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No queremos a Hakuna, queremos a Jesucristo

Hay una pregunta que pocas veces se hace en voz alta dentro de una parroquia, porque hacerla en voz alta incomoda: ¿a quién le estamos cantando?

No es una pregunta retórica. Es una pregunta litúrgica, teológica, y en este momento de la Iglesia argentina, también periodística.

En los últimos años, una oleada de música de alabanza ha ido desplazando silenciosamente el repertorio litúrgico tradicional en muchas parroquias del país.

Los ministerios de música —esos grupos de laicos comprometidos que semana a semana sostienen el canto de la asamblea— han incorporado progresivamente canciones cuya procedencia no siempre se examina y cuyo contenido doctrinal casi nunca se evalúa.

El criterio que prevalece es otro: si emociona, si convoca, si hace llorar a la gente, algo bueno debe tener.

Ese criterio tiene un nombre. Se llama emocionalismo. Y es uno de los equívocos más persistentes y más difíciles de señalar en la vida pastoral contemporánea, precisamente porque viene envuelto en buenas intenciones, en juventud, en alegría, y en una sinceridad que nadie tiene motivos para dudar.

El problema no es la sinceridad. El problema es hacia dónde apunta.


El “tú” que no tiene rostro

Tomemos una canción típica del repertorio que hoy circula en muchos ministerios de música parroquiales. La letra habla de un “tú” al que el cantante ama, necesita, busca, al que le entrega todo. El lenguaje es el del amor romántico: intimidad, entrega, emoción, anhelo. La música refuerza ese registro: melodías envolventes, crescendos emotivos, momentos de silencio cargados de tensión sentimental.

¿A quién le habla esa canción?

La respuesta debería ser obvia: a Jesucristo. Pero si uno presta atención a la letra con honestidad, descubre que el “tú” es notablemente indefinido. No tiene historia. No tiene cruz. No tiene resurrección. No tiene cuerpo glorioso. No intercede, no juzga, no salva en el sentido preciso y pascual del término. Es un “tú” proyectable, intercambiable, que cada oyente puede llenar con el contenido emocional que traiga consigo esa tarde.

Eso no es oración cristiana. Es espejo.

Joseph Ratzinger lo advirtió con una precisión que el tiempo no ha desmentido: la Fe no es una experiencia. Es un encuentro con una Persona que existe objetivamente, independientemente de lo que yo sienta, independientemente de si hoy estoy bien o estoy mal, independientemente de si la música me llegó o no me llegó. La Fe que descansa sobre la experiencia emocional es una fe que tiembla cada vez que la emoción baja. Y la emoción siempre baja.


Hakuna y la espiritualidad de la sensación

Entre los movimientos que mejor encarnan esta tendencia en el mundo hispanohablante se encuentra Hakuna, una iniciativa de espiritualidad juvenil de origen español que ha ganado presencia significativa en Argentina y en toda América Latina.

La revista Vida Nueva —una de las publicaciones católicas de referencia en español— le dedicó su portada en marzo de 2026, en el contexto de una nota de fondo sobre los llamados “retiros de impacto emocional” y su relación con la nota doctrinal Cor ad cor loquitur de la Conferencia Episcopal Española.

Ese documento episcopal, aprobado por unanimidad de la Comisión Permanente y firmado por el obispo Francisco Conesa, presidente de la Comisión para la Doctrina de la Fe, advierte con precisión sobre el riesgo de un “reduccionismo emotivista de la fe” que convierte a los fieles en consumidores de experiencias de impacto en lugar de discípulos maduros.

Sin nombrar a ningún grupo en particular, describe con exactitud clínica lo que ocurre cuando la emoción reemplaza al contenido: “bombardeo emocional”, “presión de grupo”, celebraciones “intimistas y efectistas”, y una tendencia a ofrecer parches pseudomísticos momentáneos para heridas que requieren acompañamiento integral.

Hakuna propone una experiencia de encuentro con Dios centrada en la música, la comunidad, la emoción compartida y una estética cuidadosamente diseñada para resultar atractiva a los jóvenes. Nada de esto es malo en sí mismo. La belleza es una vía legítima hacia Dios. La comunidad es constitutiva de la fe cristiana. La alegría es un fruto del Espíritu.

El problema no es lo que Hakuna ofrece. Es lo que omite.

Una espiritualidad que privilegia sistemáticamente la sensación sobre la doctrina, la experiencia sobre el contenido, el clima emocional sobre la verdad revelada, no forma discípulos. Forma consumidores de experiencias religiosas. Y un consumidor de experiencias religiosas es alguien que, cuando la experiencia deja de satisfacerlo, busca otra más intensa. O abandona.

Los pastoralistas consultados por Vida Nueva para ese reportaje nombraron con precisión el fenómeno resultante: el “turismo espiritual“. Es la lógica del que recibe un primer impacto emocional en un retiro o encuentro, experimenta una especie de subida espiritual repentina, y luego necesita repetirla porque la pastoral ordinaria de la parroquia —la misa dominical, la catequesis, el servicio concreto— ya no le produce la misma intensidad.

Esa persona no está creciendo en la fe. Está buscando la próxima dosis de emoción religiosa, del mismo modo en que un adicto busca reproducir una sensación que ya no llega con la misma facilidad.

Los seminaristas, los curas jóvenes y los laicos que hoy presionan para incorporar este repertorio en la Liturgia frecuentemente vienen de ese recorrido.

No lo hacen con mala fe. Lo hacen porque esa música los tocó, porque en algún retiro sintieron algo que interpretaron como presencia de Dios, y quieren compartirlo. Esa generosidad es real y merece respeto.

Pero la Liturgia no es el lugar de lo que a mí me tocó. Es el lugar donde la Iglesia actúa en nombre de Cristo, con formas que no dependen de lo que yo sienta hoy. Subordinar la celebración eucarística a la estética de un movimiento juvenil —por bienintencionado que sea— es una confusión de categorías que tiene consecuencias pastorales serias.


El camino del estrellato

Hay otro fenómeno que merece ser nombrado con la misma honestidad: el de los animadores y músicos que comenzaron su trayectoria al servicio de la Liturgia y la fueron abandonando progresivamente cuando descubrieron que ese espacio les quedaba chico.

No es un fenómeno nuevo. Pero se ha acelerado en los últimos años con la proliferación de plataformas digitales, el auge del mercado de la música cristiana en español, y la lógica del estrellato que ese mercado reproduce.

El patrón es reconocible. Alguien comienza animando retiros, liderando el coro parroquial, grabando canciones de alabanza para su comunidad. La respuesta es buena. Las redes crecen. Llegan invitaciones de otras diócesis, de otros países.

El perfil personal empieza a ser más grande que la misión que lo originó. Y en algún momento, casi sin que la persona lo advierta conscientemente, el centro de gravedad se desplaza: ya no es el servicio a la comunidad. Es la carrera.

Algunos de los nombres más conocidos del circuito de música cristiana en español en la actualidad recorrieron ese camino. No los señalamos individualmente porque el fenómeno es más importante que las personas concretas. Pero el fenómeno existe, es verificable, y merece ser examinado sin la condescendencia de quien no quiere incomodar a nadie.

La pregunta que cada músico parroquial debería hacerse —y que muy pocos se hacen— es esta: ¿estoy aquí porque quiero servir a esta asamblea, o estoy aquí porque todavía no encontré una plataforma más grande?


El caso Bergonzi: cuando el modelo llega a sus consecuencias

El caso de Leda Bergonzi, la llamada “sanadora de Rosario”, no es el de una cantante de música cristiana en sentido estricto. Pero ilustra con una claridad brutal adónde puede llegar el emocionalismo religioso cuando se desarrolla sin anclaje doctrinal, sin control institucional y con una figura carismática en el centro.

Bergonzi comenzó su actividad en el espacio de la espiritualidad carismática, con aval inicial de sectores de la Iglesia de Rosario. Sus encuentros incorporaban los elementos clásicos de ese universo: oración de sanación, canto de alabanza, “descanso en el Espíritu”, imposición de manos. Durante años realizó sus actividades en parroquias y en la propia Catedral de Rosario con respaldo eclesiástico.

La comunidad que fundó, “Soplo de Dios Viviente“, creció con una lógica que el emocionalismo religioso reproduce sistemáticamente: cuanto más intensa la experiencia, cuanto más extraordinario el fenómeno, cuanto más visible la figura que lo protagoniza, mayor la convocatoria. La fama de Bergonzi escaló masivamente cuando recibió a familiares de Lionel Messi. Ese dato dice todo sobre la gramática del fenómeno: en ese universo, la santidad se mide en visibilidad.

A fines de 2024, el Arzobispado de Rosario suspendió toda actividad pastoral de su grupo en nombre de la Iglesia Católica. Los motivos documentados incluyeron la falta de claridad en el origen de los fondos de sus eventos, un perfil crecientemente comercial, prácticas que la Iglesia reserva exclusivamente para los sacerdotes —como la imposición de manos sacramental— y declaraciones teológicamente inaceptables, como atribuir el origen del cáncer a la falta de perdón.

Bergonzi continúa sus actividades de forma independiente, en ámbitos privados, sin el respaldo del Arzobispado ni de la Renovación Carismática Católica. Ha volcado una parte significativa de su actividad hacia la música cristiana, lanzando canciones de adoración y realizando espectáculos musicales. El círculo se cierra: lo que comenzó como servicio eclesial terminó como marca personal con agenda de shows.

No se trata de juzgar la conciencia de nadie. Se trata de reconocer que este desenlace no es una anomalía ni una corrupción accidental del modelo. Es su consecuencia lógica cuando el yo ocupa el lugar que le corresponde a Cristo.


El extremo del camino: cuando el emocionalismo produce una secta

El caso Bergonzi es argentino y conocido. Pero no es el único ni el más grave que existe en el mundo católico hispanohablante.

La revista Vida Nueva documentó en ese mismo número el caso de las Hijas del Amor Misericordioso (HAM), una asociación pública de fieles intervenida en julio de 2025 por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, tras la confirmación de presuntos abusos de poder, de conciencia y sexuales.

El Tribunal de la Rota elaboró un informe que recomendaba la disolución del grupo. Más de cien jóvenes consagradas, una treintena de seminaristas y sacerdotes, y más de trescientos laicos estaban involucrados.

Lo que hace relevante este caso para el argumento de este artículo no es la gravedad de los abusos en sí —que es indiscutible— sino el punto de entrada que los posibilitó: los retiros de impacto emocional.

Según las víctimas consultadas por Vida Nueva, los retiros Emaús y Effetá —formatos de fin de semana basados precisamente en la técnica del bombardeo emocional— eran la puerta por la que el grupo captaba nuevos miembros.

La lógica era directa: una persona emocionalmente desnuda, que acaba de exponer sus heridas en un clima de intensidad afectiva grupal, es extraordinariamente vulnerable a quien se presente como su “sanador” o “salvador”.

El emocionalismo religioso no produce necesariamente sectas ni abusos. Pero cuando no tiene anclaje doctrinal, ni control institucional, ni respeto por la libertad de conciencia del participante, crea las condiciones exactas para que todo eso ocurra. No es una posibilidad remota. Es un riesgo documentado, con víctimas reales, en el corazón del mundo católico hispanohablante.

La pregunta que la Iglesia argentina debería hacerse no es si esto puede pasar aquí. Es si ya está pasando en alguna medida, y nadie lo está mirando.


Los que se quedaron

Hay una historia que casi nunca se cuenta, porque no genera titulares ni seguidores en redes: la de los músicos y cantores que tenían condiciones para el estrellato y eligieron quedarse.

En parroquias de todo el país hay personas con voces extraordinarias, con sensibilidad musical genuina, con capacidad de mover a una asamblea, que semana tras semana preparan el canto dominical, ensayan con voluntarios de distinto nivel, adaptan el repertorio a las posibilidades reales de su comunidad, y lo hacen sin que nadie los filme, sin que nadie los aplauda más allá de los límites de su barrio.

Esa elección no es resignación. Es una forma de ascética que el mundo contemporáneo tiene dificultades para reconocer como tal: la renuncia voluntaria al brillo propio en favor del servicio anónimo.

Es, en el fondo, la misma lógica del Bautista: él debe crecer, yo debo disminuir.

Esos músicos no necesitan que nadie los reivindique públicamente. Pero sí necesitan que la Iglesia los sostenga con un repertorio litúrgico que esté a la altura de su vocación: música que alabe a Dios, que instruya a la asamblea, que sea bella sin ser espectacular, que sirva a la celebración en lugar de protagonizarla.

Los salmos, cantados con fidelidad al texto bíblico y con formas musicales que respetan la naturaleza de la Liturgia, son el ejemplo más antiguo y más robusto de lo que la música al servicio de Dios puede ser. No como nostalgia. Como criterio.


Lo que está en juego

La pregunta con la que empezamos este artículo —¿a quién le estamos cantando?— no es menor.

En la Liturgia, esa pregunta tiene una respuesta que la Iglesia no puede delegar en la sensibilidad del momento ni en las preferencias de un ministerio de música bien intencionado.

Le cantamos a Jesucristo. Al que nació, murió, resucitó y vendrá. Al que está presente en el altar, en la Palabra, en la asamblea reunida en su nombre. No a un “tú” difuso que cada uno llena con su propia emoción.

Esa es la diferencia entre la oración y la terapia emocional colectiva. Entre la Liturgia y el espectáculo. Entre la fe y el sentimiento.

Hakuna puede emocionar. La música de moda en los retiros puede emocionar. Leda Bergonzi emocionó a miles de personas durante años. La emoción no es mentira. Pero tampoco es suficiente.

Jesucristo no es una experiencia. Es una Persona. Y encontrarse con una Persona requiere algo más que sentir.

©Catolic.ar


catolic.ar es una publicación independiente de laicos católicos dedicada al periodismo de investigación y al análisis doctrinal desde el sensus fidei del laicado.

Francisco: EL hombre que nos enseñó a que la Fe no puede ser cómoda

Hay fechas que no pasan.

Que vuelven cada año como una marea silenciosa y nos encuentran distintos, pero siempre frente a la misma pregunta: ¿quién era, en verdad, ese hombre?

El 21 de abril de 2025, a los 88 años, murió Jorge Mario Bergoglio en la Casa Santa Marta —la misma residencia austera que eligió al comienzo de su pontificado, rechazando los palacios apostólicos—, después de sufrir un derrame cerebral que derivó en una insuficiencia cardíaca irreversible.

Era Lunes de Pascua. La ironía litúrgica no podía ser más honda: el sucesor de Pedro se iba en el día en que la Iglesia celebra que la muerte no tiene la última palabra.

Tras el funeral y los ritos litúrgicos, sus restos fueron sepultados en la iglesia de Santa María Maggiore, en Roma. La lápida es de una sobriedad que habla por sí sola: lleva simplemente la inscripción “Franciscus“.

Un solo nombre. Sin títulos. Sin genealogía de poder. Como él quiso vivir.

Hoy, un año después, vale la pena detenerse. No para hacer un balance frío, sino para dejarse interpelar una vez más por una vida que fue, ante todo, una pregunta lanzada a la cara de todos nosotros.

El que llegó del fin del mundo

Era el 13 de marzo de 2013. El cónclave humeaba blanco sobre la Capilla Sixtina y el mundo se preguntaba quién asumiría la pesada herencia de una Iglesia sacudida por escándalos. Elegido tras la renuncia de Benedicto XVI, Jorge Bergoglio llegó al Vaticano en un momento de profunda crisis institucional, marcado por denuncias de abusos, escándalos financieros y una pérdida de credibilidad que parecía estructural.

Salió al balcón. Saludó. Pidió que rezaran por él antes de bendecir. Y dijo una frase que, para muchos, resumió los doce años que vendrían: “Hermanos y hermanas, buenas noches.”

Sin protocolo imperial. Sin distancia solemne. Un hombre que venía —como él mismo dijo— del fin del mundo, y que se proponía llegar hasta las periferias de todos los otros mundos.

Eligió el nombre Francisco. No por cualquier Francisco. Por el de Asís: el que dejó todo, el que abrazó al leproso, el que reconstruyó la Iglesia con las manos llenas de barro. El mensaje estaba en el nombre antes de que pronunciara una sola palabra pastoral.

Una Iglesia que huele a oveja

Tal vez su imagen más potente no fue ninguna encíclica ni ningún discurso ante las Naciones Unidas. Fue una frase dicha a sus sacerdotes, temprano en su pontificado, que corrió por el mundo sin necesitar de ningún algoritmo:

“Quiero obispos y sacerdotes que sean pastores, no funcionarios. Pastores que conozcan el olor de sus ovejas.”

Esa metáfora lo decía todo. Bergoglio no quería una Iglesia de gestores con sotana. Quería una Iglesia encarnada, sucia de humanidad, presente donde duele. Desde el comienzo de su pontificado proclamó con alegría el Evangelio del amor misericordioso de Dios, invitando a la Iglesia y al mundo a recibir esa misericordia y a convertirse en sus testigos mediante el acompañamiento personal.

En su exhortación Evangelii Gaudium escribió con una franqueza que incomodó a muchos: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades.”

¿Cuántas parroquias argentinas leyeron eso y siguieron igual que antes? La pregunta no es retórica. Es un examen de conciencia.

El escándalo de los pobres

Si hay un hilo conductor en la vida entera de Jorge Bergoglio —desde las villas de Buenos Aires hasta la plaza de San Pedro— es uno solo: los pobres no son un problema social. Son el rostro de Cristo.

Tres días después de ser elegido, todavía con la perplejidad del mundo entera sobre él, dijo ante los periodistas: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”

No fue retórica. Durante doce años, esta convicción lo llevó a enfrentarse con los poderes económicos del mundo con una claridad evangélica que no siempre fue cómoda.

En la Evangelii Gaudium, denunció “esa economía que mata” y escribió que es inadmisible que no sea noticia la muerte de frío de un anciano en la calle, pero sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa.

Fue contundente al afirmar que “para la Iglesia, la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga su primera misericordia.”

Eso no es ideología. Es Mateo 25. Es el Evangelio desnudo, sin la cobertura de los buenos modales eclesiales. Francisco lo sabía y lo decía. Esa era su grandeza.

Esa era, también, la razón por la que algunos —dentro y fuera de la Iglesia— nunca lo perdonaron del todo.

La misericordia como revolución

“Dios nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.”

Lo dijo en su primer Ángelus, el 17 de marzo de 2013, cuando todavía olía fresco a cónclave. Y lo repitió de mil formas durante una década. La misericordia no era para Francisco un concepto teológico amable. Era dinamita pastoral.

Francisco insistió una y otra vez en la misericordia divina, desmarcándose de visiones más punitivas o restrictivas de la fe. Su énfasis en el perdón fue una constante que buscaba sanar más que juzgar.

Declaró el Año de la Misericordia. Escribió la bula Misericordiae Vultus. Recordó que el confesionario no es una sala de torturas sino el lugar donde Dios abraza al hijo pródigo.

En una época de discursos duros y condenas fáciles, Francisco apostó por la ternura como fuerza revolucionaria.

El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, recordó una de sus frases más poderosas, pronunciada durante el Jubileo de la Misericordia en 2015: “Dios es un padre bueno que nos ama y no se cansa de perdonar.”

Hay algo en esa frase que puede cambiar una vida entera. Si uno la escucha de verdad.

La casa que estamos quemando

En 2015, con la encíclica Laudato Si‘, Francisco colocó el cuidado del medio ambiente en el centro de la agenda global y eclesiástica, hablando de la necesidad de proteger “nuestra casa común“.

Fue un gesto histórico. Un Papa hablando de ecología integral con argumentos teológicos, científicos y filosóficos, interpelando a los líderes del mundo en sus propias narices.

Los negacionistas climáticos —incluidos muchos que se llaman católicos— nunca le perdonaron ese texto.

Francisco no se disculpó. En 2024, a meses de su muerte, publicó Laudate Deum, una segunda carta sobre la crisis climática, más urgente y más dura. Era un hombre que hasta el final siguió diciendo lo que había que decir.

La imagen que se quedó para siempre

Hay una imagen que resume su pontificado mejor que cualquier documento. Es de marzo de 2020. El mundo entero está paralizado por el COVID-19. Las ciudades, vacías. Los hospitales, desbordados. El miedo, generalizado.

Y Francisco aparece solo en la plaza de San Pedro completamente vacía, rezando bajo la lluvia. “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas“, dijo esa noche. La imagen se convirtió en un símbolo global.

Francisco validó el miedo y la fragilidad humana, en un mundo que exige ser siempre exitoso.

Un anciano solo, bajo la lluvia, rezando por el mundo. No hubo comunicado de prensa más poderoso. No hubo discurso que igualara esa soledad ofrecida como oración.

El padre que no pudo volver

Hay una herida argentina que Francisco llevó con él hasta la tumba: nunca volvió a su país después de convertirse en Papa.

Las razones fueron siempre debatidas. Algunos hablan de tensiones políticas no resueltas. Otros, de su propio discernimiento pastoral.

Lo cierto es que el arzobispo García Cuerva reconoció que los argentinos no siempre le permitieron asumir plenamente el rol de padre del mundo que se le pedía, pero afirmó con convicción: “Muchos dicen que el Papa no vino a la Argentina, pero yo creo que siempre estuvo. Está en nuestra gente y en cada uno de nosotros.”

Tal vez eso sea verdad. Tal vez la ausencia física fue, también, una última lección: el amor no depende de la proximidad geográfica. Y el desafío no era recibirlo de visita, sino ser, cada uno, un poco Francisco.

Lo que nos queda

A un año de su muerte, la Conferencia Episcopal Argentina ha convocado a una misa en la Basílica de Nuestra Señora de Luján, presidida por monseñor Marcelo Colombo, como reconocimiento de que Francisco mantiene un significado profundo para la Iglesia argentina: fue aquí donde Bergoglio desarrolló gran parte de su ministerio.

Pero más allá de los actos conmemorativos, la pregunta que su vida nos lanza es simple y brutal: ¿Qué hicimos con lo que nos enseñó?

¿Salimos a las periferias o seguimos esperando que la periferia llame a nuestra puerta? ¿Construimos una Iglesia que huele a oveja o una que huele a sacristía con olor a encierro? ¿Tratamos a los pobres como el rostro de Cristo o como un problema de gestión social?

Francisco escribió con una lucidez que sigue ardiendo: “Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos.”

No es una sugerencia pastoral. Es una exigencia evangélica.

Franciscus

Una lápida con un solo nombre. Sin títulos. “Franciscus.”

Así quiso quedarse en la historia. No como el papa número 266. No como el primer latinoamericano. No como el reformador, el ambientalista, el dialoguista. Simplemente Francisco. El nombre que eligió. El programa que intentó vivir.

Un hombre que pasó doce años diciéndole a la Iglesia que saliese de sí misma.

Que diciéndonos a cada uno que la Fe no puede ser cómoda. Que recordándonos, en cada gesto y en cada palabra, que el Evangelio es una buena noticia para los pobres antes que un manual de espiritualidad privada.

Hoy, un año después, la pregunta no es cómo recordarlo. La pregunta es si tenemos el coraje de parecernos a él.

Francisco. El pastor sigue oliendo a oveja.

Invitaría al lector a comentar: “¿Qué gesto de Francisco cambió tu forma de ver a Dios o al prójimo

© catolic.ar — Concepción del Uruguay, Entre Ríos, Argentina

21 de abril de 2026 — Primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco

«Padre, esto no es lo que yo les enseñé»

Lo que San Juan Bosco diría, opinaría y haría ante la implementación del método Alpha en la Iglesia Católica

Por Redacción · Catolic.ar

Imaginemos esto: Juan Bosco, el cura de los pobres, el padre de los abandonados, el artesano de almas en el Turín industrial del siglo XIX, es convocado a una reunión pastoral en Buenos Aires, en la que se le presenta el método Alpha como «herramienta de evangelización» para la Iglesia Católica. Lo miran expectantes. Le alcanzan el folleto. Él lo lee. Y entonces —porque Don Bosco nunca fue un hombre de silencios cómodos— habla.

Lo que sigue no es ficción devocional. Es una reconstrucción rigurosa, fundada en los escritos, cartas, constituciones y testimonios de Juan Bosco, de lo que este santo —pedagogo, teólogo práctico, fundador, periodista y estratega pastoral— diría con toda probabilidad ante un fenómeno que hoy atraviesa silenciosamente la pastoral católica argentina: la adopción institucional de Alpha, un programa de origen anglicano-evangélico, como si fuera evangelización católica.

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El primer gesto: no el rechazo, sino la pregunta

Don Bosco no era un hombre que comenzara por el «no». Su método —el Sistema Preventivo— empezaba siempre por comprender al otro, por ir a buscar al joven donde estaba, no donde uno quería que estuviera. Antes de emitir juicio, preguntaba.

Su primera pregunta ante Alpha habría sido simple y devastadora a la vez: «¿De quién es esto?»

No en sentido jurídico, sino en sentido espiritual. ¿Qué árbol produce este fruto? ¿Qué doctrina lo nutre? ¿Qué concepto de Iglesia lo sostiene? Porque Don Bosco sabía —lo había aprendido en la dureza del apostolado— que los métodos nunca son neutros. Que detrás de cada pedagogía hay una teología. Y que una teología equivocada, por más buenos que sean sus resultados aparentes, produce daño a largo plazo.

Al enterarse de que Alpha nació en la parroquia anglicana Holy Trinity Brompton de Londres, de que su teología sacramental es radicalmente distinta de la católica, de que su fundador Nicky Gumbel no reconoce la transubstanciación ni la sucesión apostólica, Don Bosco habría guardado el folleto y dicho, con esa serenidad característica que sus biógrafos describen como más temible que la ira: «Entonces no es nuestro.»

Lo que le indignaría: el silencio de los pastores

Don Bosco era, ante todo, un hombre de Iglesia. Amaba a sus obispos con una fidelidad que le costó incomprensiones, demoras y dolores. Pero esa misma fidelidad lo habilitaba para decirles la verdad. Lo hizo toda su vida.

La noticia de que Alpha ingresó a diócesis argentinas con aprobación episcopal, que se imparte en institutos de formación catequética, que sacerdotes diocesanos la promocionan desde sus canales de YouTube sin que ningún organismo episcopal haya emitido una evaluación doctrinal formal, lo habría perturbado profundamente. No con el escándalo del fariseo, sino con el dolor del padre.

Él, que construyó el Oratorio de Valdocco piedra a piedra, que redactó las Constituciones Salesianas con un ojo puesto en el Evangelio y el otro en las necesidades concretas de los muchachos, sabía que las instituciones sin doctrina se evaporan. Que la caridad sin verdad es compasión sin norte. Y que el pastor que no distingue qué pasto da a sus ovejas no merece el nombre de pastor.

Su indignación no habría sido la de un intelectual que defiende su sistema. Habría sido la de un padre que ve a sus hijos ser alimentados con algo que parece pan y no lo es.

«¿Y los obispos?», habría preguntado. «¿Qué dicen los obispos?» Al recibir como respuesta que algunos lo promueven, que uno admitió públicamente no haber conocido Alpha antes de que se lo señalaran, que otro simplemente lo autorizó como «opción pastoral», Don Bosco habría bajado la cabeza, hecho una pausa larga —esas pausas que en Valdocco los chicos aprendieron a respetar— y respondido: «Entonces hay que escribirles. Con caridad, con datos, con documentos. Hay que ir a verlos. Pero hay que decírselo.»

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Lo que él habría dicho sobre el método Alpha en sí

Seamos precisos: Don Bosco no era un fundamentalista. Era un realista de la gracia. Sabía que Dios actúa también fuera de los cauces formales. Habría reconocido, sin duda, que algunas personas encontraron en Alpha un punto de contacto con lo trascendente. Eso no lo habría negado.

Pero habría añadido inmediatamente lo que los promotores de Alpha en ambientes católicos sistemáticamente omiten: que un encuentro emocional con «algo más grande» no es la fe católica. Que el kerygma sin los sacramentos es un evangelio incompleto. Que invitar a alguien a «una experiencia del Espíritu Santo» sin introducirlo en la vida sacramental de la Iglesia no es evangelizar: es entretener espiritualmente.

Don Bosco conocía la diferencia. Su Oratorio no era solo un lugar de acogida: era un lugar de formación integral. Los jóvenes de Valdocco aprendían un oficio, sí, pero también aprendían el Catecismo. Recibían los sacramentos, no como colofón emotivo, sino como centro de su vida. La Eucaristía —la Eucaristía real, transubstanciada, corporal de Cristo— era el corazón del Sistema Preventivo, no un módulo opcional.

Al contemplar que Alpha en su versión estándar no aborda la confesión, no introduce a la misa como sacrificio propiciatorio, no enseña la doctrina sobre el purgatorio ni el papel de María, Don Bosco habría dicho algo que hoy suena radical precisamente porque es evangélico: «Un catolicismo sin María no es catolicismo. Un catolicismo sin la Eucaristía adorada y recibida en gracia es una espiritualidad, no la fe de los apóstoles.»

El método que él opone: no la nostalgia, sino la vivencia

Aquí es donde Don Bosco se vuelve más interesante, y más incómodo. Porque él no habría rechazado Alpha para defender la rutina pastoral. Lo habría rechazado para proponer algo mejor: su propio método, que no es una reliquia del siglo XIX, sino un paradigma permanente.

El Sistema Preventivo descansa en tres pilares: razón, religión y amor. No son conceptos abstractos. Son tres actitudes concretas del educador-evangelizador hacia el joven:

La razón: explicar siempre el porqué. No pedir obediencia ciega, sino convencer. Don Bosco era un apologista nato, un comunicador que adaptaba el lenguaje sin traicionar el contenido. Hoy habría sido podcaster, YouTuber, periodista digital. Pero nunca habría simplificado el Credo para hacerlo más «accesible» al punto de vaciarlo.

La religión: no como norma externa, sino como relación viva con Dios presente. La oración, la misa, la confesión frecuente eran el oxígeno de Valdocco, no el castigo. El método Alpha ofrece «experiencia espiritual»; Don Bosco ofrecía vida sacramental. La diferencia es ontológica.

El amor: la presencia del educador entre los jóvenes. No el video, no el manual, no los grupos de WhatsApp. El padre presente. «En Valdocco», decía, «el mayor milagro fue que siempre hubo alguien con ellos.» Evangelizar es acompañar, no vender un producto en diez módulos.

Frente a Alpha, Don Bosco no habría propuesto regresar al catecismo del siglo pasado. Habría propuesto —y esto es lo que sus herederos salesianos deberían estar haciendo— un kerygma auténticamente católico, alegre, juvenil, propositivo, que no tiene vergüenza del dogma porque el dogma es buena noticia.

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Lo que habría hecho: acción concreta

Don Bosco no era un hombre de lamentaciones. Era un hombre de obras. La pregunta que habría formulado después del diagnóstico habría sido: «¿Y entonces? ¿Qué hacemos?»

Lo que habría hecho, con toda probabilidad, es esto:

Primero: documentar. Habría encargado a sus colaboradores más capaces un análisis serio, teológicamente fundado, de los materiales de Alpha. No un panfleto de denuncia, sino un informe riguroso que pudiera ponerse en manos de los obispos con la misma seriedad con que él ponía las Constituciones Salesianas ante los Papas.

Segundo: escribir a los obispos. Con respeto filial y sin ambigüedad. Don Bosco tenía esta virtud rara: podía decirle al Papa Pío IX cosas que ningún cardenal se atrevía a decirle, y hacerlo con tal caridad que el Papa no se ofendía. Lo que los laicos comprometidos de hoy deben hacer es exactamente eso: escribir a sus pastores con documentos, con argumentos, con amor y sin cobardía.

Tercero: ofrecer la alternativa. No alcanza con señalar el error. Hay que mostrar lo verdadero. Don Bosco nunca cerró un oratorio protestante sin abrir uno católico. Hoy, en términos pastorales, significa desarrollar —o recuperar y relanzar— propuestas de iniciación cristiana auténticamente católicas: ChristLife, el RICA bien implementado, la catequesis kerigmática según el Directorio de 2020, los movimientos de espiritualidad juvenil de raíz salesiana. La alternativa existe. El problema es que nadie la promueve con la energía con que se promueve Alpha.

Cuarto: alertar a los laicos. Don Bosco fue uno de los grandes formadores de laicos del siglo XIX. Entendió antes que nadie que la evangelización de masas no la haría solo el clero. La «Comisión de Laicos» habría sido exactamente el tipo de estructura que él habría bendecido: laicos adultos, formados, valientes, con sensus fidei agudizado por años de vida eclesial, dispuestos a decir lo que las estructuras institucionales no pueden decir.

Una palabra final: lo que le rompería el corazón

Hay algo que Don Bosco no habría podido contemplar sin que se le quebrara la voz. No es la infiltración doctrinal, no es la negligencia episcopal, no es el marketing evangelizador con logo y franquicia global.

Es esto: que los jóvenes católicos, hambrientos de Dios, de verdad, de pertenencia, de comunidad, busquen en Alpha lo que la Iglesia tiene en abundancia y no les ofrece.

Eso habría sido para él —que dedicó su vida entera a que ningún muchacho abandonado en las calles de Turín se quedara sin padre y sin fe— el verdadero fracaso pastoral. No el éxito de Alpha. El silencio de la Iglesia ante sus propios hijos que mendigan lo que ya tienen en casa.

«Si ellos van allá», habría dicho con esa mezcla de ternura y firmeza que sus biógrafos no terminan de describir, «es porque nosotros no fuimos primero. Vayamos. Ahora. Sin excusas.»

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Juan Bosco fue canonizado en 1934. Sus escritos, sus cartas y las Constituciones de la Sociedad Salesiana son fuente primaria para este artículo. Ninguna palabra puesta en su boca contradice lo que él escribió o hizo en vida. La reconstrucción es responsabilidad del autor.

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Quo Vadis, Iglesia?

El silencio de las catedrales ya no es interrumpido por el eco del canto gregoriano ni por el murmullo de la oración contemplativa. En su lugar, un estruendo de sintetizadores, eslóganes de autoayuda y una “puesta en escena” digna de una franquicia corporativa ha comenzado a colonizar el espacio sagrado.

Ante este panorama, la pregunta surge con la fuerza de un rayo en medio de la noche: ¿Quo vadis, Iglesia?

¿Hacia dónde camina la barca de Pedro cuando parece haber soltado las anclas de la Tradición para dejarse arrastrar por las corrientes de un pragmatismo vacío?

Lo que hoy se nos vende como un “nuevo Pentecostés” es, bajo una mirada honesta y filtrada por el depósito de la fe, una pentecostalización abrumadora.

Estamos asistiendo a una mutación de la fe católica que, en otros tiempos, habría hecho sonar todas las alarmas en el antiguo Santo Oficio y en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

La tentación de la eficacia y el abandono del Misterio

La crisis es, ante todo, de identidad. Muchos pastores, abrumados por las estadísticas de templos vacíos y la fuga de fieles hacia denominaciones evangélicas, han caído en la tentación del éxito inmediato. La consigna parece ser: “Si no puedes contra ellos, imítalos”.

Así, se importan métodos, dinámicas y lenguajes ajenos a la antropología sacramental católica, creyendo que la eficacia de un marketing religioso podrá reemplazar la potencia de la Gracia.

Esta laxitud de curas y obispos es peligrosa. Al ceder a la tentación de aplicar “cualquier cosa” con tal de retener a la gente, se está permitiendo la entrada de un caballo de Troya en el altar. Se confunde la evangelización con el entretenimiento.

Se cambia el “sacrificio incruento” por un “show emocional”. En este proceso, lo que se pierde es la esencia misma de la eclesiología: la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, y no como una ONG de contención afectiva.

El veredicto de la Tradición: ¿Herejía en ciernes?

Si trasladáramos esta realidad a las mesas de debate de los teólogos de hace apenas un siglo, el diagnóstico sería implacable. Autores como Garrigou-Lagrange o el mismo Cardenal Ottaviani verían en este fenómeno una forma de modernismo práctico.

La sustitución de la verdad objetiva por la experiencia subjetiva es la base de las grandes desviaciones que la Iglesia siempre combatió.

En el pasado, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe habría calificado estos desvíos como una ruptura de la Analogía de la Fe.

El peligro reside en que el “método” se convierte en el salvador. Si el curso funciona, si la dinámica emociona, entonces “es de Dios”. Este es un pelagianismo solapado: la creencia de que nuestras estructuras y nuestras capacidades de animación son las que producen la conversión, y no el encuentro real con el Misterio de la Cruz.

La inversión de la Trinidad: Cuando el Espíritu reemplaza a Jesús

El punto más crítico de esta deriva es el desplazamiento del centro cristológico. En esta nueva atmósfera eclesial, el Espíritu Santo —o una versión edulcorada y sentimental de Él— ha pasado a ocupar el lugar de Jesucristo como nuestro único Señor y Salvador.

Asistimos a una suerte de pneumatomatismo emocional. Se invoca al Espíritu Santo para justificar cualquier innovación, para validar cualquier desvío litúrgico y para sostener una fe basada en el “sentir”. El Espíritu Santo, que en la teología católica es quien nos conduce a la Verdad completa y nos recuerda las palabras de Jesús, está siendo utilizado como un sustituto de la Ley y de la Palabra.

Es una inversión peligrosa:

  1. Jesucristo se vuelve una figura histórica lejana, un “buen maestro” cuyo sacrificio en la Cruz resulta demasiado “duro” o “poco atractivo” para la mentalidad moderna.
  2. El Espíritu Santo se convierte en el “socio” del bienestar personal, una energía que nos hace sentir bien, que nos da “fuego” pero no nos exige conversión ni arrepentimiento.

Cuando el Espíritu reemplaza a Jesús, la Iglesia deja de ser Cristocéntrica para volverse Narcisista. Ya no buscamos la gloria de Dios, sino nuestra propia exaltación emocional bajo la excusa de un carisma.

Un Pentecostés sin Cenáculo

El verdadero Pentecostés nace del Cenáculo, en la oración perseverante con María y en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre. Pero sobre todo, nace de la obediencia a Cristo. La pentecostalización que hoy vivimos es un fenómeno de superficie: mucho ruido, muchas luces, pero poca raíz. Es un “espíritu” sin logos, una “fuerza” sin doctrina.

La jerarquía católica, en muchos casos, parece haber renunciado a su deber de anunciar y denunciar.

Al callar frente a la deformación de la liturgia y la dilución del dogma, se convierten en cómplices de una apostasía silenciosa.

Lo que hoy se permite por “apertura” o “misericordia”, mañana será la causa de una Iglesia irreconocible, despojada de su fuerza sacramental y convertida en una pálida sombra de los movimientos sectarios a los que intenta imitar.

El retorno al centro

¿Quo vadis, Iglesia? Si el camino sigue siendo la asimilación del mundo y la renuncia a lo propio, el destino es la irrelevancia.

El mundo no necesita una Iglesia que le ofrezca lo mismo que el mundo ya tiene: emociones pasajeras y métodos de autoayuda. El mundo tiene sed de lo Eterno, hambre de la Eucaristía y necesidad del perdón que solo emana de las llagas de Cristo.

Es hora de que los comunicadores, los laicos y, sobre todo, los pastores, recuperemos el coraje de ser católicos sin aditamentos. La verdadera renovación no vendrá de una nueva técnica de grupo, sino de la rodilla en tierra ante el Santísimo Sacramento y de la fidelidad inquebrantable a Aquel que es el mismo ayer, hoy y siempre.

La Iglesia no necesita un “nuevo Pentecostés” para ser moderna; necesita ser fiel a su único Señor para ser eterna.

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El Tribunal del Sentido Común

Diálogo ficticio entre John Henry Newman, G. K. Chesterton y el Cardenal Carlo Maria Martini sobre los peligros de permitir el método Alpha en la Iglesia Católica

Nota preliminar del compilador

Lo que sigue es un coloquio imaginado —aunque no, esperamos, imaginario en sus argumentos— entre tres mentes que nunca compartieron el mismo siglo completo pero que sí compartieron la misma inquietud: la de saber con exactitud qué es la Iglesia Católica, qué tiene de único y qué no puede ceder sin dejar de ser ella misma.

El lector encontrará en boca de Newman la precisión del convertido que conoce el protestantismo desde adentro; en Chesterton, el martillo del apologeta que sabe que la herejía siempre promete alegría y entrega melancolía; y en Martini, la voz del pastor bíblico que teme menos al fuego que al agua tibia.

Ninguno de los tres diría haber inventado sus argumentos. Simplemente los encontraron.

ESCENA I

Una biblioteca sin fecha precisa. Tres sillones de cuero frente a una chimenea encendida. Sobre la mesa, una pila de documentos con el logo de Alpha International y una carpeta con el título “Alpha en Argentina: estrategia de penetración pastoral 2024-2026”. Es Martini quien rompe el silencio.

CARDENAL MARTINI:

He leído estos papeles con cuidado, como lo hacía con los manuscritos del mar Muerto: buscando lo que el texto dice, lo que calla y lo que intenta hacer creer. Alpha se presenta como un “curso de introducción al cristianismo”. Pero cuando uno lee con atención, descubre que lo que se introduce no es exactamente el cristianismo. Es una versión de él. Una versión que tiene nombre y apellido y cuenta bancaria registrada en Londres.

CHESTERTON:

Ah, Londres. Siempre Londres. Recuerdo que cuando me convertí, mis amigos anglicanos me dijeron que estaba abandonando la sensatez por el dogma. Lo que no comprendían es que el dogma es la única forma de sensatez sostenible. Alpha hace exactamente lo contrario: promete una fe sin dogma, una experiencia sin doctrina, una llama sin chimenea. Y todos sabemos lo que ocurre cuando hay llama sin chimenea.

NEWMAN:

Se quema la casa.

CHESTERTON:

O se la llevan a otra. Que es peor.

MARTINI:

Lo que me inquieta pastoralmente, señores, no es solo lo que Alpha dice, sino lo que produce. Un catequizado con Alpha es alguien que ha tenido una experiencia emocional intensa en grupo, que ha visto un video de Nicky Gumbel explicando la Resurrección como si fuera un evento de Ted Talk, y que ha salido convencido de que “conoce a Jesús”. Pero no conoce la Eucaristía. No conoce la Tradición. No conoce la autoridad del Magisterio. Conoce una emoción. Y las emociones, como los maestros de noviciado siempre advierten, son el punto de partida, no el destino.

ESCENA II

Newman se pone de pie y camina hacia la ventana. Habla despacio, como si dictara.

NEWMAN:

Yo he conocido el protestantismo evangélico desde dentro. Sé lo que produce en el alma: una fe sincera, a veces conmovedora, pero fundamentalmente privada, fundamentalmente subjetiva y, en su núcleo más íntimo, fundamentalmente anticlerical. El creyente evangélico, bien formado en su tradición, no reconoce ninguna autoridad por encima de su lectura personal de la Escritura iluminada por el Espíritu. Eso es su grandeza y su límite.

Ahora bien: Alpha no es solo protestantismo. Es protestantismo carismático. Y el protestantismo carismático añade a la subjetividad doctrinal la experiencia emocional colectiva como criterio de verdad. Si en el retiro del fin de semana “sentiste” algo, eso es confirmación suficiente. La Iglesia, sus sacramentos, su jerarquía, su historia de dos mil años: todo ello queda reducido a un telón de fondo decorativo.

MARTINI:

Y sin embargo, hay obispos que lo autorizan. He visto las cartas. Hay uno en Argentina que ni siquiera sabía de qué se trataba cuando le preguntaron.

CHESTERTON:

Eso no me sorprende en absoluto. La Iglesia ha sobrevivido a papas mediocres, a obispos cobardes y a cardenales venales. Lo que nunca ha encontrado fácil es la irrelevancia disfrazada de modernidad. Alpha es eso: la promesa de que la Iglesia puede ser relevante si renuncia a ser Iglesia. Es el negocio más antiguo del mundo con empaque nuevo.

NEWMAN:

Usaría un lenguaje más preciso. Diría que Alpha opera lo que yo llamaría en otro contexto una “economía de la fe”: presenta solo aquellos elementos del cristianismo que generan adhesión inmediata —el amor de Dios, la experiencia del Espíritu, la comunidad fraterna— y silencia sistemáticamente aquellos que generan resistencia: la Cruz como mysterium, la autoridad de la Iglesia, la continuidad con la Tradición, la doctrina sobre los sacramentos, el papel de María, el Purgatorio. No es catequesis incompleta. Es catequesis selectiva. Y la selección no es neutral: favorece exactamente el perfil de creyente que puede moverse cómodamente entre comunidades evangélicas y parroquias católicas, porque en el fondo ya no distingue entre unas y otras.

ESCENA III

Chesterton toma uno de los documentos de la mesa. Lo lee en voz alta con su voz de barítono satisfecho.

CHESTERTON:

Permítanme leer esto. Es de una presentación oficial de Alpha Argentina. Dice, y cito: “Alpha es una oportunidad para explorar el significado de la vida en un ambiente relajado y sin presiones. Nadie tiene que decir nada ni creer nada.” ¿Lo escucharon? “Sin presiones. Nadie tiene que creer nada.” Caballeros, yo me hice católico precisamente porque la Iglesia tiene la insolencia de decirme lo que debo creer. Eso no es una presión: es un honor. Es el honor de ser tratado como adulto al que se le dice la verdad, no como consumidor al que se le ofrece un menú.

MARTINI:

La expresión “ambiente relajado” me parece la más reveladora de todas. El Evangelio no es relajante, señor Chesterton. El Evangelio es perturbador, exigente, a veces aterrador en su belleza. “¿Quién es este hombre, que hasta el viento y el mar le obedecen?” Eso no es relajación. Eso es tremendum et fascinans. Alpha convierte el encuentro con Cristo en una experiencia agradable de fin de semana. Y eso es, a mi juicio, una forma muy sofisticada de blasfemia sin blasfemia: se dice el nombre de Jesús pero se extirpa su radicalidad.

NEWMAN:

Lo que describís, Eminencia, es lo que en lógica se llamaría una sustitución de términos. Alpha conserva el vocabulario cristiano —gracia, Espíritu Santo, conversión— pero vacía cada término de su contenido teológico preciso y lo rellena con contenido experiencial difuso. La “gracia” en Alpha no es la participación ontológica en la vida divina que enseña Tomás. Es “sentirte bien con Dios”. El “Espíritu Santo” no es la Tercera Persona de la Trinidad consustancial al Padre y al Hijo. Es una energía que se percibe en la emoción colectiva del retiro. La “conversión” no es la metanoia que implica ruptura, dolor y reorientación radical de la existencia. Es el momento en que decidís levantar la mano al final de la sesión.

CHESTERTON:

Y nadie nota la diferencia porque los términos suenan igual. Es como vender agua en botellas etiquetadas como vino de Burdeos. El problema no es que el agua sea mala. El problema es la mentira en la etiqueta. Y el problema mayor es que, después de beber agua toda la vida convencido de que era vino, cuando te dan vino de verdad te parece demasiado fuerte.

ESCENA IV

Martini toma la carpeta y la abre en la sección sobre estrategia educativa. Su voz se vuelve más grave.

MARTINI:

Lo que me preocupa a nivel institucional es esto: Alpha no ingresa a la Iglesia Católica argentina por la puerta principal. Ingresa por las escuelas, por los institutos de formación catequética, por los seminarios. He visto documentos que muestran que el rector de un organismo vinculado a la Conferencia Episcopal es simultáneamente un promotor activo de Alpha. ¿Comprenden lo que eso significa? Significa que la metodología entra por donde se forma a los que formarán a otros. En una generación, la catequesis argentina puede estar estructuralmente colonizada sin que nadie haya tomado una decisión formal de permitirlo.

NEWMAN:

Es la historia del arrianismo. Atanasio lo comprendió con terrible claridad: cuando la herejía controla la formación del clero, la ortodoxia queda huérfana no por decreto sino por extenuación. El obispo que en 2030 no sepa distinguir entre la gracia sacramental y la experiencia carismática no será un hereje conscientemente. Simplemente no habrá aprendido la diferencia, porque nadie se la enseñó, porque quien debía enseñársela estaba ocupado facilitando retiros de Alpha.

CHESTERTON:

¿Saben qué hubiera dicho el viejo Samuel Johnson sobre todo esto? Hubiera dicho que el infierno está empedrado de buenas intenciones y que el protestantismo está empedrado de buenos sentimientos. Alpha tiene lo segundo sin lo primero, o lo primero sin lo segundo, no logro decidirme. Pero en cualquier caso, tiene demasiados sentimientos y demasiada poca doctrina. La fe que no puede sostener un interrogatorio intelectual no es fe: es superstición con buena prensa.

MARTINI:

Hay algo más que me inquieta y que quizás es lo más serio. Alpha no tiene solo una metodología pastoral. Tiene una estructura económica y una agenda de crecimiento global. Nicky Gumbel habla de llevar Alpha a “cada persona en el planeta”. Eso no es evangelización. Eso es marketing misionero. Y cuando el marketing misionero entra en una institución tan grande y tan porosa como la Iglesia Católica, la Iglesia no convierte al marketing: el marketing convierte a la Iglesia.

ESCENA V

Newman regresa a su sillón. Hay una pausa larga. El fuego crepita.

NEWMAN:

Quiero ser justo. Hay algo que Alpha hace bien: toma en serio la pregunta. Hay una generación entera que la Iglesia perdió no por dar respuestas equivocadas, sino por no escuchar las preguntas. Alpha al menos escucha. Eso tiene valor.

CHESTERTON:

Completamente de acuerdo. Pero escuchar las preguntas no equivale a responderlas con la fe de la Iglesia. Un médico que escucha con empatía los síntomas del paciente y luego le receta agua de manantial bendecida por un gurú carismático no es mejor que uno que no escucha: es peor, porque genera la ilusión del cuidado sin el cuidado.

MARTINI:

La pregunta que habría que hacerse en la Conferencia Episcopal argentina —y en cualquier otra— es esta: ¿tenemos nosotros una propuesta de kerygma que sea tan accesible como Alpha pero que sea genuinamente católica? Si la respuesta es no, el problema no es Alpha: somos nosotros. Pero si la respuesta es sí, o podría serlo, entonces la pregunta siguiente es por qué cedemos el terreno a un producto extranjero de origen evangélico en lugar de desarrollar nuestras propias herramientas con nuestra propia teología, nuestra propia tradición sacramental y nuestra propia riqueza espiritual.

NEWMAN:

Esa es exactamente la pregunta. Y la respuesta a ella no es administrativa. Es teológica. Una Iglesia que conoce lo que tiene no necesita pedir prestado a quien tiene menos. El problema es que muchas iglesias locales han olvidado lo que tienen. Han olvidado que poseen una tradición de iniciación cristiana de dos mil años, desde los apologetas hasta Ratzinger, desde Justino hasta el Catecismo de Juan Pablo II. Alpha es el síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es la amnesia doctrinal.

CHESTERTON:

Bien dicho, Newman. Aunque yo lo formularía de modo más festivo: la Iglesia Católica es la propietaria del tesoro más extraordinario de historia, filosofía, arte, mística y razón que la humanidad ha producido, y en lugar de abrirlo, entrega a sus hijos un cupón de descuento para el supermercado evangélico de la esquina. Es como tener el Louvre en el sótano y poner en la sala de estar un póster de aeropuerto.

ESCENA VI

Martini se pone de pie. Su postura tiene la gravedad de un hombre que ha presidido sínodos y que sabe que las palabras en las reuniones privadas a veces pesan más que los documentos públicos.

MARTINI:

Déjenme decir lo que pienso con la claridad que solo me permite este foro privado. El peligro de Alpha no es que sea protestante. El protestantismo honesto tiene su dignidad. El peligro de Alpha es que es criptoprotestatismo: se presenta como ecuménico, como universal, como meramente cristiano, mientras que en sus categorías fundamentales, en su visión de la autoridad, de los sacramentos y de la fe como experiencia personal directa, es estructuralmente evangélico. Y cuando esas categorías se instalan silenciosamente en la catequesis, en la formación sacerdotal, en los colegios católicos, no producen católicos renovados. Producen católicos evangelizados.

NEWMAN:

Y los católicos evangelizados, en mi experiencia —y tuve la oportunidad de estudiar el fenómeno en el Oxford de mi tiempo en sentido inverso— no suelen quedarse. La coherencia interna del protestantismo evangélico termina reclamando lo suyo. Si le enseñás a un católico a relacionarse con Dios sin mediación sacramental, sin Tradición, sin Magisterio, habrás creado no un católico más fervoroso sino un candidato a dejar la Iglesia por alguna comunidad más coherente con lo que ya cree.

CHESTERTON:

Lo cual explica —si me permiten un paréntesis estadístico— por qué en los países donde Alpha lleva más tiempo operando en parroquias católicas, la hemorragia de fieles hacia comunidades evangélicas no ha disminuido. Ha continuado. Porque Alpha no retiene: transfiere. Genera movilidad religiosa, no pertenencia eclesial. Es un puente, no un hogar.

MARTINI:

Y los obispos que lo autorizan quizás piensan que están construyendo un puente hacia los alejados. Puede ser. Pero no advierten que el puente tiene dos direcciones. Y que la segunda dirección lleva fuera de la Iglesia.

ESCENA VII

El fuego baja. Alguien ha colocado sobre la mesa tres tazas de té. Nadie recuerda haberlas pedido. Newman habla con lentitud, como quien pronuncia una conclusión que le ha costado años.

NEWMAN:

Entonces, ¿qué decimos? ¿Qué pedimos? ¿Una condena formal? No creo que sea lo propio. Las condenas formales tienen su lugar, pero rara vez detienen una metodología que ya está instalada institucionalmente. Lo que se necesita es algo más difícil: un discernimiento teológico serio, público y vinculante. No un comunicado de prensa episcopal genérico. Un análisis doctrinal que diga con precisión qué es compatible y qué no lo es con la fe católica, y que lo firmen quienes tienen autoridad para hacerlo.

MARTINI:

Y mientras ese discernimiento ocurre —si ocurre— la responsabilidad recae sobre los laicos. Sobre los periodistas, los catequistas, los teólogos que no han perdido el instinto de la fe. Son ellos quienes deben hacer las preguntas que los obispos no se animan a hacer. Son ellos quienes deben mostrar los documentos, trazar el mapa, nombrar los actores y describir la estrategia. El sensus fidei del pueblo de Dios no es un recurso menor. En los momentos de crisis doctrinal, ha sido históricamente el que mantuvo la ortodoxia viva cuando la jerarquía dormía.

CHESTERTON:

Dicho lo cual, caballeros, yo añadiría una cosa. El periodista o el laico que lleva adelante esa tarea no debe hacerlo desde la amargura ni desde el miedo. Debe hacerlo desde la alegría. La alegría de quien sabe que lo que defiende es más grande, más bello y más verdadero que lo que ataca. La Iglesia Católica ha enfrentado gnósticos, arrianos, pelagianos, jansenistas, modernistas y sinnúmero de otros simplificadores del misterio. Los ha sobrevivido a todos no porque tuviera mejores abogados sino porque tenía mejores argumentos. Y en última instancia, porque tenía la verdad.

NEWMAN:

Y la verdad, tarde o temprano, hace lo que siempre hace.

CHESTERTON:

¿Que triunfa?

NEWMAN:

El triunfo lo dejo para el final de los tiempos

Silencio. El fuego se apaga. Las tres tazas de té permanecen intactas sobre la mesa.

Nota sobre los personajes

John Henry Newman (1801–1890): teólogo, cardenal y converso del anglicanismo. Canonizado en 2019. Su obra Essay on the Development of Christian Doctrine es una de las grandes reflexiones sobre identidad doctrinal de la modernidad.

Gilbert Keith Chesterton (1874–1936): periodista, novelista y apologeta. Converso en 1922. Sus obras Ortodoxia y El hombre eterno son dos de las defensas más brillantes de la fe católica escritas en lengua inglesa.

Cardenal Carlo Maria Martini SJ (1927–2012): arzobispo de Milán, biblista de primera línea, reconocido por su capacidad de diálogo con la cultura contemporánea sin concesiones al relativismo doctrinal. Fue durante años considerado papabile.

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Todos buscan algo. El problema es cuando la búsqueda se vuelve el destino

Primera entrega de la serie: El Dios que no fabricaste


Hay un tipo de persona que reconocemos cada vez más fácilmente. Medita. No siempre sabe a quién le habla cuando lo hace, pero medita. Cuida lo que come con una atención casi ritual. Busca silencio en un mundo que no para. Tiene en el celular tres aplicaciones de mindfulness y en la mesita de noche un libro sobre budismo zen o sobre el poder del presente. No se define como ateo, pero tampoco como creyente. Dice, con cierta comodidad, que es “espiritual”.

No lo decimos con ironía. Lo decimos con respeto, porque esa persona está haciendo algo que la mayoría evita: tomarse en serio la pregunta de si hay algo más.

Esa búsqueda es antigua. No la inventó Silicon Valley ni la industria del bienestar. Está en el fondo de todas las culturas humanas, en todas las épocas. El hombre busca porque algo en él sabe, o al menos sospecha, que no se explica solo a sí mismo. Que hay una pregunta que su propia vida no alcanza a responder. Que el ruido, por más que lo llene todo, no llena eso.

La novedad no es la búsqueda. La novedad es lo que estamos haciendo con ella.


Buscar sin llegar

Existe hoy una forma de espiritualidad que tiene una característica peculiar: está diseñada para no terminar nunca en ningún lado.

No es un camino hacia algo. Es el camino mismo convertido en destino. Lo sagrado no está al final, está en el tránsito. La experiencia de búsqueda, la sensación de apertura, el momento de paz en la meditación matutina: eso ya es todo. No hay nada más allá que encontrar, porque encontrar algo definitivo sería el fin de la búsqueda, y la búsqueda es lo que da sentido.

Es una postura intelectualmente sofisticada y emocionalmente cómoda. Sofisticada, porque desactiva de antemano cualquier pretensión de verdad: nadie puede decirte que llegaste al lugar equivocado si nunca dijiste a dónde ibas. Cómoda, porque mantiene todas las puertas abiertas y no exige nada concreto. La espiritualidad sin destino es perfectamente compatible con cualquier modo de vida.

Pero hay algo que esta postura no puede decir sin contradecirse: que la búsqueda importa.

Porque si la búsqueda importa, importa por algo. Si meditar es mejor que no meditar, si el silencio dice algo que el ruido no dice, si hay momentos de profundidad que valen más que la superficie, entonces hay una diferencia real entre estar orientado y estar perdido. Y esa diferencia supone que hay una dirección verdadera. Que no todo es igual. Que se puede equivocar el camino.

En otras palabras: que hay algo que encontrar.


El problema del Dios diseñado a medida

Cuando la espiritualidad se organiza en torno a la experiencia personal como criterio único, inevitablemente construye su propio objeto.

Si lo que valida a Dios es cómo me hace sentir, entonces el Dios que busco es el que mejor me hace sentir. Si lo sagrado se mide por la intensidad de mi experiencia interior, entonces lo sagrado es una proyección amplificada de mis propias necesidades y deseos. No lo llamamos así, claro. Lo llamamos “mi espiritualidad”, “mi camino”, “mi conexión con lo superior”.

Pero hay una pregunta que esa arquitectura no puede responder: ¿y si el Dios verdadero no es el que te hace sentir bien?

¿Y si es el que te incomoda? ¿El que llega cuando no lo llamaste? ¿El que pide algo que vos no querías dar? ¿El que tiene un rostro definido, una historia documentada, una comunidad concreta con sus roces y sus límites?

No estamos hablando de sadismo religioso, de un Dios que castiga o que exige sufrimiento como precio de entrada. Estamos hablando de algo más sencillo y más radical: de un Dios que existe independientemente de que vos lo necesites, lo imagines o lo apruebes.

Un Dios que te precede.


Lo que cambia cuando Dios llega primero

Hay una diferencia enorme entre buscar a Dios y ser encontrado por Él. No es una diferencia semántica. Es una diferencia que lo cambia todo.

Si yo busco a Dios, soy el sujeto activo. Yo evalúo las opciones, yo elijo el camino, yo decido cuándo llegué, yo determino los términos. Dios, en este esquema, es el objeto de mi búsqueda. Espera pacientemente a que yo lo encuentre, y tiene la forma que yo le asigno cuando lo encuentro.

Si Dios me busca a mí, los papeles se invierten. Yo no soy el punto de partida ni el criterio. Llego tarde a una historia que empezó antes que yo. Me encuentro interpelado por algo que no construí y que no puedo rediseñar a gusto.

Eso es lo que la tradición cristiana ha dicho desde el principio, con una insistencia que la modernidad encuentra irritante: la iniciativa es de Dios. “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes”, dice el Evangelio de Juan. No como una afirmación de poder arbitrario, sino como una descripción de la estructura real del encuentro.

Y eso tiene consecuencias prácticas muy concretas. Si Dios llegó primero, la religión no es una jaula que limita mi experiencia espiritual. Es la memoria de ese encuentro, transmitida y custodiada a través del tiempo. La liturgia no es un conjunto de ritos vacíos sino la forma en que ese encuentro se hace presente hoy. Los sacramentos no son magia sino puntos de contacto con una realidad que me precede y me excede.

La comunidad, con todo lo que tiene de difícil, de imperfecta, de humana en el peor sentido, no es el obstáculo para la experiencia espiritual auténtica. Es el lugar donde se verifica si lo que experimenté era verdadero o era solo un espejo de mí mismo.


Una pregunta para los dos lados

Si sos de los que buscan espiritualidad y desconfían de la religión, esta serie no viene a decirte que estás equivocado en lo que buscás. Viene a preguntarte si el formato en que lo buscás está a la altura de lo que buscás.

Porque si lo que sentís en los mejores momentos de silencio, de belleza, de conexión con algo más grande, si eso es real, entonces merece algo más que una aplicación de meditación. Merece ser interrogado con seriedad. Merece que te preguntes si ese algo más grande tiene nombre, historia, rostro.

Y si sos de los que están dentro de la Iglesia pero sienten que algo falta, que la práctica religiosa se volvió rutina sin vida, que la espiritualidad se secó, esta serie tampoco viene a darte recetas. Viene a preguntarte si no estás buscando la experiencia en el lugar equivocado, confundiendo la intensidad emocional con la profundidad real.

Ambas búsquedas convergen en el mismo punto: en algún momento, la espiritualidad tiene que chocar con algo que no fabricaste vos. Con alguien que estaba antes. Con una realidad que no se dobla a tus expectativas.

Ese choque no es el fin de la búsqueda. Es el principio de algo mucho más interesante.


En la próxima entrega: la diferencia entre una experiencia de Dios y un encuentro con Dios. Por qué no son lo mismo, y por qué esa diferencia importa más de lo que parece.

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La sotana prestada

Cómo Alpha Argentina construyó, en tres meses, una red de legitimación clerical para penetrar parroquias, colegios y universidades católicas

Por la redacción · catolic.ar

Entre febrero y abril de 2026, el equipo de Alpha Argentina ejecutó una campaña sistemática con un objetivo preciso: instalar a Nicky Gumbel —pastor anglicano de Holy Trinity Brompton, Londres— en la Universidad Católica Argentina, colocar al ex-director del Instituto Superior de Catequesis en sus entrenamientos escolares, y usar al sacerdote mediático más seguido del país para captar fieles mediante un webinar sobre “identidad y autoestima”. Esto no fue improvisación. Fue estrategia.

El principio de un rastro

Distintas fuentes de Catolic.ar, nos informan, que recibieron un correo del Equipo de Alpha Argentina. El asunto: “Llamados por nuestro nombre | Webinar con el P. Luis Zazano”. El contenido: una invitación a participar de un encuentro sobre “identidad, autenticidad y autoestima” a cargo del sacerdote tucumano Luis Zazano, uno de los comunicadores católicos con mayor alcance digital en habla hispana. Al pie del email, casi como inciso, una aclaración reveladora: durante el encuentro,

“vamos a presentar Alpha como una herramienta concreta que puede ayudar a acompañar estos procesos en nuestras comunidades.”

El esquema es conocido en la literatura del marketing: se convoca con un tema atractivo y emocionalmente resonante —identidad, pertenencia, autoestima—, y al final de la sesión aparece el producto. Lo inusual aquí es que el producto es un programa de evangelización de origen anglicano, y el convocante es un sacerdote católico con millones de seguidores.

Sin embargo, ese email era solo la punta visible. Un rastro de comunicaciones acumuladas durante los meses previos revela algo de mayor escala: una campaña de penetración institucional en el catolicismo argentino, ejecutada con precisión de marketing profesional, que tiene como protagonistas a figuras del clero y la catequesis nacional.

Febrero: el catequista en el entrenamiento

El 2 de febrero de 2026, Josefina Badariotti, del equipo de Alpha Argentina, envió una convocatoria titulada:

“Volver al primer amor: renovar la pastoral desde el anuncio del kerigma en el colegio”. El evento, programado para los días 10 y 12 de febrero por Zoom, estaba dirigido a directivos, docentes, catequistas y agentes de pastoral de instituciones educativas. Sus oradores: el P. Alejandro Puiggari (10 de febrero) y el P. Juampi Rosetti (12 de febrero).

El nombre de Puiggari no es menor. Fue Rector del Instituto Superior de Catequesis Argentino (ISCA) desde 2015 y es párroco de la comunidad Soledad de María Santísima en Villa Devoto, Buenos Aires. El ISCA es el organismo de mayor jerarquía en la formación de catequistas de Argentina, dependiente de la Conferencia Episcopal. Su ex rector no es una figura periférica: es, en términos institucionales, una de las referencias catequéticas más reconocidas del país.

El ex rector del organismo catequético más importante de Argentina prestó su nombre a un entrenamiento diseñado para introducir Alpha en colegios católicos, dirigido específicamente a catequistas y agentes de pastoral.

El título del evento merece detenimiento. La expresión “renovar la pastoral desde el anuncio del kerigma” es lenguaje inequívocamente católico, extraído del vocabulario de la Evangelii Gaudium y del Directorio Nacional de Catequesis. Su uso en un entrenamiento de Alpha no es casual: es la forma más efectiva de hacer que un catequista baje la guardia. El kerigma es exactamente lo que lo convoca. Alpha es lo que lo espera al llegar.

Una semana más tarde, el 4 de marzo, la Oficina Alpha Argentina envió un segundo correo: invitación a una Reunión Informativa sobre Alpha en el Colegio. El objetivo declarado: “No te pierdas la oportunidad de implementar Alpha en tu colegio.” El circuito se cierra: entrenamiento con referente católico primero, reunión de implementación después. Es un funnel de captación institucional aplicado al sistema educativo católico.

Marzo: el fundador anglicano en la Universidad Católica Argentina

El 13 de marzo de 2026, Alpha Argentina envió una invitación calificada de “especial”.

El convocante, esta vez, no era un sacerdote argentino sino el propio fundador de Alpha a escala global:

Nicky Gumbel, pastor anglicano de Holy Trinity Brompton (HTB), Londres, el hombre que tomó el embrión de un curso de iniciación cristiana en los años noventa y lo transformó en un fenómeno presente en más de ciento sesenta países.

El evento se titulaba “Conversación y visión con Nicky Gumbel: Evangelización en la cultura actual”. Estaba convocado para el sábado 21 de marzo a las 15:00 horas. El lugar: el Edificio San Alberto Magno de la Universidad Católica Argentina, Av. Alicia Moreau de Justo 1500, Ciudad de Buenos Aires. La participación era con confirmación previa, debido a la capacidad del auditorio.

La descripción del evento es elocuente: “un espacio exclusivo para sacerdotes, líderes y agentes de pastoral, pensado como un tiempo estratégico de conversación sobre el desafío de anunciar a Cristo en la cultura actual.”

El fundador de Alpha —pastor anglicano de la iglesia que creó la organización— convocó en marzo de 2026 a sacerdotes y agentes de pastoral argentinos en el Edificio San Alberto Magno de la Universidad Católica Argentina.

La pregunta que ningún comunicado de Alpha responde es: ¿quién dentro de la UCA autorizó el uso del espacio? ¿Hubo algún referente académico o institucional que avaló, promovió o simplemente no impidió que la principal universidad católica del país cediera sus instalaciones al fundador de un programa ecuménico de origen anglicano, para una reunión exclusiva con el clero?

Esa pregunta no es retórica. Es periodística. Y está abierta.

Abril: el sacerdote más seguido del país

El 6 de abril cierra el ciclo. Zazano no es cualquier sacerdote. Es co-fundador y director de Misioneros Digitales Católicos, graduado en Teología de la UCA y magister en Liturgia de la Sociedad Argentina de Liturgia. Sus audios matutinos del Evangelio se viralizan diariamente en millones de teléfonos de Argentina y toda América Latina. Es, en términos de alcance digital, el sacerdote católico argentino más influyente de la actualidad.

Su vínculo con Alpha no es nuevo. El calendario público de Misioneros Digitales Católicos registra su participación en un evento de Alpha en Buenos Aires en agosto de 2023, con información disponible en conferenciaalpha.org. Ese mismo año, el 2 de septiembre, Zazano fue orador en el Encuentro Nacional de Alpha Argentina, realizado en el Auditorio Príncipe de Paz. El programa de aquel encuentro —documentado por la propia web de Alpha Argentina— incluía, entre los participantes, a un productor musical identificado como “traductor de la música de Hillsong en español”. Hillsong es la megaiglesia evangélica australiana.

Zazano compartió escenario con el traductor oficial de Hillsong. En un evento de Alpha Argentina. Junto a líderes de distintas denominaciones cristianas. Y ese mismo evento fue cubierto por la agencia AICA —la agencia oficial de noticias del episcopado argentino— sin ningún señalamiento sobre la naturaleza ecuménica del encuentro.

El webinar de abril de 2026, titulado “Llamados por nuestro nombre”, replica la misma mecánica. El tema convocante —identidad, autenticidad, autoestima— es el lenguaje de la psicología positiva y el coaching, incorporado al registro pastoral. El fiel que llega lo hace porque confía en Zazano. No porque haya evaluado Alpha.

La arquitectura de la penetración

Vistos en conjunto, estos eventos no son coincidencias ni iniciativas aisladas de buena voluntad. Conforman una estrategia articulada con tres movimientos simultáneos:

Primero, capturar el sistema educativo católico. El binomio Puiggari-Alpha en el entrenamiento escolar de febrero apunta directamente a docentes, catequistas y directivos de colegios. Si Alpha se instala en las escuelas católicas a través del aval de quien fuera rector del ISCA, tiene acceso estructural a decenas de miles de jóvenes por año, en un contexto de autoridad institucional incuestionable.

Segundo, legitimar ante el clero. El evento de Gumbel en la UCA, reservado exclusivamente a “sacerdotes, líderes y agentes de pastoral”, no era para laicos curiosos. Era para quienes toman decisiones en parroquias, vicarías y diócesis. Si un sacerdote sale de ese encuentro convencido de que Alpha es una “herramienta” válida, lo implementa desde su autoridad ministerial.

Tercero, captar al laicado masivo. Zazano como convocante del webinar de abril opera en la escala más amplia: millones de seguidores que confían en él como guía espiritual. Para ellos, la recomendación implícita de Zazano equivale a un aval.

Los tres movimientos convergen en el mismo resultado: Alpha accede al ecosistema católico argentino —sus colegios, su clero, su laicado digital— sin necesidad de presentarse como lo que es. Se presenta como lo que sus avales dicen que es.

Lo que el fiel no sabe

El fiel que llega al webinar de Zazano no sabe —porque nadie se lo dice— que Alpha Argentina está actualmente conducida por Martín Mateo como Director Nacional y Diego Profita como Director de Marketing para Latinoamérica. Ambos formados en E625, un instituto de capacitación evangélica radicado en Miami, de orientación explícitamente no católica.

No sabe que Alpha fue creado en la década de 1990 por la iglesia anglicana Holy Trinity Brompton de Londres, y que su contenido teológico —especialmente en los retiros del Espíritu Santo— refleja una teología pentecostal-carismática de raíz protestante que no coincide punto a punto con la doctrina católica.

No sabe que Nicky Gumbel, el fundador, ha declarado públicamente que su propósito es la “unidad cristiana”, entendida como convergencia ecuménica. En una entrevista reciente con Anglican Ink, Gumbel vinculó su compromiso con el ecumenismo a una conferencia del Cardenal Raniero Cantalamessa en 1990, donde escuchó hablar de la oración de Jesús en Juan 17: que todos sean uno.

No sabe que la Conferencia Episcopal Española publicó en marzo de 2026 —precisamente en las semanas en que se desarrollaban estos eventos en Argentina— una nota doctrinal titulada ‘Cor ad cor loquitur’ que advierte: “existe el peligro de pretender suscitar algunos comportamientos mediante un bombardeo emocional que podría considerarse una forma de abuso espiritual”, incluyendo “la presión emocional del grupo, que hace que los individuos se vean obligados a sentir lo mismo que los demás para no automarginarse de la experiencia”. El medio Vida Nueva, referencia del periodismo católico en España, señaló al comentar el documento que fue redactado “ante el surgimiento de experiencias apostólicas como los retiros de Emaús, los grupos Alpha o Hakuna, aunque evita citarles literalmente”.

El problema no es que Alpha haga el bien o el mal. El problema es que el fiel no puede discernir libremente lo que no se le dice.

La pregunta que no tiene respuesta fácil

Resta la pregunta más incómoda, la que este artículo puede formular pero no resolver sin más evidencia: ¿puede un sacerdote con formación teológica —un licenciado en Teología de la UCA, un rector del ISCA— desconocer genuinamente el perfil de quienes conducen Alpha Argentina hoy?

Ni Zazano ni Puiggari son figuras marginales ni improvisadas. Son profesionales de la pastoral y la comunicación, con acceso a información, redes y referentes. La hipótesis del desconocimiento absoluto es cada vez más difícil de sostener a medida que crece la documentación disponible.

Lo que sí puede afirmarse, sin necesidad de atribuir intenciones, es el efecto objetivo de su participación: su aval transfiere al ecosistema de Alpha una credibilidad católica que Alpha no podría construir por sí mismo. Y ese efecto existe con independencia de que el aval sea consciente, calculado, o simplemente irreflexivo.

En cualquiera de los tres casos, el perjudicado es el mismo: el fiel que llega confiando en la sotana, y que nadie ha puesto en condiciones de juzgar por sí mismo.

Conclusión provisional

Entre febrero y abril de 2026, Alpha Argentina desarrolló una campaña de penetración institucional en el catolicismo argentino que incluyó al menos: un entrenamiento para catequistas y docentes encabezado por el rector del ISCA; una reunión exclusiva con el fundador de Alpha en el edificio de la UCA convocada solo para clero y agentes pastorales; y un webinar de captación masiva con el sacerdote digital más influyente del país.

Ninguno de estos eventos fue cubierto con espíritu crítico por los medios católicos argentinos. Ninguno fue precedido por una presentación honesta de quiénes dirigen Alpha Argentina hoy, ni de la naturaleza teológica del programa. Ninguno informó al fiel que el material que se iba a “presentar como herramienta” proviene de una organización anglicana cuya conducción nacional local está formada en institutos evangélicos.

Este artículo no afirma que Alpha es una organización maliciosa, ni que Zazano o Puiggari actúen de mala fe. Afirma algo más preciso y más verificable: que la ausencia de transparencia sobre lo que Alpha es, combinada con el uso sistemático de avales católicos de primer nivel, produce una situación objetivamente incompatible con el derecho del fiel a un discernimiento informado y libre.

La Iglesia tiene una tradición precisa para nombrar este tipo de situaciones. Se llama tutela fidei. La protección de la fe del pueblo no es un privilegio clerical. Es una responsabilidad pastoral. Y en este caso, esa responsabilidad no está siendo ejercida.

Addendum: lo que Alpha confirmó después de publicado

Publicado este artículo, Alpha Argentina envió a sus contactos un email de seguimiento titulado “Reviví la visita de Nicky Gumbel en Argentina”. Su contenido no sólo confirma los hechos documentados en estas páginas. Los amplia en aspectos que merecen ser registrados.

Primero: el evento en la UCA no fue íntimo. El email informa que la sesión matutina del sábado 21 de marzo —denominada “Masterclass de Evangelismo Contemporáneo”— reunió a más de 110 participantes en el auditorio de la UCA. Y los llama, con precisión, “pastores y líderes”. En el contexto cristiano argentino, el término “pastor” designa al ministro ordenado de las iglesias evangélicas y protestantes —no al sacerdote católico, que recibe ese título solo en sentido metafórico—. Alpha no aclara la composición confesional del grupo. Lo que sí aclara es que esa misma tarde, en el mismo edificio, convocó por separado a “sacerdotes, laicos y agentes de pastoral de distintas comunidades católicas”. La distinción horaria es la propia de Alpha: dos públicos, dos sesiones, un mismo edificio.

El edificio de la UCA, el mismo día, albergó sucesivamente a “pastores y líderes” por la mañana y a sacerdotes y agentes pastorales católicos por la tarde. El puente ecuménico que Alpha construye no es una metáfora: es el programa horario del día.

Segundo: Athenas cantó ante el clero católico en ese encuentro. El email confirma que la sesión vespertina del 21 de marzo —la dirigida a “sacerdotes, laicos y agentes de pastoral de distintas comunidades católicas”— incluyó “un momento de alabanza junto a Athenas y Tobías”. Athenas María Vénica es la cantante católica argentina más conocida del país, nominada al Grammy Latino en 2022, con más de 500 millones de reproducciones en YouTube. Su presencia en ese encuentro no es marginal: es el elemento emocional que consolida la experiencia. La música, en la metodología Alpha, cumple una función estructural en la apertura afectiva del participante. Que Athenas sea esa música, ante sacerdotes y agentes pastorales católicos, en el edificio de la UCA, con Gumbel en el estrado, es un dato de primer orden que no figuraba en la convocatoria original.

Tercero: el viernes anterior, un café en Palermo con el mundo empresarial. El viernes 20, un día antes de la UCA, Gumbel compartió en un café de Palermo “la visión de Alpha con personas del mundo empresarial”. Alpha no penetra sólo por el vector pastoral. Penetra también por el vector económico: ejecutivos y empresarios que luego pueden financiar, promocionar o instalar Alpha en sus empresas, colegios o comunidades. La lógica es la misma que en el mundo de los negocios: primero los donantes y patrocinadores, después el producto llega a escala.

Cuarto: el lunes, Alpha en el Penal Federal de Ezeiza. El lunes 23, Gumbel visitó el Penal Federal de Ezeiza, donde el P. José Luis Gergolet lleva Alpha desde 2024. La visita incluyó un desayuno con unos 35 internos que habían completado su curso Alpha. Esto cierra el arco: en cuatro días, Alpha se presentó ante empresarios en Palermo, ante “pastores y líderes” y sacerdotes católicos en la UCA, y ante presos en Ezeiza. La cobertura social es total. La estrategia, impecable.

Quinto: el cierre del email es un botón de conversión. Después de relatar la visita de Gumbel, el email termina con una llamada a la acción: “Si algo de lo que viste o viviste te movió, quizás es momento de dar el siguiente paso y llevar Alpha a tu comunidad.” El botón dice: “QUIERO IMPLEMENTAR ALPHA”. La visita de Gumbel fue, en términos de marketing, una campaña de generación de prospectos. La emoción vivida se convierte, inmediatamente, en intención de compra. El producto es Alpha. El precio es la pastoral de una comunidad católica.

En los primeros meses del año 2026, Alpha Argentina promovió una agenda que incluyó empresarios en Palermo, más de 110 “pastores y líderes” en la UCA, sacerdotes y agentes pastorales católicos con Athenas cantando alabanzas, y presos en Ezeiza con Gumbel de visita. Todo cerró con un botón: “QUIERO IMPLEMENTAR ALPHA”.

La misión no es anunciar el Evangelio. La misión es escalar el producto.

©Catolic.ar

Una nota publicadada en EEUU en 2023

https://www.catholic365.com/article/24686/alpha-should-never-be-used-in-the-catholic-church.html

El Evangelio subcontratado

Cómo una red evangélica conduce la evangelización católica en Argentina con aval episcopal

|  catolic.ar  |  Abril de 2026

En 645 sedes (entre parroquias católicas e iglesias evangélicas) de la Argentina se implementa hoy un programa de evangelización dirigido regionalmente por un ex director del Instituto E625 —la principal plataforma de formación evangélica de América Latina— cuya iglesia de pertenencia es una congregación protestante. Los obispos argentinos lo avalaron sin saberlo. Roma lo endosó sin conocer quién manda. Esta es la historia de cómo el Evangelio fue subcontratado.

Una pregunta que nadie hace

Imaginemos una diócesis argentina cualquiera. El párroco anuncia con entusiasmo que comenzarán el Curso Alpha. El obispo lo avala como herramienta de evangelización. Los laicos se inscriben. Las sesiones comienzan con música, cena y un video proyectado en la pantalla. Todo parece en orden.

Nadie pregunta quién hizo ese video. Nadie pregunta desde qué tradición eclesial fue producido. Nadie pregunta quién dirige la organización que lo distribuye en toda América Latina. Y nadie, en toda la cadena de decisiones que llevó a esa parroquia a implementar Alpha, verificó la identidad confesional de quienes conducen el programa en la región.

Esta investigación hace esa pregunta. Y la respuesta es incómoda.

Quién conduce realmente Alpha en América Latina

“Estructura de conducción de Alpha en Argentina y América Latina según información pública del sitio oficial.” esta estructura se ha mantenido o consolidado en el tiempo
“Estructura de conducción de Alpha en Argentina y América Latina según información pública del sitio oficial.” Esta estructura se ha mantenido o consolidado en el tiempo

El sitio oficial de Alpha LATAM (pruebaalpha.org) es transparente en un dato que pocos leen con atención. La estructura de conducción en Argentina y en la región es la siguiente:

Martín Mateo figura como Director Nacional de Alpha Argentina. Su perfil institucional: líder del Ministerio de Adolescentes y Jóvenes de la Iglesia “Unidos para Servir” —una congregación protestante— y profesor de “Evangelismo en el Hoy” para el Instituto E625. Lleva más de 20 años en ese ministerio evangélico.

Diego Profita figura como Director Regional de Alpha Internacional para América Latina. Su perfil: ex director del Instituto E625 Argentina, donde se formó en Ministerio Juvenil entre 2012 y 2014. Oriundo de Santa Fe, licenciado en Administración.

La única presencia católica reconocida en la estructura de Alpha Argentina es una coordinadora en posición subordinada. La dirección ejecutiva —nacional y regional— tiene perfil exclusivamente evangélico.

Esto no es una acusación. Es información pública, disponible en el sitio oficial de la organización. Lo que resulta llamativo es que ninguna instancia episcopal argentina haya reparado en ello al momento de avalar el programa.

Qué es E625 y por qué importa

E625 no es una plataforma neutra. Es el principal recurso de formación de líderes de ministerios juveniles evangelicales en América Latina. Fue fundada por Lucas Leys, pastor evangelical argentino radicado en Estados Unidos, y opera como una red de formación interdenominacional con fuerte presencia en iglesias protestantes y pentecostales de todo el continente.

Que los dos principales referentes de Alpha en Argentina y América Latina se hayan formado en E625 no es un dato biográfico menor. Es una señal de origen que define una cosmovisión pastoral: la del ministerio evangélico, con su énfasis en la experiencia emocional, la conversión personal entendida como decisión, y la evangelización como técnica de alcance numérico.

Es revelador, además, que el propio sitio de E625 promueva Alpha entre sus recursos para iglesias evangélicas. La conexión no es oculta: es estructural.

La transición de poder que nadie notó

Alpha Argentina no nació con este perfil. En sus primeros años de implementación en contexto católico, la conducción local tenía un sello más claramente eclesial. Documentos de 2016 muestran que Pablo Alois figuraba como Vicepresidente de la Comisión Directiva de Alpha Argentina, y Maxi Larghi como Coordinador Nacional Católico.

Pero entre 2019 y 2021 algo cambió. Y hay un documento que lo prueba.

Alrededor de 2021, Alpha Argentina publicó en LinkedIn un aviso de búsqueda del cargo de Director Nacional. El anunciante del empleo era Diego Profita —ya consolidado como Director Regional de Alpha International para América Latina— y el contacto institucional local era Jorge Sangüesa, identificado con email: j.sanguesa@alpha.org.ar.

El aviso es revelador no solo por quién lo publicó, sino por el perfil que buscaba. Entre los requisitos esenciales del candidato ideal, el documento exige textualmente: “Exhibits a love for and growing knowledge of the whole Church, particularly its varied expressions across the region of both denominations, Catholic and Evangelical/Protestant/Pentecostal.”

En español: buscaban a alguien que conociera y amara por igual la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas, protestantes y pentecostales. No un católico. Un interdenominacional.

El aviso también requería: “High energy with growth targets to be met”, “fundraising, finance and budgets, marketing and digital systems”, y “high levels of credibility with influential church leaders of all denominations to drive new church growth”. El lenguaje es el de una multinacional de evangelización, no el de una herramienta al servicio de una diócesis.

Evidencia documental: El aviso de búsqueda para Director Nacional de Alpha Argentina donde se explicita el requisito de un perfil interdenominacional, equiparando la fe católica con expresiones pentecostales y protestantes.

La búsqueda derivó en la designación de Martín Mateo —líder de la Iglesia Unidos para Servir y profesor de E625— como Director Nacional de Alpha Argentina.

El círculo se cerró: Profita desde la regional buscó a un interdenominacional, y encontró a otro formado en el mismo ecosistema evangélico.

Ese proceso de selección no fue comunicado a los obispos que avalaban el programa.

No hay constancia pública de que ninguna diócesis argentina haya revisado su aval a la luz de esa reconfiguración deliberada. El programa siguió expandiéndose, llegando en 2026 a 645 iglesias y organizaciones evangélicas en el país.

La cola mueve al perro

El argumento estándar de los defensores de Alpha en contexto católico es que el programa incluye una “Coordinadora Católica” que garantiza la adecuación del contenido a la fe de la Iglesia. El problema es estructural: esa coordinadora no dirige. Coordina. La dirección —ejecutiva, regional, con poder de decisión sobre metodología, formación de líderes y expansión— está en manos de quienes tienen un perfil confesional diferente.

Es el caso clásico en que la cola mueve al perro. La Iglesia Católica aporta los feligreses, las parroquias, la infraestructura y la legitimidad institucional. La organización que conduce el programa aporta la metodología, los videos, la formación de líderes y la red global. Y esa organización no es católica.

Alpha no es un recurso que la Iglesia usa. Es una organización que usa a la Iglesia como red de distribución.

Lo que dicen los obispos españoles

El 3 de marzo de 2026, la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española publicó la nota doctrinal Cor ad cor loquitur —el corazón habla al corazón—, dedicada al papel de las emociones en el acto de fe.

Sin nombrar a Alpha explícitamente, el documento es una radiografía de sus riesgos. Advierte que en los métodos de primer anuncio que apelan fuertemente a las emociones existe el peligro de un “bombardeo emocional” que puede constituir una forma de “abuso espiritual”, manifestado como “presión emocional del grupo” que obliga a los individuos a sentir lo mismo para no automarginarse.

El documento establece además que ningún método evangelizador ha de considerarse absoluto, y que los nuevos métodos deben ser sometidos al discernimiento de la autoridad de los obispos.

Criterio que, en el caso argentino, no se cumplió: los obispos avalaron sin discernir quién conduce.

La nota española llegó tarde para Argentina. Pero llega a tiempo para que otros no cometan el mismo error.

El ecosistema mayor: de Alpha a Lausana

Alpha no opera en el vacío. Es parte de un ecosistema más amplio cuya comprensión es indispensable para evaluar su presencia en parroquias católicas.

En abril de 2023, la Comisión Episcopal de Vida, Laicos y Familia de la Conferencia Episcopal Argentina (CEVILAF) lanzó la Agenda 2033, una iniciativa de preparación al bimilenario de la Resurrección de Cristo. El video de lanzamiento incluyó al pastor evangélico Norberto Saracco, de la Iglesia Buenas Nuevas, junto a Pino Scafuro —Moderador de CHARIS-CEVILAF— y a Monseñor Oscar Ojea.

El mismo día de Pascua de 2023, JC2033 —la organización suiza con sede en Lausana que promueve la celebración ecuménica de los 2000 años de la Resurrección— lanzó simultáneamente su “Década de la Resurrección”. La coincidencia de fecha no es casual: es coordinación.

Alpha, Divine Renovation, Gran Comisión 2033, JC2033 y Lausana forman parte de un ecosistema interconectado que tiene como objetivo la transformación de la pastoral cristiana —incluyendo la católica— bajo metodologías y marcos teológicos de origen evangélico. No es una conspiración. Es una estrategia global coherente, con financiamiento propio, redes de formación de líderes, y capacidad de penetración en estructuras eclesiales católicas a través de programas que se presentan como herramientas neutras.

El aval que Roma no debería haber dado

El sitio oficial de Alpha en contexto católico exhibe con orgullo los avales de figuras vaticanas. El Cardenal Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, afirma que Alpha “planta semillas fértiles de renovación misionera en todo el mundo”. El entonces Cardenal Luis Antonio Tagle, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, lo presenta como “una de las mejores cosas que están sucediendo en la Iglesia hoy”.

En Argentina, el Arzobispo Eduardo Martín de Rosario aparece avalando el programa en el mismo sitio oficial.

Ninguno de esos avales —romanos ni argentinos— parece haber contemplado un dato elemental: que en América Latina, la región con la mayor población católica del mundo, la conducción ejecutiva de Alpha está en manos de líderes formados en instituciones evangélicas.

La pregunta que esta investigación dirige al episcopado y a Roma es simple:

¿Saben quién conduce realmente Alpha en América Latina?

Lo que se pierde en la subcontratación

La crítica a Alpha no es una defensa del statu quo pastoral. La Iglesia necesita urgentemente nuevas formas de primer anuncio. El vacío catequético de décadas es real, y las almas que Alpha alcanza son almas reales que merecen el Evangelio completo.

El problema es precisamente ese: Alpha no ofrece el Evangelio completo. Por diseño propio, omite las enseñanzas específicas de la fe católica —la Virgen María, los Sacramentos, el Papado, la Eucaristía como sacrificio— para no “generar separatismos” entre las denominaciones participantes. Lo que queda es un kerigma mínimo interdenominacional que puede ser compatible con el catolicismo, pero que no es catolicismo.

Cuando una parroquia implementa Alpha como herramienta de evangelización, no está ofreciendo a sus feligreses una iniciación a la fe católica. Les está ofreciendo una iniciación a un cristianismo genérico, despojado de la riqueza sacramental, mariana y doctrinal que hace a la Iglesia Católica lo que es.

Existen alternativas genuinamente católicas. ChristLife, desarrollado por Dave Nodar en la Arquidiócesis de Baltimore en 1995, ofrece un proceso de iniciación kerigmática en tres etapas, con plena alineación magisterial y origen eclesial católico. Los Cursillos de Cristiandad, el Camino Neocatecumenal, Comunión y Liberación: todos son caminos probados que no requieren subcontratar la evangelización a una red cuya conducción regional no comparte la fe que se pretende anunciar.

La pregunta que la Iglesia debe hacerse

Hay una imagen que Ratzinger usó más de una vez para describir la crisis de la fe en Occidente: la de un organismo que ha perdido el sentido de su propia identidad. Que ya no sabe quién es, y por eso acepta que otros le digan qué hacer y cómo hacerlo.

La adopción de Alpha en cientos de parroquias argentinas es un síntoma de esa crisis de identidad. No es malicia episcopal. Es desorientación pastoral. Es la tentación —comprensible, humana— de tomar un instrumento que parece funcionar sin preguntarse a qué fin sirve realmente, ni quién lo construyó, ni desde qué fe.

La Iglesia Católica no necesita subcontratar su evangelización. Tiene el Evangelio completo, la tradición más rica de la historia, los sacramentos, a María, a los santos, dos mil años de inteligencia espiritual acumulada. Lo que necesita es el coraje de volver a eso. De confiar en lo propio. De anunciar sin complejos lo que cree.

El Evangelio no se subcontrata. Se anuncia. Y para anunciarlo, hay que creerlo primero.

— ◆ —

Fuentes documentales

— Aviso de búsqueda laboral LinkedIn: “National Director at Alpha Argentina”, publicado por Diego Profita ca. 2021. Contacto institucional: Jorge Sangüesa (j.sanguesa@alpha.org.ar). Captura archivada.

— Sitio oficial Alpha LATAM. Equipo y Oficina Argentina: pruebaalpha.org/en/equipo/ y pruebaalpha.org/en/oficina-argentina/

— Perfil profesional público de Diego Profita: The Org / LinkedIn.

— E625 y Alpha: e625.com/ministeriosjuveniles/stands-2/alpha/

— Encuentro Nacional Alpha Argentina 2024: pruebaalpha.org/en/enacional/

— Comisión para la Doctrina de la Fe, CEE: Cor ad cor loquitur. Nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe, 3 de marzo de 2026. conferenciaepiscopal.es/nota-doctrinal-papel-emociones-fe/

— CEVILAF / CEA: Lanzamiento Agenda 2033, Semana Santa 2023. Fuente: AICA / ADN CELAM.

— JC2033: Lanzamiento Década de la Resurrección, Pascua 2023. Fuente: 2030-2033.com

— Alpha en la Iglesia Católica (avales de Cantalamessa y Tagle): pruebaalpha.org/en/contexto-catolico/

Notas relacionadas en catolic.ar

— La Invasión Silenciosa: Divine Renovation, el Caballo de Troya Ecuménico

— Piedad Popular vs Alpha: ¿Es el Catolicismo Latinoamericano la única respuesta?

— Evangelizar con una brújula ajena: ¿La Iglesia argentina ha perdido el rumbo?

https://www.catholic365.com/article/24686/alpha-should-never-be-used-in-the-catholic-church.html

© Catolic.ar

Cómo llegar con Jesús al corazón de un joven

Pastoral · Evangelización


En enero de 1979, Juan Pablo II aterrizó en Ciudad de México y, en el curso de pocos días, fue rodeado por millones de personas que no habían sido convocadas por ninguna organización pastoral, ningún plan diocesano ni ninguna estrategia de redes sociales —porque las redes sociales no existían. Lo que había era un papa polaco que llevaba apenas tres meses en el cargo, que hablaba con acento extranjero, que venía de un país comunista, y que sin embargo llenó de multitudes cada plaza, cada calle, cada tramo de ruta que recorrió. Entre esas multitudes había, de manera abrumadora, jóvenes.

La pregunta obvia es: ¿por qué? ¿Qué tenía Karol Wojtyła que no tienen —con honrosas excepciones— los responsables de la pastoral juvenil en nuestras diócesis? La respuesta incómoda es también la más sencilla: él no gestionaba programas. Él anunciaba a una Persona.

Esa distinción, que parece trivial, es en realidad el corazón del problema que esta nota intenta abordar. Porque el fracaso de la pastoral juvenil en Argentina —y en buena parte del mundo occidental— no se explica por falta de recursos, ni por desinterés de los agentes, ni siquiera por la secularización cultural, aunque todo eso tenga su peso. Se explica, en primera instancia, por una sustitución silenciosa: hemos reemplazado el anuncio de Jesucristo por la gestión de actividades. Y los jóvenes, que tienen un olfato extraordinario para detectar lo auténtico, lo perciben aunque no puedan articularlo.

El diagnóstico que no queremos aceptar

Hay un número en la exhortación apostólica Christus Vivit —la carta del papa Francisco a los jóvenes, firmada en 2019— que debería haber generado una crisis en los departamentos de pastoral juvenil de todo el continente. No la generó, probablemente porque es demasiado incómodo asumirlo. El número 212 advierte contra la tentación de proponer a jóvenes que acaban de tener una experiencia de Dios “encuentros de formación en los que sólo se abordan cuestiones doctrinales y morales”. El resultado, dice Francisco sin anestesia, es que “muchos jóvenes se aburren, pierden el fuego del encuentro con Cristo y la alegría de seguirlo.”

Permítase al lector detenerse un momento en esa frase. No es una cita de un crítico externo a la Iglesia. No es el diagnóstico de un sociólogo agnóstico. Es el Papa, en un documento magisterial, describiendo lo que ocurre en la pastoral juvenil ordinaria. Y lo que describe —jóvenes que se aburren y pierden el fuego— es exactamente lo que vemos en nuestras parroquias cada semana.

El problema no es nuevo. El documento de Aparecida, que los obispos latinoamericanos firmaron en 2007 y que en muchos sentidos anticipó las intuiciones de Francisco, ya señalaba que sin el kerigma —ese primer anuncio vivo de que Jesucristo murió y resucitó por cada uno de nosotros— “los demás aspectos del proceso formativo están condenados a la esterilidad, sin corazones verdaderamente convertidos al Señor” (DA 278). La esterilidad. No la mediocridad, no la eficiencia reducida. La esterilidad.

Sin embargo, año tras año, la respuesta institucional al problema de los jóvenes que se van sigue siendo más de lo mismo: más talleres, más campamentos, más dinámicas grupales, más música, más actividades. Como si el problema fuera de entretenimiento y no de anuncio. Como si los jóvenes se fueran por aburrimiento y no por hambre.

“Los jóvenes no se van porque la Iglesia sea aburrida. Se van porque nadie les anunció que Jesucristo está vivo y los conoce por su nombre.”

Lo que Juan Pablo II sabía y nosotros olvidamos

Conviene volver a México en 1979, porque la escena es instructiva más allá de lo anecdótico. Wojtyła llegó a un país en el que la Iglesia no tenía presencia legal reconocida —el gobierno mexicano de entonces mantenía una relación formalmente anticlerical con la Santa Sede. Los sacerdotes no podían usar sotana en la calle. Los templos estaban legalmente bajo tutela estatal. Era, en todos los sentidos institucionales, un terreno hostil.

Y sin embargo, los jóvenes salieron. Por millones, salieron a encontrar a ese hombre que venía a decirles algo que nadie les decía con esa claridad: que Cristo estaba vivo, que los amaba, que sus vidas tenían sentido, y que ser joven en la Iglesia no era una contradicción sino una vocación.

Lo que Juan Pablo II entendía, y que es quizás la clave pastoral más importante del siglo XX, es que los jóvenes no huyen del absoluto. Huyen de lo tibio. Huyen de la mediocridad disfrazada de prudencia pastoral. Huyen del mensaje aguado, de la moral reducida a reglas sin rostro, de la espiritualidad sin demanda. La famosa frase que acompañó todo su pontificado —”¡No tengáis miedo!”— era exactamente lo contrario del lenguaje de gestión pastoral que los jóvenes escuchan en demasiadas parroquias.

El Papa no invitaba a los jóvenes a “participar de actividades eclesiales”: los invitaba a protagonizar la historia de la salvación. Los hacía sentir que de ellos dependía algo real, algo grande. Y eso los movilizaba de un modo que ninguna dinámica grupal podía replicar.

La trampa de las actividades

El padre de un adolescente de dieciséis años me contó hace poco una conversación con su hijo, que había asistido durante dos años a un grupo juvenil parroquial y que recientemente había dejado de ir. “¿Qué pasó?”, le preguntó. La respuesta fue desconcertante en su precisión: “Papá, hacíamos muchas cosas, pero nunca hablábamos de Dios.”

Es una anécdota, claro, y las anécdotas no son estadísticas. Pero cualquier sacerdote o agente de pastoral juvenil con honestidad intelectual reconocerá en esa frase un patrón. Los grupos juveniles de muchas parroquias argentinas son espacios de sociabilidad, de deporte, de teatro, de voluntariado, de campamentos, de música —todo eso puede ser valioso— pero el kerigma, el anuncio explícito de que Jesucristo resucitó y transforma vidas, está sistemáticamente ausente o diluido hasta la irrelevancia.

Los jóvenes no abandonan la fe porque la encuentren falsa. La abandonan porque nunca les fue propuesta de manera que les resultara urgente y verdadera. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, y esa diferencia define el horizonte del problema pastoral.

La Christus Vivit lo formula con una claridad que no deja escapatoria: “Para muchos jóvenes, Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías; en cambio, son sensibles a la figura de Jesús cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz” (CV 41). El documento no dice que los jóvenes sean hostiles a Cristo. Dice que son sensibles a Él —cuando es presentado de modo que les interpele de verdad. El problema no está en los jóvenes. Está en cómo presentamos a quien queremos que encuentren.

El eslabón perdido: el compromiso social como camino de Fe

Aquí aparece una dimensión que la pastoral juvenil convencional suele tratar como opcional —o peor, como ideológicamente sospechosa— y que sin embargo los documentos magisteriales señalan como estructural. La Christus Vivit es explícita: “El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para el descubrimiento o la profundización de la fe y el discernimiento de la propia vocación” (CV 170).

Nótese la formulación. No dice que el compromiso social sea una consecuencia de la fe. Dice que es una ocasión para descubrirla. El contacto con el que sufre no es el resultado del encuentro con Cristo; muchas veces es la puerta de entrada a ese encuentro. El joven que acompaña a un anciano en soledad, que trabaja en un comedor, que visita una villa, se hace preguntas que no se hacía en el salón de catequesis. Preguntas sobre el sentido del sufrimiento, sobre la dignidad humana, sobre por qué algunos viven como viven. Y esas preguntas, cuando son acompañadas por alguien que pueda articularlas en clave de fe, se convierten en el umbral de una conversión real.

Aparecida lo había señalado con otra formulación igualmente precisa: la respuesta al llamado de Cristo “exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano, que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos” (DA 135). No como programa político. No como sustituto de la liturgia. Como consecuencia inevitable del encuentro con el Jesús de los Evangelios, que come con publicanos y pecadores, que toca a los leprosos, que llama a sus discípulos a lavarse los pies mutuamente.

El joven argentino de hoy crece en una sociedad marcada por la fractura social, por la desigualdad visible y cotidiana, por la pregunta de qué hacer con un mundo que parece roto. Ignorar esa realidad en la propuesta pastoral no es prudencia: es una forma de anunciar un Cristo que no tiene nada que decirle a la vida real. Y los jóvenes, con su infalible detector de autenticidad, lo notan.

El testigo como argumento irrefutable

Hay un factor que los documentos magisteriales señalan y que la experiencia pastoral confirma de manera consistente, y que sin embargo sigue siendo el elemento más escaso en la pastoral juvenil: el testimonio personal de adultos que hayan encontrado genuinamente a Cristo y que vivan de esa manera.

Los jóvenes no se convencen con argumentos. Se convencen con vidas. Lo que mueve a un adolescente no es una charla bien estructurada sobre la existencia de Dios, sino el encuentro con alguien en cuya vida Dios es evidente. Alguien cuya alegría no se explica por sus circunstancias. Alguien que ama de una manera que parece exceder las posibilidades humanas ordinarias. Alguien que cuando habla de Cristo lo hace con la naturalidad de quien habla de alguien que conoce.

El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia durante décadas, tiene una fórmula que merece ser citada: la fe se transmite por contacto, como el fuego. No por instrucción, como la información. El fuego no se explica: se contagia. Un catequista que no está en llamas no va a encender a nadie, por más excelente que sea su preparación técnica.

Esto tiene consecuencias prácticas inmediatas. La primera y más urgente es que antes de preguntarnos qué programa pastoral necesitamos, deberíamos preguntarnos qué tipo de adultos acompañan a nuestros jóvenes. Un adulto con fe viva, sin diploma de teología, transmite más que un técnico en pastoral juvenil con la fe tibia. Esto no es un argumento contra la formación —la formación es necesaria y deseable— sino una jerarquía de prioridades que demasiadas veces invertimos.

Entonces, ¿cómo se hace?

A esta altura, el lector tiene derecho a preguntar: bien, el diagnóstico es claro, pero ¿qué se hace en concreto? Es una pregunta justa, y merece una respuesta que no sea ni una lista de buenas intenciones ni un manual de autoayuda pastoral. Conviene subrayar, además, que lo que sigue no es una invitación a importar ninguna metodología foránea ni a adoptar ningún “programa de evangelización” empaquetado: la Iglesia católica posee, en su propia tradición litúrgica, sacramental y catequética, todos los recursos que necesita. De lo que se trata es de usarlos con convicción.

Primero: introducir a los jóvenes en la oración personal. Antes de cualquier otra cosa, hay que enseñarles a hablar con Dios. No como técnica ni como ejercicio de autoconocimiento, sino como relación: el silencio, el coloquio personal con Cristo, el Padrenuestro rezado despacio y en serio. Un joven que no sabe orar no tiene de dónde agarrarse cuando la vida le golpea. Y un joven que aprendió a orar lleva consigo algo que ninguna actividad grupal puede darle ni quitarle. La Christus Vivit lo dice sin rodeos: “¿Cómo podríamos anunciar a Jesucristo sin la oración?” (CV 259). La introducción a la oración personal es el umbral de todo lo demás —incluida, para quien quiera recorrer ese camino, la riqueza de la liturgia de la Iglesia.

Segundo: recuperar la lectio divina y el contacto personal con la Escritura. La lectura orante de la Palabra —con sus pasos de lectio, meditatio, oratio y contemplatio— tiene una capacidad de interpelar al joven que ninguna charla puede reemplazar, precisamente porque no es una charla: es un encuentro directo con el texto sagrado. Grupos de jóvenes formados en la lectio divina aprenden a escuchar la Palabra como algo que les habla a ellos, no como un documento histórico o un código moral abstracto.

Tercero: compartir la vida real de la gente. No el voluntariado organizado ni la “acción social” planificada, sino algo más simple y más exigente: estar presente en la vida concreta de las personas, conocer sus nombres, sus historias, sus necesidades, su mundo. Un joven que acompaña a un vecino anciano, que conoce de cerca la realidad de una familia en dificultad, que no vive encerrado en la burbuja de su grupo de pares, se hace preguntas que no se hacía antes. Preguntas sobre el sentido, sobre la justicia, sobre Dios. Y esas preguntas, acompañadas por alguien que pueda articularlas en clave de fe, se convierten en el umbral de una conversión real. Aparecida lo llama entrar en “la dinámica del Buen Samaritano” (DA 135): no un programa, sino una actitud de vida.

Cuarto: apostar por la calidad del testimonio adulto. Un adulto en permanente conversión, que reza, que frecuenta los sacramentos, que tiene una vida espiritual real y enraizada en la Iglesia, es el recurso pastoral más escaso y más valioso que existe. Más valioso que cualquier programa, cualquier manual o cualquier metodología importada.

Quinto, y quizás lo más difícil de aceptar: apostar por la exigencia. Los jóvenes no huyen de lo que les exige —huyen de lo que los subestima. Juan Pablo II lo supo desde el principio: “No tengáis miedo de ser santos”, les decía. No “sean buenos chicos”. No “participen de las actividades”. Santos. La propuesta máxima, la que supone que son capaces de lo más grande. Y esa propuesta, contrariamente a lo que el sentido común pastoral suele suponer, no los aleja: los interpela de un modo que ninguna propuesta menor puede lograr.

“Cristo vive y te quiere vivo. Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar.” — Papa Francisco, Christus Vivit, n. 2

Un testimonio que resume todo

Termino con una historia que conozco de primera mano, en una parroquia del interior de la Argentina. Un sacerdote joven, sin recursos especiales, sin programa elaborado, sin presupuesto para actividades, comenzó a reunirse los viernes con un grupo de diez adolescentes. No hacían dinámicas. No había proyector ni música de fondo. El sacerdote abría el Evangelio, leía un pasaje en voz alta, y luego preguntaba: “¿Dónde aparece esto en tu vida esta semana?”

Al año, el grupo había crecido a cuarenta. Al segundo año, varios de esos jóvenes habían comenzado a visitar un hogar de adultos mayores en soledad, por iniciativa propia. Al tercer año, dos de ellos habían ingresado al seminario. Ninguno de esos resultados había sido planificado. Todos habían brotado del mismo punto de partida: alguien que anunció a Jesucristo como una persona viva, urgente, que tiene algo que decirle a cada vida concreta.

Eso es la pastoral juvenil cuando funciona. No es un programa importado ni una metodología empaquetada. Es la Iglesia siendo ella misma: orante, bíblica, sacramental, presente en la vida real de la gente. Los encuentros auténticos con Cristo no se organizan con técnicas: se propician desde dentro de la propia tradición, se cuidan con oración, se acompañan con testimonio. Después, lo demás lo hace el Espíritu. Siempre lo ha hecho. El problema es que a veces no lo dejamos trabajar porque estamos demasiado ocupados buscando afuera lo que siempre estuvo adentro.

El joven que busca —y todos los jóvenes buscan, aunque no lo sepan articular— no necesita un programa más eficiente ni una experiencia más intensa diseñada por otros. Necesita encontrarse con Alguien. Y ese Alguien lleva dos mil años esperándolo en la oración, en la Palabra, en el rostro del prójimo, en los sacramentos de la Iglesia. Nuestra tarea es hacer que ese encuentro sea posible. No es poca cosa. Es, exactamente, todo.


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¿Quién confiesa a la Iglesia?

Examen de conciencia para un fin de año que no admite anestesia espiritual

Hay preguntas que no buscan respuesta inmediata. Buscan silencio. O mejor: buscan temblor.

“¿Quién confiesa a la Iglesia?” no es una consigna ingeniosa ni un título provocador para cerrar el año con retórica intensa.

Es una pregunta peligrosa. Porque obliga a invertir el gesto más sagrado que conocemos: no es el penitente el que se arrodilla, sino la institución entera la que queda expuesta.

No frente a una ideología, no ante un tribunal mediático, sino ante Dios.

Al final de 2025, cuando los balances abundan, las estadísticas pastorales se ordenan, los informes se maquillan y los discursos episcopales buscan serenidad, esta pregunta irrumpe como una grieta:

¿Quién escucha el pecado de la Iglesia cuando la Iglesia deja de escucharse a sí misma?

No hablamos de errores administrativos ni de torpezas comunicacionales. Hablamos de algo más hondo: del pecado estructural, espiritual, pastoral; del hábito de sobrevivir en lugar de convertirse; del modo casi imperceptible en que se aprende a convivir con la infidelidad sin nombrarla.


La Iglesia también necesita confesarse (aunque no lo admita)

Durante siglos, la Iglesia enseñó —con razón— que es santa y pecadora a la vez. Santa por su Cabeza, por su Esposo, por el Espíritu que la habita. Pecadora por sus miembros, por su carne histórica, por sus miedos y acomodamientos.

Pero en la práctica cotidiana, esta verdad teológica quedó reducida a una fórmula defensiva. Se repite para cerrar discusiones, no para abrir procesos de conversión.

Decimos: “la Iglesia es santa, pero formada por pecadores”, como quien dice: “sí, hay fallas, pero no exageremos”.
Y en ese “no exageremos” se pierden generaciones enteras.

Porque una Iglesia que no se confiesa termina justificándose.
Y una Iglesia que se justifica deja de evangelizar.


El sacramento que enseñamos… pero no practicamos institucionalmente

La confesión es el sacramento de la verdad. No del consuelo rápido. No del alivio psicológico. De la verdad.

Exige tres cosas que hoy escasean dramáticamente en la vida eclesial:

  1. Nombrar el pecado sin eufemismos
  2. Asumir responsabilidad sin diluirla
  3. Aceptar una penitencia real, concreta, costosa

Ahora bien:
¿cuándo fue la última vez que la Iglesia —como cuerpo— hizo esto públicamente, sin condicionantes, sin notas al pie, sin “contextualizaciones” que diluyen el golpe del Evangelio?

No basta con documentos.
No alcanza con pedidos genéricos de perdón.
No sirve una culpa abstracta cuando el daño fue concreto.


El gran pecado no confesado: la autosuficiencia pastoral

Si hay un pecado que atraviesa transversalmente a la Iglesia contemporánea es este: creer que puede salvarse a sí misma.

Planificaciones infinitas.
Métodos importados.
Estrategias de marketing espiritual.
Eventos masivos sin procesos.
Lenguajes dulcificados para no incomodar.

Todo eso puede coexistir —y de hecho convive— con una alarmante ausencia de conversión profunda.

El resultado es una Iglesia hiperactiva pero espiritualmente exhausta.
Llena de reuniones, vacía de lágrimas.
Rica en diagnósticos, pobre en rodillas gastadas.

¿Quién confiesa esta autosuficiencia?
¿Quién se anima a decir: “Hemos confiado más en técnicas que en el Espíritu”?


El silencio como pecado estructural

Hay pecados que no hacen ruido.
El silencio es uno de ellos.

Silencio ante abusos de poder.
Silencio ante manipulaciones espirituales.
Silencio ante la mundanización litúrgica.
Silencio ante catequesis vacías de Cristo.
Silencio ante la fuga masiva de jóvenes que no encuentran alimento real.

No todo silencio es prudencia.
A veces es miedo.
O cálculo.
O comodidad.

Una Iglesia que calla cuando debería hablar se convierte en cómplice del daño que no denuncia.

¿Quién confiesa ese silencio?
¿Quién lo nombra como pecado y no como “discernimiento”?


Cuando el confesionario se vacía… y nadie se pregunta por qué

Se habla mucho de la crisis del sacramento de la Reconciliación. Se analiza sociológicamente. Se culpa a la cultura. Se apunta al relativismo.

Pero rara vez se hace la pregunta incómoda:
¿qué imagen de Dios transmitimos cuando nosotros mismos no nos dejamos reconciliar?

El Pueblo percibe —con una intuición espiritual finísima— cuando la Iglesia predica algo que no vive.
Y huye. No por rebeldía. Por hambre.

Porque nadie se confiesa donde no hay verdad.
Nadie se desnuda espiritualmente ante una institución que no se desarma primero.


¿Quién tiene autoridad para confesar a la Iglesia?

No será el mundo.
No serán los medios.
No serán los lobbies ideológicos.

La Iglesia no necesita fiscales externos.
Necesita profetas internos.

Hombres y mujeres que amen a la Iglesia lo suficiente como para no mentirle.
Que no la abandonen, pero tampoco la adulen.
Que no busquen destruirla, sino purificarla.

Los santos siempre hicieron esto.
Nunca fueron cómodos.
Nunca fueron funcionales.
Nunca fueron bien recibidos al principio.

La verdadera confesión eclesial siempre comenzó en los márgenes.


El miedo a perder poder… y el precio de conservarlo

Hay un temor que atraviesa despachos, curias y estructuras: perder relevancia.

Y por miedo a perderla, se pierde lo esencial.
Se negocia el lenguaje.
Se diluye la doctrina.
Se evita el conflicto.

Pero una Iglesia que no incomoda ya fue domesticada.
Y una Iglesia domesticada no necesita conversión, solo mantenimiento.

¿Quién confiesa este apego al poder simbólico, al reconocimiento social, a la “buena imagen”?


Fin de 2025: no alcanza con cerrar el año, hay que abrir una herida

Este no es un texto para dejar buen sabor de boca.
Es un texto para abrir una herida que solo Dios puede sanar.

Porque sin herida no hay medicina.
Y sin verdad no hay Pascua.

El examen de conciencia que no hacemos como Iglesia lo harán otros por nosotros.
Y no con misericordia, sino con resentimiento.

Todavía estamos a tiempo.
Pero el tiempo no es infinito.


La confesión que la Iglesia necesita no es simbólica, es concreta

No basta con declaraciones.
Hace falta:

  • Revisar seriamente la formación sacerdotal
  • Reconstruir la centralidad del sacramento de la Reconciliación
  • Purificar lenguajes pastorales vacíos
  • Devolver a Cristo —no a la emoción— al centro
  • Aceptar pérdidas numéricas si eso implica fidelidad evangélica

La penitencia siempre duele.
Pero libera.


Una Iglesia que se confiesa vuelve a ser creíble

El mundo no espera una Iglesia perfecta.
Espera una Iglesia verdadera.

Una Iglesia que se arrodille antes de señalar.
Que llore antes de explicar.
Que se convierta antes de enseñar.

La pregunta queda abierta, incómoda, urgente:

¿Quién confiesa a la Iglesia… si la Iglesia no se anima a confesar su propio pecado?

Tal vez este fin de año no sea para balances triunfalistas.
Tal vez sea para entrar en el confesionario… sin ornamentos, sin excusas, sin defensas.

Porque solo una Iglesia reconciliada puede reconciliar al mundo.

®Catolic.ar