Es hora de ponerse en marcha

Hoy, a esta hora, mientras usted lee estas líneas, hay un chico de siete años en algún barrio de este país que no sabe si va a comer.

Hay una mujer de ochenta y tres años que hace tres días que no escucha su propio nombre pronunciado por otra voz humana.

Hay un pibe de dieciocho que salió esta mañana sin saber para qué salía, porque nadie, nunca, le mostró un lugar en el mundo donde valiera la pena llegar.

Eso no es una estadística.

Es carne, es hambre, es soledad real, ahora mismo, a metros de donde usted está sentado.

Y hay que decirlo sin anestesia: ya no alcanza con lamentarlo.

La exclusión social no cae del cielo

Nos acostumbramos a hablar de la pobreza como si fuera clima.

Como si lloviera exclusión y no hubiera nada que hacer más que esperar que pare. . . Terrible mentira.

La exclusión se fabrica.

Se fabrica con cada escuela que cierra sus puertas a las seis de la tarde y no ofrece nada más que un portón cerrado.

Se fabrica con cada sala de espera sin turnos.

Se fabrica con cada joven al que la sociedad, sin decir una palabra, le hace saber con hechos que no hay lugar para él.

Se fabrica con cada anciano que se apaga solo en una pieza mientras en un edificio muy cerca, se encienden las luces, se escucha la música y se festeja un momento feliz de otras personas.

No hay excluidos porque la vida sea así.

Hay excluidos porque, en algún momento, alguien decidió —por acción o por cobarde omisión— que ciertas vidas valían menos que otras.

Y esa decisión se repite todos los días, en cada uno de nosotros, cada vez que apuramos el paso para no cruzar la mirada.

¿Hasta cuándo un chico de diez años va a tener que aprender de memoria el sabor del hambre antes que el abecedario?

¿Hasta cuándo una persona que trabajó cuarenta años va a terminar sus días con la mano estirada en un semáforo, mientras nosotros subimos el vidrio del auto para no verla?

¿Hasta cuándo miles de jóvenes van a crecer convencidos de que el delito es la única changa que el mundo les ofreció, porque ninguna otra puerta se abrió jamás?

No son preguntas retóricas. Son preguntas que exigen respuesta, y la respuesta tiene una sola fecha posible: ahora.

Los mercaderes de la esclavitud moderna

Hay que nombrarlo sin eufemismos: existe hoy, operando a la luz del día en cada esquina de cada barrio, un ejército de mercaderes que hizo de la adicción ajena su negocio y de la esclavitud humana su modelo de rentabilidad.

No venden droga: venden cuerpos, venden voluntades, venden vidas enteras al mejor postor.

Cada pibe que cae en el consumo no es una estadística de salud pública: es un ser humano al que alguien, con nombre y apellido, decidió convertir en mercancía descartable.

Y no hablamos solo del que vende en la esquina.

Hablamos de toda una cadena que naturaliza, romantiza y hasta glamoriza el consumo, que construye discursos cómplices disfrazados de “libertad individual” mientras destruye familias enteras, mientras convierte a madres en mendigas de la próxima dosis de sus propios hijos, mientras transforma barrios enteros en territorios tomados por el miedo.

La droga no libera a nadie. Esclaviza.

Y quien promueve su consumo, quien lo facilita, quien mira para otro lado mientras se enriquece con el dolor ajeno, es cómplice directo de esa esclavitud.

No hay grises posibles en esto: la dignidad humana no se negocia, y quien la reduce a mercancía tiene que ser señalado sin miedo ni medias tintas.

Los que hicieron del delito una religión

Y están, también, los que eligieron el delito no como una urgencia desesperada sino como camino de vida, sin que les importe en lo más mínimo la vida del otro.

El que mata por una zapatilla. El que asalta a un jubilado para robarle la jubilación de todo un mes. El que dispara sin mirar a quién.

Ahí también hay una frontera moral que no se puede diluir en explicaciones sociológicas cómodas: una cosa es la pobreza que empuja, y otra muy distinta es la decisión fría de convertir la violencia en oficio y la vida ajena en objeto descartable.

No se trata de dejar de comprender las raíces de la exclusión que empuja a muchos hacia ese abismo —eso ya lo dijimos y lo sostenemos—.

Se trata de no confundir comprensión con resignación, y de no callar jamás frente a quienes, teniendo opciones, eligen el camino que arrasa con la vida de los demás.

La sociedad tiene derecho a exigir justicia, y las víctimas —esas que muchas veces son también los más pobres entre los pobres— tienen derecho a no ser una vez más las olvidadas de siempre.

Cuando la vida misma está en juego

Y hay que hablar también, con la misma valentía, de otra forma de exclusión, quizás la más radical de todas: la de quienes ni siquiera llegan a nacer.

Se ha instalado en amplios sectores de nuestra sociedad la idea de que el aborto es una “solución” ante un embarazo no deseado. No lo es.

Es la eliminación de una vida humana indefensa, la más pequeña, la más silenciosa, la que no tiene voz ni voto ni forma de defenderse.

Detrás de cada embarazo que hoy se presenta como “problema a resolver” hay, casi siempre, otra forma de abandono social: una mujer sola, sin red de contención, sin acompañamiento real, empujada a creer que no tiene otra salida.

Ahí está, otra vez, la misma exclusión que venimos denunciando: no se acompaña a la mujer, no se sostiene a la familia, no se ofrecen alternativas reales, y entonces se le entrega como única respuesta la eliminación de la vida que lleva adentro.

Eso no es libertad: es abandono disfrazado de derecho.

Y quien promueve esa salida como si fuera progreso, sin ofrecer jamás una alternativa real de acompañamiento, también es cómplice de una exclusión, la más definitiva de todas, porque no deja ni siquiera la posibilidad de existir.

La dignidad de la vida humana no admite excepciones según la edad, la utilidad o la conveniencia del momento.

Vale igual la vida del niño por nacer que la del anciano abandonado, que la del joven esclavizado por la droga, que la de la víctima de un delito.

Todas esas vidas, sin excepción, están hoy en peligro en esta Argentina que mira para otro lado.

El silencio también mata

Nos dijeron que había que ser prudentes.

Que había que estudiar, diagnosticar, medir, esperar el momento oportuno.

Y mientras tanto los chicos crecieron sin adultos que los sostuvieran, los adultos envejecieron sin nadie que los acompañara, y los ancianos murieron esperando que alguien, alguna vez, golpeara la puerta.

La prudencia que se convierte en excusa deja de ser virtud. Se convierte en cómplice.

No es momento de comités o comisiones,que produzcan informes para cajones cerrados con llave.

No es momento de discursos que se aplauden y se olvidan antes de llegar a la casa de cada uno.

No es momento de fotos institucionales frente a un comedor que después queda librado a su suerte, con la heladera vacía un martes cualquiera.

Es momento de ponerse en marcha. . .

Literal, físicamente, en marcha: salir, encontrarse, ensuciarse, organizarse, actuar.

Digámoslo sin anestesia: en esta Argentina sobran diagnósticos y faltan manos.

Sobran especialistas en pobreza detrás de un escritorio y faltan personas dispuestos a tocar la puerta del que está solo.

Sobran declaraciones en las redes y faltan personas dispuestas a perder una tarde de sábado por alguien que ni siquiera conocen.

No hay excusas que alcancen

Es cómodo pensar que esto es solo un problema del Estado.

Cómodo, y falso. Exime de responsabilidad personal.

Delega en un despacho lejano la tarea de cambiar lo que a cada uno, en el fondo, le incomoda mirar.

Pero la exclusión no se resuelve solamente desde una oficina.

Se resuelve, sobre todo, cuando miles de personas comunes dejan de ser espectadores y se convierten, de una vez, en protagonistas.

Cada club de barrio que abre sus puertas un rato más.

Cada parroquia que deja de limitarse a la misa del domingo y teje una red real de acompañamiento.

Cada escuela que se anima a ser algo más que un edificio con horario de salida.

Cada organización social, cada sindicato, cada cámara empresarial, cada colegio profesional, cada club de fútbol de potrero: todos, sin excepción, tienen algo para dar.

Nadie está eximido. Nadie tiene derecho a decir “esto no es conmigo“, porque la exclusión de uno solo, tarde o temprano, es la fractura de todos nosotros.

Las organizaciones intermedias —esas que durante décadas sostuvieron el tejido social de este país antes de que el individualismo lo desgarrara— tienen hoy una responsabilidad que no admite postergación: volver a ser puente entre el que tiene y el que no tiene, entre el que puede y el que necesita.

No para reemplazar al Estado.

Para no seguir esperándolo con los brazos cruzados mientras alguien, afuera, se muere de frío, de droga, de bala o de abandono.

El futuro que les estamos robando

Hay una generación entera de niños y jóvenes a los que, sin firmarlo en ningún papel, les estamos robando el futuro.

No con un decreto: con la indiferencia de todos los días, con el “así fue siempre” repetido hasta convertirse en sentencia, con la comodidad de creer que el barrio pobre queda lejos aunque esté a quince cuadras de nuestra propia cama.

Esos chicos no piden lástima. Piden una oportunidad.

No piden que los salven: piden que alguien camine a su lado, antes de que la esquina se los entregue al primer mercader que pase.

Y esos ancianos que la sociedad jubiló también del afecto no piden asistencialismo: piden que alguien se siente diez minutos a escuchar una historia que se está por apagar para siempre.

No alcanza con la caridad de ocasión, la que se enciende en Navidad y se apaga en enero como un árbol que se guarda.

Hace falta compromiso sostenido, cotidiano, incómodo.

Hace falta que cada persona, cada familia, cada institución se pregunte, sin excusas, qué está dispuesta a entregar —tiempo, recursos, presencia real— para que esto empiece, hoy, a cambiar.

El llamado

Esto no es un texto para leer y guardar.

Es un grito para levantarse. A toda la sociedad argentina, sin distinción de credo, de partido, de clase: es hora de ponerse en marcha.

A los que tienen recursos y a los que solo tienen tiempo.

A los que tienen contactos y a los que solo tienen dos manos y voluntad.

A los jóvenes que todavía creen que algo se puede cambiar y a los mayores que ya vivieron lo suficiente como para saber que sí, se puede. . .

Que cada organización intermedia —parroquia, club, sindicato, cámara, fundación, colegio, cooperativa— deje hoy mismo de mirar el problema desde afuera y se pregunte qué puede hacer, ya, desde el lugar que ocupa, con lo que tiene en las manos.

Que cada persona deje de esperar que el otro empiece primero.

Porque si seguimos esperando el momento perfecto, la comisión perfecta, el plan perfecto, vamos a seguir enterrando ancianos solos, viendo crecer niños sin futuro, despidiendo jóvenes que la droga esclavizó, contando víctimas de una violencia que no distingue inocentes, y guardando en silencio la memoria de tantas vidas que ni siquiera llegaron a nacer.

Esta Argentina no necesita un diagnóstico más.

Necesita gente dispuesta a ensuciarse los zapatos hoy, ahora, sin esperar que las condiciones sean ideales.

Porque esas condiciones no van a caer del cielo. Las vamos a tener que construir nosotros, con las manos en el barro, la voz firme y el corazón despierto.

Es hora de ponerse en marcha.

No queda tiempo que perder.

©Catolic.ar

Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

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