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La franquicia caduca

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Alpha ahora en los cines

Cuarta entrega de la serie de investigación sobre Alpha Argentina

El 24 de julio de 2026, entre las 19:30 y las 22:00, el cine Hoyts del shopping Patio Olmos de Córdoba dejó de proyectar películas por un rato para proyectar otra cosa: el primer episodio de “Alpha Ados: La Serie — Edición Latinoamérica”.

Entrada gratuita, cupos limitados, invitación por WhatsApp, kit de bienvenida.

El mismo formato se repitió en Quito el 14 de agosto, en Guayaquil el 22, y ya tuvo un antecedente en Bogotá, con el aval explícito de la Coordinación Arquidiocesana para la Evangelización de la Juventud.

No es un evento aislado de una parroquia entusiasta: es un lanzamiento regional, coordinado, con fecha de estreno oficial fijada para agosto de 2026 y una campaña paraguas que se llama, sin ironía, “Maratón Alpha Ados“.

Vale la pena detenerse en el material promocional, porque dice más de lo que pretende decir.

La invitación anuncia una serie “diseñada especialmente para que los adolescentes de Latinoamérica exploren la Fe de una manera abierta y cercana“, con “contexto bíblico desde una perspectiva latinoamericana” y “conversaciones reales con jóvenes de la región“.

La pregunta que cualquier lector medianamente atento debería hacerse es simple: si el producto anterior —filmado en Vancouver, con voces ajenas a nuestra cultura, doblado de forma genérica— funcionaba, ¿para qué relanzarlo con maquillaje regional?

La respuesta, aunque nadie la diga en voz alta, está implícita en el propio acto de reemplazo. No se actualiza lo que funciona; se actualiza lo que empezó a fallar.

Una marca que se reempaqueta

Esto no debería sorprender a quien haya seguido la historia de Alpha con algo de distancia crítica.

El historiador de Oxford Andrew Atherstone, autor de la primera historia académica seria del movimiento, lo describe sin eufemismos: Alpha es una “marca mundial” (global brand) que ha reformulado su “envoltorio” una y otra vez para captar a sucesivas generaciones —los veinteañeros de los noventa, los del 2000, los del 2010, los del 2020— y que recurre sin complejos a publicidad, marketing y rostros conocidos como parte legítima de su estrategia de difusión.

Atherstone no lo dice como crítica; lo dice como descripción neutra, casi como elogio de eficacia.

Pero el dato es el mismo que venimos documentando en esta serie desde “La sotana prestada”: Alpha no es primero un contenido que luego se comunica, sino un producto que se comunica primero y que ajusta su contenido según el mercado al que apunta.

La secuencia está invertida respecto de la lógica tradicional del primer anuncio, que parte de la comunidad concreta y su testimonio, no de un guion central replicado con variantes de doblaje.

El caso cordobés lo ilustra con precisión quirúrgica.

El canal elegido no es el templo, ni el salón parroquial, ni siquiera el aula escolar donde Alpha Ados suele apoyarse mejor (según el propio material de la organización, es “ideal… especialmente para contextos escolares con estudiantes liderando”).

El canal elegido es el cine comercial de un shopping.

La convocatoria no se hace de boca en boca ni por la “cultura de invitación” que la propia Alpha dice privilegiar sobre cualquier otra estrategia, sino por una campaña de email marketing con links de tracking, botón de “reservá tu entrada” y chat de WhatsApp para consultas.

Es, en el sentido más literal, un lanzamiento de producto.

La pregunta pastoral —¿esto evangeliza o esto vende?— no admite una respuesta binaria simplista, pero merece hacerse sin miedo a sonar antipático.

El límite que admiten sus propios defensores

Conviene ser justos: nadie serio dentro de Alpha pretende que el curso sea autosuficiente.

El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia y uno de los defensores más constantes de la herramienta en el mundo católico, lo resumió con una frase que debería colgarse en la puerta de cada parroquia que la usa: “Es el curso Alfa, no el curso Alfa y Omega.”

Según su propia formulación, Alpha se limita al kerigma —el anuncio inicial, el punto de arranque de la Fe— y quienes lo hacen “necesitan ser formados en la fe, lo cual depende de otros programas parroquiales.”

Es una advertencia honesta. El problema es que esa advertencia rara vez viaja con el mismo presupuesto de marketing que el lanzamiento. Nadie proyecta en el cine Hoyts un tráiler sobre la catequesis de perseverancia que debería seguir al primer entusiasmo.

Y ahí está el punto ciego estructural del modelo, no de esta edición en particular sino del método como tal: se invierte una energía considerable —recursos regionales, doblaje, filmaciones en distintos países, alianzas con salas comerciales— en la puerta de entrada, y se da por supuesto, casi como acto de Fe institucional, que la comunidad receptora ya tiene la infraestructura de acompañamiento necesaria para sostener lo que ese entusiasmo inicial despierta.

En una arquidiócesis con recursos como Bogotá, quizás.

En una parroquia de barrio de cualquier ciudad media argentina, con un sacerdote a cargo de tres o cuatro comunidades comunidades parroquiales y sin equipo de acompañamiento juvenil formado, la pregunta deja de ser retórica.

El caso argentino: insistir sin discernir

Hay además un fenómeno local que esta serie no puede pasar por alto, aunque por ahora solo podamos describirlo en términos generales, sin señalar parroquias ni comunidades concretas.

En no pocos lugares de la Argentina, Alpha no logró instalarse con el suceso que sus promotores esperaban en su formato original —la mesa compartida, la cena, el grupo de adultos buscando respuestas—.

La convocatoria fue magra, la continuidad escasa, los frutos difíciles de mostrar.

Y sin embargo, en vez de leer ese resultado como una señal para discernir si el método se ajusta al terreno, algunas parroquias optaron por el camino inverso: extender Alpha, casi por insistencia, a espacios donde nunca estuvo pensado para funcionar.

Se lo incorpora ahora como etapa dentro del itinerario catequístico de los niños que se preparan para los sacramentos, se lo ofrece a los padres de esos catequizandos como si fuera formación obligada, se lo aplica a los jóvenes que se preparan para la Confirmación como si fuera parte necesaria del proceso.

El resultado es un uso indiscriminado que termina sosteniendo expectativas que difícilmente puedan cumplirse: se presenta a Alpha como si fuera capaz de resolver, en cualquier etapa y con cualquier destinatario, lo que en rigor fue diseñado para un momento y un público muy específicos —el primer acercamiento de un adulto alejado de la Fe—.

Aplicado sin ese discernimiento a un padre que lleva a su hijo a la catequesis por costumbre, o a un adolescente que se confirma porque “toca” en su itinerario escolar, Alpha deja de ser puerta de entrada y pasa a ser trámite repetido, vaciado del contexto que le daba sentido.

Conviene decirlo con caridad, porque no hay mala fe en esto: quienes sostienen esta insistencia suelen ser, paradójicamente, laicos jóvenes o adultos jóvenes genuinamente comprometidos, que se embarcaron en Alpha convencidos de haber encontrado la gran innovación pastoral de su generación y que —muchos años después de esa entusiasta adopción inicial— siguen persuadidos de que sigue siendo la mejor propuesta de evangelización disponible para estos tiempos.

Extender su aplicación a cada rincón posible de la vida parroquial no es, en la mayoría de los casos, estrategia calculada sino fidelidad a esa primera convicción.

El problema no es el compromiso de esas personas, que merece respeto; el problema es que ese compromiso bien intencionado termina funcionando, sin que nadie se lo proponga, como la justificación de fondo para no revisar si el método sigue dando los frutos que prometía.

Cuanto más se lo aplica sin discriminar destinatario ni etapa, más necesario se vuelve creer que funciona —y ahí es donde la franquicia deja de evaluarse por sus resultados y empieza a sostenerse por la Fe de quienes la promueven, que es exactamente la inversión de términos que esta serie viene señalando desde su primera entrega.

Superficialidad como riesgo estructural, no como acusación

No hace falta salir a buscar detractores de Alpha para construir este argumento —y de hecho, revisando la cobertura disponible hasta la fecha, no existe todavía análisis crítico específico sobre este relanzamiento en ningún medio católico de la región: catolic.ar sería, hasta donde pudimos verificar, de los primeros en señalarlo.

Pero sí existe un criterio de discernimiento reciente y autorizado que se puede aplicar al caso, sin necesidad de atribuirle a nadie una crítica que no formuló.

La Conferencia Episcopal Española publicó en mayo de este año un documento sobre “misioneros digitales” que, sin mencionar a Alpha ni a ningún método en particular, identifica con precisión los riesgos de la evangelización mediatizada y masiva: la superficialidad, que “puede reducir la fe a mensajes simplificados o emotivos, sin profundidad ni arraigo“, y la tentación del protagonismo, “donde el evangelizador puede caer en la búsqueda de visibilidad o reconocimiento personal, olvidando que el protagonista es Cristo.”

Ese es exactamente el criterio que hay que traer a la sala de cine de Patio Olmos.

No para descalificar el esfuerzo de quienes organizan el evento con buena voluntad —seguramente la tienen—, sino para preguntar si el vehículo elegido no termina imponiendo su propia lógica al contenido que pretende transmitir.

Un cine comercial es, por diseño arquitectónico y cultural, un espacio de consumo pasivo de entretenimiento.

Trasladar ahí el primer anuncio del Evangelio no es neutro: el medio educa expectativas, y las expectativas que educa un cine de shopping no son las mismas que educa una mesa compartida en una casa parroquial, que es, dicho sea de paso, el formato original con el que Alpha nació y que buena parte de su literatura sigue reivindicando como esencial.

El fondo del asunto: franquicia versus comunidad

Todo esto conecta con lo que ya documentamos en las entregas anteriores de esta serie sobre la estructura de Alpha Argentina: un modelo que llega prearmado desde afuera, con líderes formados en escuelas de comunicación y marketing más que en teología pastoral, y que necesita renovarse periódicamente —no porque cambie el Evangelio, que no cambia, sino porque cambia el empaque que hace falta para seguir vendiéndolo a la siguiente cohorte generacional.

Eso es, con toda la precisión que permite el término, una franquicia: un modelo replicable con variantes locales cosméticas, diseñado centralmente y distribuido regionalmente, cuya vida útil depende de su capacidad de reinventar el envoltorio antes de que el mercado —permítase la palabra, porque es la que corresponde aquí— se aburra del anterior.

La alternativa que venimos proponiendo en la serie “El Dios que no fabricaste”, no es la nostalgia de un pasado idealizado ni el rechazo cerrado a cualquier innovación pastoral. Es la sospecha razonable de que la Fe cristiana no se sostiene con relanzamientos de producto sino con comunidades concretas, estables, arraigadas en un territorio y en una liturgia, capaces de sostener en el tiempo lo que despiertan en un primer encuentro.

El cine puede ser, como mucho, una puerta, una entrada.

El problema aparece cuando la franquicia confunde la puerta con la casa, y cuando cada pocos años hay que buscar una nueva puerta porque la anterior ya caducó.

©Catolic.ar

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