entendido en clave de horizontalidad: dos hombres de fe que se reconocen mutuamente.
Los relatos más antiguos cuentan otra cosa. Francisco cruzó las líneas de batalla —arriesgando, literalmente, la vida, en un contexto donde los cristianos que se acercaban al campo musulmán eran ejecutados— con la intención explícita de predicar el Evangelio al sultán y, si era necesario, de sufrir el martirio por ello.
No fue un gesto de relativismo pacifista. Fue un acto de audacia misionera radical, hijo directo de esa misma pobreza total que ya había marcado toda su vida: sin armas, sin escolta, sin nada que ofrecer más que la propia palabra y la propia vida.
Al-Kamil, hombre culto y tolerante, lo escuchó con respeto, no se convirtió, y lo devolvió sano y salvo al campamento cristiano.
Francisco volvió convencido de que Dios no le había concedido el martirio esa vez, y siguió buscándolo, sin encontrarlo, en los años siguientes.
Rescatar el episodio de Damieta en su versión real —misión, no simposio— no le quita nada a su valor como gesto de humanidad hacia el “enemigo”.
Al contrario: lo hace más grande, porque revela que la audacia de Francisco no nacía de la indiferencia doctrinal, sino de la convicción ardiente de tener algo verdadero para ofrecer.
La Regla que se le fue de las manos
A medida que la fraternidad crecía —de un puñado de compañeros a miles de frailes en toda Europa en apenas quince años— Francisco enfrentó un problema que ningún biógrafo honesto minimiza: la Orden que había nacido de un carisma personal, radicalmente informal, empezaba a necesitar estructura jurídica, y esa estructura chocaba con su ideal original de pobreza absoluta, sin propiedades, sin estudios formales exigidos, sin jerarquía interna rígida.
La Regla no bulada de 1221 fue un primer intento, extenso y de tono muy evangélico, que la Curia consideró impracticable para una orden de esa magnitud.
La Regla bulada de 1223, aprobada finalmente por Honorio III, es un texto más breve, más jurídico, ya con concesiones a la organización institucional que el propio Francisco vivió con dolor.
Hay testimonios —recogidos sobre todo en la Vida Segunda de Celano y en los llamados Escritos de fray León— de un Francisco, en sus últimos años, desplazado en los hechos del gobierno cotidiano de la Orden que él mismo había fundado, viendo con angustia cómo algunos hermanos empujaban hacia una interpretación más laxa de la pobreza.
No intervino con autoridad de fundador reclamando el control. Se retiró a orar, delegó, y depositó en Dios —y en la obediencia a quienes habían quedado al frente— lo que ya no controlaba.
Ese desprendimiento final, menos citado que los estigmas o el Cántico, es en sí mismo una lección de pobreza llevada hasta el extremo: pobreza también de la propia obra.
La Verna, septiembre de 1224: los estigmas
En septiembre de 1224, durante un retiro de cuarenta días en el monte de La Verna, en la Toscana, Francisco tuvo la experiencia mística que sus biógrafos más tempranos describen como la aparición de un serafín crucificado, y de la cual —según el relato unánime de las fuentes franciscanas primitivas, incluidas cartas de compañeros que aseguraban haber visto las heridas antes de su muerte— quedó marcado con llagas visibles en manos, pies y costado, semejantes a las de Cristo crucificado.
Es, sin dudas, el episodio más discutido del expediente. Conviene decir con honestidad lo que la crítica histórica seria señala: se trata del primer caso ampliamente documentado de estigmatización en la historia de la Iglesia, con testimonios de contemporáneos directos —fray León, entre ellos, quien redactó una nota personal fechada poco después del hecho— y con el propio Elías de Cortona, ministro general, comunicando la noticia por carta a toda la Orden inmediatamente después de la muerte de Francisco.
La solidez del testimonio directo es, para los estándares del siglo XIII, extraordinaria.
Eso no la convierte, evidentemente, en un hecho que pueda “probarse” en sentido moderno, ni la Iglesia lo exige: pertenece al orden de lo místico, sujeto siempre, como toda experiencia de este tipo, al discernimiento prudencial y no a la evidencia empírica.
Lo que sí puede afirmarse con solidez histórica es la temprana y unánime convicción de sus compañeros más cercanos de haber presenciado algo real, y el hecho de que Francisco vivió los dos años que le quedaban de vida ocultando, con vergüenza, esas heridas.
El Cántico de las Criaturas: no es lo que Instagram cree que es
En 1225, ya ciego y gravemente enfermo, Francisco compuso el Cántico del hermano sol (o de las criaturas), considerado el primer gran texto poético en lengua italiana vernácula.
Es, también, el texto más citado —y el más vaciado de contenido— por la cultura contemporánea, que tiende a leerlo como un poema panteísta de comunión romántica con la naturaleza, antecedente de sensibilidades ecologistas actuales.
Esa lectura no es del todo falsa, pero es gravemente incompleta.
El Cántico no diviniza a la naturaleza: la fraterniza, precisamente porque toda ella —sol, luna, agua, fuego, tierra— procede del mismo Creador y por eso es, literalmente, hermana.
Es una teología de la creación estrictamente ortodoxa, centrada en la alabanza a Dios por medio de las criaturas, nunca a las criaturas.
El propio texto, en sus últimas estrofas —añadidas ya en su lecho de muerte— bendice también “a los que perdonan por tu amor” y a “la hermana muerte corporal“, cerrando el círculo con un sentido plenamente cristológico y escatológico que la lectura ecologista secular, previsiblemente, suele omitir.
El papa Francisco lo retomó explícitamente como inspiración para Laudato Si‘ en 2015, pero incluso esa encíclica —leída con atención y no solo citada de oídas— insiste en el mismo punto: no hay ecología integral sin referencia al Creador.
Tránsito y canonización relámpago
Francisco murió en la Porciúncula la noche del 3 al 4 de octubre de 1226, entonando, según la tradición, el Salmo 141 y pidiendo ser depositado desnudo sobre la tierra en sus últimas horas, en un último gesto de pobreza absoluta. Tenía, probablemente, 44 o 45 años.
Lo que sigue es, en términos de historia eclesiástica, casi sin precedentes: apenas dos años después, el 16 de julio de 1228, el papa Gregorio IX —que lo había conocido personalmente y tratado como amigo cuando era todavía el cardenal Hugolino, protector de la Orden— lo canonizó en Asís, en uno de los procesos de canonización más breves de la historia de la Iglesia.
Al día siguiente se colocó la primera piedra de la basílica que hoy custodia sus restos.
El mito del “santo hippie”: lo que se pierde cuando se lo folkloriza
Con estos datos sobre la mesa, resulta más fácil identificar dónde se desvía la imagen popular de Francisco que circula hoy, sobre todo en ámbitos seculares y en cierta catequesis blanda: la del pacifista naturalista, amigo de los pajaritos, precursor del veganismo espiritual, figura simpática y descomprometida, casi anticlerical en su sencillez frente a una Iglesia “pesada”.
Cada uno de esos rasgos toma un fragmento real de Francisco y lo desconecta de su matriz: la pobreza radical no era estilo de vida minimalista sino imitación literal de Cristo despojado; el amor a la creación no era sensibilidad ecológica sino teología trinitaria de la alabanza; la sencillez no era antiintelectualismo sino ascesis; y sobre todo, la obediencia inquebrantable a una Iglesia que él mismo veía imperfecta no es un detalle incómodo a esconder bajo la alfombra, sino literalmente la bisagra que explica todo lo demás.
Un Francisco sin obediencia eclesial no es un Francisco editado: es otro personaje, fabricado a la medida de la sensibilidad de quien lo cita.
Nota sobre las fuentes: jerarquía crítica de un expediente en disputa
Cualquier investigación seria sobre Francisco debe ordenar sus fuentes por fiabilidad, porque no todas pesan igual:
- Tomás de Celano, fraile que conoció personalmente a Francisco desde 1215, escribió la Vita Prima por encargo de Gregorio IX entre 1228 y 1229, apenas dos años después de la muerte del santo y en pleno proceso de canonización.
- Es la fuente más temprana y, en general, la historiográficamente más sólida, aunque con el estilo hagiográfico propio del género medieval. Escribió después una Vida Segunda (hacia 1247) y un Tratado de los milagros.
- San Buenaventura de Bagnoregio, elegido ministro general de la Orden en 1257, redactó entre 1260 y 1263 la Legenda Maior, pensada como biografía oficial única, más armonizada teológicamente y menos abundante en detalles concretos que Celano.
- Aquí aparece el dato con el que abrimos esta nota: el Capítulo General de la Orden, reunido en París en 1266, ordenó formalmente la destrucción de todas las biografías anteriores a la de Buenaventura, en un intento de fijar una única versión oficial del fundador. La orden nunca se cumplió del todo —por fortuna para la historia, varios manuscritos de Celano sobrevivieron ocultos en distintos conventos y fueron redescubiertos recién en el siglo XIX y XX— pero revela algo que todo lector de catolic.ar reconoce enseguida: incluso la memoria de un santo puede ser objeto de disputa institucional, de edición, de intereses de facción dentro de la propia Orden que se debatía, en esos años, entre una interpretación más rigorista y otra más moderada de la pobreza franciscana.
- Las Florecillas (Fioretti), compiladas recién en el siglo XIV, son el texto más popular y el menos fiable históricamente: una colección de anécdotas edificantes, con valor espiritual real pero de fiabilidad biográfica baja, que sin embargo es la fuente de casi todas las imágenes más “simpáticas” de Francisco que circulan hoy —el lobo de Gubbio, la predicación a los pájaros— y por eso mismo la más citada por la cultura popular y la menos citada por los historiadores serios.
- Finalmente están los escritos del propio Francisco —el Testamento, las dos Reglas, el Cántico, algunas cartas— la fuente de primera mano más valiosa de todas, precisamente porque no pasó por la pluma de ningún biógrafo.
Los que llevan su nombre sin el hábito
Hay una rama de la historia franciscana que rara vez se cuenta con el mismo detalle que la vida del fundador, y que sin embargo es, para el laicado católico, la más pertinente de todas: casi desde el comienzo, personas casadas, artesanos, comerciantes y familias enteras que no podían —ni querían— abandonar el mundo para hacerse frailes o clarisas, pidieron a Francisco poder vivir según su mismo espíritu evangélico sin salir de su estado de vida secular.
De esa demanda nació lo que terminaría llamándose la Tercera Orden, hoy Orden Franciscana Seglar: laicos que asumen, en medio de la vida ordinaria —el trabajo, el matrimonio, la vida de barrio y de parroquia— una regla de oración, penitencia y fraternidad inspirada directamente en el mismo carisma que llevó a Francisco a desnudarse ante el obispo de Asís.
No es un dato menor ni decorativo. Es, quizás, la prueba más contundente de que la santidad de Francisco no estaba reservada a los que colgaban el hábito: estaba pensada, desde el principio, para ser vivida también por quienes se quedaban en el mundo, con sus obligaciones civiles y familiares intactas, pero con el corazón reorientado.
Cuando hoy un laico se identifica como terciario franciscano, no está adoptando un folclore piadoso adicional: está asumiendo, en la medida de sus fuerzas, la misma obediencia radical a la Iglesia, la misma sobriedad frente al dinero y la misma disponibilidad misionera que atravesaron toda la vida del hombre que este expediente acaba de reconstruir.
Cierre: reparar, hoy, sin salir del mundo
“Repara mi Iglesia” no fue, lo dijimos, un llamado a la denuncia ni a la ruptura.
Fue un llamado a la santidad personal vivida en comunión, tan simple y tan exigente que un joven vanidoso de Asís tardó años en comprender su verdadero alcance.
Ocho siglos después, con una Iglesia que atraviesa sus propias crisis de credibilidad, ese mandato no ha caducado ni se ha vuelto metáfora: sigue siendo, palabra por palabra, una tarea pendiente.
Y como entonces, no exige túnicas ni votos: exige, simplemente, laicos dispuestos a ser, en su propio ambiente, el ladrillo que falta.
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