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Los elegidos del sistema

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Reunión del Consejo Parroquial

Cómo la Iglesia selecciona a sus laicos — y por qué eso importa

Hay una reunión que ocurre en miles de parroquias del mundo hispanohablante, con ligeras variantes de decorado pero idéntica coreografía. Se reúne el Consejo Pastoral Parroquial.

El párroco presenta una iniciativa. Varios rostros asienten con convicción casi simultánea.

Alguien formula una pregunta que en realidad es un elogio disfrazado de interrogante.

Se vota. La iniciativa pasa. Se sirve algo caliente y se intercambian sonrisas. Nadie dijo nada que el párroco no quisiera escuchar.

La escena no es una caricatura. Es una institución.

Lo que ocurre allí no es discernimiento comunitario, aunque lleve ese nombre en los documentos diocesanos. Es una liturgia del consenso previamente acordado, presidida por quien ya decidió antes de convocar, y habitada por quienes aprendieron, con los años, que su permanencia en esa sala depende de no contradecir a quien los invitó a ella. El Espíritu Santo figura en el orden del día. No siempre llega.

El filtro que nadie admite

La Iglesia tiene una teoría sobre sus laicos. La teoría es bella: el bautismo confiere dignidad, carisma, misión.

El laico no es un clérigo fallido ni un auxiliar de sacristía, sino un sujeto eclesial pleno, con palabra propia y responsabilidad propia en la misión. Así lo enseña el Concilio, la Christifideles Laici, el Sínodo sobre la sinodalidad.

El magisterio sobre el laicado es, en su conjunto, magnífico.

La práctica es otra cosa.

En la práctica, cuando una parroquia necesita cubrir un lugar en su Consejo Pastoral, en su Consejo de Asuntos Económicos, en Cáritas, el criterio de selección raramente es el carisma o la competencia.

El criterio real, no escrito en ningún reglamento pero operativo con precisión de mecanismo suizo, es la afinidad institucional. Se busca, casi instintivamente, a quien no va a generar fricción.

A quien va a sostener, con su presencia, la legitimidad del proceso sin poner en riesgo sus conclusiones.

El Papa Francisco, con esa capacidad suya para la imagen que hiere con exactitud, describió este tipo de laico como un “bonsai“: un ser vivo al que se da apariencia de árbol pero se le impide crecer.

Artificialmente reducido. Contenido. Decorativo. Perfectamente inofensivo.

El bonsai no es un mal hombre. Suele ser, incluso, un hombre piadoso y de buena voluntad.

Pero ha aprendido —o le enseñaron, o simplemente lo intuyó con esa inteligencia práctica que desarrollan los que quieren sobrevivir dentro de una institución— que su lugar en ella depende de cierto arte de la deferencia.

Que el disenso tiene costos. Que la pregunta incómoda no se hace, o se hace en el pasillo, en voz baja, después de terminada la reunión. Que lo importante es seguir siendo invitado.

El párroco que construye su consejo con estas piezas no actúa necesariamente con malicia.

Muchas veces ni siquiera es consciente de lo que hace. Simplemente se siente más cómodo rodeado de quienes lo acompañan que de quienes lo interpelan.

Es humano. Es comprensible. Y es, eclesiológicamente, un desastre.

El laico diocesano y la doble dependencia

El problema se vuelve más estructural cuando subimos un peldaño: el laico que ocupa lugares en organismos diocesanos, en comisiones pastorales de nivel superior, en consejos que asesoran al obispo.

Aquí aparece un perfil que se repite con notable constancia en muchas diócesis argentinas: el docente de colegio católico.

No como regla absoluta ni como acusación general, sino como patrón sociológico observable.

El maestro o profesor que trabaja en una institución dependiente de la diócesis reúne, desde la perspectiva de la curia, varias virtudes convenientes: está formado, tiene cierta cultura religiosa, es presentable, y —dato nada menor— depende laboralmente de la misma estructura que lo está considerando para un cargo de representación.

Esa doble dependencia —espiritual y económica— no es garantía de capacidad.

Puede serlo de disponibilidad. Y la disponibilidad, en la lógica institucional, frecuentemente se confunde con el mérito.

No se está diciendo que estos laicos sean incompetentes. Muchos son personas valiosas y comprometidas.

Se está diciendo algo más preciso y más incómodo: que el criterio de selección privilegia a quien tiene razones estructurales para no disentir, sobre quien podría aportar más pero tiene el defecto de tener criterio propio.

El sistema no selecciona necesariamente a los mejores. Selecciona a los más seguros.

En las grandes ciudades, el mapa se complica con otro actor: el laico de posición social elevada, el profesional reconocido, el empresario benefactor.

A este perfil la institución no lo domestica. Lo copta. Lo invita a presidir Comisiones, a integrar Organismos diocesanos, a aparecer junto al obispo en los actos. . .

La deferencia es recíproca y la independencia de criterio termina igualmente diluida, aunque de forma más elegante. Cambia el mecanismo. El resultado es parecido.

Cuando el filtro llega al altar

Hasta aquí, el costo del sistema es pastoral: consejos que no aconsejan, laicos que no aportan, parroquias que no crecen porque nadie desafía el pensamiento único del párroco de turno.

Pero hay un punto donde el problema adquiere una gravedad distinta: cuando ese mismo criterio de selección se aplica a los Ministros Extraordinarios de la Eucaristía y, sobre todo, al diaconado permanente.

El diácono no es un laico con traje litúrgico. Es un hombre ordenado, configurado sacramentalmente con Cristo siervo, llamado a ser —según la tradición más profunda de este ministerio— un puente vivo entre el mundo y la Iglesia, entre los pobres y la comunidad, entre la vida concreta de los fieles y la jerarquía.

Su vocación originaria tiene algo de profético. Tiene que poder decir cosas que incomodan, desde una posición que le da autoridad para hacerlo.

Si el proceso de selección para el diaconado permanente sigue el mismo criterio tácito que rige la elección del vocal del Consejo Pastoral —es decir, si se prefiere al candidato maleable sobre el candidato con carácter— el resultado es previsible: diáconos que son, funcionalmente, párrocos auxiliares sin sotana.

Cumplen tareas. No interpelan. No tienen voz propia porque, en rigor, nunca se les pidió que la tuvieran.

Se les pidió disponibilidad, docilidad, “espíritu de obediencia”. Todas virtudes reales, pero que sin el correlato del coraje profético, producen ministros administrativos donde debería haber servidores con fuego en las entrañas.

Los documentos oficiales sobre el diaconado mencionan, entre los rasgos deseables, la “madurez psíquica”, la “capacidad de diálogo”, el “equilibrio y la prudencia”.

Nadie podría estar en desacuerdo. Pero también mencionan el “celo apostólico”, que es otra cosa.

El celo apostólico no es sinónimo de mansedumbre. San Esteban tenía celo apostólico. San Juan el Bautista tenía celo apostólico.

A ambos les costó la vida precisamente porque no sabían ejercer, en el momento decisivo, el arte del silencio conveniente.

Lo que esto revela

El patrón que se describe en estas páginas no es una conspiración. No hay nadie que se reúna en secreto para decidir que la Iglesia debe ser gobernada por laicos sumisos.

El sistema produce ese resultado sin necesidad de intención explícita, simplemente porque las instituciones tienden a perpetuarse eligiendo a quienes las confirman.

Y los mejores laicos —los que más tendrían para dar, los que más desafiarían con su presencia la mediocridad instalada— simplemente se van.

No siempre de la Fe. Muchas veces solo de la parroquia. Y con ellos se va algo que el sistema no sabe medir porque nunca supo valorarlo: la posibilidad de ser, de verdad, una comunidad que piensa.

©catolic.ar — Comisión de Laicos por la Evangelización Católica

Héctor Zordán Diócesis de Gualeguaychú Obispo Zordán
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