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Homilía completa de León XIV en su primera misa como papa

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Es la primera misa del papa León XIV, en el interior de la Capilla Sixtina, lugar en el que fue elegido justo el día anterior.

Acompañado del resto de cardenales y miembros de la curia, León XIV ha improvisado primero unas palabras en inglés, su lengua materna, para después continuar leyendo la homilía en italiano. Estas han sido sus palabras:

Comenzaré con una palabra en inglés y el resto está en italiano, pero quiero repetir las palabras del salmo responsorial: “Cantaré un canto nuevo al Señor porque ha hecho maravillas”. Y, en verdad, no solo conmigo, sino con todos nosotros, mis hermanos cardenales, mientras celebramos esta mañana, los invito a reconocer las maravillas que el Señor ha hecho y las bendiciones que continúa derramando sobre todos nosotros. A través del ministerio de Pedro, me han llamado a cargar la cruz y a ser bendecido con esa misión. Y sé que puedo contar con cada uno de ustedes para caminar conmigo, mientras continuamos como Iglesia, como comunidad de amigos de Jesús, como creyentes, para anunciar la buena nueva. Para anunciar el Evangelio.

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Con estas palabras Pedro, interrogado por el Maestro junto con los otros discípulos sobre su fe en Él, expresa en síntesis el patrimonio que desde hace dos mil años la Iglesia, a través de la sucesión apostólica, custodia, profundiza y trasmite. Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador y el que nos revela el rostro del Padre.

En Él Dios, para hacerse cercano a los hombres, se ha revelado a nosotros en los ojos confiados de un niño, en la mente inquieta de un joven, en los rasgos maduros de un hombre (cf. CONCILIO VATICANO II, Const. pastoral Gaudium et spes, 22), hasta aparecerse a los suyos, después de la resurrección, con su cuerpo glorioso. Nos ha mostrado así un modelo de humanidad santa que todos podemos imitar, junto con la promesa de un destino eterno que, sin embargo, supera todos nuestros límites y capacidades.

Pedro, en su respuesta, asume ambas cosas: el don de Dios y el camino que se debe recorrer para dejarse transformar, dimensiones inseparables de la salvación, confiadas a la Iglesia para que las anuncie por el bien de la humanidad. Nos las confía a nosotros, elegidos por Él antes de que nos formásemos en el vientre materno (cf. Jr 1,5), regenerados en el agua del Bautismo y, más allá de nuestros límites y sin ningún mérito propio, conducidos aquí y desde aquí enviados, para que el Evangelio se anuncie a todas las criaturas (cf. Mc 16,15).

Dios, de forma particular, al llamarme a través del voto de ustedes a suceder al primero de los Apóstoles, me confía este tesoro a mí, para que, con su ayuda, sea su fiel administrador (cf. 1 Co 4,2) en favor de todo el Cuerpo místico de la Iglesia; de modo que esta sea cada vez más la ciudad puesta sobre el monte (cf. Ap 21,10), arca de salvación que navega a través de las mareas de la historia, faro que ilumina las noches del mundo. Y esto no tanto gracias a la magnificencia de sus estructuras y a la grandiosidad de sus construcciones —como los monumentos en los que nos encontramos—, sino por la santidad de sus miembros, de ese «pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9).

Con todo, por encima de la conversación en la que Pedro hace su profesión de fe, hay otra pregunta: «¿Qué dice la gente —pregunta Jesús—sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?» (Mt 16,13). No es una cuestión banal, al contrario, concierne a un aspecto importante de nuestro ministerio: la realidad en la que vivimos, con sus límites y sus potencialidades, sus cuestionamientos y sus convicciones. «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?» (Mt 16,13). Pensando en la escena sobre la que estamos reflexionando, podremos encontrar dos posibles respuestas a esta pregunta, que delinean otras tantas actitudes.

En primer lugar, está la respuesta del mundo. Mateo señala que la conversación entre Jesús y los suyos acerca de su identidad sucede en la hermosa ciudad de Cesarea de Filipo, rica de palacios lujosos, engarzada en un paraje natural encantador, a las faldas del Hermón, pero también sede de círculos crueles de poder y teatro de traiciones y de infidelidades. Esta imagen nos habla de un mundo que considera a Jesús una persona que carece totalmente de importancia, al máximo un personaje curioso, que puede suscitar asombro con su modo insólito de hablar y de actuar. Y así, cuando su presencia se vuelva molesta por las instancias de honestidad y las exigencias morales que solicita, este mundo no dudará en rechazarlo y eliminarlo.

Hay también otra posible respuesta a la pregunta de Jesús, la de la gente común. Para ellos el Nazareno no es un charlatán, es un hombre recto, un hombre valiente, que habla bien y que dice cosas justas, como otros grandes profetas de la historia de Israel. Por eso lo siguen, al menos hasta donde pueden hacerlo sin demasiados riesgos e inconvenientes. Pero lo consideran sólo un hombre y, por eso, en el momento del peligro, durante la Pasión, también ellos lo abandonan y se van, desilusionados. Llama la atención la actualidad de estas dos actitudes. Ambas encarnan ideas que podemos encontrar fácilmente —tal vez expresadas con un lenguaje distinto, pero idénticas en la sustancia— en la boca de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Hoy también son muchos los contextos en los que la fe cristiana se retiene un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes, contextos en los que se prefieren otras seguridades distintas a la que ella propone, como la tecnología, el dinero, el éxito, el poder o el placer.

Hablamos de ambientes en los que no es fácil testimoniar y anunciar el Evangelio y donde se ridiculiza a quien cree, se le obstaculiza y desprecia, o, a lo sumo, se le soporta y compadece. Y, sin embargo, precisamente por esto, son lugares en los que la misión es más urgente, porque la falta de fe lleva a menudo consigo dramas como la pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia,la violación de la dignidad de la persona en sus formas más dramáticas, la crisis de la familia y tantas heridas más que acarrean no poco sufrimiento a nuestra sociedad.

No faltan tampoco los contextos en los que Jesús, aunque apreciado como hombre, es reducido solamente a una especie de líder carismático o a un superhombre, y esto no sólo entre los no creyentes,sino incluso entre muchos bautizados, que de ese modo terminan viviendo, en este ámbito, un ateísmo de hecho. Este es el mundo que nos ha sido confiado, y en el que, como enseñó muchas veces el Papa Francisco, estamos llamados a dar testimonio de la fe gozosa en Jesús Salvador. Por esto, también
para nosotros, es esencial repetir: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Es fundamental hacerlo antes de nada en nuestra relación personal con Él, en el compromiso con un camino de conversión cotidiano. Pero también, como Iglesia, viviendo juntos nuestra pertenencia al Señor y llevando a todos la Buena Noticia (cf. CONCILIO VATICANO II, Const. dogmática, Lumen gentium, 1).

Lo digo ante todo por mí, como Sucesor de Pedro, mientras inicio mi misión de Obispo de la Iglesia que está en Roma, llamada a presidir en la caridad la Iglesia universal, según la célebre expresión de S. Ignacio de Antioquía (cf. Carta a los Romanos, Proemio). Él, conducido en cadenas a esta ciudad, lugar de su inminente sacrificio, escribía a los cristianos que allí se encontraban: «en ese momento seré verdaderamente discípulo de Cristo, cuando el mundo ya no verá más mi cuerpo» (Carta a los Romanos, IV, 1).

Hacía referencia a ser devorado por las fieras del circo —y así ocurrió—, pero sus palabras evocan en un sentido más general un compromiso irrenunciable para cualquiera que en la Iglesia ejercite un ministerio de autoridad, desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado (cf. Jn 3,30), gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo. Que Dios me conceda esta gracia, hoy y siempre, con la ayuda de la tierna intercesión de María, Madre de la Iglesia.

Los cardenales aplauden a León XIV al terminar la misa en la Capilla Sixtina

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Es tradición que al día siguiente del cónclave el nuevo papa celebre una misa junto al colegio cardenalicio en el lugar donde fue elegido; la Capilla Sixtina.

Allí León XIV pronunció sus primeras palabras en inglés como papa. Fueron improvisadas y muy sentidas. Y las dirigió a un público particular: a los cardenales. A quienes habían pasado de ser sus iguales a ser sus colaboradores.

LEÓN XIV
Empezaré con una palabra en inglés y el resto en italiano, pero quiero repetir las palabras del salmo responsorial: «Cantaré un cántico nuevo al Señor porque ha hecho maravillas». Y en efecto, no sólo conmigo, sino con todos nosotros, mis hermanos cardenales… que celebramos esta mañana, os invito a reconocer las maravillas que el Señor ha hecho y las bendiciones que el Señor sigue derramando sobre sobre todos nosotros. A través del ministerio de Pedro, me has llamado a llevar la cruz y a ser bendecido con esa misión. Y sé que puedo confiar en todos y cada uno de ustedes para caminar conmigo, mientras continuamos como una Iglesia, como comunidad de amigos de Jesús, como creyentes, para anunciar la Buena Nueva. Anunciar el Evangelio.

El pasaje del Evangelio que se escoge para esta ocasión es muy elocuente: se narra la escena en la que Jesús declara que Pedro será el punto de apoyo de su Iglesia.

La homilía, que comenzó hablando sobre el sentido del papado, terminó siendo una reflexión sobre la naturaleza misionera de la Iglesia.

LEÓN XIV
Este es el mundo que nos ha sido confiado en el cual, como muchas veces nos ha enseñado el papa Francisco, estamos llamados a dar testimonio de la fe alegre en Jesús Salvador. Es esencial hacerlo antes de nada en nuestra relación personal con Él, en el compromiso de un cotidiano camino de conversión. Pero después, también, como Iglesia, viviendo juntos nuestra pertenencia al Señor y llevando a todos la Buena Noticia.

Estas últimas palabras vienen de uno de los documentos más importantes del Concilio Vaticano II, la Lumen Gentium, donde se habla de la naturaleza y misión de la Iglesia católica.

El momento más emotivo de la celebración litúrgica fue al final. Cuando los cardenales estallaron en un fuerte aplauso mientras León XIV pasaba entre ellos impartiendo bendiciones.

JRB

Las claves del primer saludo del papa León XIV

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Era una incógnita el modo en que aparecería el nuevo papa en su primer saludo: ¿llevaría solo la sotana blanca? ¿Retomaría las vestimentas rojas pontificias? ¿Cuál sería el centro de su mensaje?

Bastó que dieran las 19:23 en Roma para disipar las dudas. León XIV se presentó así ante el mundo, usando los atuendos tradicionales: muceta roja, estola papal y cruz dorada.

Una imagen que recordó a los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, y que se diferencia de Francisco, quien salió solo de blanco pontificio y usó su cruz pectoral de siempre.

Su sonrisa fue tímida todo el tiempo y, en el plano corto, se pudo ver la emoción contenida. Se notaban los suspiros, los ojos vidriosos a punto de llorar e incluso dificultad para tragar.

Y de los gestos a las palabras. La primera impresión que dio el papa fue de un hombre sereno, quizá un poco introvertido, metódico y que piensa bien antes de hablar; una pista del talante que podría tener León XIV a la hora de tomar decisiones.

Prueba de ello es que llevaba su primer saludo preparado por escrito. Cada frase parecía estar medida y tener una dirección clara. Solo la primera podría ser un avance de una de las líneas de su pontificado.

Repitió ni más ni menos que diez veces la palabra “paz”, y en distintos contextos. Pero hay que destacar este:

Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz que desarma, humilde y perseverante.

León XIV también habló al principio del papa Francisco. Recordó el momento en el que se le vio por última vez; el mismo en el que ahora se encontraba él.

Pero el mensaje de continuidad, aunque con un nuevo estilo distinto a Francisco, se pudo ver con estas frases. Habló de sin odalidad, paz y caridad, tres pilares de su predecesor.

A todos vosotros, hermanos y hermanas de Roma, de Italia, del mundo entero, queremos ser una Iglesia sinodal, una Iglesia que camina, una Iglesia que busca siempre la paz, que busca siempre la caridad, que siempre busca estar cerca especialmente de los que sufren.

Más allá de hablar como el líder de la Iglesia, lo hizo como pastor. Y recordó a sus dos diócesis, la de Roma, de la que es ahora obispo; y la de Chiclayo, en Perú, país del que tiene la nacionalidad. De hecho, habló incluso en español.

Y si me permiten también, una palabra, un saludo a todos aquellos y en modo particular a mi querida diócesis de Chiclayo, en el Perú, donde un pueblo fiel ha acompañado a su obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto, tanto para seguir siendo Iglesia fiel de Jesucristo.

Estas son las primeras pinceladas de León XIV: el primer papa norteamericano y el primer agustino. Un pontífice que ha dejado clara en su primera aparición su lado misionero y la necesidad de construir puentes para la paz.

CA

El crimen silencioso de la indiferencia: la traición a la catequesis en los colegios católicos

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Una catequesis sin testigos es una traición. Una educación católica sin Jesús es un fraude. Un colegio católico sin evangelización es una farsa institucional.

En el corazón de muchas escuelas que se dicen católicas, se está cometiendo un crimen silencioso: el abandono sistemático de la catequesis auténtica, el desprecio práctico por la formación cristiana profunda, el desinterés —cuando no el desprecio— por la tarea evangelizadora que debería ser el alma de todo proyecto educativo que lleva el nombre de Cristo.

Por Mariela Zappa

Nos duele escribir esto. Pero nos duele más callarlo.

Mientras se invierten recursos en tecnología, idiomas, talleres y orientación vocacional, miles de jóvenes pasan por las aulas sin haber sido nunca iniciados en una relación viva con Jesús, sin haber aprendido a rezar, sin conocer el Evangelio. ¿Dónde están los pastores? ¿Dónde están los responsables de la educación católica? ¿Dónde están los celadores del tesoro que el mismo Jesús confió a la Iglesia cuando dijo: “Id y haced discípulos”?

No basta con “tener horas de catequesis”

La situación es grave. Porque el problema no es simplemente que falten horas de clase. El drama es que la catequesis ha sido confiada a personas que no creen, que no oran, que no han sido formadas para enseñar lo que la Iglesia cree y profesa.

Personas que no viven la fe que deberían transmitir. Personas que no sienten la misión como un llamado, sino como un empleo. Personas que enseñan religión como si fuera sociología, que repiten fórmulas sin alma, que jamás conducirán a un alma joven al encuentro personal con Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

¿Y quién lo permite?

Lo permiten los propios obispos y directivos. Con su negligencia, con su silencio, con su resignación cómplice. Han dejado de creer que es posible formar jóvenes santos. Se han rendido a la mediocridad. Y lo que es peor: han dejado de custodiar el fuego de la fe para conformarse con brasas tibias que no encienden a nadie.

“Catechesi Tradendae”: una herencia ignorada

Lo dijo San Juan Pablo II en Catechesi Tradendae (1979):

“La finalidad definitiva de la catequesis es poner a alguien no solamente en contacto, sino en comunión, en intimidad con Jesucristo.”

¿Qué parte de esta frase no entendimos?

¿Qué nos pasó para pensar que basta con enseñar los valores del Evangelio sin evangelizar con el Evangelio? ¿Qué nos ocurrió para convertir la catequesis en una asignatura neutra, moralizante, a veces incluso ideologizada, sin alma ni fuego?

San Juan Pablo II advirtió también que “una catequesis sin el testimonio de vida de quien la transmite es estéril”. Y sin embargo, en muchas escuelas se ha institucionalizado el escándalo de que quienes no creen, quienes no practican, quienes viven en contradicción abierta con la fe, sean los encargados de formar cristianamente a los jóvenes.

El ministerio ignorado

El Papa Francisco instituyó en 2021 el ministerio del Catequista. No fue un gesto decorativo. Fue un llamado a devolver a la catequesis su dignidad original. El Catequista, dice Francisco, es “un testigo de la fe, maestro y acompañante”.

¿Dónde están estos testigos en nuestros colegios?

Un tesoro despreciado

Nos preguntamos: ¿quién custodia a los jóvenes que están creciendo sin conocer a Cristo? ¿Qué hacen los obispos ante este desastre espiritual? ¿Qué hacen los responsables de pastoral educativa?

No se puede delegar la catequesis a la improvisación. La evangelización no es opcional. La catequesis no es un adorno. Y los jóvenes no son conejillos de Indias de una pedagogía sin alma. Son tesoros vivos, y serán —o no— el corazón creyente de una Iglesia que agoniza si no vuelve a su misión primera.

¿Será posible aún un cambio?

Sí, si hay coraje. Si los pastores vuelven a ser pastores. Si los directivos se convierten. Si se pone a los mejores catequistas, los más formados, los más santos, al frente de esta tarea vital.

La juventud no necesita discursos ideologizados ni talleres de autoestima. Necesita testigos del Dios vivo. Necesita que alguien les muestre que Jesús está vivo, que los ama, que los llama por su nombre.

Si no lo hacemos, no nos sorprendamos cuando nuestras iglesias se queden sin jóvenes. Lo habremos provocado nosotros. Con nuestras omisiones. Con nuestra indiferencia. Con nuestro pecado de negligencia.

Es hora de despertar. Porque el futuro de la fe se juega hoy, en las aulas de nuestros colegios.

Agenda completa del Papa: misa de inicio de pontificado, toma posesión catedral Roma y primera audiencia general

La Prefectura de la Casa Pontificia comunicó a la prensa acreditada la agenda del Papa León XIV del 10 al 25 de mayo. Entre los eventos más importantes, la misa de inicio de pontificado, la toma de posesión de la catedral de Roma y la primera audiencia general como Papa. Estas son las fechas:

Sábado 10 de mayo

Reunión con los Cardenales

Domingo 11 de mayo

Regina Caeli

Logia Central de la Basílica Vaticana

Lunes 12 de mayo

Primer audiencia (exclusiva para la prensa)

Aula Pablo VI

Viernes 16 de mayo

Audiencia al Cuerpo Diplomático (sólo Jefes de Misión)

Domingo 18 de mayo, 10:00 h,

Misa de inicio del Pontificado

Plaza de San Pedro

Martes 20 de mayo

Toma de posesión de la Basílica Papal de San Pablo Extramuros

Miércoles 21 de mayo

Primera Audiencia General

Sábado 24 de mayo

Encuentro con la Curia Romana y los trabajadores del Estado de la Ciudad de Vaticano

25 de mayo

Regina Caeli

Plaza San Pedro

25 de mayo

Toma de posesión de la Basílica Papal de San Juan de Letrán

Toma de posesión de la Basílica Papal de Santa María la Mayor

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“De niño simulaba dar homilía poniéndose una toalla sobre los hombros”: habla el hermano del Papa León XIV

La casa de la familia Prevost, ubicada en los tranquilos suburbios del sur de New Lenox, no luce diferente hoy que la semana pasada. El césped está podado, el columpio del porche aún cruje con la brisa. Pero tras esa fachada ordinaria, ha sucedido algo extraordinario: el hijo menor de este modesto hogar estadounidense es ahora el líder espiritual de más de mil millones de católicos en todo el mundo.

El Papa León XIV —anteriormente Robert Prevost, o simplemente «Rob» para su familia— fue elegido Papa el 8 de mayo en una decisión que dejó atónitos incluso a sus allegados. Entre los más asombrados se encontraba su hermano mayor, John Prevost, director de escuela católica jubilado que, a sus 71 años, creía haberlo visto todo.

«No pensé que realmente sucedería», admitió John desde su casa, aún conmocionado por los acontecimientos que catapultaron a su hermano a la fama mundial. «Siempre hubo una posibilidad, pero parecía una de esas posibilidades lejanas en las que uno nunca se cree del todo».

John recuerda que estaba hablando por teléfono con su sobrina cuando anunciaron el nombre desde el balcón de la Basílica de San Pedro. «Ninguno de los dos podía procesarlo. Entonces, el teléfono, el iPad, todo explotó. Llamadas, mensajes… estábamos abrumados».

Lo que hace que este momento sea surrealista, dice John, no es solo la enormidad del rol que ahora desempeña su hermano, sino el profundo contraste que tiene con sus modestos comienzos. «Tuvimos una infancia bastante normal. Nada grandioso ni excepcional. Pero lo curioso es que todos teníamos una idea clara de lo que queríamos ser. Rob siempre era el que hablaba de ser sacerdote. Es decir, antes siquiera de saber montar en bicicleta, fingía dar homilías con una toalla sobre los hombros».

Incluso un vecino, hace décadas, dijo en broma que Rob algún día sería Papa. «Todos nos reímos en ese momento», recuerda John. «Ahora me pregunto si de alguna manera lo sabía». La última vez que los dos hermanos hablaron fue la noche antes del inicio del cónclave. «Me preguntó, medio en broma: ‘¿Cómo debería llamarme, si se da?’. Le dije: ‘Cualquiera menos Leo. Serías el decimotercero, y eso suena a mala suerte’». John ríe entre dientes. «Resulta que hizo su tarea; de hecho, es el decimocuarto».

Desde su sala de estar en New Lenox, rodeado de décadas de fotos familiares y con el eco de la voz de su hermano aún fresco en sus oídos, John reflexiona sobre lo que le espera: «No sé qué clase de papa será Rob. Pero sé quién es. Escucha. Piensa antes de hablar. Y siempre ha tenido un profundo amor por la gente, especialmente por aquellos que el mundo ignora».

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Primer documento firmado por León XIV: ¿cuál es? Aquí el video y primera selfie (con mujeres)

Por la noche del jueves 8 de mayo, el Papa León XIV se trasladó al Palazzo del Sant’Uffizio, donde vivió algún tiempo como cardenal. Allí encontró un grupo de personas, tanto residentes como algunas otras que se encontraban coincidentemente allí (concretamente algunos mexicanos y venezolanos).

Entre los presentes estaba Michela, una niña que, al momento de recibir el saludo del Papa, le pidió al Santo Padre que le bendijera y firmara una Biblia. A eso accedió el León XIV diciendo: “Todavía tengo que hacer algunas pruebas de la firma, ¡la antigua ya no sirve!”. El Papa pidió a la niña que deletreara su nombre y, añadió en tono de broma: «¿Qué día es hoy? ¿8 de mayo?».

Durante la visita informal el Papa accedió a tomarse fotos con los presentes, incluso la primera selfie de su pontificado la cual fue con mujeres. La foto fue compartida en X por sor Nathalie Becquart, subsecretaria del Sínodo de los Obispos.

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El mundo cristiano recibe a León XIV “con los brazos abiertos”

La alegría de las demás confesiones cristianas con la esperanza de trabajar junto al nuevo Pontífice por la paz y por la resolución de las guerras, en el diálogo y permaneciendo cerca de los que sufren.

Giovanni Zavatta – Ciudad del Vaticano – Vatican News

Una Iglesia que busca con ahínco la paz, que trabaja a diario por la resolución de los conflictos en el mundo, cercana a quienes sufren, comprometida con la construcción de puentes mediante el diálogo, invitando a todos los fieles a la unidad visible, sin miedo: las diversas denominaciones cristianas acogen con los brazos abiertos, con un sí gozoso, las primeras palabras —llenas de intenciones concretas— pronunciadas por León XIV desde la galería central de la Basílica de San Pedro. “

En este momento histórico, el mundo y la Iglesia se enfrentan a importantes desafíos”, escribe el Secretario General de la Comunión Anglicana, el reverendo Anthony Poggo, en su mensaje de buenos deseos: “Las crisis de migración masiva, guerra, pobreza y división nos acosan a todos. Como siempre, quienes más sufren son los más inocentes y vulnerables de nuestras sociedades”. La propuesta es seguir trabajando juntos: «Le aseguramos nuestros brazos abiertos», dice el líder protestante, recordando la colaboración con la Iglesia católica «en la amistad de Jesús, sostenida por nuestras instituciones ecuménicas y por el ministerio del Centro Anglicano en Roma», así como por las comisiones internacionales.

El agradecimiento de los anglicanos

El arzobispo de York, Stephen Cottrell, en nombre de la Iglesia de Inglaterra, destaca la dilatada experiencia pastoral del nuevo pontífice, su compromiso con la justicia y su profunda espiritualidad, ejemplo de una vida al servicio de Jesucristo. Como anglicanos, agradecemos su llamado a los cristianos a ser constructores de puentes entre las divisiones de nuestro mundo y las que aún existen entre las Iglesias. El mundo herido, concluye Cottrell, “necesita justicia, sanación, la esperanza de Jesucristo, y esperamos trabajar con el Papa León XIV y los católicos romanos de todo el mundo para compartir este amor con los necesitados”.

El CMI: Será una voz fuerte

El Consejo Mundial de Iglesias, que reúne a 352 denominaciones de más de 120 naciones para un total de 580 millones de cristianos en todo el mundo, espera —en palabras del obispo moderador del Comité Central, Heinrich Bedford-Strohm— que el nuevo Pontífice «continúe el testimonio de amor del Papa Francisco hacia todas las personas, especialmente las más vulnerables, y hacia la creación no humana. Se necesita urgentemente una voz mundial firme a favor de la dignidad humana y la superación de la violencia», y «confío en que el nuevo Papa será una voz verdaderamente firme». El Secretario General del CMI, reverendo Jerry Pillay, también extiende su mano, confiando en que “continuará fortaleciendo la colaboración ecuménica, la unidad cristiana, la justicia y la paz en el mundo”. En una sociedad que experimenta múltiples crisis, “juntos podemos marcar la diferencia a través del poder transformador del Espíritu Santo”.

Luteranos: en el camino hacia la unidad

La elección del cardenal Prevost al trono papal fue recibida con profunda alegría y gratitud por la secretaria general de la Federación Luterana Mundial, Anne Burghardt: «Oraremos por su ministerio y esperamos profundizar nuestra colaboración bajo su liderazgo. Juntas —observó—, la Iglesia Católica Romana y las Iglesias Luteranas pueden seguir avanzando hacia la unidad mediante el servicio conjunto a los necesitados y el testimonio compartido de Cristo para que el mundo crea». La teóloga Elizabeth Newman, especialista en ética y copresidenta de los diálogos bautista-católicos convocados por la Alianza Bautista Mundial y el Dicasterio para la Promoción de la Unidad Cristiana, destaca las “elecciones” de Robert Francis Prevost: «Cuando se convirtió en obispo, adoptó como lema una maravillosa frase de Agustín: “En el único Cristo somos uno” (In Illo uno unum). Esto demuestra su profundo interés por la unidad en la Iglesia, mientras que su labor misionera da testimonio de su deseo de servir y compartir el Evangelio dondequiera que Cristo lo llame y de entablar amistad con quienes viven en diferentes culturas. Finalmente, la decisión de tomar el nombre del Papa de la encíclica Rerum novarum, quien «criticó el capitalismo descontrolado y defendió los salarios justos y los derechos de los trabajadores», busca comunicar que «el Evangelio abarca todo un estilo de vida: espiritual, comunitario y social».

Bartolomé: Una nueva era entre Oriente y Occidente

Por el lado ortodoxo, el Patriarca Ecuménico Bartolomé, que recibió la noticia de la elección durante su visita a Atenas, expresó sus felicitaciones y su esperanza en la continuación de las buenas relaciones con la Iglesia católica, fortalecidas aún más durante el pontificado de Francisco. El arzobispo de Constantinopla (que posteriormente difundió también un mensaje en vídeo) anunció su intención de participar en la Misa de inicio del ministerio petrino y de seguir promoviendo la colaboración: «Miramos al nuevo Pontífice con esperanza cristiana. Ojalá que después de su visita a Nicea, realice una visita oficial al Patriarcado Ecuménico, quizá con ocasión de nuestra fiesta de San Andrés, el 30 de noviembre. Que esto ayude a poner fin a las guerras en Ucrania y Oriente Medio, y a prevenir el conflicto entre India y Pakistán. “Espero que podamos marcar el comienzo de una nueva era en nuestras relaciones bilaterales y entre Este y Oeste”.

Los ortodoxos de América: cooperación y diálogo

El Metropolitano Tikhon, cabeza de la Iglesia Ortodoxa en América, reza para que, «siguiendo el ejemplo de su universalmente venerado predecesor, San León I el Grande, proclame siempre la fe cristiana con valentía y celo. La fe de San León, expresada en el IV Concilio Ecuménico, sigue siendo un puente entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa. Espero que nuestras Iglesias encuentren oportunidades continuas de cooperación y diálogo».