Hay una pregunta que casi nunca se formula en voz alta, ni en la sacristía ni en el retiro anual, ni siquiera en la dirección espiritual cuando esta existe: ¿en qué momento dejé de predicar lo que creo y empecé a predicar lo que el ambiente tolera?
No es una pregunta retórica. Es la pregunta que debería abrir, con method y sin condescendencia, el examen de conciencia de cualquier sacerdote joven que haya sido ordenado en las últimas dos décadas y destinado a un presbiterio donde el aire que se respira —en la curia, entre los pares, en las expectativas de la gente— empuja sistemáticamente hacia la comodidad doctrinal antes que hacia la fidelidad costosa.
El cura joven no decae de golpe.
No hay un día en que decida dejar de creer lo que el Magisterio enseña sobre la vida, la sexualidad, el pecado, la conversión. Lo que ocurre es más sutil y, por eso mismo, más peligroso: una serie de pequeñas acomodaciones, cada una justificable en el momento, que terminan configurando un sacerdote que ya no reconoce su propia voz cuando la escucha grabada.
Por qué un examen y no un diagnóstico
San Ignacio no diseñó el examen de conciencia como un ejercicio de autocrítica genérica, sino como una herramienta de precisión: identificar mociones concretas, nombrarlas, y discernir su origen.
Eso es exactamente lo que necesita un sacerdote que sospecha —como me escribía hace poco un párroco rural— que está “firmado en un ambiente liberal” y no quiere “decaer en tiempos de relativismo”.
No alcanza con la intuición de que algo no está bien. La intuición sin método se disuelve en la rutina pastoral de la semana siguiente. Lo que sigue es un intento de traducir esa intuición en preguntas concretas, organizadas según la estructura clásica del examen ignaciano: dar gracias, pedir luz, repasar, pedir perdón, proponer enmienda. Pero aplicado, sin metáforas, a la vida ministerial real de un presbítero hoy.
Primer momento: dar gracias por lo que todavía no se perdió
Antes de buscar la falla, conviene nombrar lo que permanece intacto. ¿Sigo creyendo, sin reservas internas, en la presencia real en la Eucaristía? ¿Sigo creyendo que el pecado existe como categoría real y no solo como construcción cultural superada? ¿Sigo creyendo que mi ordenación me constituyó en signo de algo que no fabriqué yo?
Si la respuesta a estas preguntas es sí —incluso con dudas, incluso con cansancio— hay una base sobre la cual trabajar.
El examen no es un tribunal que dictamina culpabilidad total; es un instrumento de precisión sobre zonas específicas de erosión.
Segundo momento: pedir luz para ver lo que se evita
Acá empieza el trabajo más incómodo. La pregunta no es “¿qué predico?” sino “¿qué dejé de predicar, y desde cuándo?”.
¿Hay temas que evito sistemáticamente en la homilía porque sé que generan incomodidad? No me refiero a la prudencia pastoral legítima —elegir el momento, el tono, la gradualidad catequética—, sino a la evitación lisa y llana, sostenida en el tiempo, de contenidos que el Magisterio enseña con claridad y que yo simplemente dejé de mencionar.
¿Cuándo fue la última vez que prediqué sobre el pecado mortal sin diluirlo en “fragilidad humana”? ¿Sobre la indisolubilidad matrimonial sin agregar inmediatamente una cláusula de comprensión que termina vaciando la enseñanza? ¿Sobre la necesidad de la confesión sacramental, y no solo del “perdón que Dios siempre da”?
¿Hay celebraciones litúrgicas que adapto —en el lenguaje, en los gestos, en la música— no por una genuina creatividad pastoral sino por miedo a que grupos o personas, que sostiene económicamente o socialmente la parroquia se incomode y se vaya?
¿Cuántas veces, en una conversación informal con colegas más liberales, dejé pasar una afirmación doctrinalmente problemática por no generar tensión, cuando una palabra mía —dicha con caridad, no con violencia— podría haber sido un signo de contradicción necesario?
Tercer momento: repasar el origen de la moción
Acá es donde el examen se vuelve verdaderamente ignaciano. No basta con identificar la acomodación; hay que preguntarse de dónde viene la moción que la produce.
¿Evito ese tema porque el Espíritu me está mostrando una forma más misericordiosa de anunciarlo —lo cual es legítimo y deseable— o porque tengo miedo?
¿Miedo a qué, concretamente? ¿A la crítica del obispo o de pares más “abiertos”?
¿A quedar mal posicionado para un eventual traslado o ascenso dentro de la estructura diocesana?
¿A la soledad de ser percibido como “rígido” en un presbiterio que valora sobre todo la simpatía y la adaptabilidad?
San Ignacio enseña que el espíritu malo entra como amigo y sale como enemigo: empieza ofreciendo razones aparentemente pastorales —”no hay que asustar a la gente”, “hay que acompañar sin juzgar”— y termina dejando al sacerdote sin nada propio para ofrecer, convertido en un administrador simpático de una institución que ya no cree en lo que dice.
La pregunta de discernimiento es siempre la misma: ¿esta moción me acerca a la fidelidad costosa que pide el Evangelio, o me instala cómodamente en la aprobación del ambiente?
Cuarto momento: pedir perdón sin caer en el escrúpulo
Es importante decir esto con claridad: el objetivo de este examen no es producir culpa paralizante ni escrúpulo neurótico. Un cura que termina este ejercicio sintiéndose un fraude total no ha hecho un buen examen; ha hecho un mal examen, porque el fruto del verdadero discernimiento ignaciano es siempre la paz operativa, no la angustia.
Pedir perdón acá significa nombrar concretamente —ante Dios, y si es posible ante un confesor o director espiritual de confianza— las acomodaciones identificadas, sin generalizar (“soy un mal cura”) y sin minimizar (“todos hacen lo mismo”).
La generalización y la minimización son las dos formas más comunes de evitar el verdadero arrepentimiento, que siempre es concreto.
Quinto momento: proponer enmienda con gestos pequeños y sostenibles
El error más común de quien hace este examen por primera vez es proponerse una conversión heroica e inmediata: predicar mañana mismo sobre todos los temas evitados, confrontar a todo el presbiterio, asumir el rol de cruzado solitario.
Esto casi siempre termina en agotamiento, aislamiento o, peor, en un abandono silencioso del propósito a las pocas semanas.
La propuesta de enmienda ignaciana es siempre concreta, modesta y sostenible. Algunos ejemplos de gestos posibles:
Elegir un solo tema evitado y prepararlo con cuidado para predicarlo en las próximas semanas, no como confrontación sino como anuncio gozoso de lo que se cree.
Buscar —aunque cueste encontrarlo en el propio presbiterio— un interlocutor, sacerdote o laico formado, con quien poder hablar sin filtro sobre estas tensiones, para no atravesar el discernimiento en soledad absoluta.
Sostener un tiempo fijo y breve de oración personal centrado específicamente en pedir la gracia de la valentía pastoral, distinguida de la imprudencia y de la rigidez.
Releer, aunque sea de forma fragmentaria, algún texto magisterial sobre la identidad sacerdotal —no como estudio académico sino como recordatorio de lo que la propia ordenación significó—, para reconectar con el origen de la vocación antes de que el ambiente termine de reescribirla.
El cura que hace este examen no está solo, aunque lo sienta así
Vale la pena cerrar con algo que no es un paso del método sino una constatación pastoral: el sacerdote que llega a hacerse estas preguntas, incluso con miedo de las respuestas, ya está en mejor posición que la mayoría de quienes nunca se las formulan.
La decadencia silenciosa que erosiona vocaciones no avanza en quienes se examinan; avanza precisamente en la falta de examen, en la rutina que nunca se detiene a mirarse.
Un párroco rural que escribe pidiendo ayuda para “no decaer en tiempos de relativismo” ya ha dado el primer paso del discernimiento: ha nombrado el riesgo.
Lo que sigue no es una fórmula mágica ni un manual de resistencia ideológica, sino exactamente esto: la disciplina humilde y sostenida de mirar, con honestidad ignaciana, qué se predica, qué se evita, y por qué.
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