Un hombre que quiere morir en casa
Hace unos días me llegó un mensaje de un amigo, Max.
No es teólogo ni clérigo: es un laico que, después de muchas vicisitudes, dice que hoy es un hombre de Dios.
Me contó que ya tuvo su etapa de mundo, que casi todo lo que quiso hacer se le dio, y que hace veintitrés años, casi veinticuatro, lo recibió Cristo en la Iglesia.
Me lo decía el día de Santa Teresa de Jesús, y agregó algo que me dejó pensando: su deseo es que, en su último momento —«que es un decir, porque nunca se sabe»—, lo encuentre como hijo de la Iglesia.
Y siguió: «Ya no es mi fe, sino la Fe».
Jésed
Después describió a esa Iglesia sin una sola palabra de maquillaje: como la esposa del profeta Oseas, «la peor de todas, la más llena de defectos, la más infiel».
Y concluyó con una frase que podría resumir una teología entera: ese es el amor de Dios, que no tiene explicación, porque con todo eso la acepta, la acepta como es.
Hay una palabra hebrea para ese amor. Se pronuncia jésed.
El Dios que no se ve y se queda
Moisés pide ver la gloria de Dios y recibe una respuesta que desarma: nadie puede ver su rostro y seguir viviendo (Éxodo 33,20).
Lo esconden en la hendidura de la roca, Dios pasa, y apenas le deja ver la espalda. El misterio, entero, en una sola escena.
Pero lo que Dios proclama al pasar no es su poder.
Es su nombre: «Misericordioso y clemente, lento a la ira, rico en jésed y fidelidad» (Éxodo 34,6).
La palabra es casi intraducible: amor leal, misericordia fiel, la lealtad de quien se ató por alianza y ya no se desata.
Es decir: el que no se puede mirar es el que se queda. La distancia absoluta y la cercanía absoluta no se contradicen; se dan juntas en la misma escena.
Israel hizo de esa fórmula su credo.
La repite Nehemías, la repite Joel, se la reprocha Jonás con fastidio porque sabe que Dios es así, y el Salmo 136 la machaca veintiséis veces: «porque es eterno su jésed».
Cuando Max habla de su fe como quien confiesa algo más grande que él, está en esa tradición: la de un pueblo que conoció a Dios no por definiciones, sino por su fidelidad.
La esposa infiel
Oseas recibe un mandato escandaloso: amar a una mujer infiel, para que su vida sea el retrato de Israel. Y sin embargo la promesa de Dios es esta: «Te desposaré conmigo para siempre; te desposaré en justicia y en derecho, en jésed y en ternura» (Oseas 2,21-22).
Ezequiel 16 lo cuenta con una crudeza todavía mayor.
La Iglesia heredó esa imagen, y los Padres no la esquivaron.
A una expresión atribuida a San Ambrosio, casta meretrix —casta y prostituta a la vez—, la tradición volvió una y otra vez.
El Vaticano II lo dice con lenguaje más sobrio: la Iglesia es santa y, al mismo tiempo, necesitada siempre de purificación (Lumen gentium, 8).
La pregunta de fondo es por qué sigue en pie.
No puede ser por sus méritos: si dependiera de la santidad de sus miembros, hace siglos que habría caído.
Se sostiene porque el Esposo es fiel.
Por eso la frase de Max no es resignación; es una apuesta.
Querer morir en la Iglesia no es apostar por la Iglesia: es apostar por Aquel que la mantiene.
Pero conviene decirlo sin confusión.
Aceptar a la esposa «como es» no obliga a callar sus llagas.
El primero en gritarlas fue el propio Oseas. Y el mismo profeta pone el jésed en el centro de lo que Dios espera de nosotros: «jésed quiero, y no sacrificios» (Oseas 6,6).
Lo que Dios nos da es lo que busca encontrar en nosotros.
Cambiar sin claudicar
Vivimos en un tiempo material.
Casi todo se compra, se mide, se intercambia y se descarta.
El jésed es exactamente lo contrario: fidelidad sin cálculo, gratuita, que no se retira cuando deja de convenir.
Quizá por eso la Iglesia pueda dar, hoy, un signo más contracultural que nunca: el de aquello que no se compra y no se abandona.
Pero se le exige también otra cosa, y es la parte difícil: cambiar sin claudicar.
La tradición tiene criterios claros.
Juan XXIII, al abrir el Concilio, recordó que una cosa es el depósito de la fe y otra la manera de formularlo.
Vicente de Lérins, en el siglo V, ya pedía un progreso que haga crecer la doctrina sin alterarla, como el niño que se vuelve adulto sin dejar de ser él.
Y Newman lo dijo con una fórmula célebre: aquí abajo, vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces.
Hay un criterio sencillo para distinguir la reforma de la claudicación: ¿esta transformación nos acerca a Cristo o al aplauso del mundo?
Reformarse es volver a la fuente; claudicar es diluirse para agradar.
Y el modelo, otra vez, es el jésed: Dios cambia de modo todo el tiempo —se abaja, se encarna, habla en lenguaje humano—, pero jamás cambia de fidelidad.
Rostros, no estructuras
Lo que sostiene en pie a la Iglesia, a ojos de los hombres, no son sus estructuras.
Son rostros concretos: hombres y mujeres que, después de muchas vueltas, se entregaron.
Max me contaba cómo se alimenta: libros de espiritualidad, vidas de santos, Padres del desierto y de la Iglesia, mariología.
Y cómo el Señor lo ha ido abajando cada vez que la vanidad lo tentó, para volver a la sencillez, al llano, como San Francisco.
Me confesó que ya no quiere saber demasiado, porque la curiosidad también es tentación, y que pide cada día no hacer jactancia de lo que Dios le permita saber. «Bajarme del caballo como Pablo me hace bien», me escribió.
Me mandó además una frase en latín, que la tradición lee en clave de Cristo y su Iglesia.
Es del Faraón a la familia de José: «Vengan a mí, y les daré todo lo bueno de Egipto» (Génesis 45,18).
José, administrador del Faraón que da pan a los hambrientos, es desde antiguo figura de Cristo.
«Vayan a José», dice el Faraón cuando el pueblo clama por pan (Génesis 41,55).
Y en el Evangelio resuena otra voz: «Vengan a mí todos los que están cansados» (Mateo 11,28).
La Iglesia, con todas sus contradicciones, es el lugar donde se sigue repartiendo ese pan.
El péndulo y el Reposo
Max cita a su párroco, el Padre Luciano: la condición del ser humano es la oscilación, un péndulo, hasta que lleguemos al Reposo.
Es una imagen exacta.
Oscilamos entre la fidelidad y la caída, entre la fe y la duda, entre el mundo y Dios.
Pero un péndulo solo oscila porque cuelga de un punto fijo; sin ese punto, no oscilaría: caería.
Ese punto fijo es el jésed.
San Agustín lo dijo de otro modo: nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Dios.
Y la carta a los Hebreos promete que queda un reposo para el pueblo de Dios (Hebreos 4,9).
Por eso un hombre que ha recorrido el mundo puede, al final, decir con paz que quiere morir en la Iglesia: con sus santos y sus pecadores, con su infidelidad y su gracia.
No porque haya dejado de ver sus heridas, sino porque descubrió quién la sostiene.
Nota: Dedicada a mi amigo Max por su testimonio de vida. . .
©Catolic.ar




