Este miércoles, en Écône, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X consumó lo que anunció desde febrero: consagró a cuatro obispos sin mandato papal y cayó, junto con sus consagrantes, en excomunión automática.
No fue un accidente doctrinal ni un exceso de celo pastoral. Fue una decisión deliberada, anunciada con meses de antelación, empaquetada —literalmente— en una caja de vinos de edición limitada, y sostenida hasta el final pese al ruego personal del Papa.
Esto es cisma. Sin comillas, sin atenuantes, sin el paño tibio del “hay que entender el contexto”.
Y quienes lo ejecutaron —con un rector formado durante años en un seminario de la Argentina al frente de toda la operación— lo sabían perfectamente.
Los hechos, sin eufemismos del cisma lefebvrista
El miércoles 1° de julio, en la sede de Écône, en el cantón suizo del Valais, los obispos Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay —los dos únicos supervivientes de los cuatro consagrados ilícitamente por Marcel Lefebvre en 1988— impusieron las manos sobre cuatro sacerdotes de la Fraternidad: el suizo Pascal Schreiber, el estadounidense Michael Goldade y los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier.
La ceremonia, una misa en latín de unas cuatro horas oficiada de espaldas a los fieles, convocó a miles de personas llegadas de distintas partes del mundo hasta el pequeño pueblo del valle del Ródano.
No hubo sorpresa ni improvisación.
El anuncio de las ordenaciones se había hecho público en febrero, y el 26 de mayo la Fraternidad difundió los nombres de los elegidos.
Días antes, el 14 de mayo, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe había ratificado formalmente, en nombre del Papa, que esas ordenaciones carecían de mandato pontificio.
Es decir: hubo tiempo, hubo advertencia oficial y explícita, y hubo, sobre todo, una carta personal del Papa León XIV al superior general de la Fraternidad, Davide Pagliarani, enviada apenas dos días antes de la ceremonia, en la que el Pontífice suplicaba que se diera marcha atrás y calificaba lo que estaba por ocurrir como un acto cismático que volvería a desgarrar la túnica de Cristo.
Pagliarani respondió agradeciendo el gesto “paterno” del Papa y, acto seguido, seguido de sus dudas iniciales sobre si León XIV sería un interlocutor más flexible que Francisco, decidió proceder de todos modos.
No estamos, entonces, ante un grupo acorralado por la necesidad. Estamos ante una estructura que evaluó conscientemente sus opciones, escuchó personalmente el ruego del Vicario de Cristo, y eligió la ruptura.
El argumento de la “necesidad”: una coartada que no resiste el escrutinio
La justificación oficial de la Fraternidad es conocida y se repite casi textualmente desde 1988: un supuesto “estado de necesidad” que obligaría a actuar al margen del derecho canónico para garantizar la continuidad sacramental.
El argumento, esta vez, se apoyaba en un dato concreto —que solo quedaban dos obispos con vida, De Galarreta y Fellay— para sostener que era indispensable ampliar el cuerpo episcopal.
El problema de este argumento no es solo canónico, es lógico.
La Fraternidad cuenta hoy con cientos de sacerdotes, seminarios en varios continentes y una infraestructura estable; no es, ni de lejos, la comunidad misionera aislada en territorio hostil que invocaba Lefebvre cuando apeló al derecho misionero africano para justificar sus primeras transgresiones.
La “necesidad” que se invoca no es la supervivencia física de fieles sin acceso a sacramentos, sino la supervivencia institucional de una estructura paralela que se niega, hace casi sesenta años, a resolver su situación por la única vía que la Iglesia reconoce como legítima: el diálogo doctrinal con Roma y la plena comunión.
Es sintomático que el propio comunicado de la Casa General, al anunciar los nombres de los candidatos en mayo, haya sentido la necesidad de aclarar que la elección “no procede de ninguna voluntad de reivindicar un poder de jurisdicción ni de establecer una autoridad paralela en la Iglesia”.
Quien no comete cisma no necesita explicar, con semanas de anticipación, que no está cometiendo cisma. La insistencia en negarlo no es prudencia: es la confesión, apenas disimulada, de que la propia Fraternidad sabía exactamente cómo iba a leerse su acto y decidió hacerlo de todos modos.
No hay “estado de necesidad” que sobreviva a esa constatación. Hay, en cambio, una estructura que eligió su propia supervivencia institucional por encima de la obediencia debida al Vicario de Cristo, y que ahora necesita maquillar esa elección con el lenguaje de la urgencia pastoral.
Lo que dice el derecho de la Iglesia, sin relativismos
El Código de Derecho Canónico es claro y no admite las lecturas laxas que algunos sectores tradicionalistas intentan sostener: la consagración de un obispo sin mandato pontificio conlleva excomunión latae sententiae, automática, tanto para el consagrante como para el consagrado.
No hace falta que un tribunal la declare para que exista; existe por el solo hecho del acto.
El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ya lo había advertido públicamente antes de la ceremonia, y la reafirmó una vez consumada: los seis obispos de la Fraternidad —los dos veteranos y los cuatro recién consagrados— quedaron automáticamente excomulgados.
Es cierto que existe, desde hace décadas, una discusión académica sobre si el acto configura también cisma formal en sentido estricto, más allá de la excomunión.
Una tesis doctoral de 1995 defendida en la Gregoriana llegó a cuestionar esa calificación para el caso de 1988.
Pero ese debate técnico sobre la tipificación canónica exacta no absuelve moralmente el hecho, y quien lo invoca para relativizar lo ocurrido este miércoles está usando un tecnicismo como coartada.
La ruptura de la comunión visible con el sucesor de Pedro, ejecutada de manera pública, deliberada y reincidente, es cisma en el sentido más elemental de la palabra: una fractura del cuerpo eclesial.
Y esta vez no es la primera. Es la segunda.
Los mismos protagonistas, De Galarreta y Fellay, ya habían sido excomulgados por el mismo motivo en 1988, y ya habían sido perdonados por Benedicto XVI en 2009, en un gesto de misericordia que la Fraternidad —hay que decirlo sin medias tintas— no correspondió con ningún avance doctrinal real, ningún gesto, ninguna señal de reciprocidad.
Dieciocho años después, el mismo grupo, dirigido por los mismos hombres, repite exactamente el mismo gesto de desafío, con la misma escenografía y el mismo desprecio por la autoridad papal.
Eso no es fidelidad a la tradición: es reincidencia lisa y llana, y a la reincidencia no se le debe la misma paciencia pastoral que a la primera falta.
El eje argentino: esto también se gestó en Moreno
Y aquí hay algo que ningún medio católico argentino debería pasar por alto ni despachar en una línea: el hombre que encabezó este desafío, que recibió personalmente la carta de súplica de León XIV y decidió tirarla al cesto, se formó como superior durante casi siete años en suelo argentino.
Davide Pagliarani fue rector del Seminario Nuestra Señora Corredentora de La Reja, Moreno, entre 2012 y 2019, antes de ser electo superior general de la Fraternidad.
No es un dato anecdótico ni un trivia de color: es el dato central para entender por qué la Argentina no puede leer este cisma como algo que ocurre lejos, en un pueblito suizo inaccesible. Ocurre, en buena medida, con matrícula formativa argentina.
El seminario de La Reja no es una capilla marginal. Fundado por el propio Marcel Lefebvre en 1980, es uno de los seis seminarios que la Fraternidad tiene en el mundo, y la Argentina es —según reconoce la propia prensa que cubrió el evento— el país de mayor peso lefebvrista de toda América Latina, con decenas de postulantes formándose allí en este mismo momento.
Por ese seminario pasó también, como rector, el obispo Richard Williamson, expulsado del país por el propio Gobierno argentino tras negar públicamente el Holocausto, y sustituido en el cargo por Alfonso de Galarreta, el mismo obispo que este miércoles impuso las manos sobre los cuatro nuevos consagrados en Écône.
La genealogía es incómoda pero es la que es: negacionismo, expulsión, sucesión, y ahora, cisma consumado por segunda vez con protagonismo directo de cuadros formados en Moreno.
Hay más. Fue nada menos que un cardenal argentino, Víctor Manuel “Tucho” Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, a quien León XIV encomendó el último intento de negociación con Pagliarani antes de la ruptura. Fernández ofreció suspender las ordenaciones para abrir un diálogo doctrinal de fondo.
La Fraternidad lo rechazó de plano, alegando diferencias “irreconciliables” derivadas del Concilio Vaticano II.
Es decir: un argentino tendió la mano en nombre de Roma, y un dirigente formado durante años en la Argentina se la retiró en nombre de la Fraternidad.
Que quede dicho con toda claridad: este cisma tiene apellido argentino en más de un renglón, y nosotros no vamos a mirar para otro lado con el pretexto de que la ceremonia ocurrió en el hemisferio norte.
La retórica del sacrificio y la escenografía del negocio
Hay un detalle que merece ser señalado sin eufemismos porque revela, mejor que cualquier discurso, el espíritu con el que se vivió este acto: junto al altar donde se consumaba una ruptura con Roma, se exhibían barriles de vino de edición limitada —un “Estuche Cuvée Écône 2026” con cuatro botellas conmemorativas— ofrecidos como recuerdo de lo que la propia página web del evento llamaba, sin ironía, un “evento histórico”.
Pagliarani, por su parte, habló de estar “dispuestos a pagar cualquier precio para salvar a la Iglesia” y calificó la jornada de “fiesta”.
Cuesta conciliar el lenguaje del sacrificio y el martirio con la escenografía de un lanzamiento de producto.
Se puede vivir una excomunión con el dolor desgarrado de quien se siente, aunque erróneamente, empujado a un callejón sin salida; o se puede vivir como una celebración triunfal, con mercadising incluido.
Écône eligió la segunda opción, y esa elección dice más sobre el verdadero estado espiritual del movimiento que cualquier documento doctrinal que pueda producir su casa general.
No es la actitud de quien se resigna con dolor a una ruptura que no quería; es la actitud de quien la ha buscado y ahora la celebra.
Resulta significativo, además, que en medio de la ceremonia cismática se haya rezado “por el Santo Padre” y “por la Iglesia católica“.
Esa yuxtaposición —desobedecer públicamente al Papa mientras se ora formalmente por él— no es una contradicción menor: es el síntoma exacto de una eclesiología quebrada, en la que se mantiene el vocabulario de la comunión mientras se destruyen, en los hechos, sus condiciones de posibilidad.
Se puede nombrar al Papa en la plegaria y, al mismo tiempo, negarle en la práctica la autoridad de jurisdicción suprema que el propio dogma católico le reconoce. Eso no es tradición: es un simulacro de comunión.
El verdadero núcleo del conflicto, según lo dice hasta un sociólogo no católico
Es revelador que el sociólogo Massimo Introvigne, especialista en minorías religiosas y sin ningún interés apologético en defender a Roma, haya señalado que la cuestión de fondo que rechaza el lefebvrismo no es tanto litúrgica —el rito en latín, la orientación ad orientem— como doctrinal: la libertad religiosa proclamada por el Concilio Vaticano II.
Y el biógrafo de Juan Pablo II, George Weigel, fue todavía más lejos al sostener que la disputa excede el idioma de la misa y llega al corazón mismo de la eclesiología conciliar sobre la Iglesia, la salvación y la relación con otras confesiones.
Esto es exactamente lo que Joseph Ratzinger, ya como Benedicto XVI, intentó explicarle pacientemente a la Fraternidad durante años de diálogo doctrinal infructuoso: el problema no es la Misa de siempre —que él mismo liberó generosamente en 2007— sino la aceptación del Concilio como acto legítimo del Magisterio, con toda su autoridad, aunque sea interpretado en continuidad con la Tradición y no en ruptura con ella.
La hermenéutica de la continuidad, que Ratzinger ofreció como puente, exigía de la Fraternidad un acto de Fe en la asistencia del Espíritu Santo a un Concilio ecuménico legítimamente convocado y celebrado.
Ese acto de fe, sesenta años después, sigue sin producirse.
Y sin él, cualquier gesto de acercamiento —la liberación del rito antiguo, el levantamiento de las excomuniones de 2009, el reconocimiento de la validez de las confesiones y los matrimonios bajo Francisco— queda condenado a ser generosidad unilateral de Roma sin correspondencia doctrinal real.
La ironía histórica que la Fraternidad prefiere no mirar
Hay una coincidencia que la propia Fraternidad debería tomarse más en serio de lo que lo hace: la ceremonia del miércoles reprodujo, casi al detalle, la de hace treinta y ocho años, en el mismo pueblo suizo, con los mismos gestos rituales —incluida la imposición de la mitra dorada y los guantes, un rito que se remonta al siglo XIII y que Lefebvre mismo, según cuentan quienes lo conocieron, ni siquiera respetaba con especial escrúpulo en sus pontificales.
Y hay otro dato incómodo que conviene no esconder bajo la alfombra: uno de los cuatro obispos consagrados por Lefebvre en 1988, Richard Williamson, terminó expulsado de la propia Fraternidad tras convertirse en un negador público del Holocausto, y más tarde encabezó su propia escisión sedevacantista.
La historia de las comunidades que rompen la comunión visible con Roma invocando la pureza de la tradición no suele terminar, con el paso de las generaciones, en mayor fidelidad, sino en fragmentación progresiva.
Ya lo habían anticipado, con una lógica casi idéntica a la lefebvrista, los veterocatólicos que se separaron tras el Vaticano I en el siglo XIX: también ellos sostenían que no eran ellos quienes se apartaban de Roma, sino Roma la que se apartaba de la verdadera Iglesia.
La historia, como bien sabía Cicerón, es maestra de vida. La pregunta que la Fraternidad debería hacerse —y que hasta ahora ha preferido no hacerse— es por qué su propio destino habría de ser distinto.
Lo que está realmente en juego
No se trata de un capricho litúrgico entre católicos de buena voluntad que prefieren el latín.
Se trata de la sucesión apostólica misma, del principio estructural sobre el que se sostiene la unidad visible de la Iglesia: que el obispo no es un cargo que se autoperpetúa por cooptación de un grupo que se considera a sí mismo depositario exclusivo de la verdadera Fe, sino un ministerio que se recibe en comunión jerárquica con el sucesor de Pedro.
Al consagrar obispos por fuera de esa comunión, la Fraternidad no está “asegurando la continuidad sacramental“, como reza su comunicado; está construyendo, ladrillo a ladrillo, una jerarquía paralela que se reproduce a sí misma indefinidamente sin necesitar nunca más a Roma.
Eso es, exactamente, lo que toda Iglesia cismática ha hecho a lo largo de la historia.
Frente a esto, el gesto de León XIV —suplicar personalmente, hasta el último momento, con el lenguaje de un padre y no de un juez— debería interpelar a cualquier católico honesto, incluido el que simpatiza con la sensibilidad litúrgica tradicional.
La autoridad papal, cuando se ejerce así, no es el “positivismo canónico” que algunos sectores tradicionalistas denuncian con desprecio; es paternidad apostólica ejercida hasta el límite de lo posible antes de que la propia ley —no la voluntad arbitraria de un hombre, sino la ley que protege la unidad del Cuerpo de Cristo— haga su curso.
Rechazar ese ruego y, acto seguido, calificar la propia desobediencia de “fiesta” e “día histórico” no es coherente con ningún concepto serio de humildad cristiana.
Una distinción necesaria, para no caer en la caricatura
Conviene, sin embargo, no confundir a la institución con cada uno de los fieles que hoy asisten a sus misas por apego legítimo a una sensibilidad litúrgica que el propio Benedicto XVI reconoció como parte del tesoro de la Iglesia.
Miles de personas que se acercaron el miércoles a Écône —muchas de ellas simples curiosos o fieles atraídos por la belleza del rito antiguo— no comparten necesariamente la lógica de ruptura que sostienen sus dirigentes, y sería injusto tratarlos con el mismo rigor que a quienes, con plena conciencia teológica y canónica, decidieron consagrar y ser consagrados fuera de la comunión.
La misericordia con las personas y la firmeza con los actos no son incompatibles; son, de hecho, la única combinación coherente con el Evangelio.
Pero esa distinción no puede convertirse en coartada para minimizar lo ocurrido, y menos todavía en la Argentina, país donde la Fraternidad tiene su mayor peso regional y donde formó, en su propio seminario, al hombre que hoy encabeza el desafío.
Lo que pasó este miércoles en Écône fue, lisa y llanamente, un cisma consumado por segunda vez por los mismos hombres, celebrado con la misma soberbia satisfecha con la que se celebra un triunfo, y empaquetado, casi obscenamente, en una caja de vino de edición limitada.
No hubo error de cálculo, no hubo ingenuidad, no hubo súbita presión de las circunstancias: hubo una carta del Papa suplicando que no se hiciera, y hubo una respuesta que la agradeció con palabras y la pisoteó con hechos.
Que nadie se llame a confusión ni busque atenuantes donde no los hay. La Iglesia sigue siendo una, santa, católica y apostólica —también hoy, también después de Écône—. Pero la túnica, otra vez, quedó desgarrada por manos que la conocían perfectamente. Y de eso, tarde o temprano, la Fraternidad deberá responder.
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