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Una vida que valga la pena

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Una vida con sentido

Por Néstor Ojeda · catolic.ar

Vida con sentido

Se puede llegar al final de los años sin haber decidido nada.

Sin haber elegido de verdad, sin haber dicho un sí o un no que costara algo.

Se puede vivir entre urgencias ajenas, pantallas y ruido, y pasar por el mundo como quien viaja en un tren que otro condujo.

La pregunta es incómoda y por eso mismo necesaria: ¿vivo, o me dejo vivir?

El sentido no se inventa: se descubre

Viktor Frankl, psiquiatra judío, pasó tres años en campos de concentración.

Perdió a sus padres, a su hermano y a su esposa.

Le quitaron todo lo que un hombre puede perder, y sin embargo de esa experiencia salió una de las afirmaciones más luminosas del siglo XX: la vida nunca deja de tener sentido, ni siquiera en el sufrimiento.

Más aún, el sentido no es algo que nosotros inventemos a nuestro gusto, sino algo que descubrimos cuando respondemos a lo que la vida, y en última instancia Dios, nos pide en cada momento.

En el campo, Frankl vio que podían quitárselo todo a un hombre salvo una cosa: la libertad de elegir su actitud ante lo que le tocaba vivir.

Esa libertad interior tiene un nombre antiguo y hermoso: conciencia.

Lo pequeño y lo grande son el mismo camino

No hace falta un tribunal ni un régimen opresor para ponerla a prueba.

La conciencia se forma, o se adormece, en lo cotidiano: en el trabajo bien hecho cuando nadie controla, en la palabra dada y cumplida, en el trato justo con quien nada puede devolvernos, en la verdad dicha cuando callar sería más cómodo.

Quien es fiel en lo pequeño llega preparado a la hora grande.

Y quien se acostumbra a traicionarse en lo pequeño, tarde o temprano no sabrá quién es cuando la hora grande llegue.

El enemigo no suele ser el mal declarado, sino la distracción.

Lo superficial nos entretiene hasta que ya no podemos oírnos. Sin silencio interior no hay discernimiento, y sin discernimiento la conciencia se vuelve un mueble viejo que ya nadie consulta.

Los que no se vendieron

La historia guarda hombres y mujeres que obraron según su conciencia contra viento y marea.

Tomás Moro, canciller de Inglaterra, perdió el cargo, los bienes y finalmente la cabeza por no firmar lo que su conciencia rechazaba.

Murió, según la tradición, como «buen servidor del rey, pero primero de Dios».

Franz Jägerstätter, campesino austríaco, sacristán de su aldea y padre de tres hijas, se negó a jurar fidelidad a Hitler.

Nadie lo conocía; no tenía cargo ni influencia. Fue ejecutado en 1943 y la Iglesia lo beatificó en 2007.

Solo tenía conciencia, y le bastó.

Maximiliano Kolbe, en Auschwitz, ofreció su vida a cambio de la de un desconocido condenado a morir de hambre.

Sophie Scholl, de veintiún años, fue guillotinada en 1943 por repartir panfletos contra el nazismo.

Ninguno buscó la gloria. Ninguno buscó el martirio. Fueron, sencillamente, coherentes.

Pastores que no callaron

Hay un silencio que es prudencia y hay un silencio que es complicidad. Algunos pastores supieron distinguirlos, y pagaron.

El cardenal Clemens von Galen, obispo de Münster, denunció desde el púlpito en 1941 la eliminación de enfermos mentales por el régimen nazi, cuando hacerlo era jugarse la vida.

El beato Bernhard Lichtenberg, sacerdote en Berlín, rezaba públicamente por los judíos; murió en 1943, camino a Dachau.

El pastor luterano Dietrich Bonhoeffer fue ahorcado en 1945 por haberse negado a bendecir con su silencio lo que consideraba una abominación.

Y más cerca nuestro: monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, asesinado en 1976 en un «accidente» que no lo fue, y san Óscar Romero, que en 1980 cayó junto al altar tras haberse puesto del lado de su pueblo.

Ninguno de ellos era un hombre de choque.

Eran pastores. Hablaron porque callar habría sido traicionar a las ovejas.

Lo que tienen en común

Antes de ser testigos fueron hombres formados.

Habían cultivado en lo oculto, durante años, una conciencia que supo, llegado el momento, distinguir la voz de Dios de la voz de la conveniencia.

No improvisaron el valor: lo habían ido construyendo.

Conviene decirlo con claridad, porque hoy «obrar según mi conciencia» suele usarse para justificar cualquier cosa.

La conciencia de la que hablamos no es capricho ni sentimiento.

Es una conciencia formada: iluminada por la verdad, por la Palabra, por la oración y por la Iglesia.

El Concilio Vaticano II la describe como el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, donde se encuentra a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella (Gaudium et spes, 16).

La pregunta que queda

No todos seremos llamados a dar la vida de un modo espectacular. Pero todos somos llamados a vivirla de un modo verdadero. Y la hora de la verdad rara vez avisa.

Por eso conviene preguntarse hoy, sin esperar a que la historia nos lo exija: ¿qué es lo que no estoy dispuesto a negociar? ¿Dónde estoy callando lo que debería decir? ¿Qué distracciones me están robando la capacidad de escucharme y de escuchar a Dios?

Una vida con sentido no es la que está libre de cruces.

Es la que, con las cosas comunes y con las no comunes, ha sido fiel a la voz que habita en lo más hondo.

Esa es la vida que vale la pena ser vivida. Y es, también, la que se parece un poco más a la del Maestro.

©Catolic.ar

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