spot_img
25 C
Concepción del Uruguay
jueves, febrero 5, 2026
Inicio Blog Página 12

Educar con el corazón: el llamado urgente a una escuela que abrace, transforme y acompañe

Frente a los avances vertiginosos de la inteligencia artificial y la crisis antropológica que atraviesa a nuestras sociedades, la educación católica de América Latina se juega su alma. En Bogotá, cientos de educadores se reunieron para replantear el rumbo: no se trata de competir con las máquinas, sino de formar corazones capaces de amar, acompañar y sanar. ¿Está la escuela católica dispuesta a parecerse más a Jesús que a un sistema de selección?

En un contexto mundial donde la técnica parece haber reemplazado a la ética, y donde la educación corre el riesgo de transformarse en un engranaje más del sistema productivo, la Confederación Interamericana de Educación Católica (CIEC) encendió una luz. Durante el IX Encuentro Interamericano de Pastoral Educativa realizado en Bogotá, Colombia, cientos de educadores, religiosos y agentes de pastoral se congregaron para volver a soñar una escuela diferente: más humana, más compasiva, más profética.

El encuentro giró en torno al Pacto Educativo Global impulsado por el Papa Francisco, una propuesta que no es meramente académica ni técnica, sino profundamente espiritual y social. La pregunta que resonó en cada intervención fue clara: ¿qué tipo de humanidad estamos formando?

El desafío no es menor. En un tiempo marcado por la inteligencia artificial, la fragmentación cultural y la crisis de sentido, educar no puede ser simplemente transmitir contenidos. Como señala la Evangelii Gaudium, “el bien siempre tiende a comunicarse” (§9). Por eso, educar desde la fe implica sembrar semillas de comunión, compasión y trascendencia.


Escuelas que saben acompañar: la advertencia de la Hermana Monserrat

Una de las voces más contundentes fue la de la Hermana Monserrat del Pozo, reconocida pedagoga española apodada “Sor Innovación”. En su ponencia, titulada La escuela de diálogo: peregrinos de esperanza en la educación católica del siglo XXI, puso en el centro una verdad ineludible: la inteligencia artificial puede ayudar, pero jamás podrá amar.

“La IA no tiene la capacidad de ser humana, de llorar contigo ni alegrarse contigo. No ama. Y eso es lo que más debemos transmitir”, afirmó. El riesgo, advirtió, es reducir el acto educativo a algoritmos y eficiencia, olvidando que todo auténtico proceso educativo es relacional, comunitario y profundamente humano.

Desde una perspectiva profética, la hermana Monserrat llamó a las comunidades educativas a asumir una ética crítica frente al avance tecnológico, recordando que “no todo lo que es posible técnicamente, es bueno moralmente”. Una escuela sin ética, sin amor, sin acompañamiento, será siempre una escuela vacía, por más que sus plataformas estén actualizadas.

El Papa Francisco lo ha dicho con claridad: “Educar es siempre un acto de esperanza que invita a la coparticipación y a la transformación” (Mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo Global, 2019). La educación que no transforma es mera instrucción. Y una instrucción sin alma, solo reproduce estructuras de exclusión.


Más Jesús, menos filtros: el reclamo del hermano Jean Paul Valle

En sintonía con este llamado, el hermano Jean Paul Valle, educador del Sagrado Corazón en Barranquilla, Colombia, lanzó una interpelación directa: “Nuestra escuela debe parecerse más a Jesús que a un filtro de admisión”. Con esta frase, desenmascaró una de las grandes tentaciones de las instituciones católicas: funcionar como espacios elitistas, más preocupados por los resultados académicos que por la inclusión y la justicia.

“Más que un departamento de admisiones, parecemos un comité de control de calidad. Y eso no es ser escuela de Jesús”, denunció con firmeza. Jesús no seleccionaba a los “mejores”; acogía a los descartados, se detenía con los olvidados, daba protagonismo a los últimos. ¿Estamos dispuestos a que nuestras escuelas hagan lo mismo?

La Doctrina Social de la Iglesia ha sido clara al respecto: “La educación constituye una de las tareas fundamentales de las familias y de las instituciones sociales, especialmente de la Iglesia” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 238). Pero no cualquier educación: una que promueva el bien común, la equidad, el cuidado de la casa común, y sobre todo, la centralidad de la persona humana creada a imagen de Dios.


Una escuela que reza, piensa y transforma

El gran reto, coincidieron los expositores, no es competir con la tecnología, sino humanizar la educación. Recuperar el corazón de la escuela como espacio de encuentro, diálogo, espiritualidad y transformación. Educar no es preparar para el mercado, sino preparar para la vida y para la eternidad.

La CIEC, con más de ochenta años de historia, sigue liderando este proceso con una mirada amplia e integral. Sus 23 federaciones nacionales y 11 asociaciones aliadas apuestan por repensar el modelo educativo desde una clave evangélica y pastoral. No se trata solo de actualizar metodologías, sino de redescubrir el rostro de Cristo en cada alumno, familia y docente.

En palabras del Papa Francisco: “El futuro de la humanidad no está solamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos; en su capacidad de organizarse y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio” (Laudato Si’, 13). En este sentido, educar es sembrar esperanza en tierra árida.


Reflexión final: ¿a qué escuela pertenecemos?

Hoy más que nunca, educar desde la fe exige valentía. Exige discernimiento frente a la tecnología, compasión frente a la exclusión, y creatividad frente a la desesperanza. ¿Estamos formando personas o produciendo certificados? ¿Estamos evangelizando o apenas gestionando instituciones? ¿Estamos educando como Jesús o imitando al mundo?

La escuela católica no puede conformarse con seguir existiendo. Está llamada a resucitar, a transformarse en una casa de encuentro, sanación y profecía. Una escuela donde cada niño, cada joven, cada educador, pueda decir: “Aquí no me evaluaron solo por mis notas. Aquí me amaron”.

Porque como escribió San Juan Pablo II: “La educación católica es un acto de amor, no de control; un acto de fe, no de funcionalidad; una siembra de eternidad, no de rendimiento inmediato” (Mensaje a los educadores católicos, 1984).

La pregunta está abierta: ¿queremos ser escuelas que compiten o comunidades que acompañan? El Evangelio ya eligió su camino. El resto depende de nosotros.


📎 Nota original publicada en ADN CELAM:

“En Bogotá, la CIEC promueve el diálogo y el Pacto Educativo Global para educar con esperanza”

Una vida al servicio de la verdad: adiós al arzobispo José Luis Mollaghan, pastor de doctrina y esperanza

Monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo emérito de Rosario y figura clave de la Iglesia argentina contemporánea, falleció dejando una herencia silenciosa pero profunda de fidelidad doctrinal y servicio pastoral. Su trayectoria, lejos de los focos mediáticos, revela la huella de un obispo que vivió para custodiar la fe en tiempos de confusión y desafío.

La muerte de un pastor siempre es un umbral que invita a mirar la historia no sólo con gratitud, sino con conciencia. El fallecimiento de monseñor José Luis Mollaghan —ocurrido el 7 de junio de 2025— cierra un capítulo de la Iglesia argentina marcado por la defensa serena y firme del depósito de la fe. Y en tiempos de relativismo, esa fidelidad es profecía.

La Conferencia Episcopal Argentina lo despidió con palabras sobrias y sinceras, reconociendo su papel como secretario general durante seis años (1993-1999), su servicio como obispo auxiliar de Buenos Aires, obispo de San Miguel, arzobispo de Rosario y luego miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe en Roma. Pero más allá de los títulos, la estampa de Mollaghan es la de un hombre de Iglesia que abrazó la verdad sin estridencias y con una inquebrantable serenidad espiritual.

📖 Una biografía sellada por la fidelidad

José Luis Mollaghan nació en Buenos Aires en 1946 y fue ordenado sacerdote en 1971. A los pocos años fue enviado a Roma, donde obtuvo el doctorado en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana, una formación que sería la columna vertebral de su posterior tarea eclesial: ayudar a la Iglesia a discernir y custodiar la verdad en medio de una época cada vez más compleja.

Nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires por San Juan Pablo II en 1993, trabajó estrechamente con el entonces arzobispo Jorge Mario Bergoglio, acompañando el desarrollo de una Iglesia porteña en tiempos de fuerte convulsión social, con la crisis del neoliberalismo en el horizonte.

Más tarde, fue designado obispo de San Miguel, y en 2005, en un contexto social poscrisis y con la necesidad de reconstruir la confianza en las instituciones, fue elegido arzobispo de Rosario. Allí se mantuvo casi diez años. Finalmente, el papa Francisco —ya desde Roma— lo convocó en 2014 a colaborar con la Congregación para la Doctrina de la Fe, el dicasterio que vela por la integridad doctrinal de la Iglesia. Fue un gesto de confianza, pero también una misión silenciosa: ayudar a examinar casos sensibles en los que la ortodoxia y la justicia pastoral requerían discernimiento y firmeza.

⛪ Un perfil bajo con resonancia profunda

En un tiempo donde se celebra lo visible, Mollaghan fue un hombre de perfil bajo. Y sin embargo, su huella fue honda. Supo servir a la Iglesia con humildad, sin buscar protagonismos, pero dejando tras de sí una estela de coherencia, estudio y fidelidad al Magisterio. Nunca fue una figura mediática, pero su presencia sólida en momentos clave —como secretario de la CEA en los años 90 o como responsable pastoral de Rosario durante años difíciles— hablan de su capacidad para sostener sin claudicar.

Como recuerda el Concilio Vaticano II, “la función de enseñar, que compete a los obispos, es de gran importancia y responsabilidad” (Lumen Gentium, 25). Y esa responsabilidad, en Mollaghan, se expresó en una entrega que nunca fue ruidosa, pero sí constante.

El Papa Francisco, al designarlo en 2014 como colaborador de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no sólo reconocía su capacidad canónica y pastoral, sino también su integridad moral, en un momento donde la Iglesia enfrentaba críticas internas y externas por casos de abusos y desviaciones doctrinales. Su tarea, silenciosa pero vital, fue examinar y discernir, a la luz del Evangelio y del derecho, aquellos casos donde el alma de la Iglesia estaba en juego.

🕯️ La muerte de un pastor y la vida de la Iglesia

No son tiempos fáciles para ser testigos de la fe. El clima cultural actual, muchas veces hostil o indiferente, exige de los pastores una doble valentía: la de hablar con claridad y la de callar con prudencia. Mollaghan supo hacer ambas cosas, sosteniéndose en la roca firme de Cristo.

San Pablo exhorta a Timoteo con palabras que podrían describir su vida: “Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprende con toda paciencia y doctrina” (2 Tim 4,2). Esa paciencia doctrinal, tan necesaria en una Iglesia tentada por modas teológicas y superficialidades pastorales, fue una de las virtudes que más marcaron su ministerio.

Desde Roma, cumplió su última misión en una de las áreas más sensibles del Vaticano. Y aunque su retiro lo alejó del centro de la escena, no dejó de ser para muchos un referente y consejero. Incluso aquellos que lo conocieron poco, reconocen en él una figura íntegra y fiel, algo tan necesario como escaso hoy.

📜 Una herencia que interpela

En tiempos donde se exalta lo opinable por sobre lo verdadero, la figura de Mollaghan es un llamado. No fue perfecto, como ningún hombre lo es. Pero su vida fue un testimonio de obediencia eclesial, de amor a la verdad, de servicio discreto. En una época marcada por el clericalismo escandaloso y por pastores que han traicionado su misión, recordar a quienes sirvieron con pureza de intención no es un gesto menor: es una necesidad eclesial y espiritual.

Como enseñaba Benedicto XVI: “la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”, y esa atracción sólo puede venir de la santidad de vida, del testimonio sereno, de la coherencia entre lo que se predica y lo que se vive.

Frente a las tentaciones de la mundanidad, del acomodamiento doctrinal o del poder eclesial, la vida de Mollaghan recuerda que el verdadero poder en la Iglesia es el servicio (cf. Evangelii Gaudium, 104).

🙏 Bajo el amparo de María

La Conferencia Episcopal concluyó su comunicado encomendándolo a la Virgen de Luján. No es un detalle menor: María es, en la tradición católica, la figura perfecta del discipulado fiel. Y monseñor Mollaghan —con su vida sencilla y su fidelidad teológica— fue, en muchos sentidos, un discípulo mariano: creyó sin dudar, esperó sin ruido, sirvió sin pedir.

Hoy lo despedimos como Iglesia, y lo encomendamos al Señor de la Vida, sabiendo que “la memoria de los justos será bendita” (Prov 10,7). Su legado no está en grandes discursos, sino en la coherencia evangélica.


🌿 REFLEXIÓN FINAL

En un mundo cansado de discursos vacíos y de líderes que se diluyen en la opinión pública, la vida de monseñor José Luis Mollaghan nos recuerda que lo esencial no hace ruido, pero transforma. La Iglesia necesita de estos hombres: firmes en la doctrina, discretos en el servicio, fieles en la entrega.

¿Y nosotros? ¿Qué tipo de cristianos estamos formando? ¿Qué clase de pastores estamos buscando? Que la vida y la muerte de este obispo argentino nos interpele y nos anime. Porque el Evangelio no pasa de moda, y la verdad —aunque silenciosa— nunca muere.


🔹 Fuente: AICA / ADN Celam

Un encuentro que interpela: León XIV y Javier Milei frente al clamor de los pueblos

En el corazón del Vaticano, el Papa León XIV recibió al presidente Javier Milei en una audiencia privada que trasciende lo protocolar. El gesto, cargado de simbolismo, expone el contraste entre la lógica del Evangelio y las tensiones de un mundo herido por la desigualdad, el conflicto y la indiferencia global. ¿Qué esperanza puede surgir cuando se enfrentan el poder político y la voz profética de la Iglesia?

Una audiencia esperada, un signo de los tiempos

Este sábado, en el Palacio Apostólico del Vaticano, tuvo lugar un encuentro que podría parecer rutinario en el lenguaje diplomático, pero que, leído a la luz del Evangelio, adquiere resonancias mucho más profundas. Durante 45 minutos, el papa León XIV –nuevo Sucesor de Pedro y pastor universal de la Iglesia– recibió al presidente argentino Javier Milei, figura polarizadora y promotor de un paradigma económico radical que ha generado no pocos debates entre fieles, obispos y ciudadanos comunes.

El comunicado oficial del Vaticano fue medido, como corresponde al estilo curial, pero no por ello carente de profundidad. En él se destacó el compromiso mutuo por la paz, la preocupación por las tendencias socioeconómicas, la lucha contra la pobreza y el desafío de la cohesión social. Palabras que, leídas desde América Latina, tienen el peso de una realidad sangrante: el hambre que crece, la exclusión que avanza, los conflictos que desgarran pueblos enteros mientras la economía mundial parece rendir culto a un nuevo becerro de oro: el mercado desregulado.

El Evangelio frente al mercado: dos lógicas en tensión

Que el presidente Milei haya obsequiado al Papa dos libros del economista anarcocapitalista Jesús Huerta de Soto no es un dato menor. Expone, sin ambages, la matriz ideológica del mandatario: un rechazo visceral al Estado, la exaltación del individuo como única medida de valor, y una fe casi religiosa en las fuerzas del libre mercado. Frente a ello, la Doctrina Social de la Iglesia levanta otra voz:

“La economía debe estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 331).

La visión cristiana del desarrollo nunca puede desligarse de la justicia social, la opción preferencial por los pobres y el destino universal de los bienes. En ese sentido, el Papa –aunque diplomático en sus palabras– representa una frontera clara contra toda forma de idolatría económica. Como escribió Francisco en Evangelii Gaudium:

“Esa economía mata. Es increíble que no se escuche el clamor de tantos, como si todo fuese normal” (EG, 53).

¿Qué significa, hoy, reforzar las relaciones bilaterales?

En la audiencia también se mencionó el “aprecio por las sólidas relaciones bilaterales” entre Argentina y la Santa Sede. Una afirmación que plantea preguntas incómodas: ¿puede haber una relación auténticamente sólida cuando se desmontan políticas sociales, se promueve la privatización sin límites y se desoye el sufrimiento de millones? ¿Qué significa para un católico argentino que su presidente se abrace con el Vicario de Cristo, mientras en su país se cierran comedores y se reprimen protestas sociales?

La Iglesia no puede limitarse a ser un actor diplomático. Su misión es profética. Como enseñaba san Óscar Romero:

“Una Iglesia que no sufre persecución, sino que está cómoda con el poder, es una Iglesia sospechosa”.

Y si bien el encuentro puede interpretarse como un gesto de apertura, diálogo y deseo de paz, también invita a que cada creyente examine qué tipo de política construimos y defendemos.

Ciudad del Vaticano, 07.06.25. El presidente Javier Milei fue recibido en audiencia por Papa León IV Foto: Vatican Media (transm. V.Sokolowicz)

El viaje del Papa a la Argentina: ¿un regreso esperado?

Uno de los anuncios más resonantes tras la audiencia fue la confirmación, por parte del vocero presidencial, de que el Papa visitará la Argentina. Aún sin fecha ni detalles, la noticia despierta esperanza y expectativa. No solo por la relevancia simbólica de que el primer Papa argentino regrese a su patria tras más de una década de pontificado, sino por la posibilidad de que esa visita reactive el alma dormida del país.

En un tiempo de grietas profundas, polarización extrema y pérdida de sentido colectivo, la presencia de León XIV puede ser una brisa del Espíritu. No vendrá a bendecir gobiernos ni a consagrar ideologías. Vendrá, como siempre, a ponerse del lado del pueblo, especialmente de los descartados, como lo ha hecho Cristo en toda la historia.

Una entrega, dos símbolos

El intercambio de regalos entre Milei y el Papa también fue revelador. Mientras el presidente obsequió un poncho de vicuña en alusión a una visita anterior del entonces arzobispo Bergoglio a Catamarca, León XIV respondió con un mosaico con la imagen de la Basílica de San Pedro. Una prenda artesanal y una imagen eclesial. Dos mundos, dos lenguajes. En el centro, el silencio elocuente de un gesto que interpela: ¿qué valores abrazamos como pueblo? ¿Qué tipo de humanidad queremos construir?

La esperanza no defrauda (Rm 5,5)

En medio de la desolación social que atraviesa gran parte de la Argentina –con jubilados empobrecidos, niños sin acceso pleno a la alimentación y trabajadores arrojados al descarte– la visita del Papa puede ser un kairós, un tiempo favorable para la conversión social. No es magia. No es populismo. Es Evangelio.

Porque como nos recuerda Laudato Si’:

“No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental” (LS, 139).

Y como tal, sólo podrá enfrentarse desde una nueva conciencia, donde el cuidado del otro, la fraternidad universal y la justicia sean el centro de toda política.


🔚 REFLEXIÓN FINAL:

Que este encuentro no sea sólo una foto para los archivos del poder ni una oportunidad perdida para la esperanza. Que la presencia del Papa toque los corazones endurecidos por la lógica del descarte. Que la Argentina, tierra de promesas rotas y sueños resucitados, reciba con fe el anuncio de una visita que puede ser semilla de unidad, de justicia y de Evangelio hecho carne.

En tiempos en que tantos buscan salvadores de mercado o caudillos providenciales, recordemos que solo hay un nombre que salva: Jesucristo. Y su Iglesia no está para complacer a los poderosos, sino para lavar los pies a los más pequeños.


📝 Fuente original: AICA.org.ar – “León XIV recibió a Javier Milei y dialogaron sobre la crisis global”.

“Tiburones contra el Pastor: la fidelidad al Papa León XIV como signo de los tiempos”

Mientras el Papa León XIV reafirma con firmeza las verdades de la fe y la misión de la Iglesia, emergen críticas solapadas y ataques sutiles, incluso desde dentro. En este clima eclesial de tensión y esperanza, el llamado del P. Santiago Martín resuena como una alarma profética: es hora de rezar, sostener y defender al Sucesor de Pedro.

En los tiempos de Jesús, no fueron los paganos quienes tramaron su muerte, sino los poderosos de su propio pueblo. Hoy, dos milenios después, la historia parece repetirse. No con la crudeza de la cruz, pero sí con la astucia de la crítica sibilina, del descrédito velado, de la oposición disimulada. En el centro de esta nueva tormenta se encuentra el Papa León XIV, un pontífice que ha comenzado su ministerio con gestos firmes y palabras claras, reafirmando la doctrina católica y recordando, sin titubeos, el corazón del Evangelio.

En su reciente intervención en el programa “Actualidad Eclesial” de Magnificat TV, el P. Santiago Martín, fundador de los Franciscanos de María, no dudó en usar una metáfora tan gráfica como inquietante: “Los tiburones atacan al Papa”. Y aunque aclaró que, por ahora, “son tiburones pequeñitos, de segunda”, también advirtió que estos ataques parecen enviados por otros con dientes más afilados, como una señal de advertencia al Sucesor de Pedro: “Si seguís así, vendrá algo peor”.

León XIV ha dejado claro desde los primeros compases de su pontificado que no pretende ser una figura decorativa ni un gestor de consensos vacíos. Con la autoridad de quien habla en nombre de Cristo, ha abordado temas cruciales para la vida de la Iglesia: la centralidad del Magisterio, el valor no negociable de la Palabra de Dios, el sentido sacramental del orden sagrado, la doctrina sobre el matrimonio cristiano, el lugar esencial de los carismas y la co-esencialidad entre jerarquía y carismas en la constitución divina de la Iglesia. Nada de eso es menor.

El escándalo de la verdad: el matrimonio no es una utopía

Uno de los momentos más significativos de este nuevo impulso doctrinal ha sido el reciente Jubileo de Laicos y Familia. Allí, León XIV reafirmó sin ambigüedades que el matrimonio no es “un ideal a alcanzar”, sino una vocación real, concreta, vivible, sostenida por la gracia. Incluso citó la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI —un documento que en su tiempo fue resistido por muchos dentro del mismo episcopado—, rescatando la belleza y verdad del amor conyugal abierto a la vida.

El P. Martín recordó con ironía y crudeza una expresión del fallecido Cardenal Carlo Caffarra: ¿Qué sentiría una esposa si su marido le dijera que la fidelidad es una meta que espera alcanzar, mientras tanto acepta sus infidelidades? Lo que en el ámbito matrimonial suena absurdo, se vuelve escandalosamente aceptable cuando se aplica a la doctrina, como si esta pudiera adaptarse al vaivén de las emociones humanas. Pero el Papa no transige: el Evangelio no se negocia.

Una Iglesia fundada sobre la Roca, no sobre consensos frágiles

La crítica no apunta solo al contenido de sus declaraciones, sino a su estilo. León XIV habla con autoridad, no como los escribas. Y eso molesta. En un mundo eclesial donde muchos prefieren el consenso diplomático al coraje profético, el nuevo Papa incomoda. Pero como bien enseña el Concilio Vaticano II, “la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, 1), no una ONG de acuerdos blandos.

El Papa ha recordado también que los carismas no son adornos opcionales, sino parte viva de la estructura eclesial; que el sacramento del orden no es una función organizativa, sino una mediación objetiva de la gracia; que el obispo no está para opinar, sino para enseñar, santificar y gobernar; que la unidad y la misión son prioridades ineludibles. Todo esto no es nuevo, pero sí olvidado por muchos. Y su sola mención se vuelve motivo de sospecha, como si defender la fe fuese un gesto radical.

¿Por qué atacan al Papa?

Las Escrituras son claras: “Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos” (2 Tim 3,12). Lo mismo vale para la Iglesia y para quien la conduce. En realidad, los ataques contra León XIV no son contra él como persona, sino contra el Cristo que representa. Como enseña el Papa emérito Benedicto XVI en Porta Fidei, “la fe crece cuando se vive como experiencia de un amor recibido y cuando se comunica como experiencia de gracia y alegría” (§7). Pero quien predica ese amor con verdad, sin edulcorarlo, inevitablemente será combatido.

Y no es menor que estos cuestionamientos provengan de “tiburones internos”, como los describe el P. Martín. No hay que buscar enemigos solo fuera. El veneno del relativismo, del funcionalismo y de la autocomplacencia también ha penetrado estructuras eclesiales. Por eso León XIV no sólo denuncia, sino que convoca a la conversión.

La hora de la fidelidad: oración, apoyo y comunión

En este contexto, el llamado del P. Santiago Martín no es una consigna más, sino una interpelación urgente: “nuestra fidelidad, nuestro apoyo, nuestra oración” en favor del Papa. En tiempos donde la confusión crece, la fidelidad al Sucesor de Pedro no es fanatismo, sino acto de fe. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, “el Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad tanto de los obispos como de la multitud de los fieles” (§882).

Esto no implica una adhesión ciega, sino una comunión viva y consciente. El Papa no es un político a quien se vota o se impugna, sino un pastor que representa a Cristo. Atacarlo, desacreditarlo o relativizar su autoridad es herir a la misma Iglesia, abrir brechas que pueden convertirse en abismos.

Reflexión final: defender la Roca en medio de la tormenta

Estamos en tiempos donde la barca de Pedro cruza aguas agitadas. Algunos quisieran convertirla en un crucero cómodo, otros en un barco a la deriva. Pero sigue siendo la misma barca del Evangelio, aquella que Cristo no abandona, aunque duerma en la popa. En medio de los ataques, de los rumores, de las intrigas disfrazadas de prudencia, es hora de tomar postura: o se está con el Pastor, o se alimentan los tiburones.

Que nuestra oración, nuestra palabra y nuestras acciones acompañen al Papa. Que defendamos con claridad la verdad del Evangelio. Que no temamos ser ridiculizados por ser fieles. Porque si el mundo odia la luz, es porque aún la luz brilla. Y esa luz, hoy, pasa por la cruz que lleva sobre sus hombros León XIV.

“Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32).
Que Pedro no tiemble, porque no está solo.


📎 Fuente original de la noticia: Gaudium Press, 07/06/2025
https://es.gaudiumpress.org/content/nuestra-fidelidad-nuestro-apoyo-nuestra-oracion-en-favor-de-leon-xiv/

León XIV: El Papa que se asoma al mundo con las manos desarmadas

0

Un mes después de su elección, el nuevo Pontífice marca con fuerza el rumbo de una Iglesia reconciliadora, desarmada, misionera y profundamente humana. León XIV no llega a gestionar el poder, sino a testimoniar el Evangelio en una humanidad herida y fragmentada. Su voz es un clamor de paz que interpela a creyentes y no creyentes.

Por Néstor Ojeda

El 8 de mayo de 2025, cuando el mundo entero miraba expectante hacia la chimenea de la Capilla Sixtina, pocos imaginaban la profundidad profética del mensaje que estaba por emerger. A las 18:07, la fumata blanca confirmó que la Iglesia tenía nuevo Papa. A las 19:23, se asomaba a la Logia Central un hombre de mirada firme y palabras humildes: Robert Francis Prevost, agustino, latinoamericano por adopción, tomó el nombre de León XIV. Lo hizo invocando la paz del Cristo Resucitado, “desarmada y desarmante, humilde y perseverante”.

A treinta días de aquel instante histórico, lo que parecía una elección tranquila comienza a revelarse como un giro espiritual de gran calado. León XIV no está inaugurando un pontificado burocrático, sino una travesía evangélica para la humanidad. Su mensaje no es ideológico ni diplomático: es evangélico. Denuncia la guerra, proclama la reconciliación y pone en el centro al ser humano herido.

“¡Nunca más la guerra!”: un grito que no negocia

Desde su primer Regina Caeli, el nuevo Papa alzó la voz con claridad meridiana: “¡Nunca más la guerra!”. No como consigna vacía, sino como exigencia ética y espiritual. El 11 de mayo, en una Plaza de San Pedro conmovida, pidió a los poderosos del mundo que trabajen por una paz “justa y duradera” en Ucrania, Gaza y todos los territorios desgarrados por la violencia.

Este clamor no es ingenuo. Es profundamente cristiano. León XIV entiende que la paz no es mera ausencia de conflicto, sino fruto de la justicia y del perdón. Como señala la Gaudium et Spes, “la paz nunca es un estado logrado de una vez por todas, sino una tarea que requiere constante vigilancia” (GS 78). Por eso, su insistencia es profética: la paz no se decreta, se construye. Y comienza por desarmar el lenguaje.

Desarmar las palabras para desarmar el mundo

“Desarmemos las palabras para desarmar la Tierra”, proclamó León XIV ante los medios de comunicación. En tiempos donde la violencia verbal precede a la violencia física, el Papa llama a frenar la “guerra de las palabras y de las imágenes” y a recuperar una comunicación que escuche, que no humille, que no mate.

Esta advertencia resuena como una advertencia evangélica frente a una cultura saturada de gritos, ironías, insultos y manipulaciones. Como recuerda el Papa Francisco en Fratelli tutti, “la agresividad social encuentra en los dispositivos móviles y en las redes un espacio de amplificación sin freno” (FT 44). León XIV llama a una comunicación cristiana que sea levadura de diálogo, no catalizador del odio.

Una Iglesia fermento de unidad y faro en la noche del mundo

El lema pontificio de León XIV, tomado de San Agustín –“In Illo unum” (“En Él somos uno”)– no es retórica vacía. Es un programa eclesial. Una Iglesia que no busca uniformidad, sino comunión en Cristo, capaz de anunciar esperanza en una humanidad rota.

En un mundo fragmentado, la unidad de los cristianos no es una cuestión opcional. Es un signo profético. “Que todos sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17,21). León XIV retoma esta súplica de Jesús y la traduce en acción: tender puentes con otras confesiones, abrirse al diálogo interreligioso, erradicar prejuicios ideológicos, sanar divisiones internas.

“La Iglesia debe ser fermento de concordia y arca de salvación”, dijo en la Misa de inicio de su ministerio petrino. No es tiempo de cristianismos cerrados ni elitistas. Es tiempo de una Iglesia que se deje inquietar por la historia y abrace con ternura los dolores del mundo.

La no violencia como estilo de vida

Más allá de lo geopolítico, León XIV propone algo más radical: la no violencia como método y como estilo. No se trata solo de condenar las guerras ajenas, sino de examinar nuestras propias actitudes cotidianas. ¿Cómo tratamos al que piensa distinto? ¿Cómo resolvemos los conflictos en nuestras familias, comunidades, redes sociales?

La Evangelii Gaudium ya advertía que “la unidad prevalece sobre el conflicto” (EG 226). Ahora, León XIV retoma y profundiza esa lógica: sólo desde una cultura de la no violencia es posible reconstruir el tejido social y eclesial roto por años de polarización y exclusión.

Familia y compasión: dos pilares de una civilización reconciliada

El nuevo Papa no olvida el rostro concreto de la paz: las familias. Las llama “signo de futuro”, “Iglesias domésticas” donde se aprende a vivir el amor y el perdón. En un mundo donde las relaciones se fragmentan y banalizan, León XIV propone volver a la alianza esponsal como escuela de comunión.

Y junto a ello, recupera el valor olvidado de la compasión. “Antes que una cuestión religiosa, la compasión es una cuestión de humanidad”, repite. No es posible amar a Dios sin tocar las llagas del hermano. No hay cristianismo sin cercanía. No hay paz sin ensuciarse las manos por el otro.

“La compasión se aprende del corazón de Jesús”, dijo conmovido. Y añadió una frase que debería quedar grabada en piedra: “El otro no es un paquete para entregar, sino alguien por quien cuidarse”.

Una Iglesia que no administra, sino que testimonia

En solo treinta días, León XIV ha dejado claro que no quiere gobernar la Iglesia como un CEO global, sino testimoniar el Evangelio como discípulo servidor. Su estilo recuerda que el cristianismo no se impone: se propone. No se defiende: se encarna.

Este primer mes de pontificado no es un tiempo de protocolos, sino de señales. Y la señal es clara: la Iglesia que viene será más evangélica o no será. Será más pobre, más humana, más dialogante, más libre. Una Iglesia sin miedo a decir la verdad, pero también sin miedo a pedir perdón. Una Iglesia menos poderosa, pero más luminosa.

✨ Reflexión final: ¿qué Iglesia somos nosotros?

Las palabras de León XIV no son solo para obispos y diplomáticos. Son para vos, para mí, para todos los que creemos en Cristo. Nos sacuden. Nos despiertan. Nos interpelan: ¿Estamos siendo constructores de paz o cómplices de la división? ¿Nuestra fe se traduce en compasión o en juicio? ¿Nuestra Iglesia local es faro o es muralla?

Hoy el mundo no necesita una Iglesia perfecta, sino una Iglesia compasiva. No necesita líderes carismáticos, sino testigos fieles. No necesita más discursos, sino más ternura. El Papa ha hablado. Ahora es nuestro turno. La historia espera nuestra respuesta.


Fuente original: “León XIV, un mes de pontificado en nombre de la paz” – Vatican News
https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-06/leon-xiv-un-mes-de-pontificado-en-nombre-de-la-paz.html

León de Perú”: el pastor que bajó a las aguas del pueblo

El próximo estreno del documental León de Perú revela no solo la historia del nuevo Papa León XIV, sino el alma de un hombre que se dejó moldear por los dolores y esperanzas de un pueblo herido. Desde los suburbios de Trujillo hasta las parroquias de Chulucanas, el testimonio de su vida interpela a una Iglesia que muchas veces se aleja del barro donde clama el Evangelio.


Hay pastores que hablan desde los balcones y otros que caminan bajo la lluvia con el rebaño. El nuevo Papa León XIV, nacido Robert Francis Prevost, pertenece sin dudas al segundo grupo. Su historia, tejida con humildad, presencia y valentía, es la que recorre el nuevo documental León de Perú, producido por los medios de comunicación del Vaticano. Pero más allá de las imágenes, lo que emerge es un rostro pastoral que encarna con radicalidad el llamado de Francisco a ser “una Iglesia en salida”, que no teme mancharse en la calle.

De misionero agustino a obispo del pueblo

Durante años, el entonces padre Robert Prevost sirvió como misionero agustino en Perú. Desde las ciudades grandes como Lima o Trujillo hasta los pueblos escondidos de Chulucanas o las barriadas olvidadas del Callao, su presencia se multiplicó en comunidades pequeñas, colegios, casas religiosas, parroquias humildes, entre jóvenes, enfermos y excluidos. Fue más que un guía espiritual: fue hermano, formador, amigo, sostén.

Su vocación pastoral —al estilo de Jesús que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38)— se expresó de modo singular en su cercanía con los jóvenes. En tiempos donde la juventud es vista como un problema, Prevost supo leerla como una promesa. Los escuchó, los desafió, los acompañó, creyó en ellos. Como decía el Papa Benedicto XVI: “el mundo ofrece comodidad, pero ustedes no fueron hechos para la comodidad, sino para la grandeza”.

La caridad que se moja

El documental recoge escenas y testimonios que muestran al actual Papa en su etapa como obispo de Chiclayo, enfrentando las inundaciones causadas por el fenómeno de El Niño. No desde una oficina, sino bajando a las calles inundadas, llevando consuelo, ayuda, presencia. Rocío, una de las sobrevivientes, lo recuerda empapado, jugándose entero, sin miedo, como quien ha hecho de su vida una oblación.

Durante la pandemia de Covid-19, siendo administrador apostólico, su respuesta fue la misma: audaz y compasiva. Desde comedores en Trujillo hasta distribución de medicinas y alimentos en Pachacútec —uno de los distritos más golpeados del Callao—, Prevost no delegó el dolor. Lo abrazó. Lo cargó. Lo miró a los ojos. Y esa es quizás la mayor diferencia entre un burócrata eclesiástico y un pastor: la cercanía encarnada, concreta, sin pretextos.

La fe que denuncia y construye

Berta, cocinera de uno de los comedores populares, recuerda a “el padre Roberto” como alguien que no solo alimentaba estómagos sino también dignidad. Y esa palabra —dignidad— es la que resuena detrás de cada gesto suyo. Porque no se trata de hacer beneficencia sino de luchar contra la injusticia estructural.

En esa línea, una de las decisiones más significativas del futuro Papa fue crear una comisión contra la trata de personas. Inspirado por el testimonio de Sylvia, una mujer rescatada del mundo de la prostitución gracias a la intervención de religiosas, Prevost entendió que el Evangelio no puede callar frente al pecado social. “La Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”, había advertido Juan Pablo II en Centesimus Annus (§ 43). León XIV no se quedó.

También impacta el relato de Janinna Sesa, exdirectora de Cáritas Chiclayo, quien describe cómo bajo su guía se organizó una campaña para garantizar oxígeno a los enfermos durante la emergencia sanitaria. En un país donde la corrupción y la desidia estatal provocaban muertes evitables, esa acción fue un acto de fe concreta. Como dice el Papa Francisco en Fratelli tutti (§ 115): “La caridad necesita la luz de la verdad que continuamente buscamos”.

Una espiritualidad de ojos abiertos

En cada historia —la de Héctor y su hija Mildred, la de las religiosas, la de los jóvenes, los vecinos, los enfermos— aparece un rasgo constante: el de un pastor que mira, se detiene, se involucra. En palabras del Papa León XIV, citadas en su reciente homilía inaugural: “No podemos caminar como ciegos en un mundo herido. Cristo nos llama a ver, tocar, sanar”.

El documental recoge también el impacto del momento del Habemus Papam el pasado 8 de mayo. En cada rostro peruano entrevistado hay lágrimas de alegría, incredulidad, orgullo humilde. Porque saben que ese Papa es uno de los suyos. Que no viene del mármol, sino del barro.

¿Qué nos dice este “León de Perú”?

La elección de un Papa nunca es un hecho menor. Tiene dimensión eclesial, pero también profética. La historia reciente nos lo ha demostrado: Juan XXIII y el Concilio, Juan Pablo II y la caída del comunismo, Francisco y el giro pastoral hacia la misericordia. ¿Qué representa León XIV? Tal vez la encarnación de una Iglesia que vuelve a las periferias, que escucha a los invisibles, que no le teme a la tormenta.

La producción audiovisual —realizada por Salvatore Cernuzio, Felipe Herrera-Espaliat y Jaime Vizcaíno Haro— no es solo un registro biográfico. Es una catequesis viva. Un espejo en el que obispos, religiosos, laicos y comunidades enteras están llamadas a mirarse. ¿Estamos al nivel de este ejemplo? ¿Nos arriesgamos por el otro como él? ¿Salimos al encuentro de los descartados, como nos urge el Evangelio?

Reflexión final: Pastores según el corazón de Dios

El profeta Jeremías ya lo denunciaba: “¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de mi rebaño!” (Jr 23,1). Pero también anunciaba que vendrían otros, conforme al corazón de Dios. León XIV, el “León de Perú”, es uno de ellos. Y no porque ahora lleve el anillo del pescador, sino porque antes llevó sobre sus hombros las heridas de su pueblo.

Su historia no es la de un príncipe de la Iglesia, sino la de un servidor. Su voz no impone, interpela. Su figura no se eleva, desciende. Su pontificado recién comienza, pero ya tiene una huella: la de una Iglesia pobre para los pobres, compasiva pero valiente, humilde pero profética.

Ojalá este documental no sea solo visto, sino vivido. Porque el mundo no necesita más discursos, sino testigos. Y León XIV lo es.


Fuente: Vatican News, “Próximo estreno de documental León de Perú” – Disponible en: https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-06/proximo-estreno-de-documental-leon-de-peru.html


Movimientos eclesiales en acción: Schoenstatt y el Jubileo que renueva la esperanza de la Iglesia en Roma

En un tiempo marcado por la incertidumbre y la secularización creciente, el Movimiento Apostólico de Schoenstatt peregrina a Roma para celebrar un Jubileo que ilumina la vitalidad de los carismas en la Iglesia. Más que una reunión, es un llamado profético a vivir el Espíritu de Pentecostés, un compromiso de amor renovado a la Iglesia y un anuncio de esperanza para un mundo sediento de santidad y transformación.


En el corazón de Roma, cuna y centro de la fe católica, miles de miembros de movimientos, asociaciones y nuevas comunidades eclesiales se congregan en un acto solemne de comunión y renovación: el Jubileo de los Movimientos. Entre ellos, con un número aproximado de 800 peregrinos, destaca el Movimiento Apostólico de Schoenstatt, cuya historia, carisma y testimonio aportan un signo elocuente para la Iglesia de nuestro tiempo.

Este encuentro, celebrado los días 7 y 8 de junio de 2025, no es una mera ceremonia protocolar, sino una manifestación viva de la Iglesia en salida, convocada por el Papa León XIV para revitalizar la acción del Espíritu Santo en medio de las crisis sociales, culturales y espirituales que afrontamos.

Pentecostés: el viento que impulsa a los movimientos

Que este jubileo se celebre justo antes de Pentecostés no es una casualidad, sino un símbolo poderoso. El Espíritu Santo, que bajó sobre los Apóstoles como lenguas de fuego para encender la misión evangelizadora, sigue soplando en la Iglesia. La Palabra de Dios lo recuerda:

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Jn 16,13).

En un mundo donde la razón seculariza, relativiza y dispersa, los movimientos carismáticos son instrumentos del Espíritu para renovar la comunión, la santidad y la misión. Agathe Hug, peregrina alemana, resume esta certeza: “El Espíritu Santo puede y quiere actuar a través de los movimientos espirituales… nos da esperanza para el futuro y valor para seguir caminando en nuestro mundo secular”.

Este impulso pentecostal es una llamada a no resignarse a la indiferencia, a despertar la pasión por el Evangelio y a encarnar en la vida cotidiana la santidad “que no es una heroicidad excepcional, sino la fidelidad en lo pequeño” (Papa Francisco, Gaudete et Exsultate 19).

Schoenstatt: un carisma para la Iglesia en misión

Fundado en 1914 por el Padre José Kentenich en Alemania, Schoenstatt es un movimiento laical que busca la renovación espiritual de la Iglesia y la sociedad a través del amor a María, la vivencia del pacto de alianza y la formación integral de sus miembros. Su lema, dilexit ecclesiam (“amó a la Iglesia”), es el motor que impulsa a sus peregrinos a entregarse sin reservas al servicio del Pueblo de Dios.

El P. Alexandre Awi Mello, presidente de la Presidencia Internacional de Schoenstatt, subraya que esta presencia en Roma es “una forma de renovar nuestro compromiso con la Iglesia, siguiendo el espíritu del fundador”. En tiempos donde la secularización amenaza la fe y la unidad, Schoenstatt reafirma su vocación profética: ser signo y sacramento del amor de Dios en el mundo contemporáneo.

En este sentido, la Presidencia Internacional, integrada por superiores y dirigentes de los diferentes institutos y federaciones, representa no solo una estructura organizativa, sino un testimonio vivo del compromiso comunional y misionero que caracteriza al movimiento.

La peregrinación: un camino hacia la comunión y la misión

El día 7 de junio, los schoenstattinos realizaron una caminata simbólica desde la iglesia parroquial de San Francisco y Santa Catalina hasta la Basílica de San Pedro, donde participaron en la vigilia de Pentecostés con otros movimientos y el Papa León XIV. Este recorrido de 2,5 km fue más que un desplazamiento físico; fue un itinerario espiritual, una expresión de la Iglesia peregrina que avanza unida hacia la fuerza del Espíritu.

El P. Arkadiusz Sosna, de la Coordinación Internacional, expresa la profunda necesidad de sentirse parte de “una gran familia carismática” y de encontrarse con el Santo Padre, figura visible de unidad y pastor del rebaño universal. Esta comunión eclesial fortalece la misión común de testimoniar en medio de una cultura que muchas veces desconoce o desprecia el Evangelio.

La importancia del encuentro con el Papa León XIV reside también en su énfasis en la sinodalidad y el protagonismo de los laicos y movimientos para renovar la Iglesia y abrir caminos para anunciar la esperanza a los más alejados.

La coronación de María: Reina Madre y modelo de santidad

Otro momento cumbre de este Jubileo fue la coronación de la Virgen María como “Reina Madre de la Iglesia” en el Santuario Matri Ecclesiae de Belmonte, Roma. Este santuario, centro internacional de peregrinación de Schoenstatt, se erige como un espacio donde la maternidad espiritual de María guía y protege a la Iglesia en su misión.

El arzobispo Ignazio Sanna, rector del santuario, afirma que esta coronación es “llevar a Schoenstatt al corazón de la Iglesia y a la Iglesia al corazón de Schoenstatt”. Esto significa un compromiso recíproco: Schoenstatt, con su espiritualidad y pedagogía, ofrece a la Iglesia modelos concretos de santidad cotidiana y radicalidad evangélica.

El Magisterio de la Iglesia insiste en que María es “modelo sublime de santidad y de entrega total a la voluntad de Dios” (San Juan Pablo II, Redemptoris Mater 1). Coronarla Reina Madre es afirmar que bajo su manto se renueva la vida de la Iglesia y se fortalece la vocación de cada cristiano a la santidad.

Un llamado profético a la esperanza y al compromiso

En el contexto actual, donde se multiplican las crisis sociales, culturales y eclesiales, la presencia de los movimientos carismáticos y su protagonismo en el Jubileo es una señal profética. Como dice Agathe Hug, el Papa León XIV es un “mediador de los dones del Espíritu” y un aliado para la renovación que viene de Pentecostés.

El Papa Francisco, en su exhortación Evangelii Gaudium (2013), recordaba que la Iglesia debe ser “un hospital de campaña” que acoge, sana y envía a todos a la misión. Los movimientos eclesiales, con su vitalidad y carisma, se vuelven esenciales para que esa misión sea fecunda, especialmente en una cultura secularizada que parece rechazar a Dios.

Así, este Jubileo no solo celebra una historia, sino que impulsa un compromiso para el presente y el futuro: renovar el amor a la Iglesia, vivir la santidad en lo cotidiano, y ser fermento evangélico en una sociedad necesitada de luz y esperanza.


Reflexión final:
¿Cuál es el lugar que ocupamos nosotros, como cristianos, en este tiempo de gracia y desafío? ¿Somos capaces de dejarnos renovar por el Espíritu y ser testigos valientes en medio de un mundo que a menudo ignora la verdad y la belleza del Evangelio? El Jubileo de los Movimientos no es solo una fecha en el calendario, sino un llamado a vivir con pasión el mandato de Jesús: «Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). No hay tiempo para la tibieza. La santidad, como nos enseña el Papa Francisco, se construye en la fidelidad a Dios en las pequeñas cosas, en la comunión con la Iglesia y en la entrega al servicio de los hermanos.

Que esta celebración nos inspire a ser, con María, coraje y ternura para un mundo que clama por esperanza y verdad.


Fuente original: Vatican News, Karen Bueno, Jubileo. Schoenstatt organiza una peregrinación internacional a Roma.

Antes que creyentes, ser humanos: la revolución silenciosa del Buen Samaritano

En tiempos de indiferencia y crispación, el Papa León XIV nos recuerda que el Evangelio comienza en la compasión. Su catequesis sobre el Buen Samaritano resuena como un grito profético frente a la tentación del ritualismo vacío y el dogmatismo frío. A la luz de Ratzinger y del clamor de los pobres, la Iglesia se enfrenta al desafío más urgente: volver a ser humana.

“Antes que creyentes, estamos llamados a ser humanos.”
Con estas palabras sencillas pero de una profundidad estremecedora, el Papa León XIV interpeló al mundo durante la catequesis del 28 de mayo. En un contexto de guerras olvidadas, migraciones masivas, soledades multiplicadas y corazones endurecidos, esta frase, pronunciada en voz serena, resuena como un aldabonazo evangélico. No se trata de una consigna moralista ni de un relativismo diluido: es, en realidad, el corazón mismo del cristianismo.

El Pontífice meditaba sobre la parábola del Buen Samaritano, y advertía que la compasión no es una consecuencia automática del culto religioso. El hecho de orar, asistir al templo o ser “oficialmente” creyente no garantiza que uno se detenga ante el herido del camino. En el relato de Jesús (cf. Lc 10,25-37), son justamente los dos hombres religiosos —el sacerdote y el levita— quienes, aunque revestidos de la dignidad cultual del templo, pasan de largo. Solo el samaritano, considerado hereje e impuro por los judíos, se conmueve, se detiene, se inclina, se ensucia las manos.

“Antes de ser una cuestión religiosa, la compasión es una cuestión de humanidad”, explicó el Papa. Y esta afirmación es revolucionaria en su hondura. Porque no rebaja el cristianismo, sino que lo purifica. Nos recuerda que lo esencial de la fe no es un conjunto de normas, sino un corazón que se deja herir por el sufrimiento ajeno. En palabras de Francisco en Evangelii Gaudium: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades” (EG 49).

La profecía olvidada de Ratzinger

Lo que hoy proclama León XIV, con lucidez y ternura pastoral, fue ya intuido por Joseph Ratzinger en 1959. Entonces joven teólogo en la Universidad de Bonn, escribió un ensayo visionario titulado Los nuevos paganos y la Iglesia. Allí reflexionaba sobre el drama de una cristiandad en declive, señalando que, más que sermonear o imponer, el cristiano de la era secularizada está llamado a ser “un hombre alegre entre los demás, un prójimo allí donde no puede ser un hermano cristiano”.

Ratzinger no proponía diluir el anuncio, sino encarnarlo. No pedía esconder la fe, sino testimoniarla con una humanidad profunda. “No debe ser un predicador”, decía, “sino precisamente, con apertura y sencillez, un hombre”. En una época donde las palabras están devaluadas y los discursos religiosos muchas veces suenan vacíos, este enfoque sigue teniendo fuerza profética.

Ratzinger, futuro Benedicto XVI, comprendía que la Iglesia no renacería desde la rigidez ni desde el repliegue, sino desde la atracción de vidas transformadas por Cristo. No es el templo lo que evangeliza, sino la compasión vivida. Como bien advirtió, reducir la fe a una ideología identitaria o a un proyecto político es un callejón sin salida. La Iglesia no es un bastión conservador ni una ONG progresista: es el Cuerpo de Cristo que sufre, sirve y ama en medio del mundo.

Un cristianismo sin compasión es una contradicción

Lo que León XIV denuncia con sus gestos y palabras es el riesgo de una fe desencarnada, cómoda, que ya no se deja interpelar por el grito de los caídos al borde del camino. Esa fe que consagra tiempo al culto pero que evita los barrios, las villas, los hospitales, los penales. Una fe que se defiende, pero no se dona. Que busca seguridades, pero evita la cruz del otro.

En el trasfondo, late la advertencia de San Pablo: “Si no tengo amor, no soy nada” (cf. 1 Co 13,2). Y el llamado insistente de Jesús en Mateo 25: “Tuve hambre, y me diste de comer…”. Porque, como nos recuerda el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “la compasión no es un sentimiento vago o efímero, sino una exigencia moral, un deber de justicia” (cf. CDSI, 196).

Esta compasión cristiana no es sentimentalismo barato, sino una fuerza transformadora. Es el alma de toda verdadera caridad política. Es la raíz de la justicia social. Y es también, en tiempos de fractura y polarización, un acto profundamente contracultural: mirar al otro como hermano y no como enemigo.

Volver a ser humanos, para volver a ser cristianos

Tal vez la mayor crisis de nuestra época no sea la pérdida de fe, sino la pérdida de humanidad. La indiferencia globalizada que denunciaba Francisco. La incapacidad de llorar, de detenernos, de escuchar. El mundo digital nos acerca noticias y catástrofes en tiempo real, pero nos anestesia. Nos volvemos testigos sin compasión. Espectadores sin compromiso.

En este contexto, el Papa León XIV no llama a volver al pasado ni a abandonar el credo, sino a encarnarlo. “Volver a ser humanos” significa reconocer la fragilidad propia y ajena. Significa —como el Buen Samaritano— saber que el otro herido me concierne. Y que, más allá de religiones, ideologías o culturas, hay un clamor común: el deseo de ser mirados, tocados, sostenidos.

Desde esta perspectiva, el anuncio cristiano no comienza en el púlpito, sino en la vereda. No empieza con fórmulas doctrinales, sino con un gesto de compasión. El evangelizador no es quien habla más, sino quien ama más. Y ese amor solo nace de un corazón herido por el Evangelio.

Una Iglesia samaritana

Lo que León XIV está proponiendo, con gestos más que con decretos, es una reforma profunda: la vuelta a una Iglesia samaritana. Una Iglesia que se atreva a andar los caminos del mundo, aunque se ensucie los pies. Una Iglesia que no mida a las personas según sus méritos, sino que vea en cada herido un hijo de Dios.

Es la misma visión que impulsó el Concilio Vaticano II y que hoy encuentra nuevas formas. Porque en la era de la sospecha y el escepticismo, solo una Iglesia que abraza, que llora, que acompaña, puede ser creíble. Como afirmó Francisco en Fratelli Tutti: “La espiritualidad cristiana propone otra forma de entender la calidad de vida y alienta un estilo de vida profético y contemplativo” (FT 222).

Reflexión final: ¿Quién es mi prójimo?

“¿Quién es mi prójimo?”, preguntó el doctor de la ley a Jesús. Hoy esa pregunta nos atraviesa a todos. El prójimo no es solo el que piensa como yo, cree como yo o vive como yo. El prójimo es el herido de la historia. El descartado, el migrante, el pobre, el adicto, el niño abusado, el anciano olvidado, el preso invisible.

Ser cristiano hoy no significa encerrarse, sino salir. No significa imponerse, sino testimoniar. Y ese testimonio empieza por la humanidad. Volver a ser humanos. Porque solo así, podremos volver a ser cristianos.


📎 Fuente original: Andrea Tornielli, “Llamados a ser humanos”, en Vatican News
https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-06/editorial-tornielli-un-mes-eleccion-papa-leon-xiv.html

Carismas al servicio de la unidad: una Iglesia que arde en misión en medio de un mundo roto

En tiempos marcados por la violencia, el individualismo y la fragmentación social, el Papa León XIV convoca a los movimientos y comunidades eclesiales a ser fermento de unidad y testigos vivos del Evangelio. Su llamado no es institucional ni protocolar: es un grito profético que urge a volver a Cristo, caminar en comunión y arder de celo misionero.

Un mundo desgarrado y una Iglesia en salida

El clamor de un mundo lacerado por guerras, polarización y desesperanza resuena en las palabras del Papa León XIV como una súplica a la Iglesia para que vuelva a ser luz, fermento y sal. En su reciente encuentro con responsables de asociaciones, movimientos y nuevas comunidades reconocidas por la Santa Sede, el Pontífice no disimuló el peso de su misión: animar a los creyentes a colaborar activamente por la unidad de la Iglesia y la evangelización del mundo.

“No somos cristianos aislados —recordó con fuerza—. Nadie se salva solo, nadie cree solo, nadie ama a Dios verdaderamente si no ama a su hermano”. Las palabras del Papa resuenan con fuerza evangélica en medio de un siglo que exalta el yo, descarta al débil y fragmenta lo común. León XIV, el primer Pontífice latinoamericano en más de mil años, no improvisa: su vida pastoral en Perú le dio un olfato agudo para detectar los desafíos reales y urgentes del pueblo de Dios.

Carismas: un don para compartir, no un privilegio para encerrar

El Papa insistió en la importancia vital de las agregaciones eclesiales nacidas de carismas específicos. Estas expresiones —a menudo surgidas del fuego del Espíritu en medio de contextos históricos convulsos— representan una riqueza para la Iglesia. Pero León XIV fue claro: esa riqueza no es propiedad privada, sino semilla para sembrar y dar fruto.

Como enseña el Concilio Vaticano II, “el Espíritu Santo distribuye entre los fieles de todo orden gracias especiales… adecuadas y oportunas para que la Iglesia se renueve y se edifique” (Lumen Gentium, 12). No hay contraposición entre institución y carisma: hay complementariedad. Sin jerarquía, el carisma se dispersa; sin carisma, la jerarquía se enfría.

En este sentido, León XIV recordó el profundo contenido de la carta Iuvenescit Ecclesia (2016), que sostiene con fuerza que los dones jerárquicos y los dones carismáticos son “coesenciales” a la vida de la Iglesia. No se trata de elegir entre uno u otro, sino de vivirlos en comunión para que la gracia fructifique en cada rincón del mundo.

Unidad y misión: dos columnas inseparables

La unidad eclesial —esa que brota del corazón traspasado de Cristo y se extiende por obra del Espíritu— fue uno de los grandes ejes del mensaje papal. En un tiempo donde incluso dentro de la Iglesia se escuchan voces que dividen y confunden, León XIV llamó con firmeza a la comunión con los pastores, con el Obispo de Roma y entre las diversas realidades eclesiales.

“No se puede evangelizar dividiendo”, advirtió. La unidad no es uniformidad, sino armonía en la diversidad. Es la imagen del Cuerpo Místico de Cristo, donde cada miembro tiene un rol, un carisma, una función, pero todos participan de una misma vida. Así como San Pablo enseñó a la comunidad de Corinto que “el ojo no puede decir a la mano: no te necesito”, tampoco una comunidad eclesial puede vivir sin apertura y comunión.

Pero esta unidad no es autorreferencial. Está al servicio de la misión. Una misión que León XIV conoce bien y vive con pasión: “La misión ha marcado mi experiencia pastoral”, recordó. Y es precisamente desde ese ardor que invita a los movimientos y comunidades a “mantener vivo el impulso misionero”, a ir más allá de sus propios círculos, a salir, a anunciar.

El mundo necesita testigos, no burócratas

Lejos del peligro de convertir los movimientos en estructuras de poder, el Papa pide volver al primer amor: al encuentro con Cristo que cambió vidas, que encendió corazones, que provocó conversiones y vocaciones. Ese fuego no puede apagarse. “Pongan sus talentos al servicio de la misión —clamó— para llegar a tantos que están lejos y, a veces sin saberlo, esperan la Palabra de Vida”.

Esta es una denuncia indirecta pero elocuente a todo inmovilismo eclesial. La Iglesia no puede ser una institución autorreferencial, ni una ONG espiritual. El Papa Francisco ya lo había dicho en Evangelii Gaudium: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades” (EG, 49).

León XIV retoma esta línea profética. No busca halagos ni consensos fáciles. Llama a la conversión pastoral. A salir de las trincheras ideológicas. A ser fermento y no museo. A ser comunidad viva y no club cerrado.

Cristo al centro, siempre

Todo carisma auténtico, toda asociación o comunidad enraizada en la Iglesia, tiene un único fundamento: Cristo. Él es el principio y el fin. Él es el que da sentido al carisma y a la estructura. “El carisma es funcional al encuentro con Cristo”, recordó el Papa. Si no conduce a una relación viva con el Señor, si no transforma corazones, si no genera comunión, ese carisma se esteriliza.

De ahí su exhortación final: imitar a Cristo en su despojamiento. No buscar prestigio ni poder, sino servir. Amar sin medida. Entregarse. Como lo hizo el Maestro. Y esto, lejos de ser una pérdida, es fuente de libertad y alegría.

Reflexión final: el fuego que transforma el mundo

¿Dónde están hoy los hombres y mujeres encendidos por el fuego del Espíritu? ¿Dónde los movimientos que no se conforman con sostener lo que hay, sino que sueñan con lo que falta? ¿Dónde las comunidades que arden de celo, que lloran por los pobres, que se levantan contra la injusticia, que caminan con los descartados, que abren caminos nuevos?

El Papa León XIV nos está recordando —como una trompeta en medio del silencio— que la Iglesia no puede dejar de ser misionera, no puede dejar de ser comunión, no puede dejar de ser Cristo en el mundo.

Cada movimiento, cada comunidad, cada carisma, cada creyente, está llamado a convertirse en ese pequeño fuego que encienda otros fuegos. Que transforme un mundo herido. Que construya puentes donde hay muros. Que abrace donde hay heridas. Que anuncie, denuncie y espere… con los ojos puestos en Cristo y los pies en el barro del mundo.


Fuente original: Vatican News, “El Papa: Sus carismas son fermento de unidad en un mundo lacerado” . Disponible en: vaticannews.va