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jueves, febrero 5, 2026
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León XIV: heredar el fuego, no las cenizas

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El 21 de abril de 2025, al día siguiente del Domingo de Pascua, el mundo amaneció con la noticia que conmovió al planeta: el Papa Francisco había partido a la Casa del Padre. Terminaba así un pontificado que no solo marcó una época para la Iglesia Católica, sino que supo interpelar a la humanidad entera con una fuerza que desbordó los límites del Vaticano.

Un pontificado de doce años que desarmó zonas de confort, incomodó a estructuras internas y externas, y encarnó con radicalidad la misión de una Iglesia pobre para los pobres. Con él, se cerraba un ciclo. Y comenzaba otro.

Pocos días después, el mundo volvió a mirar hacia la chimenea de la Capilla Sixtina. El humo blanco anunció la elección del nuevo Sucesor de Pedro: León XIV, el primer papa norteamericano con raíces latinoamericanas, religioso agustino con espíritu sinodal y una fuerte sensibilidad social. Su elección no fue solo inesperada. Fue un mensaje.

La herencia de Francisco: un camino, no un pedestal

A Francisco lo llamaron el “papa del fin del mundo”, pero su mirada estaba puesta en el corazón del mundo. Supo llevar adelante una “revolución de Santa Marta” desde gestos simples y firmes, sacando a la Iglesia de la autorreferencialidad, enfrentando los abusos, rompiendo silencios cómplices y convocando a todos —desde credos distintos hasta no creyentes— a un diálogo que pusiera al ser humano y la Creación en el centro.

No le tembló la voz al condenar un sistema económico que “mata”. No dudó en arrodillarse ante víctimas ni en pedir perdón en nombre de la Iglesia. Publicó encíclicas de enorme resonancia como Laudato Si’ y Fratelli Tutti, y promovió una reforma profunda, aunque inacabada, del aparato vaticano.

Pero su legado no puede entenderse como una estatua a venerar. Es una llama viva. Y León XIV no llega a custodiar las cenizas, sino a encender nuevos fuegos.

León XIV: el profeta de las cosas nuevas

Tomar el nombre de León XIV es, en sí mismo, una declaración de principios. León XIII, en 1891, escribió Rerum Novarum, la encíclica que abrió la Doctrina Social de la Iglesia moderna. Hoy, en un mundo atravesado por la inteligencia artificial, las guerras interminables, la pobreza extrema y el colapso ambiental, ese legado cobra nueva urgencia.

León XIV parece asumir su misión como puente entre la tradición y la profecía, entre lo humano y lo trascendente, entre el Evangelio y los desafíos concretos de nuestra era. No es casual que haya insistido, en sus primeros discursos, en palabras como “dignidad”, “paz” y “servicio”. Tampoco es casual que haya nombrado a América Latina —la región más católica y desigual del mundo— como uno de sus faros espirituales.

Un pontificado entre algoritmos y almas

León XIV no gobernará solo sobre templos. Lo hará también sobre plataformas, miedos globales, algoritmos sin alma, nuevas esclavitudes y crisis existenciales. Tiene ante sí el desafío de humanizar una tecnología que avanza sin ética, de anunciar el Reino en una era digital cada vez más desangelada, de mediar entre potencias que amenazan con incendiar el mundo.

Y en ese escenario, la Iglesia no puede ser neutral. No puede ser funcional. No puede callar.

Como lo hizo Francisco, León XIV deberá hablar cuando otros callen, y callar cuando el mundo grite histeria. Deberá levantar la voz por los pobres invisibles, por los niños explotados, por las mujeres descartadas, por los pueblos originarios despojados, por los cristianos perseguidos, por los jóvenes sedientos de sentido.

La sinodalidad como brújula

Una de las señales más claras del nuevo papa es la continuidad del camino sinodal. No como un eslogan, sino como una forma eclesial: caminar juntos, escuchar todos, discernir desde abajo, no imponer desde arriba. Francisco había sembrado el terreno; León XIV parece dispuesto a cosechar. O al menos, a seguir sembrando en tierra difícil.

¿Será escuchado? ¿Será dejado hacer? ¿Habrá resistencias? Sin duda. Pero la historia demuestra que los papas que incomodan son los que transforman.

La sinodalidad, más que una estructura, es un acto de fe en el Pueblo de Dios. Y es allí, en las periferias existenciales, donde la Iglesia se juega su credibilidad y su futuro.

El desafío de ser voz profética

Francisco devolvió al papado una dimensión profética que el mundo parecía haber olvidado. León XIV tendrá la enorme responsabilidad de no caer en la gestión burocrática ni en el equilibrio diplomático. El mundo no necesita un gerente del Vaticano. Necesita un testigo del Evangelio, capaz de encarnar la misericordia y la justicia, la firmeza y la ternura.

Hoy, más que nunca, la Iglesia está llamada a ser faro en medio de la tormenta, voz en el desierto, arca en tiempos de diluvio.

Tiempo profético

No se trata solo de un nuevo papa. Se trata de una nueva etapa espiritual en la historia humana. Si León XIV logra encarnar el Evangelio con radicalidad, si abraza la cruz sin temor a las críticas ni a las pérdidas, si su voz profética no se apaga ante los poderes del mundo, entonces el legado de Francisco no será enterrado: será fecundado.

El mundo necesita santos. No estrategas. Mártires. No influencers. Pastores. No celebridades.

Y si el Espíritu ha hablado una vez más en la Capilla Sixtina, es porque todavía Dios tiene algo que decirle a esta humanidad confundida y hambrienta.


🧩 Nota elaborada por catolic.ar a partir de diversas fuentes periodísticas y eclesiales.

Cuando la Fe se convierte en ansiedad: el riesgo espiritual de vivir pendientes de señales

“Dios me está hablando”, “algo va a pasar”, “la Virgen dijo que no nos preparemos más para este mundo”.
Frases como estas resuenan en miles de católicos de buena Fe que se sumergen, muchas veces sin darse cuenta, en una espiritualidad cargada de ansiedad, interpretaciones forzadas de los acontecimientos, mensajes apocalípticos y revelaciones no reconocidas por la Iglesia. Lo hacen buscando paz… pero terminan alimentando un miedo sin nombre.

Por Néstor Ojeda

Hoy habitan las redes, especialmente Youtube, verdaderos charlatanes de feria religiosos, vendedores de humo, de supuestas certezas y anticipaciones de lo que vendrá, que en realidad son falsos profetas, vestidos algunos con hábito religioso, y que buscan capturar incautos, personas hoy presas de una angustia existencial.

Presentan revelaciones y mensajes, que en realidad son falsas verdades o verdades a medias que son puras falacias, y que más bien parecen estar inspiradas en el príncipe de la mentira

La necesidad de consuelo espiritual es legítima. Pero cuando la Fe se transforma en una obsesión por las señales, el alma deja de estar en paz con Dios para vivir con una alarma encendida las 24 horas. No es Fe: es ansiedad con ropaje religioso.
Y el demonio, que es astuto, no necesita tentarnos con lo malo si puede desordenarnos con lo supuestamente bueno.


🔥 La angustia disfrazada de devoción

No es casual que muchas personas con ataques de pánico, duelos no resueltos o heridas de infancia terminen encontrando refugio en apariciones, supuestos mensajes celestiales o grupos místicos que ofrecen certezas sobrenaturales en un mundo incierto. El problema no está en su Fe —sincera y dolorida— sino en la falta de discernimiento sobre los canales por los que esa Fe se expresa.

En vez de acudir al Evangelio, los sacramentos y el Magisterio de la Iglesia como fuentes de luz, algunas almas heridas se vuelcan a una Fe emocional, basada en “mensajes” que refuerzan la idea de que algo catastrófico está por pasar. Es el viejo miedo al fin del mundo con nuevo maquillaje.


📡 Una espiritualidad de señales y sobresaltos

Los síntomas son cada vez más comunes:

  • Personas que leen cada terremoto o eclipse como castigo divino.
  • Grupos que difunden mensajes no reconocidos con lenguaje de urgencia apocalíptica.
  • Videntes que prometen curas, respuestas y profecías si se les sigue ciegamente.
  • Audios, cadenas y publicaciones que circulan con un aire de autoridad celestial, pero que no tienen el respaldo de la Iglesia.

Quien entra en esa lógica pierde el equilibrio interior. Comienza a confundir la Fe con una vigilancia constante del cielo, como si Dios hablara todos los días en clave de advertencia. Y esa no es la voz del Padre.


🧠 ¿Qué dice la psicología espiritual?

Desde el punto de vista neuropsicológico, esto tiene un nombre claro: hipervigilancia religiosa.
Es el fenómeno por el cual una persona comienza a vivir en alerta permanente, buscando en lo religioso un control frente a la incertidumbre.

Lo que era oración se convierte en compulsión. Lo que era confianza, en miedo a no obedecer algún mensaje celestial.
La mente asocia a Dios con amenaza, a la Virgen con mandato, y al fin de los tiempos con una preocupación diaria. Es un desorden espiritual y mental que produce mucho sufrimiento.


⛪ ¿Qué dice la Iglesia?

La Iglesia Católica, con la sabiduría de siglos, no niega las apariciones privadas, pero las examina con suma cautela.
De las miles de supuestas revelaciones registradas en la historia, solo unas pocas han sido reconocidas como auténticas (por ejemplo, Lourdes, Fátima o Guadalupe). En todos los casos aprobados, la Virgen nunca contradice el Evangelio ni reemplaza a la Iglesia.

El Catecismo lo dice con claridad:

“La fe cristiana no puede aceptar ‘revelaciones’ que pretendan superar o corregir la Revelación de Cristo” (CIC 67)

Y el Papa Benedicto XVI advirtió:

“La auténtica profecía no es anunciar el fin del mundo, sino mostrar que Dios actúa en la historia a través del amor, no del miedo.”


🛑 Los frutos revelan el árbol

Jesús nos dio el criterio más certero: por sus frutos los conoceréis.

Una devoción verdadera:

  • Te vuelve humilde, no fanático.
  • Te hace amar más la Eucaristía, no depender de mensajes.
  • Te lleva a servir a los pobres, no a huir del mundo.
  • Te da paz, no miedo.
  • Te une más a la Iglesia, no te aleja de ella.

Si el grupo, mensaje o vidente que seguís te llena de angustia, de superioridad espiritual o de sospecha hacia el Papa y los obispos… no viene del cielo. Viene de otra parte.


🛤️ ¿Qué camino espiritual es sano?

Volver a lo esencial.
No hace falta vivir pendiente de lo que el cielo diga cada semana. Ya nos habló, y lo hizo con voz firme: su Hijo Jesucristo.

El Evangelio, la oración silenciosa, la adoración, la confesión, el servicio a los demás, el Rosario bien rezado, la dirección espiritual, los sacramentos: ahí se encuentra la paz verdadera.
No hay revelación privada que reemplace el consuelo del Espíritu Santo cuando uno se entrega con fe confiada.


💬 Un llamado a los pastores

Los sacerdotes y acompañantes espirituales tienen una misión urgente: enseñar a discernir.
El silencio pastoral ante estos fenómenos abre la puerta a errores, desvíos y angustias evitables. Es necesario hablar con caridad, pero con firmeza, para que los fieles no confundan la fe con la superstición.


A veces el alma no busca a Dios, sino seguridad.
A veces no es la Virgen quien habla, sino el miedo disfrazado.
A veces creemos que creemos, pero solo estamos tratando de no descomponernos por dentro.

El Reino no vendrá con sobresaltos ni cronogramas apocalípticos.
Vendrá, como dice Jesús, “como el rayo que sale del oriente y brilla hasta el occidente”. No necesita marketing ni cadenas de WhatsApp.

Vendrá. Pero antes, quiere entrar en nuestro corazón ahora. En el silencio, en la paz, en la verdad.
No en la angustia, ni en la histeria espiritual, ni en los charlatanes disfrazados de místicos.

Porque la Fe no es vivir pendiente del cielo… sino habitar la tierra con el corazón en Dios.

@Catolic.ar

¿Hacia dónde va la Iglesia? Tres desafíos a 60 años del Vaticano II

Desacerdotalizar, desromanizar y desantropologizar. Tres verbos incómodos pero necesarios para una Iglesia que quiera ser fiel al Concilio. A sesenta años de su clausura, el llamado profético del Vaticano II resuena más fuerte que nunca… o se desvanece entre nostalgias restauracionistas y una Iglesia que aún no se anima a morir para resucitar.

Por redacción de catolic.ar

En 2025 se cumplen seis décadas del cierre del Concilio Vaticano II. Sesenta años de debates, esperanzas, reformas y resistencias. Fue una revolución que no estalló, pero que todavía arde bajo las brasas de la historia reciente. Y si bien muchos la celebran como “una primavera eclesial”, otros se preguntan si esa primavera alguna vez floreció plenamente.

El teólogo chileno Jorge Costadoat, SJ, lanza una reflexión valiente y necesaria: para ser verdaderamente fiel al espíritu del Concilio, la Iglesia debe atreverse a tres transformaciones profundas. Tres heridas abiertas. Tres pasos arriesgados: la desacerdotalización del cristianismo católico, la desromanización de las iglesias locales y la desantropologización de la espiritualidad cristiana.

1. Desacerdotalización: más Pueblo de Dios, menos clericalismo

Durante siglos, la figura del sacerdote —hombre, célibe, ordenado— fue presentada como mediador exclusivo entre lo sagrado y lo profano. El cristianismo católico latino modeló su estructura en torno a esta figura: administrador de sacramentos, predicador autorizado, líder moral y —muchas veces— hombre separado del pueblo. El Vaticano II, sin embargo, proclamó algo radicalmente distinto: la Iglesia es, ante todo, el Pueblo de Dios (Lumen Gentium II). Y el bautismo, no el orden sagrado, es la fuente común de nuestra dignidad.

Costadoat propone recuperar esta visión: que el ministerio ordenado sea un servicio dentro del pueblo, no una casta aparte. Que se hable de presbíteros y no de “sacerdotes”, evitando el aura sacralizante. Que se privilegie la evangelización sobre la administración sacramental. ¿Se ha avanzado? Sí. ¿Es suficiente? No. En tiempos donde el clericalismo ha generado escándalo y ha herido la credibilidad de la Iglesia, volver al espíritu del Concilio no es nostalgia, es supervivencia profética.

2. Desromanización: del centro a las periferias

Roma ha sido, durante siglos, el corazón doctrinal, litúrgico y canónico del catolicismo. Pero en el siglo XXI, con una Iglesia cada vez más global, el desafío es claro: permitir que las iglesias locales asuman protagonismo, con sus culturas, historias y urgencias.

El propio Papa Francisco —primer pontífice del sur global— impulsa esta descentralización a través de la sinodalidad. No se trata de romper la unidad, sino de recuperar la diversidad legítima de una Iglesia verdaderamente católica: universal, pero no uniformizada. El teólogo Karl Rahner ya hablaba, en los años 60, de una “Iglesia mundial” naciente. Hoy, esa Iglesia necesita respirar con todos sus pulmones: africanos, asiáticos, latinoamericanos, europeos. ¿Seremos capaces de dejar atrás el catolicismo colonizador y abrir paso a una catolicidad encarnada?

La pregunta incómoda late: ¿seguiremos exportando ritos, cánones y estructuras desde Roma a todo el mundo, o dejaremos que el Espíritu hable en cada tierra con acento propio?

3. Desantropologización: del hombre al Cristo cósmico

Vivimos en el Antropoceno: una era donde el ser humano se ha vuelto amenaza para el planeta. La fe cristiana, que durante siglos puso el centro en la redención de la humanidad, necesita ahora ensanchar su mirada y reconocer a Cristo como el Salvador de toda la creación. La teología de la “encarnación profunda” propone exactamente eso: Dios hecho carne no solo en Jesús hombre, sino en toda la realidad creada.

El cristianismo, si quiere ser fiel al Jesús del Evangelio, necesita superar el paradigma de dominio sobre la Tierra y asumir una espiritualidad ecológica, cósmica y humilde. Un Cristo “cósmico” que no excluye, sino que abraza la materia, los ecosistemas, los tiempos, los pueblos y las especies.

Este tercer desafío exige una espiritualidad menos centrada en la culpa y más abierta al misterio. Menos controladora y más contemplativa. Menos humana en sentido narcisista, y más divina en clave de comunión.


🌿 Un cierre necesario: morir para resucitar

¿Puede la Iglesia morir a ciertas seguridades para renacer más fiel al Evangelio? ¿Estamos dispuestos a dejar atrás un modelo clerical, centralista y antropocéntrico, para redescubrir el fuego del Concilio y abrirnos a lo nuevo que el Espíritu sopla?

No es un debate académico. Es una urgencia pastoral, eclesial, espiritual y también profética. El año 2025, con su carga simbólica, no debería ser solo una conmemoración, sino una llamada al corazón de la Iglesia para una nueva Pascua: morir a estructuras caducas y renacer en la frescura del Espíritu.

El Concilio Vaticano II no es un capítulo cerrado. Es una promesa aún por cumplir. Y quizá, como en todo Evangelio, solo los pobres, los humildes, los mártires y los jóvenes tengan el coraje de reclamarlo con fuerza.


✒️ Nota elaborada por catolic.ar a partir de diversas fuentes periodísticas y eclesiales. Inspirada en el artículo de Jorge Costadoat SJ, publicado originalmente por IHU/Religión Digital.

©Catolic

Laicos, Fe y justicia en tiempos oscuros

“El clericalismo, fomentado tanto por los mismos sacerdotes como por los laicos, genera un cisma en el cuerpo eclesial…”
— Papa Francisco, Carta al Pueblo de Dios, 20 de agosto de 2018


Cuando el silencio duele más que el rechazo

Hace un tiempo propuse una iniciativa concreta para revitalizar la vida laical en nuestra Iglesia local: crear una Junta Diocesana de Laicos y un espacio estable para formación, diálogo, discernimiento y acción social.

Por Néstor Ojeda – Comunicador católico

No fue una idea improvisada ni personalista. Fue una respuesta pastoral a las urgencias de nuestro tiempo. Pero fue ignorada. Sin rechazo explícito, pero sin acogida real. Ese silencio no me sorprendió: me confirmó que la Iglesia aún funciona con oídos sordos a las voces que nacen desde abajo.

Por eso esta propuesta ya no es un proyecto. Es un clamor. Un clamor que no se callará, porque viene del Espíritu que habla en medio del Pueblo.


Un modelo que asfixia

Nuestra estructura eclesial continúa marcada por el verticalismo y el clericalismo. La mayoría de los laicos sólo pueden opinar si tienen un cargo formal. Los demás: escuchan, rezan y obedecen.

La sinodalidad se predica, pero no se practica. Se consultan opiniones, pero las decisiones ya están tomadas. Se escucha, pero no se responde. Y los laicos siguen siendo feligreses pasivos, no protagonistas corresponsables.

Mientras tanto, la realidad arde: las comunidades se empobrecen, los jóvenes se alejan, el Evangelio se reduce a devociones sin encarnación.


Espiritualidad sin carne

La Iglesia impulsa la adoración eucarística, las novenas, las peregrinaciones, las cadenas de oración. Todo eso tiene valor. Pero ¿dónde está el compromiso concreto con la transformación de la realidad?

¿Dónde está la dimensión social de la Fe?
¿Dónde está la voz profética ante la desigualdad, la violencia, el hambre estructural, la destrucción del tejido social?

“Una fe auténtica… siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra.”
Evangelii Gaudium, 183


Una propuesta para salir del encierro

La Junta Diocesana de Laicos no es un lujo ni un capricho. Es una respuesta evangélica. Su objetivo es generar:

  • Representación real de los laicos en los organismos diocesanos
  • Procesos de formación en espiritualidad, liderazgo y Doctrina Social
  • Espacios de escucha, planificación y misión compartida
  • Iniciativas de acción social y presencia pública en el territorio

Ahora, con un nuevo escenario abierto en la Iglesia universal tras la elección del Papa León XIV, propongo dar un paso más: crear un Espacio Diocesano de Formación y Acción en Doctrina Social de la Iglesia, articulado por laicos y abierto al discernimiento comunitario.

Ese espacio permitiría diagnosticar nuestras realidades locales, formar agentes de cambio y articular proyectos misioneros con impacto real, donde la Fe no quede atrapada en rezos ni en templos, sino que toque la carne herida del pueblo.


León XIV: una oportunidad providencial

La reciente elección del Papa León XIV, en continuidad con la tradición social de León XIII, marca un punto de inflexión. Nos recuerda que la Doctrina Social de la Iglesia no es un apéndice, sino el corazón encarnado del Evangelio.

En un mundo herido por la desigualdad, la violencia, la exclusión digital y el nihilismo existencial, la Iglesia no puede ni debe permanecer neutral. No estamos llamados al poder, sino al servicio. No al miedo, sino a la audacia evangélica.


Laicos: no súbditos, sino corresponsables

Nuestro bautismo nos constituye como miembros vivos, responsables y proféticos del Pueblo de Dios. Ya no hay lugar para una obediencia pasiva ni para la marginalidad eclesial.

“Es urgente que surjan laicos con una conciencia más clara de su identidad… Se necesita ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia.”
Evangelii Gaudium, 102

La sinodalidad no se declama. Se practica. Se camina. Se construye desde abajo.


Tiempo profético

Esta propuesta puede volver a ser ignorada. Pero no será inútil. Porque cuando el Espíritu toca el alma de los sencillos, ni el poder ni el silencio pueden callarlo.

A obispos, párrocos, religiosos y laicos comprometidos: escuchemos el clamor. No hay más tiempo para estructuras cerradas ni asambleas vacías. El Evangelio no es una consigna. Es fuego. Es justicia. Es vida compartida.

“La Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia.”
Deus Caritas Est, 28

¿Y nosotros, los laicos?

No esperemos permisos para ser levadura. La Fe que no transforma, no es Fe viva. El Evangelio que no arde, no es Evangelio.

¿Qué vamos a hacer con este llamado? ¿Vamos a seguir rezanzdo para no actuar? ¿O vamos a actuar para que la oración se haga carne?


🔥 Compartí esta nota si también creés que el tiempo de los laicos ya llegó.

©Catolic.ar

De las cosas nuevas… a las eternas injusticias: la DSI frente al vértigo tecnológico del siglo XXI

¿Qué hay verdaderamente nuevo en las cosas nuevas de este tiempo?
Desde 1891, cuando León XIII firmó Rerum Novarum, hasta el 2025, los signos del tiempo han cambiado de vestimenta, pero no de rostro. La Doctrina Social de la Iglesia nació entonces como un grito frente a las nuevas esclavitudes del naciente capitalismo industrial. Hoy, más de un siglo después, su clamor resuena con igual urgencia, no sólo porque los desafíos persisten —aunque mutados— sino porque el alma del sistema sigue intacta: una lógica que sacrifica al ser humano en nombre del progreso.

La DSI nunca pretendió ser un manual de soluciones técnicas ni un programa ideológico: es brújula ética, propuesta de discernimiento, y anuncio de principios orientadores. Pero la realidad exige más que palabras nobles: exige testigos. Y en esto, la Iglesia no está exenta de contradicciones. ¿Cuántas veces hemos encerrado esta doctrina en aulas o documentos, temiendo su potencia disruptiva?

La tecnología, nueva diosa del siglo XXI, ofrece velocidad y conectividad, pero también concentración de poder, exclusión y desarraigo. Frente a este vértigo, el reciente documento Antiqua et Nova, publicado por dos Dicasterios vaticanos, nos recuerda lo esencial: sólo el ser humano —y no la máquina— es agente moral. Y solo él puede elegir entre usar la inteligencia artificial para incluir a los últimos… o para consolidar nuevas formas de dominio y deshumanización.

Francisco ha descrito este tiempo como una “policrisis”. Guerras, migraciones forzadas, desigualdades lacerantes, precariedad laboral, cambio climático, redes tóxicas y algoritmos que deciden el destino de millones. ¿Puede la Doctrina Social de la Iglesia seguir hablando de dignidad, bien común, solidaridad y subsidiariedad sin que suenen a retórica vacía?

Este es el kairós. O renovamos proféticamente la praxis social del Evangelio o seremos, una vez más, cómplices mudos de un mundo que mata. Como dice el documento: “Lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos que acumulen”. Nuestra humanidad no se juega en los likes, sino en el modo en que tratamos al más débil.

Ha llegado la hora de desenterrar la Doctrina Social de la Iglesia. De llevarla a las periferias. De predicarla con la vida. Y de enfrentar, incluso dentro de la Iglesia, toda forma de domesticación de su fuego transformador. Porque las cosas nuevas de 1891 ya no lo son. Pero las injusticias, aunque camufladas, siguen clamando al cielo.

Revista SIC – Juan Salvador Pérez
🔗 https://revistasic.org/de-las-nuevas-cosas-nuevas

Zanchetta reaparece en Argentina y podría acceder a la libertad condicional: silencio y desamparo de la Iglesia para las víctimas

El obispo emérito Gustavo Zanchetta, condenado por abuso sexual, ha regresado a la Argentina tras haber viajado a Roma a fines del año pasado por una operación cardíaca. Sin embargo, su retorno estuvo envuelto en una niebla de silencios institucionales y gestos que, lejos de transmitir justicia y reparación, vuelven a herir a las víctimas que alguna vez quisieron entregar su vida al sacerdocio.

Redacción de catolic.ar

Zanchetta fue visto recientemente en Salta, según confirmó uno de los ex seminaristas que lo denunció, Matías Montes. No sólo eso: el actual obispo de Orán, Mons. Luis Scozzina, habría visitado al prelado caído en desgracia y se le estaría preparando una habitación en un monasterio. Todo indica que Zanchetta continuará cumpliendo allí su condena bajo arresto domiciliario, aunque Montes advierte que el ex obispo podría solicitar próximamente la libertad condicional anticipada.

“Sabemos que lo va a pedir, le están allanando el camino… No tenemos ninguna confianza en ellos en Salta, mientras la Iglesia siga cerca del Estado, esto seguirá ocurriendo. Fuimos totalmente abandonados. Queríamos ser sacerdotes y tuvimos que irnos. No hubo ayuda psicológica, ni apoyo, ni justicia real”, lamentó Montes, en declaraciones que estremecen por su crudeza y por el eco de una historia repetida.

Un regreso sin transparencia

En noviembre pasado, Zanchetta fue autorizado judicialmente a viajar a Italia para operarse del corazón. La defensa sostuvo que ningún centro argentino podía garantizar el procedimiento, y que hacerlo en Roma sería incluso más económico. La autorización implicaba su retorno antes del 1 de abril. Sin embargo, llegado ese mes, su paradero era desconocido.

El Hospital Gemelli confirmó su alta, pero ni el entorno del obispo ni la diócesis confirmaban su regreso. Ese silencio institucional prolongó la sensación de impunidad, mientras las víctimas seguían esperando señales claras de reparación por parte de la Iglesia.

Un caso que expone contradicciones

En 2015, el Vaticano ya tenía motivos serios para investigar. Imágenes sexualmente explícitas —algunas de jóvenes y otras del propio Zanchetta— fueron halladas en su celular. El Papa Francisco, sin embargo, aceptó la explicación de un supuesto hackeo, invocando el principio jurídico “in dubio pro reo” (en la duda, a favor del acusado). Esa actitud contrasta notablemente con la dureza mostrada en otros casos como el del cardenal peruano Juan Luis Cipriani o los sacerdotes del llamado “clan de los Romanones” en España, donde se actuó sin pruebas concluyentes o incluso contra el dictamen judicial.

Zanchetta renunció en 2017 al obispado de Orán por “razones de salud”, pese a que las denuncias ya eran conocidas en la Santa Sede. Lejos de ser apartado, fue designado por el propio Papa en un cargo creado especialmente para él en la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), desde donde siguió teniendo influencia en la curia romana. Recién en 2019, tras nuevas denuncias, fue suspendido y se abrió una investigación canónica que, hasta el año pasado, seguía sin dar resultados conocidos.

Las víctimas siguen esperando

El drama de fondo no es solo la figura de Zanchetta, sino el abandono sistemático de quienes fueron dañados. Jóvenes que querían ser sacerdotes y hoy viven con el trauma, el exilio espiritual y el desamparo institucional. Sin justicia real ni eclesial, sin palabras del Papa ni gestos de reparación.

La Iglesia está llamada a ser madre de los pequeños, no refugio de los poderosos. Cuando protege a sus victimarios, sufre una herida en el corazón de su credibilidad. Y cuando calla ante el dolor de las víctimas, no es neutral: toma partido.

Adaptación editorial a partir de The Pillar e InfoCatólica. Nota original: https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=52577

70 años del Celam: una memoria conciliar que empuja hacia un futuro sinodal

El teólogo venezolano Rafael Luciani trazó en la 40.ª Asamblea del Celam un recorrido vital: desde las raíces conciliares de la Iglesia latinoamericana hasta la urgente necesidad de una reforma sinodal que ponga al Pueblo de Dios en el centro. ¿Podrá América Latina volver a ser el corazón profético de la Iglesia universal?


Una memoria que arde

Setenta años después de la fundación del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), la Iglesia de América Latina y el Caribe se mira en el espejo de su propia historia. ¿Qué hemos hecho con el impulso del Concilio Vaticano II? ¿Qué queda del fuego de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida? En medio de una nueva fase del Sínodo sobre la sinodalidad, el teólogo Rafael Luciani —perito oficial del proceso sinodal y una de las voces más lúcidas del pensamiento eclesial contemporáneo— ofreció una ponencia clave durante la 40.ª Asamblea General del Celam.

Su intervención no fue un mero repaso teológico: fue una provocación espiritual. Un llamado a la conversión pastoral. Una brújula para una Iglesia que no quiere quedarse atrapada en estructuras que ya no responden a los clamores de los pueblos.


Un largo camino de comunión

Luciani recordó que el camino no comenzó ayer. Ya en 1955, Pío XII convocaba la I Conferencia General del Episcopado en Río de Janeiro, abriendo las puertas a una conciencia eclesial continental. De allí brotarían organismos vitales como Cáritas Latinoamérica, la CLAR y publicaciones como la Revista Medellín, que fermentaron el pensamiento social, teológico y pastoral de toda una generación.

Pero fue Medellín, en 1968, la que encendió la mecha: una opción decidida por los pobres, una fe comprometida con la liberación, una Iglesia que se pensaba desde abajo, junto al pueblo. Pablo VI lo vio claro: allí había afecto colegial, comunión real, evangelio vivo.

Hoy, el desafío no es menor: pasar de una colegialidad episcopal a una eclesialidad sinodal, donde todo el Pueblo de Dios —laicas, laicos, religiosas, jóvenes, pueblos originarios— tenga voz, discernimiento y decisión.


Ceama y la Asamblea Eclesial: laboratorio del Espíritu

Francisco ha sido claro: la sinodalidad no es un “modelo de gobierno”, sino una forma de ser Iglesia. Y América Latina ha dado pasos concretos. Luciani destacó la creación de la Conferencia Eclesial de la Amazonía (Ceama) —no solo episcopal, sino profundamente representativa— como signo de un nuevo modo de vivir la comunión.

También resaltó la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, un hito que reunió a más de mil personas con una composición inédita: casi un 40% de laicos, 15% de consagradas y consagrados, 24% de presbíteros, 21% de obispos y hasta un 1% de cardenales. Allí, el pueblo habló. Y fue escuchado.

“El principio del primer milenio vuelve con fuerza: lo que concierne a todos, debe ser discernido por todos”, recordó Luciani. Ya no es tiempo de clericalismos ni de decisiones unilaterales. Es hora de corresponsabilidad diferenciada, pero real.


Entre la reforma y la profecía

La sinodalidad es más que un eslogan. Es —en palabras de Luciani— “caminar juntos con Cristo, en unión con toda la humanidad”. Implica reunirnos, escucharnos, discernir y decidir. Implica transformar estructuras caducas en odres nuevos, capaces de contener el vino fresco del Espíritu.

En este sentido, el Documento Final del Sínodo 2024, actualmente en fase de “restitución” a las Iglesias locales, será una piedra de toque. Podrá o no recoger las voces proféticas de los pueblos del sur global. Podrá o no articularse con los procesos locales. Pero lo cierto es que sin América Latina, el Sínodo quedará incompleto.


Pobreza, misión y protagonismo de los descartados

Uno de los acentos más fuertes del mensaje de Luciani fue la inseparabilidad entre sinodalidad y misión. No hay verdadera sinodalidad sin una opción preferencial por los pobres. No hay misión sin escucha. No hay comunión sin justicia.

“La Iglesia está llamada a ser pobre con los pobres, y a escucharlos como sujetos de evangelización”, afirmó con claridad. No como destinatarios, sino como protagonistas. Como quienes tienen un conocimiento directo de Cristo sufriente.

Aquí, América Latina tiene una responsabilidad profética: ser testigo de una “sinodalidad misionera”, que conjugue el Evangelio con las heridas del continente, con las periferias olvidadas, con los clamores de las juventudes desilusionadas.


¿Y ahora qué?

El 70.º aniversario del Celam no puede ser una efeméride más. Es una oportunidad para recuperar el fuego del Concilio y avanzar hacia una reforma espiritual, pastoral e institucional. Para dar cuerpo a esa “quinta fase” de recepción conciliar que el Papa viene alentando.

No se trata solo de reuniones o documentos. Se trata de cambiar la forma en que la Iglesia vive, decide, escucha y anuncia. Se trata de crear espacios reales de participación, donde las mujeres, los jóvenes, los pueblos originarios, los migrantes y todos los descartados tengan lugar, palabra y autoridad espiritual.

Como decía San Óscar Romero: “una Iglesia que no sufre con el pueblo, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”. América Latina aún tiene algo que decir. Y mucho por hacer.

Un paso firme hacia la corresponsabilidad eclesial: Sor Tiziana Merletti y el impulso femenino en la vida consagrada

La designación de una mujer a la Secretaría del Dicasterio para la Vida Consagrada no es solo un nombramiento más en la Curia romana. Es un gesto profético, signo de una Iglesia que empieza a escuchar de verdad a las mujeres.

Por Redacción de catolic.ar


“Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha”. Estas palabras de Francisco —pronunciadas al abrir el proceso sinodal en 2021— resuenan hoy con más fuerza que nunca. El reciente nombramiento de la hermana Tiziana Merletti como Secretaria del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica no es una simple designación burocrática. Es, para muchos, un paso concreto hacia esa conversión pastoral que el Espíritu ha venido suscitando en las entrañas del catolicismo contemporáneo.

El Papa León XIV, sucesor de Francisco, ha continuado con claridad esta línea: el 22 de mayo de 2025, confió este cargo a una mujer con amplio recorrido en el derecho canónico, la vida consagrada y la enseñanza. Nacida en Pineto, Italia, Sor Tiziana ingresó a las Hermanas Franciscanas de los Pobres en 1986 y no ha dejado de caminar al ritmo de los pobres, como su congregación lo pide. Doctora en Derecho Canónico y docente en la Universidad Antonianum, también ha acompañado a miles de mujeres consagradas desde la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG).

Este nombramiento —junto con la permanencia de Sor Simona Brambilla como Prefecta del Dicasterio— marca un hito inédito: por primera vez en la historia de la Iglesia, dos mujeres religiosas ocupan simultáneamente los máximos puestos de conducción en un dicasterio romano. Un hecho que, leído con mirada de fe, puede interpretarse como un signo de los tiempos.


👣 La sinodalidad no es discurso: es opción concreta

En octubre de 2024, el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad no ahorró palabras:

“La necesidad de una conversión en las relaciones concierne inequívocamente a las relaciones entre hombres y mujeres. Las expresiones recurrentes de dolor por parte de mujeres de todas las regiones y continentes (…) revelan cuán lejos estamos de relaciones eclesiales que respeten la igual dignidad y la reciprocidad.”

El nombramiento de Merletti es una respuesta concreta a este clamor. No se trata de una concesión simbólica, sino del reconocimiento del aporte real, teológico, pastoral y espiritual de las mujeres en la vida de la Iglesia. Son ellas quienes, históricamente, han sostenido silenciosamente parroquias, hospitales, escuelas y comunidades de base. Hoy, ese servicio comienza a encontrar canales de expresión también en las estructuras de decisión.

En palabras del propio Papa Francisco, citadas reiteradamente por el movimiento sinodal:

“La Iglesia necesita ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva.”


🌍 Una mujer al servicio de la vida consagrada… y de toda la humanidad

El currículum de Sor Tiziana Merletti no habla solamente de estudios y cargos. Su paso como Superiora General (2004–2013) y su labor como docente y canonista han estado siempre orientados al servicio a los más vulnerables, en fidelidad al carisma de su congregación. No es casual que su comunidad lleve el nombre de Hermanas Franciscanas de los Pobres. Y tampoco lo es que este nuevo rol se enmarque en un contexto eclesial que exige a la vida consagrada renovar su cercanía con los descartados, los pueblos originarios, las mujeres y las periferias existenciales del mundo.

Una Iglesia sinodal es una Iglesia que descentra el poder. Que se anima a dejar las seguridades clericales para abrir paso al discernimiento comunitario, la escucha horizontal y la autoridad como servicio. El testimonio de Sor Tiziana encarna ese modelo que tanto cuesta asumir pero que tanta esperanza despierta.


📜 Memoria profética y horizonte nuevo

La vida consagrada vive hoy una tensión fecunda: entre la memoria de lo que ha sido —con sus luces y sombras— y el llamado a ser fermento de esperanza en un mundo deshumanizado. El nombramiento de Merletti podría parecer una pequeña noticia administrativa. Pero, si se la interpreta desde el Evangelio, es una chispa encendida en medio del letargo institucional.

¿Será posible imaginar una Iglesia donde la palabra de las mujeres tenga peso real en los concilios, sínodos y dicasterios? ¿Una Iglesia donde la autoridad no dependa del grado clerical sino de la sabiduría espiritual, el testimonio y la entrega? ¿Una Iglesia que no tema aprender de sus hijas?


💬 No es feminismo, es Evangelio

La resistencia de ciertos sectores eclesiales a estos avances suele expresarse en descalificaciones apresuradas: “feminismo eclesial”, “ideología de género infiltrada”, “agenda secular”. Sin embargo, lo que está en juego aquí no es una batalla ideológica, sino la fidelidad al Evangelio y a la igual dignidad bautismal.

Santa Teresa de Jesús, santa Hildegarda de Bingen, Edith Stein, Madeleine Delbrêl, Dorothy Day, María Berenice Duque, Mama Antula… la historia de la Iglesia está llena de mujeres que incomodaron, hablaron con libertad, y señalaron caminos nuevos. Sor Tiziana Merletti se suma ahora a esa constelación profética, desde un espacio donde podrá incidir con decisión y sabiduría.


🔥 Una Iglesia donde todos caminemos juntos

El Papa León XIV ha comprendido, como lo hizo Francisco antes que él, que la sinodalidad no es solo una reforma de estructuras, sino una conversión de mentalidad. El Espíritu sopla donde quiere, y hoy parece estar soplando con fuerza entre las mujeres consagradas.

Desde catolic.ar, celebramos este paso como un signo real de transformación. Pero también exigimos que no se detenga aquí. Que esta apertura no sea una excepción, sino el inicio de una nueva era eclesial donde mujeres y hombres, laicos y consagrados, obispos y jóvenes, caminen juntos como Pueblo de Dios.

Porque, como nos recordó el Sínodo:

“La Iglesia no puede ser verdaderamente sinodal si sigue siendo clerical, autorreferencial y cerrada a la voz de sus hijas”.


📣 Que este nombramiento no sea un techo simbólico, sino un piso nuevo para todos.

Que la Iglesia del siglo XXI sea esa casa donde nadie quede fuera. Donde los pobres sean el centro, las mujeres protagonistas y el Evangelio, la única agenda.


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Sinodalidad que arde: hacia una Iglesia que se deja transformar por la misión

La sinodalidad no es una moda ni un eslogan eclesial. Es una llamada urgente a convertirse en Iglesia viva, itinerante y transformadora. En la 40ª Asamblea del CELAM, Mons. Luis Marín volvió a recordarlo con fuerza: el camino sinodal no termina en sí mismo, sino que desemboca en la misión. ¿Estamos preparados para dejar estructuras muertas y abrazar la audacia del Evangelio?


En un tiempo de fragmentación social, indiferencia espiritual y polarización dentro y fuera de la Iglesia, la 40ª Asamblea General del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) se convierte en un signo profético. Allí, Monseñor Luis Marín de San Martín, obispo titular de Suliana y subsecretario de la Secretaría General del Sínodo, ofreció una ponencia clave sobre la fase actual del camino sinodal: la implementación.

Y fue directo: “La sinodalidad no es un fin en sí misma, sino que se orienta a la misión”. No estamos llamados a construir nuevas burocracias eclesiales disfrazadas de participación, sino a desatar una renovación real y misionera desde el corazón de cada comunidad. “La sinodalidad”, dijo, “debe impregnar la vida ordinaria de la Iglesia”. No como un parche, sino como una conversión eclesial profunda.

De documento a vida encarnada

Según la constitución apostólica Episcopalis Communio, todo sínodo se despliega en tres etapas: preparatoria, celebrativa e implementativa. Esta última, lejos de ser un simple trámite, es “el punto de llegada del proceso sinodal y, a la vez, su verdadero punto de partida en la vida del Pueblo de Dios”.

¿Por qué? Porque si el Sínodo se queda en un documento, en una serie de conclusiones bienintencionadas pero inertes, habrá fracasado. Mons. Marín lo explicó con claridad: las conclusiones sinodales deben “recibirse y aplicarse en cada Iglesia local”, en diálogo con su cultura, historia y realidad concreta. Es lo que el Evangelio hizo siempre: encarnarse.

Citó, en este sentido, el propio texto de Episcopalis Communio:

“Las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado” (n. 7).

La sinodalidad, entonces, no es una receta uniforme, sino un proceso dinámico de discernimiento comunitario y de traducción creativa de la fe en cada rincón del mundo. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha, discierne y actúa con audacia.

El Sínodo no es una estructura, es un camino

Una de las advertencias más lúcidas de Mons. Marín es el riesgo de convertir el Sínodo en una estructura administrativa. Por eso insistió en que la implementación debe ser un itinerario pastoral, no un protocolo técnico.

Desde Roma, se ha enviado una carta a las Iglesias particulares que indica el objetivo: que la sinodalidad sea asumida “como una dimensión esencial de la vida ordinaria”. Diócesis, eparquías, conferencias episcopales, asociaciones laicales, comunidades religiosas, nuevos movimientos… nadie queda fuera. Todos deben sentirse protagonistas, corresponsables y llamados a la conversión.

Esto implica revisar prácticas, escuchar de verdad, activar órganos de participación previstos por el Derecho Canónico (como los consejos pastorales y económicos), y sobre todo, formar conciencia eclesial. El Papa León XIV —en la continuidad profética de Francisco— ha dejado claro que este es el horizonte: una Iglesia que deja atrás el clericalismo, la comodidad y el elitismo espiritual, para abrazar el servicio humilde y valiente al Pueblo de Dios.

Una Iglesia que se deja evaluar

No hay sinodalidad sin evaluación. El camino que se abre ahora es un proceso serio de discernimiento comunitario, que incluye el seguimiento de buenas prácticas, el análisis crítico de las decisiones tomadas y la capacidad de corregir lo que no da frutos.

“El itinerario será también la ocasión para evaluar juntos las decisiones tomadas a nivel local y reconocer los progresos realizados en materia de sinodalidad, que pueden ser válidas para la Iglesia entera”, expresó el obispo agustino. No se trata de repetir lo mismo con otros nombres, sino de abrirnos a lo nuevo que el Espíritu suscita.

Esto exige humildad. No podemos pretender cambiar sin dejar que el Evangelio nos toque, nos cuestione, nos rompa las seguridades para hacernos más auténticos. Y en ese sentido, recuperar los equipos sinodales, renovar la formación, acompañar a los párrocos y revitalizar la vida consagrada serán pasos decisivos.

León XIV y el latido sinodal

En su segunda parte, Mons. Marín se detuvo en el corazón sinodal del nuevo Papa, León XIV, elegido en marzo de 2025. Desde el inicio de su pontificado, el sucesor de Pedro ha manifestado con claridad que el futuro de la Iglesia está en caminar juntos. En palabras citadas por el obispo agustino:

“Queremos ser una Iglesia sinodal, una Iglesia que camina, que busca siempre la paz, la caridad, y estar cerca especialmente de quienes sufren”.

A partir de entrevistas concedidas por el entonces cardenal Robert Prevost, Mons. Marín destacó cuatro claves de este camino sinodal:

  1. La renovación profunda de la Iglesia.
  2. La escucha real del Espíritu Santo.
  3. La conversión personal y comunitaria.
  4. La superación de las polarizaciones ideológicas y eclesiales.

Aquí la sinodalidad se vuelve antídoto contra la tentación de atrincherarse, de usar el Evangelio como bandera partidista, y de cerrar el corazón al otro. “El Sínodo —dijo— es esa gran invitación a una conversión que también puede servir para invitar a otros a dialogar, a escuchar, a buscar juntos el bien del pueblo”.

Pasos concretos, no ideas abstractas

Finalmente, Mons. Marín propuso un calendario de implementación que comienza ya. En 2027 habrá asambleas de evaluación a nivel diocesano y episcopal, y en 2028 a nivel continental. Además, del 24 al 26 de octubre de 2025 se celebrará en Roma el Jubileo de los equipos sinodales, con paso por la Puerta Santa, grupos de trabajo y misa con el Papa.

El desafío es claro: no postergar. La sinodalidad es ahora. Y el pueblo fiel lo intuye: muchos están cansados de una Iglesia que habla sola, que teme a la diversidad, que prefiere las seguridades del pasado a la osadía del Reino. Necesitamos una Iglesia que se arrodille para escuchar y se ponga en pie para servir.

Como enseña el Papa Francisco:

“El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio” (Discurso del 17/10/2015).

Una misión que arde

La sinodalidad verdadera no es una táctica pastoral, sino un fuego que transforma. Nos saca de la comodidad y nos lanza a las periferias, con la certeza de que el Espíritu guía la historia y nos llama a ser levadura en medio de un mundo herido.

Pero esta misión no podrá realizarse si no hay conversión. Y esa conversión comienza en cada uno de nosotros: obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, jóvenes, ancianos. ¿Estamos dispuestos a dejarnos cuestionar por el clamor del Pueblo de Dios? ¿Queremos una Iglesia de puertas abiertas, que camine con los últimos y no solo con los que están dentro?

La sinodalidad no es el fin. Es el principio. El principio de una Iglesia que ya no se contenta con hablar de Jesús, sino que se atreve a vivir como Él.


Fuente original: Observatorio de la Sinodalidad. https://observatoriosinodalidad.org/monsenor-luis-marin-en-la-40-a-asamblea-del-celam-la-sinodalidad-no-es-un-fin-en-si-misma-sino-que-se-orienta-a-la-mision/

Cuando el mundo exige traicionar a Dios: la confesión en la mira del poder

Una nueva ley en el Estado de Washington pretende obligar a los sacerdotes católicos a romper el secreto de la confesión o sigilo sacramental en casos de abusos. Los obispos alzan la voz en defensa de un principio no negociable, mientras el conflicto entre fe y poder político vuelve a hacerse visible en una sociedad que parece haber perdido el sentido sagrado.

En el corazón de la nación que proclama la libertad religiosa como uno de sus pilares fundacionales, se ha desatado una tormenta espiritual y jurídica que pone a prueba la coherencia y la fidelidad de la Iglesia Católica. En el Estado de Washington, Estados Unidos, los obispos de sus tres diócesis han decidido llevar ante la Justicia al gobernador demócrata Bob Ferguson por una ley que amenaza con romper uno de los pilares más sagrados de la vida sacramental: el secreto de confesión.

La propuesta legislativa, conocida como Proyecto de Ley Senatorial 5375, establece que los sacerdotes estarán obligados a denunciar ante las autoridades civiles cualquier abuso infantil del que tengan conocimiento, incluso si esa información ha sido revelada en el fuero íntimo de la confesión sacramental. En caso contrario, podrían enfrentar consecuencias penales. Este intento de equiparar el ejercicio del sacerdocio con profesiones como la docencia, la medicina o la psicología, desconoce la especificidad y sacralidad del ministerio católico y desconcierta por su carga de desconocimiento o abierta hostilidad hacia la fe.

No es justo que se equipare a los presbíteros con otros profesionales sin tener en cuenta el sacramento”, declararon los obispos en un comunicado conjunto. Y añadieron con claridad profética: “Esta ley no busca proteger a los menores, sino encarcelar a los sacerdotes”.

Una tradición de dos mil años bajo amenaza

El sigilo sacramental es inviolable. Así lo ha sostenido la Iglesia desde sus orígenes, y lo ha reafirmado incluso en contextos de persecución, martirio o regímenes totalitarios. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1467): “El sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar el sigilo sacramental en todo momento y bajo cualquier pretexto. No le está permitido traicionar en modo alguno al penitente, ni siquiera por la vía de una insinuación”.

Romper el sigilo no es una falta administrativa, sino un pecado gravísimo que acarrea la pena de excomunión automática para el sacerdote. Se trata de un punto innegociable. La Iglesia no protege al pecador, sino al sacramento. Y en ese sacramento, lo que se preserva es la libertad del alma para encontrarse con Dios, arrepentirse y comenzar de nuevo. No hay redención posible sin ese espacio inviolable donde el corazón humano puede volverse a su Creador sin miedo al escarnio o la delación.

El riesgo de manipular la fe desde el poder

La tensión no es nueva, pero se vuelve especialmente dolorosa cuando quienes impulsan estos proyectos se identifican como católicos. Es el caso del propio gobernador Ferguson, quien al ser consultado por MSNBC declaró estar “decepcionado porque mi Iglesia presenta una demanda federal para proteger a las personas que abusan de niños”.

Esa frase, de una gravedad inmensa, plantea una inversión perversa: presenta a la Iglesia no como defensora de los más débiles, sino como encubridora de criminales, omitiendo que el sigilo sacramental no protege al abusador, sino al sacramento. Ningún sacerdote está eximido de denunciar abusos de los que tenga conocimiento fuera de la confesión, y ningún penitente queda libre de sus responsabilidades civiles por el solo hecho de confesarse.

Lo que está en juego, entonces, no es una supuesta protección a criminales, sino la preservación del alma como santuario sagrado. En palabras del papa Francisco: “El confesor no es dueño, sino custodio del sacramento del perdón. No debe profanar el confesionario con imprudencias o violaciones de conciencia” (Discurso a los participantes en el Curso sobre el Foro Interno, 29 de marzo de 2019).

Un dilema trágico y una resistencia profética

Los obispos de Washington no se limitaron a declaraciones públicas: elevaron una demanda judicial alegando que la nueva ley viola la Primera Enmienda de la Constitución de EE.UU., que garantiza la libertad religiosa, y la Cláusula de Igual Protección de la Decimocuarta Enmienda. Según el texto de la demanda, esta legislación pone a los sacerdotes católicos “ante una disyuntiva imposible: violar dos mil años de enseñanza de la Iglesia e incurrir en excomunión automática, o negarse a cumplir la ley del Estado y enfrentar prisión, multa y responsabilidad civil”.

No es la primera vez que se intenta imponer este tipo de medidas. En Australia, Chile y varios países europeos ya se han presentado propuestas similares. Y en todos los casos, la respuesta eclesial ha sido la misma: el sigilo no se negocia. No por capricho o por encubrimiento, sino por obediencia al Evangelio y por respeto a la dignidad de las almas.

En tiempos en que se multiplican los escándalos de abusos eclesiales, y cuando aún hay mucho que sanar en el interior de la Iglesia, esta firmeza no es una defensa corporativa, sino un acto de fidelidad radical a Cristo. La verdadera solución no pasa por vulnerar los sacramentos, sino por reforzar los mecanismos de prevención, escucha y justicia dentro y fuera de la Iglesia, como bien lo indican las reformas impulsadas por los últimos pontífices.

Entre el César y Dios

La historia de los mártires está llena de hombres y mujeres que prefirieron la cárcel, el destierro o la muerte antes que traicionar la fe. Desde los primeros cristianos que se negaban a quemar incienso al emperador hasta los sacerdotes perseguidos por los totalitarismos del siglo XX, la fidelidad a Dios siempre ha tenido un precio. Hoy, en una sociedad posmoderna y democrática, ese precio vuelve a aparecer bajo la forma de una ley “civilizada”, pero profundamente injusta.

Recordemos las palabras del apóstol Pedro ante el Sanedrín: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Esta obediencia no es fanatismo, sino coherencia. No es rebeldía, sino amor a la verdad.

🌾 CONCLUSIÓN: ¿Traicionar a Dios para quedar bien con el mundo?

La propuesta del Estado de Washington es, en el fondo, un síntoma de algo más profundo: una sociedad que ha perdido el sentido de lo sagrado. Una cultura que ya no cree en el alma ni en la redención, y que solo confía en el control, la vigilancia y la sanción. Frente a eso, la Iglesia no puede callar. Está llamada a anunciar la esperanza, denunciar la injusticia y mantenerse fiel a Cristo hasta el final.

¿Vale la pena arriesgar la libertad por defender el sacramento? Para los mártires de ayer y de hoy, la respuesta es clara. Y esa claridad interpela también a cada uno de nosotros: ¿qué estamos dispuestos a perder por ser fieles a Dios?


Fuente original: Miguel Ángel Malavia para Vida Nueva Digital.

Enlace: https://www.vidanuevadigital.com/2025/06/08/los-obispos-de-washington-rechazan-una-ley-que-obligaria-a-romper-el-secreto-de-confesion-en-casos-de-abusos/