No tengáis miedo!!!
Hay fechas que la memoria católica recuerda mal, no por descuido sino por una intuición que se equivoca solo en el detalle y acierta en lo esencial.
Muchos creen que Juan Pablo II escribió sobre el sentido del dolor humano apenas comenzado su pontificado, en 1978. No es así: ese desarrollo doctrinal, la carta apostólica Salvifici Doloris, llegaría seis años después, en 1984.
Pero quien data mal el documento no se equivoca del todo, porque algo decisivo sobre el dolor humano sí ocurrió aquel 22 de octubre de 1978, en la Plaza de San Pedro, el día en que Karol Wojtyła inauguró oficialmente su ministerio como Papa.
No fue una doctrina. Fue un grito. Y los gritos, a veces, contienen ya toda la doctrina que después se desarrollará en prosa.
El día y el lugar importan
No es un detalle menor que estas palabras se hayan dicho en la misa de inicio del pontificado y no en un discurso posterior, más meditado, más trabajado en el silencio de la Secretaría de Estado.
Wojtyła llevaba apenas seis días como Papa —había sido elegido el 16 de octubre, tras la muerte repentina de Juan Pablo I, que a su vez había sucedido a Pablo VI solo un mes y medio antes—.
El mundo entero observaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza a este Papa polaco, el primer no italiano en cuatro siglos y medio, llegado de un país sometido al comunismo, del que casi nadie en Occidente sabía gran cosa.
En ese contexto de extrema exposición pública, sin margen para el ensayo, eligió no hablar de programas pastorales, ni de reformas curiales, ni de geopolítica eclesial.
Habló del miedo. Y no de cualquier miedo: del miedo más antiguo y más universal, el que atraviesa a todo ser humano frente a lo que no puede controlar ni explicar, ya sea el sufrimiento propio, la muerte, el sinsentido.
Que un hombre recién investido con la máxima autoridad moral de la Iglesia católica eligiera comenzar por ahí, y no por una declaración de intenciones programática, ya es en sí mismo un gesto teológico: dice que lo primero que la Iglesia tiene para ofrecerle al mundo no es una estructura ni una doctrina, sino una compañía frente al miedo.
Un Papa que no venía de la teoría
Conviene no perder de vista quién pronunciaba esas palabras. No era un teólogo de escritorio ensayando una fórmula pastoral atractiva.
Era un hombre que a los nueve años había perdido a su madre, que poco después había enterrado a su único hermano, que había quedado huérfano de padre en plena adolescencia, que había sobrevivido trabajando en una cantera durante la ocupación nazi de Polonia.
Cuando ese hombre, ya Papa, se paró frente al mundo y dijo “no tengáis miedo”, no estaba repitiendo un eslogan motivacional. Estaba ofreciendo, en una sola frase, la síntesis de una vida entera atravesada por la pérdida.
La homilía es elocuente sobre la condición humana que el nuevo Papa observaba desde dentro de la multitud que lo escuchaba: describió a “el hombre actual” como alguien que con frecuencia no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo y de su corazón, que muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo, invadido por una duda que se transforma en desesperación.
No hablaba de un problema doctrinal abstracto. Hablaba de algo que él mismo conocía de primera mano: la fragilidad concreta de quien no encuentra dónde anclar el propio dolor.
La estructura de un grito que ya es teología
Lo que distingue a esta homilía de un simple gesto de bienvenida es su estructura interna, que anticipa con notable precisión lo que seis años más tarde se desarrollaría con rigor teológico en Salvifici Doloris.
El Papa no dice “no tengáis miedo” como consuelo genérico. Dice “no tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo”, y a continuación explica por qué: porque solo Cristo conoce verdaderamente “lo que hay dentro del hombre”.
Es decir, plantea desde el primer día de su pontificado la misma intuición que después sostendrá toda su reflexión sobre el sufrimiento: el ser humano no puede explicarse a sí mismo desde sus propios recursos, y mucho menos puede explicarse el propio dolor desde la pura introspección.
Necesita un interlocutor que lo conozca desde más adentro de lo que él mismo puede conocerse.
Esta es, en germen, la misma lógica que después aplicará a Job y a la Cruz: el sufrimiento no se resuelve mirando hacia adentro con más intensidad, sino abriendo una puerta hacia Alguien que ya está adentro, conociendo lo que ni el que sufre alcanza a nombrar.
“No tengáis miedo” no era una frase nueva
Vale la pena notar algo que muchos pasan por alto: “no tengáis miedo” no es una expresión que Juan Pablo II haya inventado para la ocasión. Es, casi palabra por palabra, lo que los ángeles dicen una y otra vez en el Evangelio frente a quien se encuentra ante lo inexplicable: a Zacarías cuando se le anuncia un hijo imposible, a María en la Anunciación, a los pastores en Belén, a las mujeres frente al sepulcro vacío.
Es la fórmula que el cielo usa sistemáticamente cada vez que irrumpe en una vida humana de un modo que desborda toda comprensión previa.
Que Juan Pablo II haya elegido esa fórmula exacta para inaugurar su pontificado no es casualidad retórica.
Es una decisión teológica precisa: se está colocando, deliberadamente, en el lugar del mensajero que no trae una explicación sino una presencia. No dice “ya entenderán”, ni “todo tiene una razón”.
Dice lo que dice el ángel: no tengan miedo, porque lo que viene —sea un hijo inesperado, una resurrección imposible de creer, o un sufrimiento que no se explica— puede recibirse sin terror si hay Alguien confiable cerca. El dolor, en esta clave, deja de ser primero un problema a resolver y se convierte primero en un territorio a habitar acompañado.
Esa misma fórmula reaparecerá, con una carga distinta pero coherente, años después, cuando el propio Juan Pablo II tenga que aplicársela a sí mismo: tras el atentado de 1981, en la lenta decadencia física que el Parkinson le impuso durante sus últimos años de pontificado, y que él mismo decidió no esconder, presentándose ante el mundo entero visiblemente disminuido, tembloroso, casi sin voz, como un testimonio viviente de que el “no tengáis miedo” de 1978 no había sido una frase para los demás, sino también, y sobre todo, una promesa que él mismo tendría que sostener en carne propia hasta el final.
Por qué esta frase sigue siendo pastoralmente urgente
Casi cinco décadas después, el “no tengáis miedo” de 1978 no ha perdido vigencia; al contrario, describe con precisión inquietante el estado de ánimo con el que gran parte de la sociedad contemporánea —y no solo los católicos— atraviesa el sufrimiento.
Vivimos en una cultura que ha desarrollado herramientas extraordinarias para evitar el dolor, pero que apenas ha desarrollado recursos espirituales para atravesarlo cuando la evitación ya no es posible: la enfermedad terminal de un padre, el duelo que no se resuelve con frases hechas, la soledad que ningún entretenimiento logra disolver del todo.
En ese contexto, el gesto pastoral más urgente no es necesariamente explicar de nuevo la doctrina —aunque hace falta también, y por eso seguirá esta serie— sino repetir, con la misma sencillez con que se dijo por primera vez, esa invitación a no huir.
Cualquier agente pastoral, cualquier sacerdote, cualquier laico que acompañe a alguien que sufre, puede aprender de esta homilía algo muy concreto: antes de ofrecer una explicación teológica del dolor, hay que ofrecer una presencia que no tenga miedo de quedarse.
Las explicaciones llegan después, y a veces ni siquiera llegan. Lo que siempre puede llegar primero es alguien dispuesto a decir, con los hechos y no solo con las palabras: no tengas miedo, no estás solo en esto.
Por qué conviene empezar aquí la serie
Hay una razón pastoral, no solo cronológica, para tomar esta homilía como pórtico de una serie sobre el sentido del dolor. Salvifici Doloris es un documento de una densidad teológica considerable: requiere tiempo, disposición para pensar, cierta familiaridad con el lenguaje magisterial.
La homilía de 1978, en cambio, es un grito que cualquiera puede recibir sin preparación previa, en el estado en que esté. No exige comprensión teológica. Exige solamente estar dispuesto a no tener miedo.
Y ese es, quizás, el verdadero punto de partida de cualquier itinerario sobre el sufrimiento humano. Antes de poder explicar el dolor, antes de situarlo dentro de la historia de la salvación, antes de comprender cómo se une al de Cristo, hace falta un movimiento previo, más elemental: dejar de huir de él.
El miedo al dolor —el miedo a mirarlo de frente, a nombrarlo, a no tener una respuesta inmediata— es, muchas veces, más paralizante que el dolor mismo. Por eso este grito de 1978 no es solo una anécdota biográfica simpática para abrir una serie.
Es la condición de posibilidad de todo lo que vendrá después: solo quien deja de tener miedo puede empezar a buscar sentido.
El arco que se abre
A partir de aquí, esta serie recorrerá un itinerario que va del grito a la doctrina, y de la doctrina a la pastoral concreta.
De este “no tengáis miedo” inaugural pasaremos a Salvifici Doloris y su desarrollo sobre Job, la Cruz y el Buen Samaritano; de ahí a la dimensión más densa de la fecundidad redentora del sufrimiento unido a Cristo; después a la confrontación con las huidas culturales del dolor —la anestesia generalizada y la eutanasia, que ya hemos abordado en esta misma serie—; y cerraremos con una pregunta eminentemente pastoral: cómo acompañar, en concreto, a quien sufre, sin caer ni en el discurso vacío ni en la mirada que aparta la vista.
Todo ese recorrido, sin embargo, solo tiene sentido si antes se ha escuchado este primer grito. Porque no hay doctrina del dolor que sirva de algo si quien la recibe sigue teniendo miedo de mirarlo de frente.
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