spot_img
24.4 C
Concepción del Uruguay
jueves, febrero 5, 2026
Inicio Blog Página 14

Monseñor Carlos Ponce de León: un obispo mártir del Evangelio y la patria sufriente

 ¿Cómo refleja la vida de Ponce de León su compromiso con la justicia y la paz?

La vida de Monseñor Carlos Ponce de León es un evangelio encarnado en las periferias del dolor argentino. No predicó desde púlpitos dorados ni se escudó en ambigüedades diplomáticas. Se plantó con la fuerza de los profetas: donde había represión, él llevó consuelo; donde había desapariciones, él pidió explicaciones; donde la Iglesia callaba, él habló.

Por Néstor Ojeda

En tiempos en que el silencio episcopal era regla —por temor, por conveniencia o por cálculo político—, Ponce de León se convirtió en la voz de los sin voz. Su compromiso no fue ideológico, fue evangélico. No militó en un partido: militó en el Reino de Dios y su justicia, enfrentando al poder con la valentía de quien ya ha ofrecido su vida.

Fue un verdadero constructor de paz: no con la paz superficial del statu quo, sino con la paz que brota de la justicia. Enfrentó al aparato represivo no con armas, sino con la cruz y con la verdad. En cada denuncia, en cada visita a una familia desgarrada por la desaparición de un hijo, iba tejiendo el rostro más humano del Evangelio en medio del terror estatal.


 ¿Qué enseñanzas dejó sobre el servicio a los pobres y sufrientes?

Monseñor Carlos no fue un burócrata de lo sagrado. Fue pastor. Caminó villas, visitó presos, abrazó madres desesperadas, acogió perseguidos políticos y sindicales. Su diócesis de San Nicolás no fue solo una estructura eclesial, fue un refugio profético, una Iglesia en salida antes de que el término existiera.

Vivió las Bienaventuranzas. “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”, dice el Evangelio. Él tuvo esa hambre. Y no solo la predicó: la vivió hasta la muerte. Su cuerpo, despedazado en un “accidente” que la justicia hoy reconoce como probable emboscada, fue el sello del martirio que brota del amor a los pobres.

Ponce de León entendió —antes que muchos— que no hay Iglesia creíble si no pone su vida al lado del que sufre. Fue rostro de compasión, pero también de denuncia. Y esa tensión evangélica —entre consolar y confrontar— lo convirtió en un testigo incómodo, pero imprescindible.


 ¿Por qué su postura frente a las autoridades militares sigue siendo relevante hoy?

Porque la tentación de pactar con el poder no ha desaparecido. Porque aún hoy hay silencios cómplices, acomodamientos, iglesias más preocupadas por liturgias perfectas que por pueblos heridos. La figura de Ponce de León interpela: ¿de qué lado estamos? ¿Del orden establecido o del Reino anunciado?

En su tiempo, enfrentó a las Jefes militares de la dictadura. Hoy, su testimonio invita a la Iglesia a levantar la voz ante nuevos rostros de injusticia: pobreza estructural, violencia institucional, corrupción política, exclusión social, indiferencia pastoral. Su memoria no es nostalgia: es una llamada urgente.

Mientras algunos obispos bendecían armas o callaban frente a la tortura, él denunciaba. Y eso no lo hizo un rebelde, sino un verdadero sucesor de los apóstoles, un pastor que no huye cuando vienen los lobos.


¿Cómo su ejemplo puede inspirar una Iglesia más cercana y comprometida con los necesitados?

Ponce de León fue Iglesia en salida mucho antes del Papa Francisco. Fue misionero sin necesitar etiquetas. Fue reformador sin necesidad de sínodos. Fue pastoralmente valiente en una época en la que la prudencia se disfrazaba de cobardía.

Su ejemplo nos obliga a repensar nuestras prioridades. ¿Qué Iglesia queremos ser? ¿Una Iglesia atrincherada en sacristías o una Iglesia que camina con el pueblo que sufre? ¿Una Iglesia funcional al sistema o una Iglesia que anuncia el Reino aunque le cueste la sangre?

El testimonio de este obispo mártir puede y debe alumbrar un nuevo modo de ser Iglesia: más profética, menos clerical; más encarnada, menos decorativa. Una Iglesia donde “opción por los pobres” no sea solo discurso, sino cuerpo y vida entregada.


 ¿Qué impacto tuvo su liderazgo en la renovación pastoral post-Vaticano II?

Monseñor Carlos fue uno de los mejores frutos del Concilio Vaticano II en la Argentina. Encarnó la “Iglesia de los pobres”, la “pastoral de la escucha”, la “cercanía del pastor con su pueblo”. No fue un teórico del Concilio: fue su encarnación viva en un tiempo de oscuridad.

Transformó su diócesis en un espacio donde la renovación litúrgica y la opción social iban de la mano. Promovió la formación de comunidades de base, alentó a laicos comprometidos, apoyó a religiosas perseguidas, dialogó con sacerdotes que trabajaban en barrios obreros. Y lo hizo con profunda espiritualidad, sin perder jamás la centralidad de Cristo.


 Un mártir silenciado… aún

Hoy, casi cinco décadas después de su asesinato disfrazado de accidente, la causa judicial de Ponce de León sigue obstaculizada, atrapada en la maraña de pactos de silencio y lentitudes institucionales. Y la Iglesia argentina, con algunas excepciones, no ha impulsado decididamente su causa de beatificación, como sí lo ha hecho con otros nombres más cómodos o mediáticos.

¿Será porque su ejemplo incomoda? ¿Porque denuncia nuestras omisiones presentes?

Monseñor Carlos Ponce de León es mártir de la verdad y del Evangelio, y como tal, debe ser reconocido, no solo en los altares, sino en la conciencia viva de un pueblo que sigue clamando por pastores con olor a oveja… y por ovejas que reconozcan a los verdaderos pastores.


 Concluyendo: levantar su cruz, no solo su nombre

No basta con recordarlo. Hay que continuar su lucha. Hay que pedir que se esclarezca su asesinato, que avance la causa judicial y que su entrega sea reconocida por lo que fue: un martirio cristiano y argentino. Un testimonio incómodo para los poderosos, pero luminosa esperanza para los que aún creen que el Evangelio puede cambiar la historia.

La Iglesia no necesita obispos con títulos, necesita obispos como Ponce de León: con cicatrices de pueblo, con la mirada de Cristo y con la valentía de los mártires.

©Catolic.ar

Libertad de conciencia en peligro: cuando la justicia obliga a renunciar a la vocación por defender la vida

0

En pleno siglo XXI, en un contexto donde se proclama el respeto por los derechos humanos y la dignidad de la persona, asistimos con preocupación creciente a un fenómeno inquietante: la erosión silenciosa pero constante de la libertad de conciencia, especialmente en el ámbito sanitario.

Por Néstor Ojeda

El reciente desenlace del caso del farmacéutico alemán Andreas Kersten, quien fue forzado por un tribunal a abandonar su profesión tras negarse a dispensar la píldora del día después, expone con crudeza la tensión que vive hoy la libertad moral y ética de quienes trabajan en profesiones donde la vida humana está en juego.

Este caso trasciende lo individual y lo nacional. No se trata sólo de la decisión de un profesional frente a un medicamento, sino del choque frontal entre una conciencia que clama por el respeto a la vida y una normativa que busca imponer un criterio legal sin contemplar la dimensión ética profunda. Kersten encarna a tantos profesionales que, en distintas partes del mundo, enfrentan la disyuntiva de elegir entre obedecer sus convicciones o someterse a presiones que atentan contra la integridad de su vocación.

La libertad de conciencia no es un lujo ni un privilegio ideológico: es un derecho humano fundamental que garantiza el respeto a la dignidad y a la libertad interior de la persona. Atentar contra ella significa despojar al ser humano de su capacidad de discernir el bien del mal, de decidir según sus principios más íntimos y, en el caso de los profesionales de la salud, de actuar conforme a un compromiso ético que protege la vida en todas sus etapas.

La presión judicial contra Kersten revela, sin embargo, una realidad que no podemos ni debemos ignorar: vivimos en sociedades donde la cultura dominante muchas veces relativiza o niega el valor absoluto de la vida humana, y donde quienes defienden esa vida desde el inicio hasta su fin natural son tratados como obstáculos o rebeldes. En este marco, la libertad de conciencia se convierte en un campo de batalla decisivo para la Iglesia, para la sociedad civil y para toda persona que se considere defensora de la justicia y la verdad.

El caso también interpela a los católicos, a los comunicadores, a los pastores y fieles: ¿cómo responder ante esta arremetida que busca silenciar la voz de la conciencia y reducir la libertad a una mera formalidad? La respuesta debe ser clara, valiente y profética. Defender la libertad de conciencia es defender la posibilidad misma de construir un mundo en el que la vida sea respetada y amada, no solo en teoría, sino en cada acto concreto.

Este momento histórico exige una acción firme y decidida. No se trata de imponer una visión sectaria, sino de reclamar que la justicia y las leyes sean instrumentos que protejan, no que anulen, la dignidad humana. Es imperioso acompañar a los profesionales que sufren persecución por mantener su fe y ética; es urgente sensibilizar a la sociedad sobre la importancia de este derecho y alertar sobre las consecuencias de su vulneración.

La libertad de conciencia es el alma de toda auténtica democracia y el fundamento ético de una práctica profesional verdaderamente humana. Cuando se ataca ese derecho, se está minando el tejido moral de la sociedad entera.

El desafío es inmenso, pero también lo es la esperanza que nace de la convicción profunda de que la verdad y la justicia prevalecerán. En esta batalla por la conciencia y la vida, cada voz cuenta, cada acto suma, y cada testimonio es una luz en la oscuridad.

Basado en un caso difundido por el medio español Religión en Libertad

Cuando el silencio es desprecio: la masonería ya no ataca a la Iglesia… porque la considera irrelevante

Nadie sabe qué alma puede alcanzar una palabra encendida. En esta era digital, donde las redes sociales son a la vez campo de batalla y terreno fértil para la siembra, cualquier testimonio de fe puede convertirse en semilla de transformación. Pero también pueden serlo las advertencias duras, las palabras incómodas, aquellas que nos sacuden desde la verdad. Y una de ellas llega desde un testimonio inesperado, inquietante, urgente: la masonería ya no ataca a la Iglesia porque la considera irrelevante.

Por Néstor Ojeda

Sí. Lo que durante siglos fue uno de los grandes frentes de oposición espiritual e ideológica al cristianismo —la masonería— hoy se permite ignorar a la Iglesia porque ya no la ve como amenaza. No es reconciliación. Es desprecio. No es tregua. Es desinterés. Y eso, para quienes amamos a la Iglesia y creemos en su misión como luz del mundo y sal de la tierra, debería ser más alarmante que cualquier persecución frontal.

🧱 Una denuncia desde adentro

El dato no surge de especulación. Es el testimonio de un exmasón, recogido por Religión en Libertad, quien participó activamente de las logias y observó desde dentro la evolución de la mirada masónica sobre el catolicismo. Años atrás, la Iglesia era estudiada, debatida, atacada. Era considerada un obstáculo a los fines de la masonería. Hoy, simplemente no ocupa el centro de interés. Ha sido desplazada por otros movimientos, corrientes ideológicas o grupos de presión que sí están moldeando la cultura contemporánea.

Y la pregunta incómoda es inevitable: ¿la Iglesia dejó de ser perseguida… o dejó de ser relevante?

⛪ Católicos en la masonería: la gran contradicción

El testimonio del exmasón añade un elemento aún más preocupante: la presencia activa de católicos practicantes dentro de las logias, muchos de ellos con cargos en parroquias o movimientos eclesiales. No hablamos de ignorancia. Hablamos de relativismo. De esa mezcla peligrosa entre una fe nominal y una ética masónica que termina desdibujando los fundamentos del Evangelio. ¿Cómo puede convivir la fe en Jesucristo —camino, verdad y vida— con una institución que promueve el sincretismo, el esoterismo y una visión del hombre desvinculada de su Redentor?

La Iglesia ha sido clara —y profética— en este punto. Desde la bula In Eminenti de Clemente XII en 1738 hasta la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1983, se ha reiterado que la afiliación a la masonería es incompatible con la fe católica. No se trata de una prohibición jurídica, sino de una defensa de la verdad sobre el hombre, sobre Dios y sobre el sentido último de la vida.

Sin embargo, la claridad doctrinal no ha bastado para evitar que muchos bautizados participen en logias, algunas incluso vinculadas a la política, la educación o los medios de comunicación. El problema no es solo personal o moral. Es eclesial. Es cultural. Es espiritual. Porque una Iglesia infiltrada de pensamiento masónico —aunque sea de forma sutil— pierde su capacidad de denuncia, de anuncio profético y de transformación social.

🌍 ¿Una Iglesia que ya no incomoda?

Pero volvamos a la raíz de la denuncia: la masonería ya no necesita combatir a la Iglesia. Porque, en muchos contextos, la Iglesia ha dejado de incomodar. Ya no representa un obstáculo real a los planes de la secularización. No marca diferencias claras. No denuncia con fuerza. No anuncia con audacia. Y cuando eso sucede, el mundo ya no la combate: simplemente la ignora.

En este sentido, la indiferencia masónica no es un elogio. Es una sentencia. Es como si el enemigo dijera: “No necesitamos enfrentarte. Ya no hacés la diferencia.”

Y eso, hermanos, es un llamado a la conversión. No a la conversión de otros, sino a la nuestra. Como cuerpo eclesial. Como comunicadores. Como fieles.

🔥 Volver a ser luz, aunque moleste

La Iglesia no está llamada a ser simpática. Está llamada a ser fiel. A ser testigo. A ser luz en las tinieblas, incluso cuando esa luz moleste a los ojos adormecidos del mundo. Cuando una institución tan poderosa como la masonería ya no considera a la Iglesia como obstáculo, es tiempo de volver a preguntar:
¿Estamos anunciando el Evangelio con la radicalidad y la ternura que el mundo necesita?
¿O nos estamos volviendo parte del paisaje?

La indiferencia es más peligrosa que el odio, porque anestesia. El odio puede despertar reacciones. La indiferencia mata lentamente. Y hoy, muchos poderosos ya no odian a la Iglesia: simplemente la desprecian.

Pero no todo está perdido. Basta un puñado de testigos auténticos para volver a encender el mundo. Basta que una generación de jóvenes, de laicos, de sacerdotes, de comunicadores, de madres y padres vuelva a decir con vida lo que proclamamos con palabras: que Cristo está vivo, y que su Evangelio es la única revolución verdadera que vale la pena abrazar.

Basado en un testimonio publicado originalmente por Religión en Libertad.
Enlace a la nota original

Fe y masonería: dos caminos incompatibles

0

¿Por qué la Iglesia Católica mantiene su rechazo a la masonería?

Fe y Masonería. . .

Porque es como unirse a una corriente filosófica que niega al Dios en el que nosotros creemos. Me viene a la mente la oposición que Jesús plantea entre Dios y el dinero. Es decir, no se puede creer en Dios y en el dinero, o se cree en Dios y, como dice Jesús, «o sirves a uno y desprecias al otro». Aquí estamos hablando de elementos de fe, de orientación de vida, de filosofía, llámelos como quiera, que son la negación del cristianismo. Luego está el elemento de que, en algunos momentos históricos y contextos estatales, la masonería ha mostrado una fuerte oposición a la Iglesia católica, promoviendo el anticlericalismo, obstaculizando y dificultando la actividad de la Iglesia, lo que agrava la situación. *

*Rocco D’Ambrosio, sacerdote y profesor de Filosofía Política en la Universidad Gregoriana de Roma

En los últimos tiempos, diversas ciudades del país han sido escenario de una silenciosa reactivación de logias masónicas. Algunas lo presentan como un rescate patrimonial, otras lo vinculan a espacios de debate intelectual o redes sociales discretas. Pero este fenómeno, que parece inofensivo o incluso culturalmente interesante para algunos sectores, plantea serios interrogantes desde la mirada cristiana. ¿Qué es realmente la masonería? ¿Por qué la Iglesia Católica —desde hace más de dos siglos— considera que la pertenencia a la misma es incompatible con la Fe?

Por Néstor Ojeda


📚 ¿Qué es la masonería?

La masonería es una organización iniciática, con grados jerárquicos y rituales simbólicos. Aunque presenta una fachada de filantropía y búsqueda de sabiduría, su estructura y cosmovisión están basadas en principios filosóficos y espirituales contrarios a la Revelación cristiana.

Algunos de sus rasgos clave son:

  • Deísmo (una creencia vaga en un “Gran Arquitecto del Universo”)
  • Relativismo moral (todas las religiones son equivalentes)
  • Racionalismo ilustrado (la razón humana como medida última de la verdad)
  • Esoterismo simbólico (acceso progresivo a una supuesta “luz”)
  • Juramentos de secreto y pertenencia

Más allá de sus manifestaciones externas, la masonería constituye una contra-espiritualidad que reemplaza a Cristo por una ética humanista autosuficiente, sin necesidad de redención ni verdad revelada.


🕯️ Un conflicto antiguo: Iglesia y masonería en la historia

Desde su surgimiento en el siglo XVIII, la masonería ha sido objeto de más de 20 condenas papales. La encíclica Humanum Genus de León XIII (1884) fue particularmente dura, señalando que esta “secta” buscaba destruir la fe cristiana desde sus cimientos: familia, educación, moral, y sociedad.

En Argentina, su influencia fue notable en la formación del Estado liberal decimonónico. Figuras clave del país, como Sarmiento, Mitre, Roca o Urquiza, estuvieron ligados a logias, y no es raro ver cómo muchas calles, plazas y escuelas llevan nombres de masones prominentes.

Sin embargo, es una historia compleja y contradictoria: varios de estos personajes también sostuvieron vínculos con la Iglesia. Algunos, incluso, están sepultados en templos católicos, lo que plantea interrogantes teológicos y pastorales no resueltos.


📜 Doctrina actual: una posición inmutable

Con la renovación del Derecho Canónico en 1983, algunos pensaron que la Iglesia suavizaría su postura. No fue así. Ese mismo año, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces Cardenal Ratzinger, declaró:

“El juicio negativo de la Iglesia sobre la masonería permanece inalterado, porque sus principios han sido siempre considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia. Los fieles que pertenecen a asociaciones masónicas están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la sagrada comunión.”

Esta doctrina no ha cambiado. Y fue reafirmada en 2023 a pedido de los obispos de Filipinas, preocupados por la creciente participación de católicos en logias locales. El Papa Francisco, a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, reafirmó:

“La pertenencia activa a la masonería está prohibida. Los obispos deben desarrollar una catequesis adecuada para ilustrar los motivos de esta incompatibilidad.”


⚠️ ¿Qué significa esto para los católicos hoy?

En muchos lugares, la masonería no se presenta como enemiga declarada del cristianismo, sino como una red de contactos sociales, un espacio de filantropía, o un medio para acceder a posiciones públicas.

Esto hace aún más necesario el discernimiento, porque el peligro no está tanto en el choque frontal, sino en el sincretismo sutil: una especie de “doble pertenencia” donde se vive la fe a medias y se relativizan sus fundamentos.

“Nadie puede servir a dos señores”, dijo Jesús (Mt 6,24).
Y san Pablo fue más directo aún: “¿Qué relación puede haber entre la luz y las tinieblas?” (2 Cor 6,14)


🎭 El poder detrás del prestigio

No debe caerse en la caricatura conspirativa. La masonería no es omnipotente ni opera como un poder invisible que controla el mundo. Pero sí es cierto que, en ciertos espacios —sobre todo locales— actúa como red de pertenencia, prestigio y poder, muchas veces por fuera del escrutinio público.

En algunos ámbitos profesionales, culturales o políticos, la masonería funciona como un club cerrado que favorece ciertas trayectorias y bloquea otras. Esto contradice el principio evangélico de justicia, verdad y servicio desinteresado.


🔍 ¿Por qué hablar de esto en un medio católico?

Porque el silencio cómplice también forma parte del problema. En tiempos de confusión doctrinal y moral, es deber del periodismo católico hablar con claridad, sin caer en la provocación ni en la autocensura.

La masonería no es solo un fenómeno histórico. Sigue presente, operando de modo discreto. Y para muchos católicos, especialmente jóvenes o profesionales, puede parecer una vía de ascenso o pertenencia legítima. Por eso es necesario alertar, enseñar, acompañar y rezar.


🕊️ Conclusión: la libertad de los hijos de Dios

La Iglesia no condena personas, sino ideas que alejan del Evangelio. No se trata de “enemigos” a los que combatir, sino de corazones que necesitan luz y verdad.

Como cristianos, estamos llamados a la transparencia, no al secreto; a la revelación, no al esoterismo; a la comunión, no a las élites cerradas.

Ser católico no es solo creer en Dios, sino en el Dios revelado en Jesucristo, muerto y resucitado, camino, verdad y vida. Esa fe, si es vivida en profundidad, no admite sustitutos ni duplicidades.

©Catolic.ar

Monseñor Jorge Gottau: el pastor que sembró dignidad en el desierto

0

Su causa de beatificación avanza. Pero su vida ya es un grito de Evangelio encarnado en los pobres.


El pastor de los últimos

Monseñor Jorge María Gottau, redentorista, primer obispo de Añatuya, no fue simplemente un prelado designado. Fue un profeta enviado. En 1961, el papa Juan XXIII lo nombró para pastorear una de las regiones más olvidadas de la Argentina. Y él respondió como solo responden los santos: haciendo de la pobreza una cátedra y de la dignidad un mandato evangélico.

Por Néstor Ojeda

“Evangelizar es también construir cisternas, escuelas y viviendas”, decía.
En el árido Chaco santiagueño, su fe tomó forma concreta: 15 parroquias, 200 capillas, 26 escuelas, 7 hogares, cooperativas, aljibes, radios, centros deportivos.


Una Iglesia con rostro de pueblo

Su lema episcopal —Ad Jesum per Mariam— se volvió carne en una diócesis que aún hoy respira su espíritu. No predicó una fe desencarnada, sino una esperanza activa. Luchó contra la vivienda rancho, promovió la organización comunitaria, impulsó la formación de líderes y visibilizó lo invisible.

💬 “La fe sin promoción humana es ideología espiritual”, afirmaba con firmeza.


Una colecta que hizo historia

En 1970 creó la Colecta Nacional “Más por Menos”, emblema de solidaridad de la Iglesia en Argentina. Quiso que los que tienen más ayuden a los que tienen menos, sin asistencialismo, con fraternidad evangélica.


Clausura de la etapa arquidiocesana

Este lunes 19 de mayo de 2025, a las 9:30 hs en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, se celebrará el acto de clausura de la etapa arquidiocesana de su causa de beatificación y canonización. El arzobispo mons. Jorge García Cuerva presidirá la sesión, que marcará el final de una etapa iniciada en 2010 por el entonces arzobispo Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco.

Allí se sellarán y lacrarán las cajas con la documentación, testimonios y análisis, que serán enviadas al Vaticano para su evaluación por el Dicasterio para las Causas de los Santos.

📜 La etapa romana está por comenzar. Pero para muchos, su santidad ya está viva en el pueblo.


Un legado que no se detiene

La Fundación Monseñor Jorge Gottau, creada en 1996, continúa su obra con la misma fuerza: promover la dignidad, la educación, la caridad y la opción por los pobres. El prof. Jorge Almirón, su director, junto a la diócesis de Añatuya y decenas de colaboradores, mantienen viva su luz.


El profeta de la esperanza

En tiempos donde la indiferencia se disfraza de prudencia, Gottau incomoda. Su causa no es una coronación, es un llamado. Nos exige volver al Evangelio con los pies en el barro, con el corazón en la Palabra y con las manos en la construcción de una sociedad más justa.

💬 “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,7). Y Gottau lo dio todo. Con alegría.


📣 Un mensaje urgente

¿Queremos santos de verdad o de vitrina? ¿Pastores de escritorio o con olor a oveja? La vida de Gottau no es solo memoria: es espejo. Y nos pregunta, hoy, a todos:
¿Dónde está tu hermano?


🔗 Más información

📍 Fundación Monseñor Gottau
📧 obituya@gmail.com — ☎️ +54 3844 585703

©Catolic.ar

Salvo D’Acquisto, ejemplo de amor a la familia

Salvo D’Acquisto,

El 22 de marzo de 2025,en la misa posterior a la publicación del decreto que proclama Venerable al Siervo de Dios,  Salvo D’Acquisto en la basílica de Santa Clara de Nápoles, el prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos destacó las tres “juventudes” del vicebrigadier, que dio su vida para salvar la de 22 personas capturadas por los nazis. La muerte no fue para él el “final”, sino la “primavera” de su vida.

Edoardo Giribaldi – Ciudad del Vaticano – Vatican News

Las tres “juventudes” de Salvo D’Acquisto fueron el centro de la misa celebrada el sábado 22 de marzo en Nápoles, tras la promulgación del decreto del Dicasterio para las Causas de los Santos que declara venerable al Siervo de Dios. En la basílica de Santa Clara, donde está enterrado el heroico Carabinero, el cardenal prefecto Marcello Semeraro, presidió el rito, concelebrando con el arzobispo Santo Marcianò, ordinario militar para Italia. En las primeras etapas de la vida se desarrolla y se aprende a amar el “valor de la familia”. Y es en esta perspectiva que la historia humana y cristiana del vicebrigadier se propone como estímulo y aliento para una renovada reflexión sobre la importancia de los vínculos familiares.

Honestidad, amor y confianza a la sombra de la familia

El cardenal introdujo su homilía en la línea del pasaje evangélico leído para la ocasión, el del hijo pródigo, vinculándolo con el tiempo de Cuaresma.

“Es el tiempo en el que debemos alegrar el corazón del Padre, el corazón de Dios, volviendo siempre a él”.

El cardenal invitó también a rezar con las palabras del concelebrante, monseñor Santo Marcianò, militar ordinario para Italia, “para obtener del Señor la gracia del milagro -el Papa llama al milagro “el sello de Dios sobre nuestros deseos”- por el que la Iglesia se sentirá autorizada a proceder a su beatificación”.

A continuación, Semeraro recorrió las etapas de la vida del vicebrigadier: su primera juventud, vivida aprendiendo “honradez y dedicación al trabajo” de su padre, y el “amor al prójimo” de su madre, así como una profunda “confianza en la Providencia”. El núcleo afectivo de D’Acquisto se extendía también a su abuela materna, con la que participaba en las celebraciones litúrgicas y en el rezo diario del Rosario.

Rezar, pero también hacer buenas obras

“No basta con rezar, sino que también hay que hacer buenas obras”.

Así advertía el vicebrigadier a la familia. “No era un fanático, era un creyente”, precisó Semeraro. Un principio que puso en práctica desde muy joven, como demuestra un episodio significativo: movido a compasión por un niño “descalzo y con frío” que pedía limosna, se quitó los zapatos y se los dio.

“En estos primeros dones maduró su mayor don, el don de su propia vida”.

Ejemplo para los compañeros

La segunda juventud, la segunda familia, fue para el Siervo de Dios la de los Carabineros. Un contexto en el que, como recordaba Semeraro, D’Acquisto “maduró en seriedad y dignidad”. Sus compañeros de armas daban testimonio de su vocación de servicio.

“Demostró que era mayor de lo que realmente era”.

Un compañero de armas lo describió como un hombre que “más que con palabras, era un ejemplo para nosotros, incluso con su vida de fe”. Aunque profundamente dedicado al deber, no dejaba de disfrutar de momentos de ocio, como paseos por Vomero, viajes a Bagnoli y visitas culturales a Roma. Pero su tiempo libre también incluía obras de caridad, como los domingos que pasaba en los hospitales napolitanos consolando a los enfermos.

Las familias de D’Acquisto

“Amaba a su familia, la familia en la que nació, amaba a la familia de sus amistades de juventud, amaba a la familia de la Armada. Amó y sirvió a la familia que le fue dada en Torrimpietra”.

Así se expresó Semeraro, citando las Actas para el proceso en la causa de beatificación y canonización de D’Acquisto. En Torrimpietra tenía su sede el puesto de los Carabineros que él había comandado. Su amor paterno y materno se enriqueció con la contribución de otros “organismos educativos”, como el ambiente eclesiástico, la escuela y el deporte. Así como la propia Armada de los Carabineros, ya elogiada por Juan Pablo II como “realidad educativa”, citando el “comportamiento heroico” de D’Acquisto. Sin embargo, según el cardenal, la primera y más significativa escuela de vida sigue siendo la familia, cada una con su peculiar “fisonomía”, como la de los núcleos del sur de Italia.

La “primavera” de su vida

La tercera juventud vivida por D’Acquisto es la, sólo aparentemente, más trágica: su muerte. El 23 de septiembre de 1943, en la Torre del Palidoro, en la costa al norte de Roma, una unidad nazi detuvo a D’Acquisto tras un presunto intento de asesinato. En represalia, veintidós civiles fueron capturados y obligados a cavar sus propias tumbas, con vistas a una ejecución inminente. Para salvar a los rehenes, D’Acquisto se autoinculpó como único responsable, ofreciendo su propia vida a cambio de la de ellos. Fue fusilado al instante. Su muerte, sin embargo, no representó un final, sino una “primavera”. Y en este sentido, Semeraro concluyó su homilía con una poderosa referencia a las palabras de Jesús en la cruz: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Estoy convencido de que, en su corazón, esta palabra de Jesús fue más fuerte que las ráfagas de vida que le condenaron a muerte. Estas palabras, Salvo D’Acquisto también las sintió en su corazón al morir. Dio su vida y por eso está en el Paraíso.

El ángel de la bicicleta: ¿santidad popular y causa en suspenso?

Subite a mi bicicleta”, cantó León Gieco. Pero el nombre que inspiró ese verso murió de rodillas, rogando que no dispararan. Claudio “Pocho” Lepratti tenía 35 años y trabajaba como auxiliar en un comedor escolar. Lo mataron durante la represión policial de diciembre de 2001, mientras gritaba desde el techo de una escuela: “¡Dejen de tirar que hay chicos comiendo!”.

Por Néstor Ojeda

Desde aquel día, la figura de Lepratti, el Angel de la Bicicleta, comenzó a trascender los límites de la militancia social para transformarse, para muchos, en una referencia moral y espiritual. Su nombre se convirtió en calle, en mural, en canción. Pero también comenzó a circular, con fuerza creciente, una percepción más profunda: la de que su vida podría tener rasgos de santidad. ¿Una santidad popular que incomoda? ¿Una causa que nunca llegará a iniciarse?


Una vida entregada, desde abajo

Nacido en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, Claudio Lepratti fue marcado desde joven por la espiritualidad salesiana. Su paso por un colegio de Don Bosco dejó huella: no solo por su formación religiosa, sino por el compromiso concreto que asumió con los más vulnerables. Optó por una vida sencilla, cercana a los barrios populares, trabajando como educador, referente social y militante cristiano.

Trasladado a Rosario, se integró en comunidades de base y experiencias de inserción social. Comedores, grupos juveniles, espacios de contención y formación popular fueron el escenario cotidiano de su vida. Quienes lo conocieron coinciden en que no era carismático en el sentido clásico, pero sí hondamente coherente. Su opción por los pobres no era retórica: la vivía con una intensidad mística y callada.

Era un hombre laico, célibe por decisión personal, profundamente evangélico. Prefería escuchar antes que hablar, acompañar antes que dirigir, compartir antes que imponer. Vivía en comunidad, se ganaba la vida como auxiliar escolar, y su fe se expresaba en el servicio cotidiano. “Claudio vivía como vivió Jesús”, diría años después uno de sus compañeros.

El día que se convirtió en símbolo

El 19 de diciembre de 2001, Rosario ardía. La represión de las fuerzas de seguridad se volvía cada vez más violenta. Pocho subió al techo de la escuela donde trabajaba, tratando de proteger a los chicos que estaban comiendo. Alcanzó a gritar una vez más: “¡No disparen, acá hay chicos!”. Una bala policial le atravesó la garganta.

Su muerte fue tan absurda como brutal. Y, precisamente por eso, tan significativa. Porque su último gesto no fue de huida ni de denuncia: fue de protección. Murió como vivió: cuidando a los demás. Desde entonces, su figura se expandió como símbolo, no sólo de resistencia, sino de ternura evangélica.

Fama de santidad… ¿y freno eclesial?

León Gieco le dedicó la canción “El ángel de la bicicleta”, que lo convirtió en parte de la memoria colectiva. También comenzaron a surgir expresiones de veneración popular. Algunos sacerdotes jóvenes, especialmente del ámbito salesiano, vieron en él una figura martirial: no en el sentido clásico de persecución religiosa, sino como testigo del Evangelio hasta las últimas consecuencias.

Incluso se habló de una posible causa de canonización. Un grupo de sacerdotes salesianos, conmovidos por su figura, habría impulsado informalmente una primera recolección de testimonios. Sin embargo, según versiones no confirmadas oficialmente, el impulso fue desalentado por el entonces arzobispo de Rosario. ¿Motivos? Algunos sugieren prudencia pastoral; otros, diferencias ideológicas. Lo cierto es que, hasta hoy, la causa no ha sido abierta.

¿Qué pesa más: el testimonio o la política?

¿Hay temor a que su historia resulte incómoda? ¿Pesa más su dimensión cristiana o su compromiso militante? ¿Se trata de una figura que interpela demasiado a una Iglesia que, por momentos, parece más dispuesta a canonizar santidades dulces que vidas radicales?

Una realidad que no puede soslayarse es que muchas causas de canonización —incluso algunas que avanzan velozmente— cuentan con fondos, estructura, apoyo episcopal y un postulador que impulse los trámites en Roma. Pero cuando una vida santa brota en los márgenes, sin organización, sin recursos y sin poder, el camino se vuelve mucho más lento o directamente se frena.

Santidades expréss… y otras en pausa

En los últimos años, la Iglesia ha canonizado en tiempo récord a figuras como Carlo Acutis o Juan Pablo II. Con procesos veloces, gran cobertura y decisión institucional.

En contraste, otros testigos del Evangelio quedan detenidos en la puerta. Pocho Lepratti, como muchos laicos comprometidos, mártires sociales y cristianos del margen, no entra en el canon oficial.

La tensión entre santidad popular y santidad oficial

En el imaginario colectivo, Pocho ya es santo. Cada aniversario de su muerte lo confirma. Cada joven que lleva su nombre. Cada docente que enseña su historia. Cada vez que se escucha la canción de Gieco. En los barrios, lo llaman “ángel” sin ironía. Es una santidad que no nace del púlpito, sino del testimonio. Que no requiere vitrinas ni estampitas: basta con recordar su gesto último, su grito protector.

Y sin embargo, la Iglesia aún guarda silencio. Tal vez sea hora de preguntarse si no estamos ante uno de esos casos donde la santidad brota de abajo, del dolor, de la sangre inocente. Y si no le toca a esta generación hacer lo que otras demoraron: reconocer lo que el pueblo ya intuye.


En búsqueda de testimonios

Este medio continúa recopilando testimonios de quienes conocieron a Pocho. Especialmente en su Entre Ríos natal, donde vivió su infancia y adolescencia, y donde aún se lo recuerda con afecto, respeto y una cierta nostalgia que roza lo sagrado.

Quienes quieran aportar experiencias, recuerdos o información, pueden escribir a: aldeaglobal.news@gmail.com


Epílogo abierto

“¿Y si la santidad también tuviera forma de bicicleta y grito valiente en un techo de escuela?”

No hay respuesta definitiva. Pero hay vidas que, sin pedir permiso, se meten en nuestra conciencia y nos exigen otra mirada. Claudio Lepratti parece ser una de ellas.

Una vida sin templo, sin hábitos ni púlpito. Pero con Evangelio en la piel, con pan compartido en cada merienda, con palabra justa en cada esquina. Tal vez haya que mirar ahí, donde el Reino suele esconderse, para encontrar a los santos que faltan.

Serie “Santos en pausa” — Nota 2

👉 Ver nota anterior: Introducción a las santidades detenidas
📌 Próxima entrega: Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri

©Catolic

Mons. Fernando Chomali: «Fe que transforma vidas»

En medio de las dificultades de la vida Mons. Fernando Chomali ha encontrado en Jesús su fortaleza y guía. Su testimonio de fe lo ha llevado a iluminar la discusión pública con claridad y valentía, dando testimonio de la verdad y promoviendo la justicia social desde una perspectiva cristiana.

Monseñor Fernando Chomali G, arzobispo de Santiago de Chile.

Testimonio ofrecido por Razón en Cristo

La entrada Mons. Fernando Chomali: «Fe que transforma vidas» se publicó primero en Jóvenes Católicos.

León XIV a los jóvenes: ¡No tengáis miedo, aceptad la invitación de Cristo Señor!

En el IV Domingo de Pascua y también Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Papa León XIV recuerda la importancia de que los jóvenes puedan contar con modelos creíbles de entrega y comunidades que los acojan y acompañen en su camino vocacional.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano – Vatican News

El Papa León XIV dirige su primer Regina Caeli desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, desde donde se asomó el pasado jueves 8 de mayo tras ser elegido como el 267° sucesor de Pedro. “Considero un don de Dios el hecho de que el primer domingo de mi servicio como Obispo de Roma sea el del Buen Pastor, el cuarto del tiempo de Pascua” han sido sus primeras palabras antes de rezar a la Madre del cielo ante la multitud que lo escuchaba en la Plaza de San Pedro.

“A los jóvenes les digo: no tengáis miedo, aceptad la invitación de la Iglesia y de Cristo Señor”

Hoy, también Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Papa expresa su alegría por tener la oportunidad de rezar con todo el Pueblo de Dios por las vocaciones “especialmente al sacerdocio y a la vida religiosa. ¡La Iglesia los necesita!” ha exclamado.

Además, ha recordado dos cosas que considera importantes; por un lado “que los jóvenes encuentren en nuestras comunidades: acogidaescuchaestímulo en su camino vocacional” y por otro “que puedan contar con modelos creíbles de entrega generosa a Dios y a sus hermanos”. De hecho, ha pedido hacer nuestra la invitación que el Papa Francisco nos dejó en su Mensaje para esta Jornada en la que nos pedía acoger y acompañar a los jóvenes.

“Con su música alegran la fiesta de Cristo”

Hoy es un día verdaderamente especial. Además de celebrarse el IV Domingo de Pascua, también conocido como el Domingo del Buen Pastor y la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, se conmemora el Jubileo de las Bandas Musicales y de los Espectáculos Populares. Decenas de bandas han llegado hasta Roma para participar en esta celebración jubilar, y el Papa les ha dirigido unas palabras de agradecimiento: “Saludo con afecto a todos los peregrinos y les doy las gracias porque, con su música y sus representaciones, alegran la fiesta: la fiesta de Cristo, el Buen Pastor. Sí, es Él quien guía a la Iglesia mediante su Espíritu Santo”.

El Papa León XIV: Misa en las grutas vaticanas y oración ante las tumbas de los Papas

Esta mañana, el Papa León XIV acudió a las Grutas Vaticanas para celebrar la Misa en el altar junto a la tumba de Pedro. Así lo informa la Oficina de Prensa de la Santa Sede, informando que con el Pontífice concelebró el Prior General de la Orden de San Agustín, padre Alejandro Moral Antón.

Al final de la Misa, el Papa se detuvo a rezar ante las tumbas de sus predecesores y ante el «Nicho de los Palios». A las 12, el Papa se asoma desde la Logia central de la Basílica de San Pedro para el rezo del Regina Coeli.

Publicamos a continuación la homilía que pronunció el Papa:

***

Homilía del Santo Padre

Comenzaré con una palabra en inglés y quizá otra en italiano.

El Evangelio que acabamos de escuchar en este domingo del Buen Pastor: Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.

Pienso en el Buen Pastor, especialmente en este domingo tan significativo del tiempo pascual. Mientras celebramos el comienzo de esta nueva misión del ministerio al que la Iglesia me ha llamado, no hay mejor ejemplo que el propio Jesucristo, a quien entregamos nuestra vida y de quien dependemos. Jesucristo, a quien seguimos, es el Buen Pastor, y es quien nos da la vida: el camino y la verdad y la vida. Por eso celebramos con alegría este día y agradecemos profundamente vuestra presencia aquí.

Hoy es el Día de la Madre. Creo que sólo hay una madre presente: ¡feliz Día de la Madre! Una de las expresiones más maravillosas del amor de Dios es el amor que derraman las madres, especialmente hacia sus hijos y nietos.

Se sabe que este domingo es especial por varios motivos: uno de los primeros que mencionaría es el de las vocaciones. Durante los recientes trabajos de los cardenales, antes y después de la elección del nuevo Papa, hemos hablado mucho de las vocaciones en la Iglesia y de lo importante que es que todos busquemos juntos. Ante todo dando [un] buen ejemplo con nuestra vida, con alegría, viviendo la alegría del Evangelio, no desanimando a los demás, sino buscando el modo de animar a los jóvenes a escuchar la voz del Señor y a seguirla y a servir en la Iglesia. «Yo soy el Buen Pastor», nos dice.

Ahora añadiré sólo una palabra en italiano, porque esta misión que llevamos a cabo ya no es para una sola diócesis, sino para toda la Iglesia: este espíritu universal es importante. Y lo encontramos también en la primera lectura que hemos escuchado (Hch 13,14.43-52). Pablo y Bernabé van a Antioquía, se dirigen primero a los judíos, pero éstos no quieren escuchar la voz del Señor, y entonces comienzan a anunciar el Evangelio a todo el mundo, a los gentiles. Parten, como sabemos, en esta gran misión. San Pablo llega a Roma, donde también acabó [cumpliéndola]. Otro ejemplo del testimonio de un buen pastor. Pero también hay en ese ejemplo una invitación muy especial para todos nosotros. Lo decía también de manera muy personal, lo que es anunciar el Evangelio al mundo entero.

¡Sin miedo! ¡Sin miedo! Tantas veces dice Jesús en el Evangelio: ‘No tengáis miedo’. Debemos ser valientes en el testimonio que damos, con nuestras palabras y sobre todo con nuestras vidas: dando la vida, sirviendo, a veces con grandes sacrificios para vivir esta misma misión.

He visto una pequeña reflexión que me hace pensar mucho, porque también aparece en el Evangelio. En este sentido, alguien preguntó: «Cuando piensas en tu vida, ¿cómo explicas dónde estás?». La respuesta que dan en esta reflexión en cierto modo es también la mía, con el verbo «escuchar». ¡Qué importante es escuchar! Jesús dice: «Mis ovejas escuchan mi voz». Y creo que es importante que todos aprendamos a escuchar cada vez más, a entrar en diálogo. En primer lugar con el Señor: escuchar siempre la Palabra de Dios. Luego también escuchar a los demás, saber tender puentes, saber escuchar para no juzgar, no cerrar puertas pensando que tenemos toda la verdad y que nadie más nos puede decir nada. Es muy importante escuchar la voz del Señor, escucharnos a nosotros mismos, en este diálogo, y ver hacia dónde nos llama el Señor.

Caminemos juntos en la Iglesia, pidamos al Señor que nos dé esta gracia de poder escuchar su Palabra para servir a todo su pueblo.

 

La entrada El Papa León XIV: Misa en las grutas vaticanas y oración ante las tumbas de los Papas se publicó primero en Exaudi.