Inicio Mirada Profética Acompañar al que sufre: el samaritano como programa pastoral

Acompañar al que sufre: el samaritano como programa pastoral

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Hay cristianos que acompañan al que sufre - Imagen solo ilustrativa

Llegados al final de esta serie, conviene hacer una pregunta que las cuatro notas anteriores fueron postergando con razón, porque primero hacía falta construir el fundamento: ¿qué le toca hacer, en concreto, a una parroquia, a una familia, a un agente pastoral, frente al sufrimiento del otro?

No es una pregunta menor ni una mera aplicación práctica de lo ya dicho.

Es, según el propio san Juan Pablo II, la otra mitad de toda la teología del dolor, sin la cual esa teología corre el riesgo de quedarse en pura especulación elegante.

Salvifici Doloris no termina con la mística de la Cruz ni con la fecundidad de Colosenses 1,24.

Termina con una parábola que cualquier niño de catequesis conoce de memoria, pero que pocos adultos han pensado alguna vez como lo que en realidad es: un programa pastoral completo, con sus pasos, sus riesgos y sus exigencias muy concretas.

La parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37) cierra el documento no como anécdota edificante sino como la clave que evita que todo lo anterior se convierta en una teoría hermosa pero inerte.

Lo que la parábola dice y lo que casi nunca se nota

La mayoría de las lecturas catequéticas de esta parábola se detienen en lo obvio: hay que ayudar al que sufre, no hay que pasar de largo como el sacerdote y el levita, el samaritano es el modelo del buen prójimo.

Todo eso es cierto, pero queda corto. Hay un detalle que Juan Pablo II subraya y que cambia el peso de toda la escena: el samaritano no se acerca al hombre golpeado para explicarle nada.

No le ofrece un discurso sobre el sentido del sufrimiento, no le recuerda que Dios tiene un plan, no le sugiere que ofrezca su dolor por una buena intención.

Hace algo mucho más elemental y, por eso mismo, mucho más exigente: se detiene, ve, se acerca, venda las heridas, lo sube a su propia cabalgadura, lo lleva a una posada, paga de su bolsillo, y promete volver.

Es una secuencia de verbos concretos, físicos, costosos en tiempo y en dinero. No hay una sola palabra de consuelo verbal en todo el relato.

El samaritano demuestra, antes que explicar, que ese hombre tirado en el camino —a quien ni siquiera conoce, que probablemente no comparte su origen ni su religión— vale lo suficiente como para interrumpir su propio viaje, gastar sus propios recursos y comprometer su propio tiempo futuro (“cuando vuelva te lo pagaré”).

Toda la teología de la dignidad humana que subyace a la doctrina católica sobre el sufrimiento está condensada en esos gestos, sin necesidad de una sola proposición doctrinal explícita.

Por qué el sacerdote y el levita no se detuvieron

Vale la pena detenerse también en los que pasan de largo, porque sus razones probablemente no eran la maldad explícita sino algo más cotidiano y más identificable: tenían otras cosas que hacer, el ritual exigía pureza y tocar un cuerpo posiblemente muerto los habría incapacitado para el culto, el camino entre Jerusalén y Jericó era peligroso y detenerse exponía al que se detenía.

Ninguna de esas razones es absurda. Son, de hecho, las mismas razones que cualquier persona ocupada, cualquier agente pastoral sobrecargado, cualquier comunidad con recursos limitados esgrime hoy para no detenerse frente al que sufre: no tengo tiempo, no es mi función, podría salir perjudicado, hay protocolos que respetar.

Juan Pablo II no presenta al sacerdote y al levita como villanos sino como advertencia realista: la indiferencia frente al dolor ajeno casi nunca nace de la crueldad.

Nace de la acumulación de razones razonables para no detenerse.

Por eso la parábola funciona, todavía hoy, como examen de conciencia pastoral mucho más incómodo que cualquier discurso sobre la caridad: no pregunta si creemos en la caridad —eso lo cree casi cualquier cristiano practicante— sino si, frente a la próxima ocasión concreta de detenernos, vamos a encontrar una razón razonable para seguir de largo.

Traducir la parábola a estructura pastoral

¿Cómo se traduce esto a la vida ordinaria de una parroquia, sin quedarse en la generalidad de “hay que ser más samaritanos”?

La parábola, leída con atención, ofrece una secuencia de pasos que puede convertirse en un programa concreto de pastoral del enfermo y del que sufre.

El primer paso es ver, y no es trivial. El texto dice explícitamente que el samaritano “lo vio” antes de acercarse, mientras que el sacerdote y el levita probablemente también lo vieron, pero decidieron no detenerse a mirar de verdad.

La diferencia entre ver y mirar de verdad es la diferencia entre saber que en la parroquia hay enfermos y ancianos solos, y tener efectivamente un registro actualizado de quiénes son, dónde viven, qué necesitan.

Muchas parroquias fallan ya en este primer paso: no por falta de caridad sino por falta de organización.

Sin un listado vivo y actualizado de quién sufre en la comunidad, toda la teología desarrollada en esta serie queda sin destinatario concreto.

El segundo paso es acercarse, que en términos parroquiales significa visitar, y visitar con regularidad, no solo en la urgencia del hospital o en la antesala de la muerte.

La pastoral de la visita domiciliaria sistemática —no solo reactiva ante un llamado de emergencia— es, en la mayoría de las parroquias, una de las áreas más débiles, generalmente sostenida por un puñado de voluntarios mayores, sin relevo generacional, sin formación específica, sin coordinación con el resto de la pastoral.

El tercer paso es vendar las heridas concretas, lo que en clave actual incluye tanto el acompañamiento espiritual y sacramental como la atención a necesidades materiales muy básicas que a veces se dan por sentadas: ¿tiene quién le compre los medicamentos? ¿tiene quién la lleve al médico? ¿come todos los días?

La separación tajante entre “pastoral espiritual” y “asistencia material”, tan común en ciertos ambientes que temen “reducir” la Fe a obra social, no tiene respaldo en la parábola: el samaritano no eligió entre rezar por el herido o vendarle las heridas.

Hizo ambas cosas, o más precisamente, vendar las heridas fue, en ese momento, la forma concreta que tomó su Fe.

El cuarto paso, quizás el más exigente y el más olvidado, es comprometerse en el tiempo: “cuando yo vuelva, te lo pagaré”.

El samaritano no resuelve el problema y desaparece. Deja una promesa de continuidad. Trasladado a la pastoral parroquial, esto significa que acompañar a alguien que sufre no puede ser un gesto puntual y aislado —una visita conmovedora, una oración compartida una sola vez— sino un compromiso sostenido que sobrevive al entusiasmo inicial.

Es, probablemente, el punto donde más fracasan las buenas intenciones pastorales: se visita con fervor al principio y se abandona silenciosamente con el paso de los meses, cuando la novedad se apaga y la rutina del cuidado se vuelve, ella misma, una forma de sufrimiento para quien acompaña.

El que sufre no es solo destinatario, es agente

Hay una conexión que esta última nota debe recuperar de la anterior, porque cierra el círculo de toda la serie: el que sufre no es solamente el destinatario pasivo de los cuidados del samaritano.

Como se desarrolló en la nota sobre Colosenses 1,24, el enfermo, el postrado, el que atraviesa un duelo profundo, tiene también su propia tarea fecunda que cumplir, ofreciendo su dolor unido a Cristo.

La pastoral bien hecha no convierte al que sufre en un objeto de asistencia unilateral, sino que lo ayuda a descubrirse también como agente activo dentro de la comunidad, capaz de ofrecer algo que nadie más puede ofrecer en su lugar.

Esto cambia el tono de toda visita pastoral. No se trata solo de “ir a ayudar a alguien que no puede ayudarse a sí mismo”, aunque eso sea parcialmente cierto en lo material.

Se trata de ir también a pedirle ayuda: pedirle que ofrezca su sufrimiento por una intención concreta de la parroquia, por una vocación, por un matrimonio en crisis, por el propio agente pastoral que lo visita.

Esa inversión —el visitante que también pide, no solo el que da— suele transformar la experiencia tanto del enfermo como de quien lo acompaña, devolviéndole al primero una dignidad activa que la sola asistencia material nunca le restituye del todo.

El programa que cierra la serie

Esta serie comenzó con un grito —”no tengáis miedo“— pronunciado por un Papa recién elegido que todavía no había desarrollado una sola línea de doctrina sobre el sufrimiento.

Pasó por la elaboración teológica madura de Salvifici Doloris, por la densidad mística de Colosenses 1,24, por la confrontación con las huidas culturales contemporáneas del dolor.

Y termina, como no podía ser de otra manera, no con una conclusión teórica sino con una parábola que exige verbos: ver, acercarse, vendar, comprometerse en el tiempo.

Quizás esa es la enseñanza final, más práctica que todas las anteriores juntas: ninguna teología del sufrimiento, por más sólida y consoladora que sea, sustituye la pregunta concreta de si esta semana, en esta parroquia, alguien va a detenerse junto a alguien que sufre.

El “no tengáis miedo” de 1978 y el samaritano de la parábola final dicen, en el fondo, lo mismo, solo que en direcciones distintas: al que sufre, que no tenga miedo de abrir la puerta.

A quien podría ayudar, que no tenga miedo de detenerse.

Entre esas dos faltas de miedo, sostenidas juntas, se juega buena parte de lo que el cristianismo todavía tiene para ofrecerle a un mundo que no sabe qué hacer con su propio dolor.

©Catolic.ar

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