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El hombre al que Dios encontró sin cátedra

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Por Néstor Ojeda

La noche en que el filósofo dejó de ser dueño de su vida

Tenía cincuenta y un años y una carrera que casi nadie en España podía igualar.

Había ganado la cátedra de Ética a los veintiséis, había escrito sobre Kant y sobre Bergson, y la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid lo había elegido decano por unanimidad.

Hasta que, en el verano de 1936, la guerra le arrancó todo lo que sabía ordenar.

El 28 de agosto, mientras entregaba el decanato del que el Gobierno acababa de destituirlo, le avisaron por teléfono de que su yerno había sido asesinado en Toledo.

Tenía veintinueve años, era ingeniero y pertenecía a la Adoración Nocturna.

Manuel García Morente cayó desvanecido al suelo.

En su casa, las mujeres de la familia rezaban durante horas; él, confesaría después, no podía rezar, y acaso ni sabía.

El 26 de septiembre un aviso confidencial le advirtió de que habían decidido darle muerte.

Huyó, y el 2 de octubre llegó a París con setenta y cinco francos en el bolsillo.

El exilio fue una humillación continua.

Solo, en un octavo piso, pasaba las noches en vela preguntándose si había sido un cobarde al abandonar a los suyos.

Todo lo que intentaba por su cuenta fracasaba; en cambio, le llegaba sin pedirlo lo que no buscaba: un encargo editorial, una cátedra en la Universidad de Tucumán, un encuentro casual que abría la posibilidad de sacar a su familia de España.

Tres veces le rozó la idea de una Providencia, y las tres la rechazó con lo que él mismo llamó terquedad y soberbia.

El 27 de abril de 1937 llegó un telegrama: el Gobierno negaba la salida a sus hijas.

Solo en el piso, se obligó a pensar con método y concluyó que su vida se había hecho sin él, que algo o alguien distinto de él la hacía y se la entregaba.

Pero ese Dios, el de la filosofía, el Dios en quien se piensa y al que no se reza, le pareció cruel y lejano.

Su razonamiento lo llevó hasta el borde más oscuro: llegó a pensar que el único acto libre que le quedaba era quitarse la vida, y se espantó de sí mismo.

Para distraerse encendió la radio.

Sonaba música francesa: César Franck, una pavana de Ravel y, al final, un fragmento de Berlioz sobre la infancia de Jesús.

Apagó el aparato para no romper la paz que le había dejado, y por su mente empezaron a desfilar escenas de la vida de Cristo, hasta llegar al Calvario.

Lo vio así: «Los brazos de Cristo crecían, crecían, crecían», hasta abrazar a toda aquella humanidad doliente, mientras la Cruz subía hasta el cielo.

Entonces lo entendió.

Ése era el Dios vivo: no el Dios teórico de los libros, sino Dios hecho hombre, sufriendo como él.

Se arrodilló para rezar el Padrenuestro y descubrió, con horror, que lo había olvidado.

Recordó a su madre, muerta cuando él tenía nueve años, y el regazo en que se recostaba para rezar con ella.

Tardó una hora en reconstruir la oración; algunas frases le salían en francés, y la copió en un librito de notas.

Recuperó también el Avemaría. El Credo y la Salve se le resistieron.

Pasada la medianoche se quedó dormido en un sillón.

Despertó sobresaltado, abrió la ventana y, al volverse, se quedó petrificado: «Allí estaba Él.»

No lo veía, no lo oía, no lo tocaba.

Lo describió como una percepción sin sensaciones, que lo inundaba de un gozo que nada podía igualar.

Por un tren de mercancías que pasó frente a la casa calculó que había durado algo más de una hora, aunque admitió que pudo ser un minuto.

Solo encontró algo parecido en el capítulo 27 de la Vida de santa Teresa.

No se entregó al entusiasmo.

El filósofo examinó la hipótesis de la alucinación y la del engaño del demonio, y se resistió a creer que Dios hubiera querido visitar a un hombre que se tenía por pecador.

Un solo argumento lo hizo detenerse: los frutos. Al día siguiente resolvió hacerse sacerdote.

No fue un silogismo. No lo convenció una tesis ni lo venció un argumento.

El hombre que había enseñado durante décadas a pensar el deber, el bien y el ser descubrió esa noche que el Dios que existe no era el de sus libros.

El que existe se había hecho carne y salió a buscarlo hasta el último piso de una casa de París.

El maestro que enseñaba sin creer

Nació en Arjonilla, Jaén, en 1886. Estudió en la Sorbona, donde tuvo por maestro a Bergson.

Se doctoró en 1911 y al año siguiente ganó por oposición la cátedra de Ética.

Fue subsecretario de Instrucción Pública en 1930 y decano de Filosofía y Letras desde 1931. Escribió sobre la estética de Kant, sobre el progreso, sobre Bergson.

Era viudo desde 1923, con dos hijas a su cargo, y un hombre al que casi todo le salía.

Había sido católico practicante hasta la adolescencia.

Después, su pensamiento se construyó sin Dios, y en algún momento contra Él.

Durante más de treinta años dio la espalda a toda religión.

Si alguna vez nombraba a Dios, era el de los filósofos: una idea, una exigencia de la razón, una pieza necesaria del sistema.

Con sus propias palabras, ese Dios teórico le resultó siempre «demasiado abstracto, demasiado geométrico e inhumano». Y cuando todo se derrumbó, ni siquiera sabía rezar.

Lo inquietante es que Morente no era un incrédulo vulgar.

No despreciaba lo sagrado: lo estudiaba con respeto, lo enseñaba con rigor, lo comprendía mejor que muchos creyentes.

Le faltaba una sola cosa: que Alguien le saliera al encuentro.

Podía describir la distancia entre el hombre y Dios con precisión de geómetra, pero no sabía que esa distancia ya había sido recorrida desde el otro lado.

Aquí está el reproche silencioso que su vida hace a los que vivimos de las ideas, incluidos los que escribimos sobre la Iglesia con más pasión que oración.

Se puede conocer la teología, discutir la doctrina, denunciar lo que está mal y defender lo que está bien, y seguir teniendo a Dios en la categoría de tema.

El peligro del intelectual no es negar a Dios, sino archivarlo.

Fue ese hombre, ya con la fe recuperada, quien llegó a la Argentina.

Entre julio de 1937 y mayo de 1938 vivió en Tucumán, dirigió el Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad y dictó los cursos de los que nacieron sus Lecciones preliminares de filosofía, publicadas en 1938 y reeditadas todavía hoy.

Allí escribió que «la filosofía, más que ninguna otra disciplina, necesita ser vivida».

Lo escribía alguien que acababa de vivirla de la peor y de la mejor manera.

En esas mismas Lecciones (lección XXV, ed. Losada, pp. 291-292) describe la vida humana como ocupación: el hombre vive manejando las cosas, comiendo sus frutos, protegiéndose de la lluvia. Y para hacerlo tiene que dar por hecho, antes de cualquier razonamiento, que esas cosas «no son la nada, sino algo»;

Sin ese arranque, dice Morente, no podría vivir.

El filósofo explicaba que el hombre necesita afirmar el ser para poder vivir.

Pero quien lo explicaba en Tucumán acababa de descubrir, en una noche de París, la otra cara de esa verdad: que antes de afirmar él al ser, el Ser lo había afirmado a él, y le había entregado su propia vida.

El cura de la hora undécima

Hay una escena en el Evangelio que los hombres de cátedra solemos leer con cierta incomodidad: la de los obreros de la hora undécima, los que llegan al final de la jornada y cobran lo mismo que los primeros (Mt 20).

Morente la vivió en carne propia.

El 29 de junio de 1938, en Vigo, recibió lo que él mismo llamó su «segunda primera comunión».

Había enseñado ética durante un cuarto de siglo y tuvo que aprender de nuevo a rezar.

El 10 de septiembre ingresó con los mercedarios de Poyo para prepararse al sacerdocio.

El decano al que obedecían claustros enteros volvía a ser alumno, a los cincuenta y dos años.

Fue ordenado el 21 de diciembre de 1940 y murió en Madrid el 7 de diciembre de 1942.

Casi dos años de sacerdocio, tras más de treinta de alejamiento.

Las fuentes coinciden en el motivo: su decisión de entregarse a las almas.

No quiso ser un converso famoso ni escribir su testimonio para la gloria.

No habló de aquella noche con nadie, ni siquiera en confesión.

En septiembre de 1940, poco antes de ordenarse, la puso por escrito para su director espiritual, José María García Lahiguera, hoy venerable, y le pidió consejo y silencio.

Lahiguera lo resumiría así: «Yo preferí el silencio.» Y el filósofo lo aceptó con tanta humildad que ni siquiera le preguntó qué pensaba; murió sin conocer su juicio sobre el hecho más grande de su vida.

Su figura no está exenta de controversia: algunos estudios señalan su adhesión política al bando franquista desde su conversión hasta su muerte, y sus ideas sobre la hispanidad se han discutido.

No se trata aquí de absolverlo ni de juzgarlo, sino de mirar lo que ocurrió en aquella noche de París y lo que hizo con ella.

El padre Manuel Guerra sostiene que el cambio fue tal que cabe pensar en su beatificación; es una opinión suya, no una causa abierta.

Años después, leyendo a san Agustín, Morente encontró la clave de aquella noche: «Inquieto está mi corazón hasta que en Ti descansa.»

La noche que cada uno espera

Morente no fue un santo de nacimiento ni un mártir de estampita.

Fue un profesor que sabía mucho, que creía poco y que tenía su vida perfectamente ordenada hasta que dejó de estarlo.

Lo perdió casi todo en pocos meses: la cátedra, la casa, la patria, la seguridad de los suyos. Y en el fondo de esa pérdida, de madrugada, en un piso de París, Alguien lo estaba esperando desde hacía mucho.

Conviene decirlo sin rodeos, porque a nosotros, que vivimos de hablar de Dios, nos cuesta: el Misterio no esperó a que Morente se lo mereciera, ni a que terminara su obra, ni a que tuviera la edad adecuada.

Lo alcanzó cuando se le acabaron las razones. Y lo hizo sacerdote a los cincuenta y cuatro años, con apenas dos de ministerio por delante, porque en la viña del Señor nadie pregunta la fecha de nacimiento a los que llegan a la hora undécima.

Por eso su historia no es un caso curioso para contar en una sobremesa. Es una pregunta puesta frente a cada uno de nosotros, y no admite respuesta de cátedra:

¿De qué estamos hechos cuando nos quitan todo lo que sabemos? ¿Qué Dios nos queda cuando ya no podemos explicarlo? ¿Y cuánto más vamos a esperar, rodeados de ideas, de argumentos y de razón, a que nos alcance el Dios que ya salió a buscarnos?

Morente dio su respuesta en silencio, de rodillas, y después a las almas.

A nosotros nos queda la nuestra.

Fuentes

©Catolic.ar

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