El laico invisible

Bautizados de primera, ciudadanos de segunda, el laico invisible

catolic.ar — Periodismo laico de investigación

La escena que nadie describe — pero todos reconocen

Hay una escena que se repite en parroquias de todo el mundo hispanohablante.

Un laico comprometido, con años de servicio, formación seria y discernimiento genuino, se anima a plantear una observación, una pregunta incómoda, o simplemente una perspectiva diferente a la del párroco de turno.

El resultado es casi siempre el mismo: el silencio que hiela, la sonrisa que no llega a los ojos y, poco después, la exclusión del grupo, el ministerio o el proyecto. Nadie dice nada. Nadie necesita decir nada.

El mecanismo funciona solo.

Este artículo no pretende ser una denuncia airada contra el sacerdocio. Pretende ser algo más incómodo: un espejo. Y los espejos, a diferencia de los discursos, no mienten.

Lo que aquí se examina no es una anomalía pastoral ocasional. Es una estructura. Tiene historia, tiene causas identificables y tiene consecuencias que la Iglesia aún no ha terminado de medir.

Para comprenderla es necesario hacer tres cosas a la vez: leer lo que el magisterio dice con claridad meridiana, mirar lo que ocurre en la realidad concreta, y formular la pregunta que nadie en la sacristía se anima a hacer en voz alta.

Lo que la Iglesia dice — y no aplica

El bautismo como título de plena dignidad

El clericalismo no es solo un problema de actitudes: es una herejía sociológica.

Una deformación que contradice algo que la Iglesia ha afirmado con total claridad desde el Concilio Vaticano II: que la dignidad del cristiano no viene de la ordenación, sino del bautismo.

La Lumen Gentium (n. 31) es inequívoca al respecto. El laico participa a su modo propio en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo.

No como concesión pastoral generosa, sino como constitución ontológica derivada del primer sacramento. Antes de ser laico, párroco, obispo o papa, todo cristiano es bautizado. Y en ese nivel fundamental, la dignidad es idéntica.

El Código de Derecho Canónico de 1983, canon 212 §3, va todavía más lejos en términos jurídicos: reconoce expresamente el derecho —no la posibilidad, no la cortesía— de los fieles a manifestar a los pastores sus necesidades “e incluso sus opiniones sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia.”

La reverencia que el canon exige es bilateral, no unilateral. Dato que pocas veces se menciona desde el púlpito.

Christifideles Laici: la Carta Magna que duerme en los estantes

En 1988, tras el Sínodo sobre los laicos de 1987, Juan Pablo II publicó la Christifideles Laici (CL), el documento magisterial más importante sobre el laicado desde el Vaticano II. Es, en rigor, la carta magna del laico: abarca su dignidad e identidad, su participación en la vida eclesial, su corresponsabilidad en la misión y la variedad de vocaciones laicales.

El número 3 de CL denuncia con precisión quirúrgica dos tentaciones simétricas y opuestas: la de los laicos que se eclesiástican —abandonando su misión en el mundo— y la de los clérigos que tratan a los laicos como simples ejecutores de decisiones tomadas arriba.

Juan Pablo II las llama igualmente deformaciones. Dos formas distintas de traicionar la naturaleza de la Iglesia.

Pero quizás el párrafo más olvidado de toda la CL es el que trata de la corresponsabilidad activa.

El fiel laico no puede abdicar de la participación en la vida pública, la economía, la legislación y la cultura, porque es el laico —no el sacerdote— quien vive inserto en esas realidades y quien las puede impregnar desde dentro.

Cuando el párroco descalifica al laico que intenta aportar desde su experiencia profesional del mundo, no está ejerciendo autoridad legítima: está contradiciéndola.

Francisco: diagnóstico sin anestesia

Francisco fue el papa que más explícitamente nombró el clericalismo como patología estructural, no como falla individual de algún sacerdote difícil.

En su carta al Cardenal Ouellet (2016), escribió que el clericalismo “niega la madurez del laicado” y lleva al laico a una minoría de edad permanente: a no pensar como cristiano sino a “pensar como el sacerdote quiere que piense.”

El clericalismo es un látigo, es un azote, es una forma de mundanidad que mancilla y daña el rostro de la Esposa del Señor. Esclaviza al santo pueblo fiel de Dios.”

— Papa Francisco, Sínodo sobre la Sinodalidad, octubre 2023

Palabras fuertes. Pero las palabras, solas, no cambian la temperatura del ambiente en la sacristía del barrio. Y esa distancia entre el diagnóstico pontificio y la realidad parroquial cotidiana es precisamente lo que este artículo examina.

El Sínodo sobre la Sinodalidad: el intento más serio en 60 años

El Sínodo sobre la Sinodalidad —el proceso más ambicioso de consulta eclesial en décadas— modeló en su propia estructura una respuesta. Por primera vez en la historia, sacerdotes, religiosas y laicos participaron en igualdad plena de condiciones, con voz y voto, no como auditores ni invitados de honor, sino como miembros plenos del proceso deliberativo.

El Documento Final, publicado en noviembre de 2024, no es una recomendación pastoral vaga.

Contiene propuestas estructurales concretas: consejos pastorales diocesanos y parroquiales con poder real y no meramente decorativo; procesos de discernimiento comunitario antes de decisiones pastorales significativas; mecanismos de rendición de cuentas de los pastores ante sus comunidades. No es teología especulativa. Es arquitectura institucional.

Vale recordarlo: la participación del laicado en la conducción de la Iglesia no es una novedad del siglo XXI ni un capricho progresista. El Concilio de Constanza, en 1414, admitió miembros laicos con voto en un concilio ecuménico. Eso no es radicalismo: es historia de la propia Iglesia.

Análisis frío: lo que está pasando en realidad

El abismo entre el papel y el territorio

La distancia entre este corpus magisterial impresionante y la realidad cotidiana de la mayoría de las parroquias del mundo hispanohablante no se mide en kilómetros. Se mide en la temperatura de una reunión del consejo parroquial donde el párroco llega, anuncia lo que va a hacer, escucha con paciencia los comentarios de los laicos y luego hace exactamente lo que tenía planeado desde el principio. El consejo existe. La consulta ocurre. El resultado es independiente de ambos.

Este patrón no es resultado de sacerdotes malvados. Es resultado de una cultura formativa que produce sacerdotes convencidos —a veces inconscientemente— de que su ordenación los habilita no solo para presidir la Eucaristía, sino también para ser árbitros finales de cualquier decisión que ocurra dentro del perímetro parroquial, incluidas las que no tienen absolutamente nada que ver con su competencia teológica.

El laico que se clericaliza: la variante más refinada del problema

Existe un fenómeno que el magisterio denomina “clericalización del laicado”: ocurre cuando el compromiso del laico deja de orientarse hacia su misión en el mundo y se vuelca hacia el ejercicio del poder dentro de la Iglesia. Y el laico clericalizado es el más cómodo para el sistema: habla como el cura, defiende al cura, reproduce las categorías del cura.

A veces lo hace de buena fe, convencido de que eso es fidelidad. Pero lo que ha ocurrido en realidad es que ha renunciado a la identidad que el bautismo le confería: la única que le permitía hablar desde un lugar que el sacerdote no puede habitar, el mundo, la familia, el trabajo, la política, la cultura.

Francisco fue explícito al respecto: “El clericalismo es un mal cómplice, porque a los sacerdotes les agrada la tentación de clericalizar a los laicos; pero muchos laicos, de rodillas, piden ser clericalizados, porque es más cómodo. ¡Y este es un pecado de ambas partes!”

El costo real del disenso

El fenómeno del aislamiento del laico que disiente merece un análisis sin dramatismo pero sin eufemismos.

No existe, en la inmensa mayoría de los casos, una sanción formal. Nadie firma una resolución que diga “fulano queda excluido.” Lo que existe es algo más difuso y más eficaz: el silencio administrativo. La no convocatoria. El saludo que se acorta. La opinión que se escucha con una sonrisa y no vuelve a ser mencionada. El rumor que dice que “se puso difícil.”

La exclusión de los procesos de decisión puede derivar gradualmente en una defraudación que lleva al abandono efectivo de la Iglesia, especialmente en quienes están habituados a la transparencia y la rendición de cuentas en otros ámbitos de su vida profesional.

Este abandono silencioso —mucho más frecuente que la salida ruidosa— no aparece en ninguna estadística parroquial. La persona sigue figurando en el padrón. Sigue yendo a Misa, quizás.

Pero ha dejado de pertenecer en el sentido profundo del término.

Las causas profundas: por qué el sistema funciona así

El error de origen: confundir jerarquía de servicio con jerarquía de dignidad

Hay una distinción que la teología formula con claridad y que la cultura eclesial cotidiana borra con igual claridad: la diferencia entre jerarquía funcional y jerarquía ontológica.

La jerarquía funcional existe y es legítima. Alguien tiene que presidir la Eucaristía, anunciar el Evangelio con autoridad ministerial, gobernar la diócesis. Para eso se ordena al obispo y al presbítero. Es una distinción de función, no de valor.

El problema empieza cuando esa distinción funcional se desliza —casi imperceptiblemente, casi siempre sin intención explícita— hacia una distinción de dignidad. Cuando el ordenado comienza a sentirse no solo diferente en su rol, sino superior en su ser.

Aquí reside la falla estructural más profunda: la formación sacerdotal no ha absorbido plenamente la decisión conciliar de anteponer el capítulo sobre el Pueblo de Dios al de la constitución jerárquica en la Lumen Gentium.

Ese gesto teológico deliberado —la primacía del bautismo sobre la ordenación— se enseña en clase. No se vive en los pasillos del seminario.

El seminario como fábrica involuntaria de distancia

Un seminarista pasa entre seis y ocho años en una institución total —en el sentido sociológico del término— donde la autoridad fluye de arriba hacia abajo, donde la obediencia es virtud cardinal, donde el contacto con el mundo laical es limitado y mediado, y donde nunca se le pide que rinda cuentas de sus decisiones ante alguien que no sea un superior ordenado.

El origen del clericalismo está identificado con precisión en la formación sacerdotal: los seminarios privilegian la separación, la disciplina rígida y una visión autoritaria del ministerio. Este modelo, heredero del tridentinismo, ha persistido pese a las reformas propuestas por el Vaticano II. En consecuencia, se forman ministros ajenos a las comunidades, poco receptivos al diálogo y al discernimiento compartido.

El Cardenal Ouellet llamó a ese aislamiento formativo “un gran error” y advirtió que puede contribuir directamente a una cultura de clericalismo. Ese hombre egresa del seminario con la mejor voluntad del mundo. Y sin embargo ha sido formado —estructuralmente, no intencionalmente— para relacionarse con los laicos desde arriba. No con crueldad. Con paternalismo. Que es, como bien señaló Francisco, el “rostro amable del clericalismo.”

El feudalismo eclesiástico que nadie nombra

Lo que en ocasiones se percibe como arrogancia clerical no es solo una actitud personal. Es la huella de una estructura que se consolidó en la Edad Media y que el Concilio intentó desmantelar sin terminar de lograrlo.

En el período medieval, la jerarquía eclesial fue integrada plenamente en la sociedad feudal: el Papa operaba como señor feudal, los obispos como sus vasallos, que a su vez tenían como vasallos a sus sacerdotes, y estos a los laicos. La reforma gregoriana del siglo XI liberó a la Iglesia de la injerencia del poder civil, pero reprodujo internamente la misma lógica de pertenencia escalonada. Cambiaron los nombres —ya no se habla de vasallos sino de fieles— pero la estructura de poder permaneció.

Y aquí es donde emerge una observación que merece nombrarse sin eufemismos: la asimetría no se limita al eje clero-laico. Se replica hacia adentro del propio clero. El obispo mira al presbítero como el presbítero mira al laico. El arzobispo mira al obispo sufragáneo con la misma distancia benevolente con la que el párroco escucha al coordinador de la pastoral familiar. Es una pirámide que no termina en los laicos: los laicos simplemente están fuera de la pirámide. Son los que sostienen la base desde abajo, sin aparecer en el organigrama.

La metáfora del ajedrez es pertinente y exacta: en el ajedrez los peones existen para proteger a las piezas mayores, abrirles camino, y eventualmente ser sacrificados cuando la estrategia lo requiere. Esta no es una caricatura amarga. Es la descripción de una lógica que opera, aunque nadie la enuncie explícitamente.

La causa más profunda: el poder sin rendición de cuentas

Hay una causa todavía más honda que la historia medieval y más honda que la formación seminarística. Es la ausencia estructural de mecanismos de rendición de cuentas.

En una Iglesia fuertemente jerárquica, donde durante siglos se ha identificado autoridad con poder y obediencia con sumisión, los laicos formados en ese sistema terminan internalizando y replicando esas mismas lógicas en lugar de vivir una sana participación.

El párroco no responde ante sus fieles. El obispo no responde ante sus presbíteros de manera vinculante. Y cuando no hay rendición de cuentas, el poder —cualquier poder, en cualquier institución humana— tiende naturalmente a expandirse, a naturalizarse y finalmente a creer que es legítimo en sí mismo.

A esto se suma un mecanismo sociológico que Pierre Bourdieu ayuda a nombrar: los laicos, formados durante generaciones en estructuras jerárquicas absolutistas, incorporan la lógica clerical y la ejercen creyendo incluso que es la única forma posible de vivir la Iglesia. El sistema se reproduce a sí mismo con una eficiencia que ningún decreto sinodal puede desactivar por sí solo.

¿Qué pasa si nada cambia? Escenario de futuro

El nuevo pontificado y la continuidad del proceso sinodal

La muerte de Francisco en abril de 2025 abrió una pregunta legítima: ¿el proceso sinodal sobreviviría al impulso personal del papa que lo lanzó?

Los primeros meses del pontificado de León XIV dan una respuesta parcialmente tranquilizadora.

León XIV participó activamente en ambas asambleas del Sínodo, declaró las enseñanzas del Vaticano II como la “estrella polar” de su pontificado, y decidió continuar el proceso, alentando a la Curia, las diócesis y las parroquias a integrar la sinodalidad como modus vivendi permanente.

El horizonte que tiene en la mira es la gran asamblea sinodal de 2033.

El Secretario General del Sínodo, Cardenal Grech, fue explícito: “Animamos a las Iglesias locales a avanzar con valentía, afrontando resistencias y dificultades con libertad y parresía. Su voz no debería permanecer en silencio: sería una pérdida para toda la Iglesia.

Muy bien. Pero los documentos viajan más rápido que las culturas.

El cuello de botella: la implementación depende de quien tiene el poder

La fase de implementación del Sínodo se extiende de junio de 2025 a octubre de 2028, con itinerarios en iglesias locales, asambleas diocesanas y una asamblea continental en 2028. Es un calendario serio.

Pero tiene un punto débil estructural que el propio proceso reconoce sin ambages: sin el impulso real de los obispos diocesanos, el proceso no puede siquiera comenzar.

Ahí está el cuello de botella. El proceso depende de los obispos. Los obispos dependen de los párrocos. Y en buena parte del mundo hispanohablante —Argentina incluida— los párrocos operan con la discrecionalidad efectiva de pequeños señores feudales en sus territorios, con escasa supervisión real y un entorno cultural que premia la deferencia y penaliza la iniciativa laical no alineada.

Existe además un riesgo que los propios analistas post-sinodales señalan: el pontificado de Francisco había generado en algunos sectores del clero una fatiga de la autocrítica. La denuncia frecuente del clericalismo produjo en algunos sacerdotes una sensación de desgaste que León XIV intentó equilibrar con un enfoque más paternal.

El riesgo de ese reequilibrio es que, en la práctica pastoral, se interprete como alivio del diagnóstico. Como si el problema del clericalismo fuera haber hablado demasiado de él, y no haberlo corregido de verdad.

La tendencia demográfica que no perdona

Hay un indicador que ningún discurso pastoral puede ignorar indefinidamente: el número de sacerdotes en el mundo continúa su descenso sostenido —de 413.418 a 406.996 en el período más reciente medido— mientras la crisis de credibilidad institucional, agravada por décadas de escándalos de abuso y su encubrimiento, aleja a franjas crecientes de la población de cualquier forma de compromiso eclesial.

Una Iglesia que concentra el poder en un grupo que decrece numéricamente, que envejece y que arrastra una crisis de credibilidad histórica, está hipotecando su futuro misional en un activo que no puede reproducirse al ritmo necesario.

La alternativa no es ordenar a cualquiera.

Es hacer lo que el Concilio ya propuso hace sesenta años y el Sínodo volvió a proponer: activar el laicado como actor principal de la misión, no como mano de obra auxiliar del sacerdote.

Si eso no ocurre, la tendencia no es el colapso dramático. Es algo más silencioso y más irreversible: la Iglesia seguirá siendo institucionalmente presente pero misionalmente vacía. Edificios con gente, pero sin pueblo de Dios en el sentido profundo. Sacramentos administrados, pero sin comunidad que los sostenga.

Parroquias que funcionan, pero en las que nadie que piense con criterio propio se quede por mucho tiempo.

¿Compañeros de camino o subordinados con buena voluntad?

Hay una pregunta que la Iglesia lleva décadas respondiendo en los documentos y esquivando en los hechos. Una pregunta sencilla, casi brutal en su sencillez, que resume todo lo que el corpus magisterial ha intentado articular con el lenguaje cuidadoso de la teología y que la experiencia cotidiana devuelve sin ornamentos: ¿con qué ojos mira el consagrado al laico que tiene delante?

No al laico abstracto de la Lumen Gentium. No al laico de los discursos sinodales. Al laico concreto, de carne y hueso, que llega a la reunión del consejo parroquial un martes por la noche después de ocho horas de trabajo, con una idea formada, con un criterio propio, con la disposición de invertir lo poco que le queda de energía en algo que ama. Ese laico. ¿Cómo se lo mira?

Los hechos dicen que, en demasiados casos, se lo mira con la mirada del padre que escucha al hijo porque es un deber de cortesía, no porque espere ser sorprendido. Con la mirada del que ya sabe lo que va a decidir y tolera benévolamente el trámite de la consulta. Con la mirada, en definitiva, de quien tiene el poder y lo sabe, y cultiva la amabilidad suficiente para que el mecanismo funcione sin estridencias.

Esa mirada tiene un nombre teológico: es la mirada del clericalismo.

Y el clericalismo, conviene recordarlo con precisión, no es un defecto de carácter. Es una deformación eclesiológica. Es creer —en el fondo del corazón, a veces sin saberlo— que la ordenación no solo configura al sacerdote para presidir la Eucaristía, sino que lo coloca en una posición de superioridad ontológica respecto al resto del Pueblo de Dios.

Es confundir el servicio con el señorío. Es esclavizar —para usar las palabras exactas de Francisco— al santo pueblo fiel de Dios.

¿Es esto lo que quieren los consagrados? Probablemente no, en la mayoría de los casos.

El problema del clericalismo no requiere mala voluntad: requiere invisibilidad.

El sacerdote que nunca ha tenido que rendir cuentas de una decisión pastoral ante nadie que pueda contradecirle, que ha sido formado en un seminario donde la autoridad fluye siempre de arriba hacia abajo, que vive en una estructura donde el laico lo llama “padre” desde el primer momento y donde nadie le enseñó a llamar al laico por ningún nombre equivalente, puede ser un hombre bueno, piadoso incluso, y aun así mirar al laico como se mira a un subordinado afectuoso. No con desprecio. Con algo más difícil de corregir que el desprecio: con la condescendencia del que cree que está siendo generoso cuando escucha.

Y el laico que lo rodea, formado a su vez en la misma cultura, aprende la lección con una rapidez desconcertante. Aprende que hay preguntas que no se hacen, territorios que no se pisan, opiniones que se guardan para el camino de regreso a casa. Aprende a medir sus palabras no por su verdad sino por su costo. Y si es inteligente —y muchos lo son— aprende también a disimular ese aprendizaje, a seguir participando con la sonrisa exacta que el sistema demanda, vaciado por dentro de la corresponsabilidad que el bautismo le confería.

Esto no es comunión. Es una simulación de comunión que cuesta a la Iglesia mucho más de lo que los balances parroquiales pueden registrar.

Benedicto XVI escribió en Sal de la Tierra una frase que podría servir de epílogo involuntario a todo este análisis: “La Iglesia no es una democracia, pero tampoco es una monarquía absoluta.”

El espacio entre esas dos negaciones es precisamente donde debería vivir el laico con plena dignidad. No como votante, no como súbdito: como bautizado adulto, corresponsable de una misión que le fue confiada antes de que nadie lo ordenase para nada.

La pregunta que el Sínodo dejó sobre la mesa, que León XIV ha heredado y que las iglesias locales están comenzando a recibir con la incomodidad de quien abre un sobre que prefería no abrir, no es administrativa ni estructural en su raíz. Es espiritual. Es la pregunta que cada consagrado tendría que hacerse ante el laico que llega, antes de abrir la boca, antes de decidir cuánto tiempo le concede:

¿Quién es esta persona frente a mí? ¿Un compañero de camino al que el Espíritu ha podido hablar antes que a mí, por caminos que yo no conozco? ¿O un subordinado con buena voluntad al que conviene mantener motivado?

La respuesta a esa pregunta no la determina ningún documento. La determina lo que ocurre en los cinco minutos que siguen.

Y en esos cinco minutos, la Iglesia se juega más de lo que imagina.

©Catolic.ar

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