Inicio Mirada Profética El laico que informa no predica: comunicación, verdad y esperanza

El laico que informa no predica: comunicación, verdad y esperanza

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Hay una confusión que atraviesa buena parte de la comunicación católica contemporánea, y que rara vez se nombra porque incomoda a quien la comete: laicos que, sin mandato, sin orden, sin la gracia de estado que habilita a enseñar en nombre de la Iglesia, se suben al ambón invisible de una columna, un posteo o una nota digital y predican.

No informan: predican. No transmiten: adoctrinan. No transparentan: moralizan.

Y lo hacen, muchas veces, con una convicción tan sincera como huérfana de autoridad para sostenerla.

Esto no es un matiz semántico. Es una fractura vocacional.

La usurpación silenciosa

El Concilio fue claro y lo sigue siendo, aunque se lo cite poco y se lo practique menos: existe un munus docendi jerárquico —la función de enseñar que compete al obispo en comunión con el sucesor de Pedro— y existe la participación del laico en la misión profética de la Iglesia, que es de otra naturaleza.

No es una autoridad delegada hacia abajo.

Es una vocación propia, hacia afuera: el laico está inserto en el mundo, en las redacciones, en las plazas, en las sobremesas, y desde ahí testifica.

No repite el magisterio como quien recita un catecismo ajeno mal digerido. Lo encarna en los hechos que cuenta.

Cuando un laico comunicador confunde esto y empieza a predicar —a decir qué debe pensar el lector sobre tal obispo, tal doctrina, tal escándalo, cerrando el juicio en vez de abrir los datos— comete una usurpación silenciosa.

Nadie se lo reprocha en el momento, porque suena piadoso, suena celoso de la fe, suena a defensa de la verdad.

Pero es, en el fondo, una falta de humildad vestida de celo: el laico que predica está diciendo, sin decirlo, que su palabra tiene un peso que no le corresponde.

Y hay algo más grave todavía: esa usurpación termina restando credibilidad justo donde el laicado más la necesita.

Porque cuando el lector percibe que el comunicador ya llegó con la conclusión puesta antes de mostrar los hechos, deja de confiar en los hechos mismos. La opinión disfrazada de información es el modo más eficaz de destruir la información.

Informar: la caridad intelectual que pocos ejercen

Informar no es un oficio menor comparado con predicar. Es, de hecho, más exigente, porque exige renunciar al placer de tener la última palabra.

Informar bien —con rigor, con fuentes, con el contexto que impide la lectura fácil y la indignación barata— es un acto de caridad intelectual.

Es tratar al lector como un adulto capaz de juzgar, no como un feligrés que necesita que le mastiquen la doctrina. Es confiar en que la verdad, mostrada con honestidad, tiene fuerza propia y no necesita el empujón moralizante del que escribe.

Esto no es relativismo ni neutralidad cobarde. Es método.

El laico que instruye no oculta su fe ni la disimula: la ejerce en el rigor con que busca los datos, en la valentía con que nombra lo que otros callan, en la honestidad con que reconoce cuando la Iglesia —sus hombres, no su misterio— falla.

Ahí está la diferencia entre “opinar sobre la Iglesia” y “instruir”: opinar es imponer una lectura; instruir es dar los elementos para que el lector llegue, él mismo, a una conclusión que el comunicador no necesita subrayarle.

Transparentar: el ejercicio incómodo de la justicia

Hay una tercera tentación, hermana de la anterior pero más sutil: la del silencio piadoso.

El comunicador católico que calla lo que incomoda “para no escandalizar“, “para no dar armas al enemigo”, “para cuidar la unidad”.

Esta tentación es especialmente fuerte en contextos pequeños, diocesanos, donde todos se conocen y el costo social de decir la verdad es alto.

Pero transparentar no es escandalizar. Es hacer justicia.

Es negarse a que la opacidad institucional —tan cómoda para quien la ejerce, tan dañina para quien la sufre— se perpetúe con la complicidad de quienes tienen pluma y no la usan.

El profeta bíblico no calló ante el rey ni ante el sacerdote corrupto porque temiera “dividir al pueblo”; calló cuando Dios se lo pidió, no cuando el poder se lo exigió.

El laico comunicador que instruye sobre gobernanza episcopal, sobre procesos canónicos, sobre las tensiones reales que atraviesan una diócesis, no está traicionando a la Iglesia.

Está sirviéndola del único modo en que un laico puede servirla desde el periodismo: negándose a ser cómplice del silencio.

Esto tiene un costo.

Quien transparenta incomoda a los que preferirían la administración discreta de la verdad.

Pero la alternativa —el comunicador católico que solo publica lo edificante, lo que no genera fricción, lo que no pone a nadie en aprietos— no es comunicación: es relaciones públicas con sotana prestada.

Sembrar esperanza sin mentir

Y aquí llega el punto más delicado, el que separa al profeta del cínico y al informador del sembrador de desesperanza.

Decir toda la verdad —incluida la parte que duele— sin que eso derive en el desaliento del lector es el verdadero oficio de quien escribe desde la fe.

No se trata de maquillar los hechos duros con un párrafo final edulcorado, un “pero Dios tiene un plan” pegado con cinta a una nota que hasta ahí fue implacable.

Eso es impostura, y el lector —sobre todo el joven, sobre todo el que ya está harto de discursos que no se sostienen— lo detecta enseguida.

Sembrar esperanza es otra cosa: es mostrar que incluso la verdad incómoda tiene un horizonte, porque la Iglesia no se sostiene en la intachabilidad de sus hombres sino en una promesa que los excede.

Es la diferencia entre denunciar sin destino y denunciar con dirección.

El profeta bíblico nunca anuncia el juicio sin anunciar también, al mismo tiempo, la posibilidad de la conversión. Ese es el modelo: verdad completa, sin editar; y junto a ella, siempre, la puerta abierta.

Esto es exactamente lo contrario de la comunicación que hoy prolifera en ciertos rincones católicos digitales: la que vive de la indignación permanente, del escándalo como combustible de clics, sin ofrecer nunca una salida.

Esa comunicación no informa ni predica: envenena.

Y el laico que la practica, aunque se sienta defensor de la ortodoxia, está haciendo un daño espiritual concreto, medible, en cada joven que la lee y concluye que no hay nada que valga la pena salvar.

La interpelación final

Entonces la pregunta que cada laico comunicador católico debería hacerse, antes de publicar, no es “¿esto es verdad?” —aunque esa pregunta también importa— sino esta otra, más incómoda: ¿estoy informando o estoy predicando? ¿Estoy transparentando o estoy callando por comodidad? ¿Estoy sembrando esperanza o estoy sembrando desaliento con vocabulario piadoso?

No hace falta orden sacerdotal para escribir con rigor. No hace falta cátedra de teología para negarse a mentir por omisión. No hace falta autorización eclesiástica para creer que la verdad, dicha completa y con caridad, ya contiene en sí misma la semilla de la esperanza.

Lo que hace falta es humildad para no ocupar un lugar que no es el propio, y coraje para no abandonar el que sí lo es.

El laico no está para predicar. Está para algo más difícil: para que, cuando termine de leerlo, el lector sepa un poco más de verdad de la que sabía, y tenga —a pesar de esa verdad, o gracias a ella— un poco más de motivo para seguir esperando.

©Catolic.ar

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