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La Iglesia que no sabe si quedarse o salir

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Caminando juntos en una Iglesia apostólica

Entre la nostalgia del pasado y el mandato misionero: el debate más profundo del catolicismo contemporáneo

Ad intra o ad gentes

Por Néstor Ojeda — catolic.ar


Hay una pregunta que recorre en silencio cada consistorio, cada sínodo, cada reunión parroquial del mundo católico: ¿para quién existe la Iglesia? ¿Para los que ya están adentro, o para los que todavía no llegaron?

La respuesta oficial, la que viene del Evangelio, la que repiten los papas desde Juan XXIII hasta León XIV, es clara y sin ambigüedades: la Iglesia existe para salir. Para ir. Para anunciar.

Para lo que en el lenguaje teológico se llama la misión ad gentes —hacia los pueblos, hacia los que no conocen a Cristo, hacia las periferias geográficas y existenciales del mundo.

Pero la Iglesia real —la de las parroquias con el banco de siempre ocupado por las mismas diez personas, la de los seminarios que se vacían en Europa mientras se llenan en África, la de los obispos que planifican en función del clero disponible y no de la misión posible— esa Iglesia concreta todavía no termina de decidirse.

Y esa indecisión no es inocente. Tiene historia, tiene actores, tiene consecuencias que este editorial intenta nombrar con precisión.


El mapa no miente

Antes de hablar de propuestas pastorales, conviene leer los datos. La Iglesia Católica tiene hoy 1.406 millones de fieles. Creció un 1,15% entre 2022 y 2023. Suena bien. Pero el crecimiento no es parejo ni casual: África sumó más de 8 millones de católicos en un solo año; Europa, apenas 740 mil, con una tendencia estructural al estancamiento y una caída del clero que no tiene freno visible.

El dato que reorienta todo análisis es este: los 285 millones de católicos europeos representan hoy apenas el 20% del total mundial. Hace un siglo eran el 50%. El catolicismo no está muriendo. Está cambiando de hemisferio. Y eso lo cambia todo.

El centro de gravedad del catolicismo se desplazó. Ya no está en Roma, ni en Madrid, ni en Buenos Aires: está en Kinshasa, en Lagos, en Manila, en São Paulo. Las Iglesias jóvenes del Sur Global son hoy el corazón demográfico y vocacional de la fe.

Y esas Iglesias no cargan con la nostalgia del pasado europeo porque ese pasado no es el suyo. Evangelizan porque esa es su condición natural, no porque lo haya decretado un documento pontificio.

Llevan el Evangelio sin el peso de la Cristiandad perdida.

Mientras tanto, en el hemisferio donde nació la Iglesia institucional tal como la conocemos, el modelo colapsa en cámara lenta. El número global de sacerdotes cayó en 734 en un solo año, con Europa como principal responsable del descenso. Los seminaristas disminuyen en todos los continentes salvo en África. Las religiosas son casi diez mil menos que el año anterior. Estos no son sobresaltos coyunturales: son tendencias estructurales que llevan décadas consolidándose.

Esto no es una crisis de fe. Es una crisis de modelo. Y la diferencia importa, porque una crisis de fe se responde con más oración y más doctrina, mientras que una crisis de modelo exige repensar las estructuras.

La Iglesia tiene muy desarrollado el primer músculo. El segundo, todavía le cuesta.


El mandato que dos papas no quisieron archivar

Francisco (2013–2025) tuvo muchas batallas. Pero si hay una que define la arquitectura profunda de su pontificado, es esta: intentó convencer a la Iglesia de que debía salir de sí misma. Lo escribió en Evangelii Gaudium con una imagen que incomodó a muchos: prefería una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro. No era retórica ni provocación.

Era un diagnóstico y un programa.

Lo notable, y esto merece subrayarse, es que su sucesor no archivó ese programa. León XIV, en carta reciente a los cardenales convocados al consistorio de junio de 2026, convirtió Evangelii Gaudium en hoja de ruta operativa, no en pieza de museo. La presentó como “un programa inacabado” y planteó con toda claridad la pregunta incómoda: ¿cuánto de esa visión se implementó realmente? ¿Qué cambió en la práctica pastoral concreta, y qué sigue siendo aspiracional?

El diagnóstico pontificio tiene nombre preciso: “pastoral de conservación“.

Es la lógica de las parroquias que administran sacramentos para quienes los solicitan, que sostienen la infraestructura edilicia y financiera, que conservan a los que quedan y esperan que vuelvan los que se fueron.

Es preferible pocos pero buenos,fieles de calidad. . .” – decía un cura parroquial

No es malicia. No es herejía. Es inercia. Pero esa inercia es, en el contexto actual, una forma de rendición sin disparar un tiro.

La pastoral de conservación no es una opción neutral. En un mundo que se seculariza a velocidad acelerada, conservar es retroceder.

Porque el mundo no está quieto esperando que la Iglesia se decida a salir: el mundo se aleja, cambia de idioma espiritual, construye sentidos alternativos.

Y cuando la Iglesia finalmente abre la puerta para salir, descubre que el barrio que conocía ya no existe.

Para el mensaje misionero de 2026, León XIV exhortó a “renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera” y a avanzar juntos en el compromiso de la evangelización en “una época misionera nueva en la historia de la Iglesia”.

Y recuperó las palabras de Pablo VI —que no fueron las de un renovador sino las de un papa de transición cautelosa— para recordar que no hay evangelización verdadera sin el anuncio explícito del nombre, la doctrina, la vida y el misterio de Jesucristo.

No un humanismo genérico. No una espiritualidad difusa que podría ser de cualquier religión o de ninguna. Cristo. Su nombre. Su persona. Su Resurrección.

Su primera encíclica, Magnifica Humanitas (mayo de 2026), traza el marco doctrinal de esta postura: la Iglesia está llamada a interpretar los signos de los tiempos sin miedo al encuentro con el saber humano, asumiendo el estilo del Concilio Vaticano II.

Reconoce la legítima autonomía de las realidades terrenas. Propone que la Palabra de Dios ofrece criterios para orientar los caminos de la justicia y la paz. No es una Iglesia que retrocede ante el mundo.

Es una Iglesia que entra en él con las manos abiertas y la identidad intacta.


Las dos almas en conflicto

Pero el mandato pontificio y la realidad eclesial concreta no viajan siempre en el mismo tren. La Iglesia tiene, en este momento histórico, dos almas que conviven con una tensión creciente, visible, articulada y, en algunos sectores, francamente beligerante.

El sector conservador-restauracionista

Sus expresiones van desde el liturgismo tridentino —que con frecuencia confunde la forma ritual con la esencia del Evangelio— hasta el conservadurismo cultural que usa el vocabulario católico como escudo de una agenda política neoconservadora, especialmente visible en Estados Unidos, Brasil y sectores de Europa del Este.

Durante el pontificado de Francisco, este sector instaló en el debate cotidiano un lenguaje antes marginal: el del papa como relativista, ambiguo, casi no-católico.

Ese lenguaje circuló en redes, en canales de YouTube, en grupos de WhatsApp parroquiales con nombres de santos. Lo que antes era susurro de sacristía se volvió circulación cotidiana. La polarización del mundo secular encontró su espejo al interior de la barca de Pedro.

Un dato reciente sacude el análisis y merece atención particular. Un estudio de la Catholic University of America publicado en 2025 muestra que las nuevas generaciones de sacerdotes en Estados Unidos tienen una orientación teológica marcadamente más conservadora que las generaciones posconciliares.

Si esa tendencia es extrapolable —con sus debidos matices— a otros contextos nacionales, significa que el clero del futuro puede estar en tensión sistémica con la dirección pastoral del papado.

Una paradoja histórica que no tiene precedente claro: una Iglesia con liderazgo pontificio misionero y una base clerical emergente de tendencia restauracionista.

El sector reformista-sinodal

Del otro lado, quienes acompañaron con entusiasmo el proceso sinodal de Francisco —teólogos, comunidades de base, laicos comprometidos, sectores del episcopado de Europa occidental y América Latina— cargan ahora con la decepción de un Sínodo sobre la Sinodalidad (2021–2024) que no produjo los cambios estructurales que esperaban.

El diaconado femenino quedó en comisión de estudio. La descentralización efectiva de decisiones sigue siendo más principio que práctica. La apertura pastoral a situaciones irregulares avanzó en el discurso pero no en los mecanismos concretos.

Este sector tiene a su favor el alineamiento con el magisterio pontificio. Pero sufre un problema de implementación que no debería subestimarse: las estructuras diocesanas y parroquiales siguen operando con lógica de conservación, aun cuando sus obispos suscriban públicamente la agenda sinodal.

La distancia entre el documento firmado y el presupuesto asignado dice más que cualquier declaración pastoral.

La mayoría silenciosa

Entre estas dos almas hay una mayoría que no encabeza manifiestos ni publica hilos en redes sociales.

Son los laicos, las familias, los jóvenes que todavía buscan algo que valga la pena. Que no quieren guerras culturales. Que no quieren ideología envuelta en incienso. Que quieren pertenencia real, acompañamiento genuino, un anuncio que tenga fuerza y verdad.

Que, después de tanta polarización y tanta guerra cultural interna, quieren volver a lo esencial: encontrarse con Jesucristo.

Esa percepción desde la base no es ingenua. Es lúcida.

La gente que busca huele la autenticidad y también huele el vaciamiento. Y cuando encuentra uno de los dos, actúa en consecuencia.


Los obstáculos que el entusiasmo no alcanza a nombrar

Hay cuatro obstáculos concretos que ningún documento pontificio puede remover por decreto y que cualquier análisis honesto está obligado a nombrar.

El clericalismo estructural. La Iglesia sigue siendo, en sus mecanismos concretos de funcionamiento, una institución clerical. El laico evangeliza pero no decide. Los planes pastorales se hacen en función del clero disponible, no de la misión posible.

Un análisis reciente de las Líneas Pastorales 2026–2030 de la Conferencia Episcopal Española revela una paradoja dolorosa: los grandes movimientos y agentes de evangelización que sostienen la vitalidad real de la Iglesia española no aparecen en el documento de planificación.

La asimetría revela una dificultad persistente para integrar la riqueza del tejido carismático y asociativo que actúa con frecuencia de manera autónoma y eficaz en los mismos terrenos que la jerarquía dice querer cultivar.

El clericalismo no es solo un problema de actitud: es un problema de arquitectura institucional.

La crisis vocacional como parálisis operativa. El sacerdote que cubre tres o cuatro parroquias no puede ser misionero. Apenas puede ser administrador de sacramentos. No se le puede pedir que salga cuando ya no da abasto con los que están adentro.

La escasez de clero en Occidente no es solo un dato demográfico: es una trampa pastoral que impide la misión antes de que esta se plantee siquiera.

La respuesta a este obstáculo —el mayor protagonismo laical, la figura del diácono permanente, las unidades pastorales— existe en el papel. Falta en la cultura.

La colonización ideológica de los extremos. Tanto el conservadurismo identitario como el progresismo adaptacionista corren el riesgo de convertir la fe en ideología: uno defiende formas culturales del pasado como si fueran esencia del Evangelio; el otro disuelve el kerigma en un humanismo genérico que no necesita de Cristo para funcionar.

Los dos son traiciones al anuncio, aunque de distinto signo. Y los dos alejan a la gente que busca autenticidad, que es precisamente la que más urge alcanzar.

La brecha entre el magisterio y la cultura institucional. Los documentos pontificios existen. Son lúcidos, a veces proféticos. Pero entre Roma y la parroquia de barrio hay un abismo de implementación que ninguna encíclica cierra sola. La conversión pastoral que pedía Francisco y pide León XIV no se decreta desde arriba. Requiere un trabajo de discernimiento local, sostenido, humilde y largo. Y ese trabajo no tiene atajos, no tiene viralidad, no produce titulares. Es el trabajo invisible del que nadie habla mientras se publican documentos y se celebran sínodos.


¿Hacia dónde va la Iglesia? Un pronóstico honesto

La dirección institucional está clara y no tiene ambigüedad: es ad gentes. Dos papas consecutivos, con temperamentos y estilos distintos, han sostenido la misma orientación. La sinodalidad misionera —ese término que sintetiza un proceso teológico que viene del Vaticano II— no tiene marcha atrás como principio, aunque su implementación sea lenta y su comprensión desigual.

El desplazamiento del centro de gravedad hacia el Sur Global refuerza esa orientación con datos, no solo con teología. Las Iglesias jóvenes de África y Asia no tienen complejos de Cristóbal Colón: no llevan el Evangelio como conquista porque ellos mismos lo recibieron como don, muchas veces con sangre de mártires recientes.

Esa frescura evangelizadora es la que el magisterio intenta transvasar a contextos más envejecidos. Con desigual resultado, pero con constancia.

La Iglesia irá, con tensiones y contradicciones, hacia una mayor descentralización. Las conferencias episcopales del Sur Global ganarán peso, y con ellas una forma de ser católico que no está marcada por el agotamiento del modelo europeo.

Irá también hacia un mayor protagonismo laical, no porque el clericalismo ceda voluntariamente, sino porque la escasez de clero en Occidente forzará ese cambio con una lógica que ninguna resistencia institucional puede detener indefinidamente.

Lo que no es sostenible —y los datos lo dicen sin posibilidad de apelación— es el modelo parroquial de conservación en el mundo occidental.

No porque sea malo en sí mismo. Sino porque fue diseñado para una realidad sociológica que ya no existe: la del bautismo cultural automático, la fe heredada sin decisión personal, la pertenencia por inercia social. Ese mundo se fue. Y construir pastoral para ese mundo ausente es una forma de hablarle a los fantasmas.


El único camino que no es trampa

El camino correcto no es elegir entre “Iglesia de la identidad” e “Iglesia de la apertura” como si fueran polos irreconciliables. Ese falso dilema es precisamente la trampa en que caen tanto el conservadurismo identitario como el progresismo adaptacionista. Los dos parten de una misma premisa incorrecta: que identidad y misión son tensiones que hay que gestionar, en lugar de dimensiones que se implican mutuamente.

El camino es el de la encarnación. El Logos se hizo carne sin dejar de ser Logos.

Entró en la historia sin disolverse en ella. La Iglesia puede —y debe— entrar en cada cultura, cada época, cada periferia, sin disolver su identidad en el proceso. No como turista que observa desde afuera. No como conquistador que impone desde arriba. Sino como el que se hace uno con los que buscan, para anunciarles lo que encontró.

León XIV lo formuló con precisión teológica y claridad pastoral en su primera encíclica: la Iglesia está “llamada hoy a recoger las instancias fundamentales del Concilio Vaticano II“.

No a archivarlas. No a reinterpretarlas hasta hacerlas irreconocibles. A recogerlas. Con la fidelidad de quien recibe una herencia viva.

El criterio de discernimiento es cristológico, no sociológico. No es “¿cómo se siente la gente?” sino “¿qué nos pide el Evangelio en este momento de la historia?”.

Una Iglesia que responde a esa pregunta con honestidad —sin miedo al mundo pero sin rendirse a él, sin nostalgia paralizante pero sin ingenuidad modernizante— es la única que puede ser signo creíble en el siglo XXI.

La pregunta ya no es si la Iglesia será ad gentes. Eso ya lo decidió el Concilio hace sesenta años, lo confirmó Francisco con toda su energía, lo ratifica León XIV con toda su precisión doctrinal. La pregunta es cuántas generaciones tardarán las estructuras en ponerse a la altura del mandato. Y cuánta gente habrá salido por la puerta mientras la Iglesia termina de decidirse.

Esa es, quizás, la urgencia más grande de nuestro tiempo eclesial. No la teológica. No la litúrgica. La urgencia del tiempo. El tiempo que se va. Las personas que buscan y no encuentran una Iglesia que haya salido a su encuentro.

El Evangelio no caduca. La ventana, Sí.


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