Por Néstor Ojeda · catolic.ar
Pamplona, 1521. Un capitán de treinta años, vanidoso, sediento de gloria, cae con la pierna destrozada por una bala de cañón.
No buscaba a Dios. Buscaba un nombre, un ascenso, la admiración de las damas de la corte.
Lo llevan, derrotado, a la casa de sus mayores, y allí, en una cama, con el hueso mal soldado y el orgullo hecho pedazos, le espera algo que él no ha planeado.
Se llamaba Íñigo de Loyola. Hoy lo llamamos San Ignacio.
Dios obra. . .
Lo que voy a contarte no es solo la historia de un santo.
Es la historia de algo que ocurre, en silencio, en la vida de cada uno de nosotros: Dios obra. Ahora. Y casi nunca donde lo esperamos.
El Dios que no se retiró
Nos acostumbramos a creer que Dios es el gran Ausente: un Relojero que dio cuerda al mundo y se fue, un Juez lejano que anota en un libro, un tema para el domingo.
Pero el Evangelio dice otra cosa, y la dice con una sencillez que desarma: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17).
Trabaja. En este momento, mientras lees estas líneas, hay una Voluntad amorosa que no ha dejado de obrar.
Moisés lo supo frente a la zarza: «He visto la aflicción de mi pueblo… y he bajado para librarlo» (Ex 3,7-8). Dios ve. Dios baja. Dios se ensucia las manos con nuestra historia.
No lo advertimos porque casi nunca obra con estruendo.
Obra como la luz de la mañana: sin pedir permiso y sin hacer ruido, hasta que un día notamos que ya lo ilumina todo.
Lo que descubrió un convaleciente aburrido
Volvamos a la cama de Loyola. Aburrido, el herido pide novelas de caballería, las que tanto le gustaban.
No las hay en la casa. Le traen, en cambio, una Vida de Cristo y un libro de vidas de santos.
Lo lee por no tener otra cosa que hacer.
Y ocurre algo que él mismo cuenta en su autobiografía con la sobriedad de un hombre que no se cree importante.
Cuando soñaba con hazañas y glorias mundanas, se entusiasmaba mientras duraba el ensueño, pero después quedaba seco y desapacible.
Cuando pensaba en imitar a los santos, quedaba contento y en paz, y esa alegría le duraba.
Ahí, en una habitación de convalecencia, un soldado vanidoso descubrió lo que después enseñaría a media Iglesia: que Dios deja huellas, y que se aprende a seguirlas.
Que hay pensamientos que nos vacían y pensamientos que nos pacifican.
Que Alguien, mucho antes de que nosotros lo supiéramos, estaba trabajando en el fondo de ese aburrimiento.
De esa cama salió Manresa.
De Manresa, los Ejercicios Espirituales. De los Ejercicios, la Compañía de Jesús y una forma de buscar y hallar a Dios en todas las cosas que sigue formando santos cinco siglos después.
Y todo empezó con una bala de cañón, una pierna rota y una biblioteca equivocada.
¿Casualidad? Puede ser. Pero la fe se atreve a leer esos renglones torcidos con la caligrafía de un Dios que escribe derecho.
¿Y el dolor? ¿Y el silencio?
Pero sería deshonesto cerrar la nota aquí, porque estás pensando en lo que todos pensamos: ¿y los que no tuvieron su Manresa? ¿Y el niño enfermo, la quiebra, el duelo que no cierra? ¿Dónde obraba Dios ahí?
La Biblia no responde con explicaciones.
Responde con una mirada hacia atrás.
José, vendido por sus hermanos, pasa años de pozo, de calumnia y de cárcel.
Y cuando por fin se reencuentra con ellos, dice una frase que atraviesa los siglos: ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo pensó para bien (Gn 50,20).
No dice que el mal haya sido bueno.
Dice algo más grande: que ni siquiera el mal tiene la última palabra, porque hay un Dios capaz de escribir con él.
La cruz es la prueba definitiva: el peor crimen de la historia se convirtió en el origen de la salvación.
No porque Dios quisiera la cruz, sino porque se mete en ella, la habita y la atraviesa con nosotros.
Algunos dolores no se explican en esta vida, y quien te diga lo contrario te miente. Pero se puede sostener algo distinto: que no estuviste solo ni un minuto.
Dios obra, pero no sin ti
Un Dios que obra no es un Dios que nos deja tranquilos.
Si Él está actuando, tu vida no es un accidente que soportar, sino una misión que descubrir. Y la pregunta cambia de lugar: ya no es «¿dónde está Dios?», sino «¿dónde me estás esperando Tú a mí?»
Él mismo lo dice: «Estoy a la puerta y llamo» (Ap 3,20). No derriba: llama.
Su omnipotencia se detiene ante el umbral de tu libertad.
Y ahí está lo dramático y lo hermoso de nuestra condición: el Creador del universo espera, mendigando casi, que le abras.
¿Cuántas veces pasó junto a ti y seguiste de largo, ocupado, cansado, herido, desconfiado? Y sin embargo volvió.
Esa es su firma: vuelve siempre.
Es el hésed de los salmos, la fidelidad que no se agota, el amor que no se rinde.
Esta noche
No necesitas una vida ordenada para empezar, ni una fe de mármol, ni haberlo entendido todo.
Necesitas apenas lo que tuvo aquel padre del Evangelio: «Creo; ayuda a mi poca fe» (Mc 9,24). Con eso Dios hace maravillas.
Haz hoy lo que hizo Ignacio en su cama, sin saberlo. Antes de dormir, repasa tu día en silencio y pregúntate dos cosas:
- ¿Qué me dejó en paz, alegre, más cerca de los demás?
- ¿Qué me dejó vacío, seco, encerrado en mí mismo?
Anota lo que descubras. Hazlo durante una semana.
Y prepárate: cuando uno empieza a mirar así, descubre lo que Pablo decía a los atenienses, que «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).
Nunca estuvimos solos. Nunca lo estuvimos.
Dile hoy, sin discursos: «Señor, si estás obrando en mi vida, enséñame a verte. Y dame el valor de colaborar.»
Dios obra. La pregunta es si tú vas a dejarlo
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