Hay una escena que todo párroco conoce y pocos nombran.
Un chico de catorce años recibe la confirmación, sonríe para la foto con la familia, y el domingo siguiente no vuelve.
Tampoco el otro. Ni el de más allá.
Durante décadas la Iglesia explicó esa deserción con diagnósticos prolijos: la época, la tecnología, el ruido.
Esta semana, desde el Vaticano, llegó una explicación más incómoda: quizá el problema no esté solo afuera.
El 22 de octubre, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó Venite ad me, unas “Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época“.
El texto fue encargado por Francisco en los últimos momentos de su vida, renovado por León XIV y aprobado por este el 21 de agosto (n. 138).
No es una encíclica ni una nota doctrinal, y el propio documento se encarga de aclararlo: busca estimular la reflexión eclesial, examina varios puntos de vista y deja la cuestión abierta (n. 8).
Según informó AICA, además, se difundió directamente a través de las diócesis, sin la presentación habitual en la Sala de Prensa.
Esa sobriedad en la forma no debería hacernos subestimar el fondo.
La herencia que se cortó
El documento parte de una constatación que, dicha por Roma, pesa: la transmisión de la fe de padres a hijos ya no es “automática” (n. 38).
Durante siglos, la familia fue el primer lugar donde se aprendía a rezar, a persignarse, a entrar en una iglesia; el texto la describe como el primer “tabernáculo” donde los pequeños vislumbran qué significa seguir a Jesús (n. 37).
Esa cadena, dice, se ha interrumpido en buena parte del mundo.
Lo notable es la geografía del diagnóstico.
No se queda en Europa. Recorre Estados Unidos y Canadá, la Europa del Este, Asia, África y América Latina.
Cita a los obispos de Chile, que recuerdan que durante décadas se dio por descontada una continuidad entre familia, escuela, cultura y comunidad eclesial; a los de Panamá, donde la fe sigue presente en las fiestas populares pero ya no se transmite “de manera natural” en las casas; y a Colombia, donde son los abuelos quienes suplen lo que los padres dejaron de dar (n. 50).
Es un retrato en el que cualquier párroco argentino podría reconocer su propia sacristía.
El problema no son solo los chicos
Aquí está lo más fuerte del texto, y lo que menos se comentará.
Roma no dice simplemente “hay que reforzar la catequesis de niños”.
Dice lo contrario: la transmisión de la fe exige hoy evangelizar a los adultos y superar una pastoral centrada únicamente en niños y adolescentes (n. 42).
La razón es de una lógica brutal.
Los adultos son también los padres.
Y el n. 101 formula la pregunta que lo ordena todo: ¿cómo pueden los adultos transmitir la fe a las nuevas generaciones si ellos mismos no la viven primero a nivel personal?
Durante años se le pidió a la catequesis infantil que hiciera un trabajo que no le corresponde: reemplazar un hogar donde la fe ya no se respira.
El documento reconoce incluso que a veces los chicos llegan a la catequesis sin haber recibido nunca un primer anuncio explícito del Evangelio (n. 78), y que el elevado número de niños y adolescentes que se alejan apenas terminan la iniciación o la escuela católica indica que la catequesis sigue sin encontrar el modo de provocar un encuentro sólido y duradero con Cristo (n. 79).
Para el laicado, esto no es un detalle técnico.
Significa que el adulto bautizado, el que trabaja, el que cría hijos, el que quizá se alejó hace veinte años y mira la parroquia desde la vereda, deja de ser un espectador al que se atiende en bautismos, casamientos y funerales, y pasa a ser el destinatario prioritario del anuncio.
El texto lo dice con claridad: esas ocasiones, en las que mucha gente se acerca una sola vez, son una oportunidad para un anuncio que conmueva y no para un trámite (n. 100).
¿Mantener o anunciar?
Hay en el documento una frase que merece leerse despacio, porque es fácil volverla más dura de lo que es.
Al analizar la crisis del llamado modelo de cristiandad, el texto registra una percepción generalizada, en diversas partes del mundo: que la tarea de los sacerdotes se limita a menudo a “mantener” las estructuras existentes, mientras el mundo que los rodea cambió radicalmente (n. 53).
Conviene ser precisos. Roma no acusa a nadie: recoge una percepción, que le llegó de las conferencias episcopales, y la deja escrita.
Pero que figure en un documento de la Santa Sede ya es significativo, porque obliga a una pregunta que cada diócesis y cada parroquia debería hacerse sin dramatismo y sin defensividad: ¿qué hacemos los lunes, los martes y los jueves? ¿Anunciamos, o administramos?
El texto no se queda en la queja; propone.
Pide recentrar todo en el kerygma, el primer anuncio: que Jesucristo está vivo, te ama y dio su vida para salvarte.
Y pide cuidar el modo.
Advierte contra lenguajes que puedan calificarse de “escolásticos“, “dogmáticos” o “moralistas“, y contra una comunicación repetitiva y autorreferencial que corre el riesgo de no llegar al corazón (n. 80).
Va más lejos: sostiene que, ante las nuevas generaciones, los catecúmenos adultos y los que vuelven, no conviene dispersarse en tantos ámbitos de la doctrina, por importantes que sean, y perder de vista lo más sólido: el amor de Dios (n. 84).
Nadie debería leer en esto una rebaja de la doctrina.
El mismo texto aclara que el kerygma no sustituye a la formación, sino que es su fundamento, y su cierre dice expresamente que la transmisión de la fe no aleja del depósito de la fe, sino que vuelve al corazón de ese patrimonio (n. 138).
Pero sí hay un orden: primero la experiencia del encuentro, después el catecismo.
Quien lo invierte, advierte el documento, termina hablando para dentro.
Las propuestas concretas son más modestas, y por eso más realizables: grupos estables de escucha de la Palabra con horarios fijos, junto a la misa dominical (n. 88); una homilía preparada para presentar la fe de forma narrativa, como hacía Jesús con las parábolas (n. 114); la fuerza de atracción que las peregrinaciones y las cofradías ejercen sobre los jóvenes (n. 113); y el voluntariado como puerta de entrada a la Iglesia (n. 115).
Menos programas y más vínculos.
Hay, además, una confesión que pocos citarán.
El documento reconoce que hace falta un estudio específico sobre el “repentino declive” del catolicismo en países donde estaba profundamente arraigado, para comprender sus causas y elaborar una respuesta pastoral adecuada (n. 119).
Antes de las recetas, Roma admite que el diagnóstico todavía está incompleto.
Las mujeres y las decisiones
El texto incluye también una “atención” que muchas comunidades reconocerán sin esfuerzo: la necesidad de ampliar los espacios de presencia de las mujeres en la guía de los procesos eclesiales.
El propio documento admite que los fieles más presentes y activos en la vida de las comunidades son, en gran parte, mujeres, y que se ha hecho más evidente la necesidad de que accedan a los ámbitos donde se toman las decisiones (n. 116).
Dice que el Dicasterio estudió el tema y que remitió sus conclusiones al Papa.
No anuncia reformas: deja constancia.
Cuidado con el triunfalismo
El documento no es pesimista.
Registra un fenómeno que merece alegría: en los países más secularizados crece el número de jóvenes y adultos jóvenes que piden el bautismo.
En Francia, los bautismos de adultos aumentaron un 28% en 2026 respecto del año anterior y se han más que triplicado frente a 2016; la gran mayoría tiene menos de 40 años y la mitad ronda entre los 18 y los 25 (n. 63).
Y, sin embargo, el texto frena el entusiasmo.
Advierte que muchos neófitos, poco después de recibir el sacramento, vuelven a una “indiferencia práctica“, y pide evitar las actitudes triunfalistas.
La lección, dice, es redescubrir el lugar de la comunidad en la acogida y el acompañamiento de los nuevos fieles (n. 64).
Un bautismo no es un final: es el comienzo de una pertenencia que alguien tiene que sostener.
Lo que queda por responder
Falta poco para que León XIV llegue a la Argentina, y toda visita papal despierta la tentación del gran acontecimiento: multitudes, emoción, titulares.
Este documento, con su tono de conversación entre pastores, sugiere otra pregunta, menos vistosa y más decisiva: ¿qué encontrará el Papa cuando se retire la multitud?
En el repaso que el texto hace de los episcopados (n. 50) aparecen Chile, las Antillas, Panamá, Colombia y la Amazonía peruana.
La Argentina no figura.
Pero en las últimas páginas, entre los laicos propuestos como modelo de evangelización, el documento nombra a una argentina: Mama Antula, a quien recuerda por su “largo peregrinaje evangelizador” (n. 143).
Es una elección elocuente.
Para transmitir la fe en este cambio de época, Roma no mira primero a los especialistas, sino a quienes salieron a buscar a otros.
Esa es la verdadera consulta que abre Venite ad me.
No es una novedad doctrinal.
Es algo más difícil: la invitación a revisar, sin acusarse y sin consolarse, cómo se vive y cómo se comunica la fe en cada comunidad.
Roma ya hizo su parte, que fue reconocer, con una franqueza poco frecuente, que lo que se heredaba ya no se hereda.
Lo que sigue corresponde a cada parroquia, a cada familia, a cada laico que alguna vez recibió la fe de alguien y hoy se pregunta a quién se la va a dar.
©Catolic.ar
