spot_img
27.8 C
Concepción del Uruguay
jueves, febrero 5, 2026
Inicio Blog Página 16

Abandonó su vida de diversión, fama y dinero para entregarse por completo a Dios | Javier Sartorius

En este vídeo, Rosa Muguiro recuerda los tiempos de juventud con su primo hermano Javier Sartorius Milans del Bosch. Un joven que «del menú de la vida lo probó todo» hasta que a los 25 años, cuando seguía viviendo «la vida loca» en los Estados Unidos, comenzó a vislumbrar el rostro de Cristo en los homeless y ex combatientes de la guerra de Vietnam.

Javier se sentía apelado a descubrir el sentido de su vida y abrir espacio a una dimensión espiritual que hasta entonces había quedado silenciada y oculta por años de diversión, superficialidad y excesos.

Empezó a buscar respuestas en el Budismo. Pero su encuentro definitivo con La Verdad llegaría a través de los niños más pobres y más indefensos acogidos en la misión de ‘Siervos de los pobres’ en Cuzco (Perú), organización fundada por el padre Giovanni Salerno.

Javier sacó un billete sólo de ida para aquel lugar remoto de los Andes, donde descubriría la Misericordia de Dios y empezaría su total abandono a la Providencia y la voluntad divina, dejando atrás su pasado.

Rosa Muguiro es una de las personas que conocieron bien la conversión de Javier Sartorius y la entrega de su vida por los demás, incluso en el final de sus días con una cruel enfermedad.

Javier «encontró su tesoro» en la Comunidad del Santuario de Lord bajo la regla de San Benito (ora et labora), tiempo de silencio, trabajo y oración. Después de un tiempo de felicidad plena allí, Javier ingresó en el Seminario y acabó siendo ordenado sacerdote aunque él se sentía indigno de tal privilegio y también pensaba que su felicidad estaba en la vida contemplativa.

Pero comprendió que debía total obediencia a la voluntad de Dios.

Ofreció el sufrimiento de sus últimos años, afectado con una penosa enfermedad, en oración por todo el mundo y, en especial, por la conversión de las almas.

En septiembre de 2025 se estrenará la película ‘SOLO JAVIER’, sobre la vida, la conversión y la muerte de Javier Sartorius Milans del Bosch.

Un joven madrileño que podría ser cualquier joven de ayer o de hoy o de mañana en el mundo que conocemos.

Al margen de sus raíces aristocráticas, o precisamente por eso, la vida y espiritualidad de Javier se ha convertido, años después de su muerte, en un referente para muchos jóvenes -y no tan jóvenes- que se puedan estar preguntando por el sentido de la vida.

Rosa Muguiro forma parte de las personas que intervienen en la película ‘SOLO JAVIER, proyecto enmarcado en la posible apertura de la causa de beatificación de Javier Sartorius Milans del Bosch. Muy impresionante.

Si te lo perdiste, en este vídeo habla William Hartley Sartorius, primo hermano de Javier Sartorius, que vivió junto a él y fue testigo del «sorprendente aterrizaje» de Javier y su proceso de conversión en la misión de Siervos de los pobres en Perú:

 

©𝗠𝗔𝗧𝗘𝗥 𝗠𝗨𝗡𝗗𝗜 𝗧𝗩 | Ayúdanos para que podamos seguir produciendo contenidos que lleven al mundo la luz y la esperanza del Evangelio. 𝗵𝘁𝘁𝗽𝘀://𝘄𝘄𝘄.𝗺𝗮𝘁𝗲𝗿𝗺𝘂𝗻𝗱𝗶.𝘁𝘃/𝗱𝗼𝗻𝗮𝗿-𝗮𝗵𝗼𝗿𝗮/ DONAR es muy fácil a través de PayPal, transferencia y BIZUM (en España: seleccionaONGDONARCÓDIGO 03158. Puedes desgravar tu aportación en la Declaración de la Renta). Y si te ha gustado este vídeo, por favor ¡compártelo!

(37)

Agustinos: la espiritualidad del Santo Padre

0

Agustinos, la congregación de León XIV

Homilía completa de León XIV en su primera misa como papa

0

Es la primera misa del papa León XIV, en el interior de la Capilla Sixtina, lugar en el que fue elegido justo el día anterior.

Acompañado del resto de cardenales y miembros de la curia, León XIV ha improvisado primero unas palabras en inglés, su lengua materna, para después continuar leyendo la homilía en italiano. Estas han sido sus palabras:

Comenzaré con una palabra en inglés y el resto está en italiano, pero quiero repetir las palabras del salmo responsorial: “Cantaré un canto nuevo al Señor porque ha hecho maravillas”. Y, en verdad, no solo conmigo, sino con todos nosotros, mis hermanos cardenales, mientras celebramos esta mañana, los invito a reconocer las maravillas que el Señor ha hecho y las bendiciones que continúa derramando sobre todos nosotros. A través del ministerio de Pedro, me han llamado a cargar la cruz y a ser bendecido con esa misión. Y sé que puedo contar con cada uno de ustedes para caminar conmigo, mientras continuamos como Iglesia, como comunidad de amigos de Jesús, como creyentes, para anunciar la buena nueva. Para anunciar el Evangelio.

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Con estas palabras Pedro, interrogado por el Maestro junto con los otros discípulos sobre su fe en Él, expresa en síntesis el patrimonio que desde hace dos mil años la Iglesia, a través de la sucesión apostólica, custodia, profundiza y trasmite. Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador y el que nos revela el rostro del Padre.

En Él Dios, para hacerse cercano a los hombres, se ha revelado a nosotros en los ojos confiados de un niño, en la mente inquieta de un joven, en los rasgos maduros de un hombre (cf. CONCILIO VATICANO II, Const. pastoral Gaudium et spes, 22), hasta aparecerse a los suyos, después de la resurrección, con su cuerpo glorioso. Nos ha mostrado así un modelo de humanidad santa que todos podemos imitar, junto con la promesa de un destino eterno que, sin embargo, supera todos nuestros límites y capacidades.

Pedro, en su respuesta, asume ambas cosas: el don de Dios y el camino que se debe recorrer para dejarse transformar, dimensiones inseparables de la salvación, confiadas a la Iglesia para que las anuncie por el bien de la humanidad. Nos las confía a nosotros, elegidos por Él antes de que nos formásemos en el vientre materno (cf. Jr 1,5), regenerados en el agua del Bautismo y, más allá de nuestros límites y sin ningún mérito propio, conducidos aquí y desde aquí enviados, para que el Evangelio se anuncie a todas las criaturas (cf. Mc 16,15).

Dios, de forma particular, al llamarme a través del voto de ustedes a suceder al primero de los Apóstoles, me confía este tesoro a mí, para que, con su ayuda, sea su fiel administrador (cf. 1 Co 4,2) en favor de todo el Cuerpo místico de la Iglesia; de modo que esta sea cada vez más la ciudad puesta sobre el monte (cf. Ap 21,10), arca de salvación que navega a través de las mareas de la historia, faro que ilumina las noches del mundo. Y esto no tanto gracias a la magnificencia de sus estructuras y a la grandiosidad de sus construcciones —como los monumentos en los que nos encontramos—, sino por la santidad de sus miembros, de ese «pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9).

Con todo, por encima de la conversación en la que Pedro hace su profesión de fe, hay otra pregunta: «¿Qué dice la gente —pregunta Jesús—sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?» (Mt 16,13). No es una cuestión banal, al contrario, concierne a un aspecto importante de nuestro ministerio: la realidad en la que vivimos, con sus límites y sus potencialidades, sus cuestionamientos y sus convicciones. «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?» (Mt 16,13). Pensando en la escena sobre la que estamos reflexionando, podremos encontrar dos posibles respuestas a esta pregunta, que delinean otras tantas actitudes.

En primer lugar, está la respuesta del mundo. Mateo señala que la conversación entre Jesús y los suyos acerca de su identidad sucede en la hermosa ciudad de Cesarea de Filipo, rica de palacios lujosos, engarzada en un paraje natural encantador, a las faldas del Hermón, pero también sede de círculos crueles de poder y teatro de traiciones y de infidelidades. Esta imagen nos habla de un mundo que considera a Jesús una persona que carece totalmente de importancia, al máximo un personaje curioso, que puede suscitar asombro con su modo insólito de hablar y de actuar. Y así, cuando su presencia se vuelva molesta por las instancias de honestidad y las exigencias morales que solicita, este mundo no dudará en rechazarlo y eliminarlo.

Hay también otra posible respuesta a la pregunta de Jesús, la de la gente común. Para ellos el Nazareno no es un charlatán, es un hombre recto, un hombre valiente, que habla bien y que dice cosas justas, como otros grandes profetas de la historia de Israel. Por eso lo siguen, al menos hasta donde pueden hacerlo sin demasiados riesgos e inconvenientes. Pero lo consideran sólo un hombre y, por eso, en el momento del peligro, durante la Pasión, también ellos lo abandonan y se van, desilusionados. Llama la atención la actualidad de estas dos actitudes. Ambas encarnan ideas que podemos encontrar fácilmente —tal vez expresadas con un lenguaje distinto, pero idénticas en la sustancia— en la boca de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Hoy también son muchos los contextos en los que la fe cristiana se retiene un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes, contextos en los que se prefieren otras seguridades distintas a la que ella propone, como la tecnología, el dinero, el éxito, el poder o el placer.

Hablamos de ambientes en los que no es fácil testimoniar y anunciar el Evangelio y donde se ridiculiza a quien cree, se le obstaculiza y desprecia, o, a lo sumo, se le soporta y compadece. Y, sin embargo, precisamente por esto, son lugares en los que la misión es más urgente, porque la falta de fe lleva a menudo consigo dramas como la pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia,la violación de la dignidad de la persona en sus formas más dramáticas, la crisis de la familia y tantas heridas más que acarrean no poco sufrimiento a nuestra sociedad.

No faltan tampoco los contextos en los que Jesús, aunque apreciado como hombre, es reducido solamente a una especie de líder carismático o a un superhombre, y esto no sólo entre los no creyentes,sino incluso entre muchos bautizados, que de ese modo terminan viviendo, en este ámbito, un ateísmo de hecho. Este es el mundo que nos ha sido confiado, y en el que, como enseñó muchas veces el Papa Francisco, estamos llamados a dar testimonio de la fe gozosa en Jesús Salvador. Por esto, también
para nosotros, es esencial repetir: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Es fundamental hacerlo antes de nada en nuestra relación personal con Él, en el compromiso con un camino de conversión cotidiano. Pero también, como Iglesia, viviendo juntos nuestra pertenencia al Señor y llevando a todos la Buena Noticia (cf. CONCILIO VATICANO II, Const. dogmática, Lumen gentium, 1).

Lo digo ante todo por mí, como Sucesor de Pedro, mientras inicio mi misión de Obispo de la Iglesia que está en Roma, llamada a presidir en la caridad la Iglesia universal, según la célebre expresión de S. Ignacio de Antioquía (cf. Carta a los Romanos, Proemio). Él, conducido en cadenas a esta ciudad, lugar de su inminente sacrificio, escribía a los cristianos que allí se encontraban: «en ese momento seré verdaderamente discípulo de Cristo, cuando el mundo ya no verá más mi cuerpo» (Carta a los Romanos, IV, 1).

Hacía referencia a ser devorado por las fieras del circo —y así ocurrió—, pero sus palabras evocan en un sentido más general un compromiso irrenunciable para cualquiera que en la Iglesia ejercite un ministerio de autoridad, desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado (cf. Jn 3,30), gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo. Que Dios me conceda esta gracia, hoy y siempre, con la ayuda de la tierna intercesión de María, Madre de la Iglesia.

Los cardenales aplauden a León XIV al terminar la misa en la Capilla Sixtina

0

Es tradición que al día siguiente del cónclave el nuevo papa celebre una misa junto al colegio cardenalicio en el lugar donde fue elegido; la Capilla Sixtina.

Allí León XIV pronunció sus primeras palabras en inglés como papa. Fueron improvisadas y muy sentidas. Y las dirigió a un público particular: a los cardenales. A quienes habían pasado de ser sus iguales a ser sus colaboradores.

LEÓN XIV
Empezaré con una palabra en inglés y el resto en italiano, pero quiero repetir las palabras del salmo responsorial: «Cantaré un cántico nuevo al Señor porque ha hecho maravillas». Y en efecto, no sólo conmigo, sino con todos nosotros, mis hermanos cardenales… que celebramos esta mañana, os invito a reconocer las maravillas que el Señor ha hecho y las bendiciones que el Señor sigue derramando sobre sobre todos nosotros. A través del ministerio de Pedro, me has llamado a llevar la cruz y a ser bendecido con esa misión. Y sé que puedo confiar en todos y cada uno de ustedes para caminar conmigo, mientras continuamos como una Iglesia, como comunidad de amigos de Jesús, como creyentes, para anunciar la Buena Nueva. Anunciar el Evangelio.

El pasaje del Evangelio que se escoge para esta ocasión es muy elocuente: se narra la escena en la que Jesús declara que Pedro será el punto de apoyo de su Iglesia.

La homilía, que comenzó hablando sobre el sentido del papado, terminó siendo una reflexión sobre la naturaleza misionera de la Iglesia.

LEÓN XIV
Este es el mundo que nos ha sido confiado en el cual, como muchas veces nos ha enseñado el papa Francisco, estamos llamados a dar testimonio de la fe alegre en Jesús Salvador. Es esencial hacerlo antes de nada en nuestra relación personal con Él, en el compromiso de un cotidiano camino de conversión. Pero después, también, como Iglesia, viviendo juntos nuestra pertenencia al Señor y llevando a todos la Buena Noticia.

Estas últimas palabras vienen de uno de los documentos más importantes del Concilio Vaticano II, la Lumen Gentium, donde se habla de la naturaleza y misión de la Iglesia católica.

El momento más emotivo de la celebración litúrgica fue al final. Cuando los cardenales estallaron en un fuerte aplauso mientras León XIV pasaba entre ellos impartiendo bendiciones.

JRB

Las claves del primer saludo del papa León XIV

0

Era una incógnita el modo en que aparecería el nuevo papa en su primer saludo: ¿llevaría solo la sotana blanca? ¿Retomaría las vestimentas rojas pontificias? ¿Cuál sería el centro de su mensaje?

Bastó que dieran las 19:23 en Roma para disipar las dudas. León XIV se presentó así ante el mundo, usando los atuendos tradicionales: muceta roja, estola papal y cruz dorada.

Una imagen que recordó a los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, y que se diferencia de Francisco, quien salió solo de blanco pontificio y usó su cruz pectoral de siempre.

Su sonrisa fue tímida todo el tiempo y, en el plano corto, se pudo ver la emoción contenida. Se notaban los suspiros, los ojos vidriosos a punto de llorar e incluso dificultad para tragar.

Y de los gestos a las palabras. La primera impresión que dio el papa fue de un hombre sereno, quizá un poco introvertido, metódico y que piensa bien antes de hablar; una pista del talante que podría tener León XIV a la hora de tomar decisiones.

Prueba de ello es que llevaba su primer saludo preparado por escrito. Cada frase parecía estar medida y tener una dirección clara. Solo la primera podría ser un avance de una de las líneas de su pontificado.

Repitió ni más ni menos que diez veces la palabra “paz”, y en distintos contextos. Pero hay que destacar este:

Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz que desarma, humilde y perseverante.

León XIV también habló al principio del papa Francisco. Recordó el momento en el que se le vio por última vez; el mismo en el que ahora se encontraba él.

Pero el mensaje de continuidad, aunque con un nuevo estilo distinto a Francisco, se pudo ver con estas frases. Habló de sin odalidad, paz y caridad, tres pilares de su predecesor.

A todos vosotros, hermanos y hermanas de Roma, de Italia, del mundo entero, queremos ser una Iglesia sinodal, una Iglesia que camina, una Iglesia que busca siempre la paz, que busca siempre la caridad, que siempre busca estar cerca especialmente de los que sufren.

Más allá de hablar como el líder de la Iglesia, lo hizo como pastor. Y recordó a sus dos diócesis, la de Roma, de la que es ahora obispo; y la de Chiclayo, en Perú, país del que tiene la nacionalidad. De hecho, habló incluso en español.

Y si me permiten también, una palabra, un saludo a todos aquellos y en modo particular a mi querida diócesis de Chiclayo, en el Perú, donde un pueblo fiel ha acompañado a su obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto, tanto para seguir siendo Iglesia fiel de Jesucristo.

Estas son las primeras pinceladas de León XIV: el primer papa norteamericano y el primer agustino. Un pontífice que ha dejado clara en su primera aparición su lado misionero y la necesidad de construir puentes para la paz.

CA

El crimen silencioso de la indiferencia: la traición a la catequesis en los colegios católicos

0

Una catequesis sin testigos es una traición. Una educación católica sin Jesús es un fraude. Un colegio católico sin evangelización es una farsa institucional.

En el corazón de muchas escuelas que se dicen católicas, se está cometiendo un crimen silencioso: el abandono sistemático de la catequesis auténtica, el desprecio práctico por la formación cristiana profunda, el desinterés —cuando no el desprecio— por la tarea evangelizadora que debería ser el alma de todo proyecto educativo que lleva el nombre de Cristo.

Por Mariela Zappa

Nos duele escribir esto. Pero nos duele más callarlo.

Mientras se invierten recursos en tecnología, idiomas, talleres y orientación vocacional, miles de jóvenes pasan por las aulas sin haber sido nunca iniciados en una relación viva con Jesús, sin haber aprendido a rezar, sin conocer el Evangelio. ¿Dónde están los pastores? ¿Dónde están los responsables de la educación católica? ¿Dónde están los celadores del tesoro que el mismo Jesús confió a la Iglesia cuando dijo: “Id y haced discípulos”?

No basta con “tener horas de catequesis”

La situación es grave. Porque el problema no es simplemente que falten horas de clase. El drama es que la catequesis ha sido confiada a personas que no creen, que no oran, que no han sido formadas para enseñar lo que la Iglesia cree y profesa.

Personas que no viven la fe que deberían transmitir. Personas que no sienten la misión como un llamado, sino como un empleo. Personas que enseñan religión como si fuera sociología, que repiten fórmulas sin alma, que jamás conducirán a un alma joven al encuentro personal con Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

¿Y quién lo permite?

Lo permiten los propios obispos y directivos. Con su negligencia, con su silencio, con su resignación cómplice. Han dejado de creer que es posible formar jóvenes santos. Se han rendido a la mediocridad. Y lo que es peor: han dejado de custodiar el fuego de la fe para conformarse con brasas tibias que no encienden a nadie.

“Catechesi Tradendae”: una herencia ignorada

Lo dijo San Juan Pablo II en Catechesi Tradendae (1979):

“La finalidad definitiva de la catequesis es poner a alguien no solamente en contacto, sino en comunión, en intimidad con Jesucristo.”

¿Qué parte de esta frase no entendimos?

¿Qué nos pasó para pensar que basta con enseñar los valores del Evangelio sin evangelizar con el Evangelio? ¿Qué nos ocurrió para convertir la catequesis en una asignatura neutra, moralizante, a veces incluso ideologizada, sin alma ni fuego?

San Juan Pablo II advirtió también que “una catequesis sin el testimonio de vida de quien la transmite es estéril”. Y sin embargo, en muchas escuelas se ha institucionalizado el escándalo de que quienes no creen, quienes no practican, quienes viven en contradicción abierta con la fe, sean los encargados de formar cristianamente a los jóvenes.

El ministerio ignorado

El Papa Francisco instituyó en 2021 el ministerio del Catequista. No fue un gesto decorativo. Fue un llamado a devolver a la catequesis su dignidad original. El Catequista, dice Francisco, es “un testigo de la fe, maestro y acompañante”.

¿Dónde están estos testigos en nuestros colegios?

Un tesoro despreciado

Nos preguntamos: ¿quién custodia a los jóvenes que están creciendo sin conocer a Cristo? ¿Qué hacen los obispos ante este desastre espiritual? ¿Qué hacen los responsables de pastoral educativa?

No se puede delegar la catequesis a la improvisación. La evangelización no es opcional. La catequesis no es un adorno. Y los jóvenes no son conejillos de Indias de una pedagogía sin alma. Son tesoros vivos, y serán —o no— el corazón creyente de una Iglesia que agoniza si no vuelve a su misión primera.

¿Será posible aún un cambio?

Sí, si hay coraje. Si los pastores vuelven a ser pastores. Si los directivos se convierten. Si se pone a los mejores catequistas, los más formados, los más santos, al frente de esta tarea vital.

La juventud no necesita discursos ideologizados ni talleres de autoestima. Necesita testigos del Dios vivo. Necesita que alguien les muestre que Jesús está vivo, que los ama, que los llama por su nombre.

Si no lo hacemos, no nos sorprendamos cuando nuestras iglesias se queden sin jóvenes. Lo habremos provocado nosotros. Con nuestras omisiones. Con nuestra indiferencia. Con nuestro pecado de negligencia.

Es hora de despertar. Porque el futuro de la fe se juega hoy, en las aulas de nuestros colegios.