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miércoles, febrero 4, 2026
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El regreso del pastor y la semilla de la esperanza: Padre Pedro Brassesco en Santa María Goretti

Hay regresos que no solo conmueven, sino que también encienden la chispa de la esperanza. Y hoy, en nuestra querida Diócesis de Gualeguaychú, celebramos uno de esos momentos especiales: el retorno del Padre Pedro Brassesco.

Tras una fructífera y trascendente labor como Secretario General Adjunto del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño), el Padre Pedro vuelve a la tierra que lo vio nacer en la fe, para asumir un nuevo y profético desafío: conducir la naciente parroquia Santa María Goretti en Concepción del Uruguay.

Su llegada no es simplemente un cambio de destino; es un gesto cargado de significado, un retorno al corazón de su pueblo, trayendo consigo la rica experiencia y la visión universal que adquirió al servicio de la Iglesia en todo un continente.

El Padre Pedro, ese comunicador innato que antes de su vocación sacerdotal transitó los pasillos de las radios y los medios de prensa, siempre supo cómo tender puentes. Hoy, esa habilidad se potencia al máximo, transformándose en un instrumento para construir comunidad, para tejer lazos de fe y para sembrar la palabra de Dios con una elocuencia que resuena en los corazones.


De las Ondas Radiales al Púlpito Sinodal: Una Vida al Servicio

La trayectoria del Padre Pedro Brassesco es un testimonio de cómo los caminos de la vida, por diversos que parezcan, pueden confluir en un propósito superior. Quien fuera director de Radio del Litoral y un avezado periodista, decidió en 2001 escuchar una voz más profunda, la de Dios, que lo llamaba al sacerdocio. Desde entonces, cada paso de su ministerio ha estado marcado por una entrega total.

En su paso por distintas parroquias de nuestra diócesis, como San Antonio y San José en Gualeguay, dejó una huella imborrable, ganándose el cariño y el respeto de los fieles. Sus reflexiones diarias del Evangelio, difundidas a través de las redes sociales, se convirtieron en un faro para miles de almas, no solo en Argentina sino en toda Latinoamérica y Estados Unidos. Su voz serena y profunda, con la que desentraña la sabiduría de las escrituras, es hoy un alimento espiritual diario para una comunidad virtual que crece exponencialmente.

Pero fue su servicio en el CELAM lo que catapultó su visión a una dimensión continental. Como secretario adjunto, el Padre Pedro fue una figura clave en el proceso de renovación institucional de este organismo, trabajando incansablemente para que la Iglesia latinoamericana se percibiera a sí misma como una Iglesia en salida, sinodal y en red.

Su participación en el reciente Sínodo de la Sinodalidad en el Vaticano, junto al Papa Francisco, revelan la profundidad de su compromiso con una Iglesia más inclusiva, transparente y misionera. Aprendió, de primera mano, la importancia vital de la escucha activa y el diálogo fraterno para construir el Reino de Dios.


Santa María Goretti: Un Nuevo Horizonte de Fe

Ahora, con toda esa riqueza de experiencia y sabiduría, el Padre Pedro vuelve a su Entre Ríos natal para asumir una misión que es, en sí misma, un acto de Fe y una promesa de futuro. La parroquia Santa María Goretti, que nace en el corazón de Concepción del Uruguay, no es solo un templo que se erige; es una comunidad nueva que comienza a gestarse, un espacio donde la Palabra se hará vida, donde los brazos se abrirán para acoger, y donde los corazones se unirán en oración y servicio.

Su llegada a Santa María Goretti es un signo profético. En un mundo que a menudo parece fragmentarse, la presencia de un pastor con la visión continental del Padre Pedro, y su don para comunicar y construir puentes, es un llamado a la unidad, a la esperanza y a la acción. Él no solo traerá su vasta experiencia, sino también su capacidad de escuchar, de inspirar y de guiar a esta nueva porción del pueblo de Dios hacia un futuro vibrante.

Concepción del Uruguay tendrá un pastor que, con la humildad de quien ha caminado junto a los grandes de la Iglesia, y la pasión de quien lleva la fe en cada fibra de su ser, transformará la semilla de esta nueva parroquia en un árbol frondoso de comunidad y amor. Que Santa María Goretti, patrona de la pureza y la juventud, ilumine el camino del Padre Pedro y de todos aquellos que, junto a él, construirán este nuevo faro de Fe en nuestra diócesis.

¡Bienvenido a tu diócesis, Padre Pedro! Tu regreso es nuestra alegría, y tu nueva misión, nuestra más profunda esperanza.

©Catolic

India: el rostro de Jesús se reveló en una hostia y el Vaticano confirmó el milagro

En un rincón de la India, en la humilde parroquia Cristo Rey de Vilakkannur, el cielo se abrió para dar un mensaje silencioso pero atronador: Cristo está vivo en la Eucaristía. Ocurrió el 15 de noviembre de 2013, durante una Misa matutina celebrada por el padre Thomas Pathickal. En el momento de la elevación, una mancha luminosa comenzó a delinearse en la hostia consagrada. Lo que muchos vieron a continuación estremeció hasta al más incrédulo: el rostro de Jesús apareció con nitidez sobre el Cuerpo consagrado.

El fenómeno no quedó en anécdota ni en devoción local. Multitudes comenzaron a acudir al lugar, al punto que la administración civil tuvo que intervenir para ordenar el acceso. La Iglesia, con prudencia y rigor, siguió el protocolo establecido por la Santa Sede: la hostia fue retirada para su análisis y resguardada como reliquia.

Doce años después, la Santa Sede ha reconocido oficialmente el milagro. La Comisión Teológica de la Iglesia Siro-Malabar lo avaló, señalando que la hostia puede ser venerada como “Reliquia de la Divinidad”. Un signo de fe para tiempos de duda. Un milagro silencioso que habla más fuerte que mil sermones.

Desde entonces, muchos aseguran haber recibido bendiciones espirituales y hasta curaciones al orar ante la hostia milagrosa, que permanece en un altar lateral del templo. La comunidad parroquial ha visto cambios palpables en la vida de fe de sus miembros. El propio arzobispo George Njaralakatt instó a documentar cada testimonio, porque la memoria de los milagros fortalece al Pueblo de Dios.

No es casualidad que estos signos emerjan en los márgenes del mundo, en comunidades olvidadas por los poderosos, pero donde la fe sigue viva, sencilla y ardiente. ¿Será que el mismo Cristo elige los lugares humildes para revelarse como lo hizo en Belén?

Este milagro no es para los curiosos, sino para los creyentes. No se trata de ver para creer, sino de creer para ver. En cada Misa, aunque no veamos nada especial, el mismo Jesús está allí, oculto en apariencia, real en presencia.

Como escribió Santo Tomás de Aquino, “Lo que no veo lo creo firmemente, y confieso la verdad del Salvador”. Quizá esta sea la oportunidad para renovar esa fe olvidada, postergada o debilitada por la rutina, por el escándalo o la indiferencia.

¿Y nosotros? ¿Creemos de verdad que está allí? ¿O necesitamos que la hostia sangre, que hable, que brille… para recordar que el Señor está vivo en cada altar?

Nota basada en Gaudium Press y ChurchPop. Curada y adaptada por catolic.ar con criterio editorial propio

El león del Altiplano: un obispo con olor a pueblo

“No se puede pastorear desde un sillón.” Esa frase, pronunciada sin cámaras ni ornamentos, pero con la fuerza de los que han caminado el barro, resume el espíritu de Robert Francis Prevost, un agustino norteamericano que fue obispo de Chiclayo, en el norte del Perú, y que hoy es el Papa León XIV

Sin embargo, el documental “León de Perú”, producido por los medios vaticanos, no se detiene en títulos ni cargos: va directo a lo esencial.

A través de imágenes de archivo, testimonios y escenas actuales, el corto documental retrata una vida marcada por la entrega misionera, el compromiso con los pobres y la lucha por la justicia. Prevost aparece como un hombre sencillo, pero firme. Cercano, pero sin concesiones. Consciente de que el Evangelio no se predica desde la comodidad, sino desde el roce con el dolor de la gente.

El documental evita el estilo hagiográfico. Muestra a un obispo que no se conformó con administrar sacramentos, sino que defendió comunidades indígenas, denunció la corrupción, y se jugó el pellejo al acompañar procesos de dignificación de los sectores más vulnerables. Una y otra vez lo vemos entre la gente, compartiendo la mesa, consolando, escuchando, desafiando a los poderosos con una voz serena pero inconmovible.

Hoy, desde Roma, se espera de él que nombre y acompañe a los próximos obispos del mundo. Pero el gran interrogante que deja este documental es si el modelo de Iglesia que representa será promovido… o neutralizado.

Porque Prevost encarna un tipo de pastor que no abunda. No es político, ni cortesano, ni pragmático. Es evangélico. De los que recuerdan al Bergoglio de Buenos Aires: olor a oveja, palabra clara y opción por los últimos. En tiempos donde la Iglesia global busca un nuevo rostro, este documental no solo homenajea a un hombre: interpela a toda la estructura.

Documental «León de Perú»

🎥 Producción de la Dirección Editorial del Dicasterio para la Comunicación
📼 Realizado por: Salvatore Cernuzio, Felipe Herrera-Espaliat, Jaime Vizcaíno Haro

La Inteligencia Artificial: ¿herramienta de justicia o nueva forma de dominio? Lo que dijo el Papa León XIV

El Papa propone una tercera vía entre el tecnoentusiasmo ciego y el rechazo apocalíptico: un discernimiento ético a la luz del Evangelio y la dignidad humana.


En un mundo que celebra la inteligencia artificial (IA) como la gran revolución del siglo XXI, la voz del Papa León XIV se alza con una advertencia serena, lúcida y profética: “Nunca tuvimos tantos datos, pero tan poca sabiduría”.

En su mensaje a los participantes de la Segunda Conferencia Anual sobre Inteligencia Artificial, Ética y Gobierno Corporativo, celebrada entre Roma y el Vaticano, el Pontífice plantea un enfoque que trasciende lo técnico: la IA debe ser una herramienta al servicio del hombre, no un fin en sí misma, y mucho menos un nuevo ídolo.

🧭 ¿Avance o amenaza? Una llamada a discernir

“La verdadera inteligencia —afirma León XIV— no se mide por la acumulación de información, sino por la capacidad de orientar la vida hacia el Bien y la Verdad.” En pocas palabras, el alma humana no puede ser reemplazada por algoritmos.

En un tiempo de aceleración digital sin precedentes, el Papa invita a evitar dos errores: por un lado, el entusiasmo ingenuo de quienes creen que la IA resolverá todos los males; por otro, el rechazo apocalíptico que paraliza. La vía católica, sostiene, es la del discernimiento espiritual, moral y social, centrado en la dignidad inviolable de cada persona.


⚖️ ¿IA para la igualdad… o para el control?

El Pontífice reconoce que la IA ya ha aportado beneficios reales, como avances en medicina, investigación científica y acceso al conocimiento. Pero advierte: también puede ser usada para manipular, controlar, fomentar conflictos o marginar a los más débiles.

“Una tecnología sin alma puede volverse contra el ser humano si sus fines no son nobles”, dice el Papa.

No se trata sólo de eficiencia, sino de ética y justicia. ¿A quién beneficia la IA? ¿Quién la controla? ¿Qué criterios definen su desarrollo y aplicación? Son preguntas que la Iglesia no puede delegar, porque están en juego el presente y el futuro de la familia humana.


🧒 Los jóvenes, entre la seducción digital y la búsqueda de sentido

Una de las preocupaciones más hondas de León XIV es el impacto de estas tecnologías en las nuevas generaciones. La IA, dice, “puede potenciar dones y capacidades, pero también atrofiar el pensamiento crítico, el sentido de la trascendencia y el vínculo con la realidad concreta”.

En un mundo cada vez más inmerso en entornos digitales, el Papa apela a padres, educadores y pastores: “No podemos dejar solos a los jóvenes. Necesitan ser acompañados hacia una madurez interior, libre y generosa, en diálogo con el Evangelio y con los desafíos de su tiempo.”

Es una cuestión espiritual tanto como pedagógica: la IA debe estar al servicio del crecimiento humano, no de su alienación.


🕊️ ¿Qué significa gobernar la IA desde una visión cristiana?

El Papa recuerda una enseñanza central del Magisterio reciente: la tecnología no es neutral. Depende del corazón del hombre que la crea y utiliza. Por eso, la Iglesia propone una gobernanza responsable, iluminada por criterios como el bien común, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.

En su nota Antiqua et Nova, citada en el mensaje, el Vaticano ya había delineado la necesidad de una ética global para las tecnologías emergentes. León XIV reafirma esa línea: el uso de la IA debe evaluarse según su impacto en el desarrollo integral —no solo económico, sino también intelectual, cultural, espiritual y comunitario.

“El bienestar no puede ser reducido a índices materiales. También implica nuestra apertura a la belleza, a la verdad y al misterio”, sostiene.


🔥 Un llamado a los creyentes: profetizar en la era digital

Lejos de una condena al progreso, León XIV propone que la Iglesia no solo observe, sino que se involucre activamente. “El hecho de que este encuentro se celebre en el Vaticano —señala— es un signo claro de nuestro compromiso con estos debates.”

Pero no basta con palabras. Es hora de generar pensamiento, presencia y acción cristiana en el mundo digital. No podemos ceder el alma del futuro a los intereses económicos o ideológicos.

“La IA debe estar al servicio del hombre, y el hombre al servicio del bien”.

Lo que está en juego no es solo la eficiencia de nuestros sistemas, sino el rostro mismo de la humanidad. En tiempos donde algoritmos deciden qué ver, qué leer, qué sentir e incluso qué pensar, el llamado de León XIV resuena como una alarma espiritual:

“La auténtica sabiduría tiene más que ver con el reconocimiento del sentido de la vida que con la disponibilidad de datos.”

Que esta palabra no caiga en saco roto. Que las comunidades cristianas —tecnólogos, docentes, comunicadores, padres, pastores— despierten a tiempo. El discernimiento ético sobre la IA no es optativo. Es urgente. Y puede marcar la diferencia entre una civilización solidaria o una nueva forma de esclavitud digital.


🔍 Nota elaborada por catolic.ar a partir de fuentes periodísticas y documentos eclesiales.

Deuda impía: cuando el mundo cobra intereses sobre la sangre de los pobres

Una madre en Ghana se endeuda para pagar una cesárea. En Bolivia, un niño con leucemia muere esperando una medicina que su gobierno no pudo importar a tiempo. En Pakistán, las escuelas rurales cierran mientras los bancos extranjeros exigen más recortes. ¿Qué tienen en común estas tragedias? La respuesta es brutal: la deuda externa.

Pero no cualquier deuda: una deuda impía, que se cobra con hambre, con enfermedad, con exclusión. Una deuda que grita al cielo, mientras el sistema financiero mundial sigue acumulando beneficios sobre las espaldas de los más vulnerables.

Este fue el corazón del Informe Jubilar presentado el 19 de junio en la Casina Pio IV, en el Vaticano. Un documento redactado por más de 30 economistas de primer nivel, convocados por el Papa Francisco, que propone un giro radical: reestructurar, sin más dilación, la arquitectura financiera internacional.

Una crisis global con rostro humano

El informe no escatima cifras: 3300 millones de personas viven en países donde se gasta más en pagar intereses que en salud. Otros 2100 millones, donde se invierte más en deuda que en educación. Más de 54 países destinan el 10% o más de sus ingresos fiscales al servicio de deudas contraídas bajo reglas impuestas.

Estas no son estadísticas. Son gritos. Son ataúdes. Son escuelas cerradas. Son vacunas que no llegan. Son niños que aprenden a rezar para que no enferme su madre porque no hay hospitales.

Un sistema creado para someter

Como denunció el economista y Nobel Joseph Stiglitz durante la presentación, la actual estructura de la deuda fue diseñada no para el desarrollo, sino para el control. Después de la crisis de 2008, los capitales especulativos salieron en busca de rentabilidad a cualquier costo, y muchos países pobres se endeudaron a tasas impagables. El resultado: una nueva colonización, más sutil pero igual de letal.

Martín Guzmán, exministro argentino y uno de los impulsores del informe, fue claro: si no se interviene con urgencia, las desigualdades se profundizarán y la estabilidad global se derrumbará como un castillo de naipes.

La deuda como pecado estructural

El Papa Francisco ya lo había denunciado en la Jornada Mundial de la Paz 2025: “Es inmoral cobrar sobre lo que ha causado muerte”. El cardenal Parolin, al leer su mensaje durante la presentación, reiteró que la deuda no puede ser una excusa para la injusticia permanente.

Y en palabras que resuenan como martillo, el cardenal Turkson recordó: “Las finanzas deben estar al servicio de las personas. La justicia y la solidaridad deben ser nuestra brújula”.

Este lenguaje no es sólo diplomático. Es profundamente evangélico. La deuda, en su forma actual, es un pecado estructural. Es la parábola del siervo despiadado multiplicada a escala planetaria.

Doctrina Social de la Iglesia, en acción

Desde León XIII hasta León XIV, la Iglesia ha insistido: la economía está para servir, no para dominar. Este informe no sólo continúa esa línea: la radicaliza. Francisco y ahora León XIV abren una nueva etapa del magisterio social católico.

Sor Helen Alford, presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, habló de la “deuda ecológica” que el Norte global le debe al Sur: años de explotación de recursos, comercio injusto, desigualdades acumuladas.

El Papa León XIV, en su misa de inicio de pontificado, lo expresó sin rodeos: “Vivimos bajo un paradigma económico que explota la Tierra y margina a los pobres”.

Propuestas concretas, alma cristiana

No es sólo una denuncia. El Informe Jubilar propone:

  • un mecanismo internacional para reestructuración de deuda,
  • la condonación de pasivos impagables por parte de los países ricos,
  • nuevas reglas para préstamos multilaterales sin asfixia,
  • inversiones éticas a largo plazo,
  • y un código internacional de conducta financiera, con principios éticos y no solo técnicos.

Es tiempo de cambiar las reglas. De devolver a la economía su dimensión humana. De permitir que los pueblos respiren, crezcan, se desarrollen.

¿Y nosotros, qué?

Nos toca a todos. No basta con aplaudir desde lejos. La Iglesia —pueblo de Dios— debe ser profética: desde los púlpitos, desde las cátedras, desde los barrios.

Tenemos que exigir políticas soberanas, comercio justo, bancos éticos, organismos financieros responsables. Debemos denunciar el saqueo moderno, tan cruel como el de la época colonial.

Y también, animar nuevas prácticas: consumo consciente, ahorro solidario, economía de comunión, microcréditos verdaderamente humanos, redes de resistencia civil y eclesial.

Un Jubileo que sane el alma del mundo

Hace 25 años, Juan Pablo II apoyó la cancelación de deuda a los países más pobres. Hoy, León XIV y Francisco retoman esa bandera. No como un gesto de caridad, sino como un acto de justicia.

El mundo necesita un Jubileo. No solo económico: espiritual. Necesitamos liberar no solo números, sino corazones. Volver a poner al ser humano en el centro. Porque la deuda que más pesa sobre el planeta no es financiera, sino moral.

Y esa deuda sí que no admite más intereses.

Pier Giorgio Frassati: El joven que desafió la comodidad y abrazó la profecía del Evangelio

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En una Italia marcada por la desigualdad y el desencanto, un joven de familia poderosa eligió el camino incómodo de la caridad radical y la justicia social. Pier Giorgio Frassati, beato y modelo de juventud profética, sigue interrogando a la Iglesia y al mundo: ¿qué significa hoy vivir el Evangelio sin anestesia?

Por Néstor Ojeda

Pier Giorgio Frassati nació en Turín, en 1901, en el seno de una familia rica y agnóstica, donde la fe era vista como una excentricidad y la caridad, como una obligación social. Sin embargo, desde muy joven, Frassati rompió el molde: su vida fue una rebelión silenciosa contra la indiferencia, una apuesta por el Evangelio vivido en las calles, entre los pobres, los enfermos y los olvidados.

Su vida cotidiana era testimonio de fe vivida en lo ordinario: combinaba el estudio de ingeniería con la oración, la Eucaristía diaria y la defensa de los derechos de los trabajadores y los pobres. Su compromiso no era solo asistencialista, sino también profético, denunciando las injusticias y proponiendo una sociedad más fraterna

No fue sacerdote ni religioso. Fue laico, universitario, deportista, amigo de fiestas y bromas, pero sobre todo, un hombre de oración y acción. Su espiritualidad se forjó en la Eucaristía diaria y la contemplación en las montañas, pero se hizo carne en la entrega a los más vulnerables. “Vivir sin fe, sin un patrimonio que defender, sin mantener una lucha por la Verdad no es vivir, sino ir tirando”, escribió alguna vez.

“Cuanto más alto vayamos, mejor oiremos la voz de Cristo.”
“La caridad no es suficiente; necesitamos reforma social. El Evangelio nos lo muestra claramente.”
“Nuestra verdadera patria es el Cielo; por lo tanto, esforcémonos por llevar más almas allí.”

En plena crisis social y política, cuando la Iglesia era acusada de estar lejos de los pobres, Frassati se puso del lado de los descartados. Regalaba su abrigo, sus zapatos, su tiempo y su alegría. Fundó grupos de oración en ambientes hostiles y nunca dejó de denunciar la injusticia, convencido de que “la caridad no basta: hace falta reforma social”.

Su muerte, a los 24 años, causada por la poliomielitis contraída en sus visitas a enfermos, fue el último acto de una vida entregada. En su funeral, la ciudad de Turín descubrió el secreto de su santidad: miles de pobres salieron a las calles para despedir al amigo que nunca los olvidó.

El Papa Juan Pablo II lo llamó “el hombre de las Ocho Bienaventuranzas” y lo propuso como modelo para la juventud del siglo XXI. El Papa Francisco lo cita como ejemplo de alegría y compromiso: “El corazón de la Iglesia está lleno de jóvenes santos que dieron su vida por Cristo… Pier Giorgio era un joven de alegría comunicativa, que quería retribuir el amor de Jesús ayudando a los pobres”.

Hoy, cuando la Iglesia busca salir de sí misma y escuchar el clamor de los descartados, la figura de Frassati interpela y desafía: ¿seremos capaces de vivir una fe incómoda, profética, capaz de transformar la realidad? ¿O nos conformaremos con una espiritualidad de museo?

Pier Giorgio Frassati no fue un héroe de altar, sino un testigo incómodo: su vida es una invitación a los jóvenes, a los laicos, a toda la Iglesia, a elegir el riesgo del Evangelio, a no anestesiarse ante el dolor ajeno. Su profecía sigue vigente: “Nuestra verdadera patria es el Cielo; por lo tanto, esforcémonos por llevar más almas allí”. La Iglesia necesita hoy testigos como él: valientes, alegres, incómodos, capaces de llevar la fe a las periferias y de anunciar la esperanza donde más falta hace.


Nota elaborada por catolic.ar a partir de diversas fuentes periodísticas y eclesiales.

©Catolic.ar

Enrique Shaw, sangre viva del Evangelio en la empresa

Enrique Shaw fue empresario, padre de familia y marino. Pero sobre todo fue santo. Un santo moderno, imposible de encasillar, que anticipó el modelo de Iglesia en salida. Su beatificación inminente no es sólo un acto eclesial: es una declaración profética.

Por Néstor Ojeda

Cuando el alma de una empresa se vuelve humana

En un mundo donde la palabra “empresario” suele asociarse con codicia, explotación o indiferencia social, el nombre de Enrique Shaw resplandece como una anomalía luminosa. Pero no fue una anomalía: fue una profecía. Su vida, tejida entre los engranajes de la industria, las olas de la Armada y el latido de una familia numerosa, prueba que la santidad puede florecer en los pasillos de una fábrica, entre balances contables y decisiones ejecutivas.

Nacido en París en 1921, Enrique no tardó en volver con sus padres argentinos a Buenos Aires, donde quedó huérfano de madre a los cuatro años. Fue criado por un sacerdote sacramentino, educado en el Colegio La Salle y formado como oficial en la Escuela Naval. Su vida parecía orientada al éxito desde todos los estándares sociales. Pero fue Dios quien cambió su brújula interior: en 1939, un simple folleto sobre la Doctrina Social de la Iglesia le abrió un horizonte nuevo. No dejaría nunca más de navegar hacia esa costa invisible: el Reino de Dios en medio del mundo secular.

Patrón que no se impone, sino que se dona

La renuncia a la carrera naval fue radical. ¿Por qué dejar el mar por las fábricas? ¿Por qué el escritorio de una empresa en lugar del puente de mando de un buque? La respuesta fue clara: el Evangelio necesitaba encarnarse en la economía, no como ideología, sino como testimonio.

Shaw se incorporó a Cristalerías Rigolleau, donde rápidamente ascendió hasta convertirse en Gerente General. Desde allí transformó silenciosamente el paradigma empresarial: los obreros no eran recursos, eran hermanos. Y su función de patrón no era un privilegio, sino un servicio. Una función redentora, decía, que debía sembrar esperanza, ver la realidad y renunciar al beneficio inmediato por el bien común. En medio de las tensiones laborales del peronismo, fue perseguido y encarcelado. Pero nunca cedió a la violencia. Resistió con ternura.

El cuerpo místico también tiene rostro de obrero

La fundación de la ACDE en 1952 fue su aporte estratégico al futuro. No quería ser un caso aislado, quería institucionalizar un nuevo modo de ser empresario. Años después, impulsó la ley de asignaciones familiares, contribuyó a fundar la UCA, escribió obras clave como Eucaristía y vida empresaria, y articuló una visión empresarial eucarística: la empresa como comunidad de vida y no sólo de producción. Como recordaba, “la sangre de mis obreros corre por mis venas”: 260 de ellos se ofrecieron como donantes cuando su cuerpo ya enfermo necesitaba transfusiones. Eso no es caridad: es comunión.

La Fe que no se aplica, se disuelve

Enrique Shaw no fue un teórico. Cada página escrita, cada discurso pronunciado, cada decisión ejecutiva estuvo marcada por una espiritualidad encarnada. Su matrimonio con Cecilia Bunge y sus nueve hijos fueron parte activa de su vocación. La santidad no se dio en claustros ni púlpitos, sino en la fidelidad doméstica, el cansancio del trabajo diario y el dolor del cáncer terminal, que lo llevó a la muerte con 41 años. Un joven mártir del compromiso social cristiano.

El Papa Francisco, que impulsó su causa desde Buenos Aires, entendió la potencia de este testigo: un laico, empresario, esposo y padre que vivió las Bienaventuranzas en tiempo real. No habló desde la cátedra, habló desde la coherencia.

Beatificar la economía, santificar la historia

Enrique Shaw será, con toda probabilidad, beatificado en el Año Jubilar 2025. Y esa decisión no es neutra. Es teológica. Es política. Es profética. En un mundo devorado por la idolatría del dinero, la precarización laboral y la indiferencia frente al sufrimiento humano, la Iglesia eleva como modelo a un empresario que se dejó crucificar por amor a sus obreros.

No es marketing religioso. Es una señal escatológica: la economía puede ser un camino de salvación, si está tejida por manos limpias, corazones rectos y decisiones que busquen el bien común.

Enrique Shaw no será sólo “un santo más”. Será el rostro visible de una Iglesia que reconoce la santidad cotidiana, la entrega sin espectáculo, el heroísmo de quien hace lo correcto cuando nadie aplaude. Beatificarlo será un acto de justicia, sí. Pero también un llamado urgente a todos los católicos que trabajan, producen, gestionan, contratan y arriesgan: la santidad es también para vos.

Fuente original: catolic.ar

©Catolic

El Papa León XIV y el desafío Opus Dei: una reforma que no puede esperar

A tres años del motu proprio que sacudió los cimientos del Opus Dei, el nuevo Papa estadounidense enfrenta su primera gran prueba: completar una reforma que ha sido resistida, dilatada y ahora se convierte en símbolo de su pontificado.

Por redacción de catolic.ar

Cuando León XIV convocó en mayo al actual prelado del Opus Dei a una audiencia privada, el gesto fue leído de inmediato como algo más que un protocolo papal. La cita, una de las primeras de su pontificado, encendió alertas en todo el entorno vaticano: ¿acercamiento diplomático o ultimátum eclesial?

La respuesta parece inclinarse hacia lo segundo.

Después de tres años de indefiniciones, borradores rechazados y causas judiciales abiertas en distintos países, la reforma del Opus Dei dejó de ser una cuestión interna para transformarse en un test global sobre la autoridad papal, la transparencia eclesial y el poder real de los movimientos conservadores dentro de la Iglesia.

El trasfondo de este conflicto no es menor: el Opus Dei, único movimiento con estatus de prelatura personal —una figura jurídica creada en el posconcilio—, fue durante décadas el buque insignia de un catolicismo rígido, jerárquico y doctrinario, promovido por Juan Pablo II y tolerado por Benedicto XVI. Pero con Francisco, la realidad cambió: el primer papa latinoamericano introdujo reformas de fondo, removiendo al Opus Dei del rango de poder autónomo y exigiéndole una revisión completa de sus estatutos, tras denuncias internas de abusos laborales, coacción espiritual y encubrimiento sistemático.

📉 Una reforma pospuesta… y estratégica

En julio de 2022, el Papa Francisco promulgó el motu proprio Ad charisma tuendum, exigiendo la adecuación de los estatutos del Opus Dei a una eclesiología más sinodal, humilde y transparente. El decreto no fue casual. Pocos meses antes, 42 mujeres en Argentina habían elevado una denuncia formal al Vaticano acusando al movimiento de trata laboral encubierta: muchas de ellas, niñas cuando fueron reclutadas, habrían servido sin salario ni derechos como empleadas domésticas de miembros numerarios.

Desde entonces, dos borradores de estatutos fueron enviados a Roma y rechazados. Y en 2023, una nueva denuncia colectiva —esta vez internacional— volvió a agitar las aguas. Exmiembros de países como México, España, Italia y el Reino Unido denunciaron abuso psicológico, manipulación espiritual, fraude institucional y hasta encubrimiento de delitos contra menores.

La Santa Sede respondió con un segundo motu proprio en 2023, quitando al Opus Dei la potestad sobre sus laicos y subordinándolo formalmente a las diócesis locales. Era, en términos eclesiales, una intervención quirúrgica al corazón de su autonomía.

Pero los cambios reales nunca llegaron. Justo antes de la muerte de Francisco, el Opus Dei había agendado una votación interna sobre los nuevos estatutos. Horas después de su fallecimiento, cancelaron la votación. El argumento fue el duelo; la interpretación real: esperar otro papa.

Y ese papa llegó. León XIV, el primer pontífice estadounidense, fue colaborador cercano de Francisco y protagonista clave en otro escándalo: el proceso que llevó a la supresión del Sodalicio de Vida Cristiana, grupo peruano también fundado con estética y disciplina similares al Opus Dei. A diferencia del Vaticano de otros tiempos, León no desconoce estos temas.

🔥 Un modelo agotado

Para muchos, el Opus Dei representa no sólo un modelo eclesial obsoleto, sino una teología del poder que resiste cualquier signo de conversión estructural. “La reforma no vendrá desde adentro”, asegura Antonio Moya, ex numerario durante 42 años y firmante del “Manifiesto Vaticano II”, que exige cambios radicales en la organización. “El Opus Dei no ha entendido aún qué significa ser Iglesia, ni qué implica el discernimiento personal y comunitario. Su arrogancia colectiva es incompatible con el Evangelio”.

Lo más grave no es su rigidez, sino el daño a las conciencias. La estructura de obediencia total, la vida segregada de los numerarios y el control espiritual sobre jóvenes sin herramientas de defensa, han dejado heridas silenciosas que, en algunos casos, derivaron en crisis psicológicas o abandono total de la fe.

El Opus Dei sigue afirmando que sus reformas se anunciarán “en el momento oportuno” y “en acuerdo con la Santa Sede”. Pero desde Roma, las señales son inequívocas: el tiempo se ha acabado.

⏳ ¿Y ahora qué?

Lo que está en juego ya no es sólo el futuro del Opus Dei, sino la credibilidad misma de una Iglesia que dice querer una conversión pastoral profunda, pero que todavía mantiene enclaves de poder intocados.

León XIV enfrenta, en este inicio de pontificado, una encrucijada profética. Si cede o posterga, abrirá las puertas a otros movimientos que se escuden en la “fidelidad doctrinal” para evitar rendir cuentas. Si avanza con decisión, mostrará que la Iglesia del siglo XXI no puede seguir tolerando estructuras espirituales que se convierten en castillos de impunidad.

El Evangelio no necesita elites consagradas, sino testigos humildes. La Iglesia no requiere uniformidad, sino santidad. Y los laicos no deben ser soldados de una prelatura, sino discípulos en libertad y comunión.


🔚 Cierre profético

El tiempo de las reformas cosméticas ha terminado. León XIV no tiene sólo una oportunidad: tiene una misión. El Opus Dei ya no es un símbolo de fidelidad, sino una prueba de fuego para la conversión eclesial. Si el Evangelio ha de ser creíble, debe comenzar por barrer sus propios atrios.


🧷 Nota elaborada por catolic.ar a partir de diversas fuentes periodísticas y eclesiales, con enfoque profético y narrativo propio.

Cristina, la condena y un país desvelado

El 10 de junio de 2025, la Corte Suprema de Justicia de la Nación ratificó la condena de seis años de prisión a Cristina Fernández de Kirchner por administración fraudulenta en perjuicio del Estado.

Lo que se cerró ese día fue otra cosa: la ilusión del relato, la obstinada negación de la realidad, el intento de reinventarse como víctima cuando se ha sido protagonista del saqueo institucional más sostenido de la democracia argentina.

Desde su sector político aún se habla de “proscripción”, de “persecución” y de “lawfare”, ignorando que el fallo fue confirmado por la instancia más alta del Poder Judicial, con un proceso que duró más de diez años y múltiples instancias de apelación. No fue un juicio exprés, sino uno de los más garantistas que se recuerden. Sin embargo, en ciertos núcleos militantes se insiste con teorías conspirativas y reinterpretaciones místicas de los hechos.

Pero lo que está en juego no es el futuro político de una sola dirigente, sino la posibilidad de que Argentina reencuentre alguna vez un camino de dignidad pública.


I. El desmoronamiento de un mito

Durante más de dos décadas, Cristina Fernández de Kirchner construyó —y encarnó— un relato de épica y pueblo, de derechos humanos y justicia social, que caló hondo en vastos sectores. Pero ese relato convivió con otras realidades paralelas: la acumulación de poder sin control, el uso discrecional de fondos públicos, el enriquecimiento de amigos, testaferros y familiares, y una red de corrupción estructural que se desplegó en múltiples niveles del Estado.

La causa Vialidad, por la que fue condenada, es apenas una entre muchas. Lázaro Báez, el empresario favorecido sistemáticamente por su gobierno, no era un funcionario ni un aliado político: era el rostro privado de un mecanismo de vaciamiento público. Lo que se juzgó no fue un tecnicismo contable, sino el corazón mismo de una matriz de corrupción sistémica.

Negar esta realidad, en nombre de supuestas operaciones políticas, es negarle a la Argentina la posibilidad de reconstruirse.


II. La respuesta del poder: victimización y estrategia electoral

A pesar de la condena, sectores del kirchnerismo trabajaron para reinstalar a Cristina en el centro del escenario electoral. Algunos todavía,impulsan su candidatura simbólica o su rol como gran electora; otros intentan posicionarla como mártir de una democracia ficticiamente amenazada.

Pero la sentencia, ahora firme, lo impide jurídicamente: Cristina no podrá ser candidata a diputada por la provincia de Buenos Aires ni ocupar cargos electivos mientras la condena esté vigente.

Lejos de un gesto de autocrítica o reparación, se refuerza la lógica binaria del “ellos o nosotros”, como si el fallo judicial fuera parte de una guerra épica y no la conclusión de un debido proceso. Se instrumentaliza la memoria del pueblo, se manipulan las emociones colectivas, y se postergan las reformas de fondo.

Argentina necesita mucho más que una nueva figura carismática: necesita una refundación moral del vínculo entre la ciudadanía y el poder. Y eso no puede lograrse desde la mentira ni el cinismo.


III. El saqueo como modelo de Estado

Sin caer en reduccionismos moralistas, hay una verdad que clama: la corrupción estructural en la Argentina no ha sido un accidente, sino un sistema operativo del poder. Desde los noventa hasta hoy, pasando por el kirchnerismo y los gobiernos subsiguientes, se consolidó una cultura del privilegio, del acomodo y del uso partidario del Estado.

La política dejó de ser servicio público para convertirse en vehículo de ascenso económico. Los cargos se convirtieron en botines. Los subsidios, en premios clientelares. Y el dinero público, en caja privada de campañas, amigos y familiares.

Cristina no es la única culpable, pero su figura sintetiza como pocas esa lógica de impunidad compartida. Y por eso su condena duele, sacude, divide. Porque desenmascara no solo a una persona, sino a un modelo cultural.


IV. Una herida abierta que exige verdad

La sentencia no solo cierra un ciclo nacional: se inscribe en una serie de episodios que, en América Latina, exponen la tensión entre liderazgos carismáticos y el sistema institucional. Desde Brasil a Perú, pasando por Ecuador, el debate sobre la corrupción, la judicialización de la política y la politización de la justicia ha sido ineludible. Pero en Argentina, el caso de Cristina Kirchner destaca por su duración, su densidad simbólica y la profundidad de sus implicancias.

En términos jurídicos, la condena es inapelable. En términos políticos, el interrogante es más profundo: ¿puede una sociedad reconstruirse sobre bases éticas tras décadas de deterioro institucional?

La respuesta no vendrá de los slogans ni del marketing político, sino de una conversión moral de fondo. Y no solo de los dirigentes: de los empresarios que pagan coimas, de los sindicalistas que las reciben, de los periodistas que callan y de los ciudadanos que naturalizan el saqueo.

El desafío es inmenso. Pero como decía Benedicto XVI en Spe Salvi, hay una esperanza que no defrauda: la que nace de la verdad. Y no hay justicia duradera sin verdad compartida.


Nota al pie: La condena fue confirmada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación Argentina el 10 de junio de 2025. Cristina Fernández de Kirchner fue hallada culpable del delito de administración fraudulenta en perjuicio de la administración pública en la causa Vialidad. La pena implica seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos.

Mártires del compromiso: Lepratti, Genta y Sacheri frente a una Iglesia que calla

“No tiren, hay chicos comiendo”. Esa frase quedó grabada como un testamento. No fue un grito ideológico, fue un grito evangélico. Y desde entonces, el silencio de la Iglesia frente a ciertas santidades clama desde abajo.

Un mismo clamor, tres silencios

La santidad no siempre llega por los caminos que la institución espera. A veces se abre paso por rutas marginales, conflictivas, de frontera. Es ahí donde surgen los mártires del compromiso: cristianos que encarnaron el Evangelio hasta las últimas consecuencias, pagando con su vida una fidelidad que la Iglesia aún no se atreve a canonizar.

En esta tercera entrega del ciclo “Santos en pausa”, retomamos la figura de Claudio “Pocho” Lepratti —ya abordado en profundidad— y nos adentramos en las vidas y muertes de Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri, dos intelectuales católicos asesinados en los años de plomo en Argentina. Tres historias muy distintas, unidas por la sangre derramada, la fe militante y el olvido eclesial.


Claudio Lepratti: el testigo desarmado que gritó por los niños

Volvemos a hablar de Pocho Lepratti no solo por la potencia de su testimonio —ya desarrollada en la nota anterior— sino porque su caso muestra con crudeza el freno institucional a algunas causas de santidad.

Sabemos que un grupo de sacerdotes salesianos quiso impulsar su Causa. Sabemos que hubo conversaciones e incluso borradores. Pero también sabemos que todo se detuvo. ¿Por qué? ¿Porque era “demasiado militante”? ¿Porque no encajaba con el perfil tradicional del “santo”? ¿Porque no tenían recursos económicos ni un postulador profesional? ¿Porque el arzobispo de Rosario no dio luz verde o prefirió esperar el aval de la CEA?

No lo sabemos con certeza. Pero sí sabemos que la voz de Claudio resuena más fuerte que muchos sermones. Que su figura fue abrazada por creyentes y no creyentes. Que el pueblo lo reconoció mártir. Que León Gieco lo canonizó con una canción. Y que la Iglesia aún no se anima a llamarlo siervo de Dios.

Y mientras tanto, otras santidades avanzan a velocidad de jet privado. Canonizaciones “exprés” para figuras eclesiales que cuentan con lobby, fondos, visibilidad y agenda. ¿Dónde queda el pobre, el mártir del barro, el militante del Evangelio que se metió con la historia real?


Jordán Bruno Genta: el cruzado de la contrarrevolución

Filósofo, pedagogo, apologista cristiano. Jordán Bruno Genta fue una de las mentes más influyentes del pensamiento católico argentino en el siglo XX. Nacido en 1909, abandonó el laicismo académico para abrazar un catolicismo radical y combativo. Fundó cátedras, escribió libros, formó generaciones de intelectuales y militares.

Fue asesinado el 27 de octubre de 1974, a la salida de misa, frente a su casa, por un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Lo mataron con tres balazos. Tenía 65 años.

Genta era una figura polémica. Defendía una visión teológica de la política y consideraba la lucha contra el comunismo como un deber cristiano. Para algunos, era un profeta; para otros, un ideólogo del autoritarismo.

Pero lo cierto es que fue asesinado por su fe y por su prédica pública. Lo mataron por hablar. ¿No es eso un signo de martirio?

Su hijo, también asesinado años después, fue otro mártir ignorado.

La Iglesia no ha dicho una palabra sobre una posible causa de beatificación. Ni siquiera ha reconocido oficialmente su testimonio.


Carlos Alberto Sacheri: la pluma católica que incomodaba

Filósofo tomista, padre de familia numerosa, autor del libro “El orden natural”, Carlos Alberto Sacheri fue otro de los grandes pensadores católicos argentinos silenciados a balazos.

Lo mataron el 22 de diciembre de 1974, al salir de misa con su esposa y sus siete hijos, en San Isidro. Un comando de Montoneros lo acribilló con ocho disparos.

Sacheri había denunciado la infiltración marxista en sectores de la Iglesia. Era un laico comprometido, con voz fuerte y convicciones inquebrantables. Su defensa de la fe y del orden natural lo hizo blanco de quienes veían en él un obstáculo a su revolución armada.

Fue, como Genta, víctima del odio ideológico. Mártir de una Argentina dividida, pero también mártir de la fe en la plaza pública.

¿Y la Iglesia? Silencio.


¿Qué tipo de santidad queremos?

Claudio Lepratti, Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri representan perfiles diferentes de santidad: el testigo del Evangelio encarnado en la marginalidad; el pensador combativo en defensa de la verdad; el padre de familia que no se calló frente a la confusión doctrinal.

A ninguno se los considera formalmente “siervos de Dios”. Sus causas están congeladas, descartadas o ni siquiera abiertas. Mientras tanto, otros procesos avanzan con velocidad y recursos, sin que se cuestione su mérito. ¿Qué nos dice esto sobre nuestras prioridades como Iglesia?

¿No será que tenemos miedo de la santidad que incomoda? ¿De la que se mezcla con la historia real, la que no se puede encerrar en estampitas?