Inicio Opinión El perfume que no se puede disimular

El perfume que no se puede disimular

0
El laicado, perfume de Cristo en el mundo

Sobre el laicado como fragancia de Cristo en el mundo


Perfume de Cristo

Hay una escena en el Evangelio de Juan que los comentaristas suelen pasar demasiado rápido.

María de Betania toma una libra de nardo puro, “muy costoso“, y unge los pies de Jesús.

El texto añade, casi como al pasar, que “la casa se llenó del aroma del perfume” (Jn 12,3). No dice que el aroma llegó hasta el pasillo, o que los que estaban cerca lo percibieron. Dice que llenó la casa. Todo el espacio. Cada rincón.

Es una imagen que vale más que muchos tratados de eclesiología laical.

Porque el aroma no pregunta permiso. No espera un turno. No necesita credenciales. Una vez liberado, ocupa el ambiente con una lógica que es, a la vez, completamente gratuita y completamente inevitable.

Quien entra a esa casa —lo quiera o no— lo percibe. Y si el perfume es verdadero, si es nardo y no imitación barata, no hay manera de confundirlo con otra cosa.

La pregunta que esta nota quiere formular es incómoda pero necesaria: ¿Qué perfume llevamos los laicos cuando salimos de casa cada mañana?


La gramática del aroma

San Pablo usa la misma imagen, pero la lleva a un nivel que asombra. En la Segunda Carta a los Corintios escribe: Gracias a Dios que nos lleva siempre en triunfo en Cristo, y que por medio de nosotros difunde en todo lugar la fragancia del conocimiento suyo. Porque somos para Dios aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden (2 Co 2,14-15).

Nótese la estructura de la afirmación. No dice que proclamamos a Cristo, que defendemos a Cristo, que hablamos de Cristo.

Dice que somos aroma de Cristo. El verbo ser, aquí, no es retórico. Es ontológico.

Hay algo en el cristiano que, cuando está vivo, cuando no está anestesiado por la costumbre o corrompido por la tibieza, emana una presencia que el mundo —incluso el mundo que no la quiere— percibe.

El Catecismo recoge esta intuición paulina y la conecta con el bautismo.

Por el bautismo, el fiel participa del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y de su realeza. No como metáfora piadosa. Como realidad ontológica.

El laico consagrado por el bautismo es, en sí mismo, una extensión del cuerpo de Cristo en el mundo. Y un cuerpo, cuando está vivo, transpira. Deja huella. Ocupa el espacio que le corresponde.

El problema es que muchos de nosotros hemos aprendido, con el tiempo, a inodorizarnos.


La gran inodorización

Existe una herejía práctica, sin nombre en los manuales, que consiste en creer que la Fe es un asunto privado que no debe “imponerse” al ambiente.

Esta herejía no niega a Cristo en los labios; lo vuelve invisible en la vida.

Produce católicos que en la iglesia son fervorosos y en la oficina son indistinguibles del resto.

Que en la misa comulgan y en la mesa de reuniones negocian con los mismos criterios que cualquier otro.

Romano Guardini, con su habitual precisión quirúrgica, lo llamaba la “actitud burguesa” ante la Fe: tener a Dios en el compartimento de lo privado, de lo íntimo, de lo que se practica el domingo, y dejar el resto de la semana —la semana donde transcurre la mayor parte de la vida real— sin ninguna impregnación de lo divino.

Byung-Chul Han, desde coordenadas filosóficas completamente distintas, describe nuestra época como la era de la “transparencia”: todo debe ser visible, cuantificable, comunicable.

Lo que no se puede medir no existe. Lo que no se puede vender no tiene valor.

En ese ecosistema, la fragancia —que no se ve, que no se puede guardar en una planilla, que actúa por presencia y no por argumento— resulta profundamente subversiva.

El perfume de Cristo lo es. Y por eso lo hemos domesticado.


¿Dónde se perfuma?

La Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II tiene una frase que todavía no terminamos de asimilar.

Al describir la vocación de los laicos, afirma que su misión específica es “buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales” (GS 31).

No dice “aguantar el mundo temporal mientras esperan el cielo“.

Dice ordenar los asuntos temporales según Dios. El mundo —la economía, la política, la cultura, la familia, el arte, la ciencia, las relaciones— no es un territorio neutral que el cristiano atraviesa sin tocar. Es el campo de la misión laical por excelencia.

Esto tiene consecuencias prácticas que resultan perturbadoras cuando se las toma en serio.

La empresa. Si el laico es aroma de Cristo, y trabaja en una empresa, esa empresa debería percibir algo diferente en él. No necesariamente un sermón. Pero sí un modo de tratar a los empleados que no es el de la mera utilidad. Una negociación que tiene límites éticos reales. Un liderazgo que sirve en lugar de dominar. Una lealtad a la verdad que no cede cuando ceder resultaría conveniente.

El barrio. Si el laico es aroma de Cristo, y vive en un barrio, ese barrio debería percibir su presencia. No como la del “vecino beato que pone músical religiosa los domingos”, sino como la del hombre o mujer que está cuando se necesita. Que conoce los nombres. Que no cruza la vereda cuando ve al que sufre.

La familia. Si el laico es aroma de Cristo, y tiene una familia, esa familia —con sus roces, sus decepciones, sus cansancios— debería ser el primer espacio perfumado.

El matrimonio cristiano no es un contrato social con ornamentos religiosos. Es la imagen de la alianza entre Cristo y la Iglesia (Ef 5,32), lo que significa que tiene una densidad sacramental que ninguna otra institución humana posee. Cuando esa densidad se vive, se nota. Cuando no se vive, el mundo lo nota también, y saca conclusiones.

Los ambientes culturales. Aquí la ceguera es quizás más grave. Los laicos que tienen acceso a la producción cultural —periodistas, escritores, cineastas, músicos, arquitectos, diseñadores— tienen en sus manos algo que ningún decreto episcopal puede reemplazar: la capacidad de darle forma al imaginario colectivo. La fe no es solo argumento; es imagen, es narrativa, es belleza.

Cuando los laicos que trabajan en cultura abandonan ese espacio, no lo deja vacío: lo ocupa otro con otras fragrancias.


El problema de la imitación barata

Hay un riesgo simétrico al de la inodorización, y es el del perfume falso.

El mercado religioso contemporáneo ofrece múltiples versiones de “presencia cristiana en el mundo” que en realidad son otra cosa.

Hay quien confunde evangelizar con hacer proselitismo ruidoso. Hay quien confunde testimonio con activismo de trinchera. Hay quien confunde fragancia con propaganda.

El nardo de María de Betania era “puro, de gran valor”. La impureza lo habría arruinado. La mezcla con otro aroma lo habría desnaturalizado.

El perfume de Cristo en el mundo tiene una característica que lo distingue de cualquier imitación: no busca imponerse, sino atraer. No argumenta su presencia; la irradia. No conquista territorio; lo transforma desde adentro. El aceite de oliva no cambia el agua poniéndose encima: la impregna.

Newman lo vio con claridad en el siglo XIX, cuando el mundo moderno empezaba a mostrar sus ángulos más hostiles a la Fe. No pidió una apologética más agresiva.

Pidió laicos que amaran la verdad con la misma intensidad con que el mundo moderno amaba su propia autonomía.

Laicos que fueran, ante todo, hombres y mujeres reales, profundamente humanos, profundamente integrados.

Porque solo lo que es plenamente humano puede ser plenamente cristiano. Y solo lo que es plenamente cristiano puede perfumar lo humano.


El precio del nardo

No hay que pasar por alto otro dato de la escena de Betania. Judas protesta porque el nardo “valía trescientos denarios” (Jn 12,5). Un año de salario.

El perfume que perfuma de verdad es siempre caro.

Esta es quizás la parte del mensaje que más resistencia encuentra.

Perfumar el ambiente laboral con criterios evangélicos puede costar el ascenso.

Perfumar la conversación familiar con la verdad puede costar la comodidad de guardar silencio.

Perfumar el debate cultural con una perspectiva cristiana coherente puede costar el reconocimiento de ciertos ambientes.

Perfumar la política con la doctrina social de la Iglesia —con la subsidiariedad, con la dignidad de la persona, con el bien común como horizonte— puede costar la pertenencia a cualquier tribu.

El laico que quiere perfumar el mundo sin pagar ese precio no está ofreciendo nardo. Está ofreciendo colonia de farmacia.

Y el mundo —que tiene el olfato más fino de lo que suponemos— lo distingue.


La consagración del mundo como misión específica

El Concilio recuperó con fuerza algo que el clericalismo había oscurecido: la misión del laico no es auxiliar la misión del clero.

Es propia, irrenunciable, y en muchos sentidos insustituible.

El decreto Apostolicam Actuositatem lo formula con una claridad que todavía intimida: los laicos son llamados “a santificar el mundo desde adentro, a modo de fermento“.

Fermento, no decoración. El fermento no flota sobre la masa. Trabaja desde dentro. La transforma molecularmente.

Cuando la masa sube, no hay manera de señalar “esta parte la hizo el fermento y esta otra no”.

El fermento ha hecho su trabajo precisamente al hacerse invisible en el resultado.

Esta es la lógica del aroma cristiano en el mundo. No es una lógica de conquista visible sino de transformación profunda. No busca titulares sino conversiones. No aspira al reconocimiento sino a la impregnación.

Los grandes laicos de la historia de la Iglesia —José en Egipto, Tomás Moro en la corte de Enrique VIII, Frédéric Ozanam en los barrios obreros de París, Pier Giorgio Frassati en las minas de Turín, Franz Jägerstätter ante el nazismo— no operaron desde posiciones religiosas formales.

Operaron desde su lugar en el mundo, con las manos en el barro del mundo, y dejaron en ese barro la huella inconfundible de Cristo.

Ninguno de ellos preguntó si era el momento oportuno. El nardo no pregunta si es el momento oportuno: cuando se abre el frasco, perfuma.


Los ambientes más necesitados

Si se hace un diagnóstico honesto del momento que vivimos en Argentina —y en el mundo hispanohablante en general—, algunos ambientes aparecen como especialmente urgentes.

El ambiente universitario es quizás el más abandonado. La universidad formó durante décadas los cuadros intelectuales de la sociedad.

Hoy está mayoritariamente colonizada por una cultura que excluye a priori toda referencia a lo trascendente.

El laico universitario —estudiante, docente, investigador— tiene ahí una misión que nadie puede cumplir en su lugar.

No se trata de “introducir la religión en el aula” de manera forzada. Se trata de ser tan riguroso, tan honesto, tan apasionado por la verdad, que el ambiente perciba que hay algo diferente. Que haya una pregunta.

El ambiente digital es el nuevo ágora.

Más jóvenes pasan más horas en esos espacios que en cualquier otro. Y esos espacios están diseñados, como lo han documentado los propios ingenieros que los crearon, para producir adicción, fragmentación y vaciamiento.

El laico que habita esos espacios con profundidad, con belleza, con paciencia, con la lógica opuesta a la del engagement compulsivo, es ya una contraseña: demuestra que es posible otra manera de estar.

El ambiente político es, quizás, el que más vergüenza nos da.

La doctrina social de la Iglesia —ese corpus monumental que va desde Rerum Novarum hasta Laudato Si— es casi desconocida por la mayoría de los católicos que hacen política.

Y, sin embargo, contiene respuestas a los problemas más agudos de la organización social: la corrupción, la desigualdad, el debilitamiento del bien común, la instrumentalización de los pobres.

El laico que habita ese ambiente con esa formación a cuestas no necesita mencionar a la Iglesia en cada discurso.

Le basta con votar diferente, negociar diferente, priorizar diferente.

El ambiente del dolor —los hospitales, los geriátricos, los centros de adicciones, las cárceles— es donde el perfume de Cristo resulta más necesario y donde más raramente se lo encuentra.

Ahí la presencia no puede ser abstracta ni discursiva. Ahí el aroma de Cristo se llama compañía real, mano que aprieta, visita que no termina en diez minutos porque hay que ir a otra cosa.


Empezar por el propio umbral

Toda esta reflexión puede quedarse en el nivel de lo inspirador —bello pero inerte— si no baja a la pregunta concreta: ¿por dónde empiezo?

La respuesta más honesta es también la más sencilla: por el umbral de tu puerta.

No hay que esperar un programa pastoral, un equipo, un evento, una estructura.

El laico que sale de su casa mañana por la mañana ya está en su campo de misión.

El vecino que saluda. El empleado que trata bien. El cliente que no engaña. El familiar que perdona. El amigo al que llama porque sabe que está solo. El colega al que defiende cuando no está presente.

Todo eso es nardo. Todo eso perfuma.

El error es creer que la evangelización del mundo requiere primero escalar a posiciones de influencia.

El fermento no pide permiso para actuar. Obra desde donde está. La levadura no necesita ser la harina más visible del recipiente; necesita ser auténtica.

El mundo no necesita más católicos que hablen de Cristo en los espacios donde ya todos son católicos.

Necesita laicos que huelan a Cristo en los espacios donde nadie lo espera.


El aroma que permanece

Hay un detalle final en la escena de Betania que la tradición patrística leyó con atención.

El perfume que María derramó sobre los pies de Jesús no se guardó. Se gastó. Se perdió en el aire. Y sin embargo, la casa quedó impregnada.

Y el texto quedó grabado en el Evangelio.

Y dos mil años después, seguimos leyendo esa escena y algo en nosotros la reconoce como verdadera, como necesaria, como aquello a lo que estamos llamados.

El cristiano que vive su vida laical con autenticidad evangélica no siempre verá los frutos.

La mayor parte de lo que el aroma produce ocurre silenciosamente, en la interioridad de quien lo percibe, en los pliegues de procesos que pueden durar años.

La evangelización por contagio de vida —que es el modo específicamente laical de la misión— no tiene métricas. No produce estadísticas. No genera titulares.

Pero perfuma.

Y el perfume, una vez que impregna un ambiente, tarda mucho en irse.

Esa es la apuesta del laicado cristiano: derramar nardo en el mundo no porque el resultado esté garantizado, sino porque eso es lo que María hizo.

Y Jesús dijo que se contaría de ella en todo el mundo, dondequiera que se anunciara el Evangelio (Mt 26,13).

Se sigue contando.


El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo el que ha nacido del Espíritu. — Jn 3,8


©Catolic.ar

SIN COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Exit mobile version