Un vendaje blanco le rodeaba toda la cabeza a Teresita Castillo de Diego
Era el 11 de febrero de 2021, Jornada Mundial del Enfermo, y en la UCI infantil del Hospital Universitario La Paz de Madrid un sacerdote agustino, con la estola puesta y los santos óleos en la mano, se acercaba a una cama por indicación de los capellanes.
Al día siguiente iban a operar a la niña de un tumor cerebral.
El sacerdote se llamaba Ángel Camino Lamela, vicario episcopal de la Vicaría VIII de la archidiócesis de Madrid, y años después seguiría contando lo que vio: “tenía la cara suficientemente descubierta como para percibir un rostro verdaderamente brillante y excepcional”.
La niña, sin que nadie se lo hubiera anticipado, le preguntó: “¿Me traes a Jesús, verdad?”.
Y añadió, con la seguridad de quien no tiene nada que perder porque ya lo ha entregado todo: “¿Sabes una cosa? Yo quiero mucho a Jesús”.
Se llamaba Teresa Castillo de Diego. Todos la llamaban Teresita. Tenía diez años. Le quedaban veinticuatro días de vida.
De Siberia a Los Molinos
Nació el 11 de agosto de 2010 en algún lugar de Siberia, Rusia.
Los datos sobre su primera infancia son escasos, como suele ocurrir con los niños que pasan por una casa-cuna: se sabe que fue bautizada allí como cristiana ortodoxa, aunque sin certificado que lo acreditara.
Un matrimonio español, Eduardo y Teresa, la adoptó cuando tenía tres años y medio, tras dos viajes a Rusia por trámites de documentación. Llegó a España en abril de 2014.
Al no existir constancia documental de su primer bautismo, el párroco de Los Molinos —una pequeña localidad a un paso de El Escorial, apenas una colonia entre San Lorenzo de El Escorial y Galapagar— aconsejó bautizarla bajo condición, por si acaso.
Así se hizo el 2 de agosto de 2014, festividad de Nuestra Señora de los Ángeles, y recibió el nombre de María Teresa de los Ángeles. Tenía cuatro años. Fue, dicen quienes la conocieron, “el comienzo de su corta pero fecunda vida terrena unida a la Virgen y a Jesús“.
Vivió con Eduardo y Teresa en Los Molinos —donde sus padres siguen viviendo hoy— e iba a Misa allí, a diario, con su madre.
Para la escuela, en cambio, la familia hacía cada día unos treinta minutos de trayecto hasta Galapagar, hasta el colegio Veracruz, de las Hijas de Santa María del Corazón de Jesús: tenía fama de ser el mejor colegio católico de la zona, y por eso —como hicieron otras familias vecinas— Eduardo y Teresa preferían ese viaje diario antes que una escuela más cercana.
En Misa, “disfrutaba mucho”, cuenta Teresa, porque era sociable y saludaba a todos, especialmente a los sacerdotes.
Después pasaba por la sacristía para que el párroco le diera la bendición y un caramelo, una costumbre de su parroquia que ella convirtió en ritual personal.
Por la calle, a los vecinos que se cruzaba, les anunciaba sin más: “Me voy a Misa“.
Su madre la describe como una niña “muy niña”: feliz en un parque, jugando con una pelota, entusiasta, disfrutona, con dificultades escolares —probablemente por un retraso evolutivo y por las secuelas del tumor— que nunca le apagaron el ánimo.
Tenía, según cuenta su abuela, “un saludo natural”: llamaba a la gente por su nombre, con un cariño que hacía llorar a alguna señora mayor en la calle, “quizás porque estas señoras, por ser mayores, se sienten invisibles para el mundo y el cariño que ella les transmitía les movía por dentro”.
Se detenía con los mendigos. Corría a la puerta cuando llegaba una visita.
Cinco años de Gólgota
En noviembre de 2015, con cinco años y medio, le detectaron un tumor en el tálamo cerebral.
Empezó entonces lo que quienes escribieron sobre ella después no dudaron en llamar, sin metáfora fácil, un camino hacia la cruz: cirugía para extirpar el mayor volumen posible del tumor, quimioterapia durante año y medio, un período de aparente control y, a finales de 2018, el regreso del crecimiento tumoral.
Nueva operación, nuevo tratamiento —esta vez protonterapia en Suiza—, nuevos controles.
A pesar de todo, hizo una vida prácticamente normal: fue a la escuela, hizo su Primera Comunión el 18 de mayo de 2019 (“Sentí que Jesús me quería y me amaba y me invitaba al Cielo“, dijo ese día a su madre), viajó, jugó con sus primos.
A finales de noviembre de 2020 un balonazo le provocó un hematoma que la llevó de nuevo al hospital.
El 2 de enero de 2021 reingresó por fuertes dolores de cabeza. No volvería a salir con vida.
La operación programada para el 11 de enero no pudo realizarse por la hidrocefalia y las complicaciones médicas; antes de que se la llevaran al quirófano se había encomendado —da que pensar, aunque no sea el objeto de esta nota— al beato Carlo Acutis y a la venerable Montse Grases.
La cirugía se pospuso, le instalaron un drenaje y luego una válvula.
La válvula empezó a obstruirse repetidamente, y cada obstrucción era, en palabras de su madre, “mucho dolor”.
A eso se sumó el aislamiento por la pandemia: Teresita y su madre dieron positivo de covid, lo que dificultó tanto el acompañamiento familiar como la comunicación con los médicos.
Fueron, cuenta Teresa, “cinco años de pruebas, biopsias, intervenciones quirúrgicas, quimioterapia, tratamiento de protones… y once operaciones de cabeza en las últimas seis semanas de vida“.
“Como ella tenía ofrecidos sus sufrimientos —recuerda su madre—, pensabas que igual Jesús se estaba aprovechando para salvar a más almas y más almas”.
En las últimas semanas, cuando ya no podía tragar y las enfermeras le humedecían la boca con gasas empapadas en agua, su madre pensaba que era “como ponérselas a Jesús crucificadito”.
“Yo quiero ser misionera”
Volvamos a la UCI del 11 de febrero de 2021.
Después de que Teresita le dijera al P. Camino que quería mucho a Jesús, su madre intervino: “Dile a Ángel lo que tú quieres ser“.
La niña, según el relato que el propio vicario dejó por escrito a los fieles de su Vicaría, preguntó primero si de verdad se lo tenía que decir, y luego, sacando fuerzas “de donde no tenía”, respondió: “Yo quiero ser misionera“. Añadió: “P. Ángel, ¿sabes una cosa? Yo rezo para que muchos niños conozcan a Jesús“.
El sacerdote —que no tenía, según reconoció después, ninguna fórmula canónica prevista para una situación así— reaccionó con una frase que se le “salió del alma”: “Teresita, yo te constituyo ahora mismo misionera de la Iglesia, y esta tarde te traeré el documento que lo acredita y la cruz de la misionera“.
A continuación le administró la Unción de los Enfermos, le dio la Comunión y la bendición apostólica del Papa Francisco.
No se quedó en una promesa piadosa.
Esa misma mañana, en la Vicaría, el P. Camino encargó el mejor pergamino que encontró en una papelería y, con ayuda de sus secretarios, redactó el oficio de misionera.
A las cinco de la tarde volvió al hospital con el documento y una cruz de misionera.
Teresita, medio dormida, se despertó de inmediato al verlo, cogió el pergamino y la cruz entre sus manos y, mientras su madre se lo leía en voz alta, pidió: “Esa cruz pónmela en la barra para que la vea bien, y mañana la llevo al quirófano. Ya soy misionera“.
A su padre le mandó un mensaje de audio esa misma tarde: “Papá, mira, me acaban de dar la Unción y me han dicho que yo ya soy una misionera de verdad“.
El gesto no quedó dentro de las cuatro paredes del Hospital La Paz.
Al día siguiente, el P. Camino recibió una llamada del Delegado Nacional de Misiones, que le preguntó directamente si él había constituido misionera a una niña.
“Este testimonio ha dado la vuelta a todo el mundo misionero de España —le dijo— y ya han puesto a Teresita como una nueva protectora para los niños en misión”.
José María Calderón, director de Obras Misionales Pontificias, confirmó a Religión Confidencial que el gesto, aunque atípico, “se puede realizar”: “Es un detalle de afecto y cariño que le concede la Iglesia católica poco antes de morir.
Lo que ella ha deseado, la Iglesia como madre se lo concede“.
Vale la pena que quien lea esto entienda con precisión qué fue y qué no fue aquel nombramiento: no hubo un rito litúrgico ni una figura canónica de “misionero” en sentido técnico dentro del derecho de la Iglesia; fue un gesto pastoral, personal, del vicario episcopal, respaldado después informalmente por la estructura misionera diocesana y nacional.
Su valor no está en la burocracia sino en lo que reveló: la coherencia entre lo que aquella niña decía y lo que estaba viviendo.
Cuando meses antes empezó a decir en voz alta y delante de otras familias “yo quiero ser misionera ¡ya!“, no hablaba en abstracto ni al azar.
Fue un 12 de diciembre —fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe— cuando lo exclamó por primera vez con esa fuerza y esa decisión, en medio de un grupo de oración familiar que esa tarde hablaba justamente de la Virgen de Guadalupe y de la acción evangelizadora y misionera en América.
Teresita, que ya conocía la historia guadalupana desde muy pequeña, sabía perfectamente qué día era y qué significaba ser misionera: no fue una ocurrencia infantil suelta, sino una decisión tomada con plena conciencia de la fecha y del sentido que tenía.
A su madre le explicó, en un audio grabado pocos días antes de morir, qué significaba para ella ser misionera: “Porque así estoy más cerquita de Jesús y me siento más santa. Y porque quiero llevar a los demás con Jesús, y quiero llevar a los niños que no lo conocen con Jesús, para que vayan al Cielo felices para siempre“.
A la pregunta de qué hacía ella, en concreto, como misionera, contestó: “Hablar de Jesús siempre y dar alegría, y estos días que he estado malita lo he estado ofreciendo por gente; por ejemplo, por alguien que esté malito, por los sacerdotes“.
Cuando el dolor arreciaba y llegó a decirle a su madre “no puedo más, mejor me desapunto de ser misionera”, y su madre la animó (“tú puedes, ya eres misionera”), Teresita respondió: “Bueno, lo intentaré una vez más”.
Ese “lo intentaré una vez más”, pronunciado por una niña de diez años bajo los efectos de un tumor cerebral y de meses de dolor físico ininterrumpido, es probablemente la frase que mejor resume su testimonio.
No hay en ella heroísmo espectacular ni éxtasis narrado por terceros: hay una decisión sostenida, día tras día, de no soltar lo que había prometido.
Perpetua, un 7 de marzo
En sus últimos días soñó con su abuelo, fallecido un año antes, y contó a su madre que le había pedido a Dios ver a Carlo Acutis, y que lo había visto.
Cuando las monjas de su colegio preguntaron a qué santo dedicar una novena por su sanación, y su madre ya había respondido que a Carlo Acutis, Teresita —sin que nadie se lo hubiera sugerido— dijo de pronto: “¡Perpetua!”.
Había visto dibujos sobre esa santa, nada más. Murió el domingo 7 de marzo de 2021 a las nueve de la mañana: fiesta de las santas mártires Perpetua y Felicidad.
A su padre, antes de una de las últimas intervenciones, le había dicho, cuando él trataba de darle ánimo: “No, papá, yo me voy al cielo. He soñado con Carlos Acutis, y me voy al Cielo“.
Se la veló en el tanatorio de El Escorial.
El cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, llamó por teléfono durante el rosario que rezaban los padres y familiares para hacerse presente y dar su bendición a Teresita de cuerpo presente y a todos los acompañantes.
Antes de cerrar el velatorio, su tía pidió permiso al P. Camino para reproducir un audio: la voz de Teresita, “muy suave, como de alguien que está cansado, pero que saca fuerzas de dónde no las tiene”, contando: “Hola tía, te cuento una cosa muy importante para mí: esta mañana, después de recibir la Unción y la Comunión, el Vicario de Madrid me ha constituido misionera: ya soy misionera“.
Fue enterrada al día siguiente con su cruz de misionera puesta.
¿Camino hacia la santidad?
Aquí conviene la prudencia que el propio vicario que la trató de cerca pidió para sí mismo.
Un año después de su muerte, preguntado por la revista Ecclesia de la Conferencia Episcopal Española sobre si veía en Teresita signos de santidad, Ángel Camino respondió con estas palabras exactas: “Con muchísima prudencia he de decir que hay signos de santidad. Y hablo por mí, sin ser para nada santero. Pero si la historia de Teresita dentro de unos meses sigue estando presente, habrá que pensárselo. En Roma dan muchísima importancia a la santidad de los niños“.
Es una distinción que es necesario subrayar, porque es fácil —y frecuente en el periodismo religioso de circulación rápida— confundir la devoción popular espontánea con un proceso canónico formal.
A la fecha de esta nota no consta que se haya abierto una causa de beatificación diocesana para Teresita Castillo de Diego, ni que exista postulador, ni positio, ni ningún otro trámite de los que regula la Congregación (hoy Dicasterio) para las Causas de los Santos.
Lo que existe es otra cosa, también real y también significativa: un testimonio ampliamente difundido —por la archidiócesis de Madrid y por prácticamente todo el espectro del periodismo católico español, sin distinción de línea editorial: desde ACI Prensa, COPE, Alfa y Omega y El Debate hasta medios de sensibilidad más tradicional y de fuerte llegada, como InfoVaticana y InfoCatólica, además de Religión en Libertad y el National Catholic Register.
Es un dato que vale la pena subrayar por sí mismo: en un ecosistema mediático católico español donde ciertos sectores rara vez coinciden, la historia de Teresita logró conmover a bandos habitualmente distantes entre sí— y una reputación de santidad que se sostiene en el tiempo entre quienes la conocieron.
El prior del Valle de los Caídos, Santiago Cantera, la puso ya entonces en la misma frase que otras niñas españolas de fama de santidad reciente: Pilina Cimadevilla, María del Carmen González-Valerio, Alexia González-Barros —esta última con causa de beatificación efectivamente abierta desde 2013—.
Que el nombre de Teresita circule junto a esos otros no equivale a un veredicto eclesial, pero tampoco es un dato menor: son las comunidades locales, antes que las estructuras romanas, las que suelen iniciar el reconocimiento de estas historias.
El propio Cantera, de hecho, prepara actualmente un libro sobre Teresita, para el que ha entrevistado a varias familias, a niños que la conocieron y hoy son jóvenes, a su enfermera y a sus médicos.
Hay, además, una coincidencia que estos relatos subrayan sin explotarla en exceso: se llamaba Teresa, como la santa de Ávila y como la santa de Lisieux, y su “pequeño camino” —hablar de Jesús, dar alegría, ofrecer el sufrimiento por los sacerdotes y por los niños que no conocen a Cristo— tiene un parecido de familia difícil de no advertir con la espiritualidad de la infancia que Teresa del Niño Jesús formuló como doctrina.
No hace falta forzar la comparación para reconocer que Teresita vivió, sin haber leído una línea de teología, algo muy cercano a lo que Lisieux enseñó: que la santidad no depende de la edad ni de las obras grandes, sino de la entrega total en lo pequeño y en lo que a uno le toca sufrir.
Monseñor Juan Esquerda Bifet, teólogo y formador de generaciones de misioneros, escribió a la familia que “con Teresita comprendía mejor la teología, la vivencia y la acción misionera“.
Un sacerdote confesó al P. Camino que el testimonio de la niña le había ayudado a renovar su propia vocación.
Una misionera destinada en el Congo y Camerún dice haberle pedido a Teresita, después de conocer su historia, que la acompañe en su misión.
Cinco años después de su muerte, mientras se cumplían dieciséis de su nacimiento, su historia sigue circulando —esta misma semana, a través de una entrevista de Brújula Cotidiana a su madre— porque hay en ella algo que ni la enfermedad ni la pandemia ni la muerte lograron apagar: la certeza, dicha por una niña de diez años en la antesala de un quirófano, de que “ser misionero es para llevar a la gente al Cielo“.
Como resume su abuela: “Teresita te hacía sentir como si fueras única, con un amor exclusivo, y eso creo que debe ser el Amor de Dios hacia cada uno de nosotros“.
Fuentes consultadas: Brújula Cotidiana / La Nuova Bussola Quotidiana (entrevista a Teresa de Diego, agosto 2026); carta del P. Ángel Camino Lamela publicada por la Delegación de Misiones de Madrid; COPE; ACI Prensa; Alfa y Omega; Religión en Libertad; El Debate; InfoVaticana; InfoCatólica; Parroquia San Vicente Ferrer (Archidiócesis de Madrid); El Confidencial Digital; National Catholic Register / CNA; Catholic World Report; precisiones directas de Cecilia Herrera, familiar de Teresita, sobre localidad de residencia, parroquia bautismal y circunstancias de su vocación misionera (agosto 2026). Nota: esta investigación se apoyó en búsqueda web y en aclaraciones aportadas directamente por la familia; se recomienda verificar las citas textuales restantes contra las fuentes originales antes de publicar, especialmente las declaraciones atribuidas al P. Ángel Camino.
©Catolic.ar
Documental hecho por HMTelevisión
