Inicio Opinión ¿Huérfanos o amnésicos? Una pregunta incómoda para después de la peña

¿Huérfanos o amnésicos? Una pregunta incómoda para después de la peña

0
Cena y peña de despedida

¿Huérfanos o amnésicos? Una pregunta incómoda para después de la peña

Hubo cena, hubo peña, hubo loas. Hubo, sobre todo, un discurso.

Un laico —representante, se supone, de “la comunidad”— tomó la palabra para despedir al párroco que se va, y lo hizo con una intensidad tal que cualquiera que escuchara desde afuera concluiría una cosa: que la parroquia, tal como la conocemos, termina esta semana. Q

ue lo que viene, en el mejor de los casos, será una administración del duelo. En el peor, una larga comparación perdida de antemano.

No dudo de la sinceridad del afecto. Dudo, eso sí, de lo que ese afecto termina diciendo sin querer decirlo.

Porque si el mejor párroco que tuvimos es, casualmente, el último, y si los anteriores no merecieron ese fervor, y si el que llega ya está condenado a la sombra antes de pronunciar su primera homilía, entonces hay que hacerse una pregunta que ninguna peña va a responder por nosotros: ¿qué clase de memoria tiene esta comunidad? ¿Tiene alguna, en rigor, que no sea la del último que pasó?

Una comunidad que solo recuerda al cura que se va —y olvida, en el mismo gesto, a los que la formaron antes— no está honrando a nadie.

Está confesando, sin saberlo, que no tiene historia propia.

Que su identidad no reposa en el Evangelio recibido, en los sacramentos celebrados, en las generaciones que se sostuvieron mutuamente la fe a lo largo de décadas, sino en la simpatía personal del que ocupó el ambón los últimos años.

Eso no es gratitud. Es amnesia con aplausos.

Y hay algo más, todavía menos cómodo. El Concilio Vaticano II no dejó dudas: el pueblo de Dios no es un rebaño huérfano que necesita un pastor irremplazable para no dispersarse.

Es sujeto de su propia Fe, portador él mismo del sentido de lo creído, capaz de sostenerse en la fidelidad más allá de quién lo conduzca circunstancialmente.

Si una parroquia se siente “huérfana” cada vez que cambia el párroco, el problema no es teológico, es de autopercepción: seguimos pensándonos como menores de edad eclesial, incapaces de pararnos sin un padre visible que nos sostenga la mano.

¿Hemos crecido? ¿Hemos madurado como comunidad, o seguimos necesitando que alguien —el cura de turno— nos diga quiénes somos, en lugar de saberlo nosotros mismos, más allá de quien pase por la sacristía?

Conviene detenerse un momento en lo que realmente está en juego detrás de esa pregunta.

Porque no se trata solo de un exceso retórico en un brindis, ni de la torpeza ocasional de un orador entusiasmado.

Se trata de un síntoma que se repite, con variaciones, cada vez que una comunidad necesita depositar su identidad en una figura visible para sentir que existe.

Lo vimos con discursos similares en otras despedidas, en otros aniversarios, en otras “épocas doradas” que siempre resultan ser, sospechosamente, la época del que se está yendo o ya se fue.

El patrón es el mismo: mientras dure el cariño hacia el protagonista de turno, la comunidad cree tener historia; en cuanto cambia el protagonista, la historia parece empezar de cero.

Eso no es Fe madura. Es nostalgia disfrazada de gratitud, y nostalgia que, además, le hace un flaco favor al que se va —reducido a una comparación imposible de sostener en el tiempo— y un favor todavía peor al que llega, condenado de antemano a un examen que no pidió rendir.

La pregunta queda abierta. Pero hay un dato que no podemos esquivar: el nuevo párroco no llega a una sala vacía. Llega a una comunidad que tiene, delante de sí, una oportunidad que no depende de él.

La oportunidad de demostrarse a sí misma —no al cura que se va, no al que llega— quién es cuando nadie está mirando desde el ambón.

Quizás la verdadera prueba de madurez no se da en la despedida sino en lo que sigue: en cómo recibimos al que llega sin pedirle que sea otro, en cómo sostenemos la liturgia, la catequesis, la caridad concreta del barrio, sin que dependa de quién esté al frente.

Si eso se sostiene, habremos aprendido algo.

Si no, en la próxima despedida volveremos a descubrirnos huérfanos, y la pregunta de fondo —quiénes somos cuando el cura cambia— seguirá, como ahora, sin respuesta.

©Catolic.ar

SIN COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Exit mobile version