Por Néstor Ojeda · catolic.ar
La Iglesia nos pone ante la pregunta que nuestro tiempo prefiere esquivar: ¿qué hacemos con nuestros muertos? ¿Se puede hablar con los muertos?
La mano sobre la lápida
Hay una escena que se repite en todos los cementerios de la Argentina, desde el más humilde de pueblo hasta el más cuidado de la ciudad.
Alguien se detiene frente a una tumba, apoya la mano en la piedra fría y habla en voz baja.
Le cuenta a su madre cómo le va. Le pide perdón a un padre. Le dice a un hijo que no ha pasado un solo día sin pensar en él.
Nadie le enseñó a hacerlo. Es lo más humano que existe. Y es, al mismo tiempo, el lugar exacto donde se juega una de las batallas espirituales más antiguas y más descuidadas: la de saber a quién le estamos hablando, y para qué.
Porque esa misma necesidad, ese hambre de seguir en contacto con quienes ya no están, es el terreno sobre el que prospera, desde hace siglo y medio, un negocio próspero y paciente: el de los que prometen devolvernos una voz.
El negocio del duelo
En 1848, en una casa de Hydesville, estado de Nueva York, dos niñas, las hermanas Fox, aseguraron comunicarse con un espíritu mediante golpes.
Cuarenta años después, una de ellas confesó públicamente que todo había sido un truco, aunque más tarde se retractó de la confesión.
Poco importó: el espiritismo moderno ya había nacido y no necesitaba verdad para crecer.
En 1857 Allan Kardec publicó El libro de los espíritus y le dio al movimiento una doctrina, un catecismo y una clientela.
La clientela, hay que decirlo, nunca fue de ateos fríos.
Fue de viudas, de madres, de padres rotos.
Después de la Primera Guerra Mundial, con Europa convertida en un cementerio, las salas de sesiones se llenaron.
Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, el hombre de la lógica y la deducción, perdió a su hijo Kingsley en 1918 y dedicó el resto de su vida a predicar el espiritismo.
No lo movió la credulidad. Lo movió el dolor.
Eso es lo que ningún fenómeno de feria debería hacernos olvidar: quien acude a un médium casi nunca busca un espectáculo; busca un consuelo.
Y lo que le vende el médium es lo único que no puede entregar.
Hoy la oferta se ha sofisticado.
Videntes que «canalizan» mensajes, programas de televisión que prometen un recado de los que partieron, aplicaciones que simulan la voz de un difunto, tarotistas con agenda llena después de cada tragedia. El dolor sigue siendo el cliente más fácil.
Lo que dice la Palabra: no
La respuesta de la Iglesia no es un reflejo de desconfianza moderna.
Es herencia directa de la Escritura.
El libro del Deuteronomio enumera con severidad lo que Israel no debe hacer cuando entre en la tierra prometida: adivinar, practicar la hechicería, conjurar, consultar a los espíritus o interrogar a los muertos (Dt 18,10-12).
Isaías lo plantea como una pregunta que avergüenza: ¿no ha de consultar un pueblo a su Dios? ¿Se va a consultar a los muertos en favor de los vivos? (Is 8,19).
Y está el relato más inquietante de todos, el de Saúl en Endor (1 Sam 28).
El rey había expulsado del reino a los nigromantes.
Pero Dios ya no le respondía, ni por sueños, ni por los profetas, ni por los sacerdotes.
Entonces, de noche, disfrazado, fue a buscar a una mujer que evocara a Samuel.
La Escritura no presenta la escena como un consuelo ni como un milagro: la presenta como el último escalón de un hombre que se cansó de esperar a Dios y se fue a buscar respuestas donde Dios no las había prometido.
A la mañana siguiente, Saúl estaba muerto.
El Nuevo Testamento cierra la puerta con una frase de una sobriedad devastadora.
En la parábola del rico y Lázaro, el rico, ya en el abismo, ruega que alguien resucite y vaya a advertir a sus hermanos.
Abraham le contesta que ya tienen a Moisés y a los profetas, y que si no los escuchan, no se convencerán ni aunque resucite un muerto (Lc 16,27-31).
No hace falta una aparición. Hace falta escuchar.
El Catecismo lo resume sin ambigüedad: todas las formas de adivinación deben rechazarse, y entre ellas nombra expresamente la consulta a los muertos y el recurso a los médiums (Catecismo 2116).
Y añade la razón de fondo: esas prácticas contradicen el honor, el respeto y el amor que se deben únicamente a Dios (2117).
Por qué es no
Podría pensarse que la Iglesia dice no porque los muertos están demasiado lejos.
Es exactamente al revés.
Jesús respondió a los saduceos que Dios «no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mt 22,32).
Nuestros difuntos no están en un limbo mudo esperando una señal. Están en manos de Dios, y para Dios están vivos.
La Iglesia no prohíbe llamarlos porque estén ausentes. Lo prohíbe porque están donde ninguna evocación puede llegar y donde sí llega la oración.
Hay tres razones que la tradición ha sostenido siempre.
Primera: quien evoca a un difunto busca una respuesta fuera de la promesa de Dios. Cristo nos dejó su Palabra, los sacramentos y la comunión de su Iglesia. No nos dejó una línea telefónica con el más allá.
Segunda: porque quien responde en una sesión no está garantizado. La Iglesia ha advertido siempre que ahí se abre una rendija por la que puede entrar el engaño, y no pocas veces algo peor que el engaño.
Tercera: porque el espiritismo, aun el más sincero, convierte al muerto en un informante. Le pide una novedad, un mensaje, un número, una absolución barata. Lo trata como un recurso. Y la fe cristiana jamás trata así a un hermano.
Lo que dice la Iglesia: sí, pero a otra cosa
Si la Iglesia se limitara a prohibir, sería una voz más del miedo. Su enseñanza es otra cosa, y es mucho más grande: a los difuntos no se los llama; se reza por ellos.
La Iglesia cree que la muerte no rompe la comunión.
El Catecismo habla de la comunión de los santos: la Iglesia que peregrina en la tierra, los que se purifican después de la muerte y los que gozan ya de la gloria forman una sola familia en Cristo (Catecismo 954-959).
Los vínculos no se cortan: cambian de lugar. Ya no pasan por la voz, pasan por la oración.
Por eso los cristianos rezaron por sus muertos desde el principio.
El segundo libro de los Macabeos llama «santo y piadoso» el pensamiento de orar por los difuntos para que sean liberados de sus pecados (2 Mac 12,45).
Tertuliano, a comienzos del siglo III, ya testimonia la costumbre de ofrecer el sacrificio por los difuntos en el aniversario de su muerte.
En las catacumbas, las inscripciones piden la paz para el que partió y proclaman que vive en Dios.
El Catecismo lo formula con precisión: quienes mueren en gracia y amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, pasan después de la muerte por una purificación para alcanzar la santidad necesaria para entrar en el gozo del cielo, y la Iglesia ayuda a esas almas con sus sufragios: la oración, las limosnas, las obras de penitencia y, sobre todo, el sacrificio eucarístico (Catecismo 1030-1032).
Y recoge la exhortación de San Juan Crisóstomo: no dudemos en socorrer a los que han muerto y ofrecer nuestras plegarias por ellos.
Hay un testimonio que desarma cualquier discurso.
Santa Mónica, moribunda en Ostia, le pidió a su hijo Agustín que la enterrara donde quisiera y que no se preocupara por eso.
Solo le rogó una cosa: que se acordara de ella ante el altar del Señor (Confesiones, IX, 11).
Una mujer que había llorado durante años por la conversión de su hijo no pedía flores, ni discursos, ni una señal. Pedía una Misa.
La objeción de los santos
Todo lo anterior provoca una pregunta honesta. Si pedimos la intercesión de los santos, que también murieron, ¿no estamos hablando con los muertos?
La distinción es decisiva. Cuando un católico le pide a un santo que rece por él, no está evocando a un difunto para arrancarle un secreto, un presagio o un mensaje del más allá.
Está hablando con un miembro vivo del Cuerpo de Cristo, con el que la Iglesia lo une en una sola comunión, para pedirle que rece con él y por él, como pediría a un hermano en la Fe que lo acompañara en la oración.
No hay ritual de convocatoria, no hay respuesta que se espere en forma de voz, no hay un más allá que se fuerce a hablar.
Hasta la Transfiguración, que a veces se invoca en sentido contrario, confirma la regla: Moisés y Elías aparecen junto a Jesús (Mt 17,3), pero nadie los llama.
Es el Señor, en su gloria, quien los muestra.
Y Pedro, el único que intenta organizar algo, es corregido por la Voz del Padre: a Él escúchenlo.
El espiritismo busca información.
La comunión de los santos ofrece comunión. Son lógicas opuestas: una quiere arrancarle algo al muerto; la otra se entrega a Dios junto con él.
El silencio que nos toca examinar
Corresponde aquí una pregunta incómoda, y no para el mundo, sino para nosotros.
¿Cuándo fue la última vez que se predicó en una homilía sobre la oración por los difuntos? ¿Cuándo fue la última vez que se habló del purgatorio sin vergüenza ni sonrisa, como se habla de una obra de misericordia que Dios mismo nos pide?
Hemos llegado a un punto en que los funerales se parecen a un homenaje, en que todos los muertos «están en un lugar mejor» y en que la Misa por el difunto se ha vuelto, para muchos, un trámite.
Si el católico medio ya no sabe qué hacer por sus muertos, no debería asombrarnos que se vaya a preguntárselo a una adivina.
El vacío no queda vacío por mucho tiempo. Donde la Iglesia calla, alguien habla. Y casi siempre cobra.
Lo mismo vale para los gestos materiales.
En 2016, la Congregación para la Doctrina de la Fe recordó en la instrucción Ad resurgendum cum Christo que, cuando se opta por la cremación, las cenizas deben conservarse en un lugar sagrado y no dispersarse en el aire, la tierra o el mar, ni conservarse en el hogar.
No es un capricho de reglamento: es la defensa de una verdad.
Nuestros muertos no son polvo que se esparce ni un adorno que se guarda en un estante.
Son miembros del Cuerpo de Cristo que esperan la resurrección y a quienes debemos un lugar, un nombre y una oración.
Un día para dejar de buscar señales
La Iglesia dedica el 2 de noviembre a la conmemoración de todos los fieles difuntos.
La costumbre se remonta a San Odilón, abad de Cluny, que hacia el año 998 la estableció en sus monasterios, y desde allí se extendió a toda la Iglesia latina.
En 1915, Benedicto XV, con el mundo desangrándose en la guerra, concedió a los sacerdotes celebrar tres Misas ese día.
No fue un gesto de ritual: fue una respuesta a una Europa llena de tumbas sin nombre.
No es una fiesta macabra ni una versión católica de Halloween.
Es el día en que la Iglesia, con una ternura que el mundo ignora, hace una pregunta sencilla: ¿hace cuánto que no rezas por los tuyos?
A esa semana la Iglesia le concede además la indulgencia plenaria, aplicable solo a las almas del purgatorio, con las condiciones habituales (confesión, comunión y oración por las intenciones del Papa) y con la visita piadosa a un cementerio entre el 1 y el 8 de noviembre, o a una iglesia u oratorio el día 2.
Conviene confirmar con el párroco las condiciones vigentes. El gesto de fondo no cambia: tomar al difunto de la mano, espiritualmente, y presentarlo a Dios.
Benedicto XVI, en la encíclica Spe salvi (n. 48), recordó que nuestra oración por los difuntos no es algo vano: la relación con ellos no se ha interrumpido, y lo que hacemos por ellos puede ayudarlos, porque la comunión del amor atraviesa el umbral de la muerte.
La verdadera respuesta
¿Se puede hablar con los muertos? La Iglesia responde con una exactitud que consuela más que cualquier médium: no hace falta, y no conviene. Lo que hace falta es rezar.
Tus muertos no necesitan que los llames. No están perdidos esperando una señal tuya.
Están en manos de Dios, y tú puedes acompañarlos de la única manera que no engaña: con una Misa ofrecida por ellos, con un rosario, con una limosna hecha en su nombre, con el Padrenuestro dicho despacio frente a su foto.
Eso es lo que no te puede dar ningún médium: la certeza de haber hecho por ellos algo real.
Este 2 de noviembre, cuando pases por el cementerio, puedes seguir apoyando la mano en la lápida y hablando en voz baja.
Pero hazlo de otra manera.
No les pidas una señal.
Pídele a Dios que les dé la paz.
Y quédate un momento más, en silencio, sabiendo que la muerte no tiene la última palabra, y que quien la tiene ya la pronunció una mañana, en un jardín, delante de una tumba vacía.
Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.
Fuentes: Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 954-959, 1030-1032, 2116-2117; Dt 18,10-12; 1 Sam 28; Is 8,19; Mt 17,3; Mt 22,32; Lc 16,19-31; 2 Mac 12,38-46; san Agustín, Confesiones IX, 11; Tertuliano, De corona militis 3; Congregación para la Doctrina de la Fe, Ad resurgendum cum Christo (2016); Benedicto XVI, Spe salvi 48.
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