Inicio Mirada Profética La conversación que dejamos de tener

La conversación que dejamos de tener

0
Señora mayor rezando el Rosario

Hay una pregunta que los cristianos evitan hacerse porque temen la respuesta.

No la pregunta de los ateos —”¿existe Dios?“— sino una más íntima, más perturbadora, más vergonzosa: ¿cuándo fue la última vez que le hablé a Él?

Por qué rezamos?


Existe una forma de abandono que no tiene nombre en los diccionarios del alma. No hay en ella ruptura dramática ni acta de defunción de la fe. Nadie firma nada. Nadie declara nada.

Ocurre como ocurren las cosas más graves: en silencio, con la misma paciencia imperceptible con que el polvo se asienta sobre los muebles de una habitación que nadie frecuenta.

Y cuando uno finalmente se detiene a mirar, lo que encuentra no es una crisis sino algo más desolador que una crisis: una ausencia. La ausencia de una conversación que, sin que nadie lo decidiera, dejó de suceder.

Estamos hablando del abandono de la oración.

No del abandono de la misa, ni de los sacramentos, ni de la pertenencia eclesial —aunque a veces los arrastra consigo, como una piedra que cae y arrastra otras al caer—.

Estamos hablando de algo más hondo y más determinante: el silencio de un corazón bautizado que ha dejado de hablar con Dios. Que sigue creyendo, quizás. Que sigue perteneciendo, quizás.

Pero que ya no habla. Que ha cerrado, sin darse cuenta, la única puerta que da al interior de todo.


El creyente que vive como huérfano

Hay un concepto que incomoda porque es demasiado exacto: el ateo funcional.

No es el que niega a Dios con la boca. Es el que lo acepta con el pensamiento y lo ignora con la vida. El que tiene un crucifijo en la pared y una fe de inventario: ordenada, sin polvo, perfectamente inútil.

Toma sus decisiones sin consultarlo. Enfrenta sus noches sin recurrir a Él. Organiza su tiempo como quien administra una hacienda en la que el dueño hace mucho que no aparece.

Para ese creyente —y conviene decirlo con la caridad que no suaviza la verdad, porque hay una crueldad disfrazada de bondad que consiste en no decir lo que se debe—, la oración se ha convertido en un residuo arqueológico.

Algo que pertenece a la infancia, al olor de la iglesia del pueblo, a la voz de una abuela que ya no está. Algo que se recuerda con nostalgia, como se recuerda todo lo que fue real y ya no lo es.

¿Exageración? Miremos con honestidad. En un mundo donde el secularismo no propone ideas sino que instala atmósferas, donde la tecnología ha ocupado hasta los intersticios del silencio, donde el activismo —incluso el eclesial, incluso el bienintencionado— se ha erigido en el sustituto legítimo de la contemplación, la pregunta se vuelve inevitable: ¿cuántos bautizados practican lo que los místicos llamaban “el trato de amistad con quien sabemos que nos ama”? ¿Con qué regularidad, con qué hondura, con qué frutos?

La pregunta no busca culpar. Busca iluminar. Hay una diferencia.


La pregunta que nadie hace

Curiosamente, en los ambientes de catequesis y formación cristiana se enseña a rezar —el cómo, el cuándo, las palabras— pero raramente se explicita el fundamento, la razón radical que hace de la oración no una obligación sino una necesidad del alma.

Y cuando el fundamento no se comprende, la práctica se sostiene mientras hay combustible emocional o costumbre heredada; cuando ese combustible se consume, no queda nada que la sostenga.

La oración se vuelve entonces lo que nunca debió ser: una carga, un residuo, una deuda impagable con un Dios que parece no escuchar.

Intentemos entonces responderla desde abajo, desde la tierra, desde lo que somos antes de creer.


La sed que ningún agua sacia

La primera razón por la que rezamos no es religiosa. Es más antigua que cualquier religión. Está inscripta en la arcilla de lo que el hombre es, antes incluso de lo que cree.

San Agustín lo formuló con una precisión que los siglos, lejos de desgastar, han ido afilando: Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti. No es una frase piadosa. Es una radiografía del alma.

El corazón humano tiene una cavidad con la forma exacta del infinito, y por eso ninguna realidad finita puede llenarlo del todo. Los bienes materiales, los vínculos afectivos, los logros de la inteligencia, los placeres del cuerpo: todo eso es real, legítimo, bello en su orden.

Pero ninguno de esos bienes alcanza para callar el hambre más profunda. Porque esa hambre no es de cosas. Es de Alguien.

El hombre que no ora no es, entonces, simplemente un creyente descuidado. Es un ser humano que intenta vivir con menos de lo que su naturaleza necesita. Que confunde la anestesia con la salud.

Que ha aprendido a soportar una sed que debería haberlo llevado a la fuente.

Hay una imagen antigua que lo dice mejor que cualquier argumento: el girasol que crece en un sótano. Vive. Pero hacia dónde gira, si no hay sol?


El orante que nos enseñó a orar

El dato más desconcertante que los Evangelios registran sobre Jesús de Nazaret no es ninguno de sus milagros. Es algo más sencillo y más abismal: Jesús oraba. Sin cesar. Con una regularidad que los Evangelistas consignan como si fuera el dato más natural y al mismo tiempo el más misterioso de su existencia.

Se retiraba a lugares solitarios cuando la multitud lo buscaba. Pasaba noches enteras en la montaña, solo, en conversación con el Padre. Oraba antes de elegir a sus apóstoles, antes de la multiplicación de los panes, antes de levantar a Lázaro, antes de entregar su vida.

Su última conversación libre antes de ser arrestado fue una oración —la que Juan recoge en el capítulo diecisiete, esa plegaria sacerdotal de una densidad que ningún comentarista ha terminado de agotar—. Y su agonía en el Huerto fue, también y sobre todo, una oración: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Esas palabras no son resignación. Son la cima de la libertad humana: la adhesión consciente, dolorosa y plena de una voluntad creada al misterio de la voluntad que crea. Y esa adhesión, pronunciada en el silencio de un jardín en la noche, es la que abre la historia a su redención.

Si el Hijo de Dios encarnado necesitaba orar —no como ritual externo sino como respiración del alma, como el acto por el cual su humanidad permanecía alineada con su fuente—, ¿qué puede decir el cristiano que se cree demasiado ocupado? La pregunta no acusa. Maravilla.

La oración de Jesús no era evasión de la realidad sino inmersión en la realidad más profunda.

No era pausa en la acción: era la raíz de la que toda acción brotaba. Desde aquel diálogo permanente con el Padre emergía cada gesto de misericordia, cada palabra de verdad, cada acto de poder que los Evangelios narran.


El Espíritu que ora en nosotros

Aquí la teología hace lo que solo la teología puede hacer: llevar la mirada más lejos de lo que la experiencia inmediata alcanza.

La tradición cristiana más honda entiende la oración no como un esfuerzo humano de ascenso hacia Dios, sino como algo de una magnitud que desconcierta: participación en la vida íntima de la Trinidad.

El Espíritu Santo —nos dice Pablo en la carta a los Romanosintercede por nosotros con gemidos inefables”.

Cuando un bautizado reza, no es únicamente el hombre quien habla. Es el Espíritu quien ora en él, quien convierte en palabra lo que el hombre por sí solo no sabría ni cómo formular, quien eleva hacia el Padre lo que la limitación humana no alcanza a elevar. La oración cristiana tiene, entonces, una dimensión que la trasciende completamente: somos el lugar donde la Trinidad se hace presente y activa en el tiempo.

No es el hombre que asciende por esfuerzo propio. Es Dios que desciende, que habita, que ora en el hombre que se deja habitar.

Esa imagen basta para comprender por qué ninguna técnica meditativa, por refinada que sea, puede ofrecer lo que ofrece la oración cristiana. No es que las otras formas de interiorización no tengan valor.

Es que la oración cristiana es cualitativamente otra cosa: es ser tomado, ser habitado, ser elevado por Alguien que nos excede infinitamente y que sin embargo nos quiere como su morada.


La ventana y la luz

Aquí suele aparecer la objeción más antigua y más mal planteada: si Dios lo sabe todo, ¿para qué pedirle? Si ya conoce nuestras necesidades antes de que las formulemos, ¿qué agrega la oración?

Santo Tomás de Aquino respondió con una claridad que los siglos no han podido mejorar: no oramos para alterar la disposición divina, sino para disponernos a recibir lo que Dios quería darnos. No oramos para informar a Dios de nuestras necesidades, sino para convencernos a nosotros mismos de que dependemos de su ayuda.

La oración no cambia a Dios. Nos cambia a nosotros.

Como abrir una ventana no aumenta la luz del sol —el sol no espera nuestro permiso para brillar—, pero sí ilumina la habitación que sin la ventana abierta permanece en penumbra. La oración es el gesto de abrir.

Dios es la luz que ya estaba ahí, que ya quería entrar, que nunca dejó de querer entrar.

El mismo Santo Tomás, que fue el mayor arquitecto de conceptos que el pensamiento cristiano ha producido, dejó escrito algo que suena paradójico en su boca: rezar, que es hablar con Dios, es mejor que hablar de Dios.

El conocimiento conceptual, por necesidad, reduce: tiene que adaptar el objeto al tamaño del sujeto que conoce. La oración eleva: pone al sujeto en contacto con un Objeto que lo excede infinitamente y que, en ese contacto, lo transforma.

La teología auténtica nació siempre de rodillas. Y cuando se separa de la oración, produce sistemas brillantes que no alimentan a nadie.


Lo que el silencio revela

Cuando un cristiano deja de orar —no por una crisis de fe explícita sino por desgaste, por prioridades que se reorganizaron solas, por la colonización silenciosa del tiempo por cosas sin peso eterno— lo que ocurre no es simplemente que pierde una práctica. Lo que ocurre es que pierde el centro.

Porque la oración no es una devoción más en el menú de opciones espirituales, intercambiable con otras prácticas equivalentes. Es el espacio donde la fe deja de ser doctrina para volverse encuentro.

Donde la pertenencia eclesial deja de ser sociológica para volverse existencial. Donde el yo deja de ser el horizonte de todo para reconocer que hay un Tú más real que él mismo.

Sin oración, el compromiso social cristiano deriva hacia el activismo humanista —que es noble, pero no es lo mismo—. La práctica sacramental se vuelve ritual sin fuego interior.

El amor al prójimo pierde su raíz sobrenatural y se convierte en filantropía, que es admirable, pero que no salva.

Y aquí está el filo que no podemos suavizar: la crisis más profunda del catolicismo contemporáneo no es doctrinal ni institucional. Es de conversación.

Hay millones de bautizados que han dejado de hablar con Aquel que los llama por su nombre.

Que viven en silencio no por contemplación sino por olvido. Que han llenado el espacio que Dios dejó libre —por respeto, nunca por abandono— con ruido, con actividad, con causas urgentes que duermen y despiertan con ellos.

Ese silencio tiene consecuencias. No como castigo externo —Dios no castiga el silencio con truenos; lo espera con una paciencia que desconcierta—. Sino como consecuencia ontológica: el ser que no ora se va vaciando de sí mismo, aunque no lo advierta.

Porque fue hecho para una conversación que no está teniendo. Y esa ausencia, aunque anestesiada, duele.


La subversión más antigua del mundo

En una civilización que ha hecho de la eficiencia su valor supremo, la oración es el acto más subversivo que existe.

No produce nada visible. No genera métricas ni indicadores. No aparece en ningún informe de resultados. Desde la lógica implacable de la productividad, es tiempo perdido. Tiempo robado a lo urgente para dárselo a lo invisible.

Y sin embargo.

Los que efectivamente transformaron la historia —Francisco de Asís, que reconstruyó una Iglesia en ruinas; Teresa de Ávila, que reformó una orden entera desde el fuego de su interior; Juan de la Cruz, que escribió sobre la noche del alma con la luz de quien la atravesó; Madre Teresa, que vio a Cristo en cada rostro destruido de Calcuta— eran, antes que cualquier otra cosa, personas de oración profunda. No a pesar de sus horas de contemplación, sino por ellas. La oración no fue el refugio al que huían de la realidad: fue la fragua en la que la realidad fue transformada.

El árbol que da más fruto es el que tiene raíces más hondas. Y las raíces no se ven.


Una pregunta que no admite evasión

Llega el momento de ser directos, con esa directez que no hiere sino que ilumina.

Si sos católico y estás leyendo esto, hay una sola pregunta que importa: ¿cuándo fue la última vez que rezaste? No recitaste oraciones —que tiene su lugar y su valor—. Sino que hablaste. Que te detuviste. Que pusiste la pantalla de lado y el ruido en pausa y te sentaste, o te arrodillaste, o simplemente estuviste en silencio consciente y voluntario delante de Aquel que te conoce más de lo que te conocés a vos mismo. ¿Cuándo fue?

No se trata de culpa. La culpa es un camino corto que lleva a ningún lado. Se trata de verdad. Y de algo más bello que la culpa: se trata de nostalgia. La nostalgia de una conversación que el corazón recuerda aunque la mente la haya olvidado.

Si la respuesta honesta es “hace mucho” o “prácticamente nunca”, algo esencial está faltando. Como un árbol al que nadie riega: no muere de golpe. Va perdiendo color desde las hojas hacia adentro, y cuando las hojas caen, ya lleva tiempo que las raíces están secas.

La buena noticia —y siempre hay buena noticia, porque de eso se trata el Evangelio— es que la puerta de la oración no tiene cerrojo del lado de Dios. Solo lo tiene del lado nuestro. Y ese cerrojo se llama indiferencia, o miedo, o simplemente el peso de una inercia que se fue acumulando un día tras otro hasta volverse invisible.

Abrirlo no requiere habilidad espiritual avanzada. No requiere condiciones especiales ni un corazón sin heridas. Requiere lo mismo que requiere cualquier conversación: querer tenerla.


El escándalo más antiguo

Jesús no solo modeló la oración con su propia existencia. Nos enseñó cómo hacerla. Y la forma que eligió fue una que los primeros oyentes debieron encontrar escandalosa, casi blasfema: llamar “Padre” al Creador del universo.

No “Señor”. No “Altísimo”. No “Eterno”. Padre. Abbá, en la lengua que Él hablaba: una palabra de intimidad doméstica, de niño que confía, de hijo que sabe que es querido.

Eso es lo que Jesús puso en nuestra boca. Eso es lo que nos autorizó a decir.

Cada vez que rezamos el Padre Nuestro —si lo rezamos, si lo rezamos de verdad y no solo lo pronunciamos—, estamos afirmando algo que la razón sola no podría alcanzar: que el Dios que sostiene la existencia de cada galaxia, que mantiene en el ser a cada átomo del cosmos, nos conoce. Nos quiere. Nos escucha.

Que la distancia infinita entre el Creador y la criatura ha sido atravesada, una vez y para siempre, por Alguien que tomó nombre de hombre y corazón de carne para que nosotros pudiéramos tomar, a cambio, su nombre de Hijo.

Eso es lo que está en juego en la oración. No una práctica piadosa. No una técnica de paz interior. Una relación. La más real de todas las relaciones posibles. La única que no termina donde termina el tiempo.

¿La estamos teniendo?

Esa pregunta no espera una respuesta intelectual. Espera una respuesta que se hace con el cuerpo: arrodillándose, deteniéndose, abriendo los labios o el corazón, o simplemente quedándose quieto en el único silencio que no es vacío.

El silencio en el que Alguien ya estaba esperando.


catolic.ar — Comisión de Laicos por la Evangelización Católica

 ©Catolic.ar

Héctor Zordán Diócesis de Gualeguaychú Obispo Zordán
catolic.ar liderazgo católico en Argentina sitio católico profético noticias Iglesia Argentina referente católico contemporáneo periodismo católico comprometido voz profética de la Iglesia comunicación cristiana del siglo XXI evangelización digital católica sitio de pensamiento católico argentino

SIN COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Exit mobile version