Una nota profética sobre la posibilidad real —no utópica— de una Argentina más justa, más solidaria, capaz de contener a todos sin excluir a nadie
Desde la Iglesia. . .
Existe una tentación intelectual muy extendida, incluso entre los católicos: creer que el mundo ya no puede cambiar. Que la violencia es demasiado estructural, la desigualdad demasiado profunda, el cinismo demasiado generalizado. Que los profetas hablan para el vacío y los santos mueren solos. Que el lobo jamás yacerá junto al cordero.
Pero la fe cristiana no es una ideología del pesimismo disfrazado de realismo. Es, en su médula más íntima, un anuncio de que el cambio no sólo es deseable: es posible. Posible porque ya ha comenzado. Posible porque tiene nombre, rostro, y una historia de dos mil años que lo acredita.
Esta nota no es un manifiesto político ni un programa de gobierno. Es algo más antiguo y más exigente: es un acto de fe en la capacidad transformadora del Evangelio, leída con los ojos bien abiertos sobre Argentina y el mundo de hoy.
La palabra que lo dijo primero
“Forjarán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ningún pueblo levantará la espada contra otro, y no se adiestrarán más para la guerra.” — Isaías 2, 4
Isaías lo dijo hace 2.700 años. No lo dijo como un sueño romántico. Lo dijo como una promesa inscripta en la lógica misma de la historia, porque su fundamento no era la bondad natural del ser humano —que el profeta conocía bien con todos sus límites— sino la irrupción de Dios en el tiempo.
El profeta no ignoraba la violencia de su época. Vivía rodeada de imperios depredadores, de clases dominantes que aplastaban a los pobres, de líderes religiosos que bendecían la injusticia. Y aun así proclamó: las espadas se convertirán en arados. No porque los hombres sean buenos. Sino porque Dios lo hace posible.
Más adelante, en el capítulo 11, la misma voz profética va todavía más lejos:
“El lobo habitará con el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá.” — Isaías 11, 6
Esta imagen —el lobo y el cordero conviviendo en paz— es la más radical de todas. No habla de una alianza entre iguales. Habla de la transformación del poderoso, del depredador, de quien tiene todos los incentivos para devorar al débil. Habla de un orden nuevo que no es la suma de los intereses existentes, sino su superación.
Eso es lo que la Iglesia llama el Reino de Dios: no la utopía de los ingenuos, sino la promesa seria, exigente y ya parcialmente cumplida, de que la convivencia justa es posible porque Dios mismo la trabaja desde adentro de la historia.
El cambio que viene de adentro
Uno de los errores más frecuentes en el pensamiento político y social —incluido el de inspiración cristiana— es creer que el cambio viene siempre desde afuera: desde una nueva ley, un nuevo gobierno, una nueva estructura institucional. Las estructuras importan. Pero no son suficientes.
Hace falta también —y primero— un cambio de corazón. Y aquí la Iglesia tiene algo que ningún partido, ninguna ONG, ninguna institución secular puede ofrecer: la capacidad de cambiar al ser humano desde adentro.
El papa Benedicto XVI, en su encíclica Deus Caritas Est, lo dijo con una precisión que aún no hemos terminado de asimilar: no se puede cambiar el mundo sin haber sido transformado por el amor. Y ese amor no es un sentimiento: es una fuerza que entra en el ser humano cuando se abre a Dios.
Esta es la tesis central de la fe cristiana aplicada a la vida pública: la conversión personal no es el refugio de los cobardes que huyen de la política. Es el requisito previo de toda política genuinamente transformadora. Un dirigente no convertido puede hacer reformas. Pero no puede hacer historia.
El país que necesitamos y la Iglesia que lo hace posible
Argentina vive hoy una crisis que es, en su profundidad, una crisis de sentido. Tenemos recursos naturales envidiables, una tradición cultural notable, una fe católica con raíces populares profundísimas.
Y sin embargo algo no cierra. La exclusión persiste. La violencia se expande. El otro —el pobre, el migrante, el que piensa diferente— es cada vez más vivido como amenaza.
La Oración por la Patria que se reza cada 8 de mayo, en la festividad de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina, pide exactamente lo contrario: una patria que nos contenga a todos, sin excluir a nadie. Una nación donde el bien común sea más que una fórmula retórica.
“Que seamos artesanos de la paz y constructores de puentes, que superemos las divisiones y construyamos una Argentina donde nadie sobre y todos quepan.” — Oración por la Patria, Santuario de Luján
Esta oración no es una expresión de deseos píos. Es un programa político en el sentido más elevado de la palabra: la construcción de una comunidad donde la dignidad de cada persona sea el criterio último de toda decisión.
Y la Iglesia —no la Iglesia de las sacristías ni la Iglesia del clericalismo burocrático, sino la Iglesia del pueblo fiel de Dios— tiene en sus manos las herramientas para construir ese país. Las tiene en sus parroquias, en sus escuelas, en sus comunidades de base, en sus comedores populares, en sus grupos de jóvenes,que todavía creen que vale la pena vivir con sentido.
El cambio es concreto, o no es
Seríamos injustos con el lector si quedáramos en las alturas de la teología sin aterrizar en lo concreto. El cambio del que hablamos no es una abstracción. Tiene nombres, barrios, historias.
Tiene el nombre de la catequista de una villa de emergencia que cada miércoles abre su casa para enseñarle el evangelio a los pibes del barrio. Tiene el nombre del empresario que decidió pagarles un salario justo a sus empleados aunque eso le costara márgenes de ganancia. Tiene el nombre de la familia que abrió su mesa a quien no tenía dónde comer. Tiene el nombre del intendente que rechazó una coima porque recordó que fue bautizado.
Estos cambios son invisibles para el periodismo dominante. Pero son los únicos cambios que perduran. Porque no dependen del ciclo electoral ni del humor de los mercados. Dependen de personas que se dejaron transformar por algo más grande que sus propios intereses.
El cambio que propone el Evangelio no es ni de derecha ni de izquierda. Es un cambio que supera esa dicotomía porque parte de una pregunta diferente: no ¿quién tiene el poder?, sino ¿cómo servimos mejor a los más pequeños?
La Iglesia necesita también cambiar
Sería deshonesto hablar de la capacidad transformadora de la Iglesia sin reconocer que la Iglesia misma está llamada a una conversión permanente. No para adaptarse al mundo —eso sería traicionar su identidad— sino para ser más fiel a su propia esencia.
Una Iglesia que acumula poder sin servir, que habla de los pobres sin compartir la mesa con ellos, que predica la unidad mientras margina las voces críticas, no puede ser agente de transformación. Será apenas una institución más entre las muchas que prometen y no cumplen.
La profecía de Isaías interpela también a la Iglesia: ¿cuántas espadas internas necesitamos convertir todavía en arados? ¿Cuántos lobos institucionales necesitan aprender a yacer junto al cordero? ¿Cuántas estructuras de poder necesitan ser transformadas en estructuras de servicio?
Esta autocrítica no es debilidad. Es condición de credibilidad. La Iglesia que predica un mundo mejor sólo es creíble si ella misma vive de otra manera.
El horizonte que nos llama
Vivimos tiempos en los que la esperanza es contracultural. El nihilismo se ha vuelto cool. La ironía ha reemplazado al compromiso. Creer que el mundo puede ser mejor se considera ingenuo; peor aún, sospechoso.
Y sin embargo, aquí estamos. Herederos de una tradición que sobrevivió a imperios, a persecuciones, a siglos de escándalo interno, a guerras mundiales.
Una tradición que cada vez que parecía extinguirse, producía un Francisco de Asís, una Teresa de Calcuta, un Oscar Romero, un padre Carlos Mugica. Una tradición que no ha dicho su última palabra.
El cambio es posible. No como ingenuidad, sino como fe adulta que conoce el peso del mal y aun así no cede. El lobo puede aprender a yacer con el cordero. Las espadas pueden convertirse en arados. Una Argentina sin excluidos no es una fantasía: es una promesa que esperamos con las manos en la masa.
Porque la esperanza cristiana no es la espera del milagro que nos evita el trabajo. Es la certeza que nos da fuerzas para hacerlo.
Dedicado a la amiga Viviana, quien siempre está disponible para servir. . .
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