Encontrar a Dios con la ayuda de las células cerebrales

Encontrar a Dios

Mientras lees estas líneas, millones de células de tu cerebro se encienden y se apagan en una coreografía que nadie dirige conscientemente. Tú no las ordenaste. Tú no las fabricaste. Cuando naciste, ya estaban allí, esperándote, como esperan el aire y la luz.

Detente un instante en un hecho tan elemental que casi nunca lo miramos: existes.

Y no tenías por qué existir. Hubo un tiempo en que nadie pronunciaba tu nombre, y el mundo seguía su curso sin ti.

Hoy respiras, piensas, preguntas. ¿De dónde viene eso?

El asombro que nadie nos enseña

Los niños lo saben antes que nosotros. Un día preguntan: «¿Y antes de que yo naciera, dónde estaba?».

Los adultos solemos responder con prisa y cambiar de tema. Pero esa es la pregunta más seria que puede hacerse un ser humano, porque no pregunta por algo que tiene, sino por lo que es.

Ninguna de las cosas que te constituyen te la diste a ti mismo. No elegiste tu cuerpo, ni la hora de tu nacimiento, ni la capacidad de amar, ni esa inquietud interior que a veces no te deja en paz. Todo lo recibiste. Existir es, ante todo, recibir.

El cerebro: un instrumento, no una explicación

Hoy se estudia mucho lo que ocurre en el cerebro cuando una persona reza o contempla.

Está bien: es una prueba más de lo admirable de nuestra constitución.

Pero conviene no confundir el mapa con el territorio.

Que veamos a través de los ojos no significa que la luz sea un invento del ojo.

De igual modo, que nuestra mente tenga un modo de percibir lo trascendente no vuelve a Dios un producto de las neuronas.

El cerebro es el instrumento con que escuchamos. No es la voz.

Y es un instrumento extraordinario: capaz de preguntarse por su propio origen, de maravillarse ante lo que no puede medir, de desear lo infinito.

Ninguna otra criatura que conozcamos se pregunta por qué hay algo y no más bien nada.

Esa pregunta es ya, en sí misma, una señal.

De «existo» a «fui creado»

Lo que existe sin haberse dado la existencia remite a Alguien que la tiene por sí mismo.

Si tú no eres tu propio origen, y tus padres tampoco lo fueron del último fondo de tu ser, y así toda la cadena de lo que nace y muere, hace falta Quien es sin haber comenzado, y por quien todo lo demás comienza a ser.

La razón no obliga aquí como un teorema, pero abre una puerta amplia y luminosa. Por ella cruzó, hace mil seiscientos años, un hombre inquieto que lo dijo para siempre: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Esa inquietud que tú también conoces no es un defecto de fábrica. Es la huella de Aquel que te pensó.

Educar al sistema nervioso para la confianza

El miedo no es un enemigo. Es una alarma que nos protege, y funciona gracias a esas mismas células cerebrales.

El problema aparece cuando la alarma queda encendida todo el día: ante una mala noticia, una enfermedad, el dinero que no alcanza, el futuro. Entonces el cuerpo reacciona como si estuviéramos solos, como si nadie sostuviera nada.

Pero si es verdad que existes porque fuiste querido, y que tu vida tiene un propósito, tu sistema nervioso está trabajando con una información falsa. Cree que está a la intemperie cuando en realidad está en manos de Alguien.

La buena noticia es que el cerebro aprende. Lo que se repite deja huella, y lo que deja huella se vuelve reacción espontánea. Por eso la fe no es solo una idea que se acepta: es una disposición que se entrena.

  • Respirar y nombrar. Ante la angustia, detenerte, respirar despacio y decir en voz baja: «Estoy aquí porque fui querido. No estoy solo».
  • Rezar con el cuerpo. Un salmo repetido, un «Jesús, en ti confío», una oración corta al ritmo de la respiración. Con el tiempo, el cuerpo asocia esas palabras con calma.
  • Recordar lo recibido. Cada noche, repasar las veces en que fuiste sostenido. La memoria agradecida es el mejor antídoto contra la desesperación.
  • Reinterpretar la prueba. Preguntarte no solo «¿por qué me pasa esto?», sino «¿qué me pide Dios en esto?». Quien tiene un para qué soporta casi cualquier cómo.

No se trata de negar el miedo ni de fingir una paz que no se siente. Se trata de que, con los años, la primera reacción deje de ser el pánico y pase a ser la confianza.

Es lo que dice el Salmo 23 con sencillez: «Aunque camine por cañadas oscuras, no temeré ningún mal, porque tú vas conmigo».

Una aclaración necesaria: la ansiedad y la depresión pueden tener un componente clínico, y nadie debe sentirse culpable por «no tener suficiente fe». Rezar y entrenar la confianza no reemplaza la ayuda médica o psicológica cuando hace falta: la acompaña.

Una invitación, no una demostración

No se trata de ganar una discusión. Se trata de aceptar que alguien te quiso antes de que pudieras quererte.

Si existes, no estás aquí por azar: fuiste pensado, querido, llamado.

Y ese Alguien no está lejos. Está en la raíz misma de tu ser, sosteniéndote en este instante.

Epílogo

Vuelve ahora al comienzo. Esas células que se encienden mientras lees, ese latido que no ordenaste, esa pregunta que te trajo hasta aquí: nada de eso se dio a sí mismo. Todo es don.

Durante años quizá buscaste a Dios muy lejos, en lo alto, en lo complicado, en lo que no entendías.

Y estaba más cerca que tu propio pensamiento, porque es Él quien te da el pensar. Lo buscabas con el mismo instrumento que Él te regaló para encontrarlo.

Así que no temas.

Si fuiste creado, fuiste querido. Si fuiste querido, hay un propósito. Y si hay un propósito, ni el miedo ni la desesperación tienen la última palabra: la tiene el Amor que te pensó antes de que existieras y que no te soltará cuando ya no estés aquí.

Cada neurona que se enciende es un pequeño sí a la vida. Hoy puedes hacer que sea también un sí a Quien te la dio:

Existo. Fui creado. Tú existes. Y en ti confío.

©Catolic.ar

Néstor Ojeda
Néstor Ojedahttps://www.catolic.ar
Néstor Ojeda es periodista y comunicador católico de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Durante más de diez años condujo programas en LT11 AM y fue productor de la serie “Los santos de la puerta de al lado”. Fundador de la Red Solidaria local, recibió el Premio Nacional “Gota en el Mar” al Periodismo Solidario. Actualmente dirige el portal catolic.ar, dedicado al análisis crítico de la actualidad social y eclesial.

artículos relacionados

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Pronto estaremos conectados

0SeguidoresSeguir
22,900SuscriptoresSuscribirte
- Advertisement -spot_img

Ultimas noticias

Él no se ha ido: Dios obra en tu vida

Por Néstor Ojeda · catolic.arPamplona, 1521. Un capitán de treinta años, vanidoso, sediento de gloria, cae con la pierna destrozada por una bala de...