Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916
Un hombre de cincuenta y ocho años yace muerto en la arena, junto a la ermita que él mismo había levantado en el corazón del Sahara.
Lo mataron unos asaltantes. Nadie lo lloró. No había discípulos que continuaran su obra, ni comunidad, ni fruto visible.
Había vivido en el Sahara desde 1901 y en Tamanrasset desde 1905, entre los tuaregs.
Aprendió su lengua, compiló su diccionario, compartió su pobreza, y se fue sin ver el fruto que había soñado.
Se llamaba Carlos de Foucauld. Y el mundo, que cuenta la cosecha, habría escrito sobre su tumba una palabra: fracaso.
Detengámonos ahí. Porque esa palabra, el mundo la escribe sobre muchísimos de nosotros.
El mundo cuenta lo que se cosecha
Vivimos bajo una tiranía silenciosa: la de los resultados visibles. Lo que no se ve, no existe.
Lo que no se aplaude, no importa. Lo que no tuvo público, se da por perdido. Nos enseñaron a medir una vida por lo que se inauguró, no por lo que se entregó.
Y entonces el sembrador empieza a dudar. ¿De qué sirvió tanto esfuerzo? ¿A quién le importó? ¿No habré dado mi vida a una causa que nadie recogió?
Escucha bien, tú que hoy te haces esa pregunta, en voz baja, de noche, cuando nadie te ve: no estás midiendo con la vara de Dios.
Lo que ocurrió después
Foucauld había repetido durante años una frase del Evangelio que se volvió su respiración: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.“
Y cayó. Y murió. Solo.
En 1933, diecisiete años después, un joven sacerdote francés, René Voillaume, se instaló con cuatro compañeros en el Sahara argelino y fundó los Hermanitos de Jesús, inspirados en la vida de aquel ermitaño.
En 1939, Magdeleine Hutin fundó las Hermanitas de Jesús en Touggourt.
Desde entonces, de aquella tumba en la arena brotó una familia espiritual que hoy llega a más de sesenta países, con hombres y mujeres que viven entre los más pobres, sin ruido y sin vitrinas, repitiendo su gesto.
El 15 de mayo de 2022, en Roma, el papa Francisco lo proclamó santo.
El hombre que murió sin un solo discípulo que continuara su obra inspira hoy a hermanos y hermanas en todo el mundo.
No cosechó él. Cosecharon otros. Y él, que sembró con el alma y no vio nada, ya estaba cumpliendo la ley más antigua del Reino: uno siembra y otro cosecha.
Ninguna siembra hecha por amor se pierde
Lee de nuevo esa frase, despacio, porque es el centro de todo.
Ninguna siembra hecha por amor se pierde.
Puede ser ignorada. Puede ser rechazada.
Puede enterrarse bajo años de silencio y parecer estéril. Pero cae en una tierra que no es la de los hombres, sino la de Dios, y esa tierra no olvida una sola semilla. “Los que sembraban con lágrimas cosecharán entre cantares“, cantó el salmista.
No dijo que cosecharían pronto. No dijo que cosecharían aquí. Dijo que cosecharían.
Y el Apocalipsis afirma, con una sobriedad que estremece, que de quienes mueren en el Señor “sus obras los acompañan“. No los aplausos ni los cargos. Las obras. Lo sembrado viaja con nosotros hasta el umbral.
Frente a Aquel que todo lo ve
Hay un salmo, el 138 en la numeración latina (139 en las biblias actuales), que cualquier alma cansada debería aprenderse de memoria: “Señor, tú me sondeas y me conoces.”
Llegará una hora en que no habrá vitrinas. Ni títulos, ni estadísticas, ni reconocimientos. Estaremos ante Aquel ante quien nada podremos mentir, nada negar, nada fingir, nada ignorar. Sin apariencias ni vestiduras. Y entonces nadie preguntará qué se aprobó, qué se inauguró, quién nos aplaudió.
Preguntará una sola cosa: ¿qué sembraste?
Y habrá quienes lleguen con las manos llenas de un trigo que nadie vio crecer, y descubran que era el único que importaba.
¿Quién fijó la hora del retiro?
Hay una mentira más fina todavía, y hay que arrancarla de raíz: la de que sembrar tiene edad. La de que pasada cierta hora de la vida, ya hicimos lo que teníamos que hacer, y lo que sigue es esperar.
“Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes descansar tu mano.”
A la tarde. El Eclesiastés no dijo que a la tarde se descansa.
Dijo lo contrario. Y un salmo promete del justo que “aun en la vejez seguirá dando fruto“.
Foucauld sembró hasta el último día, a los cincuenta y ocho años, en el lugar más hostil de la tierra, sin ver nada. Y fue ese último día el que lo hizo fecundo.
Nadie, ni hombre ni institución, tiene autoridad para decirte que tu hora de dar ya pasó.
El pastor no pregunta qué lograste
Cuando el corazón se aflija, hay que volver al salmo 23.
El Pastor no interroga al cordero por sus resultados. Lo conduce a aguas tranquilas, lo guía por sendas justas, y aun en el valle de sombras camina a su lado. Quien se sabe pastoreado deja de mendigar reconocimiento y empieza simplemente a caminar.
Y en esa hora hay que decir, con la voz del niño Samuel, la oración de los que escuchan antes de actuar:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”
No “cumple mis planes“. No “dame resultados“. Solo: habla.
Pon tus delicias en el Señor
Hay una frase que un padrino espiritual me enseñó y que se aprende a golpes: “Pon tus delicias en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón.”
Durante años la entendí mal, como si prometiera cumplir mis proyectos. Hoy sé que promete algo infinitamente mejor: que quien deposita su alegría en Dios deja de depender de que los hombres la reciban, y su corazón termina pidiendo lo que Dios quiere dar.
Esa es la libertad de los sembradores.
Dar sin recibo. Servir sin vitrina. Amar sin garantía de cosecha. No por ingenuidad, sino porque sabemos Quién mira.
Para quien lee con el corazón cansado
Hermano, hermana. No midas tu vida por lo que fue aceptado, sino por lo que fue entregado.
El mundo cuenta lo que se cosecha. El cielo cuenta lo que se sembró, con qué amor y con cuánta fidelidad cuando nadie miraba.
Quizá tu campo parezca hoy un desierto. Quizá tus años te susurren que ya es tarde. Pero un hombre murió solo en la arena del Sahara, y diecisiete años después empezó a florecer.
Sigue sembrando. Que tu mano no descanse a la tarde.
Y cuando llegue el momento de presentarte tal cual eres, sin apariencias ni vestiduras, que lo que lleves en las manos sea lo único que importa: lo que diste.
Señor, tú me sondeas y me conoces. Habla, que tu siervo escucha.
Dedicado a mi querida esposa Mariela. . .
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