Hay una pregunta que ningún catecismo resuelve del todo y que cada generación vuelve a hacerse con la misma urgencia con la que la hizo Job, sentado sobre sus cenizas: ¿por qué sufro?
No “por qué sufre el mundo” en abstracto —eso admite respuestas filosóficas elegantes y, casi siempre, inútiles— sino por qué sufro yo, aquí, ahora, en este cuerpo, con este diagnóstico, con esta pérdida. Es la pregunta que nadie hace en un seminario de teología y que todos hacen en una sala de espera de oncología.
Salvifici Doloris
Juan Pablo II lo sabía mejor que la mayoría de quienes han escrito sobre el tema. No era un teólogo especulando desde un escritorio confortable: era un hombre que había perdido a su madre a los nueve años, a su único hermano poco después, a su padre en la adolescencia, que había sobrevivido a la ocupación nazi de Polonia trabajando en una cantera, y que en 1981, apenas tres años después de ser elegido Papa, recibió cuatro balazos en la Plaza San Pedro.
Cuando en 1984 firma Salvifici Doloris, no está ensayando una tesis: está sistematizando una vida.
El error que la carta no comete
Lo primero que llama la atención de este documento —y lo que lo distingue de la mayoría de los intentos cristianos de “explicar” el sufrimiento— es lo que se niega a hacer.
Juan Pablo II no construye una teodicea. No intenta justificar a Dios ante el tribunal del dolor humano, ese ejercicio que tantas veces termina sonando a excusa barata: “todo tiene un porqué”, “Dios no manda nada que no podamos soportar”, “esto te va a hacer más fuerte”.
Frases que cualquiera que haya estado realmente postrado por el dolor reconoce de inmediato como lo que son: anestesia verbal, no consuelo.
El Papa hace otra cosa, mucho más arriesgada y mucho más honesta: en lugar de explicar el dolor, lo sitúa.
Lo coloca dentro de una historia concreta —la historia de la salvación— y dentro de un cuerpo concreto —el de Cristo crucificado—.
No dice “esto es lo que significa tu sufrimiento”.
Dice: “esto es el lugar donde tu sufrimiento puede encontrar sentido, si vos elegís entrar ahí“. La diferencia no es menor. Es la diferencia entre una respuesta y una invitación.
Job, antes que nadie
La carta dedica un tramo extenso al libro de Job, y no por erudición exegética sino porque Job es, según Juan Pablo II, quien primero formula con total honestidad la pregunta sin caer en la trampa de sus amigos.
Los amigos de Job —Elifaz, Bildad, Sofar— representan la teología más antigua y más persistente de todas: el dolor es castigo, el sufrimiento es proporcional al pecado, si te pasa algo malo es porque hiciste algo malo.
Esa lógica retributiva, cómoda porque ordena el caos moral del mundo, es exactamente lo que el libro de Job —y Juan Pablo II después de él— desmonta sin piedad.
Job sufre sin haber pecado. Y Dios, al final del libro, no le da explicaciones: le muestra su grandeza, su misterio, y eso —paradójicamente— basta.
No basta porque resuelve el enigma intelectual, sino porque restaura la relación.
Juan Pablo II toma de ahí una intuición central: el sufrimiento humano no se resuelve con una fórmula, se resuelve —o mejor, se transfigura— dentro de una relación con Dios que sobrevive a la ausencia de explicaciones.
El giro cristológico: de Job a la Cruz
Pero el Antiguo Testamento, dice el Papa, todavía espera una respuesta plena.
Esa respuesta llega con Cristo, y aquí está el centro teológico de toda la carta: en la Cruz, Dios no explica el sufrimiento desde afuera, lo asume desde adentro.
No envía un mensaje sobre el dolor: se hace doliente.
El Hijo de Dios, que según toda lógica debería estar exento de sufrir, sufre más que cualquier hombre, y precisamente ese sufrimiento —libremente asumido, no impuesto— se convierte en fuente de salvación para todos los demás sufrimientos.
Acá aparece la expresión que da título a la carta y que es, probablemente, la afirmación más densa de todo el documento: el dolor humano, unido al de Cristo, no solo se soporta, salva.
No en el sentido de que el sufrimiento en sí mismo tenga valor —Juan Pablo II es categórico en que el mal sigue siendo mal, y la Iglesia nunca debe estetizar ni glorificar el dolor como si fuera deseable—, sino en el sentido de que ese dolor, atravesado con Cristo y no a solas, se vuelve fecundo. Deja de ser pura pérdida.
“Completar lo que falta a los padecimientos de Cristo”
La carta retoma una frase de San Pablo que durante siglos generó más confusión que claridad: la afirmación de que el apóstol “completa en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24).
¿Cómo puede faltarle algo a la redención de Cristo, que es perfecta y suficiente? Juan Pablo II resuelve la aparente contradicción con una distinción fina pero decisiva: a la redención objetiva, consumada de una vez para siempre en la Cruz, no le falta nada.
Pero esa redención necesita ser apropiada subjetivamente por cada generación, por cada persona, y ahí —dice el Papa— el sufrimiento de cada cristiano, unido al de Cristo, participa de ese proceso continuo de aplicación de la gracia a la historia.
Dicho con menos tecnicismo: tu dolor, si lo unís al de Cristo, no agrega nada a lo que Cristo ya hizo, pero sí se convierte en un canal por el cual esa salvación sigue llegando al mundo.
El enfermo postrado, el que agoniza en silencio, el que carga una pena que nadie ve, no está al margen de la obra redentora de la Iglesia. Está, según esta carta, en su centro más activo, aunque parezca lo más pasivo del mundo.
El samaritano: la respuesta que falta del lado humano
Hay un tercer movimiento en la carta, menos citado que los anteriores pero igualmente importante: después de situar el sufrimiento dentro del misterio de Cristo, Juan Pablo II se pregunta qué le toca hacer al cristiano frente al dolor del otro.
Y la respuesta es la parábola del Buen Samaritano.
El sentido del sufrimiento, dice, no se agota en la dimensión vertical —mi dolor y Dios— sino que se completa en la dimensión horizontal: la compasión activa, concreta, que se detiene junto al que sufre cuando todos los demás pasan de largo.
Esto es importante porque evita que la teología del sufrimiento se vuelva una excusa para la pasividad social. No es: “que sufra, así se santifica, no hace falta que yo intervenga”.
Es exactamente lo contrario: precisamente porque el sufrimiento tiene esta densidad salvífica, el cristiano está más obligado, no menos, a aliviarlo en el otro cuando puede hacerlo.
La mística del dolor en Juan Pablo II nunca reemplaza la ética del cuidado; la fundamenta.
Por qué esta carta sigue siendo necesaria
Cuarenta años después, Salvifici Doloris no ha perdido vigencia; la ha ganado, porque la cultura contemporánea ha desarrollado dos estrategias frente al dolor, ambas insuficientes.
La primera es la negación tecnológica: el dolor como problema a eliminar, a anestesiar, a evitar a cualquier costo, incluso —cuando se vuelve insoportable o “indigno”— eliminando al que sufre, como ocurre en el avance silencioso de la eutanasia en buena parte de Occidente.
La segunda es el victimismo sin trascendencia: el dolor como identidad, como relato cerrado sobre sí mismo, sin ninguna apertura hacia un sentido que lo exceda.
Juan Pablo II ofrece una tercera vía, más difícil que ambas: ni negar el dolor ni quedarse atrapado en él, sino atravesarlo con alguien.
Esa es, en el fondo, la intuición más honda de la carta, y quizás la razón por la cual un Papa que conocía el sufrimiento desde adentro —no desde la teoría— eligió escribirla no al principio de su pontificado, cuando todavía era una figura nueva y expectante, sino cinco años después, cuando ya había sido herido de bala, cuando ya había enterrado a casi toda su familia, cuando ya sabía, con el cuerpo y no solo con la cabeza, de qué estaba hablando.
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