Hay una pregunta que casi ningún joven se hace en voz alta, pero que casi todos llevan adentro: ¿alguien me está esperando de verdad?
No hablo de los seguidores, ni de los mensajes que llegan al celular.
Hablo de alguien que te espere sin pedirte que seas otro, sin pedirte que rindas, que muestres, que alcances.
Alguien para quien tu nombre no sea un perfil.
Que puede decirle el Papa León XIV
En noviembre llega a la Argentina un hombre de setenta años, vestido de blanco, que dice hablar en nombre de Alguien que dice exactamente eso.
La pregunta incómoda, y la única que vale la pena, no es cuánta gente va a salir a la calle. Es otra: ¿tiene algo para decirte a vos?
Un Papa que no llega con respuestas hechas
León XIV no es un improvisado en esto de hablar con jóvenes.
Antes de ser Papa fue misionero en el Perú durante años, en barrios donde los pibes crecen con menos de todo, menos oportunidades, menos futuro asegurado, y donde igual hay risa, música y ganas.
Es un hombre que conoce el olor de la periferia, no solo el de las bibliotecas.
Ya en los primeros meses de su pontificado se lo vio dirigirse a cientos de miles de jóvenes en Roma, durante el Jubileo.
Lo que se recuerda de ese encuentro no es un sermón de reglas.
Fue una invitación: a no conformarse con poco, a apuntar alto, a buscar amistades verdaderas y a no vivir a medias. Un mensaje simple, casi demasiado simple para estos tiempos de ironía permanente.
¿Alcanza con eso? Quizás no.
Pero tampoco es poca cosa que alguien con tanto poder te diga que no tenés que conformarte.
Lo que los jóvenes argentinos cargan
Seamos honestos con lo que pasa de este lado.
Muchos de ustedes crecieron con la sensación de que el futuro es una promesa que se posterga.
Hacés la carrera y no hay trabajo.
Trabajás y no alcanza para alquilar.
Ahorrás y la plata se derrite.
Te dijeron mil veces que “esfuerzo y vas a llegar”, y miraste a tus viejos esforzarse toda la vida y no llegar.
A eso se suma algo más silencioso: la soledad.
Nunca hubo tantas formas de comunicarse y nunca hubo tanta gente sintiéndose sola.
Los grupos, los chats, las historias de veinticuatro horas: todo conecta y casi nada acompaña.
Conectar no es lo mismo que ser conocido.
Y detrás de la soledad hay a veces algo más oscuro, que se dice poco y se calla mucho: la tristeza que no se nombra, la idea de que da lo mismo, la tentación de apagarse.
Si alguna vez pasaste por ahí, o pasás, queremos que sepas que no sos raro ni sos débil: sos humano. Y que hablar con alguien, una persona de carne y hueso, es el primer paso, no el último.
Tres cosas que un Papa puede decirte, y tres que no
Un Papa no te puede conseguir trabajo. No puede bajar la inflación ni arreglar la escuela de tu barrio.
Quien le pida eso, se va a frustrar, y está bien decirlo con claridad desde el principio.
Pero hay cosas que sí puede, y que no son menores.
Primero: que tu vida tiene sentido aunque todavía no sepas cuál.
Vivimos en una cultura que te pide definirte rápido: qué estudiar, a qué dedicarte, quién ser. La fe cristiana propone otra cosa: que el sentido no es algo que inventás de cero, sino algo que se descubre.
Que hay una vocación, una llamada, que no depende de tu rendimiento ni de tu currículum. Es una idea contracultural y, justamente por eso, liberadora.
Segundo: que no tenés que hacerlo solo.
La Iglesia, cuando funciona, es eso: gente que te acompaña. Una comunidad real, con caras, con mate, con problemas, donde nadie te pide que seas perfecto para sentarte.
Un Papa puede recordarle a toda una Iglesia que, si los jóvenes no se sienten esperados en sus parroquias, el problema no son los jóvenes.
Tercero: que la esperanza no es optimismo.
El optimista dice “todo va a salir bien”. El que tiene esperanza dice “aunque salga mal, no estoy perdido”.
No es una diferencia de palabras: es la diferencia entre depender de los resultados y apoyarse en algo más firme. Esa es, probablemente, la palabra más necesaria hoy para alguien de veinte años.
Ahora, lo que un Papa no puede ni debe hacer, y conviene decirlo para no ilusionarse:
- No puede hablar por vos. Si su mensaje no te interpela a vos, con tu historia, no sirve de nada que sea verdadero.
- No puede reemplazar a tu comunidad. Una visita dura unos días. Lo que sostiene es lo cotidiano: el cura de tu barrio, el grupo de amigos, la familia.
- No puede ocultar lo que la Iglesia hizo mal. Muchos jóvenes se alejaron no por falta de fe, sino por falta de coherencia: por rigidez, por doble discurso, por sentirse juzgados antes de ser escuchados. Un Papa creíble tiene que mirar eso de frente.
La pregunta que queda abierta
Los jóvenes no son el futuro de la Iglesia, como se dice por cortesía.
Son su presente, y a veces su conciencia. Cuando los pibes se van de una parroquia, no se van solo ellos: se lleva algo de verdad que esa comunidad ya no supo decir.
Por eso la visita de León XIV puede ser una oportunidad enorme o una ceremonia más.
Depende de cosas que no se miden en multitudes:
- si habla de lo que realmente pasa en la vida de un joven argentino, y no de generalidades;
- si, además de hablarles, los escucha;
- si lo que se dice en los estadios se traduce después en parroquias abiertas, en acompañamiento real, en lugar para quien llega con dudas;
- si la Iglesia local se anima a preguntarse qué hizo, o dejó de hacer, para que tantos se hayan ido.
A los jóvenes no hay que “captarlos“. Hay que tomarlos en serio.
Y a vos, que leés esto
Quizás no creés en nada de esto, o creés a medias, o no sabés.
Está bien. Nadie te va a pedir un carnet de entrada.
Pero si hay algo que quisiéramos que te lleves de esta nota es una invitación pequeña y concreta: durante estas semanas, animate a hacerte la pregunta.
¿Qué te gustaría que alguien con autoridad te dijera? ¿Qué te dolería que nadie dijera? ¿Qué sentido le das a lo que hacés cada mañana?
No hace falta que la respondas hoy. A veces alcanza con empezar a escuchar la propia pregunta, y con saber que hay gente, de carne y hueso, dispuesta a escucharla con vos.
Si hoy sentís que no podés más o que nada importa, hablá con alguien de tu confianza o llamá a una línea de ayuda de tu zona. No esperes a que pase una visita para pedir compañía.
En noviembre llega un Papa. Lo importante no es lo que diga desde un escenario.
Lo importante es que, cuando se vaya, haya alguien esperándote en la puerta de tu parroquia, de tu barrio, de tu casa.
Eso no lo puede garantizar ninguna visita.
Lo podemos garantizar nosotros.
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