Cómo llegar con Jesús al corazón de un joven

Pastoral · Evangelización


En enero de 1979, Juan Pablo II aterrizó en Ciudad de México y, en el curso de pocos días, fue rodeado por millones de personas que no habían sido convocadas por ninguna organización pastoral, ningún plan diocesano ni ninguna estrategia de redes sociales —porque las redes sociales no existían. Lo que había era un papa polaco que llevaba apenas tres meses en el cargo, que hablaba con acento extranjero, que venía de un país comunista, y que sin embargo llenó de multitudes cada plaza, cada calle, cada tramo de ruta que recorrió. Entre esas multitudes había, de manera abrumadora, jóvenes.

La pregunta obvia es: ¿por qué? ¿Qué tenía Karol Wojtyła que no tienen —con honrosas excepciones— los responsables de la pastoral juvenil en nuestras diócesis? La respuesta incómoda es también la más sencilla: él no gestionaba programas. Él anunciaba a una Persona.

Esa distinción, que parece trivial, es en realidad el corazón del problema que esta nota intenta abordar. Porque el fracaso de la pastoral juvenil en Argentina —y en buena parte del mundo occidental— no se explica por falta de recursos, ni por desinterés de los agentes, ni siquiera por la secularización cultural, aunque todo eso tenga su peso. Se explica, en primera instancia, por una sustitución silenciosa: hemos reemplazado el anuncio de Jesucristo por la gestión de actividades. Y los jóvenes, que tienen un olfato extraordinario para detectar lo auténtico, lo perciben aunque no puedan articularlo.

El diagnóstico que no queremos aceptar

Hay un número en la exhortación apostólica Christus Vivit —la carta del papa Francisco a los jóvenes, firmada en 2019— que debería haber generado una crisis en los departamentos de pastoral juvenil de todo el continente. No la generó, probablemente porque es demasiado incómodo asumirlo. El número 212 advierte contra la tentación de proponer a jóvenes que acaban de tener una experiencia de Dios “encuentros de formación en los que sólo se abordan cuestiones doctrinales y morales”. El resultado, dice Francisco sin anestesia, es que “muchos jóvenes se aburren, pierden el fuego del encuentro con Cristo y la alegría de seguirlo.”

Permítase al lector detenerse un momento en esa frase. No es una cita de un crítico externo a la Iglesia. No es el diagnóstico de un sociólogo agnóstico. Es el Papa, en un documento magisterial, describiendo lo que ocurre en la pastoral juvenil ordinaria. Y lo que describe —jóvenes que se aburren y pierden el fuego— es exactamente lo que vemos en nuestras parroquias cada semana.

El problema no es nuevo. El documento de Aparecida, que los obispos latinoamericanos firmaron en 2007 y que en muchos sentidos anticipó las intuiciones de Francisco, ya señalaba que sin el kerigma —ese primer anuncio vivo de que Jesucristo murió y resucitó por cada uno de nosotros— “los demás aspectos del proceso formativo están condenados a la esterilidad, sin corazones verdaderamente convertidos al Señor” (DA 278). La esterilidad. No la mediocridad, no la eficiencia reducida. La esterilidad.

Sin embargo, año tras año, la respuesta institucional al problema de los jóvenes que se van sigue siendo más de lo mismo: más talleres, más campamentos, más dinámicas grupales, más música, más actividades. Como si el problema fuera de entretenimiento y no de anuncio. Como si los jóvenes se fueran por aburrimiento y no por hambre.

“Los jóvenes no se van porque la Iglesia sea aburrida. Se van porque nadie les anunció que Jesucristo está vivo y los conoce por su nombre.”

Lo que Juan Pablo II sabía y nosotros olvidamos

Conviene volver a México en 1979, porque la escena es instructiva más allá de lo anecdótico. Wojtyła llegó a un país en el que la Iglesia no tenía presencia legal reconocida —el gobierno mexicano de entonces mantenía una relación formalmente anticlerical con la Santa Sede. Los sacerdotes no podían usar sotana en la calle. Los templos estaban legalmente bajo tutela estatal. Era, en todos los sentidos institucionales, un terreno hostil.

Y sin embargo, los jóvenes salieron. Por millones, salieron a encontrar a ese hombre que venía a decirles algo que nadie les decía con esa claridad: que Cristo estaba vivo, que los amaba, que sus vidas tenían sentido, y que ser joven en la Iglesia no era una contradicción sino una vocación.

Lo que Juan Pablo II entendía, y que es quizás la clave pastoral más importante del siglo XX, es que los jóvenes no huyen del absoluto. Huyen de lo tibio. Huyen de la mediocridad disfrazada de prudencia pastoral. Huyen del mensaje aguado, de la moral reducida a reglas sin rostro, de la espiritualidad sin demanda. La famosa frase que acompañó todo su pontificado —”¡No tengáis miedo!”— era exactamente lo contrario del lenguaje de gestión pastoral que los jóvenes escuchan en demasiadas parroquias.

El Papa no invitaba a los jóvenes a “participar de actividades eclesiales”: los invitaba a protagonizar la historia de la salvación. Los hacía sentir que de ellos dependía algo real, algo grande. Y eso los movilizaba de un modo que ninguna dinámica grupal podía replicar.

La trampa de las actividades

El padre de un adolescente de dieciséis años me contó hace poco una conversación con su hijo, que había asistido durante dos años a un grupo juvenil parroquial y que recientemente había dejado de ir. “¿Qué pasó?”, le preguntó. La respuesta fue desconcertante en su precisión: “Papá, hacíamos muchas cosas, pero nunca hablábamos de Dios.”

Es una anécdota, claro, y las anécdotas no son estadísticas. Pero cualquier sacerdote o agente de pastoral juvenil con honestidad intelectual reconocerá en esa frase un patrón. Los grupos juveniles de muchas parroquias argentinas son espacios de sociabilidad, de deporte, de teatro, de voluntariado, de campamentos, de música —todo eso puede ser valioso— pero el kerigma, el anuncio explícito de que Jesucristo resucitó y transforma vidas, está sistemáticamente ausente o diluido hasta la irrelevancia.

Los jóvenes no abandonan la fe porque la encuentren falsa. La abandonan porque nunca les fue propuesta de manera que les resultara urgente y verdadera. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, y esa diferencia define el horizonte del problema pastoral.

La Christus Vivit lo formula con una claridad que no deja escapatoria: “Para muchos jóvenes, Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías; en cambio, son sensibles a la figura de Jesús cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz” (CV 41). El documento no dice que los jóvenes sean hostiles a Cristo. Dice que son sensibles a Él —cuando es presentado de modo que les interpele de verdad. El problema no está en los jóvenes. Está en cómo presentamos a quien queremos que encuentren.

El eslabón perdido: el compromiso social como camino de Fe

Aquí aparece una dimensión que la pastoral juvenil convencional suele tratar como opcional —o peor, como ideológicamente sospechosa— y que sin embargo los documentos magisteriales señalan como estructural. La Christus Vivit es explícita: “El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para el descubrimiento o la profundización de la fe y el discernimiento de la propia vocación” (CV 170).

Nótese la formulación. No dice que el compromiso social sea una consecuencia de la fe. Dice que es una ocasión para descubrirla. El contacto con el que sufre no es el resultado del encuentro con Cristo; muchas veces es la puerta de entrada a ese encuentro. El joven que acompaña a un anciano en soledad, que trabaja en un comedor, que visita una villa, se hace preguntas que no se hacía en el salón de catequesis. Preguntas sobre el sentido del sufrimiento, sobre la dignidad humana, sobre por qué algunos viven como viven. Y esas preguntas, cuando son acompañadas por alguien que pueda articularlas en clave de fe, se convierten en el umbral de una conversión real.

Aparecida lo había señalado con otra formulación igualmente precisa: la respuesta al llamado de Cristo “exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano, que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos” (DA 135). No como programa político. No como sustituto de la liturgia. Como consecuencia inevitable del encuentro con el Jesús de los Evangelios, que come con publicanos y pecadores, que toca a los leprosos, que llama a sus discípulos a lavarse los pies mutuamente.

El joven argentino de hoy crece en una sociedad marcada por la fractura social, por la desigualdad visible y cotidiana, por la pregunta de qué hacer con un mundo que parece roto. Ignorar esa realidad en la propuesta pastoral no es prudencia: es una forma de anunciar un Cristo que no tiene nada que decirle a la vida real. Y los jóvenes, con su infalible detector de autenticidad, lo notan.

El testigo como argumento irrefutable

Hay un factor que los documentos magisteriales señalan y que la experiencia pastoral confirma de manera consistente, y que sin embargo sigue siendo el elemento más escaso en la pastoral juvenil: el testimonio personal de adultos que hayan encontrado genuinamente a Cristo y que vivan de esa manera.

Los jóvenes no se convencen con argumentos. Se convencen con vidas. Lo que mueve a un adolescente no es una charla bien estructurada sobre la existencia de Dios, sino el encuentro con alguien en cuya vida Dios es evidente. Alguien cuya alegría no se explica por sus circunstancias. Alguien que ama de una manera que parece exceder las posibilidades humanas ordinarias. Alguien que cuando habla de Cristo lo hace con la naturalidad de quien habla de alguien que conoce.

El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia durante décadas, tiene una fórmula que merece ser citada: la fe se transmite por contacto, como el fuego. No por instrucción, como la información. El fuego no se explica: se contagia. Un catequista que no está en llamas no va a encender a nadie, por más excelente que sea su preparación técnica.

Esto tiene consecuencias prácticas inmediatas. La primera y más urgente es que antes de preguntarnos qué programa pastoral necesitamos, deberíamos preguntarnos qué tipo de adultos acompañan a nuestros jóvenes. Un adulto con fe viva, sin diploma de teología, transmite más que un técnico en pastoral juvenil con la fe tibia. Esto no es un argumento contra la formación —la formación es necesaria y deseable— sino una jerarquía de prioridades que demasiadas veces invertimos.

Entonces, ¿cómo se hace?

A esta altura, el lector tiene derecho a preguntar: bien, el diagnóstico es claro, pero ¿qué se hace en concreto? Es una pregunta justa, y merece una respuesta que no sea ni una lista de buenas intenciones ni un manual de autoayuda pastoral. Conviene subrayar, además, que lo que sigue no es una invitación a importar ninguna metodología foránea ni a adoptar ningún “programa de evangelización” empaquetado: la Iglesia católica posee, en su propia tradición litúrgica, sacramental y catequética, todos los recursos que necesita. De lo que se trata es de usarlos con convicción.

Primero: introducir a los jóvenes en la oración personal. Antes de cualquier otra cosa, hay que enseñarles a hablar con Dios. No como técnica ni como ejercicio de autoconocimiento, sino como relación: el silencio, el coloquio personal con Cristo, el Padrenuestro rezado despacio y en serio. Un joven que no sabe orar no tiene de dónde agarrarse cuando la vida le golpea. Y un joven que aprendió a orar lleva consigo algo que ninguna actividad grupal puede darle ni quitarle. La Christus Vivit lo dice sin rodeos: “¿Cómo podríamos anunciar a Jesucristo sin la oración?” (CV 259). La introducción a la oración personal es el umbral de todo lo demás —incluida, para quien quiera recorrer ese camino, la riqueza de la liturgia de la Iglesia.

Segundo: recuperar la lectio divina y el contacto personal con la Escritura. La lectura orante de la Palabra —con sus pasos de lectio, meditatio, oratio y contemplatio— tiene una capacidad de interpelar al joven que ninguna charla puede reemplazar, precisamente porque no es una charla: es un encuentro directo con el texto sagrado. Grupos de jóvenes formados en la lectio divina aprenden a escuchar la Palabra como algo que les habla a ellos, no como un documento histórico o un código moral abstracto.

Tercero: compartir la vida real de la gente. No el voluntariado organizado ni la “acción social” planificada, sino algo más simple y más exigente: estar presente en la vida concreta de las personas, conocer sus nombres, sus historias, sus necesidades, su mundo. Un joven que acompaña a un vecino anciano, que conoce de cerca la realidad de una familia en dificultad, que no vive encerrado en la burbuja de su grupo de pares, se hace preguntas que no se hacía antes. Preguntas sobre el sentido, sobre la justicia, sobre Dios. Y esas preguntas, acompañadas por alguien que pueda articularlas en clave de fe, se convierten en el umbral de una conversión real. Aparecida lo llama entrar en “la dinámica del Buen Samaritano” (DA 135): no un programa, sino una actitud de vida.

Cuarto: apostar por la calidad del testimonio adulto. Un adulto en permanente conversión, que reza, que frecuenta los sacramentos, que tiene una vida espiritual real y enraizada en la Iglesia, es el recurso pastoral más escaso y más valioso que existe. Más valioso que cualquier programa, cualquier manual o cualquier metodología importada.

Quinto, y quizás lo más difícil de aceptar: apostar por la exigencia. Los jóvenes no huyen de lo que les exige —huyen de lo que los subestima. Juan Pablo II lo supo desde el principio: “No tengáis miedo de ser santos”, les decía. No “sean buenos chicos”. No “participen de las actividades”. Santos. La propuesta máxima, la que supone que son capaces de lo más grande. Y esa propuesta, contrariamente a lo que el sentido común pastoral suele suponer, no los aleja: los interpela de un modo que ninguna propuesta menor puede lograr.

“Cristo vive y te quiere vivo. Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar.” — Papa Francisco, Christus Vivit, n. 2

Un testimonio que resume todo

Termino con una historia que conozco de primera mano, en una parroquia del interior de la Argentina. Un sacerdote joven, sin recursos especiales, sin programa elaborado, sin presupuesto para actividades, comenzó a reunirse los viernes con un grupo de diez adolescentes. No hacían dinámicas. No había proyector ni música de fondo. El sacerdote abría el Evangelio, leía un pasaje en voz alta, y luego preguntaba: “¿Dónde aparece esto en tu vida esta semana?”

Al año, el grupo había crecido a cuarenta. Al segundo año, varios de esos jóvenes habían comenzado a visitar un hogar de adultos mayores en soledad, por iniciativa propia. Al tercer año, dos de ellos habían ingresado al seminario. Ninguno de esos resultados había sido planificado. Todos habían brotado del mismo punto de partida: alguien que anunció a Jesucristo como una persona viva, urgente, que tiene algo que decirle a cada vida concreta.

Eso es la pastoral juvenil cuando funciona. No es un programa importado ni una metodología empaquetada. Es la Iglesia siendo ella misma: orante, bíblica, sacramental, presente en la vida real de la gente. Los encuentros auténticos con Cristo no se organizan con técnicas: se propician desde dentro de la propia tradición, se cuidan con oración, se acompañan con testimonio. Después, lo demás lo hace el Espíritu. Siempre lo ha hecho. El problema es que a veces no lo dejamos trabajar porque estamos demasiado ocupados buscando afuera lo que siempre estuvo adentro.

El joven que busca —y todos los jóvenes buscan, aunque no lo sepan articular— no necesita un programa más eficiente ni una experiencia más intensa diseñada por otros. Necesita encontrarse con Alguien. Y ese Alguien lleva dos mil años esperándolo en la oración, en la Palabra, en el rostro del prójimo, en los sacramentos de la Iglesia. Nuestra tarea es hacer que ese encuentro sea posible. No es poca cosa. Es, exactamente, todo.


©Catolic.ar

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