Una confesión laica sobre pertenencia, clericalismo y el talento que la Iglesia nunca convocó
Llevo décadas yendo a la misma parroquia. Conozco las grietas del piso, la cara los monaguillos, recuerdo el nombre de los que ya no están. He visto pasar curas.
Ultimamente. . .
Uno llegó con los ojos encendidos de Francisco, hablando de Iglesia en salida, de periferias, de no esperar que la gente venga sino ir a buscarla.
Después vino otro. Para este, lo central es el rezo, las novenas, la adoración del Santísimo.
Dos hombres, dos eclesiologías, una misma institución que oscila entre ellas sin que nadie le pida cuentas al péndulo.
Me quedé. No por inercia, aunque a veces me pregunto si la diferencia entre fidelidad e inercia no es más delgada de lo que queremos admitir. Me quedé porque uno construye, con los años, algo que solo puede llamarse parroquia-dependencia: una geografía espiritual hecha de hábitos, de rostros conocidos, de un banco que siente como propio aunque nunca lo sea del todo.
Cambiar de parroquia a esta altura sería mudarme de mí mismo.
Pero hay un ejercicio que no puedo seguir postergando: hacer el balance.
La arena entre los dedos
¿Qué me queda, concretamente, de tantos años? Me hago la pregunta con la misma frialdad con que un médico palpa un órgano. No busco drama. Busco verdad.
Y lo que encuentro me inquieta: algo que se escurre. Como arena entre los dedos. Cuanto más aprieto, menos queda. No es que no haya habido momentos reales, encuentros genuinos con lo sagrado, instantes donde la liturgia hizo lo que promete. Los hubo.
Pero en el balance de largo plazo, lo que predomina es una sensación de participación mínima. Estuve. Asistí. Recibí sacramentos. Pero actué poco, construí poco, dejé poco.
Y sé, porque lo he hablado en privado con otros laicos de largo recorrido, que no soy el único.
Cuando se les pregunta con confianza, muchos describen exactamente esto: la sensación de haber sido espectadores de algo que debería haberlos incluido de otra manera.
La pregunta entonces deja de ser personal y se vuelve estructural: ¿fuimos nosotros, o fue el sistema?
El talento que nadie convocó
Tengo talentos. No lo digo con vanidad sino con la certeza sobria de quien se conoce después de setenta años. Tengo capacidad para pensar, para comunicar, para investigar, para interpelar.
He desarrollado esas capacidades durante décadas, en parte gracias a mi Fe, en diálogo con ella, como respuesta a ella.
Nunca pude desplegarlos en mi parroquia.
No porque nadie me lo prohibiera. Sino porque el modelo parroquial predominante en Argentina no tiene lugar para ese tipo de laico.
El modelo que conozco necesita laicos que ayuden: que organicen la rifa, que lleven la comunión a los enfermos, que canten en el coro, que decoren el altar. Todas tareas nobles.
Pero hay otro tipo de participación —la que viene de compartir talentos intelectuales, pastorales, creativos, en genuina sinergia con otros— que la parroquia estructuralmente no convoca porque no sabe qué hacer con ella.
El resultado es un desperdicio silencioso y sistemático que se repite en miles de parroquias.
Décadas de formación, de lecturas, de experiencia vital acumulada en clave de Fe, que no encuentran cauce eclesial.
Que se vierten, cuando mucho, en conversaciones privadas, en grupos de WhatsApp, en blogs que nadie en la estructura institucional lee.
¿Por qué? Porque todo giró siempre alrededor del cura.
El sacerdote como sol. Los laicos como planetas que orbitan, cuya luminosidad es siempre refleja, nunca propia. Un sistema donde los ministerios laicales existen en el papel —el Vaticano II los proclamó, Christifideles Laici los desarrolló, el Directorio para la Catequesis los supone— pero en la práctica concreta de la parroquia de barrio siguen siendo ornamentales o, en el mejor caso, funcionales.
Nunca constitutivos.
Esto tiene nombre: clericalismo. Y Francisco lo denunciaba con una lucidez que sus sus Obispos, curas y parroquias, con mucha frecuencia, siguen ignorando
La pregunta que no es retórica
¿Es el presbítero un mediador entre Dios y los hombres?
La pregunta parece inocente. No lo es.
Si la respuesta es sí en sentido pleno y exclusivo —si el sacerdote es el canal necesario e insustituible entre la criatura y su Creador— entonces el modelo parroquial girocéntrico tiene una justificación teológica.
El sol irradia porque es la única fuente de luz. El laico orbita porque su única opción es recibir.
Pero esa respuesta es teológicamente incorrecta, y la Iglesia lo sabe —aunque su práctica institucional frecuentemente lo contradiga.
El sacerdocio ministerial no absorbe ni reemplaza el sacerdocio común de los fieles. Lumen Gentium lo enseña con una claridad que pocas veces llega a los bancos: el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque difieren esencialmente y no solo en grado, se ordenan el uno al otro (LG 10).
El presbítero preside una comunidad de bautizados que ya son, en virtud de su bautismo, sacerdotes, profetas y reyes. No es el sol: es el que convoca a las luminarias.
El problema no es la teología. La teología está bien escrita desde hace sesenta años.
El problema es la distancia entre el texto y la práctica. Entre lo que afirma L.G. y la reunión del miércoles a la noche donde el cura decide, informa y cierra. Un abismo de distancia
Lo que el péndulo no puede resolver
He visto oscilar el péndulo entre la Iglesia en salida y la Iglesia de adoración.
Ninguno de los dos extremos me convenció del todo, no porque ambos sean falsos —hay verdad en cada uno— sino porque ambos, en su versión parroquial concreta, siguen siendo clerocéntricos.
Cambia el estilo del sol. No cambia la estructura solar.
El cura ad extra sale él, decide él a dónde ir y a quién buscar, convoca a los laicos como voluntarios de su proyecto.
El cura ad intra organiza él la adoración, elige él los tiempos del rezo, diseña él la espiritualidad de la comunidad.
En ambos casos, el laico es un ejecutor —generoso, a veces entusiasta— de una agenda que no codesignó.
Lo que nunca he visto, en décadas, es una comunidad parroquial donde el laico formado sea convocado como tal, en la especificidad de sus talentos, para copensar y codecidir la vida de la Iglesia local.
No como ayudante. Como sujeto. Y sospecho que no soy el único que puede decir esto.
El saldo
Sigo yendo. Seguiré yendo. No porque el modelo me satisfaga, sino porque la Eucaristía no es del cura: es de Cristo.
Los sacramentos no los administra la institución para sí misma: los administra para mí, que soy Iglesia tanto como cualquier ordenado.
Pero el saldo honesto es este: décadas de presencia fiel, y una sensación persistente de haber sido espectador de algo que debería haberme incluido de otra manera. No como queja. Como diagnóstico.
La parroquia me formó, sí. Pero también me contuvo. Y hay una diferencia entre ser formado y ser contenido que la Iglesia argentina todavía no ha terminado de procesar.
La arena que se escurre no es mi Fe. Es algo más difícil de nombrar: el espacio que la Iglesia no supo darme —ni a mí, ni a tantos otros que conozco y que guardan silencio—, y que yo, por fidelidad, por amor, por esa mezcla indescifrable de las dos cosas, nunca reclamé en voz alta.
Hasta ahora.
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