Después de la adoración, ¿qué?

Sobre el devocionismo que nos consuela sin transformarnos, y la tentación clerical de fabricar sacristanes con traje en lugar de laicos en misión.

Imaginemos la escena. Un hombre sale de una hora de adoración eucarística. Ha estado de rodillas ante el Santísimo, en silencio, con genuina devoción.

Camina hacia el estacionamiento, sube al auto, y en la calle,usa la bocina con el conductor que va adelante muy despacio.

Llega a su trabajo y trata a su empleado con falsa condescendencia.

Vuelve a casa y no escucha o ignora lo que le refiere su esposa.

¿Qué falló? ¿La adoración?

No. Falló algo anterior a la adoración y posterior a ella: la comprensión de para qué sirve encontrarse con Dios.

La pregunta que nadie hace

Existe en la vida devocional católica argentina una secuencia que se repite con admirable constancia.

La novena de tal santo. La hora santa del primer viernes. La consagración al Inmaculado Corazón de María. El rosario diario. La adoración nocturna. El Via Crucis de los viernes de Cuaresma. La peregrinación anual. La misa de los primeros sábados.

Cada una de estas prácticas tiene un valor real, una historia larga, una justificación teológica.

No estamos cuestionando ninguna de ellas. Estamos haciendo una pregunta diferente, más incómoda, que raramente se formula desde el ambón:

Después de la adoración, ¿qué?

Después de la novena, ¿qué?

Después de la consagración, ¿qué?

Después de la peregrinación, ¿qué?

Después de todo esto junto, ¿qué?

La pregunta no es retórica. Es la pregunta más seria que puede hacerse un católico adulto sobre su vida espiritual.

Porque si la respuesta es: “más adoración”, “otra novena”, “la siguiente consagración”… entonces algo está profundamente mal.

No en las devociones. En la comprensión de la Fe que las sostiene.

El error de confundir el medio con el fin

La adoración eucarística no es el destino. Es el combustible. El destino es el mundo.

— Joseph Ratzinger, El Espíritu de la Liturgia

La liturgia, los sacramentales, las devociones populares son —en el lenguaje técnico de la teología— medios de santificación. No son la santidad misma. Son el camino, no el destino. Son el agua que te hidrata para correr la carrera, no la llegada a la meta.

Cuando Romano Guardini escribió su célebre El Espíritu de la Liturgia a principios del siglo XX, advirtió con precisión casi profética sobre un riesgo latente en el alma religiosa: el de quedar atrapado en la forma exterior de la piedad, transformando el medio en fin, el gesto en sustituto de la conversión real.

La liturgia, decía Guardini, no educa al hombre para el templo. Lo educa para el mundo.

El Concilio Vaticano II recogió esta intuición con una claridad que todavía no termina de asimilarse. La Lumen Gentium no dice que los laicos deben participar de la vida de la Iglesia ad intra.

Dice, en su número 31, algo mucho más preciso: los laicos tienen como vocación propia buscar el Reino de Dios “gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios“.

Su lugar no es el presbiterio. Su lugar es el mundo.

Los fieles laicos deben comprender que no sólo pertenecen a la Iglesia, sino que ellos son la Iglesia.

— Lumen Gentium, 31 — Concilio Vaticano II

Este texto es tan claro que su oscurecimiento sistemático en la práctica pastoral ordinaria sólo puede explicarse por una resistencia —consciente o no— a sus consecuencias.

El cortocircuito del Mateo 25

Hay un pasaje evangélico que debería leerse en cada hora santa, en cada novena, en cada peregrinación. No como acusación. Como brújula.

Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, forastero y te alojamos, desnudo y te vestimos, enfermo o preso y fuimos a verte? Y el Rey les responderá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.

— Mateo 25, 37-40

El texto no habla de la eucaristía. No habla de la adoración. No habla de novenas ni consagraciones. Habla del hambriento, del sediento, del forastero, del desnudo, del enfermo, del preso. Y dice algo que tendría que dejar sin palabras a cualquier devoto: que Cristo está ahí, en esos rostros, esperando ser reconocido.

La pregunta que Mateo 25 le hace a nuestra vida devocional no es “¿cuántas horas pasaste ante el Sagrario?”. La pregunta es: “¿Reconociste mi rostro en el que sufre?”.

Porque si la adoración eucarística no está educando nuestra mirada para ver a Cristo en el marginado, en el enfermo, en el migrante, en el empleado humillado, en la mujer sola que cría a sus hijos… entonces hemos adorado ante el Sagrario pero no hemos adorado a Cristo.

Esa es una afirmación teológicamente seria.

Y es refrendada por toda la tradición: desde los Padres de la Iglesia hasta Benedicto XVI, desde Juan Crisóstomo hasta la Caritas in Veritate.

Benedicto XVI: el amor que no puede dividirse

El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables; en el mínimo ser humano encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios.

— Deus Caritas Est, 15 — Benedicto XVI

La encíclica Deus Caritas Est de Benedicto XVI, publicada en 2005, es quizás el texto magisterial más preciso sobre este punto. Ratzinger no pone en duda el amor a Dios. Pone en duda que ese amor pueda existir genuinamente sin el amor al prójimo. No como virtud añadida. Como prueba de autenticidad.

Lo que Benedicto señala es que el cristiano que dice amar a Dios pero no ama concretamente al prójimo —especialmente al que sufre— está mintiendo. No en sentido moral inmediato. En sentido teológico estructural: ha cortocircuitado la lógica interna del amor divino.

Porque la lógica del amor de Dios es encarnación. Dios no se quedó en el cielo enviando novenas.

Vino. Tocó al leproso. Comió con el publicano. Habló con la samaritana.

Dejó que María Magdalena lo ungiera. Y murió entre dos ladrones.

El amor de Dios no es contemplativo en sentido pasivo: es radicalmente activo, radicalmente encarnado, radicalmente dirigido al que sufre.

La vida devocional que no imita esa estructura no es cristiana en sentido pleno. Es, en el mejor de los casos, una religiosidad natural que ha tomado prestados algunos signos católicos.

La tentación clerical: fabricar sacristanes con traje

Aquí la interpelación se hace más incómoda. Y más necesaria.

Existe en la pastoral ordinaria argentina —y no sólo argentina— una tendencia documentada y preocupante: la de proponer a los fieles laicos un modelo de santidad calcado del modelo sacerdotal o religioso.

Más horas de adoración. Más novenas. Más consagraciones. Más grupos de oración. Más retiros. Más sacramentales. Más tiempo en el templo.

A primera vista parece celo apostólico. De cerca, es algo diferente: es la imposición inconsciente del horizonte espiritual propio del sacerdote sobre una persona que tiene una vocación radicalmente distinta.

El sacerdote tiene sentido pleno en el altar, en el sagrario, en el oficio litúrgico. Es su lugar natural, su vocación específica, el espacio donde su consagración se realiza plenamente.

Para él, más horas ante el Santísimo son exactamente lo que debe ser: la fuente de su ministerio.

Pero el laico no es un sacerdote sin sotana. El Decreto Apostolicam Actuositatem del Vaticano II lo expresa con una contundencia que todavía escuece en muchos ambientes parroquiales: el laico santifica el mundo “desde adentro”, no desde el altar.

Su lugar es la empresa, la política, la familia, la cultura, la ciencia, el arte, el barrio, la escuela. Su vocación específica es transformar las estructuras temporales según el Evangelio.

El apostolado de los laicos es participación en la propia misión salvífica de la Iglesia; todos están destinados a este apostolado por el Señor mismo a través del bautismo y la confirmación.

— Apostolicam Actuositatem, 2 — Concilio Vaticano II

Cuando un sacerdote —con la mejor intención del mundo— convierte a sus fieles laicos en devotos de sacristía que no salen a transformar el mundo, no los está santificando. Los está domesticando. Los está reduciendo a una versión empobrecida de lo que están llamados a ser.

El Papa Francisco lo dijo con una franqueza que incomodó a muchos en Evangelii Gaudium: “el clericalismo lleva a la homologación del laicado“. Es decir: lo hace igual al clero, borrando su identidad propia, su misión específica, su lugar irreemplazable en la transformación del mundo.

No se puede evangelizar el mundo desde la sacristía.

No se puede transformar las estructuras de pecado desde el banco de la iglesia.

No se puede ser presencia de Cristo en el mundo si uno pasa todo su tiempo disponible dentro del templo.

Mística y misión: la unión que transforma

Nada de lo anterior implica que la contemplación sea un error o que las devociones sean superfluas.

La tradición mística cristiana es unánime en un punto: la unión profunda con Dios no repliega al hombre sobre sí mismo. Lo lanza hacia afuera.

Teresa de Ávila, la más grande mística del siglo XVI, pasó décadas en profunda oración contemplativa.

Y escribió el Castillo Interior. Y reformó la Orden Carmelita. Y fundó diecisiete conventos. Y mantuvo una correspondencia política que habría agotado a cualquier diplomático.

La mística auténtica no produce quietismo. Produce una energía apostólica que el activismo puro nunca puede generar.

Ignacio de Loyola salió de la cueva de Manresa completamente transformado. No salió con un programa de novenas.

Salió con una visión del mundo como campo de batalla entre el bien y el mal, y con el deseo ardiente de poner todas sus capacidades al servicio de Cristo.

La contemplación lo había preparado para la acción total.

Juan de la Cruz, quizás el más radical de los contemplativos, escribió algo que pocos devotos modernos se atreven a citar: “Al atardecer de la vida, te examinarán en el amor“.

No en la cantidad de novenas. No en las horas de adoración. En el amor.

Es decir: en lo que hiciste con lo que Dios puso en tus manos para servir a los demás.

La diferencia entre la devoción que alimenta y el devocionismo que atrapa está exactamente aquí: la primera produce fruto hacia afuera; el segundo circula sobre sí mismo.

La primera abre los ojos para ver a Cristo en el sufriente; el segundo los cierra para no ver más que la consolación interior.

El mundo que espera

Mientras debatimos sobre cuántas novenas son suficientes, el mundo que nos rodea presenta una realidad que interpela con una urgencia que no admite demora.

En la Argentina de hoy, el 40% de la población está bajo la línea de pobreza.

Hay niños que se duermen con hambre a pocas cuadras de capillas donde se celebran horas santas.

Hay ancianos que mueren solos en habitaciones que no tienen calefacción, mientras comunidades parroquiales organizan peregrinaciones.

Hay jóvenes atrapados en adicciones devastadoras que nadie fue a buscar, mientras los grupos de oración se congratulan por su piedad.

No es un reproche. Es una descripción. Y es la descripción que Mateo 25 convierte en pregunta definitiva: ¿Dónde estabas cuando yo tenía hambre?

La Iglesia no existe para sí misma. Esta afirmación, que el Vaticano II puso en el centro de su eclesiología y que Pablo VI desarrolló en Evangelii Nuntiandi, no es una opción entre otras.

Es la definición misma de la Iglesia. Una Iglesia que sólo cuida a sus devotos es una contradicción en los términos. Es una lámpara bajo el celemín. Es sal que perdió su sabor.

La Iglesia existe para evangelizar, es decir, para llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad.

— Evangelii Nuntiandi, 14 — Pablo VI

La pregunta entonces no es si la adoración es buena. Lo es. La pregunta es: ¿qué produce en vos? ¿Te hace más sensible al dolor ajeno o más satisfecho con tu propia piedad? ¿Te lanza hacia el mundo o te protege de él? ¿Te hace más libre para servir o más dependiente de la consolación?

Una espiritualidad laical adulta

Lo que la Iglesia necesita hoy —y lo que el Vaticano II pidió con palabras que siguen esperando ser cumplidas— no son laicos que imiten al sacerdote en su modelo de santidad.

Necesita laicos que sean plenamente lo que son: hombres y mujeres de Fe que habitan el mundo con todo su peso, que no huyen de él hacia el templo, sino que entran al mundo llevando al Señor consigo.

Eso requiere oración. Requiere vida sacramental. Requiere silencio y contemplación.

Pero todo eso en función de la misión, no en sustitución de ella.

La adoración eucarística que no termina en un corazón más disponible para el hermano que sufre ha quedado incompleta. No fallida. Incompleta.

El laico adulto en la Fe no necesita más novenas. Necesita saber qué hace con lo que ya tiene. Necesita discernir en qué parte del mundo está llamado a ser presencia del Evangelio.

Necesita preguntarse, con honestidad, si su vida parroquial lo está formando para salir o lo está reteniendo dentro.

Y quizás necesita preguntarle con respeto y con franqueza a quienes lo acompañan pastoralmente: ¿Me están formando para ser laico en misión, o me están formando para ser un buen feligrés de sacristía?

No es la misma cosa. Nunca lo fue.

Conclusión: la adoración que transforma

La adoración es verdadera cuando transforma. La novena es válida cuando produce fruto. La consagración tiene sentido cuando cambia la vida que consagra. La devoción es auténtica cuando educa el deseo y lo orienta hacia el bien del prójimo.

Si después de años de vida devocional intensa seguís siendo tan indiferente al sufrimiento ajeno como antes, tan cómodo con la injusticia cercana, tan ajeno al mundo que agoniza a pocas cuadras de tu parroquia… entonces hay que preguntarse con valentía si la espiritualidad que estás practicando es la de Cristo o la de un sustituto confortable.

Cristo no vino a consolar a los ya consolados. Vino a sanar a los enfermos, a liberar a los cautivos, a dar la vista a los ciegos, a anunciar a los pobres la Buena Noticia.

Y nos dijo, sin margen para la ambigüedad: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Juan 20, 21).

Después de la adoración del Santísimo, entonces, ¿qué?

Esto: salir. Salir con los ojos abiertos, con el corazón encendido, con las manos disponibles.

Salir a reconocer el rostro de Cristo en cada ser humano que sufre. Salir a ser, en el mundo, lo que acabamos de adorar en el altar.

Eso es lo que significa ser laico. Eso es lo que significa haber adorado de verdad.

©Catolic.ar

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Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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