No queremos a Hakuna, queremos a Jesucristo

Hay una pregunta que pocas veces se hace en voz alta dentro de una parroquia, porque hacerla en voz alta incomoda: ¿a quién le estamos cantando?

No es una pregunta retórica. Es una pregunta litúrgica, teológica, y en este momento de la Iglesia argentina, también periodística.

En los últimos años, una oleada de música de alabanza ha ido desplazando silenciosamente el repertorio litúrgico tradicional en muchas parroquias del país.

Los ministerios de música —esos grupos de laicos comprometidos que semana a semana sostienen el canto de la asamblea— han incorporado progresivamente canciones cuya procedencia no siempre se examina y cuyo contenido doctrinal casi nunca se evalúa.

El criterio que prevalece es otro: si emociona, si convoca, si hace llorar a la gente, algo bueno debe tener.

Ese criterio tiene un nombre. Se llama emocionalismo. Y es uno de los equívocos más persistentes y más difíciles de señalar en la vida pastoral contemporánea, precisamente porque viene envuelto en buenas intenciones, en juventud, en alegría, y en una sinceridad que nadie tiene motivos para dudar.

El problema no es la sinceridad. El problema es hacia dónde apunta.


El “tú” que no tiene rostro

Tomemos una canción típica del repertorio que hoy circula en muchos ministerios de música parroquiales. La letra habla de un “tú” al que el cantante ama, necesita, busca, al que le entrega todo. El lenguaje es el del amor romántico: intimidad, entrega, emoción, anhelo. La música refuerza ese registro: melodías envolventes, crescendos emotivos, momentos de silencio cargados de tensión sentimental.

¿A quién le habla esa canción?

La respuesta debería ser obvia: a Jesucristo. Pero si uno presta atención a la letra con honestidad, descubre que el “tú” es notablemente indefinido. No tiene historia. No tiene cruz. No tiene resurrección. No tiene cuerpo glorioso. No intercede, no juzga, no salva en el sentido preciso y pascual del término. Es un “tú” proyectable, intercambiable, que cada oyente puede llenar con el contenido emocional que traiga consigo esa tarde.

Eso no es oración cristiana. Es espejo.

Joseph Ratzinger lo advirtió con una precisión que el tiempo no ha desmentido: la Fe no es una experiencia. Es un encuentro con una Persona que existe objetivamente, independientemente de lo que yo sienta, independientemente de si hoy estoy bien o estoy mal, independientemente de si la música me llegó o no me llegó. La Fe que descansa sobre la experiencia emocional es una fe que tiembla cada vez que la emoción baja. Y la emoción siempre baja.


Hakuna y la espiritualidad de la sensación

Entre los movimientos que mejor encarnan esta tendencia en el mundo hispanohablante se encuentra Hakuna, una iniciativa de espiritualidad juvenil de origen español que ha ganado presencia significativa en Argentina y en toda América Latina.

La revista Vida Nueva —una de las publicaciones católicas de referencia en español— le dedicó su portada en marzo de 2026, en el contexto de una nota de fondo sobre los llamados “retiros de impacto emocional” y su relación con la nota doctrinal Cor ad cor loquitur de la Conferencia Episcopal Española.

Ese documento episcopal, aprobado por unanimidad de la Comisión Permanente y firmado por el obispo Francisco Conesa, presidente de la Comisión para la Doctrina de la Fe, advierte con precisión sobre el riesgo de un “reduccionismo emotivista de la fe” que convierte a los fieles en consumidores de experiencias de impacto en lugar de discípulos maduros.

Sin nombrar a ningún grupo en particular, describe con exactitud clínica lo que ocurre cuando la emoción reemplaza al contenido: “bombardeo emocional”, “presión de grupo”, celebraciones “intimistas y efectistas”, y una tendencia a ofrecer parches pseudomísticos momentáneos para heridas que requieren acompañamiento integral.

Hakuna propone una experiencia de encuentro con Dios centrada en la música, la comunidad, la emoción compartida y una estética cuidadosamente diseñada para resultar atractiva a los jóvenes. Nada de esto es malo en sí mismo. La belleza es una vía legítima hacia Dios. La comunidad es constitutiva de la fe cristiana. La alegría es un fruto del Espíritu.

El problema no es lo que Hakuna ofrece. Es lo que omite.

Una espiritualidad que privilegia sistemáticamente la sensación sobre la doctrina, la experiencia sobre el contenido, el clima emocional sobre la verdad revelada, no forma discípulos. Forma consumidores de experiencias religiosas. Y un consumidor de experiencias religiosas es alguien que, cuando la experiencia deja de satisfacerlo, busca otra más intensa. O abandona.

Los pastoralistas consultados por Vida Nueva para ese reportaje nombraron con precisión el fenómeno resultante: el “turismo espiritual“. Es la lógica del que recibe un primer impacto emocional en un retiro o encuentro, experimenta una especie de subida espiritual repentina, y luego necesita repetirla porque la pastoral ordinaria de la parroquia —la misa dominical, la catequesis, el servicio concreto— ya no le produce la misma intensidad.

Esa persona no está creciendo en la fe. Está buscando la próxima dosis de emoción religiosa, del mismo modo en que un adicto busca reproducir una sensación que ya no llega con la misma facilidad.

Los seminaristas, los curas jóvenes y los laicos que hoy presionan para incorporar este repertorio en la Liturgia frecuentemente vienen de ese recorrido.

No lo hacen con mala fe. Lo hacen porque esa música los tocó, porque en algún retiro sintieron algo que interpretaron como presencia de Dios, y quieren compartirlo. Esa generosidad es real y merece respeto.

Pero la Liturgia no es el lugar de lo que a mí me tocó. Es el lugar donde la Iglesia actúa en nombre de Cristo, con formas que no dependen de lo que yo sienta hoy. Subordinar la celebración eucarística a la estética de un movimiento juvenil —por bienintencionado que sea— es una confusión de categorías que tiene consecuencias pastorales serias.


El camino del estrellato

Hay otro fenómeno que merece ser nombrado con la misma honestidad: el de los animadores y músicos que comenzaron su trayectoria al servicio de la Liturgia y la fueron abandonando progresivamente cuando descubrieron que ese espacio les quedaba chico.

No es un fenómeno nuevo. Pero se ha acelerado en los últimos años con la proliferación de plataformas digitales, el auge del mercado de la música cristiana en español, y la lógica del estrellato que ese mercado reproduce.

El patrón es reconocible. Alguien comienza animando retiros, liderando el coro parroquial, grabando canciones de alabanza para su comunidad. La respuesta es buena. Las redes crecen. Llegan invitaciones de otras diócesis, de otros países.

El perfil personal empieza a ser más grande que la misión que lo originó. Y en algún momento, casi sin que la persona lo advierta conscientemente, el centro de gravedad se desplaza: ya no es el servicio a la comunidad. Es la carrera.

Algunos de los nombres más conocidos del circuito de música cristiana en español en la actualidad recorrieron ese camino. No los señalamos individualmente porque el fenómeno es más importante que las personas concretas. Pero el fenómeno existe, es verificable, y merece ser examinado sin la condescendencia de quien no quiere incomodar a nadie.

La pregunta que cada músico parroquial debería hacerse —y que muy pocos se hacen— es esta: ¿estoy aquí porque quiero servir a esta asamblea, o estoy aquí porque todavía no encontré una plataforma más grande?


El caso Bergonzi: cuando el modelo llega a sus consecuencias

El caso de Leda Bergonzi, la llamada “sanadora de Rosario”, no es el de una cantante de música cristiana en sentido estricto. Pero ilustra con una claridad brutal adónde puede llegar el emocionalismo religioso cuando se desarrolla sin anclaje doctrinal, sin control institucional y con una figura carismática en el centro.

Bergonzi comenzó su actividad en el espacio de la espiritualidad carismática, con aval inicial de sectores de la Iglesia de Rosario. Sus encuentros incorporaban los elementos clásicos de ese universo: oración de sanación, canto de alabanza, “descanso en el Espíritu”, imposición de manos. Durante años realizó sus actividades en parroquias y en la propia Catedral de Rosario con respaldo eclesiástico.

La comunidad que fundó, “Soplo de Dios Viviente“, creció con una lógica que el emocionalismo religioso reproduce sistemáticamente: cuanto más intensa la experiencia, cuanto más extraordinario el fenómeno, cuanto más visible la figura que lo protagoniza, mayor la convocatoria. La fama de Bergonzi escaló masivamente cuando recibió a familiares de Lionel Messi. Ese dato dice todo sobre la gramática del fenómeno: en ese universo, la santidad se mide en visibilidad.

A fines de 2024, el Arzobispado de Rosario suspendió toda actividad pastoral de su grupo en nombre de la Iglesia Católica. Los motivos documentados incluyeron la falta de claridad en el origen de los fondos de sus eventos, un perfil crecientemente comercial, prácticas que la Iglesia reserva exclusivamente para los sacerdotes —como la imposición de manos sacramental— y declaraciones teológicamente inaceptables, como atribuir el origen del cáncer a la falta de perdón.

Bergonzi continúa sus actividades de forma independiente, en ámbitos privados, sin el respaldo del Arzobispado ni de la Renovación Carismática Católica. Ha volcado una parte significativa de su actividad hacia la música cristiana, lanzando canciones de adoración y realizando espectáculos musicales. El círculo se cierra: lo que comenzó como servicio eclesial terminó como marca personal con agenda de shows.

No se trata de juzgar la conciencia de nadie. Se trata de reconocer que este desenlace no es una anomalía ni una corrupción accidental del modelo. Es su consecuencia lógica cuando el yo ocupa el lugar que le corresponde a Cristo.


El extremo del camino: cuando el emocionalismo produce una secta

El caso Bergonzi es argentino y conocido. Pero no es el único ni el más grave que existe en el mundo católico hispanohablante.

La revista Vida Nueva documentó en ese mismo número el caso de las Hijas del Amor Misericordioso (HAM), una asociación pública de fieles intervenida en julio de 2025 por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, tras la confirmación de presuntos abusos de poder, de conciencia y sexuales.

El Tribunal de la Rota elaboró un informe que recomendaba la disolución del grupo. Más de cien jóvenes consagradas, una treintena de seminaristas y sacerdotes, y más de trescientos laicos estaban involucrados.

Lo que hace relevante este caso para el argumento de este artículo no es la gravedad de los abusos en sí —que es indiscutible— sino el punto de entrada que los posibilitó: los retiros de impacto emocional.

Según las víctimas consultadas por Vida Nueva, los retiros Emaús y Effetá —formatos de fin de semana basados precisamente en la técnica del bombardeo emocional— eran la puerta por la que el grupo captaba nuevos miembros.

La lógica era directa: una persona emocionalmente desnuda, que acaba de exponer sus heridas en un clima de intensidad afectiva grupal, es extraordinariamente vulnerable a quien se presente como su “sanador” o “salvador”.

El emocionalismo religioso no produce necesariamente sectas ni abusos. Pero cuando no tiene anclaje doctrinal, ni control institucional, ni respeto por la libertad de conciencia del participante, crea las condiciones exactas para que todo eso ocurra. No es una posibilidad remota. Es un riesgo documentado, con víctimas reales, en el corazón del mundo católico hispanohablante.

La pregunta que la Iglesia argentina debería hacerse no es si esto puede pasar aquí. Es si ya está pasando en alguna medida, y nadie lo está mirando.


Los que se quedaron

Hay una historia que casi nunca se cuenta, porque no genera titulares ni seguidores en redes: la de los músicos y cantores que tenían condiciones para el estrellato y eligieron quedarse.

En parroquias de todo el país hay personas con voces extraordinarias, con sensibilidad musical genuina, con capacidad de mover a una asamblea, que semana tras semana preparan el canto dominical, ensayan con voluntarios de distinto nivel, adaptan el repertorio a las posibilidades reales de su comunidad, y lo hacen sin que nadie los filme, sin que nadie los aplauda más allá de los límites de su barrio.

Esa elección no es resignación. Es una forma de ascética que el mundo contemporáneo tiene dificultades para reconocer como tal: la renuncia voluntaria al brillo propio en favor del servicio anónimo.

Es, en el fondo, la misma lógica del Bautista: él debe crecer, yo debo disminuir.

Esos músicos no necesitan que nadie los reivindique públicamente. Pero sí necesitan que la Iglesia los sostenga con un repertorio litúrgico que esté a la altura de su vocación: música que alabe a Dios, que instruya a la asamblea, que sea bella sin ser espectacular, que sirva a la celebración en lugar de protagonizarla.

Los salmos, cantados con fidelidad al texto bíblico y con formas musicales que respetan la naturaleza de la Liturgia, son el ejemplo más antiguo y más robusto de lo que la música al servicio de Dios puede ser. No como nostalgia. Como criterio.


Lo que está en juego

La pregunta con la que empezamos este artículo —¿a quién le estamos cantando?— no es menor.

En la Liturgia, esa pregunta tiene una respuesta que la Iglesia no puede delegar en la sensibilidad del momento ni en las preferencias de un ministerio de música bien intencionado.

Le cantamos a Jesucristo. Al que nació, murió, resucitó y vendrá. Al que está presente en el altar, en la Palabra, en la asamblea reunida en su nombre. No a un “tú” difuso que cada uno llena con su propia emoción.

Esa es la diferencia entre la oración y la terapia emocional colectiva. Entre la Liturgia y el espectáculo. Entre la fe y el sentimiento.

Hakuna puede emocionar. La música de moda en los retiros puede emocionar. Leda Bergonzi emocionó a miles de personas durante años. La emoción no es mentira. Pero tampoco es suficiente.

Jesucristo no es una experiencia. Es una Persona. Y encontrarse con una Persona requiere algo más que sentir.

©Catolic.ar


catolic.ar es una publicación independiente de laicos católicos dedicada al periodismo de investigación y al análisis doctrinal desde el sensus fidei del laicado.

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