Esperando al nuevo párroco

Una comunidad que vivió algo bueno tiene derecho a soñar con algo mejor.


Hay un momento peculiar en la vida de una parroquia que no figura en ningún manual de pastoral, pero que todo feligrés experimentado conoce bien: el tiempo de la espera.

El párroco anterior se fue —o está por irse—, el nuevo todavía no llegó, y la comunidad queda suspendida en ese intervalo raro que no es ni duelo ni fiesta, sino algo más parecido a una vigilia

Se reza, se especula, se recuerda, se espera.

En nuestra parroquia estamos viviendo eso ahora mismo.

No voy a usar este espacio para hacer una crónica del párroco que se va. Fue poco tiempo —menos de cinco años—, pero fue tiempo real, con momentos de genuina comunión y también con las inevitables irregularidades que tiene toda relación humana dentro de una institución tan compleja como la Iglesia.

Hubo cercanía. Hubo distancia. Hubo momentos en que la comunidad se sintió escuchada y otros en que se sintió ignorada. Eso, en términos honestos, es lo que hay que decir.

Pero no es sobre él que quiero escribir. Es sobre nosotros. Y sobre lo que esperamos.


El párroco como institución (y como persona)

Antes de hablar de esperanzas, conviene nombrar la paradoja.

En la Iglesia Católica, el párroco es simultáneamente una persona y una institución.

Es un hombre concreto, con su historia, sus limitaciones, su carisma particular; y al mismo tiempo es el titular de una función canónica que le otorga una autoridad considerable sobre la vida litúrgica, catequética, administrativa y pastoral de la parroquia.

Este doble carácter —persona e institución— hace que cada cambio parroquial sea siempre algo más que un simple relevo de personal.

Cuando llega un nuevo párroco, no solo llega un hombre. Llega una manera de concebir la misión.

Una escala de prioridades. Un estilo de relación con los laicos. Una idea —explícita o implícita— sobre qué es la parroquia y para qué existe.

Por eso la espera no es inocente. La comunidad, aunque no lo formule así, está esperando una eclesiología encarnada en una persona.

Y en ese sentido, el carisma que un sacerdote porta —aquello que lo formó por dentro antes de llegar a cualquier parroquia— no es un detalle menor. Es, en cierto modo, la gramática con la que va a leer la realidad que encuentra.


Lo que aprendimos en estos años

Toda experiencia parroquial, incluso la más breve, deja algo. En estos años aprendimos —o confirmamos— algunas cosas que vale la pena decir en voz alta antes de que llegue el nuevo párroco, precisamente para que no se pierdan en el ruido del recomienzo.

Aprendimos que la cercanía importa. Cuando el sacerdote conoce los nombres, cuando pregunta, cuando aparece en los momentos que no son estrictamente litúrgicos, algo se activa en la comunidad que no tiene equivalente institucional.

No es algo que pueda suplirse con estructuras o programas. Es presencia. Y su ausencia —cuando ocurre— se siente como un frío particular.

Aprendimos que la irregularidad desgasta. Las comunidades toleran casi cualquier estilo pastoral, siempre que sea consistente. Lo que erosiona la confianza no es tanto la distancia o la cercanía, sino la alternancia impredecible entre ambas.

Cuando no se sabe cómo va a estar el párroco esta semana, la comunidad aprende a protegerse, y esa protección tiene un costo espiritual.

Aprendimos que los laicos tienen memoria. Y que esa memoria no es resentimiento: es sabiduría acumulada.

Cada grupo de catequistas, cada coro, cada coordinador de caritas, cada ministro de la Eucaristía lleva dentro una historia de iniciativas que florecieron y de otras que fueron truncadas por un cambio de párroco.

Esa historia merece ser escuchada. No para quedar atrapados en ella, sino para no repetir errores evitables.


Tres cosas que esperamos

Seré concreto. No en nombre de toda la comunidad —no tengo ese mandato—, sino como laico comprometido con más de dos décadas de ministerio activo, como cronista de lo que veo y escucho en los pasillos de la parroquia y en las conversaciones después de misa.

Primera esperanza: que nos escuche.

No que nos consulte en todo —eso sería ingenuo—. El párroco tiene su propia responsabilidad pastoral y su propio discernimiento.

Pero hay una diferencia enorme entre un sacerdote que toma decisiones sobre los laicos y uno que las toma con los laicos, después de haber escuchado. Esa diferencia no es solo de estilo: es teológica.

El Concilio Vaticano II fue explícito en reconocer que el Espíritu Santo actúa en todo el Pueblo de Dios, no solo en la jerarquía.

La sinodalidad que el Papa Francisco promovió insistentemente no es una moda ni una concesión política: es una forma de tomar en serio esa convicción conciliar.

Hay espiritualidades que forman para esto. Que entrenan al sacerdote en la escucha antes que en el mando, en el servicio antes que en la autoridad, en la fraternidad antes que en la distancia.

No son espiritualidades de moda: tienen siglos de práctica y de santos que las avalan.

Y cuando un sacerdote viene formado en esa escuela, se nota.

No en los discursos: en el gesto, en la disponibilidad, en la manera en que trata al que no tiene nada que ofrecerle.

Esperamos un párroco que quiera conocer los ministerios existentes. Que pregunte qué estamos haciendo y por qué. Que no llegue con un proyecto prefabricado que borre lo que había sin siquiera haberlo visto funcionar.

Segunda esperanza: que mire hacia afuera.

Una parroquia que solo se ocupa de sus propios fieles es una parroquia que está muriendo, aunque sus bancas estén llenas.

La misión no es mantener: es salir. Y salir, en el contexto de una ciudad como la nuestra, significa mucho más que misiones esporádicas o campañas de Adviento.

Significa presencia en los barrios, atención a los que están lejos de la Iglesia por herida o por indiferencia, disposición a encontrar a Cristo donde está —que es, según Mateo 25, en los márgenes.

Hay una imagen que me ronda desde hace tiempo y que creo que capta bien lo que esperamos: la del sacerdote que no espera que la gente venga a él, sino que sale a buscarla.

Que no gestiona desde el escritorio sino que camina. Que conoce las calles del barrio tanto como el sagrario.

Que considera los pobres —los pobres de toda clase, no solo los económicos— como su primer interlocutor y no como una obra social anexa a la parroquia principal.

Esa figura tiene raíces profundas en la historia de la Iglesia. Y cuando aparece encarnada en un párroco concreto, la parroquia entera cambia de temperatura.

Esperamos un párroco que entienda que su parroquia no termina en el atrio de la iglesia.

Que lo que sucede en el barrio, en las familias, en las vidas rotas de gente que nunca va a misa le concierne tanto como lo que sucede en la liturgia dominical.

Tercera esperanza: que construya comunidad real.

Esta es quizás la más difícil de formular sin caer en el lugar común.

No hablamos de actividades comunitarias ni de grupos de pertenencia, aunque eso también importa.

Hablamos de algo más hondo: de un estilo de conducción que haga que la gente quiera estar, contribuir, crecer.

Existe una forma de liderazgo pastoral que podríamos llamar fraterno: el sacerdote que no se sitúa por encima de la comunidad sino en medio de ella, que comparte la mesa y no solo la preside, que llama hermanos a los laicos y lo dice en serio.

No es una postura de simpatía superficial. Es una convicción teológica sobre la naturaleza de la Iglesia: el Pueblo de Dios antes que la pirámide clerical, la comunión antes que la jurisdicción.

Un estilo que no infantilice a los laicos, que no trate el ministerio laical como una delegación revocable según el humor del momento, que no concentre en el párroco todas las decisiones que perfectamente podrían ser tomadas de manera más distribuida.

Que sepa alegrarse —con alegría genuina, no protocolar— cuando la comunidad florece.

Que tenga la sencillez interior suficiente para que el protagonismo no le importe demasiado.

La comunidad que tiene vida propia —que no depende exclusivamente del carisma o la energía de su párroco para funcionar— es la comunidad más resiliente. Y construir eso requiere un sacerdote que no necesite ser el centro.


Una nota sobre la esperanza misma

Escribo esto con la conciencia de que la esperanza puede ser una forma elegante de la queja. “Esperamos que el nuevo párroco escuche” puede ser una crítica velada al anterior.

No quiero eso. O al menos, no solo eso.

La esperanza que describo aquí no nace del desencanto sino de la experiencia.

Hemos visto —en esta parroquia y en otras— lo que es posible cuando hay un sacerdote que realmente entiende su rol en relación a los laicos.

Hemos visto comunidades que se transforman cuando alguien llega con disponibilidad genuina, con ese extraño don de hacer que cada persona que se le acerca sienta que es la única que importa en ese momento.

Esa cualidad —que algunos llaman carisma y que en realidad es una forma de la caridad— no se aprende en los manuales. Nace de una manera de habitar la propia vocación.

El Catecismo dice que la esperanza es “la virtud teologal por la que deseamos como nuestra felicidad el Reino de los cielos y la vida eterna, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en el socorro de la gracia del Espíritu Santo” (CEC 1817).

Esa definición, aplicada a la vida parroquial concreta, tiene consecuencias prácticas: significa que esperamos no porque merezcamos ni porque hayamos negociado nada, sino porque el Espíritu actúa también en los procesos institucionales de la Iglesia, incluido el modo en que un obispo elige a quién enviar.

Y a veces el Espíritu sorprende. A veces manda exactamente lo que la comunidad necesitaba sin saber que lo necesitaba.

Confiamos en eso. Y esperamos.


Un pedido a quien llegue

Si por alguna casualidad este texto llega a ojos del sacerdote que viene —cosa improbable pero no imposible—, quisiera decirle algo directamente.

Llegás a una comunidad que tiene historia. Que tiene heridas, como todas las comunidades, pero también tiene músicos que llevan años sosteniendo la liturgia con una dedicación que no figura en ningún presupuesto.

Tiene catequistas que vuelven año tras año. Tiene gente que reza, que acompaña, que visita enfermos, que limpia la iglesia sin que nadie se los pida.

Tiene laicos que llevan décadas en el ministerio, que no necesitan validación pero sí, de vez en cuando, quieren sentir que lo que hacen importa para alguien que tiene autoridad de decirlo.

No llegués con el plan ya cerrado. Llegá con preguntas. Mirá primero. Escuchá antes de reorganizar.

Y si tu manera de entender el sacerdocio incluye esa capacidad de ponerte al nivel del otro —de bajar, en el mejor sentido de la palabra—, vas a encontrar una comunidad que te va a responder con una generosidad que quizás te sorprenda.

Hay algo que los laicos reconocemos de inmediato en un sacerdote, aunque no siempre sepamos nombrarlo: si viene a servir o a ser servido.

Si la parroquia es para él un territorio que administrar o una familia con la que vivir.

Si los pobres, los descartados, los que están lejos, son para él una preocupación periférica o el corazón mismo de su misión.

Eso no se declama. Se ve. Y cuando se ve, cambia todo.

Todos los que seguimos en esto —después de años, después de cambios, después de decepciones y de alegrías— seguimos porque creemos que la Iglesia vale la pena.

Que la parroquia, con todas sus limitaciones institucionales, sigue siendo el lugar donde la mayoría de los bautizados viven su Fe. Que hay algo irreemplazable en la comunidad que comparte la Eucaristía, que ora junta, que se acompaña en los momentos oscuros.

Te esperamos con esa convicción. Y con las manos abiertas. . .


Este artículo fue escrito desde la experiencia de un laico comprometido con su parroquia, sin pretensión de hablar en nombre de nadie más que de sí mismo. Las opiniones aquí vertidas son personales y no representan posición institucional alguna.


©Catolic.ar

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Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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