El párroco que devuelve la palabra: lo que Vianney tiene para decirnos hoy

4 de agosto, memoria de San Juan María Vianney, patrono de los párrocos

Hay una escena que se repite, con variantes, en no pocas parroquias argentinas cuando llega un párroco nuevo.

Durante años —a veces durante décadas— la comunidad se acostumbró a un ritmo determinado: el cura decide, el cura propone, el cura autoriza.

Los laicos, mientras tanto, aprenden a leer gestos, a anticipar preferencias, a preguntar “¿qué le parece, padre?” antes de mover una sola pieza del rompecabezas parroquial.

Y entonces llega otro sacerdote, distinto, y en la primera reunión de catequistas, de la comisión de liturgia o del grupo de matrimonios, dice algo que descoloca: propongan ustedes.

El silencio que sigue a esa frase es más elocuente que cualquier diagnóstico eclesiológico.

No es un silencio de alivio. Es un silencio de desconcierto, casi de desamparo.

Y en ese silencio se revela algo que conviene mirar de frente, sin comodidad: el verticalismo clerical no se sostiene solo desde el altar. Se sostiene también desde el banco.

Un santo que no encaja en ningún molde de gestión pastoral

Hoy, 4 de agosto, la Iglesia recuerda a San Juan María Vianney, el Cura de Ars, patrono de los párrocos del mundo entero.

Vale la pena detenerse en él no como estampita devocional sino como figura que interpela con dureza los modelos de liderazgo pastoral que hoy se dan por sentados —tanto el modelo del “párroco-gestor” como su reverso aparente, el “párroco-facilitador” que renuncia a proponer nada.

Vianney no era un hombre brillante según los criterios del seminario.

Le costó el latín, le costó la teología escolar, estuvo a punto de no ser ordenado.

Cuando finalmente lo fue, en 1815, sus superiores lo enviaron a Ars —un pueblo minúsculo, de apenas un par de centenares de habitantes— precisamente porque consideraban que sus “limitaciones intelectuales” lo hacían inapto para una comunidad de mayor exigencia.

Fue, en el juicio de la institución que lo formó, un párroco de descarte.

Cuarenta y un años después, moría siendo el confesor más buscado de Europa: llegaba a pasar entre dieciséis y dieciocho horas diarias en el confesionario, y peregrinos de toda Francia —y de más allá— hacían filas de días para hablar con él.

Ningún plan pastoral, ningún proyecto de renovación parroquial, ninguna estrategia de comunicación explica ese fenómeno.

Lo que hubo fue un hombre configurado con Cristo hasta el extremo, sostenido en la Eucaristía y en la penitencia, que no tenía agenda propia que imponer porque su vida entera estaba vaciada de proyecto personal.

Es un dato que interesante contrastar con la vida franciscana: Vianney fue, además de sacerdote diocesano, miembro de la Tercera Orden Franciscana.

No es un detalle biográfico menor.

La espiritualidad franciscana —pobreza, minoridad, obediencia radical, ausencia de posesión sobre las cosas y sobre las personas— atraviesa su ejercicio del ministerio de un modo que explica mejor que cualquier manual de liderazgo por qué Vianney nunca fue un párroco que impusiera un proyecto propio.

No tenía proyecto propio que imponer. Tenía, en cambio, una fuente a la cual conducir: la Eucaristía, la confesión, la Palabra. Todo lo demás era secundario.

Ni gestor ni facilitador: la autoridad que conduce hacia la fuente

Conviene no simplificar el contraste. No se trata de oponer “servir” a “liderar”, como si el párroco ideal fuera un administrador pasivo que se limita a ejecutar lo que la comunidad decide.

Ese modelo —el párroco-facilitador, que renuncia a proponer nada por miedo a “imponer”— es tan empobrecedor como el modelo opuesto, y probablemente más solapado, porque se disfraza de humildad cuando en realidad es abandono.

Vianney no era complaciente. Confrontó a su pueblo, con dureza, cuando hizo falta: contra los bailes, contra las tabernas, contra la tibieza religiosa instalada.

No era un cura que evitaba incomodar.

La distinción real no pasa entre autoridad y servicio, sino entre dos maneras de ejercer la autoridad.

Existe una autoridad que se ejerce hacia adelante: el párroco con visión, con plan estratégico, con proyectos de renovación que la comunidad debe adoptar porque él los trae.

Y existe una autoridad que se ejerce hacia adentro: el párroco que conduce a su comunidad hacia una fuente que no es suya, que no inventó, que solo administra con fidelidad.

La primera termina, tarde o temprano, imponiendo un proyecto personal disfrazado de pastoral. La segunda no tiene nada propio que imponer, porque lo que propone no le pertenece.

Ahí está el verticalismo que de verdad hay que nombrar: no es verticalismo tener autoridad —el sacerdocio ministerial la tiene, por configuración sacramental, y disimularlo con lenguaje horizontalista no le hace ningún bien a nadie—.

El verticalismo empieza cuando esa autoridad se pone al servicio de un proyecto propio del párroco, en lugar de al servicio de la fuente que lo excede a él mismo.

El otro lado de la ecuación: el laico que espera instrucciones

Pero hay una segunda mitad de esta historia que rara vez se cuenta, y es la que de verdad conviene poner sobre la mesa hoy, con un párroco nuevo llegando a una comunidad.

Porque el clericalismo no es solo un vicio del clero.

Es también, con frecuencia, un hábito adquirido por los laicos —un hábito cómodo, incluso, porque proponer implica asumir responsabilidad, y esperar instrucciones la delega.

Cuando un párroco nuevo dice “propongan ustedes” y la respuesta es el desconcierto, lo que se pone en evidencia no es solamente que el párroco anterior imponía demasiado.

Es que la comunidad, con el tiempo, dejó de ejercitar el músculo de proponer. Se acostumbró a leer gestos de aprobación o desaprobación antes de mover una sola pieza.

Y esa costumbre, sostenida durante años, no se revierte con una frase amable en una reunión de catequistas.

Se revierte con paciencia, con insistencia, y probablemente con más de un fracaso de la comunidad al intentar caminar sola después de tanto tiempo de ser conducida de la mano.

Esto no es un detalle de organización parroquial. Tiene raíz canónica y teológica precisa.

El Código de Derecho Canónico no deja a los laicos en el lugar de meros receptores de indicaciones clericales: el canon 216 les reconoce el derecho a promover y sostener iniciativas apostólicas según su propio criterio; el canon 212 §3 —muchas veces olvidado por completo— les reconoce incluso el derecho, y en ocasiones el deber, de manifestar a los pastores su parecer sobre lo que concierne al bien de la Iglesia.

No es una concesión graciosa que el párroco puede otorgar o retener según su estilo personal. Es un derecho-deber que existe con independencia de que el párroco de turno lo active o lo bloquee.

Dicho de otro modo: cuando un párroco dice “propongan”, no está inventando un espacio de participación que antes no existía por generosidad suya.

Está —en el mejor de los casos— devolviendo a los laicos un lugar que canónicamente ya les correspondía, y que la costumbre clerical, por goteo, había ido vaciando de contenido hasta que dejó de ejercerse.

Y si eso genera desconcierto en lugar de alivio, es porque el vaciamiento fue tan sostenido que el derecho terminó sintiéndose como una carga inesperada.

Lo que un párroco como Vianney puede pedirle hoy a una comunidad

Si Vianney tiene algo que decirle a un párroco que llega hoy a una parroquia argentina, terciario franciscano o no, probablemente no sea una lección de gestión participativa.

Es algo más exigente: que la autoridad que ejerce no le pertenece, que su tarea es conducir hacia una fuente que lo excede, y que eso implica —paradójicamente— no ocupar todo el espacio.

Un párroco que se sabe administrador y no dueño de la gracia que reparte tiene menos necesidad de imponer su propio proyecto, y más disposición a esperar, incluso con incomodidad, a que la comunidad aprenda de nuevo a proponer.

Pero si Vianney tiene algo que decirle a los laicos —y esto es, quizás, lo más incómodo del texto—, es que la corresponsabilidad no se otorga, se ejerce.

El canon 216 no está condicionado a que el párroco lo invoque.

El día que un párroco diga “propongan“, la respuesta que le honra no es el desconcierto, sino, aunque cueste, empezar a hacerlo.


Catolic.ar no opina sobre la Iglesia. La instruye.

©Catolic.ar

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