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¿A quién elegirá el Espíritu Santo? El cónclave 2025 y el alma en disputa de la Iglesia Católica

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Sede Vacante

La muerte del papa Francisco el 21 de abril de 2025 deja a la Iglesia en sede vacante en un mundo herido, polarizado y sediento de sentido. El cónclave que se avecina no es simplemente una elección institucional: es un espejo de las tensiones internas de la Iglesia y una oportunidad —quizás la última de esta generación— para que el Espíritu Santo inspire un giro profético. ¿Qué está en juego? ¿Qué Papa necesita hoy la humanidad? ¿Y si el humo blanco fuera gris?

Por Néstor Ojeda


1. Más que un cónclave: un juicio sobre el estado espiritual de la Iglesia

El mundo observa al Vaticano como si fuera una sede diplomática más, pero lo que se jugará en la Capilla Sixtina no es solo poder: es alma. El nuevo Papa deberá encarnar una respuesta espiritual en tiempos de nihilismo, guerras sin fin, colapsos ecológicos y tecnologías que alteran la humanidad misma. La elección será también un juicio sobre el propio cuerpo eclesial: ¿hemos sido fieles a la voz del Espíritu o nos hemos encerrado en miedos y estructuras?


2. Tres almas en pugna: Reforma, Curia o Restauración

El Colegio Cardenalicio, compuesto por 133 electores menores de 80 años, está atravesado por tres grandes sensibilidades que disputan el rumbo eclesial:

  • La corriente reformista, heredera del espíritu de Francisco, busca una Iglesia sinodal, samaritana, desclericalizada. Representada por figuras como Matteo Zuppi (Italia) o Luis Antonio Tagle (Filipinas), ve en la escucha, la inclusión y la justicia social los caminos de fidelidad al Evangelio.
  • La corriente institucional, centrada en la estabilidad y la continuidad curial, encuentra en Pietro Parolin (Italia) o Péter Erdö (Hungría) su máxima expresión. No promueve rupturas, pero podría frenar transformaciones pastorales.
  • La corriente restauradora, con exponentes como Raymond Burke o Roberto Sarah, clama por un retorno a la rigidez doctrinal, la liturgia tridentina y un modelo eclesial jerárquico y cerrado.

3. ¿Quiénes suenan? ¿Qué Iglesia representan?

Los principales nombres que circulan en Roma son más que personas: son modelos eclesiales.

  • Matteo Zuppi, con su estilo cercano, ecuménico y valiente, es quizás el más claro continuador de Francisco.
  • Luis Antonio Tagle, con su sonrisa humilde y visión global, podría simbolizar una Iglesia que por fin mire al Sur.
  • Pietro Parolin, diplomático consumado, ofrece estabilidad en un mundo incierto.
  • Peter Turkson, si bien mayor, sigue siendo un símbolo del potencial africano y de la conciencia social.
  • Raymond Burke, o cualquier tradicionalista, significaría un brusco giro hacia atrás, con consecuencias divisivas.

4. El Papa que necesitamos: pastor, mártir y profeta

Más que carisma o habilidades de gestión, el próximo Papa necesitará:

  • Una fe viva que transmita santidad y no poder.
  • Una mirada universal, capaz de incluir sin diluir.
  • Una voz profética que denuncie sin miedo la corrupción del mundo… y de la Iglesia.
  • Una humildad radical que vuelva a poner a Cristo en el centro.

No se trata de “modernizar” la Iglesia, sino de volver al Evangelio con radicalidad. El Papa que necesitamos no debe contentar a bandos, sino incendiar los corazones con el fuego del Espíritu.


5. ¿Y si el humo blanco fuera gris?

Un cónclave cerrado al Espíritu puede elegir un administrador, un político o un equilibrista. Pero el Pueblo de Dios clama por un santo. La historia recuerda papas que abrieron caminos nuevos… y otros que los cerraron. Hoy la Iglesia no puede darse el lujo de un paso en falso. Sería prolongar su irrelevancia, su división interna, su anemia misionera.


6. Orar por un fuego nuevo

No estamos llamados a ser comentaristas de la Iglesia, sino sus intercesores. El Pueblo de Dios tiene un arma invencible: la oración. Que cada católico —desde el más oculto hasta el más influyente— ore y ayune por un Papa que no solo gobierne, sino que se consuma por Cristo.

Porque tal vez, esta vez, el Espíritu quiera hablar fuerte. Pero la pregunta es: ¿lo escucharán los cardenales? ¿Y lo escucharemos nosotros?

©Catolic.ar

¡Gracias Hermano Francisco!

Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8,1-11).

No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia». Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro…

No tener trabajo y no recibir un salario justo; no tener una casa o una tierra donde habitar; ser discriminados por la fe, la raza, la condición social…: estas, y muchas otras, son situaciones que atentan contra la dignidad de la persona, frente a las cuales la acción misericordiosa de los cristianos responde ante todo con la vigilancia y la solidaridad. Cuántas son las situaciones en las que podemos restituir la dignidad a las personas para que tengan una vida más humana. Pensemos solamente en los niños y niñas que sufren violencias de todo tipo, violencias que les roban la alegría de la vida. Sus rostros tristes y desorientados están impresos en mi mente; piden que les ayudemos a liberarse de las esclavitudes del mundo contemporáneo. Estos niños son los jóvenes del mañana; ¿cómo los estamos preparando para que vivan con dignidad y responsabilidad? ¿Con qué esperanza pueden afrontar su presente y su futuro?

El carácter social de la misericordia obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta. Que el Espíritu Santo nos ayude a estar siempre dispuestos a contribuir de manera concreta y desinteresada, para que la justicia y una vida digna no sean sólo palabras bonitas, sino que constituyan el compromiso concreto de todo el que quiere testimoniar la presencia del reino de Dios…

Papa Francisco – Extracto de la Carta Apostólica ‘Misericordia et misera’.

Ciudad del Vaticano 20/11/2016

Fuente: Reflexión y Liberación

Al Hno. Francisco

Querido Hermano Francisco:
Acabas de marcharte a la Casa del Padre, a la Plenitud del Reino de Dios.
Queremos agradecerte infinitamente todo lo que has hecho, y lo que quisiste hacer y no pudiste, por la renovación de la Iglesia, para hacerla más fiel a Jesucristo y su mensaje para el bien de la Humanidad y la Creación .

F. Vilabrille

Tu elección nos abrió a la esperanza de una Iglesia nueva para un mundo nuevo.
Una Iglesia pobre, con los pobres y para los pobres. Hiciste un esfuerzo muy
grande en muchas direcciones, y te marchas plenamente consciente de que
queda mucho por hacer, porque este mundo, tan lleno de injusticias, de guerras,
de violencias, de desigualdades muy grandes, de sufrimientos horribles para los
más empobrecidos, tiene necesidad infinita, junto con la propia Iglesia, de
Jesucristo y su Mensaje de fraternidad, amor, servicio, solidaridad, igualdad,
cercanía y cuidado, sobre todo para los 20 países más pobres del mundo, que
todavía están por debajo de 0,500 de Índice de Desarrollo Humano, que sufren
mucho, que están en guerra, que mueren injusta y prematuramente de hambre,
que padecen graves conflictos sociales, que son víctimas de toda clase de
violencias. que carecen de los servicios sociales más básicos como educación,
salud, agua, comunicaciones, y viven en países en riesgo de ser un Estado
Fallido, que se desentiende de sus ciudadanos. Tu en cambio te preocupaste por
todos y por todo.

Tú fuiste el Primer Papa en dedicar una extraordinaria Encíclica al cuidado de la Madre
Tierra
, a la que llamaste la Casa Común porque nos acoge y nos sostiene a todos.

Te escribimos estas breves palabras desde la mente y el corazón, llenas de
gratitud y afecto, y para pedirte con la mayor esperanza, que el nuevo hermano
Papa que te suceda, siga tu mismo camino en renovar la Iglesia, para hacerla, sin
parar, ser más y más fiel a Jesucristo y su Mensaje para el bien de todos los Seres
Humanos y Toda la Creación.

Infinitas gracias Hermano Francisco, porque nos abriste la mente y nos calentaste
el corazón con la confianza y la esperanza de que un mundo mejor, más justo,
más feliz, más fraternal y solidario es posible para Todos los Hombres, para Todas
las Mujeres y Todas las Criaturas de este Maravilloso Mundo que el Padre-Madre
Dios ha puesto en nuestras manos.
Un abrazo de todo corazón.

Faustino Vilabrille – Gijón /Asturias

Fuente: Reflexión y Liberación

Cardenal Parolin en la Misa de Novendiales: «La misericordia nos lleva al corazón de la fe»

En el marco solemne de la Sede Vacante 2025, este 27 de abril se celebró el segundo día de los novendiali, el ciclo de misas en sufragio por el alma del Papa fallecido. La Basílica de San Pedro volvió a convertirse en el centro espiritual del mundo católico, donde el Colegio de Cardenales, junto a fieles venidos de todas partes, se unió en una intensa plegaria de agradecimiento y esperanza.

La celebración estuvo presidida por el Cardenal Giovanni Battista Re, Decano del Colegio Cardenalicio, quien en su homilía recordó el testimonio de fe, humildad y entrega del Papa difunto. A lo largo de su intervención, el Cardenal subrayó cómo el pontificado de Francisco fue una constante llamada a la caridad, a la paz y a la fidelidad al Evangelio. «Su vida —dijo— nos impulsa a mirar hacia lo alto, hacia Dios, y hacia adelante, en el servicio a los demás.»

Los novendiali son una tradición llena de significado: nueve días consecutivos de misas para honrar al Papa, pedir por su alma y preparar espiritualmente a la Iglesia para la elección de su sucesor. Cada día es una oportunidad para que los fieles, en comunión con sus pastores, se acerquen a Dios en un clima de oración, unidad y esperanza.

Mientras tanto, el mundo observa con respeto este momento único en la vida de la Iglesia. El Cónclave se aproxima, y el tiempo de los novendiali se presenta como un espacio de recogimiento, donde el silencio y la súplica son protagonistas. El Espíritu Santo guía los corazones de los Cardenales llamados a discernir quién deberá llevar adelante el timón de Pedro en estos tiempos tan desafiantes.

La Iglesia, en su sabiduría milenaria, muestra así su rostro más auténtico: el de una comunidad que, en los momentos más decisivos, se abandona con confianza en las manos de Dios.

Texto completo de la Homilía:

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
EN EL SEGUNDO DÍA DE LOS NOVENDIALES

HOMÍLIA DEL CARDENAL PIETRO PAROLIN

Parvis de la basílica vaticana
Domingo de la Divina Misericordia, 27 de abril de 2025

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Queridos hermanos y hermanas:

Jesús Resucitado se presenta ante sus discípulos, mientras se encuentran en el cenáculo donde se han encerrado por miedo, atrancando las puertas (Jn 20,19). Su estado de ánimo está turbado y su corazón hundido en la tristeza, porque el Maestro y Pastor que habían seguido dejándolo todo, fue clavado en la cruz. Vivieron cosas terribles y se sienten huérfanos, solos, perdidos, amenazados e indefensos.

La imagen inicial que el Evangelio nos ofrece en este domingo puede representar el estado de ánimo de todos nosotros, de la Iglesia y del mundo entero. El Pastor que el Señor donó a su pueblo, el Papa Francisco, terminó su vida terrena y nos ha dejado. El dolor de su partida, el sentido de tristeza que nos embarga, la turbación que percibimos en el corazón, la sensación de pérdida, todo esto lo estamos viviendo, como los apóstoles acongojados por la muerte de Jesús.

Y, sin embargo, el Evangelio nos dice que precisamente en estos momentos de oscuridad el Señor se presenta ante nosotros con la luz de la resurrección, para iluminar nuestros corazones. El Papa Francisco nos lo ha recordado desde su elección y lo ha repetido con frecuencia, poniendo en el centro de su pontificado esa alegría del Evangelio que —como escribía en Evangelii gaudium— «llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (n. 1).

La alegría pascual, que nos sostiene en la hora de la prueba y de la tristeza, es algo que hoy se puede casi tocar en esta plaza; la vemos impresa sobre todo en los rostros de ustedes, queridos chicos y adolescentes que han llegado desde todo el mundo a celebrar el Jubileo. Vienen de muchas partes: de todas las diócesis de Italia, de Europa, de los Estados Unidos, de América Latina, de África, de Asia, de los Emiratos Árabes, etc., con ustedes se hace presente realmente el mundo entero.

A ustedes les dirijo un saludo especial, con el deseo de hacerles sentir el abrazo de la Iglesia y el afecto del Papa Francisco, que habría deseado encontrarlos, mirándolos a los ojos, y pasando entre ustedes para saludarlos.

Ante los numerosos desafíos que están llamados a afrontar —recuerdo, por ejemplo, el de la tecnología y de la inteligencia artificial que caracteriza en modo particular nuestra época— no olviden nunca alimentar su vida con la verdadera esperanza, que tiene el rostro de Jesucristo. Nada será demasiado grande o demasiado arduo con Él. Con Él no estarán nunca solos ni abandonados, ni siquiera en los momentos más duros. Él viene a encontrarse con ustedes allí donde están, para darles el coraje de vivir, de compartir sus experiencias, sus pensamientos, sus dones, sus sueños, de ver en el rostro de quien está cerca o lejos a un hermano y una hermana a quien amar, a los que tenemos tanto que dar y de los que tenemos tanto que recibir, para ayudarles a ser generosos, fieles y responsables en la vida que les espera, para hacerles comprender lo que realmente tiene valor en la vida: el amor que todo lo comprende y que todo lo espera (cf. 1 Co 13,7).

Hoy, segundo domingo de Pascua, domingo in Albis, celebramos la fiesta de la Misericordia.

Precisamente la misericordia del Padre, más grande que nuestros límites y que nuestros cálculos, es aquello que ha caracterizado el Magisterio del Papa Francisco y su intensa actividad apostólica, junto al deseo de anunciarla y compartirla con todos —el anuncio de la Buena noticia, la evangelización— que fue el programa de su pontificado. Él nos ha recordado que “misericordia” es el nombre mismo de Dios y, por lo tanto, nadie puede poner un límite a su amor misericordioso, con el que Él quiere volver a levantarnos y hacernos personas nuevas.

Es importante acoger como un tesoro precioso esta indicación sobre la que el Papa Francisco tanto insistió. Y —permítanme decirlo— nuestro afecto por él, que se está manifestando en estas horas, no debe quedar como una simple emoción del momento, debemos acoger su herencia y hacerla vida, abriéndonos a la misericordia de Dios y siendo nosotros también misericordiosos los unos con los otros.

La misericordia nos transporta al corazón de la fe. Nos recuerda que no debemos interpretar nuestra relación con Dios y nuestro ser Iglesia según categorías humanas o mundanas, porque la buena noticia del Evangelio es sobre todo el descubrirnos amados por un Dios que tiene entrañas de compasión y de ternura para cada uno de nosotros independientemente de nuestros méritos; nos recuerda, además, que nuestra vida está tejida por la misericordia. Nosotros podemos levantarnos después de caer y mirar al futuro sólo si tenemos a alguien que nos ama sin límites y nos perdona. Y, por eso, se nos pide comprometernos a no vivir ya nuestras relaciones según criterios de conveniencia o cegados por el egoísmo, sino abriéndonos al diálogo con el otro, acogiendo a quien encontramos en el camino y perdonando sus debilidades y sus errores. Sólo la misericordia sana y crea un mundo nuevo, apagando los fuegos de la desconfianza, del odio y de la violencia. Esta es la gran enseñanza del Papa Francisco.

Jesús nos muestra este rostro misericordioso de Dios en su predicación y en los gestos que realiza; y, como hemos escuchado, presentándose en el cenáculo después de la resurrección, ofrece el don de la paz y dice: «Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan» (Jn 20,23). Así, el Señor Resucitado establece que sus discípulos, su Iglesia, sean instrumentos de misericordia para la humanidad, para aquellos que desean acoger el amor y el perdón de Dios. El Papa Francisco fue testigo luminoso de una Iglesia que se inclina con ternura hacia quien está herido y sana con el bálsamo de la misericordia; y nos ha recordado que no puede haber paz sin que reconozcamos el valor del otro, sin la atención al que es más débil y, sobre todo, no puede haber nunca paz si no aprendemos a perdonarnos recíprocamente, usando entre nosotros la misma misericordia que Dios tiene para con nuestra vida.

Hermanos y hermanas, precisamente en el domingo de la misericordia recordamos con afecto a nuestro amado Papa Francisco. Este recuerdo está particularmente vivo entre los empleados y fieles de la Ciudad del Vaticano, muchos de los cuales están aquí presentes, a ellos les quiero agradecer el servicio que realizan cada día. A ustedes, a todos nosotros, al mundo entero, el Papa Francisco nos envía su abrazo desde el cielo.

Nos encomendamos a la Bienaventurada Virgen María, a la que Él estaba tan devotamente unido que ha elegido reposar en la Basílica de Santa María la Mayor. Que ella nos proteja, interceda por nosotros, vele por la Iglesia, y sostenga el camino de la humanidad en la paz y en la fraternidad. Amén.

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La tumba del Papa Francisco en Santa María la Mayor  

El 26 de abril de 2025, el Papa Francisco fue sepultado en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, cumpliendo su expreso deseo de descansar junto a la imagen de la Virgen Salus Populi Romani, a quien profesaba una profunda devoción. Esta decisión, alejada de la tradición de enterrar a los pontífices en las criptas del Vaticano, refleja la humildad y cercanía que caracterizaron su pontificado.

La tumba, ubicada en la nave izquierda de la basílica, entre la Capilla Paulina y la de la familia Sforza, es una lápida de mármol blanco de Liguria con la inscripción «FRANCISCUS» en latín. En la pared, se encuentra una reproducción en plata de su cruz pectoral con la imagen del Buen Pastor, símbolo de su ministerio pastoral.

La elección de este lugar no fue casual. Desde antes de ser elegido Papa, Jorge Mario Bergoglio visitaba regularmente Santa María la Mayor. Tras su elección en 2013, su primera salida fue a esta basílica para encomendar su pontificado a la Virgen. Además, antes y después de cada viaje apostólico, acudía a rezar ante la Salus Populi Romani.

La ceremonia de sepultura fue presidida por el cardenal camarlengo Kevin Joseph Farrell y asistieron familiares y allegados del pontífice. El cortejo fúnebre recorrió las calles de Roma en el papamóvil, pasando por lugares emblemáticos como el Coliseo y los Foros Imperiales, hasta llegar a la basílica, donde fue recibido por personas marginadas, en un gesto que simboliza el compromiso de Francisco con los excluidos.

Desde el 27 de abril, la tumba está abierta al público, permitiendo que miles de fieles rindan homenaje al Papa que eligió la sencillez y la devoción mariana como legado eterno.

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Domingo de la Divina Misericordia

San Juan Pablo II instituyó la fiesta del Domingo de la Divina Misericordia en el año 2000, que se celebra todos los años el primer domingo después de Pascua, concediendo indulgencia Plenaria.

“En este día se abrirán las puertas de mi Misericordia… Cuando confieses debes saber que Yo mismo actúo en el alma…Concederé lo que me piden los que recen la Coronilla con confianza…… cuánto más confíes más recibirás.” Todos estos son mensajes que se le dieron a Santa Faustina Kowalska, y que en éste tiempo se hacen más actuales si caben.

Hemos vivido hace pocos días el gran Misterio del Amor de Dios clavado en la Cruz, atravesado por esa lanza, que hizo abrirse de par en par, el Corazón de Cristo. Un Corazón tan lleno de Amor, y que lo que brotó de él fue ese chorro de Misericordia infinita que inunda al ser humano. Por eso, la Hora de la Misericordia, el Rezo del Rosario con la Coronilla de la Misericordia, se realiza a las tres de la tarde. Porque fue la Hora de la entrega del Señor por todos nosotros.

La Iglesia siempre nos ha enseñado que una vida llena de ese amor misericordioso que brotó de la Cruz se concreta en lo que conocemos como obras de misericordia, corporales y espirituales, lo que nos lleva a los cristianos a tener una vida de oración, que se concreta en nuestras palabras y obras en favor de nuestros hermanos.

El Papa Francisco afirma: “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia”. Y es algo que cada día debemos reactualizar en medio de nuestras familias y nuestra sociedad, tan marcadas por la desconfianza, por el ensañamiento de unos contra otros, por la indiferencia ante los problemas del hombre…. La misericordia es esa fuente de alegría, de serenidad y de paz que nos lleva al encuentro del Cristo Misericordioso, que se nos hace presente en el hombre que camina a nuestro lado, y el vivir desde el corazón misericordioso de Dios es la condición para nuestra salvación.

La Misericordia del Señor Resucitado es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira, desde la compasión y ternura de Dios al hermano que encontramos en el camino de la vida.

Pero para llegar a tan gran misterio que se nos revela en ese momento culminante de la Cruz, como concreción de toda la Vida del Señor, y que celebramos el domingo siguiente a la Resurrección de Cristo, no podemos olvidar que la Eucaristía es el centro de la verdadera Devoción al Corazón Misericordioso de Jesús.

Te invito a vivir, de una manera constante en tu vida, la misericordia del Señor, con el rezo de la Coronilla de la Misericordia, con la contemplación de la imagen del Cristo de la Divina Misericordia, con los rayos que brotan de su corazón, el rojo (la sangre) el blanco (el agua purificadora). Pero sin olvidar, que todo ello, nos tiene que  llevar a vivir las obras de  misericordia y a un amor y adoración a la Eucaristía.

Contágiate de la Misericordia de Dios en tu vida y contagia a los demás. Y siempre proclama: “Jesús, en ti confío”. Feliz Cincuentena Pascual. Quedamos en el Altar.

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Así fue el entierro del Papa en Santa María la mayor en presencia de familiares

(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano).- A las 13:00 de la tarde, hora de Roma, dio inicio el rito del Entierro del féretro del Romano Pontífice, el Papa Francisco.

El rito se celebró según las prescripciones del Ordo Exsequiarum Romani Pontificis, presidido por el Cardenal Camarlengo, en presencia de las personas indicadas en la Notificación correspondiente de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas y de los familiares del difunto Papa. El rito concluyó a las 13:30 h.

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FOTOGALERÍA: 400 mil personas para el funeral del Papa Francisco

(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano – Roma).- Al concluir la misa por el Papa Francisco, las autoridades civiles de la ciudad de Roma han reportado que 250 mil personas participaron en el funeral del Papa.

A esa cantidad se suman 150 mil personas que se han congregado en las calles de la ciudad para ver pasar el papamóvil que cargaba el féretro del Papa Francisco. El papamóvil ha recorrido 5,5 kilómetros entre la basílica vaticana y su destino: la Basílica de Santa María la Mayor, las autoridades competentes estiman que aproximadamente 150.000 personas estuvieron presentes para la despedida final del Papa Francisco.

Los Reyes y los Trump, juntos

Trump y Melania

El féretro del Papa

La llegada de los Reyes

Cada uno en su lugar

Biden y su mujer

Javier Milei

La llega de Orban

El Papa llega a su funeral

La estatua de San Pedro

Reunión Zelenski-Trump

Zelenski y Trump

Trump aplaude al Papa

Las llaves del cielo

Incienso

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Los pobres que no olvidarán al Papa Francisco

En el Palazzo Migliori, junto a la Plaza de San Pedro, los huéspedes siguieron la misa funeral por el Pontífice en un ambiente tan íntimo como en un verdadero hogar. Unos con emoción, otros en silencio, todos con gran gratitud hacia quien les amó profundamente

Benedetta Capelli – Ciudad del Vaticano – Vatican News

Amanece, las calles ya están abarrotadas de gente, hay un bullicio, un frenesí por entrar en la Plaza de San Pedro para ganar el mejor sitio y participar en el último adiós al Papa Francisco. Este mundo exterior desaparece al subir las escaleras del Palazzo Migliori, la residencia construida en 1800 por la noble familia romana que el Pontífice donó en 2019 a los pobres, ahora confiada a la Comunidad de Sant’Egidio.

Las escaleras conducen al segundo piso, donde se encuentran los comedores. Marco Cimolino, que lleva aquí casi seis años, está ocupado con el desayuno. Ha preparado leche y café, panecillos y bocadillos. Poco a poco la casa se despierta, los huéspedes, unas 45 personas, 22 son italianos, la mayoría. Sólo hay cinco mujeres, dos de ellas: Emilia y Rosa también tienen cuidadoras. Hoy el día es diferente, la rutina cambia, los huéspedes pueden quedarse más allá de las 8, la hora habitual de salida. Todos pueden quedarse para ver el funeral de Francisco, el Papa que sienten como un amigo fraternal, Padre, uno de ellos.

El sello en la piel

Antes de la misa funeral, muchas personas se marcharon, prefirieron mezclarse con la multitud, alejarse, pero no para faltar al respeto al Papa Francisco. Lo hicieron por ese sentimiento innato de vergüenza que te pega la calle, como un sello en la piel, por el que te sientes inadecuado e incómodo porque no te has duchado y no tienes ropa limpia; por ahí pasa también la dignidad. En sus palabras hay aprecio, gratitud, buenos recuerdos. Gennaro, de 84 años, comenta la ceremonia, conoce a obispos y cardenales. Junto a él están las caras más familiares para los invitados, como Carlo Santoro y Marco Bartoli, de la Comunidad de Sant’Egidio, está Marco Cimolino, que vive con ellos, con «sus chicos», dice, o Pina, la señora de la limpieza que se asoma para ver si ha empezado el ritual antes de volver a sus quehaceres.

Mirando al Papa Francisco

Los ojos de esta humanidad están fijos en la pantalla, es el homenaje al Papa que les ha amado profundamente. Violetta sujeta en sus manos el rosario y el móvil, de vez en cuando cuenta episodios históricos relacionados con las iglesias de Roma o lo que encontró en la basura, al cuello lleva unos auriculares porque dice que se concentra mejor si escucha música, en sus pies zapatillas abiertas pero también una falda con hilos dorados, signo de una feminidad que ni la calle borra.

Nikolai ha colocado su gorra amarilla con las palabras «Diócesis de Parma» sobre la mesa donde se sirve el almuerzo, lleva una camiseta -también amarilla- que recuerda una frase de Juan Pablo II. Rosa ha elegido sentarse de lado, está atenta y mira la televisión aunque de vez en cuando se queja de dolor en las piernas. Nicholas tiene aplomo inglés, pero los casi 40 años que ha pasado en Roma le han cambiado. Está a punto de cumplir 70 años y desde esta mañana tiene los ojos vidriosos; cuando habla, a menudo hace pausas porque no le salen las palabras. Aquí el recuerdo del Papa Francisco, de su atención a los pobres, está vivo, es real, conmueve.

Llega Emilia, que había bajado a fumar, se sienta y bromea con Marco. Lleva un paraguas de colores en la mano, el día es soleado pero nunca se sabe. Lleva un gorro de lana azul, un ligero abrigo de piel ecológica y no se separa de su bolso. «El Papa Francisco era amigo mío», dice pero no quiere dar más explicaciones, desde por la mañana esquiva los micrófonos de los periodistas presentes. Mira el Evangelio abierto colocado sobre el féretro del Pontífice, a menudo se lleva las manos a la cara y suspira. Alberto es un señor mayor que llegó hace tres meses, es amigo de la Comunidad de Sant’Egidio, pero todo el tiempo no pronuncia palabra, permanece con las manos cruzadas, es un solitario y la soledad es también una forma de sobrevivir.

El corazón de Dios

A la señal de la paz, todos se levantan de sus asientos para estrechar la mano de quienes sienten como compañeros de viaje. Desde las ventanas abiertas del Palacio se oye el eco de la plaza, el eco de un mundo al que estas personas vulnerables y sufrientes a menudo sentían que no pertenecían. En cambio, el Papa Francisco los ha querido cerca, junto a su casa, porque son precisamente los pobres los preciosos custodios del corazón de Dios

Los poderosos y los descartados de la Tierra, todos con Francisco

El día del adiós al Papa Francisco, muchas personas, en su diversidad, experimentaron la unidad en el sueño común de un mundo mejor.

Paolo Ruffini – Vatican News

Todo. Todo el mundo estaba realmente allí hoy en la Plaza de San Pedro. Tan llena de gente que no cabía nadie más. Y luego en Via della Conciliazione, en las calles de alrededor, y de camino a Santa Maria Maggiore. Estaban todos, todos, todos.  Como tantas veces repitió el Papa Francisco desde la Jornada Mundial de la Juventud hasta su despedida final el día de la Resurrección del Señor: «Felices Pascuas a todos».

Estaban los ancianos y los niños, incluso de pocos meses, traídos por sus padres para ser testigos con sus jovencísimas vidas de un momento especial. Y estaban (no tan mayores al fin y al cabo) los adolescentes, muchos, muchísimos; como llamados por una dirección que les trasciende a ellos y a nosotros para tomar el testigo de la fe de un Papa que sabía hablar su idioma, y retarles a creer, a esperar, a soñar, a demostrar que es posible vivir en paz, y construir paso a paso un mundo mejor. Vieron con sus propios ojos que la esperanza, que les trajo aquí para su Jubileo, trasciende la muerte. Había sacerdotes, muchos, concelebrando.  Obispos, cardenales, laicos bautizados. Confirmándose mutuamente en la fe.  Estaban los poderosos de la tierra, los ricos y los pobres saludando a Francisco y pensando en cómo será el futuro. También estaban los no creyentes, o los creyentes de otras religiones. Amigos y también enemigos.

Todos escuchando las palabras de Pedro: “Me doy cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que acoge a los que le temen y practican la justicia, pertenezcan a la nación que pertenezcan. Ésta es la palabra que envió a los hijos de Israel anunciando la paz por medio de Jesucristo: éste es el Señor de todos”.

Todos recordando, con la homilía del cardenal Re, las palabras de Francisco sobre la paz, sobre la guerra que siempre es una derrota, y sobre la fraternidad que tantas veces negamos; sobre la necesidad de comprender que nadie se salva solo, y sobre la Iglesia como hospital de campaña, como hogar de puertas abiertas. Para todos.

Y todo el mundo estaba allí, todo el mundo estaba realmente allí hoy. Como cuando la misma Plaza de San Pedro se llenó con la sola presencia del Papa Francisco, durante la Covid, estaba realmente todo, el mundo entero conectado a través de todos los instrumentos de comunicación. Y bajo un cielo sin nubes, también se reveló de forma misteriosa el sencillo secreto de la comunión que une a toda la humanidad, al pueblo de Dios, unido en un único abrazo. Posible. Verdadera. Bajo la mirada de todos. Como en una tregua para un día especial. De celebración. Un día donde los misterios del Rosario son los gloriosos. Que convierte la tristeza en canción. Y celebra la muerte y la vida juntas.  La muerte y la resurrección.

Lo que también significó el aplauso espontáneo ante el féretro, levantado como en una despedida mutua: un adiós más que una despedida. Y un compromiso. Que nos concierne a todos. A nadie excluido.